Luis María
Grignion de Montfort
El 6 de
diciembre de 1700, seis meses después de su ordenación sacerdotal,
Luis María de Montfort comunicaba a su director espiritual el P.
Lechassier, su sueño de pedirle a Dios “ante las necesidades de la
Iglesia” una “pequeña y pobre compañía de sacerdotes ejemplares”
que se ocupen, como lo anhela él de sí mismo, de “hacer amar a
Nuestro Señor y a su Santísima Madre, de correr en forma pobre y
sencilla a dar el catecismo a los pobres del campo y excitar a los
pecadores a la devoción a la Santísima Virgen”, y “que desempeñen
ese ministerio bajo el estandarte y protección de la Santísima
Virgen”..
De esta manera el P. de Montfort diseña su sueño vocacional
conforme a su misma vocación misionera y como respuesta a las
necesidades de la Iglesia.
Seis años
después, decide irse a pie a Roma para pedirle al Papa, en quien
ve «a Jesucristo en la persona misma de su Vicario»,
que lo envié como apóstol a tierras lejanas. El 6 de junio de
1706, Luis María logra este encuentro de fe y sumisión que
definirá para siempre y con seguridad su vocación apostólica. A
sus requerimientos el Papa le pide que ejerza su celo apostólico
en Francia. Que no se vaya a otra parte. Que trabaje siempre en
perfecta sumisión a los obispos, en las diócesis a donde lo
llamen, que enseñe a los pueblos y a los niños la doctrina
cristiana y que haga renovar el espíritu del cristianismo por la
renovación de las promesas del bautismo. Además, el Papa le
confirió el título de «Misionero Apostólico»
El Padre de Montfort “hizo de su propia vida una obediencia a la
«misión» confiada por el Pontífice.
Y podemos añadir que la fundación de los Misioneros de la Compañía
de María se inspira también en su vocación eclesial de Misionero
Apostólico y en la manera como la vivió.
Esto lo
confirman las “Reglas de los Sacerdotes Misioneros de la Compañía
de María”, redactadas por el Padre de Montfort, muy posiblemente
en 1713. En ellas describe la espiritualidad apostólica del
Misionero de la Compañía y los ministerios que deben desempeñar.
En ellas se destacan como características esenciales: la primacía
de la evangelización y de la catequesis, la atención preferencial
a los pobres y marginados y el abandono a la Providencia por su
itinerancia y su dependencia de las gentes para el sustento.
El Nro. 2 de estas Reglas en donde Montfort dice no sólo para qué
deben ser sus misioneros, sino también claramente, para qué no
deben ser y cómo deben ser, será siempre una piedra en el zapato o
en la sandalia de todo monfortiano, a lo largo de la historia.
En
el Nro, 4 dice que en esta Compañía se reciben no sólo sacerdotes
sino también hermanos para ayudar a realizar el fin de la Compañía
ocupándose particularmente de lo temporal. Así pues, la Compañía
de María aunque es un Instituto clerical incluye también hermanos.
Pero la
intención fundacional de Montfort no se comprende en su totalidad
si no se tienen en cuenta los otros dos textos que enmarcan la
Regla, la completan y la ubican en un contexto más amplio. Estos
dos textos forman con la Regla el llamado Tríptico y siguen
vigentes como «Regla Fundamental» de los Misioneros Monfortianos
En el primero
de estos textos, llamado «La Súplica ardiente» describe la
espiritualidad apostólica de todos los miembros de la Compañía de
María. Esta es en primer lugar, obra del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo y está integrada por “varones apostólicos, formados
por María en las bienaventuranzas evangélicas, totalmente
disponibles al soplo del Espíritu, dispuestos y preparados para
atacar, sin contemplación, las fuerzas del mal a fin de establecer
en el mundo el Reino de Dios”.
En el
segundo, llamado «Alocución a los Asociados de la Compañía de
María» manifiesta una espiritualidad centrada en la pobreza
evangélica. La Compañía de María es rica con la pobreza de Cristo
como expresión de su comunión con un Padre que nunca nos falta y
con los destinatarios de su evangelización.
