13a. Rosa
El Padrenuestro (continuación)
[41]
Al recitar cada una de las palabras de la oración dominical, honramos las
perfecciones divinas. Honramos su fecundidad llamándolo
«Padre»: Padre que desde la eternidad
engendras un hijo igual que tú, eterno y consustancial, que es una misma
esencia, una misma potencia, una misma bondad, una misma sabiduría contigo.
Padre e Hijo que al amarse producen al Espíritu Santo, que es Dios como Uds.
¡Tres adorables personas que son un solo Dios!
«¡Padre nuestro!».
Es decir, Padre de los hombres por la creación, la conservación y la redención.
Padre misericordioso de los pecadores; Padre amigo de los justos; Padre
magnífico de los bienaventurados.
«Que estás».
Con estas palabras admiramos la inmensidad, la grandeza y plenitud de la esencia
divina, que se llama con verdad
EL QUE ES,
es decir, el que existe esencial, necesaria y eternamente, que es el Ser de los
seres, la Causa de todo ser. Que contiene en sí mismo, forma eminente, las
perfecciones de todos los seres. Que está en todos con su esencia, presencia y
potencia sin ser por ellos abarcado.
Honramos su sublimidad, gloria y majestad con las palabras
que estás en los Cielos, es decir, como
sentado en su trono para ejercer justicia sobre todos los hombres.
Adoramos su santidad, al desear que su
Nombre sea santificado. Reconocemos su soberanía y la justicia de sus leyes,
anhelando la llegada de su reino, y ansiando que le obedezcan los hombres en la
tierra como le obedecen los Ángeles en el
Cielo. Pidiéndole que nos dé el pan
de cada día, creemos en su Providencia. Al rogarle que
no nos deje caer, en la tentación,
reconocemos su poder. Esperando que nos libre del mal, nos confiamos a su
bondad.
El Hijo de Dios glorificó siempre al Padre con sus obras y vino al mundo para
enseñar a los hombres a glorificarlo. Y les ha enseñado la forma de honrarlo con
esta oración que se dignó dictarles. Debemos, pues, rezarla con frecuencia y
atención, y con el mismo espíritu con que Él la compuso.
14a. Rosa
El Padrenuestro (conclusión)
[42]
Cuando rezamos devotamente esta divina oración, realizamos tantos actos de las
más nobles virtudes cristianas como palabras pronunciamos.
Al decir
«Padre nuestro que estás en los
Cielos», hacemos actos de fe, adoración y humildad.
Al desear que su
Nombre sea santificado y
glorificado, manifestamos celo ardiente por su gloria.
Al pedir la
posesión de su reino,
hacemos un acto de esperanza.
Al desear que se
cumpla su voluntad en la
tierra como en el Cielo, mostramos espíritu de perfecta obediencia.
Pidiéndole que nos dé el
pan de cada día,
practicamos la pobreza según el espíritu y el desapego de los bienes de la
tierra.
Al rogarle que
perdone nuestros pecados,
hacemos un acto de contrición.
Al
perdonar a quienes nos han ofendido,
ejercitamos la misericordia en la más alta perfección.
Al implorar
ayuda en la tentación,
hacemos actos de humildad, prudencia, fortaleza.
Al implorar que
nos libre del mal,
practicamos la paciencia. Finalmente, al pedir todo esto no sólo para nosotros,
sino también para el prójimo y para todos los miembros de la Iglesia, nos
comportamos como verdaderos hijos de Dios, lo imitamos en la caridad que abraza
a todos los hombres y cumplimos el mandamiento de amar al prójimo.
[43]
Detestamos, además, todos los pecados y practicamos los mandamientos de Dios,
cuando al rezar esta oración, nuestro corazón sintoniza con la lengua y no
mantenemos intenciones contrarias a estas divinas palabras. Puesto que, cuando
reflexionamos en que Dios está en el
Cielo, es decir, infinitamente por encima de nosotros por la grandeza de su
majestad, entramos en los sentimientos del más profundo respeto en su presencia
y, sobrecogidos de temor, huimos del orgullo y nos abatimos hasta el
anonadamiento. Al pronunciar el nombre de Padre, recordamos que de Dios hemos
recibido la existencia por medio de nuestros padres y la instrucción por medio
de nuestros maestros. Todos los cuales representan para nosotros a Dios, cuya
viva imagen constituyen. Por ello nos
sentimos obligados a honrarlos, o mejor dicho, a honrar a Dios en sus
personas y nos guardamos mucho de despreciarlos y afligirlos.
Cuando deseamos que el
Santo Nombre
de Dios sea glorificado, estamos bien lejos de profanarlo. Cuando consideramos
el reino de Dios como nuestra herencia,
renunciamos a todo apego desordenado a los bienes de este mundo. Cuando pedimos
con sinceridad para nuestro prójimo los bienes que deseamos para nosotros,
renunciamos al odio, la disensión y la envidia.
Al pedir a Dios el
pan de cada día,
detestamos la gula y la voluptuosidad, que se nutren en la abundancia. Al rogar
a Dios con sinceridad que nos perdone, como también nosotros perdonamos a los que
nos ofenden, reprimimos la cólera y la venganza, devolvemos bien por mal y
amamos a nuestros enemigos. Al pedir a Dios que no nos deje caer en el pecado en
el momento de la tentación, manifestamos huir de la pereza y buscar los medios
para combatir los vicios y salvarnos. Al rogar a Dios que
nos libre del mal, tenemos su justicia y
nos alegramos porque el temor de Dios es el principio de la sabiduría: el temor de Dios hace que el hombre evite el pecado.
15a. Rosa
El Avemaría: sus excelencias
[44]
La salutación angélica es tan sublime y elevada, que el Beato Alano de la Rupe
ha creído que ninguna creatura puede comprenderla y que solamente Jesucristo,
Hijo de María, puede explicarla.
Deriva su excelencia: de la Santísima Virgen, a quien fue dirigida; de la
finalidad de la Encarnación del Verbo, para la cual fue traída del Cielo; y del
Arcángel San Gabriel, que fue el primero en pronunciarla.
El Avemaría resume, en la más concisa síntesis, toda la teología cristiana sobre
la Santísima Virgen. En el Avemaría encontramos una alabanza y una invocación.
La alabanza contiene cuanto constituye la verdadera grandeza de María. La
invocación contiene cuanto debemos pedirle y cuanto podemos alcanzar de su
bondad.
La Santísima Trinidad reveló la primera parte, Santa Isabel, iluminada por el
Espíritu Santo, añadió la segunda. Y la Iglesia, en el primer Concilio de Éfeso
(año 431), sugirió la conclusión, después de condenar el error de Nestorio y
definir que la Santísima Virgen es verdaderamente Madre de Dios. Ese concilio
ordenó que se invocase a la Santísima Virgen bajo este glorioso título, con
estas palabras: «Santa María, Madre de
Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».
[45]
La Santísima Virgen recibió esta divina salutación en orden a llevar a feliz
término el asunto más sublime e importante
del mundo, a saber, la Encarnación del Verbo Eterno, la reconciliación
entre Dios y los hombres y la redención del género humano. Embajador de esta
buena noticia fue el Arcángel San Gabriel, uno de los primeros príncipes de la
Corte Celestial.
La salutación angélica contiene la fe y esperanza de los patriarcas, de los
profetas y de los Apóstoles. Es la constancia y fortaleza de los mártires, la
ciencia de los doctores, la perseverancia de los confesores y la vida de los
Religiosos. Es el cántico nuevo de la ley de la gracia, la alegría de los
Ángeles y de los hombres y el terror y confusión de los demonios.
Por la salutación, Dios se hizo hombre, una virgen se convirtió en Madre de
Dios, las almas de los justos fueron liberadas del limbo, se repararon las
ruinas del Cielo y los tronos vacíos fueron de nuevo ocupados, el
pecado fue perdonado, se nos devolvió la gracia, se curaron las enfermedades,
los muertos resucitaron, se llamó a los desterrados, se aplacó la Santísima
Trinidad, y los hombres obtuvieron la vida eterna.
Finalmente, la salutación angélica es el arco iris, la señal de la clemencia y
de la gracia dadas al mundo por Dios.
16a. Rosa
El Avemaría: su belleza
[46]
Aunque no hay nada tan excelso como la Majestad divina ni tan abyecto como el
hombre considerado como pecador, con todo la Augusta Majestad no desdeña
nuestros homenajes y se siente honrada cuando cantamos sus alabanzas. Ahora
bien, la salutación angélica es uno de los cánticos más bellos que podamos
entonar a la gloria del Altísimo: «Te
cantaré un cántico nuevo». La
salutación angélica es precisamente el cántico nuevo que David predijo se
cantaría en la venida del Mesías.
Hay un cántico antiguo y un cántico nuevo.
El
antiguo es el que cantaron los
israelitas en acción de gracias por la creación, la conservación, la liberación
de la esclavitud, el paso del Mar Rojo, el maná y todos los demás favores
celestiales.
El cántico
nuevo es el que entonan
los cristianos en acción de gracias por la Encarnación y la Redención. Dado que
estos prodigios se realizaron por el saludo del Ángel, repetimos esta salutación
para agradecer a la Santísima Trinidad por tan inestimables beneficios.
Alabamos a Dios Padre por haber amado tanto al mundo que le dio su Unigénito
para salvarlo.
Bendecimos a Dios Hijo por haber descendido del Cielo a la tierra, por haberse
hecho hombre y habernos salvado.
Glorificamos al Espíritu Santo por haber formado en el seno de la Virgen María
ese cuerpo purísimo que fue víctima de nuestros pecados.
Con estos sentimientos de gratitud, debemos rezar la salutación angélica,
acompañándola de actos de fe, esperanza, caridad y acción de gracias por el
beneficio de nuestra salvación.
[47]
Aunque este cántico nuevo se dirige directamente a la Madre de Dios y contiene
sus elogios, es, no obstante, muy glorioso para la Santísima Trinidad, porque
todo el honor que tributamos a la Santísima Virgen vuelve a Dios, causa de todas sus perfecciones y
virtudes. Con él glorificamos a Dios Padre porque honramos a la más perfecta de
sus criaturas. Glorificamos al Hijo, porque alabamos a su Purísima Madre.
Glorificamos al Espíritu Santo, porque admiramos las gracias con que colmó a su
Esposa.
Del mismo modo que la Santísima Virgen con su hermoso cántico. El Magnificat,
dirige a Dios las alabanzas y bendiciones que le tributó Santa Isabel por su
eminente dignidad de Madre del Señor, así dirige inmediatamente a Dios los
elogios y bendiciones que le presentamos mediante la salutación angélica.
[48]
Si la salutación angélica glorifica a la Santísima Trinidad, también constituye
la más perfecta alabanza que podamos dirigir a María.
Deseaba Santa Matilde saber cuál era el mejor medio para testimoniar su tierna
devoción a la Madre de Dios. Un día, arrebatada en éxtasis, vio a la Santísima
Virgen que llevaba sobre el pecho la salutación angélica en letras de oro y le
dijo: «Hija mía, nadie puede honrarme con saludo más agradable que el que me
ofreció la Santísima Trinidad. Por él me elevó a la dignidad de Madre de Dios.
La palabra
AVE,
que es el nombre de
EVA,
me hizo saber que Dios en su omnipotencia me había preservado de toda mancha de
pecado y de las calamidades a que estuvo sometida la primera mujer».
«El nombre de
“María”, que significa
“Señora de la luz”, como astro brillante, para iluminar los Cielos y la tierra».
«Las palabras
“llena de gracia”, me
recuerdan que el Espíritu Santo me colmó de tantas gracias, que puedo
comunicarlas con abundancia a quienes las piden por mediación mía».
«Diciendo
“el Señor es contigo”, siento
renovarse la inefable alegría que experimenté cuando el Verbo eterno se encarnó
en mi seno».
«Cuando me dicen
“bendita Tú eres entre
todas las mujeres”, tributo alabanzas a la Misericordia divina que se dignó
elevarme a tan alto grado de felicidad».
«Ante las palabras
“bendito es el fruto
de tu vientre Jesús”, todo el Cielo se alegra conmigo al ver a Jesús, mi
Hijo, adorado y glorificado por haber salvado al hombre».
17a. Rosa
El Avemaría: sus maravillosos frutos
[49]
Entre las cosas admirables que la Santísima Virgen reveló al Beato Alano de la
Rupe, y
sabemos que este gran devoto de María confirmó con juramento sus revelaciones,
hay tres de mayor importancia:
La primera,
que la negligencia, tedio y aversión a la salutación angélica, que restauró al
mundo, son señal probable e inmediata de reprobación eterna.
La segunda,
que quienes tienen devoción a esta divina salutación poseen una gran señal de
predestinación.
La tercera,
que quienes han recibido de Dios la gracia de amar a la Santísima Virgen y
servirla por amor deben esmerarse con el mayor empeño para continuar amándola y
sirviéndola hasta que Ella los coloque en el Cielo, por medio de su Hijo, en el
grado de gloria que conviene a sus méritos.
[50]
Todos los herejes, que son hijos de Satanás y llevan señales evidentes de
reprobación, tienen horror al Avemaría. Quizás aprenden el Padrenuestro, pero no
el Avemaría. Preferirían llevar sobre sí una serpiente antes que un rosario.
Entre los católicos, aquellos que llevan la marca de la reprobación apenas si se
interesan por el Rosario, son negligentes en rezarlo o lo recitan tibia y
precipitadamente.
Aunque yo no aceptara con fe piadosa lo revelado al Beato Alano, me basta la
experiencia personal para convencerme de esta terrible y a la vez consoladora
verdad. No sé ni veo con claridad cómo una devoción tan pequeña pueda ser señal
infalible de eterna salvación, y su defecto, señal de reprobación. No obstante,
nada hay más cierto. Vemos,
en efecto, que quienes en nuestros días profesan novedosas doctrinas condenadas
por la Iglesia, a pesar de su aparente piedad, descuidan en demasía la devoción
del Rosario y frecuentemente lo arrancan del corazón de quienes les rodean, con
los pretextos más hermosos del mundo. Evitan con cuidado condenar abiertamente
el Rosario y el escapulario, como hacen los calvinistas. Pero su proceder es
tanto más pernicioso cuanto más sutil. Hablaremos de ello más adelante.
[51]
Mi Avemaría, mi Rosario o mi Corona son
mi oración preferida y mi
piedra de toque segurísima para distinguir a quienes son conducidos por el
Espíritu de Dios, de quienes se hallan bajo la ilusión del espíritu maligno. He
conocido almas que parecían volar como águilas hasta las nubes, por la
sublimidad de su contemplación. Eran, sin embargo, miserablemente engañadas por
el demonio. Sólo llegué a descubrir sus ilusiones, al ver que rechazaban el
Avemaría y el Rosario como indignos de su estima.
El Avemaría es un rocío celestial y divino, que al caer en el alma de un
predestinado le comunica una fecundidad maravillosa para producir toda clase de
virtudes. Cuanto más regada esté el alma por esta oración, tanto más se le
ilumina el espíritu, más se le abrasa el corazón y más se fortalece contra sus
enemigos.
El Avemaría es una flecha inflamada y penetrante, que unida por un predicador a
la palabra divina que anuncia, le da la fuerza de traspasar y convertir los
corazones más endurecidos, aunque el orador no tenga talento natural
extraordinario para la predicación.
El Avemaría fue el arma secreta que, como dije antes,
sugirió la Santísima Virgen a Santo Domingo y al Beato Alano para convertir a
los herejes y pecadores.
De aquí surgió la costumbre de los predicadores
de rezar un Avemaría al comenzar la predicación –como
afirma San Antonio–.
