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PRIMERA PARTE

 

 

Capítulo 1 - Siempre es difícil desembarcar

Capítulo 2 - La tierra y la casa

Capítulo 3 - La vida con los jesuitas

Capítulo 4 - El camino difícil de San Sulpicio

Capítulo 5 - San Sulpicio tierra de santos

 

 

 

Capítulo primero

SIEMPRE ES DIFÍCIL DESEMBARCAR

 

 

«...Teníamos que embarcarnos en La Rochelle, pero el día de la partida permanecía siempre incierto. El señor Clemenson en cuya casa habitábamos (Montfort y yo) en ese entonces, nos informó haber sabido de fuente segura que habíamos sido vendidos a los de Guernesey. Montfort no tomó en cuenta semejante noticia; yo, en cambio, la consideré con gran atención. Me preocupé por describirle con nubes oscuras el gravísimo peligro en el cual nos iba a precipitar a todos los que lo acompañábamos. Hizo cuanto pudo para convencernos de que lo que nos habían dicho no sólo carecía de fundamento, sino que no tenía visos de verdad; que era un invento de los enemigos de Dios y del bien de las almas para aterrorizarnos e impedirnos por ese medio viajar a las isla a trabajar en la conversión de los pecadores a la cual habíamos sido llamados. Añadió que si los mártires hubieran sido tan cobardes como nosotros, jamás habrían conquistado la corona que tienen en el cielo. Le repliqué que nosotros no teníamos el valor de los mártires y menos aún el suyo y que me alegraba de no haberle secundado aquella vez en Cambón...

Al verme tan resuelto, accedió...

Aconsejáronle ir a Les-Sables-d'Olonne, porque afirmaban que allí encontraríamos ciertamente embarcaciones dispuestas a llevarnos a la isla. Consentimos en ello; pero cuando llegamos, no nos fue posible encontrar a alguien dispuesto a embarcarnos, porque desde hacía quince días la isla estaba rodeada por todos lados de piratas de Guernesey.

Entonces nos vimos obligados a ir a Saint-Gilles...» (DRG, 113).

 

Era el doce de febrero de 1712.

Sólo separaban a Saint-Gilles de la Isla de Yeu unos treinta kilómetros de mar abierto, pero eran kilómetros de miedo y terror para cualquier tripulación por valiente que fuera.

La Isla de Yeu era una corona de escollos que se levantaba en torno a una llanura de pastizales y viñedos, en parte abandonados, donde podían resistir pocas familias dedicadas al pastoreo y algún centenar de cabras de porte isleño capaces de digerir aquella hierba salina y calcinada.

Una isla bretona desprendida, luego de cierta misteriosa conmoción, de la ruda península, como una lágrima ante el continente: rocas de Bretaña frente al verdor de la Vandea, la aspereza frente a la suavidad del verdor imperante. Los pastizales y viñedos avaros ya con los dueños de casa, eran demasiado deseados por quienes llegaban a la isla para robar y saquear. La isla esperaba del mar la vida y la muerte. La vida llegaba con  los navíos escandinavos, irlandeses u holandeses, cargados de quesos, de mantequilla, carnes y pescado salado y con las naves mercantes repletas de aguardiente de Hendaye, o con  los de España y Bayona repletos de frutas. La vida llegaba de las fantásticas islas americanas a la vetusta alma soñadora de los bretones isleños, vida embriagadora y sobremanera adecuada a la amplia respiración de los corazones y de las fantasías.

Pero del mar llegaba,  cada vez, con mayor frecuencia la muerte. Entre las escolleras del lado sur, volcadas hacia el Atlántico, en la costa salvaje, como la llamaban, había siempre y con mayor frecuencia cada vez, cadáveres que rescatar, cuando los huracanes destrozaban el hervidero de las aguas, peligrosas y engañosas, incluso en los días de bonanza, y feroces en los días de tempestad. La Isla de Yeu era la primera barrera contra la cual se estrellaba furioso el océano en su carrera hacia la tierra firme. Y eran siempre muchos los cadáveres lívidos y destrozados que había que acompañar en dolientes cortejos entre los túmulos y los dólmenes de la prehistoria, por el sendero milenario de las tumbas.

Pero desde hacía algún tiempo la muerte era más asidua. A saber, desde cuando los piratas de Guernesey desacorazaban en torno a la isla, desde que la rodeaban bloqueándola estrechamente. Algunos dicen que a causa de las guerras españolas de sucesión, otros que a causa de los calvinistas en busca de tenebrosas venganzas. Quizás la verdad es más bien la del hambre inveterada que ha desencadenado sobre los mares del globo la oscura aventura de los bucaneros y filibusteros. Los piratas eran siempre ladrones y salteadores que izaban el negro estandarte de la rapiña, capaces de apoyarse en excusas políticas y hasta religiosas para justificarse y para ampliar todavía más el derecho de robar, capturar, quemar, matar...

La Isla de Yeu estaba en  la ruta de todos los navíos mercantes entre Inglaterra y España, en las cercanías del estuario de Nantes, de La Rochelle e incluso de Burdeos. Tener la isla bajo control significaba tener en la mano el tráfico más importante del Atlántico. Los piratas estaban de guardia en constante acecho o bajaban a tierra en los días de poco trabajo a tomarse un leve reposo, al menos como lo harían los turistas en busca de sol tres siglos más tarde; los bandidos concienzudos no perdían tiempo en perezear y salían de cacería para no perder oportunidad de entrenamiento.

El biógrafo de Montfort, Grandet, de quien hemos tomado algunas páginas del relato de un socio del misionero, el P. des Bastières, habla sin más de éstos cuando refiere que en la isla vivía una población "salvaje", cosa que no hubiera podido decir de los isleños. Estos eran gente envilecida, incapaz. Mientras habían estado en pie las formidables torres normandas y los castillos de la señoría de La Garnache, se habían sentido invencibles; pero cuando el magnífico Rey Sol, en 1699, había mandado derruir toda fortaleza, sólo por no disponer de soldados para defenderlos, los habitantes se habían sentido defraudados del derecho de vivir, de protegerse, de salvaguardar las casas, los pastizales, los hijos y las mujeres. El envilecimiento, la desesperación se hacían más vivos al recordar las épicas batallas de siglos anteriores: sólo en 1551 la isla había estado a la cabeza, y victoriosamente, de la coalición de españoles e ingleses.

Cosas de otros tiempos, del pasado.

Y cuando los monjes irlandeses habían construido los grandes conventos, ¡qué paz!, ¡cuánto trabajo!, ¡ah!, entonces... En aquellos tiempos se podía orar, amar a Dios y ser en serio buenos cristianos, porque la religión hacía más caliente el sol en la esperanza y en la seguridad. Hoy quedaban las vetustas iglesias que hablaban de Dios y muy pocos sacerdotes. Tampoco el obispo de Luzón había llegado durante los últimos veinte años hasta estos diocesanos suyos, tanto que parecía haberse hasta olvidado de que existían. Los vetustos campanarios, cuando repicaban, daban sólo sones luctuosos o de alarma. Donde habían resonado un día los gritos festivos de un trabajo tranquilo, hoy se escuchaban las blasfemias y las dolientes canciones de los filibusteros.

