Capítulo 2 - La tierra y la casa
Capítulo 3 - La vida con los jesuitas
Capítulo 4 - El camino difícil de San Sulpicio
Capítulo 5 - San Sulpicio tierra de santos
Capítulo primero
SIEMPRE ES DIFÍCIL DESEMBARCAR
«...Teníamos que embarcarnos en La Rochelle, pero el día de
la partida permanecía siempre incierto. El señor Clemenson
en cuya casa habitábamos (Montfort y yo) en ese entonces,
nos informó haber sabido de fuente segura que habíamos sido
vendidos a los de Guernesey. Montfort no tomó en cuenta
semejante noticia; yo, en cambio, la consideré con gran
atención. Me preocupé por describirle con nubes oscuras el
gravísimo peligro en el cual nos iba a precipitar a todos
los que lo acompañábamos. Hizo cuanto pudo para convencernos
de que lo que nos habían dicho no sólo carecía de
fundamento, sino que no tenía visos de verdad; que era un
invento de los enemigos de Dios y del bien de las almas para
aterrorizarnos e impedirnos por ese medio viajar a las isla
a trabajar en la conversión de los pecadores a la cual
habíamos sido llamados. Añadió que si los mártires hubieran
sido tan cobardes como nosotros, jamás habrían conquistado
la corona que tienen en el cielo. Le repliqué que nosotros
no teníamos el valor de los mártires y menos aún el suyo y
que me alegraba de no haberle secundado aquella vez en
Cambón...
Al verme tan resuelto, accedió...
Aconsejáronle ir a Les-Sables-d'Olonne, porque afirmaban que
allí encontraríamos ciertamente embarcaciones dispuestas a
llevarnos a la isla. Consentimos en ello; pero cuando
llegamos, no nos fue posible encontrar a alguien dispuesto a
embarcarnos, porque desde hacía quince días la isla estaba
rodeada por todos lados de piratas de Guernesey.
Entonces nos vimos obligados a ir a Saint-Gilles...» (DRG,
113).
Era el doce de febrero de 1712.
Sólo separaban a Saint-Gilles de la Isla de Yeu unos treinta
kilómetros de mar abierto, pero eran kilómetros de miedo y
terror para cualquier tripulación por valiente que fuera.
La Isla de Yeu era una corona de escollos que se levantaba
en torno a una llanura de pastizales y viñedos, en parte
abandonados, donde podían resistir pocas familias dedicadas
al pastoreo y algún centenar de cabras de porte isleño
capaces de digerir aquella hierba salina y calcinada.
Una isla bretona desprendida, luego de cierta misteriosa
conmoción, de la ruda península, como una lágrima ante el
continente: rocas de Bretaña frente al verdor de la Vandea,
la aspereza frente a la suavidad del verdor imperante. Los
pastizales y viñedos avaros ya con los dueños de casa, eran
demasiado deseados por quienes llegaban a la isla para robar
y saquear. La isla esperaba del mar la vida y la muerte. La
vida llegaba con los navíos escandinavos, irlandeses u
holandeses, cargados de quesos, de mantequilla, carnes y
pescado salado y con las naves mercantes repletas de
aguardiente de Hendaye, o con los de España y Bayona
repletos de frutas. La vida llegaba de las fantásticas islas
americanas a la vetusta alma soñadora de los bretones
isleños, vida embriagadora y sobremanera adecuada a la
amplia respiración de los corazones y de las fantasías.
Pero del mar llegaba, cada vez, con mayor frecuencia la
muerte. Entre las escolleras del lado sur, volcadas hacia el
Atlántico, en la costa salvaje, como la llamaban, había
siempre y con mayor frecuencia cada vez, cadáveres que
rescatar, cuando los huracanes destrozaban el hervidero de
las aguas, peligrosas y engañosas, incluso en los días de
bonanza, y feroces en los días de tempestad. La Isla de Yeu
era la primera barrera contra la cual se estrellaba furioso
el océano en su carrera hacia la tierra firme. Y eran
siempre muchos los cadáveres lívidos y destrozados que había
que acompañar en dolientes cortejos entre los túmulos y los
dólmenes de la prehistoria, por el sendero milenario de las
tumbas.
Pero desde hacía algún tiempo la muerte era más asidua. A
saber, desde cuando los piratas de Guernesey desacorazaban
en torno a la isla, desde que la rodeaban bloqueándola
estrechamente. Algunos dicen que a causa de las guerras
españolas de sucesión, otros que a causa de los calvinistas
en busca de tenebrosas venganzas. Quizás la verdad es más
bien la del hambre inveterada que ha desencadenado sobre los
mares del globo la oscura aventura de los bucaneros y
filibusteros. Los piratas eran siempre ladrones y
salteadores que izaban el negro estandarte de la rapiña,
capaces de apoyarse en excusas políticas y hasta religiosas
para justificarse y para ampliar todavía más el derecho de
robar, capturar, quemar, matar...
La Isla de Yeu estaba en la ruta de todos los navíos
mercantes entre Inglaterra y España, en las cercanías del
estuario de Nantes, de La Rochelle e incluso de Burdeos.
Tener la isla bajo control significaba tener en la mano el
tráfico más importante del Atlántico. Los piratas estaban de
guardia en constante acecho o bajaban a tierra en los días
de poco trabajo a tomarse un leve reposo, al menos como lo
harían los turistas en busca de sol tres siglos más tarde;
los bandidos concienzudos no perdían tiempo en perezear y
salían de cacería para no perder oportunidad de
entrenamiento.
El biógrafo de Montfort, Grandet, de quien hemos tomado
algunas páginas del relato de un socio del misionero, el P.
des Bastières, habla sin más de éstos cuando refiere que en
la isla vivía una población "salvaje", cosa que no hubiera
podido decir de los isleños. Estos eran gente envilecida,
incapaz. Mientras habían estado en pie las formidables
torres normandas y los castillos de la señoría de La
Garnache, se habían sentido invencibles; pero cuando el
magnífico Rey Sol, en 1699, había mandado derruir toda
fortaleza, sólo por no disponer de soldados para
defenderlos, los habitantes se habían sentido defraudados
del derecho de vivir, de protegerse, de salvaguardar las
casas, los pastizales, los hijos y las mujeres. El
envilecimiento, la desesperación se hacían más vivos al
recordar las épicas batallas de siglos anteriores: sólo en
1551 la isla había estado a la cabeza, y victoriosamente, de
la coalición de españoles e ingleses.
Cosas de otros tiempos, del pasado.
Y cuando los monjes irlandeses habían construido los grandes
conventos, ¡qué paz!, ¡cuánto trabajo!, ¡ah!, entonces... En
aquellos tiempos se podía orar, amar a Dios y ser en serio
buenos cristianos, porque la religión hacía más caliente el
sol en la esperanza y en la seguridad. Hoy quedaban las
vetustas iglesias que hablaban de Dios y muy pocos
sacerdotes. Tampoco el obispo de Luzón había llegado durante
los últimos veinte años hasta estos diocesanos suyos, tanto
que parecía haberse hasta olvidado de que existían. Los
vetustos campanarios, cuando repicaban, daban sólo sones
luctuosos o de alarma. Donde habían resonado un día los
gritos festivos de un trabajo tranquilo, hoy se escuchaban
las blasfemias y las dolientes canciones de los
filibusteros.
En 1712, en la Isla de Yeu se llevaba una vida melancólica,
llena de imprevistos, de eventos afortunados y de
catástrofes dolorosas. La pobreza se extendía siempre más, y
el número de los pobres aumentaba continuamente. Faltaban el
pan y el techo, el empleo y, por lo mismo, las ganancias. La
comunidad parroquial no alcanzaba a responder a todos y con
un decreto del gobernador (1709) se había bloqueado la
llegada de nuevos pobres, náufragos o asaltados. Tras ese
decreto se había llegado al punto de embarcar a la fuerza a
todos los mendigos que no lograban probar que eran nativos.
La tierra que los había salvado no podía perderse ella misma
y condenarse a morir de hambre junto con ellos. Centenares
de personas, familias enteras fueron así trasladadas al
continente a sumarse a los muchos millares de personas
hambrientas en busca de pan, en el continente, mejor, por el
camino hacia París, a tender la mano a los harapientos y a
los caminantes entre decenas de ricos que se taparían la
nariz para no sentir el tufo del hambre o en las grandes
cabañas de los hospitales siempre más congestionados e
insuficientes. ¡Qué triste arrastre tenía el manto real de
Luis XIV!
Pero, incluso sin pobres de importación, no florecía la
vida. La isla era un baluarte frente a Francia y sus
habitantes sabían que lo eran. Hubieran podido burlarse de
la lucha piratesca y hacerse piratas ellos mismos; pero eran
bretones y el bretón era un trozo de tierra del oeste
trabajada por el arado de los monjes. Aunque la cruz se
había extinguido y olvidado, el antiguo fondo moral se
mantenía en pie.
En su aislamiento eran capaces de pensar en aquellos que el
peligro convertía, al punto, en hermanos. En la flecha del
campanario de San Salvador izaban una bandera roja que
avisaba a los navegantes a fin de que escaparan a tiempo. Y
si alguno no lograba huir, la gente bajaba hasta la playa,
entre las piedras y rocas, a dar aliento, y si era necesario
a prestar una mano. Resurgía el ardor de prestar ayuda, la
energía de combatir, y hervía la sangre, los niños gritaban
y las mujeres lloraban.
Los antipiratas, los corsarios de Nantes, conducidos por el
generoso Juan Vié, lo sabían y lo narraban. Pocos días antes
de la misión monfortiana, el 25 de enero de 1712, también el
capitán de la Jannette de Bayona lo contaba en el libro de
bitácora; y un mes más tarde lo testificaba para la
posteridad Felipe Dugué capitán de la Bonne aventure.
No eran pues, no, una población "salvaje", querido padre
Grandet. Eran sólo una población tratada salvajemente. Por
todos. Comenzando por el rey y terminando por los piratas de
Guernesey. Y quizás por los sacerdotes. Claro, no eran
santos, es cierto. Sabían, dada la ocasión, si podían
aprovechar de cualquier botín, dedicarse a la bebida y las
comilonas históricas. Sabían pecar, y con gusto: al menos al
igual de quienes habían vivido e iban a vivir donde no había
piratas. Pero estaban atentos a las llamadas al perdón, a
las peregrinaciones, las penitencias, las predicciones bien
hechas que les llevaban a golpearse el pecho.
Con el 11 de febrero de 1712 y durante toda aquella
cuaresma, iba Montfort a tratar de convencerlos de que eran
pecadores, con sermones sobre la penitencia, a revisar su
cristianismo un tanto isleño, y, sobre todo, a animarlos y
perdonarlos. El célebre misionero enviado por el obispo de
Luzón, llegaría del continente, y ellos lo aguardaban. Si
los piratas no hubieran reforzado la guardia y arreciado el
bloqueo, hubiera bastado con tender el oído a la campana de
la iglesia parroquial de Port-Breton y, a sus sones, ponerse
en marcha hacia el templo para escuchar la predicación,
golpearse el pecho, regresar conmovidos y cautelosos a
reiniciar el cristianismo de los antiguos monjes. Pero con
los piratas que merodeaban a sus anchas en torno a la isla,
la llegada del misionero y de su grupo auxiliar no era tan
segura. Quien había llegado con la noticia la semana
anterior, había anunciado a dos sacerdotes y un puñado de
laicos, y había asegurado que se trataba de gente bretona o
vandeana. Gente con la que podían entenderse, gente de los
suyos. Rostros nuevos, un tanto más cristianos, que
inspiraban confianza y tranquilidad.
Los habitantes de la isla estaban hastiados de ver girar las
pelucas teñidas de los enviados reales, envueltos en ricas
chaquetas recubiertas de alamares y medallas y botones,
aptas para hacerse ver un tanto más bajas sólo cuando, en la
frecuentes inclinaciones protocolarias las espadillas del
comando daban una ojeada al séquito. ¡Esos no eran los
salvadores de la isla! Hablaban bien, pulidos, estirados,
eruditos, sentenciosos, pero ¿quién los entendía? En verdad,
algo daban a entender siempre con el gesto extraño y temido
de los dos dedos de la derecha que indicaban, restregándose
perentoriamente, necesidad de dinero... Pero los pastores de
la isla hacía tiempo que no mantenían cordiales relaciones
con el dinero. Esa gente, cuando hablaba, junto con el
dinero pedía siempre algo más: las mujeres tenían que
ingeniárselas para poner al seguro a sus hijas, y los
hombres para proteger a sus esposas, y el buen Dios para
esconder a los hombres. Con aquella gente era imposible
ponerse de acuerdo. Poco más o menos –¿quizá más?– que con
los piratas de Guernesey.
En la isla tenían necesidad de Dios, claro que sí; pero de
un Dios que se hiciera representar bajo un aspecto
abordable, bueno, comprensivo. El misionero anunciado era un
bretón, un buen gigante de maneras quizás un tanto extrañas,
pero siempre abiertas y cordiales. No era rico, y esto lo
acomodaba aún más a su estatura. No era portador de teorías
de salón, sino que enarbolaba todavía las antiguas banderas
de la cruz y del rosario, con un lenguaje que se iba
metiendo en el alma. Y, además era un hombre santo: y los
santos misioneros, sobre todo bretones, tenían un firme
ascendente ganado como conductores y líderes de masas.
En esos primeros días de febrero, los habitantes bajaban a
menudo al puerto a espiar la llegada de una goleta, de un
navío, de un pesquero, de una barcaza cualquiera, con el
anhelado misionero. Y con el misionero esperaban la llegada
de Dios, del viejo Dios enemigo de los piratas y de los
prepotentes, amigo de los pobres y de los abandonados.
Y Dios no podía fallar a la cita con los de Yeu, fijada para
el 11 de febrero del año de gracia de 1712.
«Nos vimos obligados a ir a Saint-Gilles, a tres leguas de
Les-Sables; pero también allí los marineros nos dijeron lo
mismo que los de Les-Sables-d'Olonne; es decir, todos se
rechazaron a darnos un pasaje de manera que ya estábamos a
punto de regresar a La Rochelle.
Montfort estaba mortificadísimo; yo, en cambio,
increíblemente feliz. Poco antes de emprender el camino de
regreso, Montfort hizo un último intento y logró encontrar
al dueño de una chalupa a quien dirigió tantas y tantas
súplicas e hizo tantas y cuantas promesas –entre otras la de
que no sucedería nada y que no se correría peligro alguno ni
nos capturarían...– que aquel valiente se decidió finalmente
a llevarnos.
Tuvimos, pues, que embarcarnos de carrera al día siguiente.
Habríamos recorrido unos veinte kilómetros, cuando
descubrimos dos navíos piratas de Guernesey que apuntaban a
velas desplegadas sobre nosotros; para colmo teníamos el
viento en contra y sólo avanzábamos a fuerza de remos.
Toda la tripulación empezó a gritar: "¡Nos alcanzan!, ¡Nos
alcanzan!", con gritos lastimeros, capaces de destrozar los
corazones más rudos.
Entre tanto Montfort entonaba canciones con mucho ardor e
insistía para que lo acompañáramos en el canto, cuando
nosotros teníamos más ganas de llorar que de alegrarnos y
habíamos quedados mudos de espanto. Entonces nos dijo:
"¡Bueno!, ya que no son capaces de cantar conmigo, recitemos
juntos el rosario." Con el fervor posible en un momento como
ese, fuimos respondiendo las avemarías. Al terminar nos dijo
Montfort: "No tengan miedo, amigos míos; María, nuestra
buena Madre nos ha escuchado, ya estamos fuera de peligro."
De hecho nos encontrábamos a tiro de cañón de los navíos
enemigos, tanto que un marinero observó: "¿Sí? El enemigo
nos hundirá el barco: preparémonos a hacer encadenados el
viaje a Inglaterra". Montfort replicó: "Tengan confianza,
amigos, ¡el viento cambia!"
Un instante después de estas palabras, vimos a los dos
barcos enemigos cambiar de rumbo, el viento había cambiado
tan fuertemente de dirección. Así nos alejábamos mucho los
unos de los otros. Recuperamos el aliento y la alegría...»
(Del relato de Pedro Des Bastières, DRG, 113-116).
La isla de Yeu, ya a pocos centenares de metros, los estaba
aguardando. Los habitantes alineados en masa sobre la costa
los saludaban ya llenos de júbilo, por más que antes habían
estado temblando. Esta vez por lo menos, en una escena diez
veces repetida, los pastores no habían sido espectadores,
sino parte de la acción, porque la proa de la barca se
dirigía hacia ellos. Con los ojos bien abiertos a lo
increíble y bañados en lágrimas, miraban a aquel hombre
gigantesco que se alzaba entre la multitud festiva. Venía
finalmente a ellos y para ellos. ¡Lo había logrado!
Realmente Dios estaba con él.
Mientras el Magníficat, en doble coro, se elevaba sobre el
agua, en pie con los brazos tendidos para sostener una
estatuilla de la Virgen, el misionero se preparaba a tocar
el suelo de la isla...
...Pero ese día la Isla de Yeu representaba a Francia.
Nunca le había sucedido una representación tan inmediata de
la propia tarea y de la propia misión.
Francia... una isla también ella, recortada del resto del
mundo en un momento particular de la historia. Una isla
desmantelada, sin defensas, por un galicanismo
imperializante por culpa de quienes hubieran debido
defenderla; un país donde las aventuras piratescas del
librepensamiento, del jansenismo y del coletazo de
aberraciones menores iluminístico-racionales podían
libremente saquear, subvertir.
Luis María había nacido para zarpar en busca de un puerto,
de una playa. Para llegar a ella había pagado grandes
contribuciones a su gente, sacrificando su libertad para
ponerse a disposición de todos, renunciando incluso a su
propio nombre para colocarse al alcance de muchos, sin hacer
pagar nunca por el largo caminar, correr o zarpar.