Se puede
afirmar que estos dos textos enmarcan y engloban a toda la familia
monfortiana, a esos «apóstoles de los últimos tiempos» (laicos,
institutos religiosos o seculares, sacerdotes) pues el sueño del
P. de Montfort es «la formación de un gran escuadrón de aguerridos
y valientes soldados de Jesús y de María, hombres y mujeres…» VD
114
Y se puede añadir que estas dos notas mariana y misionera y la
atención preferencial a los pobres y marginados son legados de
Montfort válidos para la Iglesia universal que él quería reformar
para renovar la faz de la tierra.
La unidad de
pensamiento fundacional la conserva Montfort a lo largo de sus 16
años de sacerdote misionero y lo expresa claramente de nuevo en la
peregrinación que organiza a Saumur de un grupo de Penitentes, en
marzo de 1716. «No tendrán en esta peregrinación otra finalidad
que: a) alcanzar de Dios, por intercesión de la Santísima Virgen,
buenos misioneros que sigan las huellas de los apóstoles, gracias
al abandono total a la Providencia y a la práctica de todas las
virtudes, bajo la protección de la santísima Virgen; b) alcanzar
el don de la sabiduría…
. Este texto pone de manifiesto
otro aspecto fundamental y constante del sueño de Montfort como
fundador y renovador: la santidad de vida. Para Montfort la
vocación fundamental de todo bautizado es a la plenitud de vida en
Cristo. El está perfectamente convencido de la vocación de todo
cristiano a la santidad y nos ofrece un camino espiritual
concreto, “fácil y seguro” para lograrla.
A la muerte
de san Luis María, la Compañía cuenta sólo con dos sacerdotes,
Mulot y Vatel, y cuatro hermanos unidos por votos lo mismo que 3
laicos sin votos
A lo largo de
casi dos siglos, la Compañía de María estuvo trabajando, como su
Fundador, siempre en Francia dedicada particularmente a la
predicación de misiones populares. Siendo Superior general el
Padre Gabriel Deshayes, ‘figura excepcional’, ‘hombre
providencial’, “el niño mimado de la Providencia”, fecundo
fundador, la Compañía de María tuvo un crecimiento notable
cuantitativo y cualitativo, pues de 8 Padres y 4 Hermanos que
había en 1821, comienzo de su mandato, llegaron a ser 31 Padres y
48 hermanos en 1841, cuando muere.
Después, siendo superior general el P. Dalin, la Compañía adquiere
un nuevo impulso. Hecho muy significativo fue el hallazgo del
Tratado de la Verdadera Devoción en 1842.
A raíz de esto y luego de dos viajes hechos a Roma, el P. Dalin
logra el 14 de noviembre de 1853 la aprobación Pontificia de las
Reglas de los sacerdotes misioneros de la Compañía de María. A
partir de este momento, ya no se hablará más de la “Comunidad del
Espíritu Santo”, denominación adoptada por la Congregación al
comienzo de su historia”
Esta aprobación de las Constituciones incluía la posibilidad para
los misioneros de trabajar “en tierras lejanas e infieles, si el
Vicario de Jesucristo les expresa el deseo”
En ese año la Compañía contaba
con 28 sacerdotes, 20 novicios y estudiantes, 81 Hermanos y 6
novicios Hermanos.
Más tarde, el 3 de febrero de 1872, la Congregación de Propaganda
Fide declaró no haber dificultad para incorporar en las
Constituciones de la Compañía de María un artículo nuevo
autorizando su dedicación a las misiones extranjeras. El 30 de
agosto del año precedente la Compañía había iniciado ya su primera
misión exterior en Haití respondiendo a la insistente solicitud
del Mons. Guilloux, arzobispo de Puerto Príncipe y comenzando a
realizar otro aspecto del sueño del Fundador.