18a. Rosa
El Avemaría: sus bendiciones
[52]
Esta divina salutación atrae sobre nosotros la copiosa bendición de Jesús y de
María. Efectivamente, es principio infalible que Jesús y María recompensan
magnánimamente a quienes les glorifican, y vuelven centuplicadas las bendiciones
que se les tributan: «Quiero a los que me
quieren... para enriquecer a los que me aman y para llenar sus bodegas». Es lo
que proclaman a voz en cuello Jesús y María: «Amamos a quienes nos aman, los
enriquecemos y llenamos sus tesoros». «Quien siembra generosamente, generosas
cosechas tendrá».
Ahora bien, ¿no es amar, bendecir y glorificar a Jesús y a María el recitar
devotamente la salutación angélica? En cada Avemaría tributamos a Jesús y a
María una doble bendición: Bendita Tú
eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. En
cada Avemaría tributamos a María el mismo honor que Dios le hizo al saludarla
mediante el Arcángel San Gabriel.
¿Quién podrá pensar siquiera que Jesús y María, que tantas veces hacen el bien a
quienes les maldicen, vayan a responder con maldiciones a quienes los honran y
bendicen con el Avemaría?
La Reina del Cielo –dice San Bernardo y San Buenaventura– no es menos agradecida
y cortés que las personas nobles y bien educadas de este mundo. Las aventaja en
esta virtud como en las demás perfecciones, y no permitirá que la honremos con
respeto sin devolvernos el ciento por uno. «María –dice San Buenaventura– nos
saluda con la gracia, siempre que la saludemos con el Avemaría».
¿Quién podrá comprender las gracias y bendiciones que el saludo y mirada benigna
de María atraen sobre nosotros?
En el momento en que Santa Isabel oyó el saludo que le dirigía la Madre de Dios,
quedó llena del Espíritu Santo y el niño que llevaba en su seno saltó de
alegría. Si nos hacemos dignos del saludo y bendición recíprocos de la
Santísima Virgen, seremos, sin duda, colmados de gracias, y un torrente de
consuelos espirituales inundará nuestras almas.
19a. Rosa
El Avemaría: feliz intercambio
[53]
Está escrito:
«Den y se les dará».
Recordemos la comparación del Beato Alano: «Si te doy cada día ciento cincuenta
diamantes, ¿no me perdonarías aunque fuese enemigo tuyo? Y si eres mi amigo, ¿no
me otorgarás todos los favores posibles? ¿Quieres enriquecerte con todos los
bienes de la gracia y de la gloria? ¡Saluda a la Santísima Virgen, honra a tu
bondadosa Madre!»
«El que da gloria a su madre se prepara un tesoro». Preséntale, al menos, cincuenta Avemarías diariamente, cada
una de ellas contiene quince piedras preciosas que agradan más a María que todas
las riquezas de la tierra. ¿Qué no podrás, entonces, esperar de su generosidad?
Ella es nuestra Madre y amiga. Es la Emperatriz del universo y nos ama más de lo
que todas las madres y reinas juntas amaron a algún mortal. Porque –dice San
Agustín– la caridad de la Santísima Virgen aventaja a todo el amor natural de
todos los hombres y de todos los Ángeles.
[54]
El Señor se apareció un día a Santa Gertrudis, contando monedas de oro. Se
atrevió ella a preguntarle qué estaba
contando. «Cuento –le respondió Jesucristo– tus Avemarías: son la moneda
con que se compra el Paraíso».
El docto y piadoso Suárez, jesuita, estimaba tanto la salutación angélica que
solía decir: «¡Daría con gusto toda mi ciencia por el valor de un Avemaría bien
dicha!»
[55]
El Beato Alano de la Rupe se dirige así a la Santísima Virgen: «Quien te ama, oh
excelsa María, escuche esto y llénese de gozo:
El Cielo exulta de dicha,
la tierra, de admiración,
cuando digo: ¡Avemaría!
Mientras que el mundo se aterra,
poseo el amor de Dios,
cuando digo: ¡Avemaría!
Mis temores me disipan,
mis pasiones se apaciguan,
cuando digo: ¡Avemaría!
Mi devoción se acrecienta
y alcanzo la contrición,
cuando digo: ¡Avemaría!
Se confirma mi esperanza,
se acrecienta mi consuelo,
cuando digo: ¡Avemaría!
Salta de gozo mi espíritu,
se disipa mi tristeza,
cuando digo: ¡Avemaría!
Porque la dulzura de esta suavísima salutación es tan grande que no hay términos
adecuados para explicarla debidamente y, después de haber dicho de ella
maravillas, resulta todavía tan escondida y profunda, que es imposible
descubrirla. Es corta en palabras, pero grande en misterios. Es más dulce que la
miel y más preciosa que el oro. Hay que tenerla frecuentemente en el corazón para meditarla
y en la boca para recitarla y repetirla devotamente».
Refiere el mismo Beato Alano, en el capítulo 69 de su Salterio, que
una Religiosa muy devota del Rosario se apareció después de muerta a una de sus
Hermanas y le dijo: «Si pudiera regresar a mi cuerpo para recitar solamente un
Avemaría, aunque sin mucho fervor, volvería a sufrir gustosamente todos los
dolores que padecí antes de morir, con tal de alcanzar el mérito de esta
oración». Hay que recordar que había sufrido crueles dolores durante varios
años.
[56]
Miguel de Lisle, Obispo de Salubre, discípulo y compañero del Beato Alano de la
Rupe en el restablecimiento del Santo Rosario, dice que la salutación angélica
es el remedio de todos los males que nos afligen, con tal que la recemos
devotamente en honor de la Santísima Virgen.
20a. Rosa
El Avemaría: breve explicación
[57]
¿Te debates en la miseria del pecado? Invoca a la excelsa María y dile:
¡Ave! Que quiere decir:
«¡Te saludo con profundo respeto a Ti que
eres sin pecado ni desgracia!» Ella te librará de la desgracia de tus
pecados.
¿Te envuelven las tinieblas de la ignorancia o del error? Recurre a María y
dile: ¡Ave María! Es decir: «Iluminada con los
rayos del Sol de justicia». Ella te comunicará sus luces.
¿Caminas extraviado, fuera de la senda del Cielo? Invoca a
María, que quiere decir: «Estrella del
mar y Estrella polar, que guía nuestro peregrinar por este mundo». Ella te
conducirá al puerto de salvación.
¿Estás afligido? Acude a
María, que
quiere decir «mar amargo», pues fue llena de amarguras en este mundo, y
actualmente en el Cielo se ha convertido en mar de purísimas dulzuras. Ella
convertirá tu tristeza en gozo y tus aflicciones en consuelo.
¿Has perdido la gracia? Honra la abundancia de gracias de que Dios llenó a la
Santísima Virgen y dile: «Llena de gracia
y de todos los dones del Espíritu Santo». Ella te dará sus gracias.
¿Te sientes solo y abandonado de Dios? Dirígete a María y dile: «El Señor es contigo más noble y está más
íntimamente que en los justos y los santos, porque eres con Él una misma cosa,
pues siendo Él tu Hijo, su carne es carne tuya. Y dado que eres su Madre, estás
con el Señor y en semejanza perfecta y mutua caridad». Dile finalmente: «Toda la
Santísima Trinidad está contigo, pues eres su precioso Templo». Ella te colocará
bajo la protección y salvaguardia del Señor.
¿Te has convertido en objeto de la maldición divina? Dile: «Bendita Tú eres entre todas las mujeres.
Te aclaman todas las naciones por tu pureza y fecundidad. Tú cambiaste la
maldición divina en bendición». Ella te bendecirá.
¿Estás hambriento del pan de la gracia y del pan de la vida? Acércate a quien
llevó el pan vivo descendido del Cielo. Dile: «Bendito es el fruto de tu vientre, el
que concebiste sin detrimento de tu virginidad, que llevaste sin trabajo y diste
a luz sin dolor. Bendito Jesús, que rescató al mundo esclavizado, curó al mundo
enfermo, resucitó al hombre muerto, hizo volver al hombre desterrado, justificó
al hombre criminal y salvó al hombre condenado. Ciertamente tu alma será saciada
del pan de la gracia en esta vida y de la vida eterna en la otra. Amén».
[58]
Concluye tu plegaria con la Iglesia y di: «Santa
María, santa en cuerpo y alma, santa por tu singular y eterna abnegación en
el servicio de Dios, santa en tu calidad de Madre de Dios que te dio una
santidad eminente como convenía a esta infinita dignidad».
«Madre de Dios y también madre nuestra,
Abogada y Mediadora nuestra, Tesorera y Dispensadora de las gracias de Dios:
alcánzanos pronto el perdón de nuestros pecados y la reconciliación con la
divina Majestad».
«Ruega por nosotros, pecadores: pues
tienes tanta compasión de los miserables, que no desprecias ni rechazas a los
pecadores, sin los cuales no serías la Madre del Salvador.
Ruega por nosotros ahora, durante el
tiempo de nuestra vida corta, frágil y miserable.
Ahora, porque sólo nos pertenece el
momento presente. Ahora, cuando somos
acometidos y estamos rodeados, noche y día, de poderosos y crueles enemigos».
«Y en la hora de nuestra muerte, tan
terrible y peligrosa, cuando se agoten nuestras fuerzas, cuando nuestro cuerpo y
espíritu estarán abatidos por el dolor y el espanto.
En la hora de nuestra muerte, cuando
Satanás redoblará sus esfuerzos a fin de arruinarnos para siempre. En esa hora
en que se decidirá nuestra suerte para toda una eternidad, dichosa o infeliz.
Ven en ayuda de tus pobres hijos, Madre compasiva, abogada y refugio de los
pecadores. Aleja de nosotros en la hora de la muerte a los demonios, enemigos y
acusadores nuestros, cuyo horroroso aspecto nos espanta. Ven a iluminarnos en
las tinieblas de nuestra muerte. Guíanos y acompáñanos ante el tribunal de
nuestro Juez, que es Hijo tuyo. Intercede por nosotros para que nos perdone y
reciba en el número de los elegidos en la mansión de la gloria eterna.
¡Amén: que así sea!»
[59]
¿Habrá quien no admire la excelencia del Santo Rosario compuesto de partes tan
excelentes como la oración dominical y la salutación angélica?
¿Existe acaso oración más grata a Dios y a la Santísima Virgen, y más fácil,
dulce y saludable para los hombres? Llevémosla continuamente en el corazón y en
la boca para honrar a la Santísima Trinidad, a Jesucristo nuestro Salvador y a
su Madre Santísima.
Además, al fin de cada decena es conveniente añadir el:
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu
Santo: como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Amén.
TERCERA DECENA
EXCELENCIA DEL SANTO ROSARIO,
MANIFESTADA POR LA MEDITACIÓN DE LA VIDA
Y PASIÓN DE JESUCRISTO
21a.
Rosa
Los quince misterios del Rosario
[60]
Misterio significa realidad sagrada y difícil de comprender. Las obras de
Jesucristo son todas sagradas y divinas, porque Él es Dios y hombre al mismo
tiempo. Las de la Virgen María son santísimas, por ser Ella la más perfecta de
las criaturas. Con razón se da el nombre de
misterios a las obras de Jesucristo y de su Santísima Madre. Están, en
efecto, colmadas de maravillas, perfecciones e instrucciones profundas y
sublimes que el Espíritu Santo revela a los humildes y sencillos que los honran.
Las obras de Jesús y de María pueden también llamarse flores admirables. Flores
cuyo perfume y hermosura sólo conocen quienes se acercan a ellas, aspiran su
fragancia y abren su corola, mediante una atenta y seria meditación.
[61]
Santo Domingo distribuyó las vidas de Jesucristo y de la Santísima Virgen en
quince misterios, que nos representan sus virtudes y principales acciones. Son
quince cuadros, cuyas escenas deben servirnos de normas y ejemplo para orientar
nuestra vida. Quince antorchas que guían nuestros pasos en este mundo. Quince
espejos luminosos que nos permiten conocer a Jesús y María, conocernos a
nosotros mismos y encender el fuego de su amor en nuestros corazones. Quince
hogueras en cuyas llamas podemos incendiarnos totalmente.
La Santísima Virgen enseñó a Santo Domingo este excelente método de orar y le
ordenó predicarlo para despertar la piedad de los cristianos y hacer revivir el
amor de Jesucristo en sus corazones. Lo enseñó también al Beato Alano de la Rupe:
«El rezo de ciento cincuenta Avemarías –le dijo– es una oración muy útil, es un
obsequio que me agrada mucho. Y lo es aún más y harán mucho mejor quienes las
reciten meditando la vida, pasión y gloria de Jesucristo. Porque esta meditación
es el alma de tales oraciones».
En efecto, el Rosario sin la meditación de los sagrados misterios de nuestra
salvación sería como un cuerpo sin alma, una excelente materia sin su forma
que es la meditación, la cual distingue al Rosario de las demás devociones.
[62]
La primera parte del Rosario contiene cinco misterios:
1o El de la
Anunciación
del Arcángel Gabriel a la Santísima Virgen.
2o El de la
Visitación de
la Santísima Virgen a Santa Isabel.
3o El del
Nacimiento de
Jesucristo.
4o El de la
Presentación
de Jesús en el Templo y Purificación de la Santísima Virgen.
5o El del
Hallazgo de
Jesús en el Templo entre los doctores.
Y se llaman misterios gozosos a causa de la alegría que proporcionaron a todo el
universo.
En efecto. La Santísima Virgen y los Ángeles quedaron inundados de gozo en el
dichoso momento de la Encarnación.
Santa Isabel y San Juan Bautista se colmaron de alegría con la visita de Jesús y
de María.
El Cielo y la tierra se alegraron con el nacimiento del Salvador.
Simeón quedó consolado y lleno de alegría al recibir a Jesús en sus brazos.
Los doctores estaban embelesados al oír las respuestas de Jesús.
Y, ¿quién podrá expresar el gozo de María y José al encontrar a Jesús después de
tres días de ausencia?
[63]
La segunda parte del Rosario se compone también de cinco misterios, llamados
misterios dolorosos porque nos presentan a Jesucristo abrumado por la tristeza,
cubierto de llagas, cargado de oprobios, dolores y tormentos.
1o El de la oración de Jesús y su
Agonía en el Huerto de los Olivos.
2o El de su
Flagelación.
3o El de su
Coronación de
espinas.
4o El de la
Cruz a
cuestas.
5o El de la
Crucifixión y
muerte en el Calvario.
[64]
La tercera parte del Rosario contiene otros cinco misterios, llamados gloriosos
porque en ellos contemplamos a Jesús y María en el triunfo y en la gloria.
1o El de la
Resurrección
de Jesucristo.
2o El de su
Ascensión.
3o El de la
Venida del
Espíritu Santo sobre los Apóstoles.
4o El de la gloriosa
Asunción
de la Virgen María.
5o El de su
Coronación.
Éstas son las quince flores olorosas del rosal místico, en las cuales se posan,
como abejas diligentes, las almas piadosas para recoger el néctar maravilloso, y
producir la miel de una sólida devoción.
22a. Rosa
El Rosario: La meditación de sus misterios nos conforma a Jesucristo
[65]
La tarea principal del cristiano es caminar hacia la perfección.
«Como hijos amadísimos de Dios, esfuércense por imitarlo»,
nos dice el gran Apóstol. Es una obligación contenida en el decreto eterno de
nuestra predestinación. Y constituye el único medio, ordenado para llegar a la
gloria eterna.
San Gregorio de Nisa dice con gracia que somos como pintores: nuestra alma es el
lienzo sobre el cual debemos aplicar el pincel: las virtudes son los colores que
deben hacer resaltar la belleza del original, que es Jesucristo, imagen viva y
representación perfecta del Padre del Cielo. Un pintor para hacer un retrato al
natural, pone el original ante sus ojos y a cada pincelada vuelve a mirarlo. Del
mismo modo, el cristiano debe tener siempre ante los ojos la vida y virtudes de
Jesucristo para hacer, decir y pensar solamente lo que sea conforme a ellas.