Quizás ese día, mientras ponía el pie en la isla de Yeu, con
los ojos del bretón soñador nunca muerto en él, pensaba una
vez más en los capítulos de su vida pasada en zarpar sin
descanso.
Capítulo segundo
LA TIERRA Y LA CASA
En el organismo de la vieja Europa, Bretaña es una cuña de
roca sembrada en el mar. Los antiguos, aun antes de que
existieran países y ciudades la llamaban armorique o
tierra del mar. Desmedido promontorio, última playa de la
civilización latina, es en el extremo del mundo, es el
finis terrae o Finisterre.
Bretaña. Ojo dilatado para recoger los últimos rayos del sol
muriente sobre las aguas sin fin. No hay lugar en Europa
donde las auroras se retarden más, pero tampoco hay lugar
donde los ocasos sean más solemnes, más melancólicos y
llenos de sentimiento que Bretaña. Tierra, pues, de la
tarde, porque sus tardes son maravillosas en el rojo
reverberado del mar que hace brillar sobre la ya dormida
Europa. Tierra de la tarde, donde la realidad se funde y se
esfuma en el sueño, y donde los sueños se viven como
realidades.
En el interior del promontorio, más allá de las rocas
enquistadas y basálticas, la ceinture dorée, el
cinturón dorado es fértil y cultivado. Los poblados se
colocan uno al lado del otro alzando orgullosos campanarios
a lo largo de los caminos que llevan al oeste. Los campos
componen un abigarrado ajedrez de vivos colores, punteado de
encinas y rocas escarpadas cubiertas de hierba, marcado por
la cinta de los ríos. Y donde se accidenta el terreno, se
abren románticos valles donde el correr de las aguas ejecuta
arpegios de fábula. Aquí y allí, arrugadas por manos
imposibles, las montañas que en realidad no son montañas,
tienden el granito al sol, al viento, a la historia. La zona
de las colinas es el argoat, la tierra de los
bosques, la tierra de los mil imprevistos y contrastes:
junto a las ensenadas secretas, a los ángulos umbrosos, a
las idílicas fuentes, a las tristes y desoladas llanuras.
El bosque ha sido el segundo dique después del océano del
oeste que se alza hacia el oriente para separar a Bretaña de
la Europa de ayer, permitiendo a las poblaciones una
civilización propia, una lengua propia, un pensamiento
propio, una espiritualidad propia.
Los espíritus de las montañas, los tussed ar ménè,
han sido fieles a su escucha, ...
La historia de Bretaña que nos interesa, comienza con el
desembarque de pocos monjes irlandeses en la costa de la
Mancha. Con los monjes, los bretones empezaron a reunirse y
trabajar para prepararse la tierra de hoy. Disonaban
aquellos monjes entre los bosques y los pantanos, más las
almas que los terrenos; y en torno a las celdas de los
santos, crecieron casas, haciendas, ciudades y puertos,
oficinas, fortificaciones y castillos. Y en el corazón de
cada conglomerado se alzaba solemne la voz poderosa de los
monjes a orar, a reconfortar, a dictar leyes indiscutibles y
sabias. Duces populorm ad vitam, guías de los pueblos
a la vida: denominación que sintetiza el carácter sagrado y
profano de su presencia en esa tierra, porque son los
fundadores de una civilización y de un progreso, de los
santuarios, de cavernas y de las celdas otrora habitadas y
en las que el tiempo sólo ha extendido mayor veneración y
leyenda. Y desde allí también hoy dictan leyes, congregan a
los pobres, llaman la atención para que Bretaña no sea
indigna de ellos.
La civilización armoricana se hizo cristiana, sea cual fuere
la pátina que el tiempo y los hombres hayan tratado de
echarle encima. Es una civilización que se puede estudiar,
saquear en sus tesoros de experiencia y de folklore, pero
que no puede agotarse en su profundidad. La antigua
parroquia de los monjes se volverá comuna, construyendo
nuevas casas e iglesias, es decir, cambiará de nombre pero
no traicionará su origen. El evangelio dictado en aquellos
tiempos remotos podrá ser editado en elegantes últimas
ediciones, pero jamás perderá el vigor y la severidad de
entonces.
Dicen que los bretones son testarudos y rebeldes. Porque son
un pueblo que se hizo a sí mismo y porque por sí mismo ha
sabido sobrevivir a la furia desencadenada del océano y a
las olas más temerosas aún del este, de los hombres y de
losa regímenes; porque como las eras y las épocas los
excavaron en antros y cavernas, así la idea-luz del
cristianismo la colmó de historias y de fe. Es un pueblo
acostumbrado a recoger detritus y misterios, amontonándolos
sobre la playa; los enfers de la historia han
sepultado civilizaciones y generaciones; los zuecos han
marcado a cada instante el ritmo sobre los guijarros del
pavimento. La Bretaña de hoy adensa en un canto las ideas
ajenas, recoge en sus antros los lamentos descompuestos de
los nuevos evangelios, mientras sus sabots marcan
siempre con el tiempo, el paso de todos los profetas y de
todos los errores para permanecer en la Bretaña de siempre.
«Monseñor, le juro delante de Dios que preferiría mil veces
ir a la cabeza de un millón de jabalíes que al mando de este
pueblo...», escribía el duque de Narbona a Francisco II. El
individualismo bretón no gusta de la coerción gregaria ni de
la imitación impuesta. Incluso en el grupo, el hombre de
Bretaña es él mismo, y, por lo tanto, por ser individuo, no
siente que tenga que adaptarse a ser montonera. Más aún, le
confiere a la masa un rostro, una palabra, una orientación
de la propia convicción. Es el mismo siempre y en todas
partes, entre la propia gente y en la inmensa París.
Aparecerá quizás raro, extraño, anticonvencional, hereje de
las buenas maneras y será definido con el término jocoso,
admirado y despreciado, de bretón.
Incluso en su religiosidad no es un fanático irracional ni
un amorfo rutinario. Posee un sentido propio de Dios y de la
vida, y combina la convicción con la rapidez y la
profundidad de un neófito. En efecto, alguien afirmaba:
«Si yo supiera mucho, querría tener la fe del campesino
bretón; y si lo supiera todo, querría tener la fe de la
campesina bretona.»
Basta atravesar la región para convencerse de la importancia
del influjo religioso en la vida: en cualquier cruce de
caminos, hasta en lo más escondidos, una cruz de granito con
un Cristo de duras pero expresivas facciones, rodeado de
personajes que le florecen en los brazos y a los pies de la
cruz. Que no es una representación muy fiel al evangelio, de
acuerdo: pero expresa la gran verdad que le auguraba el
evangelio, la de la aceptación de la redención por parte de
los hombres. Porque los calvaires de Bretaña más que
un acto de fe en la redención llevada a cabo por el
Salvador, son la profesión de quererse redimir en esa sangre
divina. Son la fe de la penitencia.
Para conquistar al bretón católico, habrá que insistir en la
naturaleza y en la forma de esa parénesis. En los pardons
o peregrinaciones, habrá siempre una llamada al deber de
reconocer las propias fallas y decidirse a rehabilitarse
ante los cielos y la tierra. De tales peregrinaciones, a
menudo ásperas y dolorosas, regresará el bretón con lágrimas
de arrepentimiento. San Vicente Ferrer, Du Maunoir, Le
Nobletz, Leuduger, san Luis María de Montfort predicarán
así: sobre el sentido de la culpa y sobre la contrición,
apelando a los grandes temas de la vida y de la muerte, de
la gracia y de la oración, del paraíso y del infierno. Y en
primer lugar, ellos mismos, darán con la maceración de la
carne en la persona y en la más ruda penitencia, en la vida
de desprendimiento y recogimiento, las características
evidentes de la más elevada ascesis.
Y el culto mariano a diferencia del de los santos que
pueblan en forma increíble el calendario bretón conservado
en las fronteras de las necesidades del tiempo y del
momento, alcanza, en cambio, los sentimientos y los estados
de ánimo. La Virgen María, llamada siempre Señora, se hace
presente en el dolor, en el abatimiento, en la esperanza, en
la alegría, en la vida atormentada, en el gozo y en la paz.
Habría que presentar la lista de los títulos marianos de la
devoción bretona: Nuestra Señora de los Dolores, de las
Sombras, de la buena Esperanza, del buen Socorro, de la
buena Aventura, del Consuelo, de las Lágrimas, de la
Misericordia, de toda Paciencia, de las Victorias...
La pequeña ciudad de Montfort, veinticinco kilómetros al
occidente de Rennes, la capital de Bretaña, es bastante
reciente. Construida y fortificada en la lengua de roca de
la confluencia de los ríos Garun y Meu, asomada a mirarse en
el espejo de las aguas y coronada de verdes praderas, no
llega con su historia más allá del siglo XI.
Como toda localidad que se respete tiene su propia leyenda
que se añade a las conocidísimas del Rey Arturo, del Mago
Merlín y de la 'mie, de los Caballeros de la Tabla
Redonda. En efecto, a pocos pasos de Montfort, entre las
ruinas del bosque milenario de Paimpont, como entre árboles
siempre renacientes, está el Valle de los Falsos Amantes o
Valle sin regreso, la Cabaña del Propósito Loco y la
milagrosa Fuente de Barentón, ricas todas en fábulas e
historias dignas de la mejor caballería del siglo XII. Hoy
del inmenso océano de árboles sólo quedan grandes manchas de
verdor inmóvil en los flancos de las colinas, cada una con
nombre propio y todas catalogadas por los bretones con el
fatídico nombre de Brocéliande.
Montfort contaba con su leyenda privada.
Bajo el dominio de Raúl IV, en 1376, mientras reconstruían
el castillo de los señores de Montfort, una lindísima
muchacha solía llevar el frugal almuerzo a su padre que
trabajaba allí. El gobernador, inflamado de pasión por ella,
la hizo raptar y encerrar en una torre para obligarla a
ceder a su acoso. En tan terrible trance, la casta joven oró
a san Nicolás, protector de las vírgenes en peligro, que
acudiera a salvarla. El santo no dejó siquiera de que
terminara la oración cuando la transformó en una pata. Así
puedo la hermosa huir por entre los barrotes de la prisión y
esconderse en el estanque cercano, no sin haber dejado
estampada en la piedra de la celda la huella de una de sus
patas. Casi todos los años, por trescientos y más, el día de
la fiesta de san Nicolás, una pata seguida de su nidada
entraba al vuelo en la iglesia y, hecha reverencia al
Santísimo Sacramento, iba a aterrizar a los pies de la
estatua del santo Taumaturgo desde donde asistía a la
piadosa ceremonia. Apenas terminaba ésta, dejando como
obsequio un patito, salía volando por parajes misteriosos.
Volúmenes enteros hablan de esa leyenda, incluso en Italia
en el siglo XV, y Chateaubriand la recuerda en sus "Memorias
de Ultratumba".
De allí le había llegado a la ciudad el nombre de la Cane
(la pata), Montfort-la-Cane. Hoy, al no necesitar ya de
leyendas para catalogar territorios, la ciudad se llama
también en honor de la cultura, simplemente Montfort del
Meu.
En su corta existencia, la ciudad había logrado dar nombre a
los primeros Duques de Bretaña, comenzando por Juan IV,
llamado el Conquistador (1364-1399) capetingio en línea
directa.
Por tradición era burguesa y presuntuosa: «...Montfort debe
considerarse en el número de las verdaderas ciudades y no
como un simple pueblo. Sus habitantes han sido gobernados
siempre como urbanos y no como paganos...», precisaba la
Declaración de 1639 invocando el privilegio de ser gobernada
directamente por el rey. Este había hecho cuanto mejor podía
para mantenerse a la altura de su importante tarea y en 1654
dio plena desaprobación a cierto señor De Tremoille
pretendiente al trono de la ciudad. Pero el rey no había
sido siempre capaz de mantener esa supremacía: una riña al
mismo nivel lo vio sucumbir frente a un tal Tallausac; la
riña, que duró casi medio siglo, costó a los ciudadanos
burgueses y acomodados mucho dinero, razón por la cual
muchos prefirieron retirarse al campo.
La razón de esas luchas estaba en la voluntad de los
habitantes de llevar el nivel medio, sin tener porte de
tales, hasta el umbral de la nobleza, ahogando o vaciando
los antiguos títulos feudales exclusivos, rabiosamente
defendidos por varios De Remoille y Tallausac. Por tanto,
los habitantes que lo podían, habían añadido poco a poco a
su apellido el nombre de diferentes posesiones, lo cual
faisait chic (sonaba cursi).
Pero el pantallismo urbanístico constaba gabelas y tasas...
Sobre todo cuando sobre Rennes y las capitales comenzó a
pesar la indeseable mano del amado Luis XIV, los portafolios
de los "urbanos" se volvieron tremendamente sutiles. Una
incendiaria tasa sobre la vajilla de estaño, el tabaco y el
papel sellado puso descontenta a toda la población. El
Parlamento de Bretaña reunido en Rennes (1673) no aceptó la
gabela y la rechazó; y los festivos habitantes corrieron a
las iglesias a cantar jubilosos Te Deums. Pero París no
aceptó la abolición del parlamento bretón; antes multó a la
ciudad y al condado con dos millones seiscientas mil libras
(más de cinco millardos nuestros). Bretaña se alzó violenta
contra la injusticia; al grito de: ¡Viva el rey, pero sin
gabelas!, se desencadenó una sangrienta revuelta contra los
presuntos responsables locales, y al no poder robar en los
bolsillos de Luis ni de Colbert, saqueó los castillos
feudales, las villas patricias y los palacios de los
señores. La reacción de París más que violenta fue drástica;
nuevas tropas llegadas de Nantes, después de haber colocado
en la picota a muchos facinerosos, comenzaron en forma
sistemática un diezmo de bretones, llevándose además los dos
millones seiscientas mil libras no consignadas, más una
nueva multa de cien mil escudos.
«Rennes es una ciudad convertida en desierto: los castigos y
las tasas han sido crueles... Fueron ocho terribles días en
los que la condena a la picota, en comparación, me parece
todavía hoy un vientecillo fresco...» (Mme. de Sevigné).
Entre los pequeños burgueses que se habían refugiado en
algún ángulo de la campiña para escapar de los impuestos y
latrocinios, encontramos a un abogado de la ciudad de
Montfort. El suyo no era un apellido famoso, aunque sí
bastante conocido, al menos cuanto podía serlo su semblante
honesto ente los clientes de Montfort y los funcionarios de
Rennes: Juan Bautista Grignion.
La familia Grignion era oriunda de la Vandea o de cerca a
ella; en su corto árbol genealógico contaba notarios y
hombres de ley; el padre del abogado había incluso llegado a
ser alcalde de Montfort y, en cuanto tal, diputado a la
asamblea de los Estados Generales de Bretaña en 1659. Lo que
constituía el verdadero orgullo de la familia era el ser
personas ejemplares en cuestiones morales y religiosas. Los
Grignion se habían adueñado también de titulillos campesinos
que hacían parecer buena figura y, en cuanto a títulos
burgueses, y como todos los burgueses, se consideraban
nobles, si no en bases jurídicas, sí en motivos de honor.
El abogado Juan Bautista había estudiado en 1659 en el
colegio de los jesuitas de Rennes; en 1666 se había
apoderado del título de Señor de la Bachelleraie; en 1670
había ganado un diploma y al año siguiente había encontrado
trabajo en la administración civil de la ciudad natal. Ese
mismo año se había casado con la hija del juez de Rennes,
Juan Robert des Chesnais, cuya familia se contaba entre las
mejores de la capital y era de auténtica marca bretona.
Aunque celebrado en el día del carnaval, el matrimonio y la
nueva vida de hogar no tuvieron realmente nada de ligero.
Heredero de un hombre de gobierno, convertido él mismo en
respetado profesional y superintendente de la Abadía de San
Lázaro (el hospital creado por los cruzados), Juan Bautista
era concienzudo y practicante hasta inscribirse en la
Cofradía Blanca de Nuestra Señora. Trabajador y ahorrador,
logró apartar una buena suma para comprarse en 1675 tres
fincas cerca a Iffendic.
Del matrimonio nacieron exactamente 18 hijos; e si entonces
se podía valorar la salud moral de una familia por el número
de hijos, Luis María escribirá precisamente reconociendo
haber sido «criado y educado en el temor de Dios y haberle
dado una infinidad de favores...» (Carta 20; BAC, 98-100)
reconociéndoles cosas mejores que todas las malas
insinuaciones que les atribuyen los biógrafos del santo...
Las cambiantes circunstancias de la vida, la personalidad
del profesional apreciado pero obligado a vestirse con el
humilde ropaje del campesino, la numerosa familia, las
desgracias frecuentes y la muerte de algunos hijos, las
amargas desilusiones de los pequeños poblados, la parentela
siempre entremetida, lo pudieron hacer explotar en
estallidos y palabrotas interminables. Pero ¿no son los
hechos los que deben esclarecemos la realidad interior del
hombre? En la carta citada del apostólico hijo, el abogado
escucha que le advierten con espanto que se halla a punto
«de que lo arruine la pez, se atragante de tierra, o el humo
lo asfixie...» (ver Ib.).
Desde su perspectiva, al futuro Santo, que había hecho voto
de pobreza absoluta y que sólo pensaba en el cielo, quizás
le parecía un tanto ilógico ocuparse de poderes y titulillos
campesinos... Pero el buen abogado sabía mucho mejor que el
hijo que sin economía y sin administración cuidadosa, en una
palabra sin plata, no se habrían podido ubicar todos los
hijos y no se hubiera podido pensar en la vejez. La suya era
simple providencia. No estaba hecho para elevarse con su
hijo a la santidad del pobre voluntario: según él, desapego
podía significar miseria para sí y para los demás.