En 1712, en la Isla de Yeu se llevaba una vida melancólica, llena de imprevistos, de eventos afortunados y de catástrofes dolorosas. La pobreza se extendía siempre más, y el número de los pobres aumentaba continuamente. Faltaban el pan y el techo, el empleo y, por lo mismo, las ganancias. La comunidad parroquial no alcanzaba a responder a todos y con un decreto del gobernador (1709) se había bloqueado la llegada de nuevos pobres, náufragos o asaltados. Tras ese decreto se había llegado al punto de embarcar a la fuerza a todos los mendigos que no lograban probar que eran nativos. La tierra que los había salvado no podía perderse ella misma y condenarse a morir de hambre junto con ellos. Centenares de personas, familias enteras fueron así trasladadas al continente a sumarse a los muchos millares de personas hambrientas en busca de pan, en el continente, mejor, por el camino hacia París, a tender la mano a los harapientos y a los caminantes entre decenas de ricos que se taparían la nariz para no sentir el tufo del hambre o en las grandes cabañas de los hospitales siempre más congestionados e insuficientes. ¡Qué triste arrastre tenía el manto real de Luis XIV!

Pero, incluso sin pobres de importación, no florecía la vida. La isla era un baluarte frente a Francia y sus habitantes sabían que lo eran. Hubieran podido burlarse de la lucha piratesca y hacerse piratas ellos mismos; pero eran bretones y el bretón era un trozo de tierra del oeste trabajada por el arado de los monjes. Aunque la cruz se había extinguido y olvidado, el antiguo fondo moral se mantenía en pie.

En su aislamiento eran capaces de pensar en aquellos que el peligro convertía, al punto, en hermanos. En la flecha del campanario de San Salvador izaban una bandera roja que avisaba a los navegantes a fin de que escaparan a tiempo. Y si alguno no lograba huir, la gente bajaba hasta la playa, entre las piedras y rocas, a dar aliento, y si era necesario a prestar una mano. Resurgía el ardor de prestar ayuda, la energía de combatir, y hervía la sangre, los niños gritaban y las mujeres lloraban.

Los antipiratas, los corsarios de Nantes, conducidos por el generoso Juan Vié, lo sabían y lo narraban. Pocos días antes de la misión monfortiana, el 25 de enero de 1712, también el capitán de la Jannette de Bayona lo contaba en el libro de bitácora; y un mes más tarde lo testificaba para la posteridad Felipe Dugué capitán de la Bonne aventure.

No eran pues, no,  una población "salvaje", querido padre Grandet. Eran sólo una población tratada salvajemente. Por todos. Comenzando por el rey y terminando por los piratas de Guernesey. Y quizás por los sacerdotes. Claro, no eran santos, es cierto. Sabían, dada la ocasión, si podían aprovechar de cualquier botín, dedicarse a la bebida y las comilonas históricas. Sabían pecar, y con gusto: al menos al igual de quienes habían vivido e iban a vivir donde no había piratas. Pero estaban atentos a las llamadas al perdón, a las peregrinaciones, las penitencias, las predicciones bien hechas que les llevaban a golpearse el pecho.

Con el 11 de febrero de 1712 y durante toda aquella cuaresma, iba Montfort a tratar de convencerlos de que eran pecadores, con sermones sobre la penitencia, a revisar su cristianismo un tanto isleño, y, sobre todo, a animarlos y perdonarlos. El célebre misionero enviado por el obispo de Luzón, llegaría del continente, y ellos lo aguardaban. Si los piratas no hubieran reforzado la guardia y arreciado el bloqueo, hubiera bastado con tender el oído a la campana de la iglesia parroquial de Port-Breton y, a sus sones, ponerse en marcha hacia el templo para escuchar la predicación, golpearse el pecho, regresar conmovidos y cautelosos a reiniciar el cristianismo de los antiguos monjes. Pero con los piratas que merodeaban a sus anchas en torno a la isla, la llegada del misionero y de su grupo auxiliar no era tan segura. Quien había llegado con la noticia la semana anterior, había anunciado a dos sacerdotes y un puñado de laicos, y había asegurado que se trataba de gente bretona o vandeana. Gente con la que podían entenderse, gente de los suyos. Rostros nuevos, un tanto más cristianos, que inspiraban confianza y tranquilidad.

Los habitantes de la isla estaban hastiados de ver girar las pelucas teñidas de los enviados reales, envueltos en ricas chaquetas recubiertas de alamares y medallas y botones, aptas para hacerse ver un tanto más bajas sólo cuando, en la frecuentes inclinaciones protocolarias las espadillas del comando daban una ojeada al séquito. ¡Esos no eran los salvadores de la isla! Hablaban bien, pulidos, estirados, eruditos, sentenciosos, pero ¿quién los entendía? En verdad, algo daban a entender siempre con el gesto extraño y temido de los dos dedos de la derecha que indicaban, restregándose perentoriamente, necesidad de dinero... Pero los pastores de la isla hacía tiempo que no mantenían cordiales relaciones con el dinero. Esa gente, cuando hablaba, junto con el dinero pedía siempre algo más: las mujeres tenían que ingeniárselas para poner al seguro a sus hijas, y los hombres para proteger a sus esposas, y el buen Dios para esconder a los hombres. Con aquella gente era imposible ponerse de acuerdo. Poco más o menos –¿quizá más?– que con los piratas de Guernesey.

En la isla tenían necesidad de Dios, claro que sí; pero de un Dios que se hiciera representar bajo un aspecto abordable, bueno, comprensivo. El misionero anunciado era un bretón, un buen gigante de maneras quizás un tanto extrañas, pero siempre abiertas y cordiales. No era rico, y esto lo acomodaba aún más a su estatura. No era portador de teorías de salón, sino que enarbolaba todavía las antiguas banderas de la cruz y del rosario, con un lenguaje que se iba metiendo en el alma. Y, además era un hombre santo: y los santos misioneros, sobre todo bretones, tenían un firme ascendente ganado como conductores y líderes de masas.

En esos primeros días de febrero, los habitantes bajaban a menudo al puerto a espiar la llegada de una goleta, de un navío, de un pesquero, de una barcaza cualquiera, con el anhelado misionero. Y con el misionero esperaban la llegada de Dios, del viejo Dios enemigo de los piratas y de los prepotentes, amigo de los pobres y de los abandonados.

Y Dios no podía fallar a la cita con los de Yeu, fijada para el 11 de febrero del año de gracia de 1712.

 

«Nos vimos obligados a ir a Saint-Gilles, a tres leguas de Les-Sables; pero también allí los marineros nos dijeron lo mismo que los de Les-Sables-d'Olonne; es decir, todos se rechazaron a darnos un pasaje de manera que ya estábamos a punto de regresar a La Rochelle.

Montfort estaba mortificadísimo; yo, en cambio, increíblemente feliz. Poco antes de emprender el camino de regreso, Montfort hizo un último intento y logró encontrar al dueño de una chalupa a quien dirigió tantas y tantas súplicas e hizo tantas y cuantas promesas –entre otras la de que no sucedería nada y que no se correría peligro alguno ni nos capturarían...– que aquel valiente se decidió finalmente a llevarnos.