[66]
Para ayudarnos en la obra importante de nuestra predestinación, la Santísima
Virgen ordenó exponer a los fieles que rezan el Rosario los sagrados misterios
de la vida de Jesucristo, no sólo para que adoren y glorifiquen al Señor, sino
también, y sobre todo, para que regulen su vida y acciones por las virtudes de
Jesús.
Ahora bien, así como los niños imitan a sus padres, viéndolos y conversando con
ellos, y aprenden su lengua oyéndolos hablar, y como un aprendiz domina su arte
al ver trabajar a su maestro, del mismo modo los fieles cofrades del Rosario se
hacen semejantes a su divino Maestro, con el auxilio de su gracia y por la
intercesión de la Virgen María, al considerar atenta y devotamente las virtudes
de Jesucristo en los quince misterios de su vida.
[67]
Moisés ordenó al pueblo hebreo, de parte de Dios mismo, que no olvidara jamás
los beneficios de que había sido objeto. El Hijo de Dios puede con mayor razón
mandarnos que grabemos en nuestro corazón y tengamos incesantemente ante los
ojos los misterios de su vida, pasión y gloria, ya que con ellos quiso
favorecernos y mostrarnos el exceso de su amor para salvarnos.
«Todos Uds., que pasan por el camino, miren y
observen si hay dolor semejante al que me atormenta por amor suyo.
Acuérdense de mi pobreza y vida errante, del ajenjo y amargor que sufrí por Uds.
en mi pasión».
Estas palabras y muchas otras que se podrían recordar, nos convencen
sobradamente de la obligación que tenemos de no contentarnos con rezar
vocalmente el Rosario en honor de Jesucristo.
23a. Rosa
El Rosario: Memorial de la vida y muerte de Jesucristo
[68]
Jesucristo, divino Esposo de nuestras
almas, nuestro amigo dulcísimo, desea que recordemos sus beneficios, y los
apreciemos más que todas las cosas. Experimenta una gloria accidental, lo mismo
que la Santísima Virgen y los santos del Cielo, cuando meditamos con amor y
devoción los sacrosantos misterios del Rosario, que constituyen los más visibles
efectos de su amor hacia nosotros, y los más ricos presentes que pudo hacernos.
Pues, la Santísima Virgen y todos los santos gozan por ellos de la
gloria.
La Beata Ángela de Foligno pidió un día al Señor que le indicara con qué
ejercicio podía honrarlo más. Se le apareció Él en la cruz y le dijo: «Hija mía,
¡contempla mis llagas!» Así aprendió del Salvador amabilísimo que nada le es más
agradable que la meditación de sus sufrimientos. Jesús le mostró después las
heridas de su cabeza y varias circunstancias de sus tormentos y le dijo: «He
sufrido todo esto por tu salvación, ¿qué puedes hacer que iguale el amor que te
tengo?».
[69]
El santo sacrificio de la Misa honra infinitamente a la Santísima Trinidad,
porque representa la pasión de Jesucristo, y por él ofrecemos los méritos de su
obediencia, sufrimientos y sangre. Toda
la corte celestial recibe con la santa Misa una gloria accidental. Varios
doctores, entre ellos Santo Tomás, nos dice, por la misma razón, que el Cielo se
alegra de la Comunión que reciben los fieles, porque el Smo. Sacramento es un
memorial de la pasión y muerte de Jesucristo, y mediante él participan los
hombres en sus frutos, y avanza en el camino de la salvación.
Ahora bien, el Santo Rosario, recitado con la meditación de los sagrados
misterios, es un sacrificio de alabanza a Dios por el beneficio de nuestra
redención y un devoto recuerdo de los sufrimientos, muerte y gloria de
Jesucristo.
Por tanto, es verdad que el Rosario procura una gloria y gozos accidentales a
Jesucristo, a la Santísima Virgen y a los demás bienaventurados, quienes no
desean nada tan importante para nuestra dicha eterna, como vernos ocupados en un
ejercicio tan glorioso al Señor y saludable para nosotros.
[70]
El Evangelio nos asegura que un pecador que se convierte y hace penitencia,
alegra a todos los Ángeles. Si para alegrar a los Ángeles basta que un pecador
abandone sus pecados y haga penitencia, ¿qué gloria no será para el mismo
Jesucristo el vernos meditar devota y amorosamente en este mundo sus
humillaciones, tormentos y muerte cruel e ignominiosa? ¿Habrá algo más eficaz
para conmovernos y llevarnos a sincera penitencia?
El cristiano que no medita los misterios del Rosario demuestra gran ingratitud
hacia Jesucristo y la poca estima que tiene a cuanto sufrió el divino Salvador
para redimir al hombre. Su conducta parece decir que desconoce la vida de
Jesucristo y que se preocupa poco o nada por conocer lo que Jesús ha hecho y
sufrido para salvarnos. Y puede temer que, no habiendo conocido a Jesucristo o
habiéndolo olvidado, sea rechazado el día del juicio con este reproche:
«En verdad, ¡no les conozco!»
Meditemos, pues, la vida y sufrimientos del Salvador mediante el Santo Rosario.
Aprendamos a conocerlo bien y a reconocer sus beneficios, para que Él nos
reconozca como hijos y amigos suyos en el día del juicio.
24a. Rosa
El Rosario: La meditación de sus misterios es un medio eficaz de perfección
[71]
Los santos tenían como objeto principal de estudio la vida de Jesucristo, cuyas
virtudes y sufrimientos meditaban. Por este medio llegaron a la perfección
cristiana. San Bernardo comenzó por este ejercicio y perseveró siempre en él.
«Desde el principio de mi conversión –escribe– hice un ramillete de mirra,
formado por los dolores de mi Salvador, y los coloqué sobre mi corazón, pensando
en los azotes, espinas y clavos de la pasión y aplicándome con toda mi alma a
meditar cada día estos misterios».
Era también éste el ejercicio de los santos mártires. Nos admira la forma cómo triunfaron de los
más crueles tormentos. ¿De dónde podría venir
aquella admirable constancia de los mártires –añade San Bernardo–, sino
de las llagas de Jesucristo en las que meditaban frecuentemente? ¿Dónde se
hallaba el alma de estos generosos atletas, mientras su sangre corría y sus
cuerpos eran triturados por los suplicios? ¡Estaban en las llagas de Jesucristo
y éstas los hacían invencibles!
[72]
La Madre Santísima del Salvador dedicó toda su vida a meditar las virtudes y
sufrimientos de su Hijo. Cuando oyó a los Ángeles cantar himnos de alabanza en
su nacimiento, cuando vio a los pastores adorarlo en el establo, se llenó de
admiración y meditaba en tantas maravillas. Comparaba las grandezas del Verbo
encarnado, con su profundo abatimiento. Las pajas y el pesebre, con su trono y
el seno del Padre. El poder de un Dios, con la debilidad de un niño. Su
sabiduría, con su sencillez.
Las Santísima Virgen dijo un día a Santa Brígida:
«Cuando contemplaba la belleza, modestia y sabiduría de mi Hijo, me sentía
transportada de gozo. Cuando consideraba que sus manos y sus pies habían de ser
atravesados con clavos, vertía torrentes de lágrimas y el corazón se me partía
de dolor y tristeza».
[73]
Después de la Ascensión, la Santísima Virgen dedicó el resto de su vida a
visitar los lugares que el divino Salvador había santificado con su presencia y
tormentos. Meditaba allí sobre el exceso de su caridad y los rigores de su
pasión.
Éste era también el ejercicio de María Magdalena durante los treinta años que
vivió en San Baume. Dice
también San Jerónimo que ésa era la devoción de los primeros cristianos. Acudían
de todos los países del mundo a Tierra Santa para grabar más profundamente en
sus corazones el amor y el recuerdo del Salvador de los hombres, con la vista de
los objetos y lugares consagrados por Él con su nacimiento, trabajos,
sufrimientos y muerte.
[74]
Todos los cristianos tienen una sola fe, adoran a un solo Dios, esperan una sola
felicidad en el Cielo, reconocen a un solo Mediador, Jesucristo. Deben todos
imitar a este divino modelo y considerar para ello los misterios de su vida, sus
virtudes y su gloria.
Es un error imaginar que la meditación de las verdades de la fe y de los
misterios de la vida de Jesucristo es solo para los Sacerdotes, Religiosos y
cuantos se han alejado de los estorbos del mundo. Si los Religiosos y
eclesiásticos están obligados a meditar las grandes verdades de nuestra
sacrosanta religión a fin de responder dignamente a su vocación, los laicos lo
están igualmente a causa de los peligros en medio de los cuales se encuentran
diariamente. Deben armarse, por tanto, con el recuerdo frecuente de la vida,
virtudes y sufrimientos del Salvador, que los quince misterios del Rosario nos
representan.
25a. Rosa
El Rosario: Tesoros de santificación contenidos en sus oraciones y meditación
[75]
¡Nadie podrá comprender jamás el tesoro de santificación que encierran las
oraciones y misterios del Santo Rosario! La meditación de los misterios de la
vida y muerte del Señor constituye, para cuantos la practican, una fuente de los
frutos más maravillosos. Hoy se quieren cosas que impacten, conmuevan y
produzcan en el alma impresiones profundas. Ahora bien, ¿habrá en el mundo algo
más conmovedor que la historia maravillosa del Redentor desplegada en quince
cuadros que nos recuerdan las grandes escenas de la vida, muerte y gloria del
Salvador del mundo? ¿Hay oraciones más excelentes y sublimes que la oración
dominical y la salutación angélica? ¡Ellas encierran cuanto deseamos y podemos
necesitar!
[76]
La meditación de los misterios y oraciones del Rosario es la más fácil de todas
las oraciones, porque la diversidad de las virtudes y estados de Jesucristo,
–sobre los cuales se reflexiona– recrea y fortifica maravillosamente el espíritu
e impide las distracciones. Los sabios encuentran en estas fórmulas la doctrina
más profunda, y los ignorantes, las instrucciones más sencillas. Es preciso
pasar por esa meditación sencilla antes de elevarse al grado más sublime de
contemplación. Tal es la opinión de Santo Tomás de Aquino. Y tal
es el consejo que nos da, cuando nos dice que es necesario ejercitarnos de
antemano, como en un campo de batalla, en la adquisición de todas las virtudes,
de las que son modelos perfectos los misterios del Rosario.
Porque ahí –dice el sabio Cayetano– podremos adquirir la íntima unión con Dios,
sin la cual la contemplación es sólo una ilusión capaz de seducir a las almas.
[77]
Si los falsos iluminados de nuestro siglo, o sea los quietistas, hubieran
seguido este consejo, no hubieran caído tan vergonzosamente ni causado tantos
escándalos en cuestiones de devoción. Pretender que se pueden componer oraciones
más sublimes que el Padrenuestro y el Avemaría, y abandonar estas divinas
oraciones que son el sostén, fuerza y salvaguardia del alma, es una engañosa
ilusión del demonio.
Estoy de acuerdo en que no es necesario recitarlas siempre vocalmente, y que la
oración mental es, en cierto sentido, más perfecta que la vocal. ¡Pero te
aseguro que es peligroso, por no decir perjudicial, abandonar voluntariamente el
rezo del Rosario, so pretexto de una unión más íntima con Dios! El alma,
sutilmente orgullosa, engañada por el demonio meridiano, hace
interiormente cuanto puede para elevarse al grado más sublime de la oración de
los santos: desprecia y abandona para ellos sus métodos antiguos de orar, que
juzga buenos sólo para almas ordinarias. Cierra por sí misma el oído a la
oración compuesta, practicada y prescrita por Dios:
«Oren así: Padre nuestro...» Y así
va cayendo de ilusión en ilusión y de precipicio en precipicio.
[78]
¡Créeme, querido cofrade del Rosario!
¿Quieres llegar a altos grados de contemplación sin menoscabo de la oración y
sin caer en las ilusiones del demonio, tan frecuentes en personas de oración?
Recita, si puedes, todos los días, el Santo Rosario o, por lo menos, la tercera
parte de él. Quizás
hayas llegado ya a esos grados, por gracia de Dios. Si quieres permanecer en
ellos y crecer en humildad, persevera con fidelidad en la práctica del Santo
Rosario. Porque una persona que recite su Rosario cada día, no caerá jamás
formalmente en la herejía ni será engañada por el demonio. ¡Con mi sangre
rubricaría esta afirmación! Si Dios, no obstante, en su infinita bondad, te
atrae tan poderosamente durante el Rosario como a algunos santos, déjate
conducir por su atracción, deja a Dios actuar y orar en ti, y recitar el Rosario
a su manera. Y que esto te baste en ese día.
Pero, si hasta ahora te hallas en la contemplación activa o en la oración
ordinaria, de quietud, de presencia de Dios y de afecto, tienes aún menos razón
para dejar tu Rosario, ya que, muy lejos de retroceder en la virtud y la
oración, el recitarlo te servirá más bien de ayuda maravillosa y será la
verdadera escala de Jacob, con
quince escalones, por los cuales irás subiendo de virtud en virtud y de luz en
luz, hasta llegar fácilmente y sin engaño a la perfección en Jesucristo.
26a. Rosa
El Rosario: Oración sublime
[79]
Evita cuidadosamente el imitar la obstinación
de aquella devota de Roma, de quien tanto hablan «Las maravillas del Rosario». Era
persona tan piadosa y ferviente que con su vida santa confundía a los Religiosos
más austeros de la Iglesia de Dios.
Quiso consultar a Santo Domingo. Se confesó con él. Le impuso el Santo como
penitencia rezar un Rosario y le aconsejó que lo rezara todos los días. Se
excusó ella diciendo que tenía todos sus ejercicios ya organizados: Cada día
ganaba las indulgencias de las estaciones de Roma, llevaba cilicios, tomaba
disciplina varias veces por semana, y hacía tantos ayunos y mil otras
penitencias. El Santo la volvió a exhortar a seguir su consejo. Pero ella se
negó a ello y salió del confesionario casi escandalizada por el proceder del
nuevo director que quería hacerle aceptar una devoción contraria a su gusto.
Hallándose cierto día en oración y arrebatada en éxtasis, vio su alma obligada a
comparecer ante el Juez Supremo. San Miguel colocó en un platillo de la balanza
todas sus penitencias y oraciones, y en el otro sus pecados e imperfecciones.
El platillo de las buenas obras subía y subía sin lograr equilibrar al otro.
Alarmada, imploró misericordia. Se dirigió a la Santísima Virgen, abogada suya,
quien dejó caer en el platillo de las buenas obras el único Rosario que por
penitencia había rezado. Este pesó tanto, que equilibró el peso de los pecados y
las buenas obras. La Santísima Virgen la reprendió, al mismo tiempo, por no
haber seguido el consejo de su servidor Domingo, de rezar el Santo Rosario todos los días. Al volver en sí, corrió a
arrojarse a los pies de Santo Domingo. Le contó lo ocurrido,
le pidió perdón de su incredulidad, prometió
rezar todos los días el Santo Rosario, y llegó por este medio a la
perfección de cristiana y a la gloria eterna.
Alma piadosa, ¡aprende, pues, cuál es la eficacia, valor e importancia de la
devoción del Santo Rosario y la meditación de sus misterios!
[80]
¡Quién más elevado en oración que Santa Magdalena, que era transportada siete
vecescada día al Cielo por los Ángeles! ¡Y había estado en la
escuela de Jesucristo y de su Santísima Madre! Sin embargo, cuando pidió a Dios
un medio eficaz para adelantar su amor y llegar a la más alta perfección, el
Arcángel San Miguel vino a decirle de parte de Dios que no conocía ninguno
distinto, que considerar, ante una cruz que colocó a la entrada de su cueva, los
misterios dolorosos que ella había contemplado con sus propios ojos.