Y cuando muera, tres meses antes de Luis María, dejará a sus
espaldas tres sacerdotes, tres monjas –una de ellas en
camino de santidad–, un hijo casado, una hija viuda que
volverá a casarse y dos hijas solteronas, una de las cuales
se casará. Todos en grado de bastarse a sí mismos, incluido
el celosísimo hijo y apóstol que había podido hacerse
sacerdote solamente gracias a que su padre le había cedido
su propio título de Señor De La Bachelleraie. No menos de
diez hijos murieron en cuarenta y cinco años de matrimonio y
la larga fila de tumbas lo envejeció e hizo sentir solo
antes de tiempo. Y no obstante, entre tantas preocupaciones,
había recogido en su casa y, probablemente, adoptado a un
niño expósito llamado Bisette, hijo del atardecer.
Entonces, digámoslo abiertamente: debía ser un gran
excelente hombre aquel abogado Grignion...
Luis María nació el 31 de enero de 1673 en Montfort hijo
segundo de los Grignion pero primero de los vivos. y fue
bautizado en la parroquia de San Juan el día siguiente. Para
la crianza fue confiado dos meses después del nacimiento a
la esposa de uno de los campesinos de La Bachelleraie, en
Heurtebise, en las puertas de Montfort, donde en 1873 se
quiso erigir una cruz en el sitio del casalote de la
nodriza. Su crianza duró dos años, hasta el día en su padre
lo tomó para llevarlo fuera de la ciudad, al Bois-Marquer.
La costumbre de entregar para la crianza los hijos a los
propios campesinos era uno de los signos de distinción de la
burguesía con los cuales estaba de acuerdo la ciudadanía de
Montfort. En este lujo se halla seguramente la mejor
explicación de tantas muertes infantiles y tantas
enfermedades. Pero dar un hijo a crianza quería decir poder
pagarse una robusta ama de casa, quería decir ser dueño de
una granja de campos y ganados.
La nodriza de Luis María es siempre llamada la Nana Andrea.
Fuera del alimento sano y abundante, las nodrizas debían dar
al pequeño algo más que le quedará en el alma y en el
lenguaje tan realístico de las predicaciones y de los
escritos; sobre todo en el sentido abiertamente sereno de
poesía humana y cristiana, convertido más tarde, con la
aplicación y el estudio, en convicción. Volviendo a
encontrarla cuando ya era célebre misionero, Luis María le
habría dicho algo que la historia intuye sin saber
documentarlo, pero fue mensura do por el amable gracejo de
presentarse bajo el anonimato para que le diera... limosna.
No fue un desdeño de santidad, sino una dichosa repetición
de la práctica soberana de altruismo cristiano aprendido de
niño entre sus brazos.
Cuando en la primavera de 1675, Luis María regresó a su
familia, encontró a dos hermanos más en la Rue de La
Saulnerie, propiedad de la abuela, donde él mismo había
nacido. La calle era una de las más características de
Montfort, casi toda ella con arcos, los cuales fuera de
servir de límite a las propiedades, establecían los puestos
del mercado de la sal y afines; y era también una de las más
centrales. La casa, compartida con un notario que había
alquilado la mitad, era hermosa, bien conservada constituía
una fuente segura de ganancias si se alquilaba en su
totalidad.
Luis María comienza a conocer a mamá Juana. Hija ella
también en una familia numerosa (unos quince entre hermanos
y hermanas), estaba acostumbrada a la vida hogareña. Sabía
escribir, leer, zurcir y, naturalmente, cuidar a una familia
que se anunciaba, al menos en los proyectos, considerable.
Los Robert habían tenido siempre familiares eclesiásticos y
religiosos (tres hermanos de Juana lo son) y la práctica
cristiana usual la había mantenido en la austera seriedad de
la vida y de la fe.
Se había casado a los treinta y dos años, con dispensa de
las proclamas –¡cosa rarísima!, advierten los historiadores–
y amaba su nueva vida, a su esposo y a sus hijos. Al lado de
la fuerte personalidad del abogado, desaparecía un tanto y
daba la impresión de ser complaciente y triste. Pero deducir
de esto que fuera infeliz, nos parece equivocado. En
diecinueve años tuvo dieciocho hijos. No parece que hubiera
servidumbre que ayudara en la casa. Cambió con frecuencia de
domicilio para seguir tanto a su esposo como a sus hijos.
Tuvo oportunidad de ver establecerse a casi todos su retoños
y fue siempre amada y respetada, si dos prefirieron
permanecer a su lado en lugar de contraer matrimonio. Morirá
dos años y medio después del gran hijo Luis María, a la edad
de sesenta y nueve años.
El rincón de refugio escogido por el abogado Grignion, era
una amplia hacienda a pocos kilómetros de Montfort, y había
sido comprada al hermano del párroco.
¡No había sido un mal negocio, todo lo contrario!
Era una casa señorial, en el centro de tres posesiones, con
una torre entre las tejas de barro, con un patio al cual se
llegaba por un grandioso portal. Como un nido en medio del
verdor, a algunos pasos del bosque de Paimpont, árboles
inmensos la enmarcaban en la extensión de los prados y los
campos surcados apenas por el caminillo de Iffendic. No le
faltaba nada de cuanto podía darle el aspecto de casa
gentilicia sin quitarle el tono agreste tan grato a la
burguesía de ese tiempo.
Los campesinos del lugar la conocían. En la iglesia de
Iffendic un vetusto banco y algunas inscripciones aferradas
a las paredes, llevaban el nombre de los Grignion.
No había sido un mal negocio: un millón y no dos y medio que
valía en realidad. Y ademas, un complemento de tres títulos
que ama añadir al de La Bachelleraie: Bois-Marquer, Plessis
y Chesnays.
Allí en agosto de 1675, se refugió el abogado con su esposa
y tres hijos: Luis María, José y Renata. Allí nacieron otros
diez, aunque nueve serán sepultados. Aquí se deslizaran los
años más serenos y alegres del futuro misionero Montfort. En
la paz del campo y la intimidad del hogar. El Bois-Marquer,
en la vida de san Luis María de Montfort es la primera
página que lo describe, lo moldea, adecúa y lo prepara; es
una página abierta sobre el verdor, a la luz del sol, y que
le dejará para siempre un insaciable deseo de soledad y de
recogimiento.
Si las ciudades de Bretaña que se respetan y si, hasta las
amplias manchas de verdor de bosque y los poblados perdidos
en la llanura tienen su propia leyenda, es justo que también
los varones mas representativos de la ferviente región
tengan su personal halo de fábula. De fábula y, por lo
mismo, bastante vago.
Cuando Luis María vino al mundo, no sólo tenía una leyenda
que lo coronaba sino incluso una profecía.
En 1709, mientras Luis María estaba creando el famoso
Calvario de Pontchâteau, los ancianos del lugar recordaron
haber notado, algunos cuarenta años antes (es decir, en
torno a 1673, año del nacimiento de Montfort), cruces y
estandartes caer del cielo azul en pleno mediodía sobre la
llanura donde se levantaría aquella obra de fe.
La profecía en cambio, remontaba a 1418 y nada menos que a
san Vicente Ferrer. De paso por Bretaña, el taumaturgo se
había detenido en La Chèze donde existía un derruido
santuario de la Virgen de los Dolores. Habiéndole pedido que
buscara su restauración, el santo había respondido: «El
cielo reserva esta empresa a un hombre que el Omnipotente
hará nacer en tiempos lejanos... Llegaría casi desconocido y
sería muy contrariado y despreciado. Sin embargo, con la
ayuda de la gracia, llevaría a término feliz la empresa...»
(Pauvert, 226).
Montfort restauró, de hecho, el santuario en 1707.
La infancia es el período que en la vida de todos, grandes y
pequeños, buenos y malos, es más semejante. Precisamente por
esto, cuando se desea contar de la infancia de alguien se
utilizan frases ya hechas y esquemas convencionales. El niño
crece, se desarrolla física y espiritualmente más o menos de
la misma manera que todos; no es excepcionalmente ni bueno
ni malo; abre sus ojos ávidos sobre los rostros amigos,
sobre el mundo que lo atrae con intensa curiosidad; asimila
con la voracidad de una termita, y toma conciencia de su
vivir.
Desde 1675 a 1685, Luis María se quedó con su familia en
Bois-Marquet. Era de veras una familia muy movida la de los
Grignion. Con sus once hijos tenían que trabajar sin
descanso.
La educación de los hijos no era por nada superficial y
fragmentaria. En el plan humano, si excluimos las muertes
infantiles, los sobrevivientes gozaban de óptima salud sin
peligro de ser portadores de alguna enfermedad. De paso
recordamos que Juan Bautista junior, el último de los
Grignion, tuvo a su vez 26 hijos...
En el plano intelectual todos tuvieron la posibilidad de
realizar sus respectivos estudios. A los ocho años Luis
María pone ya su firma en el registro parroquial por el
bautismo de su hermanita Francisca. Los maestros fueron,
según las costumbres del tiempo, sacerdotes del lugar.
También el padre tuvo que enseñar algo porque era instruido
y erudito, tanto que tenía una biblioteca personal con
libros importantes del tiempo.
La educación familiar, según el decisivo ejemplo de las
familias Grignion y Robert, consideraba al factor religioso
como el principal. Además de las nociones elementales
transmitidas por los sacerdotes-maestros, la práctica de la
fe se enseñaba en casa. Muchas de las devociones
monfortianas tienen que ser explicadas de esta manera,
porque aquí encuentran su peculiar colorido. El amor a la
oración, al Crucifijo, a la Virgen, a los ángeles, se
aprende desde pequeños. Y cuando saldrá de la pluma del
misionero alguna mención a éstas, no será difícil adivinar
la procedencia. ¡Saluda tu ángel de la guarda!,
acostumbraba poner en varios mensajes.
Que Luis María tuviese una naturaleza no árida sino un
corazón sensible, lo percibimos en muchos hechos de su
infancia.
Tenía cuatro o cinco años cuando, viendo a su madre
adolorida, se le acercaba para consolarla con palabras
llenas de fe. Lo importante de subrayar y de atribuir a la
enseñanza familiar, es el hecho de hablar de Dios en el
momento de dolor. Junto a la actitud comprensible en los
niños de ponerse más cariñosos cuando la mamá está
sufriendo, existe en Luis María la conciencia de hacerse más
útil siendo primogénito.
También a estos años necesita hacer remontar una intrínseca
amistad, característica del corazón y de la sensibilidad del
futuro misionero, con Guyonne-Jeanne: la hermanita nacida en
septiembre de 1680, llamada más adelante "Luisa" por el
mismo Montfort, sin saber hoy todavía por qué. A esta
amistad fundada sobre virtud y sacrificio, a esta
fraternidad más cercana, él volverá cual bienhechor siempre
esperado, también en el transcurso de su vida errante. Y
escribirá a Luisa ciertas cartas llenas de ternura y
preocupación, para decirle que está navegando con ella;
a ella comunicará luchas, victorias, inquietudes.
Otro encuentro decisivo en la formación humana y espiritual
fue el del dolor. La situación no era florida, la vida en
casa de la Nana Andrea, el constante contacto con las gentes
trabajadoras, tan parcas en ternuras exageradas y en
caprichos, pero siempre ricas de responsabilidad y de
privaciones; en una palabra, el sufrimiento de los cuerpos y
de las almas, unido al sufrimiento tan instintivo en los
santos pero tan familiar, frente a la culpa moral, fue su
asiduo compañero en la niñez. El dolor podía ser para él un
enemigo: la madre le hizo comprender cierto día que la cruz
no hiere sino selecciona y le dijo que la predilección
divina acompaña al hombre durante toda la existencia en
especial si ésta es dolorosa, y que rechazando el dolor y a
quien lo sufre, se rechaza al cielo...
Fue ésta una de las lecciones mejor asimiladas y más vivas
en su corazón, hasta que Luis María no cierre los ojos en la
muerte cruzando el umbral de la casa del Padre
Todo hombre debe hacerse una personalidad. Sobre todo el
santo: el santo es personal por definición. No puede ser
como los demás: se eleva sobre el plano común, se aparta de
los mejores sin renegar de ellos, en un trabajo lento y
tenaz sobre el propio temperamento y sobre el carácter en
autoformación y en la conquista de sí mismo. Pero antes de
ser santo es hombre de su tierra.
En la personalidad del futuro misionero, en la obra a la
cual dará impronta, en su misma espiritualidad tan profunda,
Luis María mostrará mucho de su origen para que no se lo
deba subrayar. Era un auténtico bretón y tal se mostrará
siempre y en todas partes.
Pero el hombre es artífice de su propio carácter en la misma
medida que el ambiente y la naturaleza. Luis María aprendió
en casa la conquista y el dominio de sí mismo. Conquista
difícil porque muy pronto conoció la fuerza del propio
temperamento. Pero el conocimiento de sí mismo es el
principio de todo conocimiento útil: ayudado a comprenderse
a sí mismo, quizás sintió temor. Todos los elementos de la
fuerte naturaleza bretona, la semejanza con el temperamento
paterno, las enormes energías de su atlético cuerpo, le
habían asignado un temperamento volitivo y resuelto. Más
tarde confesará: ¡Hubiera sido el hombre más violento de mi
siglo! Aún haciendo campo a la exageración de la humildad,
aceptemos la confesión de un hombre que tenía una idea tan
clara de sí mismo.
Luis María había nacido así. Y, sin embargo, llegará el día
en que bajo la roca del hombre terrible brotará el gigante
bueno, el buen Padre de Montfort. Porque temperamentos como
el suyo pueden darnos santos o demonios. Gracias a la
formación hogareña, gracias a la tierra sana en que nació,
gracias a la ayuda abundante del cielo plenamente
correspondida tenemos un santo.
Entre tanto, Luis María había alcanzado los doce años y se
preparaba a ingresar en la vida. Y el primer paso lo dio
bajo el umbral de la Compañía de Jesús.
Capítulo tercero
LA VIDA CON LOS JESUITAS
El primer colegio jesuita en Bretaña era auspiciado en
Rennes a partir de 1563 en sustitución del antiguo priorato
de Santo Tomás que se desempeñaba de mal modo como escuela
pública. Las negociaciones entre la Compañía de Jesús y el
Parlamento bretón duraron treinta años y debieron
suspenderse de improviso cuando el 24 de febrero de 1594 un
exalumno de los jesuitas de Clemmont apuñaló al rey Enrique
IV aunque sin darle muerte. No obstante el escándalo
suscitado por el hecho, el rey tuvo el buen sentido de no
proscribir los colegios, incluso financió uno de su propio
bolsillo.
Reanudando las negociaciones, los notables de Rennes
intensificaron la propaganda en la ciudad y en el condado
suscitando el acuerdo general y ayudas significativas. Una
vez logradas las Letras oficiales de aprobación y
autorización dadas por la Santa Sede y por el rey, el
Colegio Santo Tomás Becket abrió las puertas a seiscientos
alumnos el 18 de octubre de 1607.
Era la fiesta de san Lucas. Desde entonces, cada año in
lucalibus, se acostumbró iniciar clases. Los
estudiantes afloraron hasta alcanzar la cifra de casi tres
mil en los tiempos de Luis María. La aceptación de los
estudiantes era gratuita y no se admitían internos; los
alumnos, ricos o pobres, debían buscarse una pensión en la
ciudad, previa la autorización del rector del colegio. Pero
los hijos de papi hallaban apartamentos con domésticos y
profesores, y los hijos de los pobres acabaron por someterse
a ganar algo para pagar la pensión contratándose como
escribanos, servidores de sus compañeros más ricos o incluso
como barrenderos y ayudantes de cocina.
En la vida y en la espiritualidad de Luis María el influjo
de los jesuitas fue determinante: un poco, en pequeño, tanto
como lo fue su presencia en Francia en ese mismo período,
cuando la desviación en materia teológica y moral parecía
una conquista, en Francia.
El jueves 19 de marzo de 1682 se promulgaba en París y todo
el territorio metropolitano la Declaración cleri
gallicani, redactada en cuatro artículos por Bossuet. El
movimiento galicano, tendiente a la neta separación de la
iglesia francesa de la romana, alcanzaba en ese día su fase
más crítica; el galicanismo, surgido en 1398, consolidado en
1438, se había mantenido endémico durante dos siglos, para
explotar luego en aquel escorzo de siglo. Sólo se lo liquidó
en 1870.
La increíble experiencia del momento está en el total
volcamiento de las peticiones formuladas por el clero con el
correr del tiempo. Desde el comienzo las libertades
galicanas expresaban las aspiraciones del clero por un
desenganche del poder civil, porque se consideraba a justo
título, indebida la ingerencia del soberano en los asuntos
eclesiásticos. Roma apoyaba la petición francesa y el rey
con su parlamento tuvo que acceder. Una vez ganada esa
batalla, con el correr de los decenios, el clero francés
quiso desvincularse incluso de Roma, y fatalmente renunció a
la independencia del poder civil. Sobre todo en 1615 la
corriente libertaria, alimentada con las ideas
políticoespiritualistas de Pithou, se impuso a la atención
de los políticos, que encontraron un as que jugar en contra
del Papa. El año de 1643 trae la coronación de un chiquillo
de cinco años que se convertirá pronto en el fantasmagórico
Rey Sol, el rey de después de mí el diluvio, el rey
del fasto, de las guerras, de las amantes históricas y de la
miseria, Luis XIV: una oportunidad inesperada para alcanzar
la ruptura de Roma.
Las peticiones del clero francés se discutieron en amplias y
reñidas controversias en la Universidad de la Sorbona; hasta
cuando el rey y el Parlamento impusieron la Declaración
en las escuelas y seminarios. Era el 19 de marzo de 1682. Al
soberano no le importaba tanto la libertad de su clero... El
motivo verdadero debe buscarse en una vieja discusión con
Inocencio XI. Bossuet hizo cuanto pudo para redactar un
texto que fuera lo menos hereje posible y los sacerdotes de
todo rango lo aceptaron.