Tuvimos, pues, que embarcarnos de carrera al día siguiente.

Habríamos recorrido unos veinte kilómetros, cuando descubrimos dos navíos piratas de Guernesey que apuntaban a velas desplegadas sobre nosotros; para colmo teníamos el viento en contra y sólo avanzábamos a fuerza de remos.

Toda la tripulación empezó a gritar: "¡Nos alcanzan!, ¡Nos alcanzan!", con gritos lastimeros, capaces de destrozar los corazones más rudos.

Entre tanto Montfort entonaba canciones con mucho ardor e insistía para que lo acompañáramos en el canto, cuando nosotros teníamos más ganas de llorar que de alegrarnos y habíamos quedados mudos de espanto. Entonces nos dijo: "¡Bueno!, ya que no son capaces de cantar conmigo, recitemos juntos el rosario." Con el fervor posible en un momento como ese, fuimos respondiendo las avemarías. Al terminar nos dijo Montfort: "No tengan miedo, amigos míos; María, nuestra buena Madre nos ha escuchado, ya estamos fuera de peligro."

De hecho nos encontrábamos a tiro de cañón de los navíos enemigos, tanto que un marinero observó: "¿Sí? El enemigo nos hundirá el barco: preparémonos a hacer encadenados el viaje a Inglaterra". Montfort replicó: "Tengan confianza, amigos, ¡el viento cambia!"

Un instante después de estas palabras, vimos a los dos barcos enemigos cambiar de rumbo, el viento había cambiado tan fuertemente de dirección. Así nos alejábamos mucho los unos de los otros. Recuperamos el aliento y la alegría...» (Del relato de Pedro Des Bastières, DRG, 113-116).

 

La isla de Yeu, ya a pocos centenares de metros, los estaba aguardando. Los habitantes alineados en masa sobre la costa los saludaban ya llenos de júbilo, por más que antes habían estado temblando. Esta vez por lo menos, en una escena diez veces repetida, los pastores no habían sido espectadores, sino parte de la acción, porque la proa de la barca se dirigía hacia ellos. Con los ojos bien abiertos a lo increíble y bañados en lágrimas, miraban a aquel hombre gigantesco que se alzaba entre la multitud festiva. Venía finalmente a ellos y para ellos. ¡Lo había logrado! Realmente Dios estaba con él.

Mientras el Magníficat, en doble coro, se elevaba sobre el agua, en pie con los brazos tendidos para sostener una estatuilla de la Virgen, el misionero se preparaba a tocar el suelo de la isla...

 ...Pero ese día la Isla de Yeu representaba a Francia. Nunca le había sucedido una representación tan inmediata de la propia tarea y de la propia misión.

Francia... una isla también ella, recortada del resto del mundo en un momento particular de la historia. Una isla desmantelada, sin  defensas, por un galicanismo imperializante por culpa de quienes hubieran debido defenderla; un país donde las aventuras piratescas del librepensamiento, del jansenismo y del coletazo de aberraciones menores iluminístico-racionales podían libremente saquear, subvertir.

Luis María había nacido para zarpar en busca de un puerto, de una playa. Para llegar a ella había pagado grandes contribuciones a su gente, sacrificando su libertad para ponerse a disposición de todos, renunciando incluso a su propio nombre para colocarse al alcance de muchos, sin hacer pagar nunca por el largo caminar, correr o zarpar.

Quizás ese día, mientras ponía el pie en la isla de Yeu, con los ojos del bretón soñador nunca muerto en él, pensaba una vez más en los capítulos de su vida pasada en zarpar sin descanso.

 

 

 

Capítulo segundo

LA TIERRA Y LA CASA

 

 

En el organismo de la vieja Europa, Bretaña es una cuña de roca sembrada en el mar. Los antiguos, aun antes de que existieran países y ciudades la llamaban armorique o tierra del mar. Desmedido promontorio, última playa de la civilización latina, es en el extremo del mundo, es el finis terrae o Finisterre.

Bretaña. Ojo dilatado para recoger los últimos rayos del sol muriente sobre las aguas sin fin. No hay lugar en Europa donde las auroras se retarden más, pero tampoco hay lugar donde los ocasos sean más solemnes, más melancólicos y llenos de sentimiento que Bretaña. Tierra, pues, de la tarde, porque sus tardes son maravillosas en el rojo reverberado del mar que hace brillar sobre la ya dormida Europa. Tierra de la tarde, donde la realidad se funde y se esfuma en el sueño, y donde los sueños se viven como realidades.

En el interior del promontorio, más allá de las rocas enquistadas y basálticas, la ceinture dorée, el cinturón dorado es fértil y cultivado. Los poblados se colocan uno al lado del otro alzando orgullosos campanarios a lo largo de los caminos que llevan al oeste. Los campos componen un abigarrado ajedrez de vivos colores, punteado de encinas y rocas escarpadas cubiertas de hierba, marcado por la cinta de los ríos. Y donde se accidenta el terreno, se abren románticos valles donde el correr de las aguas ejecuta arpegios de fábula. Aquí y allí, arrugadas por manos imposibles, las montañas que en realidad no son montañas, tienden el granito al sol, al viento, a la historia. La zona de las colinas es el argoat, la tierra de los bosques, la tierra de los mil imprevistos y contrastes: junto a las ensenadas secretas, a los ángulos umbrosos, a las idílicas fuentes, a las tristes y desoladas llanuras.

El bosque ha sido el segundo dique después del océano del oeste que se alza hacia el oriente para separar a Bretaña de la Europa de ayer, permitiendo a las poblaciones una civilización propia, una lengua propia, un  pensamiento propio, una espiritualidad propia.

Los espíritus de las montañas, los tussed ar ménè, han sido fieles a su escucha, ...

La historia de Bretaña que nos interesa, comienza con el desembarque de pocos monjes irlandeses en la costa de la Mancha. Con los monjes, los bretones empezaron a reunirse y trabajar para prepararse la tierra de hoy. Disonaban aquellos monjes entre los bosques y los pantanos, más las almas que los terrenos; y en torno a las celdas de los santos, crecieron casas, haciendas, ciudades y puertos, oficinas, fortificaciones y castillos. Y en el corazón de cada conglomerado se alzaba solemne la voz poderosa de los monjes a orar, a reconfortar, a dictar leyes indiscutibles y sabias. Duces populorm ad vitam, guías de los pueblos a la vida: denominación que sintetiza el carácter sagrado y profano de su presencia en esa tierra, porque son los fundadores de una civilización y de un progreso, de los santuarios, de cavernas y de las celdas otrora habitadas y en las que el tiempo sólo ha extendido mayor veneración y leyenda. Y desde allí también hoy dictan leyes, congregan a los pobres, llaman la atención para que Bretaña no sea indigna de ellos.