¡Que el ejemplo de San Francisco de Sales, ese gran director de almas
espirituales en su tiempo, te estimule a incorporarte en una cofradía tan Santa
como la del Rosario! Pues, no obstante ser Santo, hizo voto de rezar el Rosario
completo todos los días de su vida.
San Carlos Borromeo lo recitaba igualmente todos los días, y lo recomendaba con
insistencia a sus sacerdotes, a sus
seminaristas y a todo su pueblo.
San Pío V, uno de los Papas más eminentes de la Iglesia, rezaba todos los días
el Rosario, Santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia, San Ignacio, San
Francisco Javier, San Francisco de Borja, Santa Teresa, San Felipe Neri y muchos
otros grandes hombres que no menciono, se distinguieron por esta devoción.
¡Sigue sus ejemplos! Tus directores quedarán satisfechos, y si los informas de
los frutos que puedes sacar del rezo del Rosario, se apresurarán a animarte a su
recitación.
27a. Rosa
El Rosario: Sus beneficios
[81]
Para animarte aún más a abrazar esta devoción de las grandes almas, añado que el
Rosario, recitado con la meditación de los misterios:
1) nos eleva insensiblemente al perfecto conocimiento de Jesucristo;
2) nos purifica del pecado;
3) nos da la victoria sobre nuestros enemigos;
4) nos facilita la práctica de las virtudes;
5) nos inflama en el amor a Jesucristo;
6) nos enriquece con gracias y méritos;
7) nos proporciona los medios para cancelar a Dios y a los hombres todas
nuestras deudas;
8) y finalmente, nos obtiene toda clase de gracias.
[82]
El conocimiento de Jesucristo es la ciencia de los cristianos y de la salvación.
Supera –dice San Pablo– a
todas las ciencias humanas en precio y excelencia:
1) gracias a la dignidad de su objeto, que es un Hombre-Dios, en cuya presencia
todo el universo no es más que una gota de rocío o grano de arena:
2) por su utilidad, ya que las ciencias humanas sólo nos llenan de vanidad y
humo de orgullo;
3) por su necesidad, pues no es posible salvarnos, si no conocemos a Jesucristo.
El que ignore todas las ciencias se salvará, con tal que esté iluminado por la
ciencia de Jesucristo.
¡Dichoso Rosario que nos da la ciencia y conocimiento de Jesucristo, al
permitirnos meditar su vida, su muerte, pasión y gloria!
La reina de Saba, admirada ante la sabiduría de Salomón, exclamó:
«¡Felices tus gentes! ¡Felices tus
servidores, que están siempre junto a ti y escuchan tus santas palabras!» Pero
más dichosos son los fieles que meditan atentamente la vida, virtudes,
sufrimientos y gloria del Salvador, porque, gracias a este medio, adquieren la
ciencia perfecta en la que consiste la vida eterna.
[83]
La Santísima Virgen reveló al Beato Alano que tan pronto como Santo Domingo
empezó a predicar el Rosario, los pecadores empedernidos se convirtieron y
lloraron amargamente sus crímenes. Hasta los niños hicieron penitencias
increíbles. Dondequiera que predicaba el Rosario, fue tal el fervor, que los
pecadores cambiaron de vida y edificaron al mundo con sus penitencias y enmienda
de vida.
Si sientes la conciencia cargada de pecados, toma el rosario y medita una parte
del mismo en honor de algunos misterios de la vida, pasión y gloria de
Jesucristo. Y convéncete de que, mientras meditas y honras estos misterios, Él
en el cielo mostrará al Padre sus llagas sacrosantas, intercederá por ti y te
alcanzará la contrición y el perdón de tus pecados.
El Señor dijo cierto día al Beato Alano: «¡Si esos miserables pecadores rezaran
frecuentemente mi Rosario, participarían de los misterios de mi pasión, y yo,
como abogado suyo, aplacaría la justicia divina!»
[84]
Nuestra vida es de guerra y tentación continuas. Tenemos que luchar no contra enemigos de carne y sangre,
sino contra las mismas potestades infernales. ¿Qué
mejores armas podemos empuñar para combatirlos, que la oración dominical
enseñada por nuestro propio capitán, y la salutación angélica, que ahuyentó a
los demonios, destruyó el pecado y renovó el mundo? ¿Las habrán mejores que la
meditación de la vida y pasión de Jesucristo, pensamientos que debemos tener
habitualmente presentes –como lo ordena San Pedro– para
defendernos de los mismos enemigos que Él ha vencido y que nos atacan todos los
días?
«Desde que el demonio –dice el Cardenal Hugo– fue vencido por la humanidad y
pasión de Jesucristo, apenas si se atreve a atacar a una persona que medita
estos misterios o, si la ataca, es vencido por ella ignominiosamente».
«Protéjanse con toda la armadura que Dios
les ha dado».
[85]
¡Empuña el arma de Dios, que es el Santo Rosario! ¡Con ella destrozarás la
cabeza del demonio y podrás resistir todas las tentaciones. De aquí proviene que
aún el rosario material sea tan terrible al diablo, y que los santos se han
servido de él para encadenarlo y arrojarlo del cuerpo de los posesos, como
atestiguan tantas historias.
[86]
Cierto hombre –refiere el Beato Alano– había ensayado inútilmente toda suerte de
devociones para librarse del espíritu maligno, que había tomado posesión de él.
Resolvió ponerse al cuello el rosario. Y con esto se alivió. Pero cuando se lo
quitaba, el demonio volvía a atormentarlo cruelmente. Decidió, entonces,
llevarlo al cuello noche y día. Así logró arrojar para siempre al demonio, que
no podía soportar tan terrible cadena. El Beato Alano atestigua que libró a
muchos posesos, poniéndoles al cuello el rosario.
[87]
El R.P. Juan Amat, de la Orden de Santo Domingo, predicaba la cuaresma en una
comarca del reino de Aragón. Le presentaron cierto día una muchacha posesa.
Intentó él varias veces exorcizarla, pero inútilmente. Al ponerle al cuello el
rosario, ella empezó a gritar y aullar espantosamente, diciendo: «¡Quítenme!
¡Quítenme esos granos que me atormentan!» El sacerdote por compasión con la
pobre joven, le quitó del cuello el rosario.
La noche siguiente, mientras el Padre descansaba en su lecho, los mismos
demonios que poseían a la muchacha se arrojaron rabiosamente contra él para
apoderarse de su persona, pero, con el rosario que tenía en la mano, no obstante
los esfuerzos que hicieron para quitárselo, azotó y echó fuera a los demonios,
diciendo: «¡Santa María, Virgen del Rosario, socórreme!»
Cuando, a la mañana siguiente, se dirigía el Sacerdote a la iglesia, encontró a
la joven aún posesa. Uno de los demonios empezó a gritar burlándose de él:
«Hermano, si no hubieras tenido tu rosario, ya hubiéramos acabado contigo!»
Entonces el Padre arrojó de nuevo el rosario al cuello de la joven, diciendo:
«Por los nombres sacratísimos de Jesús y María, su Madre Santísima, y por la
virtud del Santísimo Rosario, ¡les conjuro, espíritus malignos, a que salgan
inmediatamente de este cuerpo!» Los diablos
tuvieron que obedecer
y la joven quedó libre.
Estos hechos ponen de relieve cuál es la fuerza del Santo Rosario para vencer
toda clase de tentaciones diabólicas y toda suerte de pecados, porque las
cuentas benditas del rosario los ponen en fuga.
28a. Rosa
Saludables efectos que producen el meditar la Pasión
[88]
Afirma San Agustín que no
hay ejercicio tan fructuoso y útil para la salvación, como pensar con frecuencia
en los sufrimientos del Señor.
San Alberto Magno, maestro de Santo Tomás, supo por revelación que el simple
recuerdo o la meditación de la pasión de Jesucristo es más meritorio para el
cristiano que ayunar durante todo un año a pan y agua todos los viernes o
disciplinarse sangrientamente cada semana o rezar el Salterio todos los días.
¿Cuál no será, entonces, el mérito del Rosario, que conmemora toda la vida y
pasión del Señor?
La Santísima Virgen reveló un día al Beato Alano de la Rupe, que después del
santo sacrificio de la Misa, primera y más viva memoria de la pasión de
Jesucristo, no hay oración más excelente ni meritoria, que el Rosario, segunda
memoria y representación de la vida y pasión del Señor.
[89]
El R.P. Dorland refiere que la
misma Santísima Virgen dijo cierto día al Venerable Domingo, cartujo, devoto del
Santo Rosario, residente en Tréveris, en el año 1431: «Cuantas veces rezan los
fieles el Rosario, en estado de gracia, meditando los misterios de la vida y
pasión de Jesucristo, obtienen plena y completa remisión de sus pecados».
La Santísima Virgen dijo también al Beato Alano: «Ten por cierto que, aunque ya
son muchas las indulgencias concedidas a mi Rosario, yo añadiré muchas más por
cada tercera parte de él a quienes lo recen en estado de gracia, de rodillas y
devotamente. Y a quienes perseveren en su devoción, en tales condiciones y
meditaciones, les obtendré al final de su vida, como recompensa por este
servicio, la remisión total de la pena y de la culpa por todos sus pecados».
«Y que esto no parezca imposible: es fácil para mí, pues soy la Madre del Rey
del Cielo, que me llamó “llena de gracia”. Y como tal haré también amplia
efusión de ella a mis queridos hijos».
[90]
Santo Domingo estaba tan convencido de la eficacia y méritos del Santo Rosario,
que no imponía casi nunca penitencia distinta del rezo del Rosario a quienes se
confesaban con él, como vimos en la historia de la dama romana a quien impuso
por penitencia un solo Rosario.
Los confesores deberían también, para seguir el ejemplo de este gran Santo,
imponer a sus penitentes la recitación del Rosario con la meditación de los
sagrados misterios, en lugar de otras penitencias de menor mérito y no tan
agradables a Dios ni tan eficaces para adelantar en el camino de la virtud e
impedir la caída en el pecado. Además, al rezar el Rosario, ganas muchas
indulgencias que no están concedidas a otras devociones.
[91]
«Ciertamente –dice el Abad Blosio– el Rosario, unido a la meditación de la vida
y pasión del Señor, resulta agradabilísimo a Jesucristo y a la Santísima Virgen,
y muy eficaz para obtener cuanto deseas. Podemos recitarlo por nosotros mismos,
por quienes se han encomendado a nosotros y por la Iglesia».
«Recurramos, pues, a la devoción del Santo Rosario en todas nuestras
necesidades, y obtendremos infaliblemente cuanto pidamos a Dios para nuestra
salvación».
29a. Rosa
El Rosario: Instrumento de salvación
[92]
Nada más divino –según San Dionisio–, nada más noble ni agradable a Dios que
cooperar a la salvación de las almas y a derrumbar los planes que el demonio
pone en juego para perderlas. Para ello descendió a la tierra el Hijo de Dios,
que con la fundación de la Iglesia destruyó el dominio de Satanás. Pero el
tirano rehizo sus fuerzas y esclavizó con cruel violencia a las gentes mediante
la herejía de los albigenses, los odios, disensiones y vicios abominables que
durante el siglo XI hizo reinar en el mundo.
¿Cuál sería el remedio para tan graves males? ¿Cómo derribar las fuerzas de
Satanás? La Virgen Santísima, protectora de la Iglesia, ofreció la Cofradía del
Rosario como el medio más eficaz para apaciguar la cólera de su Hijo, extirpar
la herejía y reformar las costumbres de los cristianos. Los hechos lo
comprobaron: se reavivó la caridad, se volvió a la frecuencia de los sacramentos
como en los primeros siglos de oro de la Iglesia, y se reformaron las costumbres
de los cristianos.
[93]
El Papa León X dice en su Bula que
esta Cofradía fue fundada para honrar a Dios y la Santísima Virgen, y como un
baluarte para contener las desgracias que iban a caer sobre la Iglesia. Gregorio
XIII añade que el Rosario fue ofrecido por el Cielo como medio para aplacar la
cólera divina e implorar la intercesión de la Santísima Virgen.
Julio III afirma que el rosario fue inspirado para abrirnos más fácilmente el
Cielo, gracias a la intervención de la Santísima Virgen.
Pablo III y San Pío V
declaran que el Rosario fue establecido y dado a los creyentes para que pudieran
obtener en forma más eficaz la paz y el consuelo espirituales.
¿Quién podrá, entonces, descuidar el inscribirse en una Cofradía instituida con
tan nobles fines?
[94]
El P. Domingo, cartujo, devotísimo del Rosario vio un día el Cielo abierto y
toda la corte celestial ordenada admirablemente. Oyó cantar el Rosario con
arrobadora melodía, honrando en cada decena un misterio de la vida, pasión o
gloria de Jesucristo y de la Santísima Virgen. Y advirtió que cuando los
bienaventurados pronunciaban el santo nombre de María, hacían inclinación de
cabeza, y al nombre de Jesús, una genuflexión, y daban gracias a Dios por los grandes beneficios
concedidos al Cielo y a la tierra mediante el Santo Rosario. Vio igualmente a la
Santísima Virgen y a los Santos que presentaban a Dios los Rosarios que los
cofrades recitaban en la tierra, y que rogaban por cuantos practicaban esta
devoción. Vio también innumerables coronas de bellísimas y perfumadas flores
preparadas para los que rezan devotamente el Rosario, y que cuantas veces lo
rezan, hacen una corona con la que serán adornados en el Cielo.
La visión de este devoto cartujo armoniza con la visión del discípulo amado,
cuando vio una multitud incontable de Ángeles y santos, que alababan y bendecían
a Jesucristo por cuanto hizo y sufrió en el mundo para salvarnos.
Ahora, ¿no es esto lo que hacen los cofrades del Rosario?
[95]
No te imagines que el Rosario sea solamente para las mujeres, los niños y los
ignorantes. Es también para los hombres, para los más grandes hombres.
Tan pronto como Santo Domingo dio cuenta al Papa Inocencio III de la orden
recibida del Cielo de establecer la Cofradía, el Santo Padre la aprobó, exhortó
a Santo Domingo a predicarla y quiso formar parte de ella. Los mismos Cardenales
la abrazaron con gran fervor, de suerte que López no dudó en escribir: «Ningún
sexo, edad ni condición social pudo sustraerse a la oración del Rosario».
Efectivamente, en la Cofradía se han inscrito toda clase de personas: duques,
príncipes, reyes, prelados, cardenales y Soberanos Pontífices. Larga sería su
enumeración en este resumen.
Y si tú, lector amado, entras en la Cofradía, tendrás parte en su devoción y sus
gracias sobre la tierra, y en su gloria en el Cielo: asociado con ellos en la
devoción, lo estarás también en la dignidad.
30a. Rosa
El Rosario: Sus indulgencias
[96]
Si los privilegios, gracias e indulgencias hacen recomendable una Cofradía, es
preciso afirmar que la del Rosario es la más recomendable que tiene la Iglesia.
En efecto, es la más favorecida y enriquecida con indulgencias. Desde su
fundación, apenas si ha habido un Papa que no haya abierto los tesoros de la
Iglesia para enriquecerla. Pero, como el ejemplo persuade más que las palabras y
los beneficios, los Papas no han podido manifestar
mejor la estima que tenían de la Cofradía que
inscribiéndose en ella. Aquí tiene su resumen de las indulgencias concedidas por los Soberanos
Pontífices.
[97]
Indulgencia plenaria,
si se reza en una iglesia u oratorio público, o en familia, o en Comunidad
Religiosa, o en asociación piadosa; en los demás casos,
indulgencia parcial.