La injusta imposición sólo fue abolida en 1693, pero todo
seminario y colegio eclesiástico tuvo que reconocerla en la
práctica, al menos en lo referente a los hechos
administrativos. Y esto, hasta más allá de la Revolución
hasta que Napoleón logró bloquearla definitivamente en el
concordato con Pío VII, luego de lograr hacerla pasar
subrepticiamente en las negociaciones.
Si la Francia del siglo XVII no se precipitó en el cisma, se
debió sólo a la bondad y sabiduría de Alejandro VIII que no
exageró condenando la Declaratio.
Mientras obispos y sacerdotes de todo el territorio
inclinaban impotentes la cabeza ante la voluntad de París,
casi todos los jesuitas se mantuvieron fieles a Roma.
También los del colegio de Rennes.
El lunes 2 de agosto de 1694 moría Antonio Arnaud, el gran
Arnaud, como jocosamente lo llamaban. Era el pensador de
otro absceso brotado en la Francia de ese tiempo: el
jansenismo.
En el origen del movimiento, se halla el ansia de una
reforma de la teología y de la práctica de la vida cristiana
que enseñaba la Compañía de Jesús. Nadie, ni siquiera
Cornelio Jansenio se hubiera imaginado que una doctrina
forzada y torcida, tan distinta del fino y atinado genio
francés, hubiera podido encontrar en tierra francesa una
acogida tan entusiasta. Y cuando el Papa lanzó su condena,
se llegó a pensar que, incluso, el Vicario de Cristo había
pecado de incompetencia.
La controversia doctrinal se convirtió en polémica no
diferente del cisma. Sutil y agudo pensador, Arnaud con la
pléyade de Port
Royal, asoció la ascética con la moral, la dogmática con la
doctrina sobre los sacramentos, y organizó un sistema. Se
puso de moda el antijesuitismo, sobre todo cuando Blas
Pascal tejió y publicó sus Provinciales que podían definirse
como el placer del escarnio a expensas de la Compañía de
Jesús.
Y cuando, en 1673, el neófito holandés, Adán Widenfeld,
instruido por los jansenistas y utilizado por los
calvinistas, publicó los Avisos saludables de la
santísima Virgen a sus devotos indiscretos, encontró que
el impulso publicitario era precisamente el de Francia.
Por encima de las aberraciones y de las polémicas, la
Compañía permaneció firme en sus fundamentos teológicos y
morales.
Había otra plaga en la vida católica francesa.
La verdadera oposición al catolicismo y a la Iglesia,
inagotable en sus métodos y en la elección de los tiempos,
tenía por objeto atacar la moral de los jesuitas considerada
demasiado rígida. Es la plaga de los escépticos, de los
indiferentes, de los tibios, de los espíritus cómodos
agrupados todos bajo el nombre de libertinos.
Es una inmensa masa –el matemático contemporáneo, P.
Mersenne de los frailes menores, contaba no menos de 50.000
en la sola París– que va desde Ninón de Lenclo (1620-1705)
que muere diciendo que no tenía alma; a Gastón de Orleáns
(1608-1660) que recorre las calles durante la noche como un
poseso y reúne en su casa un conseil de vauriennerie;
a Naudé (1600-1653) bibliotecario de Mazarino, que niega los
milagros y afirma que la religión es un invento de los jefes
políticos para garantizarse la tranquilidad pública; a
Teófilo de Viau (1590-1626), vulgar, repugnante, opuesto a
lo sagrado, un sujeto realmente perverso aunque enriquecido
con dotes poéticas; a Santiago Vallée, señor Des Barreaux
(1602-1673), consejero de la Cámara de los Condes, ateo,
gastador empedernido; a Carlos de Cossé, duque de Brissa
(1550-1621) que asalta un funeral apuntando con su espada al
crucifijo mientras grita: "¡A las armas!, éste es el
enemigo"; a La Mothe-Le-Vayer (1588-1672), consejero de
estado y perceptor momentáneo de Luis XIV, que sostiene la
filosofía según la cual la verdad se demuestra como
inaccesible y la suprema felicidad del ser humano consiste
en no creer en nada; a Carlos Denide De Saint-Evremond
(1613-1703), refugiado en Londres para vivir "según la
naturaleza", es decir, en el muelle relajamiento sin frenos
morales...
Son todos aquellos que creen que la naturaleza no es ni
buena ni mala y sostienen que ella es la única gran señora
de la vida, cuyas aspiraciones no difieren de los consejos
de la sabiduría, de suerte que resistir a la naturaleza es
remar contra la corriente.
Es la filosofía de Molière (1622 1673) que punza a todos los
que pretenden forzar, exagerar, enmascarar, obligar,
comprometer a la naturaleza y que caricaturiza a los
reformadores católicos llamándolos imbéciles al servicio de
los hipócritas. "Prefieren un cómodo vicio a una virtud
fatigante" (Amphitrion, acto 1, escena IV, Mercure).
Mientras Francia regresa con prepotencia a su genio
literario, al gusto de los versos, de la novela, del ensayo,
se lanzan al comercio los tratadillos de politesse,
los manuales de galantería y urbanidad. Un mundo de
ligerezas y frivolidades desencadenadas, contra la solidez
del vivir cristiano. Bajo inmensas pelucas, bajo vestidos
espléndidos viajan cerebros sin ideas, corazones sin amor,
cuerpos sin alma...
París, cruce de los caminos del mundo, centro y hogar de la
vida pública y moral, estaba en el centro de todas las
miradas. Los caminos que a ella convergían, luego de
descargar miradas de investigadores de toda raza y nación,
llevaban a chorros, de regreso a sus provincias, los
hallazgos de un iluminismo demasiado humano para estar vivo,
demasiado vacío para ser racional.
El colegio de Rennes había tomado como su ratio studiorum
la del Colegio Romano, y comprendía tres años de gramática,
uno de humanidades, uno de retórica, tres de filosofía y
ciencias y, para quien lo deseaba, cuatro de teología. El
cuerpo docente contaba con unos sesenta jesuitas, algunos de
ellos famosos.
La atención religiosa, que constituía la "preciosa" para la
Compañía, estaba organizada dentro, especialmente a través
de las Congregaciones Marianas divididas en dos grupos: la
menor, para los muchachos de los cursos inferiores, y la
mayor o de los grandes, para los de los cursos filosóficos y
teológicos; en tales asociaciones sólo se admitía a los
mejores por la seriedad de vida y de estudio. Los
profesores, por su parte, transformaban la enseñanza en una
escuela de comportamiento cristiano. Por esto, todavía era
una pequeña iglesia donde, más que un maestro de letras o de
ciencias, se sentaba un varón religioso de óptimo ejemplo y
un sacerdote apostólico.
Recordemos algunos del período monfortiano.
La Congregación Mariana de los pequeños era dirigida por el
P. Prévost, de quien dice el Necrologio de la Compañía de
Jesús: «...mostraba siempre ardor y celo en la enseñanza y
en la formación a la piedad de los alumnos. Fue eximio
devoto de la santísima Virgen...».
El P. Felipe Descartes, nieto del celebérrimo filósofo,
dirigía la congregación de los mayores y era uno de los
confesores señalados para la asistencia de todos los
estudiantes. Un jesuita, éste, que tenía pocos miramientos
que salvar frente al gran mundo, y lo temía muy poco, como
afirmará el primer biógrafo monfortiano, Blain (240): era,
por tanto, una persona que se adaptaba muy bien a la
mentalidad de Grignion; fue, además, su confesor durante el
último período de su permanencia en el colegio y debió
comprender muy bien al joven Grignion si a él y no a otro
acudió éste durante uno de los períodos más difíciles de la
vida.
El P. Francisco Gilbert, en cambio, profesor de matemáticas,
de humanidades y retórica, literato y dramaturgo, tenía el
entusiasmo del caballero andante del Señor. Un día
abandonará el colegio y la enseñanza para irse de misiones a
América –a las islas de América, como se decía entonces–
estableciendo su residencia en Guadalupe. Allí dará la
medida de su mejor fervor en la evangelización de Martinica
y en el Caribe, donde encontró la muerte a los 39 años. Ya
en su período de Rennes hablaba del martirio en forma
contagiosa. Luis María fue asiduo en las entrevistas
espirituales privadas con este futuro misionero.
El P. Julián Magón, fuerte y laborioso, pequeño de estatura,
pero grande de ánimo (Necrologio), enceguecido soporto la
enfermedad en oración continua. Fue profesor de Grignion en
filosofía y en doctrina de la cruz.
Con hombres así y con un programa de estudios tan serio, no
faltaba nada de cuanto podía pretender una familia bretona
normal para la sana educación de sus hijos. Si, además, el
jefe del hogar había sido educado también en ese colegio, la
garantía era más que cierta. De hecho, los padres jesuitas
presuponían la cuidadosa atención familiar como dote
necesaria para la entrada de los muchachos a Rennes.
Luis María procedía del ambiente tranquilo del Bois-Marquer,
instruido, además de los sacerdotes, por el padre, que lo
había precedido en el mismo colegio. Durante el primer año
se hospedaba en casa de su tío sacerdote, Alán Robert,
adscrito a la centralísima iglesia de Saint-Sauveur.
Aquel año de sixième –el colegio de Rennes era el
único que lo tenía– fue particularmente difícil por la
ambientación necesaria en la masa de los millares de
estudiantes que colmaban las aulas. Pero Luis María afrontó
el estudio con buena voluntad, apoyado en una inteligencia
que no le hacía falta, tanto que, muy pronto, logró que lo
admitieran en la sección menor de la Congregación Mariana
del P. Prévost.
Al año siguiente también su hermano José llegó a estudiar al
Colegio, por lo cual la familia Grignion, tras abandonar el
Bois-Marquer, bajó toda a Rennes y se estableció en Rue
Saint-Hélier, precisamente en la parroquia de Saint-Sauveur.
Luis María se halla ahora en grado de moverse hábilmente en
la vida escolástica, sabe escoger las amistades y la
compañía adecuada. Sus amigos de la época son: Claudio
Francisco Poullart des Places, futuro fundador de los
espiritanos, y el primer biógrafo monfortiano, Juan Bautista
Blain, que llegará a ser canónigo de Ruán.
La compañía selecta está constituida por un grupo de
estudiantes recogido y organizado por un joven sacerdote de
la iglesia de Saint-Méen, el P. Bellier.
Una lápida expuesta en el vestíbulo del hospital San Ivo de
Rennes, llama a Bellier fundador, contándolo así entre
quienes proveían no sólo al bienestar temporal de la
institución, sino sobre todo al espiritual. Tras haber
pasado anteriormente algunos años con el misionero Leuduger,
en 1708, Bellier será llamado a regentar la capellanía del
mismo hospital, cuya dirección general asumirá en 1714. En
este cargo morirá en 1730, llorado sobre todo por los pobres
que lo amaban como a padre. Bellier acostumbraba reunir a
aquellos muchachos, sobre todo en el día de descanso
semanal, para enviarlos a las prácticas de misericordia
entre los pobres. Precursor de Ozanam, el joven sacerdote,
después de dedicarlos por cierto tiempo a meditar, los
enviaba de dos en dos a visitar y ayudar a los encerrados en
el hospital San Ivo.
Debemos subrayar aquí una de las características de la
formación espiritual bretona: el culto a los pobres. Los
pobres forman parte del objeto de culto, y son considerados
como auténticos intermediarios, al lado de los santos, entre
Dios y el pueblo. Las palabras del Evangelio se toman a la
letra; los bretones ven a Cristo en el mendigo y necesitado,
y cuanto les hacen a éstos, quieren hacerlo al Señor. Los
decretos administrativos que prohiben y limitan la
mendicidad, siguen siendo letra muerta: el mendigo, sano o
enfermo, pobre en el alma o en la cartera, es un enviado de
Dios. Ninguna obra social que no toque, aunque sea de
refilón, esta categoría, gozará de agarre entre la gente de
Bretaña. Toda petición religiosa es sobremanera eficaz si
llega a través del pobre. Incluso los santos, haya sido la
que haya sido su condición civil, mejor todavía si se
originan entre los nobles, deben ser pobres. Los
predicadores deben llevar siempre las libreas de la pobreza
porque, junto con la penitencia, contribuye del mejor modo a
lograr audiencia entre el pueblo, de manera que los
verdaderos misioneros y evangelizadores de esa tierra nunca
dudaron de consagrarse a la pobreza absoluta, y no por
simple convencionalismo o por demagogia, sino porque están
convencidos del poder ascético y apostólico del
desprendimiento.
En esta escuela de caridad activa que presupone la ascesis
interior y la elevación sobrenatural, fue iniciado Luis
María por el sacerdote Bellier. Lo recordará más tarde,
hasta sentir como una llamada que le servirá en la elección
de su apostolado e, incluso, del de su compañía de
misioneros, como lo dirá en carta a Leschassier en 1700.
Es grato pensar que la vocación de Luis María nace en ese
colegio.
¿Soñó o pensó hacerse jesuita? Quizás. Aunque conociendo la
personalidad del futuro misionero bretón, tendremos que
excluirlo.
En la familia Grignion, entre tanto, las cosas avanzaban sin
sobresaltos. En forma casi monótona. Habían venido al mundo
los últimos cuatro hijos, y los cuatro habían muerto; y si a
estos desaparecidos, añadimos la abuela Robert y el tío
Gilles Robert de apenas 27 años, nos formamos una idea de lo
familiar que era la muerte en casa de los Grignion. Es
probable que durante la permanencia en Rennes, el abogado se
haya dedicado a practicar su oficio y cuidar los intereses
de algún cliente ocasional.
Uno de dichos clientes fue una señorita, llegada de París,
"para ciertos negocios pendientes ante el Parlamento de
Bretaña" y que vivió como huésped de los Grignion durante
algunos meses (Blain, 20). Era hermana del muy joven obispo
Juan de Montigny, muerto en 1671 sin haber podido tomar
posesión de su propia diócesis y hermana también de un
célebre abogado del mismo Parlamento muy conocido de Madame
de Sevigné.
La señorita de Montigny era la clásica patrocinadora de
obras parroquiales: feligrés de San Sulpicio, vivía en el
elegante Fauburg Saint-Germain, había apoyado al párroco
Claudio Bottu De la Barmondière en la creación del seminario
para clérigos pobres (1688),y era profunda conocedora de los
más importantes sulpicianos de la época.
La presencia de esta señorita en la casa Grignion fue en la
vida de Luis María el nuevo rayo, la inesperada espiral
hacia el futuro. Al verlo tan serio, tan dedicado al estudio
y activo en el bien, la Montigny se preguntaba por qué Luis
no pensaba en el sacerdocio. Ella entendía un tanto de esos
asuntos por su hermano obispo y por haber conocido a tantos
eclesiásticos de la parroquia y haber presenciado de cerca
la formación del célebre seminario de San Sulpicio... ¿Por
qué un muchacho como ése no debía llegar al sacerdocio?
Hacerse sacerdote.
Durante aquellos años de estudio con los jesuitas, los PP.
Descartes, Gilbert y Bellier se lo había repetido muchas
veces. Hacerse sacerdote y recorrer a Bretaña predicando y
conmoviendo a las gentes que sufrían sin mérito ni gracia
algunos. Hacerse sacerdote y servir a los pobres, a los
mendigos de los caminos y asistirlos en los hospitales.
Dejarse guiar por el espíritu errabundo que le quitaba el
sueño y que en las largas oraciones de Rennes e Iffendic le
descubría un maravilloso escenario de bien. Dejarse llevar
por el ansia que le infundía el espíritu, le iluminaba los
ojos siempre que hablaban de las misiones, de las multitudes
que redimir, de las parroquias que evangelizar... Llevar la
cruz a todas partes, ¿por que no también a América como el
P. Gilbert, a los hospitales como Bellier, a lo barrios y
ciudades como Leuduger y hacerse un pedestal cementado con
oraciones, fatigas, penitencias...?
Hacía algún tiempo que lo estaba pensando. Sobre todo
durante las vacaciones al Bois-Marquer. Hablaba de ello con
Blain y con los amigos que iban a visitarlo y se quedaban
con él bajo el sol de los campos, o también cuando iba a
pasar un par de días en casa de ese amigo que deseaba
hacerse capuchino...
«El estado eclesiástico fue el único del cual le habló el
corazón, el único que Dios le hacía ver...», anota Blain
(16).
Y para colmo en ese último año de filosofía aquella señorita
de Paris hablaba de San Sulpicio ..
A comienzos de agosto de 1693, terminadas las lecciones,
toda la familia Grignion partió para el campo. La carroza
salió ruidosa de Rue Saint-Hélier: delante, no menos de
trece Grignion entre pequeños y grandes, reducidos por la
incruenta batalla de la ubicación en el carro tambaleante;
detrás iba otra carroza con víveres y mobiliario, y cerraba
la fila una caleza donde reinaba en su trono en medio de
tules y ráfagas de viento, la veneranda institución parisina
encarnada en la Montigny, que quería tomar una bocanada de
aire limpio antes de entrar a la capital con Guyonne-Jeanne.
La alegre comitiva al ingresar en la carretera del oeste,
levantaba los comentarios admirados de los ciudadanos. En el
grupo resaltaban dos florecientes muchachas que parecían, al
menos cuando nadie podía advertirlas, dedicadas a ayudar a
la madre en el manejo de los hermanos menores. Y, una vez
más, a última ahora, todos juntos llenaron los cuartos del
Bois-Marquer, repoblando los senderos y los prados, llenando
de gritos la quietud.
En aquellas vacaciones todos gozaron de esos meses, lejos de
los estudios y de las preocupaciones que asaltaban a Rennes
y cuantos debían vivir allí. No faltaban visitas ni
huéspedes, naturalmente. Amigos de colegio, como Blain;
parientes, como su tío sacerdote, y los antiguos conocidos
campesinos de los alrededores.
