Fundador de los Misioneros de la Compañía de María
(Padres Monfortianos)

Luis María Grignion de Montfort

 

El 6 de diciembre de 1700, seis meses después de su ordenación sacerdotal, Luis María de Montfort comunicaba a  su director espiritual el P. Lechassier, su sueño de pedirle a Dios “ante las necesidades de la Iglesia” una “pequeña y pobre compañía de sacerdotes ejemplares” que se ocupen, como lo anhela él de sí mismo, de “hacer amar a Nuestro Señor y a su Santísima Madre, de correr en forma pobre y sencilla a dar el catecismo a los pobres del campo y excitar a los pecadores a la devoción a la Santísima Virgen”, y “que desempeñen ese ministerio bajo el estandarte y protección de la Santísima Virgen”.[1]. De esta manera el P. de Montfort diseña su sueño vocacional conforme a su misma vocación misionera y como respuesta a las necesidades de la Iglesia.

Seis años después, decide irse a pie a Roma para pedirle al Papa, en quien ve «a Jesucristo en la persona misma de su Vicario»[2], que lo envié como apóstol a tierras lejanas. El 6 de junio de 1706, Luis María logra este encuentro de fe y sumisión que definirá para siempre y con seguridad su vocación apostólica. A sus requerimientos el Papa le pide que ejerza su celo apostólico en Francia. Que no se vaya a otra parte. Que trabaje siempre en perfecta sumisión a los obispos, en las diócesis a donde lo llamen, que enseñe a los pueblos y a los niños la doctrina cristiana y que haga renovar el espíritu del cristianismo por la renovación de las promesas del bautismo. Además, el Papa le confirió el título de «Misionero Apostólico»[3] El Padre de Montfort “hizo de su propia vida una obediencia a la «misión» confiada por el Pontífice[4]. Y podemos añadir que la fundación de los Misioneros de la Compañía de María se inspira también en su vocación eclesial de Misionero Apostólico y en la manera como la vivió.

Esto lo confirman las “Reglas de los Sacerdotes Misioneros de la Compañía de María”, redactadas por el Padre de Montfort, muy posiblemente en 1713. En ellas describe la espiritualidad apostólica del Misionero de la Compañía y los ministerios que deben desempeñar. En ellas se destacan como características esenciales: la primacía de la evangelización y de la catequesis, la atención preferencial a los pobres y marginados y el abandono a la Providencia por su itinerancia y su dependencia de las gentes para el sustento. El Nro. 2 de estas Reglas en donde Montfort dice no sólo para qué deben ser sus misioneros, sino también claramente, para qué no deben ser y cómo deben ser, será siempre una piedra en el zapato o en la sandalia de todo monfortiano, a lo largo de la historia. En el Nro, 4 dice que en esta Compañía se reciben no sólo sacerdotes sino también hermanos para ayudar a realizar el fin de la Compañía ocupándose particularmente de lo temporal. Así pues, la Compañía de María aunque es un Instituto clerical incluye también hermanos.

Pero la intención fundacional de Montfort no se comprende en su totalidad si no se tienen en cuenta los otros dos textos que enmarcan la Regla, la completan y la ubican en un contexto más amplio. Estos dos textos forman con la Regla el llamado Tríptico y siguen vigentes como «Regla Fundamental» de los Misioneros Monfortianos[5]

En el primero de estos textos, llamado «La Súplica ardiente» describe la espiritualidad apostólica de todos los miembros de la Compañía de María. Esta es en primer lugar, obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y está integrada por “varones apostólicos, formados por María en las bienaventuranzas evangélicas, totalmente disponibles al soplo del Espíritu, dispuestos y preparados para atacar, sin contemplación, las fuerzas del mal a fin de establecer en el mundo el Reino de Dios”.[6]

En el segundo, llamado «Alocución a los Asociados de la Compañía de María» manifiesta una espiritualidad centrada en la pobreza evangélica. La Compañía de María es rica con la pobreza de Cristo como expresión de su comunión con un Padre que nunca nos falta y con los destinatarios de su evangelización.[7]

Se puede afirmar que estos dos textos enmarcan y engloban a toda la familia monfortiana, a esos «apóstoles de los últimos tiempos» (laicos, institutos religiosos o seculares, sacerdotes) pues el sueño del P. de Montfort es «la formación de un gran escuadrón de aguerridos y valientes soldados de Jesús y de María, hombres y mujeres…» VD 114[8] Y se puede añadir que estas dos notas mariana y misionera y la atención preferencial a los pobres y marginados son legados de Montfort válidos para la Iglesia universal que él quería reformar para renovar la faz de la tierra.