La civilización armoricana se hizo cristiana, sea cual fuere la pátina que el tiempo y los hombres hayan tratado de echarle encima. Es una civilización que se puede estudiar, saquear en sus tesoros de experiencia y de folklore, pero que no puede agotarse en su profundidad. La antigua parroquia de los monjes se volverá comuna, construyendo nuevas casas e iglesias, es decir, cambiará de nombre pero no traicionará su origen. El evangelio dictado en aquellos tiempos remotos podrá ser editado en elegantes últimas ediciones, pero jamás perderá el vigor y la severidad de entonces.

Dicen que los bretones son testarudos y rebeldes. Porque son un pueblo que se hizo a sí mismo y porque por sí mismo ha sabido sobrevivir a la furia desencadenada del océano y a las olas más temerosas aún del este, de los hombres y de losa regímenes; porque como las eras y las épocas los excavaron en antros y cavernas, así la idea-luz del cristianismo la colmó de historias y de fe. Es un pueblo acostumbrado a recoger detritus y misterios, amontonándolos sobre la playa; los enfers de la historia han sepultado civilizaciones y generaciones; los zuecos han marcado a cada instante el ritmo sobre los guijarros del pavimento. La Bretaña de hoy adensa en un canto las ideas ajenas, recoge en sus antros los lamentos descompuestos de los nuevos evangelios, mientras sus sabots marcan siempre con el tiempo, el paso de todos los profetas y de todos los errores para permanecer en la Bretaña de siempre.

 

«Monseñor, le juro delante de Dios que preferiría mil veces ir a la cabeza de un millón de jabalíes que al mando de este pueblo...», escribía el duque de Narbona a Francisco II. El individualismo bretón no gusta de la coerción gregaria ni de la imitación impuesta. Incluso en el grupo, el hombre de Bretaña es él mismo, y, por lo tanto, por ser individuo, no siente que tenga que adaptarse a ser montonera. Más aún, le confiere a la masa un rostro, una palabra, una orientación de la propia convicción. Es el mismo siempre y en todas partes, entre la propia gente y en la inmensa París. Aparecerá quizás raro, extraño, anticonvencional, hereje de las buenas maneras y será definido con  el término jocoso, admirado y despreciado, de bretón.

Incluso en su religiosidad no es un fanático irracional ni un amorfo rutinario. Posee un sentido propio de Dios y de la vida, y combina la convicción con la rapidez y la profundidad de un neófito. En efecto, alguien afirmaba:

«Si yo supiera mucho, querría tener la fe del campesino bretón; y si lo supiera todo, querría tener la fe de la campesina bretona.»

 

Basta atravesar la región para convencerse de la importancia del influjo religioso en la vida: en cualquier cruce de caminos, hasta en lo más escondidos, una cruz de granito con un Cristo de duras pero expresivas facciones, rodeado de personajes que le florecen en los brazos y a los pies de la cruz. Que no es una representación muy fiel al evangelio, de acuerdo: pero expresa la gran verdad que le auguraba el evangelio, la de la aceptación de la redención por parte de los hombres. Porque los calvaires de Bretaña más que un acto de fe en la redención llevada a cabo por el Salvador, son la profesión de quererse redimir en esa sangre divina. Son la fe de la penitencia.

Para conquistar al bretón católico, habrá que insistir en la naturaleza y en la forma de esa parénesis. En los pardons o peregrinaciones, habrá siempre una llamada al deber de reconocer las propias fallas y decidirse a rehabilitarse ante los cielos y la tierra. De tales peregrinaciones, a menudo ásperas y dolorosas, regresará el bretón con lágrimas de arrepentimiento. San Vicente Ferrer, Du Maunoir, Le Nobletz, Leuduger, san Luis María de Montfort predicarán así: sobre el sentido de la culpa y sobre la contrición, apelando a los grandes temas de la vida y de la muerte, de la gracia y de la oración, del paraíso y del infierno. Y en primer lugar, ellos mismos, darán con la maceración de la carne en la persona y en la más ruda penitencia, en la vida de desprendimiento y recogimiento, las características evidentes de la más elevada ascesis.

Y el culto mariano a diferencia del de los santos que pueblan en forma increíble el calendario bretón conservado en las fronteras de las necesidades del tiempo y del momento, alcanza, en cambio, los sentimientos y los estados de ánimo. La Virgen María, llamada siempre Señora, se hace presente en el dolor, en el abatimiento, en la esperanza, en la alegría, en la vida atormentada, en el gozo y en la paz. Habría que presentar la lista de los títulos marianos de la devoción bretona: Nuestra Señora de los Dolores, de las Sombras, de la buena Esperanza, del buen Socorro, de la buena Aventura, del Consuelo, de las Lágrimas, de la Misericordia, de toda Paciencia, de las Victorias...

 

La pequeña ciudad de Montfort, veinticinco kilómetros al occidente de Rennes, la capital de Bretaña, es bastante reciente. Construida y fortificada en la lengua de roca de la confluencia de los ríos Garun y Meu, asomada a mirarse en el espejo de las aguas y coronada de verdes praderas, no llega con  su historia más allá del siglo XI.

Como toda localidad que se respete tiene su  propia leyenda que se añade a las conocidísimas del Rey Arturo, del Mago Merlín y de la 'mie, de los Caballeros de la Tabla Redonda. En efecto, a pocos pasos de Montfort, entre las ruinas del bosque milenario de Paimpont, como entre árboles siempre renacientes, está el Valle de los Falsos Amantes o Valle sin regreso, la Cabaña del Propósito Loco y la milagrosa Fuente de Barentón, ricas todas en fábulas e historias dignas de la mejor caballería del siglo XII. Hoy del inmenso océano de árboles sólo quedan grandes manchas de verdor inmóvil en los flancos de las colinas, cada una con nombre propio y todas catalogadas por los bretones con el fatídico nombre de Brocéliande.

Montfort contaba con su leyenda privada.

Bajo el dominio de Raúl IV, en 1376, mientras reconstruían el castillo de los señores de Montfort, una lindísima muchacha solía llevar el frugal almuerzo a su padre que trabajaba allí. El gobernador, inflamado de pasión por ella, la hizo raptar y encerrar en una torre para obligarla a ceder a su acoso. En tan terrible trance, la casta joven oró a san Nicolás, protector de las vírgenes en peligro, que acudiera a salvarla. El santo no dejó siquiera de que terminara la oración cuando la transformó en una pata. Así puedo la hermosa huir por entre los barrotes de la prisión y esconderse en el estanque cercano, no sin haber dejado estampada en la piedra de la celda la huella de una de sus patas. Casi todos los años, por trescientos y más, el día de la fiesta de san Nicolás, una pata seguida de su nidada entraba al vuelo en la iglesia y, hecha reverencia al Santísimo Sacramento, iba a aterrizar a los pies de la estatua del santo Taumaturgo desde donde asistía a la piadosa ceremonia. Apenas terminaba ésta, dejando como obsequio un patito, salía volando por parajes misteriosos.

Volúmenes enteros hablan de esa leyenda, incluso en Italia en el siglo XV, y Chateaubriand la recuerda en sus "Memorias de Ultratumba".

De allí le había llegado a la ciudad el nombre de la Cane (la pata), Montfort-la-Cane. Hoy, al no necesitar ya de leyendas para catalogar territorios, la ciudad se llama también en honor de la cultura, simplemente Montfort del Meu.