Para Luis María serían las últimas vacaciones en la vida.
Tenía veinte años, había superado brillantemente un curso de
filosofía y ciencias, y estaba cerca al momento de dar una
contribución válida a las finanzas de la familia. Lo
necesitaban y lo iban preparando desde hacia años para esa
realidad.
¿Y la vocación al sacerdocio? La madre habría dicho sí,
acostumbrada como estaba a ver eclesiásticos en su familia.
Pero ¿qué diría el abogado Grignion? ¡Hasta hoy, sólo dos
brazos habían soportado todo el peso de la casa! Y si Luis
María hubiera pedido hacerse sacerdote, dos todavía tendrían
que haber seguido bregando por los años subsiguientes. Y sin
embargo, había que hablarle y pedirle el esfuerzo de seguir
todavía solo.
En la soledad absoluta de la parroquia de Iffendic, a donde
Luis María bajaba cada día, el joven meditaba en todo esto.
Cada día regresando por el sendero de los campos del
Bois-Marquer, se sentía capaz de defender la propia causa.
Pero apenas ponía los pies bajo la amplia bóveda del portal,
acaba con dejarlo para más tarde.
Entre tanto escarbaba entre los volúmenes de la biblioteca
paterna en busca de algún libro que lo acercara a la
teología y a las materias eclesiásticas. Durante esa
búsqueda cuidadosa, cayó en sus manos un texto un tanto
fuera de lo ordinario ya por los textos ya por las
ilustraciones, procedente quién sabe de qué viaje del
abogado a París. Era un librillo ligero y sin más olvidado
entre el polvo después de un recorrido rápido; pero no era
obsceno y perverso como le pareció al joven colegial; quizás
un tanto atrevido, y ciertamente poco indicado para
completar la educación de tantos chiquillos que merodeaban
por la casa. Luis María lo quemó e hizo bien. Sorprendido
por el padre, se dio una pelea en plena regla. Pero deducir
de esto que el abogado era un tanto o claramente un
libertino, descuidado de los sacrosantos deberes de la
educación, capaz de tener en casa obras escandalosas, está
fuera de sitio. Era celoso de sus bienes, pero también
intolerante ante las observaciones y críticas demasiado
reformadoras del hijo, que era siempre hijo, aunque muy
serio y tan maravilloso.
Finalmente Luis María se decidió y habló a su padre.
El historiador en este punto tiene que contentarse con
suposiciones e ilaciones, casi como un viejo amigo de casa
que a pesar de saberlo todo de todos, en cierto momento,
mientras que todos hablan de cuanto habría que entender, se
ve despedido puerta afuera, limitado al cuarto del lado con
el único alivio de poder tratar de oír e intuir, ojalá
primero, pero siempre en retraso. ¿Qué se dijeron los dos?
¿Qué argumentos puso el hijo de veinte años sobre la mesa y
qué respuestas recibió? No hubo escenas, ni gritos, ni
golpes de voz, ni resentimientos obstinados. Se ha novelado
demasiado sobre el carácter del padre y el misticismo del
hijo. Comprendemos que el abogado debió defender su propia
causa, la gran causa de su vida, y hablar de fatigas y
cargas, de proyectos derrumbados en un momento; enumeró uno
por uno a sus once hijos, ilustrando para cada uno
preocupaciones y esperanzas. Lo percibimos después de aquel
coloquio, encorvarse más, más envejecido, más aislado,
encaminado a nuevos compromisos, después de haber apartado
forzadamente los ojos de la puerta de alivio hacia la cual
se había dirigido...
Porque el abogado cedió; Luis María podía hacerse sacerdote,
pero sin pedir a la familia que se hiciera cargo de la
pensión. Si había que hablar de seminario, de San Sulpicio,
se hablará sólo cuando se hubiera encontrado el dinero.
Entre tanto, el curso teológico del colegio de Rennes podía
bastar, tanto más cuanto que era gratuito. De París y del
seminario de la Montigny se hablaría cuando la buena
señorita que se había comprometido a hacerlo abrir para Luis
María hubiera dado la noticia de sí. El Señor por ahora no
podía exigir más al abogado Grignion: y si un día se lo
hubiera pedido, ciertamente también le hubiera prestado una
mano.
Fue así como al finalizar las últimas vacaciones en familia,
a mediados de octubre de 1693, Luis María bajó a Rennes a
matricularse en el curso teológico del colegio jesuita Santo
Tomás Becket
Capítulo cuarto
EL CAMINO DIFÍCIL DE SAN SULPICIO
La egregia señorita de Montigny tardaba en hacerse sentir.
Había llevado consigo a París a la pequeña Guyonne-Jeanne
(Luisa) que hacía poco había frisado los trece años. El
pensamiento de la benefactora era el de ubicarla, después de
una rápida preparación, en casa de alguna familia acomodada
en calidad de dama de compañía. Todos los días hacía acudir
a casa a enseñantes para hacerle aprender algo más que el
acostumbrado leer y contar: un poco de literatura y cultura
diferente y quizás música y algunas labores de tejido. Más
tarde la enviaría a un pensionado para el repulimiento
necesario, con el fin de capacitarla para emprender una
carrera.
La preocupaba no poco la promesa hecha en Rennes y
Bois-Marquer respecto de Luis María. No podemos creer, en
efecto, que la patrocinadora de obras buenas quisiera hacer
las cosas a medias: había dicho San Sulpicio y seria San
Sulpicio, sino el Mayor, a menos el Menor, prácticamente
idénticos en cuanto a la seriedad de estudios y de
formación. Pero era necesario encontrar 260 libras y la
Montigny no podía permitirse tanta munificencia. Luego de
muchas dudas, decidió hacer viajar a Luis a París con
urgencia, incluso para no hacerle perder el año escolástico
y porque, una vez presente él en persona podría alcanzar con
mayor facilidad las ayudas prometidas.
Luis María ya no lo esperaba. Al menos para ese año. La
"tierra de los santos" –es la enfática definición que nos
transmite Blain (21) y expresa la altísima estima en que se
tenía a San Sulpicio– habría sido un sueño y la posibilidad
de entrar en ella permanecía problemática para el futuro:
«Había colocado allí el corazón, con la esperanza de andar
allá personalmente... Pero ¿qué esperanza tenía de ir
allá?...».
Luis no se había hecho ilusiones: las múltiples
dificultades, la inmensa distancia y esa natural
predisposición a no dar demasiada importancia a las promesas
eran suficientes para disuadirlo. Acabamos de citar a Blain
y lo seguiremos citando porque es el mejor testigo del
momento.
La carta de la Montigny llegó, pues, inesperadamente. Muy
vaga en el programa pero con una clara invitación a darse
prisa. Y Luis María fue rapidísimo: el tiempo para avisar de
su partida al colegio "donde habría podido hacer inmensos
progresos" (c 8), para despedirse de los amigos dejando a
Blain un festivo "¡hasta París!", y ¡listo! Se acomoda un
vestido nuevo comprado por la familia para la circunstancia,
echa al bolsillo los diez escudos (que regala
inexorablemente con el vestido bueno apenas vuelve la
esquina), estudia el itinerario, rechaza el caballo que le
ofrecen, se despide de todos... y, ¡en camino, lo más
pronto, quizás el mismo domingo 25 de octubre!
Tiene que recorrer 350 kilómetros, y a pie. Lo acompaña
durante un tramo su hermano José y su tío sacerdote Alan.
Hemos tratado de estudiar un tanto el itinerario: Rennes,
Vitre, Alenzón, Verneuil, Versalles, París...
Hoy el recorrido es fácil y veloz; entonces imposible, era
uno de esos que hacían maldecir a los ricos, al finalizar el
verano, cuando las lluvias y pozos de agua obligaban a
descender de las carrozas y ponerse a empujar con los
lacayos para desatascarlas del fango. Y todo el camino de
Luis María fue avanzando entre dolores y sufrimientos y
fatigas que maravillan al ingenuo Blain. No pasaba la noche
en albergues ni hospederías; vivía de limosnas y mendicidad,
entre rechazos hirientes, adaptándose a pasar las noches en
graneros o, si milagrosamente se abrían, en las casas
curales. El promedio recorrido pudo ser de unos 35
kilómetros diarios. Es verdad que nuestro joven viajero
tenía veinte años, pero 35 son siempre muchos. Caminaba con
la cabeza descubierta, en oración y recogimiento, animado
del espíritu de peregrino.
«Así, pues, como un viajero que tiene prisa de llegar a una
ciudad importante, a la cual dirige rápidamente sus pasos,
concentrado sólo en este pensamiento, cruza indiferente, sin
detenerse a contemplar la belleza de las regiones que
atraviesa, de la misma manera el misionero, desprendido como
un San Francisco, camina a toda prisa hacia la celestial
Jerusalén. Enamorado únicamente de los encantos de esta
inmortal ciudad de paz y de gloria, sólo tiene ojos para
contemplarla; no llamará pena a lo que le cuesta para llegar
a ella ni placer a lo que puede apartarlo de ella.
Como otro San Pablo, no considera las cosas visibles, sino
las invisibles, porque, se dice a sí mismo, las cosas
visibles son pasajeras y perecederas, la muerte las arrebata
cuando uno cree poder gozar de ellas, frecuentemente se
pierden con amargura aun antes de la muerte; mientras que
los bienes invisibles –esos bienes inefables que sólo pueden
saborearse en la posesión de Dios– son eternos» (A los
asociados de la Compañía de María, 12).
Llegó a las puertas de París hacia el 3 de noviembre:
mojado, enfangado y aturdido por la fatiga. Otro biógrafo
dice que encontró, «en un pequeño hueco de caballeriza,
donde la Providencia le hacía llegar alimento sin irlo a
pedir a nadie...» (Grandet, 193), el tiempo y forma para
repulirse un tanto y recuperarse con el descanso. Lo más
pronto que pudo, buscó y encontró la casa de la señorita
Montigny. La solterona que hacía días había arreglado la
manera de hacer saber al joven el cambio de seminario,
haciendo los más vivos esfuerzos ante el relato del extraño
comportamiento de viaje, tuvo el valor para anunciarle que
se había hecho la matrícula, pero ya no en San Sulpicio,
sino en el seminario Menor para Clérigos Pobres fundado por
su antiguo párroco, el P. de la Barmondière, a quien lo
había recomendado.
Al lado del famoso San Sulpicio se habían creado comunidades
para acoger a los seminaristas más pobres y menos dotados;
la de la Barmondière y, sólo más tarde, la del P. Boucher.
Mejor que seminarios eran pensiones, pero con reglamentos
inspirados en el de San Sulpicio y prácticamente dirigidos
por sulpicianos.
De 1693 a 1694 Luis María permaneció así en la pensión de
Claudio Bottu de la Barmondière. Era éste un sulpiciano,
inteligente, doctorado en la Sorbona en 1662 con una tesis
sobre la infalibilidad pontificia, y de familia muy rica.
Había sido párroco de San Sulpicio, pero había fracasado en
ello: obligado a renunciar por la poco cuidadosa
administración, fue impulsado por el superior general Carlos
Tronsón a fundar y regentar una sucursal del seminario. Los
pensionados allí, «eran estudiantes que permanecían en
comunidad cerca al seminario de San Sulpicio de Paris, para
honrar la vida pobre, despreciada y de trabajo de Jesús en
los treinta años de vida oculta, para prepararse a las
tareas del divino sacerdocio bajo la protección de la
santísima Virgen, de san José, de los santos Apóstoles y de
los hombres apostólicos».
El titulo oficial de la pensión reencarecía, luego, las
primeras líneas citadas del reglamento: Comunidad de los
clérigos pobres. A éstos –siempre en el reglamento– se les
sugería que la admisión al pensionado era una gracia «por la
cual lejos de sentir vergüenza por la calificación de
pobres, se sienten muy contentos de ella... Aprenderán
cuidadosamente las máximas de la pobreza de Jesús y las
meditarán... Para honrar la pobreza del Señor y todas las
humillaciones que ordinariamente la acompañan, estarán
dispuestos a practicar de buen grado, y hasta con alegría,
las acciones que a los ojos de los mundanos se presentan
como ruines y degradantes, como barrer, cargar y ordenar la
leña, servir a los enfermos, trabajar en la cocina, en el
refectorio, lavar los platos y cosas semejantes...».
La insistencia con la que cada página del reglamento
exaltaba la pobreza hace pensar que la menor contribución
brindada en el momento de la aceptación era en verdad poca
cosa y que todos los servicios mencionados que debían
realizarse "con gozo" eran simples compensaciones
integrativas. La pobreza, de ese modo –era quizás la
mentalidad de la época– se alzaba como una amonestación para
recordarle al clérigo que no debía aspirar al mejoramiento
de la propia situación, convenciéndolo de que era pobre y
pobre debía mantenerse, sin esperar mucho de la vida. Se le
enseñaba que «el tiempo (destinado) a alimentarse es
peligrosísimo para la salud del alma...», que no se debe
siquiera ocupar el espíritu con el pensamiento de la
comida; y para aquellos clérigos que, inevitablemente
impulsados por el hambre o la sed, se atrevieran a hacerles
concesiones fuera de casa, existía oportuna o no, no lo
sabemos, una norma regia: «No comerán ni beberán fuera de
casa a no ser en caso de necesidad extrema (sic), ni sin
haber pedido y obtenido permiso explícito...».
A nosotros, que miramos aquella docena de reglas para los
pobres –sólo hemos citado alguna–, a nosotros acostumbrados
a la caridad organizada en las debidas formas por el Estado
y por la Iglesia, esa docena sugiere una duda atenazadora
sobre la capacidad administrativa del riquísimo P. de la
Barmondière, haciéndonos que nos coloquemos compactamente
del lado de los beneméritos administradores de fábrica que
lo habían despedido. El saber –y lo sabemos por Blain (33),
que no mira al costo cuando se trata de elogiar a cualquier
sulpiciano– que ese señor era un hombre santo, todo
austeridad y penitencia, no nos ayuda a entender por qué
mantenía a sus clérigos pobres en tan dura mortificación.
Luis María se sometió a esa humillación, porque humillación
era.
No se sometió. La aceptó, con cordial entusiasmo.
La Montigny había hallado a una buena señora que se había
comprometido a pagar algo durante los primeros momentos;
pero el joven vivía en el espíritu de abandono filial y
confiado en la Providencia. Partiendo de Rennes, dicen los
primeros biógrafos, había hecho voto de pobreza porque
sentía la llamada a la vida misionera desprendida y
desinteresada; el viaje y la instalación inicial en París
habían sido la entrada a la comprensión de las obligaciones
del futuro apostolado; el reglamento de la comunidad en
cuestión era un código de conducta, el encuentro con el P.
de la Barmondière, elegido pronto como confesor y director
espiritual, le hizo ver en él un modelo.
En ese primer año de seminario se consideró como novicio de
la pobreza y de la penitencia; bajo la guía del sulpiciano
saboreó los mordiscos en la carne y en el espíritu, ordenó
ampliamente su ejecución aceptando sus rigores en la comida
y en el vestido, añadiendo, con la autorización del
confesor, los medios más austeros de la mortificación
corporal.
Vio en la Comunidad una casa de la gracia, hasta escribir a
Blain, que se había quedado en Rennes, una carta de términos
vivos, entusiastas, patéticos y plenos de unción para
convencerlo también a él, en el espíritu de la Biblia, de
abandonar la casa, los parientes y todo para trasladarse a
un lugar donde, «la virtud, desterrada del mundo, parecía
haberse refugiado» (Blain, 22).
La austeridad y la penitencia no eran motivo para descuidar
el estudio en casa del P. de la Barmondière: por el
contrario, éste, además de ser maestro de vida espiritual,
era también cultísimo y fortísimo teólogo. Seguía y
examinaba a sus estudiantes, sobre todo mediante
repeticiones: «Todos los días no obstaculizados, se tendrán
conferencias y repeticiones de estudio, en el momento y
forma fijados para cada materia, y todos asistirán
puntualmente a ellas».
Pero, ¿dónde recibían las lecciones los clérigos pobres?
Las lecciones que frecuentaban eran las de la escuela de
teología fundada en el interior de la universidad de la
Sorbona. En 1650, en seno del ateneo, se había reiniciado un
curso periférico que ostentaba erróneamente el titulo de
Facultad de Teología y que de hecho no era otra cosa que un
curso seminarístico (diríamos hoy) reservado a todos
aquellos que no habían sido admitidos a los cursos
académicos verdaderos y propios. Dado por docentes y
maestros que no pertenecían a la sociedad de la Sorbona,
dependía no obstante del rector magnífico. Incluso los
alumnos no reconocidos como universitarios por los motivos
que habían impedido su admisión a los cursos académicos
(sobre todo por la pobreza: en la Sorbona existían sólo 35
puestos gratuitos...), podían aprovechar los locales y la
ciencia dentro del círculo universitario. El rector
magnifico presenciaba sin embargo, periódicamente, las
disertaciones de la escuela de teología.
Las disciplinas enseñadas en dicha escuela eran: lectura de
la Biblia, teología contemplativa, teología positiva y
controversia (apologética). Para las materias más
específicamente eclesiásticas, tales como liturgia, moral,
derecho y canto gregoriano había que acudir a lecciones
externas, quizás las de un colegio, el Navarre, por ejemplo.
Luis María avanzaba con lujo en el conocimiento de las
materias teológicas, hasta ser considerado como uno de los
oyentes más atentos y profundos.
Pero a la pobreza pedida por el reglamento se añadió la no
exigida, la pobreza necesaria.