«Es el rosario cierta forma de oración, que consta de quince decenas de
Avemarías, separadas por un Padrenuestro, y en cada decena se meditan otros
tantos misterios de nuestra redención» (Liturgia de las Horas).
«Sin embargo, acostúmbrase llamar “Rosario” aun la tercera parte del mismo».
«En cuanto a la indulgencia plenaria, se establece.
1) Basta el rezo de la tercera parte. Pero las cinco decenas deben rezarse
seguidas.
2) A la oración vocal se ha de añadir la piadosa meditación de los misterios.
3) En el rezo público, deben enunciarse los misterios según la costumbre
aprobada del lugar; en el rezo privado basta que el fiel, a la oración vocal una
meditación de los misterios».
CUARTA DECENA
EXCELENCIA DEL SANTO ROSARIO,
MANIFESTADA POR LAS MARAVILLAS
QUE DIOS HA REALIZADO EN FAVOR SUYO
31a. Rosa
Blanca de Castilla y Alfonso VIII
[98]
Fue Santo Domingo a visitar a Blanca, reina de Francia, que después de doce años
de casada no tenía hijos y estaba afligida sobremanera por ello. Le aconsejó el
Santo que rezara el Rosario todos los días para alcanzar del Cielo la gracia de
tener descendencia. Ella lo hizo y su petición fue escuchada en el año 1213, en
que nació su primogénito a quien llamó Felipe.
Pero, antes de que el niño abandonara la cuna, la muerte lo arrebató. La piadosa
reina acudió más que nunca a la Santísima Virgen. Hizo distribuir gran cantidad
de rosarios en la corte y en varias ciudades del reino para que Dios le
concediera una bendición completa. Lo que sucedió, ya que en el año 1215 vino al
mundo San Luis, gloria de Francia y modelo de reyes cristianos.
[99]
Alfonso VIII, rey de León y de Castilla, fue castigado por Dios de diferentes
maneras a causa de sus pecados, viéndose obligado a retirarse a una ciudad de
uno de sus aliados. El día de Navidad predicó allí Santo Domingo, según su
costumbre, sobre el Santo Rosario y las gracias que se obtienen de Dios por esta
devoción. Dijo entre otras cosas que cuantos lo rezan alcanzan de Dios el
triunfo sobre sus enemigos y recobran todo lo perdido. Impactado por estas
palabras, hizo el rey llamar a Santo Domingo y le preguntó si era verdad cuanto
había dicho acerca del Santo Rosario. Le respondió el Santo que no debía abrigar
duda alguna, y le prometió que, si quería practicar esta devoción e inscribirse
en la Cofradía, experimentaría sus saludables efectos.
Decidió el rey recitar todos los días el Rosario. Práctica en la que perseveró
durante un año. Terminado el cual, el mismo día de Navidad, después de recitar
él su Rosario, se le apareció la Virgen Santísima y le dijo: «Alfonso, hace un
año que me honras recitando devotamente mi Rosario. ¡Quiero recompensarte! He
alcanzado de mi Hijo el perdón de tus pecados. Aquí tienes este rosario ¡Te lo
regalo! ¡Llévalo siempre contigo y ninguno de tus enemigos podrá hacerte daño!»
Y desapareció. El rey quedó muy consolado. Regresó a su casa, llevando en sus
manos el rosario. Encontró a la reina y le contó, lleno de gozo, el favor que
acababa de recibir de la Santísima Virgen. Le tocó los ojos con el
rosario, y la reina recobró la vista que había
perdido.
Algún tiempo después, reunió el rey algunas tropas, y con la ayuda de sus
aliados atacó resueltamente a sus enemigos. Los obligó a devolverle sus tierras
y reparar los daños inferidos. Los arrojó totalmente de sus dominios y fue tan
afortunado en la guerra, que de todas partes venían soldados a combatir bajo sus
banderas, porque las victorias parecían acompañar por todas partes sus batallas.
No hay por qué maravillarse de ello, pues no entraba nunca en batalla sin haber
rezado antes su Rosario de rodillas. Había hecho inscribir en la Cofradía del
Santo Rosario a toda su corte, y exhortaba a sus oficiales y familiares a ser
devotos del mismo. La reina se comprometió también a ello. Y los dos
perseveraron en el servicio de la Santísima Virgen, viviendo piadosamente.
32a. Rosa
El Señor Pérez
[100]
Tenía Santo Domingo un primo llamado el Señor Pérez o Don Pedro, que llevaba una
vida muy disoluta. Oyó éste que el Santo predicaba las maravillas del Rosario, y
que muchos se convertían y cambiaban de vida por este medio y se dijo: «Había
perdido la esperanza de salvarme. Pero empiezo a recobrar la confianza. ¡Es
preciso que acuda a escuchar a este hombre de Dios!» Asistió, pues, un día al
sermón del Santo. Quien al verlo, redobló su ardor en atacar los vicios, y rogó
a Dios fervorosamente que abriese los ojos de su primo y le hiciera conocer el
estado miserable de su alma.
El Señor Pérez se asustó, desde luego, pero no se decidió a convertirse. Volvió,
sin embargo, a la predicación del Santo. Cuando éste lo vio, comprendiendo que
este corazón endurecido no se convertiría sino ante un golpe extraordinario,
gritó en alta voz: «Señor Jesucristo, ¡haz ver a todo este auditorio el estado
en que se halla la persona que acaba de entrar en tu templo!»
Toda la concurrencia vio entonces a Don Pedro rodeado de una multitud de
demonios en figura de bestias espantosas, que lo tenían atado con cadenas de
hierro. Llenos de espanto, huyeron todos desordenadamente, con inmensa confusión
de Don Pedro, aterrado y avergonzado al verse convertido en objeto de horror
para todo el mundo. Santo Domingo hizo que se detuvieran y dijo a Don Pedro:
«Reconoce, infeliz, el deplorable estado en que te encuentras y arrójate a los
pies de la Santísima Virgen! ¡Toma este rosario! ¡Rézalo con devoción y
arrepentimiento de tus pecados, y resuélvete a cambiar de vida!»
Don Pedro se puso de rodillas, rezó el Rosario y se sintió impulsado a
confesarse. Lo que hizo con gran contrición. El Santo le ordenó rezar todos los
días el Rosario. Prometió él hacerlo y se inscribió en la Cofradía. Su rostro,
que había asustado a todos, parecía tan brillante como el de un Ángel, cuando
salió de la iglesia. Perseveró en la devoción del Rosario, llevó una vida
ordenada y murió dichosamente.
33a. Rosa
Un albigense poseso
[101]
Mientras Santo Domingo predicaba cerca de Carcasona, le presentaron un albigense
poseído del demonio. Lo exorcizó el Santo en presencia de una gran muchedumbre.
Se cree que estaban presentes más de doce mil hombres. Los demonios que poseían
a este infeliz fueron obligados a responder, a pesar suyo, a las preguntas del
Santo y confesaron:
1) que eran quince mil los que poseían el cuerpo de aquel miserable, porque
había combatido los quince misterios del Rosario;
2) que con el Rosario que Santo Domingo predicaba causaba terror y espanto a
todo el infierno, y que era el hombre más odiado por ellos a causa de las almas
que les arrebataba con la devoción del Rosario;
3) revelaron, además, muchos otros particulares.
Santo Domingo arrojó su rosario al cuello del poseso y les preguntó que de todos
los santos del Cielo a quién temían más, y a quién debían amar y honrar más los
mortales.
A esta pregunta, los demonios prorrumpieron en alaridos tan espantosos, que la
mayor parte de los oyentes cayó en tierra, sobrecogidos de espanto. Los
espíritus malignos, para no responder, comenzaron a llorar y lamentarse en forma
tan lastimera y conmovedora, que muchos de los presentes empezaron también a
llorar movidos por natural compasión. Y decían con voz dolorida por boca del
poseso: «¡Domingo! ¡Domingo! ¡Ten piedad de nosotros! ¡Te prometemos no hacerte
daño! ¡Tú que tienes tanta santa compasión de los pecadores y miserables, ten
piedad de nosotros! ¡Mira cuánto padecemos! ¿Por qué te complaces en aumentar
nuestras penas? ¡Conténtate con las que ya padecemos! ¡Misericordia!
¡Misericordia! ¡Misericordia!».
[102]
El Santo, sin inmutarse ante las dolientes palabras de los espíritus, les
respondió que no dejaría de atormentarlos hasta que hubieran respondido a sus
preguntas. Le dijeron los demonios, que responderían, pero en secreto y al oído,
no ante todo el mundo. Insistió el Santo y les ordenó que hablaran en voz alta.
Pero su insistencia fue inútil: los diablos no quisieron decir palabra. Entonces
el Santo se puso de rodillas y elevó a la Santísima Virgen esta plegaria: «¡Oh
poderosísima Virgen María! ¡Por virtud de tu Salterio y Rosario, ordena a estos
enemigos del género humano que respondan a mi pregunta!» Hecha esta oración,
salió una llama ardiente de las orejas, nariz y boca del poseso. Los presentes
temblaban de espanto, pero ninguno sufrió daño. Los diablos gritaron entonces:
«Domingo, te rogamos por la pasión de Jesucristo y los méritos de su Santísima
Madre y de todos los santos, que nos permitas salir de este cuerpo sin decir
palabra. Los Ángeles, cuando tú lo quieras, te lo revelarán. ¿Por qué darnos
crédito? No nos atormentes más. ¡Ten piedad de nosotros!»
«¡Infelices, son indignos de ser oídos!»
–respondió
Santo Domingo–. Y arrodillándose elevó esta plegaria a la Santísima Virgen:
«Madre dignísima de la Sabiduría, te ruego en favor del pueblo aquí presente,
instruido ya sobre la forma de recitar bien la salutación angélica. ¡Obliga a
estos enemigos tuyos a confesar la plena y auténtica verdad al respecto!».
Había apenas terminado esta oración, cuando vio a su lado a la Santísima Virgen,
rodeada de multitud de Ángeles, que con una varilla de oro en la mano, golpeaba
al poseso y le decía: «¡Responde a Domingo, mi servidor!» Nótese que nadie veía
ni oía a la Santísima Virgen, fuera de Santo Domingo.
[103]
Entonces los demonios comenzaron a gritar: «¡Oh enemiga nuestra! ¡Oh ruina y
confusión nuestra! ¿Por qué viniste del Cielo a atormentarnos en forma tan
cruel? ¿Será preciso que por Ti, oh Abogada de los pecadores a quienes sacas del
infierno, oh Camino seguro del Cielo, seamos obligados, a pesar nuestro, a
confesar delante de todos lo que es causa de nuestra confusión y ruina? ¡Ay de
nosotros! ¡Maldición a nuestros príncipes de las tinieblas!»
«¡Oigan, pues, cristianos! Esta Madre de Cristo es omnipotente, y puede impedir
que sus siervos caigan en el infierno. Ella, como un sol, disipa las tinieblas
de nuestras astutas maquinaciones. Descubre nuestras tentaciones. Nos vemos
obligados a confesar que ninguno que persevere en su servicio se condena con
nosotros.
Un solo suspiro que Ella presente a la Santísima Trinidad vale más que todas las
oraciones, votos y deseos de todos los santos. Le tememos más que a todos los
bienaventurados juntos, y nada podemos contra sus fieles servidores».
[104]
«Tengan también en cuenta que muchos cristianos que la invocan al morir, y que
deberían condenarse según las leyes ordinarias, se salvan, gracias a su
intercesión.
¡Ah! Si esta Mariucha –así la llamaban en su furia– no se hubiera opuesto a
nuestros designios y esfuerzos, ¡hace tiempo habríamos derribado y destruido a
la Iglesia, y precipitado en el error y la infidelidad a todas sus jerarquías!
Tenemos que añadir, con mayor claridad y precisión, obligados por la violencia
que nos hacen, que nadie que persevere en el rezo del Rosario, se condenará.
Porque Ella obtiene para sus fieles devotos la verdadera contrición de los
pecados, para que los confiesen y alcancen el perdón e indulgencia de ellos».
Entonces Santo Domingo hizo rezar el Rosario a todos los asistentes, muy lenta y
devotamente. Y a cada Avemaría que recitaban –¡cosa sorprendente!–, salían del
cuerpo del poseso gran multitud de demonios, en forma de carbones encendidos.
Cuando salieron todos los demonios, y el hereje quedó completamente liberado, la
Santísima Virgen dio su bendición, aunque invisiblemente gran alegría. Este
milagro fue causa de la conversión de muchos herejes, que llegaron a ingresar en
la Cofradía del Santo Rosario.
34a. Rosa
Simón de Montfort, Alano de Lanvallay, Otero
[105]
¿Quién podrá contar las victorias que Simón, conde de Montfort, logró sobre los
albigenses, gracias a la protección de Ntra. Sra. del Rosario? Fueron tan
famosas, que jamás se ha visto cosa parecida. Con 500 hombres derrotó, una vez,
a un ejército de diez mil herejes. En otra ocasión, con treinta venció a tres
mil. En otra, con ochocientos hombres de caballería y mil de infantería,
despedazó al ejército del rey de Aragón, compuesto de cien mil hombres,
perdiendo solamente un soldado de caballería y ocho de infantería.
[106]
¡De cuántos peligros libró la Santísima Virgen a Alano de Lanvallay, caballero
bretón, que combatía en favor de la fe contra los albigenses! Mientras se
hallaba cierto día rodeado de enemigos por todas partes, la Santísima Virgen
lanzó contra ellos ciento cincuenta piedras, y lo libró de sus manos.
Otro día, en que su navío había naufragado, y estaba ya próximo a sumergirse,
esta bondadosa Madre hizo emerger de las aguas ciento cincuenta colinas, por
encima de la cuales llegó a Bretaña. Él, como memorial de los milagros que en su
favor había hecho la Santísima Virgen en recompensa del Rosario que le rezaba
cada día, hizo edificar un convento en Dinán para los Religiosos de la nueva
Orden de Santo Domingo. Después se hizo Religioso y murió santamente en Orleans.
[107]
Igualmente, Otero, soldado bretón de Vaucouleurs, hizo huir muchas veces
compañías enteras de herejes y ladrones con su Rosario y espada al brazo. Sus
enemigos, después de las derrotas sufridas, le aseguraron que habían visto su
espada resplandeciente y, algunas veces, un escudo en su brazo en el cual
estaban grabadas las imágenes de Jesucristo, la Santísima Virgen y los santos,
que le hacían invencible y le daban fuerza en la batalla.
Cierta vez, con diez compañías, venció a veinte mil herejes, sin perder uno solo
de sus soldados. Hecho que impresionó tanto al general del ejército enemigo, que
fue en busca de Otero, abjuró de la herejía y declaró que lo había visto
cubierto de armas de fuego durante el combate.
35a. Rosa
El Cardenal Pedro
[108]
Refiere el Beato Alano que un cardenal de nombre Pedro, del título de Santa
María del Tíber, instruido por Santo Domingo, íntimo amigo suyo, en la devoción
del Santo Rosario, se interesó tanto por ella que se convirtió en su panegirista
y la inculcaba a cuantos podía. Enviado como legado a Tierra Santa, entre los
cristianos que combatían a los sarracenos, persuadió tan maravillosamente al
ejército cristiano acerca de la eficacia del Rosario, que practicando todos esta
devoción para implorar la ayuda del Cielo en un combate, con solo tres mil
triunfaron sobre cinco mil.
Los demonios –ya lo hemos visto– temen infinitamente al Rosario. Dice San
Bernardo que la salutación angélica los echa fuera y hace temblar a todo el
infierno. El Beato Alano asegura haber visto a varias personas que se habían
entregado al diablo en cuerpo y alma, y habían renunciado al Bautismo y a
Jesucristo y que, tras abrazar la devoción del Santo Rosario, fueron liberadas
de su esclavitud a Satanás.