En su corta existencia, la ciudad había logrado dar nombre a los primeros Duques de Bretaña, comenzando por Juan IV, llamado el Conquistador (1364-1399) capetingio en línea directa.

Por tradición era burguesa y presuntuosa: «...Montfort debe considerarse en el número de las verdaderas ciudades y no como un simple pueblo. Sus habitantes han sido gobernados siempre como urbanos y no como paganos...», precisaba la Declaración de 1639 invocando el privilegio de ser gobernada directamente por el rey. Este había hecho cuanto mejor podía para mantenerse a la altura de su importante tarea y en 1654 dio plena desaprobación a cierto señor De Tremoille pretendiente al trono de la ciudad. Pero el rey no había sido siempre capaz de mantener esa supremacía: una riña al mismo nivel lo vio sucumbir frente a un tal Tallausac; la riña, que duró casi medio siglo, costó a los ciudadanos burgueses y acomodados mucho dinero, razón por la cual muchos prefirieron retirarse al campo.

La razón de esas luchas estaba en la voluntad de los habitantes de llevar el nivel medio, sin tener porte de tales, hasta el umbral de la nobleza, ahogando o vaciando los antiguos títulos feudales exclusivos, rabiosamente defendidos por varios De Remoille y Tallausac. Por tanto, los habitantes que lo podían, habían añadido poco a poco a su apellido el nombre de diferentes posesiones, lo cual faisait chic (sonaba cursi).

Pero el pantallismo urbanístico constaba gabelas y tasas...

Sobre todo cuando sobre Rennes y las capitales comenzó a pesar la indeseable mano del amado Luis XIV, los portafolios de los "urbanos" se volvieron tremendamente sutiles. Una incendiaria tasa sobre la vajilla de estaño, el tabaco y el papel sellado puso descontenta a toda la población. El Parlamento de Bretaña reunido en Rennes (1673) no aceptó la gabela y la rechazó; y los festivos habitantes corrieron a las iglesias a cantar jubilosos Te Deums. Pero París no aceptó la abolición del parlamento bretón; antes multó a la ciudad y al condado con dos millones seiscientas mil libras (más de cinco millardos nuestros). Bretaña se alzó violenta contra la injusticia; al grito de: ¡Viva el rey, pero sin gabelas!, se desencadenó una sangrienta revuelta contra los presuntos responsables locales, y al no poder robar en los bolsillos de Luis ni de Colbert, saqueó los castillos feudales, las villas patricias y los palacios de los señores. La reacción de París más que violenta fue drástica; nuevas tropas llegadas de Nantes, después de haber colocado en la picota a muchos facinerosos, comenzaron en forma sistemática un diezmo de bretones, llevándose además los dos millones seiscientas mil libras no consignadas, más una nueva multa de cien mil escudos.

 

«Rennes es una ciudad convertida en desierto: los castigos y las tasas han sido crueles... Fueron ocho terribles días en los que la condena a la picota, en comparación, me parece todavía hoy un vientecillo fresco...» (Mme. de Sevigné).

 

Entre los pequeños burgueses que se habían refugiado en algún ángulo de la campiña para escapar de los impuestos y latrocinios, encontramos a un abogado de la ciudad de Montfort. El suyo no era un apellido famoso, aunque sí bastante conocido, al menos cuanto podía serlo su semblante honesto ente los clientes de Montfort y los funcionarios de Rennes: Juan Bautista Grignion.

La familia Grignion era oriunda de la Vandea o de cerca a ella; en su corto árbol genealógico contaba notarios y hombres de ley; el padre del abogado había incluso llegado a ser alcalde de Montfort y, en cuanto tal, diputado a la asamblea de los Estados Generales de Bretaña en 1659. Lo que constituía el verdadero orgullo de la familia era el ser personas ejemplares en cuestiones morales y religiosas. Los Grignion se habían adueñado también de titulillos campesinos que hacían parecer buena figura y, en cuanto a títulos burgueses, y como todos los burgueses, se consideraban nobles, si no en bases jurídicas, sí en motivos de honor.

El abogado Juan Bautista había estudiado en 1659 en el colegio de los jesuitas de Rennes; en 1666 se había apoderado del título de Señor de la Bachelleraie; en 1670 había ganado un diploma y al año siguiente había encontrado trabajo en la administración civil de la ciudad natal. Ese mismo año se había casado con la hija del juez de Rennes, Juan Robert des Chesnais, cuya familia se contaba entre las mejores de la capital y era de auténtica marca bretona. Aunque celebrado en el día del carnaval, el matrimonio y la nueva vida de hogar no tuvieron realmente nada de ligero.

Heredero de un hombre de gobierno, convertido él mismo en respetado profesional y superintendente de la Abadía de San Lázaro (el hospital creado por los cruzados), Juan  Bautista era concienzudo y practicante hasta inscribirse en la Cofradía Blanca de Nuestra Señora. Trabajador y ahorrador, logró apartar una buena suma para comprarse en 1675 tres fincas cerca a Iffendic.

Del matrimonio nacieron exactamente 18 hijos; e si entonces se podía valorar la salud moral de una familia por el número de hijos, Luis María escribirá precisamente reconociendo haber sido «criado y educado en el temor de Dios y haberle dado una infinidad de favores...» (Carta 20; BAC, 98-100) reconociéndoles cosas mejores que todas las malas insinuaciones que les atribuyen los biógrafos del santo... Las cambiantes circunstancias de la vida, la personalidad del profesional apreciado pero obligado a vestirse con el humilde ropaje del campesino, la numerosa familia, las desgracias frecuentes y la muerte de algunos hijos, las amargas desilusiones de los pequeños poblados, la parentela siempre entremetida, lo pudieron hacer explotar en estallidos y palabrotas interminables. Pero ¿no son los hechos los que deben esclarecemos la realidad interior del hombre? En la carta citada del apostólico hijo, el abogado escucha que le advierten con espanto que se halla a punto «de que lo arruine la pez, se atragante de tierra, o el humo lo asfixie...» (ver Ib.).

 

Desde su perspectiva, al futuro Santo, que había hecho voto de pobreza absoluta y que sólo pensaba en el cielo, quizás le parecía un tanto ilógico ocuparse de poderes y titulillos campesinos... Pero el buen abogado sabía mucho mejor que el hijo que sin economía y sin administración cuidadosa, en una palabra sin plata, no se habrían podido ubicar todos los hijos y no se hubiera podido pensar en la vejez. La suya era simple providencia. No estaba hecho para elevarse con su hijo a la santidad del pobre voluntario: según él, desapego podía significar miseria para sí y para los demás.

Y cuando muera, tres meses antes de Luis María, dejará a sus espaldas tres sacerdotes, tres monjas –una de ellas en camino de santidad–, un hijo casado, una hija viuda que volverá a casarse y dos hijas solteronas, una de las cuales se casará. Todos en grado de bastarse a sí mismos, incluido el celosísimo hijo y apóstol que había podido hacerse sacerdote solamente gracias a que su padre le había cedido su propio título de Señor De La Bachelleraie. No menos de diez hijos murieron en cuarenta y cinco años de matrimonio y la larga fila de tumbas lo envejeció e hizo sentir solo antes de tiempo. Y no obstante, entre tantas preocupaciones, había recogido en su casa y, probablemente, adoptado a un niño expósito llamado Bisette, hijo del atardecer.