Pero lo que
se constituirá en un golpe providencial para la expansión de la
Compañía fue la persecución que sufrieron las comunidades
religiosas en Francia, a partir de 1880, debido a las leyes
anticlericales. En 1881 se toma la decisión de trasladar el
noviciado a Schimmert, Holanda. En el mismo año la Compañía inicia
una fundación en la provincia de Quebec en Canadá, país a donde
Montfort había soñado ir. En Holanda el progreso fue tan rápido
que 1905 fue instituida la provincia monfortiana de Holanda. La
Misión en Canadá se fue ampliando gradualmente y dio origen con
los años no sólo a la Provincia de Canadá sino también a la de
Estados Unidos. La expansión continúa sucesivamente vinculada en
muchos casos a las casas de formación y en otros, impelidos a
abandonar un país a causa de la persecución, lo cual da origen a
una nueva presencia en otro país. Fue así como la Compañía de
María fue creciendo y expandiéndose a lo largo del siglo XX hasta
dispersarse demasiado en más de 30 países de los cinco
continentes. Logró su mayor número de miembros en el año 1966,
acercándose a los 2000. En la década del 70 sufrió la gran crisis
que caracterizó a todas las comunidades religiosas y que trajo
como consecuencia una disminución grande de sus efectivos en
decrecimiento constante hasta llegar a ser 1000 al concluir el año
1999.
Actualmente
la Compañía de María cuenta con vocaciones en países como
Indonesia, India, Filipinas, algunos países de Africa, de las
Américas y en Italia. Pero quizás lo más interesante y promisorio
es que en esta etapa postconciliar la Compañía se ha ido enrutando
de manera creciente por un camino de retorno a las fuentes,
Jesucristo y su Evangelio, Montfort y su mensaje espiritual, para
definir y realizar mejor su misión en la Iglesia y en el mundo de
hoy. La Congregación ha osado en su último Capítulo general de
1999 cuestionar a todos sus miembros sobre su identidad de
consagrados religiosos monfortianos para comprometerlos a seguir
un camino de conversión, de fidelidad y de refundación que se
avizora promisorio. Son cada día más los misioneros monfortianos
que se comprometen a vivir e irradiar la riqueza de su tesoro
espiritual que como decía el Papa a todos los miembros de la
Familia Monfortiana “no debe permanecer escondido”.
Se está dando también un movimiento hacia la itinerancia misionera
siguiendo la tradición ininterrumpida de la Congregación;
igualmente el apostolado de los ejercicios espirituales y de la
preparación a la Consagración a Jesús por María continúa vigente y
creciente. Se sigue caminando hacia un servicio más cercano de los
pobres en su estilo de vida y para evangelizarlos. Un poco por
todas partes el interés por los laicos monfortianos como miembros
de una misma familia, adquiere prioridad. El ministerio parroquial
que fue asumido dadas las necesidades urgentes de la Iglesia
está buscando adecuarse cada vez más a las características de la
misión monfortiana.
Ha habido
acontecimientos que también despiertan un sano y fundado optimismo
tanto para la Compañía de María como para toda la Familia
Monfortiana: la visita del santo Padre a San Lorenzo, a la tumba
de Montfort, en 1996 y su testimonio en la Homilía
en el sentido que él diariamente renueva la Consagración a Jesús
por María que aprendió de Montfort en sus años de clandestina
preparación al sacerdocio en Polonia; la inclusión el 20 de julio
de 1996 de la Memoria de Montfort en el Calendario de la Iglesia
universal y la motivación para hacerla,
el mensaje del Santo Padre a toda la Familia Monfortiana
en el que se exhorta a «difundir la espiritualidad monfortiana, en
las formas que convienen a las diferentes culturas, gracias a la
colaboración de los miembros de los tres Institutos; a renovar la
presencia entre los pobres, la inserción en la pastoral eclesial y
la disponibilidad para la evangelización»;
la manera como la familia monfortiana durante el año 1997-20 de
Julio-1998 celebró un poco por todo el mundo los 50 años de las
Canonización de san Luis María y actualmente el movimiento
suscitado para que san Luis María sea proclamado Doctor de la
Iglesia por la influencia de su camino espiritual, accesible a los
pobres y sencillos, para lograr una vida santa y misionera.
En la medida
en que toda la familia monfortiana se enrute por este camino de
conversión y renovación en fidelidad a su identidad y servicio
misionero y a la nueva era presente, se vislumbra un futuro
promisorio para todos los Institutos o movimientos fundados por
Luis María de Montfort o que se inspiran en su vida y mensaje
espiritual.
Miguel Patiño
H. s.m.m.
Roma, febrero
24 del 2000