Dos tercios de los franceses vivían en el campo, pero el
rendimiento de los campos disminuía siempre más. Uno solo
era el término que dominaba la agricultura de la época:
"grano", entendiendo con él todo cuanto podía convertirse en
pan. Los cultivos de grano y de cereales que transformar en
pan ocupaban casi todo el sector, hasta las localidades
menos adecuadas. Y dado que el producto era único, el
campesino era peligrosamente vulnerable: cada año que
registraba una cosecha escasa, registraba por ello el
derrumbe del bienestar en toda la nación.
Y el año de 1693 fue de escasas cosechas, seguido por tanto
de un período de miseria y carestía casi totales. Un año así
no había ocurrido desde hacía tres décadas, desde 1662. ¡Qué
invierno tan tremendo fue aquel para Francia! La penuria se
hizo sentir más «en la capital de las provincias que en las
provincias mismas» (Blain 28s) .
Muchos clérigos, a quienes no podían sostener sus familiares
o bienhechores, debieron pagarse la pensión con empleos en
nada fáciles u honoríficos. Entre éstos se hallaba Luis
María: la bienhechora quizás obligada por la penuria general
o porque así lo definían los contratos, suspendió la ayuda.
En la comunidad muchos se preguntaban cómo haría Grignion
para superar la situación.
«No había pensado todavía en ello, convencido de que su
verdadero apoyo estaba en Dios», afirma Blain (29). El P. de
la Barmondière abrió el corazón y lo mantuvo abierto, pero
Luis María tuvo que adaptarse como otros a las nuevas y
durísimas exigencias.
A menudo –recuerda Blain, que hacía poco había llegado de
Rennes– pasaba la noche velando muertos en la parroquia de
San Sulpicio, con el fin de ganar algún dinero. Debían ser
buenas realmente aquellas meditaciones; pero constituían
notables pérdidas de energías físicas. Cada mañana había que
entrar a clase puntualmente y estudiar y estudiar con
seriedad, sin concederse un descanso decente ni tomar un
adecuado desayuno. Las ganancias de tales vigilias fúnebres
no debían constituir una copiosa entrada, dado que lo vemos
obligado a pedir limosna a sacerdotes y prelados que pasaban
por la casa. De esas colectas recogía cifras considerables;
pero dado que, por caridad y mortificación lo compartía todo
con sus compañeros, a él le tocaban las sobras. Entre tanto,
para colmo, seguía con las maceraciones voluntarias.
El progreso intelectual y espiritual del joven era
indiscutible. Blain, después de informarnos que la dirección
espiritual del P. de la Barmondière podía compararse a la de
un santo empeñado en hacer otro santo, recuerda que en la
primavera el maestro confesó haber sido superado por el
alumno, de manera que debía renunciar al cargo y orientar a
Luis hacia uno más experto aún, el sulpiciano Santiago
Baüyn.
Era éste hijo de un médico calvinista suizo. Enviado a París
por su padre para que apartara a su hermano mayor del
catolicismo al que se estaba convirtiendo hasta el punto que
querer hacerse sacerdote, había fracasado en su misión y
llegado a convertirse él mismo y hacerse sulpiciano. Blain
–según su costumbre– elabora de él un entusiasta panegírico
comparándolo con Francisco de Sales y san Felipe Neri y
llamándolo «ángel sobre la tierra, y una de las personas más
santas de los últimos siglos» (67), quejándose de que nadie
hubiera querido escribir su biografía. Debía ser realmente
un hombre de extrema penitencia. Luis María se confió a él
ingenuamente, sometiéndose de lleno a las nuevas directivas,
como un catecúmeno de la santidad.
Sólo sabemos que el P. Baüyn lo autorizó para aumentar el
ritmo de las maceraciones corporales y el de las
mortificaciones. Con qué criterio, en semejantes
condiciones, no lo sabemos.
Ignoramos la fecha de la tonsura clerical del joven. Pero en
julio de 1694, al terminar el primer curso de teología fue
presentado a las órdenes menores. De acuerdo con las
prescripciones canónicas y las costumbres de San Sulpicio,
la ordenación debió ir precedida de ocho días de ejercicios
espirituales en la casa de retiro de los hijos de san
Vicente de Paúl, en San Lázaro.
La ordenación tuvo lugar el 18 de septiembre, sábado de las
témporas de otoño...
A la salida de los ejercicios espirituales, Luis María fue
sorprendido por una tristísima noticia: la muerte repentina
del P. de la Barmondière, cuyos funerales tuvieron lugar el
día 19 en la parroquia de San Sulpicio. Pero es mejor leer
al respecto la carta que Grignion escribió a su tío Alan
Robert, que le había hecho llegar algunas noticias de su
familia entre ellas la de la muerte de su hermanito Ambrosio
de cuatro años, acontecida en 24 de junio.
«¡El amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
Con inmensa alegría recibí tu carta, tanto más preciosa
cuanto que viene de quien tanto me ama. Me informas en ella
de una muerte. Pues, a mi vez, tengo que comunicarte otra:
la del P. De la Barmondière, mi superior y director, que me
hizo aquí tanto bien. Lo enterramos el domingo pasado en
medio del dolor de toda la parroquia y de cuantos lo
conocieron. Vivió como santo y como santo murió. Fundó el
seminario en que me encuentro y tuvo la bondad de recibirme
en él gratuitamente No sé todavía cómo se resolverán las
cosas: si me quedo o tengo que partir, pues aún no se ha
abierto el testamento. Pero pase lo que pase, nada me
preocupa; tengo un Padre en el cielo que no me falla jamás.
Que me condujo hasta aquí, me ha conservado hasta hoy, y lo
seguir haciendo según su constante misericordia. Aunque no
merezco sino castigos a causa de mis pecados, no dejo de
implorar al Señor y abandonarme a su providencia.
No pude responder tu carta tan pronto como deseaba. Me lo
impidió un retiro que hice en San Sulpicio para prepararme a
las cuatro órdenes menores. Que, gracias a Dios, he
recibido» (Carta 2).
El tono de la carta no logra ocultar la preocupación a
propósito de la forma como se desenvolvería su preparación
al sacerdocio. Para él podría ser el regreso a su familia y
el adiós para siempre a San Sulpicio, quizás la renuncia
definitiva a la vocación misionera apostólica.
Al abrir el testamento, se supo que la comunidad de los
eclesiásticos pobres debía fundirse con el seminario Menor
de San Sulpicio y que los seminaristas que pudieran reunir
la pensión debían trasladarse allá.
Pero se debía reunir la enorme suma de 260 libras... Luis
María que durante un año había permanecido casi
gratuitamente en casa del P. de la Barmondière, ¡no podía
encontrar en dos por tres la suma indicada! Con otros –entre
ellos Blain– fue enviado... provisionalmente a otra pensión
para clérigos paupérrimos.
San Sulpicio no quería perder a aquellos muchachos y, antes
de despedirlos a sus diócesis, trataba de darles tiempo y
posibilidad de recoger el dinero suficiente para ejecutar el
testamento del difunto. Hizo cuanto pudo para que los
clérigos se prepararan a ingresar –¡y permanecer!– en la
comunidad del P. Boucher, donde la limosna y algún servicio
externo podía bastar para pagar la pensión.
Blain, uno de los clérigos sin recursos trasladados con
Grignion a la casa Boucher, resume en dos líneas el sentido
de ese traslado: «La divina Providencia le brindó (entonces)
un gran medio para avanzar en dicha ciencia (la de los
santos), haciéndolo entrar en la comunidad del P.
Boucher...» (56).
Nosotros también queremos decir muy poco acerca de esta
permanencia de Grignion en casa del P. Boucher, pero debemos
renunciar a un hermoso silencio con una excelente historia
capaz de hacernos comprender las misericordias con las que
Dios realizó sus designios.
Francisco Boucher, vicario un día de Chartres, sacerdote,
doctor de la Sorbona había abierto desde 1677 una pensión
para unos cuarenta clérigos paupérrimos al lado de la
Universidad, con el nombre de Colegio de Montaigu. El estado
de indigencia extrema en que tenían a los jóvenes aspirantes
y una reflexión demasiado tardía del fundador mismo de la
Communauté des pauvres écoliers, hizo que el P. Boucher con
un acta del 1º de marzo de 1708 ofreciera 1.800 libras a San
Sulpicio para que fortaleciera la institución. Reducida
máximo a quince pensionados, fue trasladada dentro del
recinto de los seminarios de San Sulpicio y sometida a una
reforma general. En homenaje a uno de los primeros
superiores que también la habían enriquecido, Felipe Roberto
des Rouses, le dieron el nuevo apelativo de Robertinos.
Desafortunadamente, la reforma tuvo lugar cuando Grignion ya
había partido. A creer a Blain –y ¿por qué no creerle?– los
clérigos «se distinguían allí por su avance en la ciencia»,
quizás también a causa de la cercanía a la ciudad
universitaria. Pero el tratamiento era claramente repugnante
sobre todo en lo referente a la comida.
«Porque el alimento, tan pobre como todo lo demás, era
entonces (antes de la reforma sulpiciana) muy pobre y
desagradable. Y, al ir a tomar la comida, se podía
fácilmente entrar en la actitud de aquel gran santo que dice
que hay que ir a la mesa como a una especie de tortura,
"ad mensam tamquam ad patibulum". La carne de desecho y
de lo que no compran en las carnicerías sino los más
miserables, se repartía en pequeñísimas porciones. Y aun
cuando la porción que se recibía fuera abundante, nunca se
tenían tentaciones de intemperancia, ni de gula, en
presencia suya, porque, al sólo verla, ya calmaba el apetito
que uno pudiera tener. Y era necesario tenerlo en cantidad y
hacerse gran violencia para comer, entre continuas náuseas,
una carne contra la cual el estómago se rebelaba, amenazando
devolverla en seguida.
Yo mismo lo he experimenté, por haber pasado algún tiempo en
dicha comunidad. Es la que actualmente está junto al
seminario menor, pero todo ha cambiado en ella.
Cada estudiante se proveía de pan: de suerte que lo escogía
y disponía de él a su gusto. En cuanto al agua, no se la
escatimaba. En ello la comunidad era muy generosa, porque en
esos tiempos, allí no se conocía aún el vino. Los días de
abstinencia no perjudicaban a aquellos en que se comía
carne, porque no ofrecían sino, o raciones de arroz cocido
en agua y con muy poca leche, o nabos y habas sazonados de
la misma manera.
Para cocinar así, sólo se necesitaba la mano de los
estudiantes. De suerte que cocinaban, cada uno por turno. Y
si se me permite reír en algo tan serio, diría que todos
tenían el placer de envenenarse, por turno» (56-58).
Tampoco nosotros queremos reír, aunque tanta insistencia del
canónigo Blain (de fácil memoria en lo referente a la
comida) nos hace sonreír, y no huele a parcialidad en favor
de la reforma realizada en seguida por el maravilloso San
Sulpicio... Pero dado que afirma haber vivido esa vida de
avanzada con virtud mucho menor que la de Luis María, nos
sentimos desconcertados.
Éste asumió la mísera situación con la heroicidad de
adaptación que necesitaría más adelante para sentirse más
cerca de los pobres que debía evangelizar. Y, no obstante,
al leer una carta que escribió el 11 de julio de 1695
advertimos cierta ansia de mejoramiento y el hecho de que
nunca haya hecho la menor alusión a esta comunidad del P.
Boucher nos lleva a sospechar que también él prefiere
olvidar un recuerdo tan penoso.
Dada la lejanía de San Sulpicio tuvo que abandonar la
dirección espiritual del P. Baüyn y escoger como director a
un tal P. Prévost, sin más identificación. Pero prosiguió
macerándose inmisericordemente en conformidad con los
permisos concedidos por el P. de la Barmondière y por el
mismo P. Baüyn. El resultado de semejante ritmo exterior e
interior se desencadenó en el invierno de 1694-1695. Estaba
de turno en la cocina cuando se sintió mal. Convencido de
tener que guardar cama y recibir cuidados medicinales,
escondió el cilicio debajo del colchón. Pero el inabordable
Boucher que a las malas toleraba a los sanos, sentía terror
a los enfermos, por lo cual se desembarazó de él a la
carrera: «Tan pronto cayó enfermo, fue llevado al
hospital...», escribe Blain (59).
Hemos escrito que se desembarazó de él, porque meter a aquel
muchacho de 22 años en un hospital de caridad de pobres
anónimos y abandonarlo al único remedio de frecuentes
sangrías –medicina gratuita y de amplio uso, en ese tiempo–
significaba que dejara de fastidiarlo si no para siempre, al
menos por largo tiempo. La salud del seminarista,
ciertamente, no era la misma de hacía dos años, y la salud
del cuerpo castigado cedió: llegó al umbral de la muerte.
Ninguno pareció preocuparse en la familia Grignion. El único
que se dio cuenta fue el mismo moribundo, quien entre
delirios logró convencerlos a todos que no dijeran nada a
sus familiares, ni siquiera a su hermana que vivía en París.
Él se consolaba con el pensamiento de hallarse en la Casa de
Dios, tomando en serio esa denominación francesa dada a las
instituciones para el sufrimiento: "Hôtel-Dieu". Se
consolaba, pues, sabiendo que había caído en manos de la
Providencia más de cuanto hubiera podido desear.
Se preparaba para la muerte entre el mudo estupor de las
religiosas y de los amigos que iban a visitarlo. Sobre todo
de las religiosas que del estupor pasaron rápidamente a la
veneración, hasta sacarlo de la sala común y colocarlo,
después de algunos días, en la sección reservada a los
sacerdotes, aunque no era ordenado in sacris. Su
piedad y altísima virtud le ganaron así una asistencia
especialmente de parte de las religiosas.
Blain, que nos contó toda la historia «después de no
contarlo ya entre los vivos», recuerda la estupefacción
experimentada al oírlo afirmar que no moriría (63).
Capítulo quinto
SAN SULPIClO TIERRA DE SANTOS
Se sentía en Francia la necesidad de una reforma
eclesiástica que, para ser válida y duradera, regulara la
elección de los candidatos. El Concilio de Trento desde
hacía decenios había señalado la urgencia de la solución a
dar al gran problema.
Italia había tenido a san Carlos Borromeo.
Pero Francia nada.
Dolorosamente ya en 1660 el obispo de Vance, Goudeau, había
escrito: «El llamado por Dios va al claustro como a una
sagrada tumba para morir a las vanidades del mundo; quien se
compromete en las órdenes sagradas ni lo hace para obtener
beneficios que por su naturaleza lo comprometen o, como
ciertos pobres, asume la más santa de las profesiones de la
tierra como un oficio de poltronería... Por el solo hecho de
que un joven sepa suficientemente el latín para explicar un
tanto el evangelio en la misa y comprender el breviario, se
lo considera idóneo para ser elevado al sacerdocio...»
(Traité des Séminaires, Aix 1660, c V, p 80).
El clero al que más había que formar en primer lugar era
precisamente el pobre y más necesitado, por ser el más
masificado e improvisado. Pero la institución de los
seminarios era poco bien vista por los candidatos que no
querían ser hechos hermanos y por los parientes que tenían
miedo de la abolición de los antiguos privilegios y
ganancias. Y la mayor dificultad que era la de encontrar a
quienes colocar al frente de esos seminarios. San Francisco
de Sales confesaba a su amigo Bourdois: «Me he fatigado
durante diecisiete años, porque durante tanto tiempo he
tenido la osadía de esperar, para reformar el clero de mi
diócesis, pero sólo he logrado formar sacerdote y medio; y
no he pensado en las Visitandinas, sino cuando perdí toda
esperanza respecto de los sacerdotes...».
Los grandes reformadores, antes de dedicarse a la creación
de los seminarios, fundaron Compañías o Congregaciones de
sacerdotes santos y sabios para ponerlos al frente de las
futuras instituciones. Es el tiempo de Berulle, Bourdoise,
de Condren, san Juan Eudes, san Vicente de Paúl. Por fortuna
casi todos los obispos colaboraron poniendo juntos, incluso,
capitales y personal para seminarios regionales. Algunas
diócesis tuvieron así dos o tres seminarios, y París, en
1696, doce incluidos tres de lengua inglesa.
El seminario de San Sulpicio toma el nombre de la magnífica
parroquia que forma ángulo entre la Calle des Aveugles y la
Calle Férou, a algunas centenas de pasos del palacio de
Luxemburgo.
Juan Santiago Olier, fervoroso misionero popular luego de un
primer esbozo en la Calle Vaugirard, convertido en 1642
párroco de San Sulpicio, fundó ese instituto para elevar la
calidad del clero francés. Olier propuso para la obra una
Congregación religiosa restringida destinada a la formación
de los sacerdotes seculares a través de los seminarios.
El sistema formativo de los sulpicianos se fundaba en la
división de los clérigos en grupos: colegiales, pequeños,
grandes y teólogos, y en la participación de todos en los
oficios y en los ejercicios del seminario. Ningún medio
disciplinar donde era suficiente la poderosa llamada del
deber de la vida interior, a través de la dirección
espiritual. Incluso después del período de seminario era
obligación para los sulpicianos acompañar a los clérigos ya
sacerdotes, con reuniones de formación actualizada
intelectual y sobre todo con encuentros espirituales.
Cuando se habla de seminario no debe entenderse en el
sentido de los que existen hoy: San Sulpicio era una pensión
para clérigos, para sacerdotes que buscaban dedicarse sobre
todo a la vida espiritual y, dado que solamente para el
colegio de los filósofos había escuelas internas,
predominaba la vida espiritual, que sobresalía e informaba
toda actividad seminarística. El periodo de permanencia en
San Sulpicio variaba según las peticiones e intenciones
personales de cada alumno: de ocho días a algunos meses, de
un año a cinco, a diez...