La unidad de pensamiento fundacional la conserva Montfort a lo largo de sus 16 años de sacerdote misionero y lo expresa claramente de nuevo en la peregrinación que organiza a Saumur de un grupo de Penitentes, en marzo de 1716. «No tendrán en esta peregrinación otra finalidad que: a) alcanzar de Dios, por intercesión de la Santísima Virgen, buenos misioneros que sigan las huellas de los apóstoles, gracias al abandono total a la Providencia y a la práctica de todas las virtudes, bajo la protección de la santísima Virgen; b) alcanzar el don de la sabiduría… [9]. Este texto pone de manifiesto otro aspecto fundamental y constante del sueño de Montfort como fundador y renovador: la santidad de vida. Para Montfort la vocación fundamental de todo bautizado es a la plenitud de vida en Cristo. El está perfectamente convencido de la vocación de todo cristiano a la santidad y nos ofrece un camino espiritual concreto, “fácil y seguro” para lograrla.[10]

 

A la muerte de san Luis María, la Compañía cuenta sólo con dos sacerdotes, Mulot y Vatel, y cuatro hermanos unidos por votos lo mismo que 3 laicos sin votos[11]

A lo largo de casi dos siglos, la Compañía de María estuvo trabajando, como su Fundador, siempre en Francia dedicada particularmente a la predicación de misiones populares. Siendo Superior general el Padre Gabriel Deshayes, ‘figura excepcional’, ‘hombre providencial’, “el niño mimado de la Providencia”, fecundo fundador, la Compañía de María tuvo un crecimiento notable cuantitativo y cualitativo, pues de 8 Padres y 4 Hermanos que había en 1821, comienzo de su mandato, llegaron a ser 31 Padres y 48 hermanos en 1841, cuando muere.[12] Después, siendo superior general el P. Dalin, la Compañía adquiere un nuevo impulso. Hecho muy significativo fue el hallazgo del Tratado de la Verdadera Devoción en 1842[13]. A raíz de esto y luego de dos viajes hechos a Roma, el P. Dalin logra el 14 de noviembre de 1853 la aprobación Pontificia de las Reglas de los sacerdotes misioneros de la Compañía de María. A partir de este momento, ya no se hablará más de la “Comunidad del Espíritu Santo”, denominación adoptada por la Congregación al comienzo de su historia”[14] Esta aprobación de las Constituciones incluía la posibilidad para los misioneros de trabajar “en tierras lejanas e infieles, si el Vicario de Jesucristo les expresa el deseo” [15] En ese año la Compañía contaba con 28 sacerdotes, 20 novicios y estudiantes, 81 Hermanos y 6 novicios Hermanos.[16] Más tarde, el 3 de febrero de 1872, la Congregación de Propaganda Fide declaró no haber dificultad para incorporar en las Constituciones de la Compañía de María un artículo nuevo autorizando su dedicación a las misiones extranjeras. El 30 de agosto del año precedente la Compañía había iniciado ya su primera misión exterior en Haití respondiendo a la insistente solicitud del Mons. Guilloux, arzobispo de Puerto Príncipe y comenzando a realizar otro aspecto del sueño del Fundador.

Pero lo que se constituirá en un golpe providencial para la expansión de la Compañía fue la persecución que sufrieron las comunidades religiosas en Francia, a partir de 1880, debido a las leyes anticlericales. En 1881 se toma la decisión de trasladar el noviciado a Schimmert, Holanda. En el mismo año la Compañía inicia una fundación en la provincia de Quebec en Canadá, país a donde Montfort había soñado ir. En Holanda el progreso fue tan rápido que 1905 fue instituida la provincia monfortiana de Holanda. La Misión en Canadá se fue ampliando gradualmente y dio origen con los años no sólo a la Provincia de Canadá sino también a la de Estados Unidos. La expansión continúa sucesivamente vinculada en muchos casos a las casas de formación y en otros, impelidos a abandonar un país a causa de la persecución, lo cual da origen a una nueva presencia en otro país. Fue así como la Compañía de María fue creciendo y expandiéndose a lo largo del siglo XX hasta dispersarse demasiado en más de 30 países de los cinco continentes. Logró su mayor número de miembros en el año 1966, acercándose a los 2000. En la década del 70 sufrió la gran crisis que caracterizó a todas las comunidades religiosas y que trajo como consecuencia una disminución grande de sus efectivos en decrecimiento constante hasta llegar a ser 1000 al concluir el año 1999.