36a. Rosa
Una mujer de Amberes, liberada de las cadenas del demonio
[109]
En el año 1578, una mujer de Amberes se entregó al demonio, firmándole el
compromiso con su sangre. Algún tiempo después se arrepintió y, deseando reparar
el mal que había hecho, buscó un confesor prudente y caritativo para encontrar
el medio de liberarse del poder de Satanás.
Encontró un Sacerdote sabio y virtuoso, que le aconsejó buscar al P. Enrique,
Religioso del convento de Santo Domingo y director de la Cofradía del Rosario,
confesarse con él y pedirle la inscribiera en la Cofradía. Fue ella a buscarlo,
pero, en lugar del Sacerdote, encontró al demonio bajo la forma de un Religioso,
que la reprendió severamente y le dijo que no podía esperar de Dios ninguna
gracia ni había medio de revocar lo que había firmado. Esto la afligió
profundamente. Más, no por ello perdió totalmente la esperanza en la
misericordia de Dios, y volvió a buscar al Sacerdote. Encontró nuevamente al
diablo, que la rechazó como en la vez anterior. Pero, repitiendo por tercera vez
el intento, permitió el Señor que encontrara al P. Enrique a quien buscaba, y
que la recibió con caridad y la exhortó a confiar en la misericordia divina y
hacer una buena confesión. La recibió en la Cofradía y le ordenó que rezara con
frecuencia el Santo Rosario. Cierto día, durante la Misa que el P. Enrique
celebraba a intenciones de la susodicha mujer, la Santísima Virgen obligó al
diablo a devolver el compromiso firmado. Y así quedó ella liberada por la
autoridad de María y la devoción del Santo Rosario.
37a. Rosa
El Rosario transforma a un monasterio
[110]
Un noble caballero tenía muchos hijos. Había colocado a una de sus hijas en un
monasterio totalmente relajado: las Religiosas sólo respiraban vanidad y
frivolidad. El Confesor, hombre fervoroso y devoto del Santo Rosario, deseando
dirigir a esta joven Religiosa por los senderos de la santidad, le ordenó rezar
todos los días el Rosario en honor de la Santísima Virgen, meditando la vida,
pasión y gloria de Jesucristo. Le agradó mucho a ella esta devoción, y poco a
poco fue detestando la relajación de sus Hermanas. Empezó a gustar del silencio
y la oración no obstante el desprecio y burlas de las Religiosas que
interpretaban su fervor como santurronería.
En aquellos días, un santo Abad llegó de visita al monasterio y, mientras oraba,
tuvo una extraña visión. Le parecía ver a una Religiosa que oraba en su celda
ante una Señora de extraordinaria belleza, y a quien acompañaban numerosos
Ángeles. Estos, con flechas encendidas, alejaban la multitud de demonios que
intentaban entrar en la celda. Los espíritus malignos corrían, en forma de
animales inmundos, a refugiarse en las celdas de las otras Religiosas,
excitándolas al pecado, en el cual caían muchas de ellas.
Comprendió el Abad por esta visión, el mal espíritu de aquel monasterio y creyó
morir de tristeza. Llamó a la joven Religiosa y la exhortó a perseverar.
Reflexionando luego sobre la excelencia del Rosario, decidió reformar el
monasterio con esta devoción. Adquirió para ello hermosos rosarios, los
distribuyó entre las Religiosas, les aconsejó que recitaran el Rosario todos los
días, y prometió que, si aceptan su consejo, no las obligaría a aceptar la
reforma. Recibieron complacidas los rosarios y prometieron con aquella
condición. Y, ¡cosa admirable!, poco a poco dejaron las vanidades, se dedicaron
al silencio y al recogimiento, y en menos de un año pidieron ellas mismas la
reforma.
El Rosario había obrado en sus corazones más de cuanto hubiera podido el Abad
con sus exhortaciones y autoridad.
38a. Rosa
Devoción de un Obispo español al Santo Rosario
[111]
Una condesa española, instruida por Santo Domingo en la devoción del Rosario, lo
rezaba a diario con maravilloso adelanto en la virtud. Nada deseaba tanto como
vivir para la perfección. Pidió a un Obispo y célebre predicador, algunas
prácticas de perfección. Le dijo él que antes era necesario le declarase el
estado de su alma y sus ejercicios de piedad. Contestó ella que el principal de
éstos era el Rosario, que rezaba todos los días, meditando los misterios
gozosos, dolorosos y gloriosos con gran provecho espiritual. El Obispo
entusiasmado al oír explicar las maravillosas enseñanzas contenidas en los
misterios, le dijo: «Hace veinte años que soy doctor en teología. He leído
acerca de muchas excelentes prácticas de devoción. Pero no he conocido nada más
fructífero ni conforme al cristianismo que ésta. Quiero imitarte. ¡Predicaré el
Rosario!»
Lo hizo así, y con tal éxito que al poco tiempo contempló un favorable cambio de
costumbres en toda su Diócesis: muchas conversiones, restituciones y
reconciliaciones. Cesaron el libertinaje, el lujo y el juego, y en las familias
reflorecieron la paz, la devoción y la caridad. Cambio tanto más admirable que
este Obispo había trabajado esforzadamente
para reformar su Diócesis pero con
escasísimo fruto.
Para inculcar mejor la devoción del Santo Rosario, llevaba siempre uno muy bello
consigo y lo mostraba a sus oyentes diciendo: «Sepan, hermanos, que el Rosario
de la Santísima Virgen es tan excelente que yo con ser su Obispo, doctor en
teología y en ambos derechos, me glorío de llevarlo siempre conmigo, como el
distintivo más glorioso de mi episcopado y doctorado».
39a. Rosa
Santificación de una parroquia mediante el Rosario
[112]
El rector de una parroquia danesa contaba frecuentemente, para mayor gloria de
Dios y con gran gozo de su alma, que había obtenido en su parroquia un resultado
análogo al de este Obispo en su Diócesis.
«Había predicado –decía– todas las más atrayentes y provechosas materias, sin
ningún resultado. Al no ver cambio alguno en mi parroquia, me resolví a predicar
el Rosario, explicando su excelencia y práctica, y puedo asegurar que después de
haber hecho gustar a mi pueblo esta devoción, noté un cambio patente en sólo
seis meses. En verdad, esta divina oración tiene especial eficacia para mover
los corazones e inspirarles el horror al pecado y el amor a la virtud».
La Santísima Virgen dijo un día al Beato Alano: «Dios escogió la salutación
angélica para la Encarnación de su Palabra y la Redención del hombre. Del mismo
modo, quienes desean reformar las costumbres de las gentes y regenerarlas en
Jesucristo, deben honrarme y dirigirme el mismo saludo. Yo soy el Camino por el
cual vino Dios a los hombres y es
preciso que, por mediación mía obtengan de Jesucristo la gracia y las virtudes».
[113]
En cuanto a mí, que esto escribo, aprendí por experiencia personal la eficacia
de esta oración para convertir los corazones más endurecidos. He encontrado
personas a quienes no conmovía la predicación de las verdades más tremendas,
realizada durante la Misión. Por consejo mío adquirieron la costumbre de rezar
diariamente el Santo Rosario y así se convirtieron y consagraron totalmente a
Dios.
He podido, además constatar una enorme diferencia de costumbres entre las
poblaciones donde di Misiones: unas, por haber abandonado la práctica del
Rosario, volvieron a caer en las malas costumbres; otras, gracias a haber
perseverado en rezarlo, se mantuvieron en gracia de Dios y crecieron día a día
en la virtud.
40a. Rosa
Efectos admirables del Rosario
[114]
El Beato Alano de la Rupe, los Padres Juan
Dumont y Thomas, las Crónicas del Santo Rosario, y otros autores, muchas veces
testigos oculares, refieren numerosas conversiones excepcionales de pecadores, a
quienes durante veinte, treinta o cuarenta años, pasados en el mayor desorden,
nada había podido convertir. No obstante, gracias a la maravillosa plegaria que
es el Rosario, alcanzaron la conversión. Por temor a extenderme más de lo justo,
no las narraré. Tampoco referiré las que yo mismo he visto. Las omito por
diversas razones.
Lector amado, si pones en práctica y predicas esta devoción, aprenderás por
experiencia propia mejor que en libro alguno, y comprobarás felizmente el efecto
maravilloso de las promesas hechas por la Santísima Virgen a Santo Domingo, al
Beato Alano de la Rupe y a cuantos hagan florecer esta devoción que le es tan
grata. Devoción que educa a los pueblos en las virtudes de su Hijo y en las
suyas propias, los conduce a la oración mental, a la imitación de Jesucristo, a
la frecuencia de los Sacramentos, a la sólida práctica de las virtudes y toda
clase de buenas obras, y a ganar tan valiosas indulgencias que las gentes
ignoran porque los predicadores de esta devoción no hablan de ellas casi nunca,
contentándose con hacer sobre el Rosario un sermón a la moda, que muchas veces sólo causa admiración, pero no instruye.
[115]
Para abreviar, me contento con decirte, con el Beato Alano, que el Rosario es un
manantial y depósito de toda clase de bienes:
1o
P
Procura el perdón a los pecadores;
2o
S
Sacia a las almas sedientas;
3o
A
A los encadenados rompe las cadenas;
4o
L
La alegría devuelve a los que lloran;
5o
T
Tranquilidad ofrece a los tentados;
6o
E
El pobre es socorrido;
7o
R
Reforma los Institutos Religiosos;
8o
I
Inteligencia da a los ignorantes;
9o
V
Vencen la vanidad los que están vivos;
10o
M
Mediante sus sufragios son aliviados los muertos.
«Quiero –dijo un día la Santísima Virgen al Beato Alano– que los devotos de mi
Rosario obtengan la gracia y bendición de mi Hijo durante su vida, en la hora de
la muerte y después de ella. Quiero que se vean libres de todas las esclavitudes
y sean reyes verdaderos, con la corona en la cabeza y el cetro en la mano y
alcancen la vida eterna. Amén».
QUINTA
DECENA
CÓMO REZAR EL ROSARIO
41a.
Rosa
Pureza del alma
[116]
El fervor de nuestra plegaria y no precisamente su longitud agrada a Dios y le
gana el corazón. Una sola Avemaría bien dicha es más meritoria que ciento
cincuenta mal dichas. Casi todos los
católicos rezan el Rosario o al menos una tercera parte del mismo o algunas
decenas de Avemarías. ¿Por qué,
entonces, hay tan pocas personas que se corrigen de sus pecados y adelantan de
veras en la virtud? ¡Porque no rezan como se debe!
[117]
Veamos, pues, cómo se debe rezar el Rosario para agradar a Dios y hacernos
santos.
1o Quien reza el Rosario debe hallarse en estado de gracia o estar al
menos resuelto a salir del pecado. Efectivamente, la teología nos enseña que las
buenas obras y plegarias realizadas en pecado mortal, son obras muertas que no
logran agradar a Dios ni merecer la vida eterna. En este sentido dice la
Escritura: «No, corresponde a los
pecadores alabar».
Ni la alabanza, ni la salutación angélica, ni la misma oración de Jesucristo
pueden agradar a Dios cuando salen de la boca de un pecador impenitente:
«Este pueblo me honra con sus labios, pero
su corazón está lejos de mí».
Esas personas que ingresan en mis Cofradías –dice Jesucristo–, que recitan todos
los días el Rosario o parte de él, pero sin contrición alguna de sus pecados, me
honran con los labios, aunque su corazón está lejos de mí.
2o He dicho:
«O estar, al
menos, resuelto a salir del pecado»:
1) porque, si fuera necesario estar en gracia de Dios para orar en forma que le
agrade, la consecuencia sería que quienes están en pecado mortal no deberían
orar, no obstante tener más necesidad de ello que los justos y, por el Rosario o
parte del mismo, porque le sería inútil. Lo cual es un error condenado por la
Iglesia;
2) porque, si te inscribes en alguna Cofradía de la Santísima Virgen, rezas el
Rosario o parte de él u otra oración, con voluntad de permanecer en el pecado o
sin intención de salir de él, pasarías a ser el número de los falsos devotos de
la Santísima Virgen, y de
los devotos presuntuosos e impenitentes que bajo el manto de María, el
escapulario sobre el pecho y el Rosario en la mano, van gritando:
«Santa y bondadosa Virgen, yo te saludo, ¡oh
María!» Y entre tanto, crucifican y desgarran cruelmente a Jesucristo con
sus pecados y, desde las más santas Cofradías de Nuestra Señora, caen
lastimosamente en las llamas de infierno.
[118]
Aconsejamos el Rosario a todo el mundo: a
los justos, para que perseveren y crezcan en gracia de Dios;
a los pecadores, para que salgan de sus
pecados.
Pero no agrada ni puede agradar a Dios el que exhortemos a un pecador a hacer
del manto protector de la Santísima Virgen, un manto de condenación para ocultar
sus crímenes y cambiar el Rosario, que es remedio de todos los males, en veneno
mortal y funesto. ¡La corrupción de lo
mejor es la peor!
El sabio Cardenal Hugo afirma: «Es necesario ser Ángeles de pureza para
acercarse a la Santísima Virgen y rezar la salutación angélica».
La Virgen María mostró un día hermosos frutos en una bandeja llena de
inmundicias, a un impúdico que recitaba constantemente el Rosario todos los
días. El se quedó horrorizado. La Virgen le explicó: «¡Tú me sirves así! ¡Me
presentas bellísimas rosas en un vaso sucio y contaminado! ¡Juzga tú mismo, si
me agradarán!»
42a. Rosa
Recitación atenta
[119]
Para rezar bien no basta expresar nuestra súplica con la más hermosa de las
oraciones, que es el Rosario. Es preciso también hacerlo con gran
atención. Porque Dios oye más la oración
del corazón que la de los labios. Orar a Dios con distracciones voluntarias
sería una irreverencia capaz de hacer infructuosos nuestros Rosarios y llenarnos
de pecados. ¿Cómo pretender que Dios nos escuche, cuando no nos oímos
a nosotros mismos? ¿Sí, mientras suplicamos a tan augusta Majestad, nos
distraemos voluntariamente corriendo tras una mariposa?
Esto equivale a alejar de ti la bendición del Señor y arriesgarte a recibir más
bien la maldición lanzada por Él contra quienes realizan la obra de Dios con
negligencia:
«Maldito el que ejecuta con flojera el trabajo que
Yavé le ha encomendado».
[120]
Es verdad que no podrás rezar el Rosario sin padecer algunas distracciones
involuntarias. Te será aún más difícil recitar un Avemaría sin que la
imaginación, siempre inquieta, te robe parte de la atención. Pero, sí, te es
posible rezar sin distracciones voluntarias. Para disminuirlas y fijar la
atención, debes utilizar toda clase de medios.
Para ello: colócate en presencia de Dios, pensando en que Él y su Santísima
Madre te están mirando, que tu Ángel de la guarda está a tu derecha recogiendo
tus Avemarías bien dichas, como otras tantas rosas, para tejer con ellas una
corona a Jesús y a María, y que, por el contrario, el demonio se halla a tu
izquierda y merodea a tu alrededor para devorar tus Avemarías dichas sin
atención, devoción, ni modestia, y anotarlas en su libro de muerte. Sobre todo,
no omitas ofrecer cada decena en honor de los misterios.
Represéntate en la imaginación al Señor y su
Santísima Madre en el misterio que contemplas.
[121]
Se lee en la vida del Beato Hermann, premonstratense, que, cuando rezaba el
Rosario con devota atención y meditando los misterios, se le aparecía la
Santísima Virgen, resplandeciente de luz, hermosura y majestad. Habiéndose
enfriado más tarde su devoción, rezaba el Rosario de carrera y sin atención. Se
le apareció la Virgen María con el semblante arrugado, triste y repulsivo.