Entonces, digámoslo abiertamente: debía ser un gran excelente hombre aquel abogado Grignion...

Luis María nació el 31 de enero de 1673 en Montfort hijo segundo de los Grignion pero primero de los vivos. y fue bautizado en la parroquia de San Juan el día siguiente. Para la crianza fue confiado dos meses después del nacimiento a la esposa de uno de los campesinos de La Bachelleraie, en Heurtebise, en las puertas de Montfort, donde en 1873 se quiso erigir una cruz en el sitio del casalote de la nodriza. Su crianza duró dos años, hasta el día en su padre lo tomó para llevarlo fuera de la ciudad, al Bois-Marquer.

La costumbre de entregar para la crianza los hijos a los propios campesinos era uno de los signos de distinción de la burguesía con los cuales estaba de acuerdo la ciudadanía de Montfort. En este lujo se halla seguramente la mejor explicación de tantas muertes infantiles y tantas enfermedades. Pero dar un hijo a crianza quería decir poder pagarse una robusta ama de casa, quería decir ser dueño de una granja de campos y ganados.

La nodriza de Luis María es siempre llamada la Nana Andrea.

Fuera del alimento sano y abundante, las nodrizas debían dar al pequeño algo más que le quedará en el alma y en el lenguaje tan realístico de las predicaciones y de los escritos; sobre todo en el sentido abiertamente sereno de poesía humana y cristiana, convertido más tarde, con la aplicación y el estudio, en convicción. Volviendo a encontrarla cuando ya era célebre misionero, Luis María le habría dicho algo que la historia intuye sin saber documentarlo, pero fue mensura do por el amable gracejo de presentarse bajo el anonimato para que le diera... limosna. No fue un desdeño de santidad, sino una dichosa repetición de la práctica soberana de altruismo cristiano aprendido de niño entre sus brazos.

Cuando en la primavera de 1675, Luis María regresó a su familia, encontró a dos hermanos más en la Rue de La Saulnerie, propiedad de la abuela, donde él mismo había nacido. La calle era una de las más características de Montfort, casi toda ella con arcos, los cuales fuera de servir de límite a las propiedades, establecían los puestos del mercado de la sal y afines; y era también una de las más centrales. La casa, compartida con un notario que había alquilado la mitad, era hermosa, bien conservada constituía una fuente segura de ganancias si se alquilaba en su totalidad.

Luis María comienza a conocer a mamá Juana. Hija ella también en una familia numerosa (unos quince entre hermanos y hermanas), estaba acostumbrada a la vida hogareña. Sabía escribir, leer, zurcir y, naturalmente, cuidar a una familia que se anunciaba, al menos en los proyectos, considerable. Los Robert habían tenido siempre familiares eclesiásticos y religiosos (tres hermanos de Juana lo son) y la práctica cristiana usual la había mantenido en la austera seriedad de la vida y de la fe.

Se había casado a los treinta y dos años, con dispensa de las proclamas –¡cosa rarísima!, advierten los historiadores– y amaba su nueva vida, a su esposo y a sus hijos. Al lado de la fuerte personalidad del abogado, desaparecía un tanto y daba la impresión de ser complaciente y triste. Pero deducir de esto que fuera infeliz, nos parece equivocado. En diecinueve años tuvo dieciocho hijos. No parece que hubiera servidumbre que ayudara en la casa. Cambió con frecuencia de domicilio para seguir tanto a su esposo como a sus hijos. Tuvo oportunidad de ver establecerse a casi todos su retoños y fue siempre amada y respetada, si dos prefirieron permanecer a su lado en lugar de contraer matrimonio. Morirá dos años y medio después del gran hijo Luis María, a la edad de sesenta y nueve años.

 

El rincón de refugio escogido por el abogado Grignion, era una amplia hacienda a pocos kilómetros de Montfort, y había sido comprada al hermano del párroco.

¡No había sido un mal negocio, todo lo contrario!

Era una casa señorial, en el centro de tres posesiones, con una torre entre las tejas de barro, con un patio al cual se llegaba por un grandioso portal. Como un nido en medio del verdor, a algunos pasos del bosque de Paimpont, árboles inmensos la enmarcaban en la extensión de los prados y los campos surcados apenas por el caminillo de Iffendic. No le faltaba nada de cuanto podía darle el aspecto de casa gentilicia sin quitarle el tono agreste tan grato a la burguesía de ese tiempo.

Los campesinos del lugar la conocían. En la iglesia de Iffendic un vetusto banco y algunas inscripciones aferradas a las paredes, llevaban el nombre de los Grignion.

No había sido un mal negocio: un millón y no dos y medio que valía en realidad. Y ademas, un complemento de tres títulos que ama añadir al de La Bachelleraie: Bois-Marquer, Plessis y Chesnays.

Allí en agosto de 1675, se refugió el abogado con su esposa y tres hijos: Luis María, José y Renata. Allí nacieron otros diez, aunque nueve serán sepultados. Aquí se deslizaran los años más serenos y alegres del futuro misionero Montfort. En la paz del campo y la intimidad del hogar. El Bois-Marquer, en la vida de san Luis María de Montfort es la primera página que lo describe, lo moldea, adecúa y lo prepara; es una página abierta sobre el verdor, a la luz del sol, y que le dejará para siempre un insaciable deseo de soledad y de recogimiento.

 

Si las ciudades de Bretaña que se respetan y si, hasta las amplias manchas de verdor de bosque y los poblados perdidos en la llanura tienen su propia leyenda, es justo que también los varones mas representativos de la ferviente región tengan su personal halo de fábula. De fábula y, por lo mismo, bastante vago.

Cuando Luis María vino al mundo, no sólo tenía una leyenda que lo coronaba sino incluso una profecía.

En 1709, mientras Luis María estaba creando el famoso Calvario de Pontchâteau, los ancianos del lugar recordaron haber notado, algunos cuarenta años antes (es decir, en torno a 1673, año del nacimiento de Montfort), cruces y estandartes caer del cielo azul en pleno mediodía sobre la llanura donde se levantaría aquella obra de fe.

La profecía en cambio, remontaba a 1418 y nada menos que a san Vicente Ferrer. De paso por Bretaña, el taumaturgo se había detenido en La Chèze donde existía un derruido santuario de la Virgen de los Dolores. Habiéndole pedido que buscara su restauración, el santo había respondido: «El cielo reserva esta empresa a un hombre que el Omnipotente hará nacer en tiempos lejanos... Llegaría casi desconocido y sería muy contrariado y despreciado. Sin embargo, con la ayuda de la gracia, llevaría a término feliz la empresa...» (Pauvert, 226).

Montfort restauró, de hecho, el santuario en 1707.