 

Actualmente la Compañía de María cuenta con vocaciones en países como Indonesia, India, Filipinas, algunos países de Africa, de las Américas y en Italia. Pero quizás lo más interesante y promisorio es que en esta etapa postconciliar la Compañía se ha ido enrutando de manera creciente por un camino de retorno a las fuentes, Jesucristo y su Evangelio, Montfort y su mensaje espiritual, para definir y realizar mejor su misión en la Iglesia y en el mundo de hoy. La Congregación ha osado en su último Capítulo general de 1999 cuestionar a todos sus miembros sobre su identidad de consagrados religiosos monfortianos para comprometerlos a seguir un camino de conversión, de fidelidad y de refundación que se avizora promisorio. Son cada día más los misioneros monfortianos que se comprometen a vivir e irradiar la riqueza de su tesoro espiritual que como decía el Papa a todos los miembros de la Familia Monfortiana “no debe permanecer escondido”[17]. Se está dando también un movimiento hacia la itinerancia misionera siguiendo la tradición ininterrumpida de la Congregación; igualmente el apostolado de los ejercicios espirituales y de la preparación a la Consagración a Jesús por María continúa vigente y creciente. Se sigue caminando hacia un servicio más cercano de los pobres en su estilo de vida y para evangelizarlos. Un poco por todas partes el interés por los laicos monfortianos como miembros de una misma familia, adquiere prioridad. El ministerio parroquial que fue asumido dadas las necesidades urgentes de la Iglesia[18] está buscando adecuarse cada vez más a las características de la misión monfortiana.

Ha habido acontecimientos que también despiertan un sano y fundado optimismo tanto para la Compañía de María como para toda la Familia Monfortiana: la visita del santo Padre a San Lorenzo, a la tumba de Montfort, en 1996 y su testimonio en la Homilía[19] en el sentido que él diariamente renueva la Consagración a Jesús por María que aprendió de Montfort en sus años de clandestina preparación al sacerdocio en Polonia; la inclusión el 20 de julio de 1996 de la Memoria de Montfort en el Calendario de la Iglesia universal y la motivación para hacerla,[20] el mensaje del Santo Padre a toda la Familia Monfortiana[21] en el que se exhorta a «difundir la espiritualidad monfortiana, en las formas que convienen a las diferentes culturas, gracias a la colaboración de los miembros de los tres Institutos; a renovar la presencia entre los pobres, la inserción en la pastoral eclesial y la disponibilidad para la evangelización»[22]; la manera como la familia monfortiana durante el año 1997-20 de Julio-1998 celebró un poco por todo el mundo los 50 años de las Canonización de san Luis María y actualmente el movimiento suscitado para que san Luis María sea proclamado Doctor de la Iglesia por la influencia de su camino espiritual, accesible a los pobres y sencillos, para lograr una vida santa y misionera.

En la medida en que toda la familia monfortiana se enrute por este camino de conversión y renovación en fidelidad a su identidad y servicio misionero y a la nueva era presente, se vislumbra un futuro promisorio para todos los Institutos o movimientos fundados por Luis María de Montfort o que se inspiran en su vida y mensaje espiritual.

Miguel Patiño H. s.m.m.

Roma, febrero 24 del 2000


 

[1] San Luis María de Montfort, OBRAS, B.A.C, 451, p 74

[2] Grandet, p 99

[3] Grandet, p 100

[4] Un hombre para la última Iglesia, Papàsogli, Centro Mariano Monfortiano, Col. 1993, pag. 261

[5] Decreto de aprobación del nuevo texto de Constituciones, 24 marzo, 1984, Card. Pironio, Prefecto. En este Decreto se dice :”La misma Sagrada Congregación aprueba igualmente, como texto legislativo, la «Regla Fundamental», que precede a las Constituciones y compuesta de tres escritos del Fundador, de tal manera que para las normas, las Constituciones tienen prioridad ; pero para los principios, es la Regla”.

[6] B.A.C., 451, La Compañía de María, Introducción p. 516

[7] Idem B.A.C., p. 516

[8] Ver VD  55-59 ; María y los Apóstoles de los últimos tiempos

[9] RP 1 (B.A.C., 451, p. 617

[10] SM 3-5 ; VD 152-156

 

[11] T (B.A.C., 451, p 627-628) ; Historia de la Compañía de María, Michel Bertrand. Ed. Centro de Espiritualidad Monfortiana, Lima, 2000, p. 19

[12] Historia… Michel Bertrand, Ed. Centro de Espiritualidad Monfortiana, Lima, 2000, p. 94

[13] Idem. Historia… Michel Bertrand, pp. 95-96

[14] Idem. Historia… Michel Bertrand,  p. 97

[15] Idem, Historia… Michel Bertrand, p 105

[16] Idem. Historia… Michel Bertrand, p. 98

[17] Mensaje del Papa Juan Pablo II a la Familia Monfortiana, Nro. 6

[18] Monfortianos Hoy, Estatutos, 6

[19] Écho Montfortain, 489, Como peregrino y Pastor p.9 ; ver p. 5-7

[20] Idem, p 11 y 12

[21] Juan Pablo II, El Vaticano, 21 de junio de 1997

[22] Idem y ver Carta de los 3 Superiores generales (Compañía de María, Hijas de la Sabiduría, Hermanos de San Gabriel), a todos los miembros de la familia monfortiana, Roma, junio 29 de 1997