El complejo del seminario comprendía: el Seminario Mayor,
llamado Grand Saint-Sulpice, el Menor de los
filósofos y de los menos dotados, llamado Petit
Saint-Sulpice, y otras comunidades sobre el modelo de
pensiones como la del P. de la Barmondière y de los
Robertinos, con reglamentos inspirados en el de San Sulpicio
y con superiores casi siempre sulpicianos. Sucursales de las
instituciones parisinas existían por todas partes en Francia
pero limitadas a la formación del clero, con la ayuda a
veces, de grupos misioneros. Importante entre éstas era la
residencia de Issy, en las afueras de la capital, destinada
a los ejercicios espirituales y a casa de descanso.
Tras la muerte de Olier la comunidad de los sulpicianos se
había divido claramente en dos ramas: la Communauté des
Prêtres de la Paroisse de Saint-Sulpice y la
Congrégation des Séminaires, cada una con superiores
propios e independientes. La más difundida naturalmente, era
la segunda, guiada por un superior general, con filiales no
sólo en Francia sino también en Canadá.
San Sulpicio había nacido del corazón de un misterio, de un
veterano de las misiones al pueblo, Olier que en largos años
de predicación había entendido que para hacer el bien al
pueblo había que sanar primero el estado del clero. Los
sacerdotes formados en el seminario eran apreciados y
requeridos por la solidez de la doctrina y la seriedad
espiritual, tanto que la Asamblea del Clero de 1651 había
definido a los sulpicianos de Olier como los Sacerdotes
del Clero de Francia.
La obra de Olier no iba destinada a sustituir a los
seminarios diocesanos, ¡todo lo contrario! Preparaba a los
sacerdotes de cualquier diócesis y región, como
especialistas en diferentes actividades, pero en forma
superdiocesana, de modo que los sacerdotes ordenados no eran
devueltos a su diócesis de origen, al menos en el principio,
sino a dondequiera que se necesitara la presencia de fuerzas
nuevas. Para ello, todo muchacho era ampliamente estudiado y
preparado, y los sulpicianos a pesar de no serlo
jurídicamente, eran siempre considerados responsables de la
conducta de los propios exalumnos y su juicio y su
aprobación eran requeridos normalmente por los obispos y por
los vicarios generales.
¡Era una excepcional... oficina de colocación para los
obreros del Señor! Y de ordinario sabía ubicar excepcionales
obreros de la viña.
Fuera del Hôtel-Dieu y dentro de San Sulpicio, alguien se
preocupó de Luis María. Quizás por aquella enfermedad de
meses. por el peligro de muerte, por el peligro de muerte,
alguien se decidió a empeñarse seriamente en la recuperación
de Grignion. Antes que nadie los sulpicianos.
Después de haberlo enviado provisionalmente a la comunidad
del P. Boucher, parecían haber olvidado la promesa velada o
abierta de hacerlo admitir en el Seminario Menor. El primer
problema era el de encontrar el dinero necesario para pagar
la pensión y abrirle la puerta para no dejarlo caer de nuevo
en manos del susodicho Boucher. Brenier, superior del
Seminario Menor, de acuerdo con los superiores centrales,
sobre todo con el general Carlos Tronsón, se dedicó a
trabajar entre los diferentes conocidos y pescó –ésta es la
palabra– a una excéntrica señora que fácilmente se dejó
convencer.
La esposa del marqués Yves d'Alègre, el general que se
distinguió en la batalla de Fleurus y fue elevado luego a
mariscal de Francia en 1620, era «devota singularísima no
carente de espíritu y de ideas» dice San Simón. Hermosa,
riquísima y romántica había suscitado una increíble ola de
habladurías a causa de la mojigatería llevada hasta el
infantilismo. Madame de Sevigné se deleita en referir los
pormenores y por ella nos informamos de que la d'Alègre, en
la imposibilidad de pagar cerca de doscientas mil libras
gastadas en cuadros de piedad, había tratado de huir a la
Tebaida. Detenida a tiempo por el cardenal de Coislin,
ridiculizada luego por todos, acabó con saldar la deuda y
regresar a la razón.
Entre tantas de sus extrañezas pietísticas, había algo
bueno: por ejemplo había fundado una beca para algún clérigo
pobre de la comunidad del P. de la Barmondière que quisiera
pasar al Pequeño San Sulpicio. No le quedó difícil al P.
Brenier convencer a la dama de que destinara la suma (160
libras) al resucitado Grignion.
El P. Baüyn, por su parte, encontró la forma de integrar la
cifra con un encargo en la familia Mortemart. ¿Caridad o
remordimiento? Difícil decirlo.
Dado que todos los miembros de aquella famosísima familia,
una de las más conocidas por méritos y defectos en toda
Francia, tuvieron que ver con Luis María Grignion, nos
limitaremos aquí a ofrecer los nombres, reservándonos hablar
más en particular cada vez que alguno de ellos entre en
relación con nosotros.
El duque de Rochechouart-Mortemart había tenido cuatro
hijos: Athenais de Tonmay-Charente (amante de Luis XIV),
Gabriela (abadesa de Fontevrault), la señorita De Thianges y
el almirante de Vivonne.
La viuda de éste último fue quien se interesó por Grignion
en este momento: la duquesa de Mortemart y baronesa de
Gué-Voyer podía disponer de la asignación de una renta de
cien libras para la celebración de misas en la parroquia de
San Julián de Concelles, diócesis de Nantes. Por intermedio
de Baüyn, la duquesa escogió como beneficiario al clérigo
Grignion el 17 de marzo de 1695. Pero como éste no
celebraba, le hicieron firmar un acta notarial del 18 de
mayo siguiente por la cual se encargaba al sacerdote Maturín
Vivant de la celebración de las misas. Cuando el obispo de
Nantes dio su propia aceptación, Luis María con otra acta
notarial aceptó oficialmente el beneficio. Presentemos casi
en su totalidad el documento para deleite de los cultores de
la burocracia de todos los tiempos.
«Hoy, miércoles 15 de junio de 1695, en virtud de las Letras
de colación y de vistos concedidos por Monseñor ilustrísimo
y Reverendísimo, el obispo de Nantes al señor Luis Grignion,
clérigo tonsurado, que vive en París en el colegio Montaigu,
en casa del P. Boucher, parroquia de San Esteban del Monte,
ha tomado posesión de la "capellanía de nuestra Señora",
fundada y mantenida en la iglesia parroquial de San Julián
de Concelle, que ha permanecido vacante por la muerte del
difunto señor sacerdote Juan Henry, último titular de la
misma; en base de la nominación hecha para la mencionada
capellanía en favor del susodicho señor Grignion por la
señora duquesa de Mortemart como Baronesa del Gué-Voyer el
17 de marzo pasado.
Yo, Jacques Gendron, notario real y apostólico de la Corte y
Diócesis de Nantes, de la ciudad de dicho lugar y residente
en ella, parroquia de Saint-Denis, (aquí) suscrito, he
notificado a todos los interesados que he colocado e
introducido en uso real actual y posesión corporal de la
antedicha capellanía denominada la Gran Capellanía de
Nuestra Señora, al venerando y discreto (= reverendo) señor
Maturín Vivant, sacerdote vecino del susodicho pueblo y
parroquia de San Julián de Concelle, haciendo y estipulando
por el mencionado señor Grignion, provisto de dicha
capellanía, siguiendo y a los fines de la procura acaecida
en París el 18 de mayo último en favor del antedicho señor
Vivant.
(Declaro) que en presencia mía y de los testigos abajo
especificados, éste, habiendo entrado en la iglesia
parroquial de San Julián de Concelle, revestido de
sobrepelliz, hecha una aspersión con agua bendita, plegarias
y oraciones ante el altar de Nuestra Señora, que se halla en
esa iglesia y sobre la cual se ejerce la dicha capellanía, y
luego de besarlo, tocadas las campanas y hechos todos los
actos requeridos: y habiendo subido al altar de la
mencionada iglesia, di lectura a todo lo anterior con voz
alta e inteligible, con el fin de que nadie pueda llamarse a
ignorancia; y en seguida, trasladado a una pequeña casa
ubicada cerca al mencionado pueblo dependiente de la
capellanía de la que el mencionado señor Vivant nos abrió la
puerta de aquella habitación y luego de volver a cerrarla,
arrancó la hierba y cortó la leña del mencionado lugar.
Como se ha dicho, todo sin perturbaciones ni oposición de
nadie; y realizado esto en presencia del señor René Vivant,
notario y canciller de la jurisdicción de Gué-Voyer y del
señor Julián Guernichen, señor de La Daboiserie, notario y
canciller postulante de dicha jurisdicción, que viven
separadamente en dicho pueblo y parroquia de San Julián de
Concelle.
Hecho todo en torno a las once de la mañana del susodicho
día 15 de junio de mil seiscientos noventa y cinco.
Firmado:
Vivant, sacerdote
Guernichen R. Vivant
Gendron
Deducidos los gastos y las compensaciones que debían darse
al sacerdote delegado, quedaba todavía una renta de algunas
decenas de libras. Lo que faltaba para alcanzar la cifra
total fue dado personalmente por el P. Brenier. Armado con
sus 260 libras, Luis María estaba en capacidad de entrar en
el Seminario de San Sulpicio, en la tierra de los santos a
la cual se había trasladado dos años antes y a la que había
dirigido el corazón antes que los pasos.
En el Pequeño San Sulpicio donde –decíamos– era superior el
P. Brenier, fue recibido Luis María con una ceremonia
especial que culminó en la recitación de un Te Deum de toda
la comunidad. En una palabra, «fue recibido como un ángel
del cielo», exclama enfáticamente Blain (66).
Estamos a fines del verano de 1695.
La vida de seminario de Grignion halla finalmente un ritmo
regular, humanamente sereno, en un ambiente en el que orar y
estudiar son las ocupaciones ordinarias, carentes de
preocupaciones que podrían distraer de la íntima espera del
sacerdocio. En San Sulpicio encuentra a algunos compañeros
de... martirio del Colegio Montaigu, entre ellos Blain y
casi todos los clérigos de la comunidad del P. de la
Barmondière.
Por decisión de los superiores –y cuenta habida de las
condiciones del convaleciente y de la existencia en colegios
cercanos de escuelas adecuadas, dado que los seminarios de
San Sulpicio no poseían escuelas internas al menos hasta
1780–, los estudios no se hacen más en la escuela de
teología de la Sorbona y siguen siendo sólidos y
provechosos.
Los últimos cuatro años de preparación al sacerdocio son
importantísimos para comprender la personalidad del futuro
misionero y constituyen, por tanto, un período decisivo,
mantenido en la sombra y expuesto a interpretaciones
equivocadas por casi todos los biógrafos.
«Te ruego decir a la señora B. que recibí su paquete de
cartas para el señor obispo de San Maló. Querido tío, te
confieso que estos encargos me molestan y hacen revivir al
mundo.
Pluguiese a Dios que me dejen en paz como a los muertos en
la tumba o al caracol en su concha. Pues, mientras se queda
escondido en ella, parece algo. Pero, en cuanto sale, es
todo inmundicia y fealdad.
Eso soy yo, y aún peor, pues echo a perder cualquier empresa
en cuanto intervengo en ella.
Te pido, entonces, en nombre de Dios, que no te acuerdes de
mí sino para encomendarme a él...» (Carta 4; BAC 72)
Estar en la sombra o dentro de la concha, no quería decir
esconderse y apoltronarse. En lo oscuro de aquellas moradas
de humildad, Luis María despide rayos de vitalidad interior.
El artífice de esas realizaciones sobrenaturales después de
Dios es el director espiritual escogido por Luis en la
primavera siguiente a su ingreso, el P. Francisco
Leschassier, superior del Gran San Sulpicio.
Había nacido en 1641 de una antigua familia de senadores.
Hombre de pequeña estatura y físicamente débil, poseía, sin
embargo, una profunda inteligencia de administrador y
dirigente, perfeccionada por dotes adquiridas de grandeza,
es decir, por el equilibrio de un carácter fuerte y
personalísimo. Fue Sulpiciano de extraordinario mérito y
rara virtud. La inscripción que se lee bajo su retrato de la
época, así lo describe: «Francisco Leschassier, Sacerdote,
Doctor y Decano de la sagrada Facultad parisina, cuarto
superior general del Seminario de San Sulpicio, anciano
desde la niñez por las costumbres y la prudencia, sagaz en
la reflexión, parco en las palabras, raudo en actuar
lentamente, tanto más conocido fuera de casa cuanto oculto
dentro de ella. Fue tenaz en conservar intacta la familia a
él confiada en la piedad y fe hereditarias».
A la muerte de Carlos Tronsón, fue elegido al cargo de
Superior general del instituto sulpiciano el 26 de marzo de
1700 y en él permaneció hasta 1725. Gobernó la Congregación
con una máxima tomada de san Gregorio Magno: Dominentur
nobis regulae, non regulis dominemur: Que nos dirijan
estas reglas y no dominemos a las reglas.
Todo Leschassier se encuentra en esta máxima. Sabía aceptar
de lleno las normas de la vida comunitaria y social. Las de
la vida religiosa e incluso las del ambiente civil en que
vivía. Con la convicción y decisión de formar sacerdotes que
estuvieran siempre y en todas partes a la altura de su
propia tarea, tenía ideas vigorosas y precisas en materia de
etiqueta y compostura humana. Desconfiaba pues, por
principio, de cuanto olía a extraordinario y singularismo:
detestaba de corazón a los excéntricos y a los
extravagantes. No porque estuviera persuadido que las reglas
místicas tenían que adaptarse a las reglas comunes, sino
porque creía sólo en la santidad constituida sobre la vida
normal y antes que nada sobre el éxito feliz. Había
estudiado seriamente las sendas de la perfección y de la
ascesis, al menos cuanto le bastaba para ser excepcional
como director espiritual; pero había aprendido mucho por el
conocimiento directo de la inmensa cantidad de exaltados que
pululaban por toda Francia. Era muy realista y práctico como
para ir a seguir corrientes jansenistas y quietistas que se
salían del sendero de la espiritualidad más comprobada y
canonizada. Supo oponerse resueltamente a las infracciones
galicanas hasta erguirse contra el arzobispo de París, el
cardenal De Noilles.
Nunca se había aventurado a caminar por el sendero de las
penitencias corporales, convencido de que se podía llegar a
ser santos con la aceptación rígida del reglamento y la
sólida ordinaria virtud, tanto mas sólida cuanto mas
ordinaria. En los Avertissements compuestos por él y
distribuidos a los superiores, leemos: «IV - No seguir vías
extraordinarias, sino guiarse y guiar a los demás por la
senda de las sólidas virtudes, sin quedarse jugando con las
visiones y revelaciones privadas».
Francamente este hombre nos agrada. Todos querríamos hallar
en los directores espirituales y en los confesores el
equilibrio humano y moral tan abundante en él.
Ante todo quiso conocer a su dirigido.
Lo estudió minuciosamente para descubrir las verdaderas
causas interiores de ese carácter fuerte y de ese
comportamiento singular en la oración, en la penitencia, en
la caridad y en la devoción a la Madre de Dios. No fiándose
de su juicio personal y para poder controlar en la vida
práctica la solidez de aquella virtud, no obstante seguir
dirigiendo a Luis María, encargó al P. Brenier de descubrir
y derribar en él todo apego de amor propio y de soberbia en
el comportamiento exterior, reservándose profundizar el
examen después de aquella premisa. En otras palabras, quiso
saber por medio del superior del seminario si acaso el
comportamiento del clérigo Grignion tenía cualquier
repliegue de orgullo y de ostentación.
Brenier aceptó el encargo y puso manos a la obra. Él
sintonizaba con esa tarea: pertenecía a la escuela ascética
de Carlos Tronsón, «aquel gran hombre tan conocido por su
profunda sabiduría y por su eminente santidad», y por tanto
formado en las bases más seguras de la perfección: «Brenier
era un santo y su virtud dominante era la humildad... Nadie,
además, conocía mejor que él los caminos del amor propio ni
sabía mejor que él tenderle trampas y ponerlo al
descubierto... Sabía, cuando se lo proponía, hacer temblar a
los más fuertes con una sola mirada o una sola palabra...»
(Blain, 127ss).
Naturalmente Blain abunda siempre en elogios a los
sulpicianos, pero aquí le creemos. Brenier atacó a Luis
María de todos los modos y por todos los lados en que se lo
podía considerar más susceptible, y «le decía cuanto más
punzante y apto para mortificarlo y humillarlo podía
imaginar...» Hasta que pudo entregar su informe a
Leschassier. Se retiró después de seis meses: «...A ello
había dedicado todo su arte. Había agotado en ello cuanto
poseía de ciencia en ese género, sin haber podido derrumbar
la constancia del virtuoso seminarista...» (Blain, 131).
Se retiró orgulloso de haber gastado bien aquel Te Deum
rezado en la capilla el día de la entrada de Grignion al
seminario. Se retiró, pero no derrotado, como gritara
alguno: convencido, más bien, y satisfecho de haber
encontrado un elemento digno de la mejor tradición
eclesiástica y sulpiciana. Fue el regreso a la acción
profunda, interior, y ahora le tocaba a Leschassier. Tenía
en mano un dato ciertamente seguro: Grignion no era un
simulador orgulloso. El estudio del alma que avanza hacia la
perfección comprende el conocimiento de los defectos, de las
inclinaciones, de los gustos y también de las gracias y
dones. Conocer los defectos de Grignion fue fácil, porque él
mismo se los andaba exponiendo cándidamente, dejando leer en
el propio corazón "como en un vaso de agua", como lo pedirá
a sus misioneros (Reglas, 20).
Siendo norma del seminario que todo clérigo visitara al
director espiritual una vez al mes para darse a conocer
íntimamente. Luis María llegó a tal exageración en el temor,
que una vez al mes no le era suficiente para dar a conocer
su propia conciencia –que según el debía ser
nauseabunda...–. Corría en busca del P. Leschassier varias
veces al mes. Leschassier, hombre de la regla codificada, lo
despedía inexorablemente sin escucharlo, todas las veces no
contempladas en el reglamento.