Hermann se sorprendió por semejante cambio. Ella le explicó entonces: «Me
presento ante tus ojos, como me hallo en tu alma. Pues me tratas como a persona
ruin y despreciable. ¿Qué fue de aquellos tiempos en que me saludabas con
respeto y atención, y meditabas mis misterios y grandezas?»
43a. Rosa
Combatir enérgicamente las distracciones
[122]
Así como no hay oración más meritoria para el alma ni más gloriosa para Jesús y
María que el Rosario bien dicho, tampoco no hay nada más difícil que rezarlo
bien y con perseverante atención. Esto, principalmente a causa de las
distracciones que surgen casi naturalmente de la repetición continua de la misma
plegaria.
Cuando rezas el Oficio de la Virgen, los Siete
Salmos, u
oraciones distintas del Rosario, el cambio o diversidad de términos
frenan la imaginación y recrean el espíritu. Así es más fácil rezarlos bien.
Pero en el Rosario, donde siempre encuentras los mismos Padrenuestros y
Avemarías hilvanadas en la misma forma, es fácil que te canses, te adormiles y
lo abandones para irte en pos de oraciones más deleitosas y menos molestas. De
suerte que necesitas más devoción para perseverar en el rezo del Santo Rosario,
que en el de cualquier otra plegaria, aunque sea el Salterio de David.
[123]
La imaginación, siempre inquieta y que no se queda tranquila un solo instante,
aumenta la dificultad. Otro tanto hará la malicia del demonio, incansable en su
labor de distraernos e
impedirnos orar. ¿Qué no moverá contra nosotros el maligno al vernos aplicados a
rezar el Rosario en contra suya? Antes de iniciar nuestra oración, acrecienta la
apatía y negligencia naturales. Durante la oración, aumenta el hastío, las
distracciones y el decaimiento. Y cuando hemos terminado de orar entre mil
trabajos y distracciones, nos deprime de diversas maneras y se burla de nosotros
diciéndonos: «No has hecho nada que valga la pena. Tu Rosario no vale nada.
Pierdes tu tiempo recitando tantas oraciones vocales sin atención. Media hora de
meditación o una buena lectura se aprovecharían mucho más. Mañana, cuando estés
menos adormilado, podrás orar con mayor atención. ¡Deja, pues, para mañana el
resto de tu Rosario!» En esta forma el diablo con sus artimañas consigue que
abandones el Rosario en todo o en parte, lo cambies por otra oración o lo
difieras.
[124]
¡No le des crédito, querido cofrade del Rosario! ¡No pierdas el ánimo! Pues,
aunque durante el Rosario tu imaginación haya estado llena de distracciones e
ideas extravagantes, siempre que hayas procurado desecharlas lo mejor posible
tan pronto como te diste cuenta de ellas, tu Rosario será mucho mejor. Porque es
más meritorio. Y será más meritorio, cuanto más difícil. Y es tanto más difícil,
cuanto menos agradable te resulte naturalmente el verte acosado por infinidad de
fastidiosos mosquitos y hormigas, que corriendo por una y otra parte en la
imaginación, pero a pesar tuyo, no permiten al espíritu saborear lo que dices ni
descansar tranquilamente.
[125]
Si es preciso que pases todo el Rosario combatiendo contra las distracciones,
lucha valerosamente con las armas en la mano. Es decir, sigue rezándolo, aunque
sin gusto ni consuelo sensibles. Será una lucha terrible, pero muy saludable al
alma fiel. Mientras que si rindes las armas, es decir, si dejas el Rosario,
sales vencido y, en lo sucesivo, el demonio, triunfador sobre tu fuerza de
voluntad, te dejará en paz, pero en el día del juicio te reprochará tu
pusilanimidad e infidelidad. «El que se
mostró digno de confianza en cosas sin importancia será digno de confianza
también en las importantes».
Quien es fiel en rechazar las pequeñas distracciones durante una breve plegaria,
los será igualmente en las grandes empresas. Nada más cierto: ¡son palabras del
Espíritu Santo!
¡Ánimo, pues, servidor bueno y fiel de Jesucristo y de la Santísima Virgen, que
has tomado la resolución de rezar el Rosario todos los días! Que la multitud de
moscas –llamó así a las distracciones que importunan mientras rezas– no logren
jamás hacerte abandonar cobardemente la compañía de Jesús y de María, en la que
te hallas al rezar el Rosario. Más adelante te presentaré los medios para
disminuir las distracciones.
44a. Rosa
Cómo rezar el Rosario
[126]
Para recitar bien el Rosario, después de invocar al Espíritu Santo, ponte un
momento en presencia de Dios y ofrece las decenas como te enseñaré más adelante.
Antes de empezar cada decena, detente un momento, más o menos largo según el
tiempo de que dispongas, a considerar el misterio que vas a contemplar en dicha
decena. Y pide por ese misterio y por intercesión de la Santísima Virgen, una de
las virtudes que más sobresalgan en él o que más necesites.
Pon atención particular en evitar los dos defectos más comunes que cometen
quienes rezan el Rosario:
•
el primero es el no formular ninguna intención antes de comenzarlo. De modo que
si les preguntas por qué lo rezan, no saben qué responder. Ten, pues, siempre
ante la vista una gracia por pedir, una virtud que imitar o un pecado por
evitar;
•
el segundo defecto, en que se cae al rezar el Rosario, es no tener otra
intención que la de acabarlo pronto. Procede este defecto de considerar el
Rosario como algo oneroso y tremendamente pesado hasta haberlo terminado, sobre
todo si te has obligado a rezarlo en conciencia o te lo han impuesto como
penitencia y como a pesar tuyo.
[127]
Da tristeza ver cómo recita el Rosario la mayoría de las gentes: con
precipitación increíble, comiéndose las palabras... No osarías felicitar así al
último de los hombres... ¿Crees acaso que Jesús y María se sentirán con ello muy
honrados? Después de esto, ¿por qué asombrarte de que las plegarias más santas
de la religión cristiana queden casi sin fruto alguno, y de que, después de
rezar mil y diez mil Rosarios, no seas más santo?
Detén, querido cofrade del Rosario, tu natural precipitación al rezarlo. Haz
algunas pausas en medio del Padrenuestro y del Avemaría, como las señalo aquí:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
†
santificado sea tu nombre,
†
venga a nosotros tu reino,
†
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
†
Danos hoy nuestro pan de cada día,
†
perdona nuestras ofensas,
†
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
†
no nos dejes caer en la tentación,
†
y líbranos del mal. Amén.
†
Dios te salve, María,
† llena eres de gracia, † el Señor es contigo, † bendita tú eres entre todas las
mujeres
† y
bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. †
Santa María, Madre de Dios,
† ruega por nosotros pecadores, † ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
†
A causa de la mala costumbre que tienes de rezar precipitadamente, te costará al
principio hacer estas pausas. Pero, una decena recitada pausadamente será más
meritoria que mil Rosarios rezados a la carrera, sin reflexionar ni hacer las
pausas.
[128]
El Beato Alano de la Rupe y
otros autores –entre ellos, Belarmino– refieren que un buen Sacerdote aconsejó a
tres hermanas penitentes suyas, que rezaran diaria y devotamente el Rosario
durante un año, sin faltar a él un solo día, para tejer un hermoso vestido a la
Santísima Virgen. Era –les dijo– un secreto recibido del Cielo.
Así lo hicieron las tres hermanas. Al año siguiente, el día de la Purificación,
ya atardecido y habiéndose ellas retirado, entró en su apartamento la Santísima
Virgen. Venía acompañada de Santa Catalina y Santa Inés, engalanada con un traje
resplandeciente de luz, sobre el cual se leía escrito por todas partes en letras
de oro: «¡Dios te salve, María, llena eres de gracia!» La Reina del Cielo se
acercó al lecho de la hermana mayor y le dijo; «Te saludo, ¡hija mía! ¡Tú me has
saludado frecuentemente y muy bien! ¡Vengo a darte las gracias por el hermoso
vestido que me hiciste!» Las dos santas vírgenes que la acompañaban, también le
dieron las gracias. Después desaparecieron las tres.
Una hora más tarde, volvió la Santísima Virgen con sus dos compañeras a la
habitación, vestida con un traje sin oro ni resplandor. Se acercó al lecho de la
segunda hermana y le dio las gracias por el traje que le había confeccionado
rezando el Rosario. Como ella había visto a la Santísima Virgen aparecerse a su
hermana mayor mucho más resplandeciente, le preguntó el motivo de la diferencia.
«¡Tu hermana –respondió María– me tejió vestidos mejores, rezándome el Rosario
mejor que tú!».
Aproximadamente una hora más tarde se apareció por tercera vez la Santísima
Virgen a la más joven de las hermanas. Venía vestida con un harapo sucio y roto,
y le dijo: «Hija mía, así me has vestido. ¡Gracias!».
La joven cubierta de confusión, exclamó: «Ah, ¡Señora mía! Perdón por haberte
vestido tan mal. ¡Dame tiempo suficiente para hacerte un traje hermoso, rezando
mejor el Rosario!».
Cuando desapareció la visión, contó la afligida joven al confesor cuanto le
había ocurrido.
Éste la animó a ella y a sus hermanas a rezar el Rosario durante el año
siguiente con mayor perfección que nunca. Así lo hicieron. Y, al cabo del año,
siempre en el día de la Purificación, al atardecer, se les apareció la Santísima
Virgen, vestida con hermosísimo traje y acompañada de Santa Catalina y Santa
Inés que llevaban coronas, y les dijo: «¡Hijas mías, estén Uds. seguras del
reino de los Cielos! ¡Mañana entrarán en él con gran alegría!» A lo cual
respondieron ellas: «Preparado está nuestro corazón, amadísima Señora, preparado
está nuestro corazón!» Y la
visión desapareció.
Aquella misma noche, se sintieron enfermas, llamaron al confesor, recibieron los
Sacramentos de los enfermos y dieron gracias al Director por la santa práctica
que les había enseñado.
Después de Completas, la
Santísima Virgen se les apareció una vez más, acompañada de gran número de
vírgenes. Hizo revestir con túnicas blancas a las tres hermanas, que murieron
mientras los Ángeles cantaban: «Vengan, esposas de Cristo. ¡Reciban las coronas
que les están preparadas desde la eternidad!»
Esta narración te enseña diversas verdades:
1) lo importante que es tener buenos Directores, que inspiren santas prácticas
de piedad y especialmente el Santo Rosario;
2) lo importante que es rezar el Santo Rosario con atención y devoción;
3) lo benigna y misericordiosa que es la Santísima Virgen con los que se
arrepienten de su pasado y proponen enmendarse;
4) lo generosa que es Ella en recompensar durante la vida, en la
hora de la muerte y la eternidad los pequeños servicios que le ofrecemos con
fidelidad
45a. Rosa
Hay que rezar el Rosario con modestia
[129]
Permíteme añadir que hay que rezar la Corona con modestia, es decir, en cuanto
posible, de rodillas, con las manos juntas y el rosario entre ellas. Sin
embargo, en caso de enfermedad, puedes rezarlo en el lecho. De viaje, puedes
rezarlo caminando. Si la enfermedad te impide arrodillarte, puedes rezarlo
sentado o de pie. Puedes rezarlo también mientras trabajas, si no es posible
dejar el trabajo por impedírtelo las obligaciones profesionales, dado que el
trabajo manual no obstaculiza a la oración vocal.
Ciertamente que nuestra alma, por ser limitada en la acción, estará menos atenta
a las operaciones del espíritu, tales como la oración, cuando lo está al trabajo
de las manos. Sin embargo, en caso de necesidad, una oración así, tiene también
su valor ante la Santísima Virgen, que recompensa más la buena voluntad que la
acción exterior.
[130]
Te aconsejo dividir el Rosario en tres partes y recitarlo en tres tiempos
diferentes del día. Es preferible esto a rezarlo todo de una vez. Si no te
alcanza el tiempo para recitar seguido toda una tercera parte, recita una decena
acá y otra allá. Así habrás rezado tu Rosario entero antes de irte a acostar, a
pesar de tus obligaciones y negocios.
Imita en esto la fidelidad de San Francisco de Sales. Hallándose, cierta noche,
muy cansado a causa de las visitas que había tenido que hacer durante el día y
siendo ya casi las doce de la noche, se acordó que le faltaban aún algunas
decenas por rezar. Se puso inmediatamente de rodillas y las rezó antes de
acostarse, no obstante las recomendaciones de su capellán, que, viéndolo tan
fatigado, le instaba para que aplazara hasta el día siguiente lo que le faltaba
por rezar.
Imita igualmente la fidelidad, modestia y devoción de aquél santo Religioso, que
según lo narran las Crónicas de San Francisco y he referido ya,
acostumbraba rezar un Rosario con mucha devoción y modestia, antes de comer.
46a. Rosa
Hay que rezar el Rosario comunitariamente
[131]
Entre tantos métodos como existen de rezar el Rosario, el más glorioso para
Dios, saludable para el alma y terrible para el demonio es el de salmodiarlo o
rezarlo públicamente a dos coros.
Dios se complace en las asambleas. Todos los Ángeles y santos congregados en el
Cielo le alaban incesantemente.
Los justos de la tierra, reunidos en varios grupos, le imploran en comunidad día
y noche. El Señor aconsejó expresamente esta práctica a sus Apóstoles y
discípulos, y les prometió que cuantas veces se reunieran dos o tres en su
Nombre, Él se encontrará en medio de ellos, para
rogar en su nombre y rezar la misma oración.
¡Qué alegría tener a Jesús en nuestra compañía! Y pensar que para poseerlo basta
solamente reunirse a rezar el Rosario! Es la razón por la cual los primeros
cristianos se reunían tantas veces para orar juntos, a pesar de las
persecuciones de los emperadores que les prohibían reunirse. Preferían exponerse
a la muerte antes que faltar a sus asambleas, en las que tenían la certeza de
que Jesús les hacía compañía.
[132]
La oración en común es la más saludable al alma:
1) porque de ordinario la mente está más atenta durante la oración pública que
durante la privada;
2) porque cuando se ora en comunidad, la oración de cada persona se convierte en
la de toda la asamblea, y todas juntas sólo forman una oración. De suerte que si
algún particular no reza tan bien, otro que lo hace mejor suple su falta. El
fuerte sostiene al débil, y el fervoroso enardece al tibio, el rico enriquece al
pobre y el malvado se integra a los buenos. ¿Cómo vender un kilo de cizaña?
¡Basta mezclarla con cuatro o cinco de trigo bueno!;
3) porque una persona que reza sola el Rosario tiene el mérito de un solo
Rosario, pero si lo reza con treinta personas, adquiere el mérito de treinta
Rosarios. Tales son las leyes de la oración pública. ¡Qué ganancia! ¡Qué
ventaja!;
4) Urbano VIII, muy satisfecho de la devoción del Santo Rosario que se recitaba
a dos coros en muchos lugares de Roma, especialmente en el convento de la
Minerva, concedió una indulgencia parcial para cada vez que uno lo reza a dos
coros;
5) porque la oración pública es más eficaz que la individual para apaciguar la
ira de Dios y obtener su misericordia.
La Iglesia, dirigida por el Espíritu Santo, se sirvió de esta forma de oración
en los tiempos de flagelos y calamidades públicas. El Papa Gregorio XIII declara
en una Bula que
es preciso creer piadosamente que las oraciones públicas y las procesiones de
los cofrades habían contribuido a obtener poderosamente de Dios la gran victoria
de los cristianos sobre el ejército de los turcos en el golfo de Lepanto el
primer domingo de octubre de
1571.