 

La infancia es el período que en la vida de todos, grandes y pequeños, buenos y malos, es más semejante. Precisamente por esto, cuando se desea contar de la infancia de alguien se utilizan frases ya hechas y esquemas convencionales. El niño crece, se desarrolla física y espiritualmente más o menos de la misma manera que todos; no es excepcionalmente ni bueno ni malo; abre sus ojos ávidos sobre los rostros amigos, sobre el mundo que lo atrae con intensa curiosidad; asimila con la voracidad de una termita, y toma conciencia de su vivir.

Desde 1675 a 1685, Luis María se quedó con su familia en Bois-Marquet. Era de veras una familia muy movida la de los Grignion. Con sus once hijos tenían que trabajar sin descanso.

La educación de los hijos no era por nada superficial y fragmentaria. En el plan humano, si excluimos las muertes infantiles, los sobrevivientes gozaban de óptima salud sin peligro de ser portadores de alguna enfermedad. De paso recordamos que Juan Bautista junior, el último de los Grignion, tuvo a su vez 26 hijos...

En el plano intelectual todos tuvieron la posibilidad de realizar sus respectivos estudios. A los ocho años Luis María pone ya su firma en el registro parroquial por el bautismo  de su hermanita Francisca. Los maestros fueron, según las costumbres del tiempo, sacerdotes del lugar. También el padre tuvo que enseñar algo porque era instruido y erudito, tanto que tenía una biblioteca personal con libros importantes del tiempo.

La educación familiar, según el decisivo ejemplo de las familias Grignion y Robert, consideraba al factor religioso como el principal. Además de las nociones elementales transmitidas por los sacerdotes-maestros, la práctica de la fe se enseñaba en casa. Muchas de las devociones monfortianas tienen que ser explicadas de esta manera, porque aquí encuentran su peculiar colorido. El amor a la oración, al Crucifijo, a la Virgen, a los ángeles, se aprende desde pequeños. Y cuando saldrá de la pluma del misionero alguna mención a éstas, no será difícil adivinar la procedencia. ¡Saluda tu ángel de la guarda!, acostumbraba poner en varios mensajes.

Que Luis María tuviese una naturaleza no árida sino un corazón sensible, lo percibimos en muchos hechos de su infancia.

Tenía cuatro o cinco años cuando, viendo a su madre adolorida, se le acercaba para consolarla con palabras llenas de fe. Lo importante de subrayar y de atribuir a la enseñanza familiar, es el hecho de hablar de Dios en el momento de dolor. Junto a la actitud comprensible en los niños de ponerse más cariñosos cuando la mamá está sufriendo, existe en Luis María la conciencia de hacerse más útil siendo primogénito.

También a estos años necesita hacer remontar una intrínseca amistad, característica del corazón y de la sensibilidad del futuro misionero, con Guyonne-Jeanne: la hermanita nacida en septiembre de 1680, llamada más adelante "Luisa" por el mismo Montfort, sin saber hoy todavía por qué. A esta amistad fundada sobre virtud y sacrificio, a esta fraternidad más cercana, él volverá cual bienhechor siempre esperado, también en el transcurso de su vida errante. Y escribirá a Luisa ciertas cartas llenas de ternura y preocupación, para decirle que está navegando con ella; a ella comunicará luchas, victorias, inquietudes.

Otro encuentro decisivo en la formación humana y espiritual fue el del dolor. La situación no era florida, la vida en casa de la Nana Andrea, el constante contacto con las gentes trabajadoras, tan parcas en ternuras exageradas y en caprichos, pero siempre ricas de responsabilidad y de privaciones; en una palabra, el sufrimiento de los cuerpos y de las almas, unido al sufrimiento tan instintivo en los santos pero tan familiar, frente a la culpa moral, fue su asiduo compañero en la niñez. El dolor podía ser para él un enemigo: la madre le hizo comprender cierto día que la cruz no hiere sino selecciona y le dijo que la predilección divina acompaña al hombre durante toda la existencia en especial si ésta es dolorosa, y que rechazando el dolor y a quien lo sufre, se rechaza al cielo...

Fue ésta una de las lecciones mejor asimiladas y más vivas en su corazón, hasta que Luis María no cierre los ojos en la muerte cruzando el umbral de la casa del Padre

Todo hombre debe hacerse una personalidad. Sobre todo el santo: el santo es personal por definición. No puede ser como los demás: se eleva sobre el plano común, se aparta de los mejores sin renegar de ellos, en un trabajo lento y tenaz sobre el propio temperamento y sobre el carácter en autoformación y en la conquista de sí mismo. Pero antes de ser santo es hombre de su tierra.

En la personalidad del futuro misionero, en la obra a la cual dará impronta, en su misma espiritualidad tan profunda, Luis María mostrará mucho de su origen para que no se lo deba subrayar. Era un auténtico bretón y tal se mostrará siempre y en todas partes.

Pero el hombre es artífice de su propio carácter en la misma medida que el ambiente y la naturaleza. Luis María aprendió en casa la conquista y el dominio de sí mismo. Conquista difícil porque muy pronto conoció la fuerza del propio temperamento. Pero el conocimiento de sí mismo es el principio de todo conocimiento útil: ayudado a comprenderse a sí mismo, quizás sintió temor. Todos los elementos de la fuerte naturaleza bretona, la semejanza con el temperamento paterno, las enormes energías de su atlético cuerpo, le habían asignado un temperamento volitivo y resuelto. Más tarde confesará: ¡Hubiera sido el hombre más violento de mi siglo! Aún haciendo campo a la exageración de la humildad, aceptemos la confesión de un hombre que tenía una idea tan clara de sí mismo.

Luis María había nacido así. Y, sin embargo, llegará el día en que bajo la roca del hombre terrible brotará el gigante bueno, el buen Padre de Montfort. Porque temperamentos como el suyo pueden darnos santos o demonios. Gracias a la formación hogareña, gracias a la tierra sana en que nació, gracias a la ayuda abundante del cielo plenamente correspondida tenemos un santo.

Entre tanto, Luis María había alcanzado los doce años y se preparaba a ingresar en la vida. Y el primer paso lo dio bajo el umbral de la Compañía de Jesús.

 

 

 

Capítulo tercero

LA VIDA CON LOS JESUITAS

 

 

El primer colegio jesuita en Bretaña era auspiciado en Rennes a partir de 1563 en sustitución del antiguo priorato de Santo Tomás que se desempeñaba de mal modo como escuela pública. Las negociaciones entre la Compañía de Jesús y el Parlamento bretón duraron treinta años y debieron suspenderse de improviso cuando el 24 de febrero de 1594 un exalumno de los jesuitas de Clemmont apuñaló al rey Enrique IV aunque sin darle muerte. No obstante el escándalo suscitado por el hecho, el rey tuvo el buen sentido de no proscribir los colegios, incluso financió uno de su propio bolsillo.

Reanudando las negociaciones, los notables de Rennes intensificaron la propaganda en la ciudad y en el condado suscitando el acuerdo general y ayudas significativas. Una vez logradas las Letras oficiales de aprobación y autorización dadas por la Santa Sede y por el rey, el Colegio Santo Tomás Becket abrió las puertas a seiscientos alumnos el 18 de octubre de 1607.