«Si no me equivoco, la conducta del P. Leschassier era
particular respecto de Luis Grignion. Mantenía a rienda
todos sus anhelos, incluso, los más piadosos y espirituales
y, a veces, suspendiendo su ejecución, otras, retardándola,
morigeraba su ardor y extinguía cuanto de humano se mezclaba
en ellos. Lo acostumbraba a sacrificar a la obediencia todo
lo demás» (Blain, 108s).
Además, en materia de penitencias corporales y de cilicios
era férreo. Quizás el recuerdo de los últimos meses y de los
desastrosos resultados, pero sobre todo la necesidad de
frenar en la obediencia lo que debía ser el mayor impulso de
santificación, donde la decisión personal podía arrastrar
hacia la complacencia de la ofrenda sangrienta, orientó a
Leschassier a una impostación nueva.
«Comenzó (por tanto, desde el comienzo) a moderar las
austeridades y a prescribirle un reglamento más suave y
menos asesino (sic) del practicado hasta entonces y lo
reorientó lo mejor que pudo al sendero de la vida común,
persuadido de que las mortificaciones corporales son nocivas
si carecen del buen sentido y del ejercicio de la voluntad.
Decía san Francisco de Sales: "Hay que castigar al culpable
que es el espíritu, antes que mortificar el cuerpo que es
inocente"...» (Grandet, 12-13).
No abolió las penitencias, sino que las reguló. Gracias a
cartas posteriores a este período aprendemos que Luis María
siguió macerándose incluso bajo la guía de Leschassier.
El juicio del prudente director no podía ser completo sin un
conocimiento exacto de las gracias y de las virtudes de Luis
María, y el solo hecho de quererse informar al respecto
habla en favor de la sabiduría del sulpiciano: «Podía estar
seguro de que Luis Grignion había llegado a un grado sublime
de unión con Jesucristo, porque... Le encargó escribir sobre
el tema...» (Blain, 196).
Blain está bien informado y la deducción que saca es
ciertamente oportuna. ¡El P. Leschassier no habría confiado
ciertamente un informe espiritual a alguien que no esté en
sus cabales! Es lastima que ese informe no nos haya llegado
ni conozcamos tampoco las conclusiones de Leschassier. De
todos modos, estamos de acuerdo con Blain: «Leschassier
conoció perfectamente sus gracias y sus virtudes: sometió e
hizo someter a prueba su espíritu de todas las formas
posibles. Sé que aferró, por decirlo así, a Luis Grignion,
en todos los sentidos, y que lo estudió a fondo» (Blain,
103s), para llegar a la conclusión bien diferente de aquella
a la cual han llegado otros. Reléanse a propósito las
reflexiones del mismo Blain: «La divina Providencia, que
quería perfeccionarlo en la ciencia de los santos, lo llamó
a París para instruirlo en la escuela de las más puras
virtudes eclesiásticas. Hablo del seminario de San Sulpicio,
donde el que quiere ser santo encuentra los mayores modelos
y los más expertos guías de la perfección... (20).
Puedo afirmar que no había procedimiento más adecuado para
hacer avanzar en la perfección al seminarista que el P.
Leschassier, el hombre más equilibrado del mundo, el hombre
más alejado de cualquier exageración del temperamento y de
la gracia» (Ib., 107).
La confianza de los superiores, luego de los severos
controles de los dos maestros de perfección, se manifestó en
una serie de encargos especiales. Lo nombraron ceremoniario
jefe, con la tarea de cuidar del altar de Nuestra Señora en
la iglesia parroquial de San Sulpicio, dándole la
posibilidad de expresar en el culto exterior ese profundo
sentido de piedad que lo animaba en la devoción a Jesús y a
María de los cuales hablaba continuamente.
Le dieron, además, el cargo de bibliotecario del mismo
seminario. Fue el cargo mas útil e importante: Luis María se
había manifestado siempre como un joven de rápida
inteligencia, amaba el estudio y profundizaba seriamente en
las disciplinas escolásticas. Hemos tenido ya ocasión de
observar que en él la piedad no quitaba nada a la ciencia.
Al confiarle tales oficios los sulpicianos intuyeron
sabiamente que debían orientarlo a la asimilación de los
motivos teológicos e ideales de la piedad misma.
De su trabajo de bibliotecario nos ha llegado un testimonio
de archivo: el catálogo general (aunque incompleto) de los
volúmenes de la biblioteca de San Sulpicio escrito de su
mano. Añadamos aquí dos afirmaciones que hallamos a
propósito en sus obras: «Protesto abiertamente que, aunque
he leído casi todos los libros que tratan de la devoción a
la santísima Virgen..., no he logrado conocer ni aprender
una práctica de devoción semejante a la que voy a
explicarte...» (VD 118).
La otra afirmación en la misma obra (VD 41), donde habla de
"una extensa colección" de textos de los santos Padres y
doctores sobre la devoción mariana.
Esta afirmación, no carente de énfasis, encuentra su
confirmación en un Cahier de notes o Cuaderno de
apuntes, recopilado casi todo en este periodo y que
proseguirá durante toda la vida. Se trata de 314 páginas de
folios doblados y cosidos con hilo sencillo, sin
introducción, tardíamente revestidas de una carátula de
color amarillogrís. Elaborado sin un plano preciso de
trabajo, como una colección de anotaciones, en un primer
momento, curiosas y escolásticas y ,luego, críticas, enumera
puntos de vista y citas pertenecientes a 25 obras sobre la
devoción mariana y sobre la unión a Jesucristo.
La facilidad de consultar libremente la buena biblioteca de
los sulpicianos favoreció la búsqueda, animándolo a leer
mucho. Su amigo Blain recuerda (51) que «casi todos los
libros que tratan de la vida espiritual pasaron por sus
manos».
Otra tarea lo designó como catequista de un millar de
gamines reunidos periódicamente en la parroquia de San
Sulpicio. Fue el primer trabajo misionero y los sulpicianos,
reconocieron así su vocación de apostolado. No conocemos el
programa de este oficio, pero por testimonio fidedignos de
compañeros incrédulos y hostiles que lo quisieron ver y oír
en acción, sabemos algo a cerca de los frutos: lograba hacer
reflexionar y conmover. Advirtamos, además, que esa
actividad había sido creada y ejercitada por Olier en
persona, y sustituir a semejante maestro significaba que lo
reconocían, al menos, como óptimo discípulo.
Por su marcada piedad mariana, le dieron autorización para
fundar un grupo interno de devotos de Nuestra Señora, a
saber, la Sociedad de la esclavitud mariana, cambiada
luego, tras consejo de Tronsón, en la Sociedad de
esclavos de Jesús en María. Hasta 1704, en casi todas
sus cartas, Luis María firmara con este apelativo.
Por último, durante el verano de 1699 fue designado para
representar al Seminario en la peregrinación al santuario de
Nuestra Señora de Bajotierra en la catedral de Chartres. No
fue un encargo especial, porque le tocó por turno ese año.
Como sabemos con plena seguridad, hizo esa peregrinación en
forma especial, por devoción y recogimiento.
Otra concesión importantísima que le hicieron al seminarista
Grignion: poder comulgar cuatro veces por semana. En verdad
mucho, para la época.
Mientras Luis María se preparaba tranquilamente al
sacerdocio, en la casa Grignion había grandes novedades.
José, el segundo hijo, se había hecho dominico y sacerdote.
Luego de haber estudiado con el hermano mayor en el colegio
de Rennes, había entrado en el convento de la Buena Noticia;
tras pasar a Dinán para el noviciado y los estudios
superiores, había sido ordenado sacerdote en febrero de
1698. Un fragmento de una carta escrita por Luis María,
recién llegado a la casa del P. de la Barmondière (1693-94)
le hacía saber lo siguiente: «Digan a mi hermano José que le
pido que estudie con empeño. Así llegará a ser el mejor de
la clase. Para ello debe colocar sus estudios en manos de su
bondadosa Madre la Santísima Virgen. Que prosiga prestándole
sus humildes servicios. Ella le dará cuanto necesite» (Carta
1, A su tío Alán Robert, fecha incierta).
Pero en casa seguían puntualmente los problemas. Sobre todo
para la ubicación de tantas hijas. Cuando el padre, al no
saber ya a quién dirigirse, ruega al hijo que busque en
París la forma de encontrar soluciones, éste obtiene de San
Sulpicio una palabra providencial de aliento, pedido
gustosamente a los PP. Leschassier y Brenier, quienes
aprovechan la oportunidad para ir insertando, poco a poco, a
su pupilo en la vida exterior del mundo.
A resolver el interés de Luis María por sus hermanas
contribuyó la muerte de la benemérita señorita de Montigny,
en los primeros meses de 1697: la desaparición de la
benefactora lanzaba a la calle a Guyonne-Jeanne (Luisa),
ahora de diecisiete años, graciosa, bien educada e
instruida. Verse privada del apoyo hasta ahora brindado
hacía dramática la situación: la joven debía ser colocada en
seguida en alguna pensión para completar su educación de
futura señorita de compañía, si no se quería abandonarla,
presa del engaño y encaminarla a su ruina, en una ciudad
como Paris.
Luis María salió, pues, de la "tumba" en la que vivía tan a
gusto y se dedicó a la práctica de una exquisita caridad en
favor de su hermana sola en la inmensidad de París.
Era huésped, en aquellos días, del Seminario monseñor Juan
Bautista de la Cruz de Saint-Vallier obispo de Quebec,
capellán de la corte hasta 1687, y por ello el mejor
indicado para la elección de los posibles bienhechores del
momento, ante los cuales, naturalmente, conservaba toda la
estima incluso después de seis años de vida en el Canadá y
tres de permanencia en París, aunque no en la corte.
Desafortunadamente, cuando Luis María acudió a él, estaba a
punto de partir para el Canadá, pero tuvo tiempo para
indicar una dirección y dar una bendición.
La dirección era la del preceptor de seis hijos legitimados
de Luis XIV tenidos en la Montespán. El sacerdote Antonio
Girard de la Bournat, que encontraremos más tarde como
obispo de Poitiers, consiguió al joven una cita con la madre
de sus pupilos, o sea con aquella que desde hacia años
cubría sus grandes errores con hechos de sincera y fecunda
caridad.
Francisca-Athenais, señorita de Tomlay-Charente, era hija de
Gabriel de Rochechouart I, duque de Mortemart, y de Diana de
Grandseigne. Había nacido en 1641. Después de haber servido
como damisela de honor de la reina Madre, se había casado a
los 22 años con Luis Enrique de Paradaillán de Goudrín,
marqués de Montespán, pero a partir de 1668 se había
convertido en amante del rey, al cual había dado incluso
ocho hijos.
En su condición de favorita –"favorita tonante y
triunfante", la define Madame de Sevigné– fue impuesta a la
corte como un hecho indiscutible, «como una gran carga»...
«Centro de los placeres, de la fortuna, de la esperanza y
del terror de los ministros y generales del ejército, y
humillación de toda Francia... un orgullo sin dignidad, un
fulgor sin poesía: ¡esto es Madame de Montespán!»
(Imbert de Saint-Amand).
Habiendo logrado hacer legitimar por el Parlamento los ocho
hijos, su ascenso no fue oscurecido durante trece años por
ningún poder ni rival alguna.
Pero en la cuaresma de 1675, un desconocido sacerdote le
rehusó la absolución.
No obstante las presiones ejercidas sobre Bossuet para que
corrigiera el error de aquel humilde confesor, la dura
decisión tuvo de bueno conducir al rey y a su amante al
respeto a la moral por tanto tiempo pisoteada. Aunque el rey
no cambió de conducta por ello, la madre de sus hijos, sí.
Diez años duró el ocaso contra lo inevitable que ella trató
de combatir desesperadamente cosechando odio, venganzas y
acusaciones (hasta de envenenamientos y brujería) de parte
de muchos cortesanos y la indiferencia del soberano ya
implicado en nuevas aventuras. Fueron diez años durísimos,
como los fantasmas infelices, que regresan a los sitios en
otro tiempo habituales, para expiar las culpas del pasado,
vagaba muy vilipendiada. Se había humillado a pedir al menos
como un señalado favor conversar al menos con los huéspedes
de la segunda carroza, ya que la real se había cerrado para
ella... hasta que comprendió que había llegado el momento de
salir de escena y llenar el vacío del poder perdido con la
grandeza de las buenas obras.
En 1691 se hizo benefactora del Orfanato Femenino de San
José, Calle de Santo Domingo, y lo eligió como punto de
apoyo en la capital y como refugio donde esperar el regreso
del antiguo amante en la cámara real, adecuadamente
preparada pero donde el esperado se cuidó bien de no
aparecer. O también, como alma en pena giraba por Francia:
Saumur, donde su hermana de Fontevrault, Bourbon, los
castillos de Oiron y de Serre, fueron las estaciones del
viacrucis de una Monstespán penitente y bienhechora.
«Aquella mujer otrora tan refinada, tan elegante, se obligó
a vestir trajes de tela muy burda, cintos, jarreteras
provistas de puntas de hierro. Llegó hasta el punto de
regalar cuanto tenía a los pobres; trabajaba muchas horas al
día para confeccionar trajes comunes y corrientes sólo para
ellos...», advertía un narrador de la época ya citado,
Imbert de Saint-Amand.
Precisamente, al apartamento del Orfanato de San Jose fue
orientado Luis María por mons. Girard en la primavera de
1697. Sobre el diálogo sabemos muy poco, pero sí conocemos
los resultados: Guyonne-Jeanne fue acogida al punto en ese
mismo Instituto, y otras dos hermanas Silvia y
Francisca-Margarita fueron colocadas en el convento de
Fontevrault a donde las condujo la misma Montespán.
La constitución de Urbano VIII, Secretis aeternae
Providentiae, no obstante apelar a los elevadísimos
principios de fe en Dios, establecía que todo sacerdote
debía poseer los medios suficientes para garantizarle una
discreta independencia económica y moral, y consagraba la
expresión de alcance de beneficio eclesiástico ya acuñado
por la tradición. El beneficio debía ser inalienable y
ningún sacerdote podía renunciar a él, sin expreso permiso
del propio obispo que garantizara en persona el
mantenimiento del renunciante.
Cuando se trató de hacer avanzar al clérigo Grignion al
subdiaconado, fue necesario precisar el título que le
asignarían. Es cierto que ya le pertenecía el de la
capellanía de misas de San Julián de Concelle, pero, una vez
ordenado sacerdote, hubiera tenido que proveer personalmente
al cumplimiento del oficio en la mencionada iglesia y esto
contrastaba con su vocación apostólica, como veremos. Había
que encontrar un título que lo dejara libre y no vinculado a
una sola localidad.
Era necesario, pues, proveerlo de un nuevo beneficio. Y su
propio padre lo proveyó de él.
Luis María recibió como regalo de sus padres el título y el
usufructo a lo largo de su vida, que pertenecía al abogado,
el de La Bachelleraie. Fue realmente un gran regalo, no
tanto por la cifra que producía –en 1681 se la valoraba en
20 libras anuales...– cuanto por el sacrificio de "orgullo"
de su anciano padre. De todos modos, lo consoló el hecho de
trasladarlo a su primogénito.
El 13 de agosto de 1697, los esposos Grignion se presentaron
por tanto en la oficina del notario Juan, delegado de los
notarios regios apostólicos, en Montaubán, e hicieron
redactar la siguiente acta: «Haciendo y actuando por Luis
Grignion, su hijo legítimo, estudiante y clérigo tonsurado,
quien estudia actualmente en el Seminario de San Sulpicio de
Parías (..) y habiéndonos demostrado que, por la, gracia de
Dios y la benevolencia del Ilmo. y Rmo. Sebastián de
Guesmadeuc, señor obispo de San Maló, el mencionado Grignion
desea llegar a la dignidad sacerdotal, siempre que sea
admitido por nuestro antedicho Señor: y dado que para llegar
a una condición tan honorable (...) es necesario estar
provisto de un beneficio o de algún bien suficiente: con el
fin de satisfacer a esto, los mencionados Señora y Señor de
La Bachelleraie, ubicada en la parroquia de Bedé (..) han
destinado la provisión y el usufructo al antedicho Luis
Grignion, hijo suyo, para que disfrute de él durante su
vida, según las convenciones, etc...».
Tras el registro hecho por la Curia de San Maló, el 7 de
octubre siguiente, Luis María entró en posesión de cuanto
era más caro al abogado. Tuvo que pensar luego en renunciar
a la capellanía de San Julián, pero, probablemente,
aleccionado por los sulpicianos, esperó hasta hacerse
sacerdote para poder seguir disfrutando de aquellas libras
sin tocar al patrimonio paterno tan necesario todavía en el
Bois-Marquer. Si hubiera dependido de él, probablemente
hubiera renunciado gustoso, incluso al patrimonio familiar
para vivir a la providencia, pero no pudo. No renunció nunca
a él, aunque jamas se benefició de aquellas pocas libras que
se derivaban del mismo para dejarlas en casa dado que el 28
de agosto de 1704, escribiendo a la madre afirmaba: «De
momento, no tengo ningún bien temporal que proporcionarles
(a mis hermanos) porque soy más pobre que todos ellos... No
pretendo tener que ver o heredar nada de la familia en la
que Cristo me ha hecho nacer. Renuncio a todo, a excepción
de mi título, porque la Iglesia me lo prohibe» (Carta 20,
BAC, 99).
Es inútil tratar de establecer, incluso conjeturalmente, las
fechas del subdiaconado y diaconado de Luis María. Sabemos
solamente que los intersticios entre las diversas órdenes
eran en San Sulpicio bastante largos.
Recibió la ordenación sacerdotal el 5 de junio de 1700,
sábado de las témporas de primavera, junto con
muchísimos otros diáconos, en la capilla del arzobispado de
París, cerca de la Catedral de Nuestra Señora.
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