[133]
Luis el Justo, de
feliz memoria, mientras tenía sitiada a La Rochela, donde los herejes
revolucionarios tenían sus fortalezas, escribía a la reina-madre para pedir que
se hicieran oraciones públicas por la prosperidad de su ejército. La reina
resolvió organizar el rezo público del Rosario en la iglesia de los Hermanos
Predicadores del Barrio de San Honorato de París. El Señor Arzobispo cumplió
solícitamente esta disposición, y la piadosa práctica comenzó el 20 de mayo de
1628. Estuvieron presentes la reina-madre y la reina-regente, el duque de
Orleáns, los Eminentísimos Señores Cardenales de La Rochefoucault y de Bérulle,
muchos Obispos, toda la corte y multitud incontable de gentes. El Señor
Arzobispo leía en alta voz las meditaciones sobre los misterios del Rosario y
proseguía con la recitación del Padrenuestro y del Avemaría de cada decena. Los
Religiosos y demás asistentes respondían.
Después del Rosario, llevaron en procesión la estatua de la Santísima Virgen,
cantando sus letanías, y la ceremonia se repitió todos los sábados, con
admirable fervor y la bendición evidente del Cielo, ya que el rey triunfó sobre
los ingleses en la isla de Re y entró victorioso en La Rochela el día de Todos
los Santos del mismo año. Esto demuestra la eficacia de la oración pública.
[134]
Por último, el Rosario rezado en comunidad es mucho más terrible contra el
demonio, pues se conforma un ejército entero para atacarlo. En ocasiones triunfa
fácilmente sobre la oración particular. Pero, si ésta se une a la de los demás,
sólo con dificultad logrará sus propósitos. Es fácil romper una varita. Pero, si
la unes a otras y formas un haz, no podrás romperla.
La unión hace la fuerza. Los soldados se unen en batallón para derrotar al
enemigo. Los malvados se unen con frecuencia para sus orgías y danzas. Los
mismos demonios se unen para perdernos.
¿Por qué no han de reunirse los cristianos para gozar de la compañía de
Jesucristo, aplacar la ira divina, alcanzar la gracia y misericordia del Señor,
y vencer y abatir más eficazmente a los demonios?
Amado cofrade del Rosario: vivas en la ciudad o en el campo, cerca de la iglesia
parroquial o de una capilla, vete a ella, al menos todas las tardes, y con
permiso del rector de la iglesia y en compañía de cuantos lo deseen, reza el
Rosario a dos coros. Haz otro tanto en tu casa o en la de cualquier particular,
si no tienes la posibilidad de ir a la iglesia o a la capilla.
[135]
Ésta es una santa práctica que Dios, en su misericordia, ha establecido en los
lugares donde he dado Misiones, para conservar y acrecentar el fruto de las
mismas e impedir el pecado. Antes de establecer el Rosario, en tales, pueblos y
aldeas sólo se veían bailes, inmodestias, disoluciones, querellas y divisiones,
y sólo se oían canciones deshonestas y palabras de doble sentido.
Ahora, sólo se escuchan allí los cánticos y la salmodia del Padrenuestro y del
Avemaría. Y sólo se ven grupos de veinte, treinta, cien y más personas, que
cantan, como Religiosos, alabanzas al Señor a horas determinadas. Hay también
lugares en los cuales se reza diariamente el Rosario en comunidad en tres
momentos diferentes del día. ¡Qué bendición del Cielo!
Pero, como en todas partes hay réprobos, no te extrañes de encontrar en los
lugares donde vives, gentes perversas que desdeñarán venir al Rosario, que tal
vez hasta lo ridiculizarán y aún harán cuanto puedan, con sus malignas
insinuaciones y ejemplos, para impedir que continúes en tan santo ejercicio.
Pero ¡no cedas! ¡No te extrañes de su proceder! ¡Un día, estos infelices se
hallarán para siempre separados de Dios, excluidos del Paraíso, así como ahora
se apartan de la compañía de Jesucristo y de sus servidores!
47a. Rosa
Rezar el Rosario todos los días con fe, humildad y confianza
[136]
¡Apártate de los malvados, pueblo de Dios, asamblea de predestinados! Para escapar de ellos y salvarte, en medio de cuantos se
condenan por su impiedad, ociosidad y falta de devoción, decídete sin pérdida de
tiempo a rezar con frecuencia el Santo Rosario con fe, humildad, confianza y
perseverancia.
En primer lugar
si piensas con seriedad en el mandato que nos dio Jesucristo de orar siempre, y
reflexionas en su ejemplo, en la urgente necesidad que tenemos de la oración, a
causa de nuestras tinieblas, ignorancia y debilidad, y de la multitud de
enemigos que nos persiguen, no te contentarás con rezar el Rosario una vez al
año, como lo exige la Cofradía del Rosario Perpetuo, ni una vez a la semana,
como lo prescribe la del Rosario Ordinario, sino que lo recitarás puntualmente
todos los días, como lo pide la del Rosario Cotidiano, aunque no tengas otra
obligación que la de salvarte, Jesús le propuso un ejemplo sobre
«la necesidad de orar siempre, sin
desanimarse».
[137]
Éstas son palabras eternas de Jesucristo, que es preciso creer y practicar, si
no quieres condenarte. Explícalas como quieras. Pero no a la moda, para que las
vivas a la moda. Jesucristo nos dio la verdadera explicación con su ejemplo:
«Les he dado ejemplo, para que Uds. hagan lo
mismo que yo...» «Pasó la noche en oración con Dios». Como
si no le bastara el día, dedicaba también la noche a la oración.
Repetía con frecuencia a sus Apóstoles estas palabras:
«Estén despiertos y orando».
El hombre es débil. La tentación, próxima y continua. Y si no oras siempre,
caerás en ella. Los Apóstoles creyeron que el Señor sólo les daba un consejo,
interpretaron erróneamente sus palabras, y cayeron en la tentación y en el
pecado a pesar de tener a Jesús en su compañía.
[138]
Estimado cofrade, no es necesario orar tanto ni rezar tantos Rosarios si quieres
vivir a la moda y condenarte a la moda, es decir, cayendo de tiempo en tiempo en
el pecado mortal para luego confesarte, evitando los pecados groseros y
escandalosos, y salvando las apariencias.
Una corta oración por la mañana y por la tarde, uno que otro Rosario impuesto
por penitencia, unas decenas de Avemarías a la carrera y cuando te venga en
gana, te bastarán para aparecer ante el mundo como buen cristiano. Si hacemos
menos, te acercas al libertinaje, y si haces más, te aproximas a la singularidad
y a la santurronería.
[139]
Pero es necesario que ores siempre, como lo enseñó Jesucristo, si, como
cristiano auténtico, quieres de verdad salvarte y caminar tras las huellas de
los santos, evitando caer en todo pecado mortal, rompiendo todas las cadenas y
apagando todos los dardos encendidos de Satanás.
Debes, al menos, rezar diariamente el Rosario u otras oraciones equivalentes.
Digo “al menos”, porque con el Rosario cotidiano alcanzarás cuanto es necesario
para evitar el pecado mortal, vencer todas las tentaciones, en medio de los
torrentes de iniquidad del mundo que arrastran con frecuencia a quienes se creen
más seguros, en medio de los espíritus malignos más habilidosos que nunca y que
sabiendo que les queda poco tiempo para tentar, lo hacen con mayor astucia y
éxito.
¡Qué maravillosa es la gracia del Santo Rosario! ¡Poder escapar del mundo, del
demonio y de la carne, y salvarte para el Cielo!
[140]
Si no quieres aceptar lo que te digo, da crédito por lo menos a tu propia
experiencia.
Respóndeme: ¿Eras acaso capaz de evitar
ciertos pecados graves que sólo tu ceguera te hacía ver como insignificantes,
cuando te contentabas con esas cortas oraciones hechas como las hace el
cristiano mediocre? ¡Abre, pues, los ojos! Ora y ora siempre, si quieres vivir y
morir como santo; sin pecado mortal, por lo menos. Reza todos los días, como
hacían los cofrades del Rosario cuando se estableció la Cofradía. Más adelante
encontrarás la prueba de cuanto te digo.
La Santísima Virgen al dar el Rosario a Santo Domingo, le ordenó rezarlo y
hacerlo rezar todos los días. El Santo, por su parte, no recibía en la Cofradía
a nadie que no tuviera la firme resolución de rezarlo diariamente.
Si ahora no se exige en la Cofradía del Rosario Ordinario sino la recitación de
un Rosario semanal, ello obedece a que se ha apagado el fervor y enfriada la
caridad. ¿Qué más se puede pedir a quienes rezan como a pesar suyo?
«Pero no es esa la ley del comienzo».
[141]
Es preciso, además, tener en cuenta tres advertencias:
– La primera,
que si deseas inscribirte en la Cofradía del Rosario Cotidiano y participar en
las oraciones y méritos de quienes ya están en ella, no basta con
que te inscribas en la Cofradía del Rosario Ordinario, ni que tomes simplemente
la resolución de rezar el Rosario todos los días. Tienes que dar tu nombre a
quienes han sido autorizados para inscribirte en ella. Será conveniente que te
confieses y comulgues en esta circunstancia.
La razón de esta advertencia es que el Rosario Ordinario no incluye el
Cotidiano, aunque éste sí, el Ordinario.
– La segunda,
que absolutamente hablando, no hay pecado ni siquiera venial, si omites el rezo
de Rosario Cotidiano, Semanal o Anual.
–
La tercera, que cuando la enfermedad,
obediencia legítima, necesidad u olvido involuntario te impiden rezar el
Rosario, no pierdes el mérito ni la participación en los Rosarios de los demás
cofrades. Y, por tanto, no es necesario en absoluto que al día siguiente reces
dos Rosarios para suplir al que faltaste, sin culpa tuya, según suponemos. Pero,
si la enfermedad te permite rezar una parte del Rosario, debes rezarla.
«Felices tus servidores, que están siempre juntos a ti».
«Felices los que habitan en tu casa, y te
alaban sin cesar.
¡Dichosos, Señor Jesús, los cofrades del Rosario Cotidiano, que permanecen todos
los días en torno a Ti y en tu casita de Nazaret, al pie de tu cruz y de tu
reino en los Cielos, dedicados a contemplar tus misterios gozosos, dolorosos y
gloriosos! ¡Qué felices en la tierra, a causa de las gracias que les comunicas!
Y ¡qué dichosos en el Cielo, donde te alabarán de manera especialísima por los
siglos de los siglos!
[142]
En segundo lugar,
hay que recitar el Rosario con fe, conforme a las palabras de Jesucristo:
«Todo lo que pidan en la oración, crean que
ya lo recibieron, y se les dará». Cree que recibirás de Dios cuanto le pidas, y Él te
escuchará y te responderá:
«Que te suceda como creíste».
«Si a alguno de Uds. le falta la
sabiduría, que la pida a Dios. Pero que pida con fe, sin dudar»,
recitando el Rosario, y le será concedida.
[143]
En tercer lugar,
hay que orar con humildad, como el publicano, que estaba de rodillas en tierra y
no con una rodilla en el aire o sobre una banca, como hacen los orgullosos.
Se quedó a la entrada sin atreverse a
llegar hasta el fondo del santuario, como el fariseo.
Tenía los ojos clavados en el suelo, sin
atreverse a levantarlos al cielo. Sin levantar la cabeza ni mirando acá y allá,
como el fariseo. Golpeándose el pecho,
confesándose pecador e implorando perdón:
«Ten piedad de mí que soy un pecador». Y
no, como el fariseo que se vanagloriaba de sus buenas obras y despreciaba a los
demás. Evita la orgullosa oración del fariseo, que volvió a su casa más
endurecido y maldito. Imita más bien la humildad del publicano en su oración que
le obtuvo el perdón de los pecados.
Evita correr en busca de lo extraordinario y pedir o siquiera desear
conocimientos excepcionales, visiones, revelaciones y gracias extraordinarias
que Dios comunica a veces a algunos santos, durante la recitación del Rosario.
«La fe sola es suficiente»,
ahora que el Evangelio y todas las devociones y prácticas de piedad se hallan
suficientemente establecidas.
No omitas nunca la menor parte del Rosario en las sequedades, desalientos y
decaimientos interiores. Será señal de orgullo e infidelidad. Como valiente
campeón de Jesús y María, recita el Padrenuestro y el Avemaría en medio de la
aridez, aunque sin ver, sentir, ni gustar, esforzándote cuanto puedas por
contemplar los misterios.
No suspires por los bombones y golosinas de los niños cuando comes tu pan de
cada día. Para imitar más perfectamente a Jesús agonizante, prolonga la
recitación de tu Rosario, precisamente cuanto más te cueste el rezarlo:
«Empezó a luchar contra la muerte. Oraba con
más insistencia». Así
podrá aplicarse a tu caso lo que se ha dicho de Jesucristo, quien cuando estaba
en la agonía, oraba más largamente.
[144]
En cuanto lugar, ora con total confianza.
Con una confianza fundada en la bondad y generosidad infinitas de Dios y en las
promesas de Jesucristo. Dios es fuente de agua viva que corre incesantemente en
el corazón de los que oran.
Jesús es como el pecho del Padre Eterno, lleno de gracia y de verdad.
Ahora bien, el mayor deseo del Padre respecto de nosotros es comunicarnos las
aguas saludables de su gracia y misericordia. Y nos grita:
«A ver Uds. que andan con sed, ¡vengan a
tomar agua!», en
la oración. Y si no oras, se queja de que le abandonas:
«Me han abandonado a mí, que soy manantial
de aguas vivas».
Pedir gracias a Jesucristo es causarle placer, un placer mayor que procura a las
madres naturales dar a sus hijos el néctar de sus pechos.
La oración es el canal de la gracia de Dios y a modo de pecho maternal de
Jesucristo. Si no acudes a Él con la plegaria, como deben hacerlo todos los
hijos de Dios, Jesucristo se queja amorosamente:
«Hasta ahora no han pedido nada: pidan y se
les dará; busquen y encontrarán, llamen a la puerta y les abrirán».
Más aún, para animarnos a pedir con mayor confianza, llega a empeñar su palabra
de que el Eterno Padre nos concederá cuanto le pidamos en su Nombre.
48a. Rosa
Perseverar en la devoción del Rosario
[145]
A la confianza debes unir, en
quinto
lugar, la perseverancia en la oración. Sólo quien persevera en pedir, buscar
y llamar, recibirá, encontrará y entrará. No es suficiente pedir a Dios una
gracia durante un mes, un año, diez o veinte años: no debes cansarte, sino pedir
hasta la muerte y estar resuelto a obtener lo que pides al Señor para la
salvación o a morir. Más aún, es preciso unir la muerte con la perseverancia en
la oración y la confianza en Dios, y repetir con Job:
«No importa que me quites la vida»: seguiré esperando en Él y de Él cuanto le pido.
[146]
La generosidad de los ricos y grandes de este mundo se muestra en que se
anticipan a favorecer a los necesitados, aun sin esperar que les pidan ayuda.
Dios, por el contrario, manifiesta su magnificencia en hacer pedir y buscar por
largo tiempo las gracias que nos quiere conceder. Más aún, cuanto más preciosa
es la gracia que desea otorgar, más se demora en concederla:
1º a fin de poder aumentarla;
2º a fin de que quien la recibe la aprecie más;
3º a fin de que quien la recibe ponga cuidado en no perderla. Pues no se estima
mucho lo que en un momento y con poco esfuerzo se ha conseguido.
Persevera, pues, querido cofrade del Rosario, en pedir a Dios, mediante el Santo
Rosario, todas las gracias espirituales y corporales que necesitas,
especialmente la divina Sabiduría, que es un tesoro infinito Tarde
o temprano, la obtendrás infaliblemente, con tal que no abandones el Rosario ni
te desanimes a medio camino.
«Te queda aún largo camino». Sí,
antes de reunir suficientes tesoros para la eternidad, aún te queda mucho por
andar, muchas adversidades por atravesar, muchas dificultades por superar,
muchos enemigo