Era la fiesta de san Lucas. Desde entonces, cada año in lucalibus,  se acostumbró iniciar clases. Los estudiantes afloraron hasta alcanzar la cifra de casi tres mil en los tiempos de Luis María. La aceptación de los estudiantes era gratuita y no se admitían internos; los alumnos, ricos o pobres, debían buscarse una pensión en la ciudad, previa la autorización del rector del colegio. Pero los hijos de papi hallaban apartamentos con domésticos y profesores, y los hijos de los pobres acabaron por someterse a ganar algo para pagar la pensión contratándose como escribanos, servidores de sus compañeros más ricos o incluso como barrenderos y ayudantes de cocina.

 

En la vida y en la espiritualidad de Luis María el influjo de los jesuitas fue determinante: un poco, en pequeño, tanto como lo fue su presencia en Francia en ese mismo período, cuando la desviación en materia teológica y moral parecía una conquista, en Francia.

El jueves 19 de marzo de 1682 se promulgaba en París y todo el territorio metropolitano la Declaración cleri gallicani, redactada en cuatro artículos por Bossuet. El movimiento galicano, tendiente a la neta separación de la iglesia francesa de la romana, alcanzaba en ese día su fase más crítica; el galicanismo, surgido en 1398, consolidado en 1438, se había mantenido endémico durante dos siglos, para explotar luego en aquel escorzo de siglo. Sólo se lo liquidó en 1870.

La increíble experiencia del momento está en el total volcamiento de las peticiones formuladas por el clero con el correr del tiempo. Desde el comienzo las libertades galicanas expresaban las aspiraciones del clero por un desenganche del poder civil, porque se consideraba a justo título, indebida la ingerencia del soberano en los asuntos eclesiásticos. Roma apoyaba la petición francesa y el rey con su parlamento tuvo que acceder. Una vez ganada esa batalla, con el correr de los decenios, el clero francés quiso desvincularse incluso de Roma, y fatalmente renunció a la independencia del poder civil. Sobre todo en 1615 la corriente libertaria, alimentada con las ideas políticoespiritualistas de Pithou, se impuso a la atención de los políticos, que encontraron un as que jugar en contra del Papa. El año de 1643 trae la coronación de un chiquillo de cinco años que se convertirá pronto en el fantasmagórico Rey Sol, el rey de después de mí el diluvio, el rey del fasto, de las guerras, de las amantes históricas y de la miseria, Luis XIV: una oportunidad inesperada para alcanzar la ruptura de Roma.

Las peticiones del clero francés se discutieron en amplias y reñidas controversias en la Universidad de la Sorbona; hasta cuando el rey y el Parlamento impusieron la Declaración en las escuelas y seminarios. Era el 19 de marzo de 1682. Al soberano no le importaba tanto la libertad de su clero... El motivo verdadero debe buscarse en una vieja discusión con Inocencio XI. Bossuet hizo cuanto pudo para redactar un texto que fuera lo menos hereje posible y los sacerdotes de todo rango lo aceptaron.

La injusta imposición sólo fue abolida en 1693, pero todo seminario y colegio eclesiástico tuvo que reconocerla en la práctica, al menos en lo referente a los hechos administrativos. Y esto, hasta más allá de la Revolución hasta que Napoleón logró bloquearla definitivamente en el concordato con Pío VII, luego de lograr hacerla pasar subrepticiamente en las negociaciones.

Si la Francia del siglo XVII no se precipitó en el cisma, se debió sólo a la bondad y sabiduría de Alejandro VIII que no exageró condenando la Declaratio.

Mientras obispos y sacerdotes de todo el territorio inclinaban impotentes la cabeza ante la voluntad de París, casi todos los jesuitas se mantuvieron fieles a Roma. También los del colegio de Rennes.

 

El lunes 2 de agosto de 1694 moría Antonio Arnaud, el gran Arnaud, como jocosamente lo llamaban. Era el pensador de otro absceso brotado en la Francia de ese tiempo: el jansenismo.

En el origen del movimiento, se halla el ansia de una reforma de la teología y de la práctica de la vida cristiana que enseñaba la Compañía de Jesús. Nadie, ni siquiera Cornelio Jansenio se hubiera imaginado que una doctrina forzada y torcida, tan distinta del fino y atinado genio francés, hubiera podido encontrar en tierra francesa una acogida tan entusiasta. Y cuando el Papa lanzó su condena, se llegó a pensar que, incluso, el Vicario de Cristo había pecado de incompetencia.

La controversia doctrinal se convirtió en polémica no diferente del cisma. Sutil y agudo pensador, Arnaud con la pléyade de Port

Royal, asoció la ascética con la moral, la dogmática con la doctrina sobre los sacramentos, y organizó un sistema. Se puso de moda el antijesuitismo, sobre todo cuando Blas Pascal tejió y publicó sus Provinciales que podían definirse como el placer del escarnio a expensas de la Compañía de Jesús.

Y cuando, en 1673, el neófito holandés, Adán Widenfeld, instruido por los jansenistas y utilizado por los calvinistas, publicó los Avisos saludables de la santísima Virgen a sus devotos indiscretos, encontró que el impulso publicitario era precisamente el de Francia.

Por encima de las aberraciones y de las polémicas, la Compañía permaneció firme en sus fundamentos teológicos y morales.

 

Había otra plaga en la vida católica francesa.

La verdadera oposición al catolicismo y a la Iglesia, inagotable en sus métodos y en la elección de los tiempos, tenía por objeto atacar la moral de los jesuitas considerada demasiado rígida. Es la plaga de los escépticos, de los indiferentes, de los tibios, de los espíritus cómodos agrupados todos bajo el nombre de libertinos.

Es una inmensa masa –el matemático contemporáneo, P. Mersenne de los frailes menores, contaba no menos de 50.000 en la sola París– que va desde Ninón de Lenclo (1620-1705) que muere diciendo que no tenía alma; a Gastón de Orleáns (1608-1660) que recorre las calles durante la noche como un poseso y reúne en su casa un conseil de vauriennerie; a Naudé (1600-1653) bibliotecario de Mazarino, que niega los milagros y afirma que la religión es un invento de los jefes políticos para garantizarse la tranquilidad pública; a Teófilo de Viau (1590-1626), vulgar, repugnante, opuesto a lo sagrado, un sujeto realmente perverso aunque enriquecido con dotes poéticas; a Santiago Vallée, señor Des Barreaux (1602-1673), consejero de la Cámara de los Condes, ateo, gastador empedernido; a Carlos de Cossé, duque de Brissa (1550-1621) que asalta un funeral apuntando con su espada al crucifijo mientras grita: "¡A las armas!, éste es el enemigo"; a La Mothe-Le-Vayer (1588-1672), consejero de estado y perceptor momentáneo de Luis XIV, que sostiene la filosofía según la cual la verdad se demuestra como inaccesible y la suprema felicidad del ser humano consiste en no creer en nada; a Carlos Denide De Saint-Evremond (1613-1703), refugiado en Londres para vivir "según la naturaleza", es decir, en el muelle relajamiento sin frenos morales...

Son todos aquellos que creen que la naturaleza no es ni buena ni mala y sostienen que ella es la única gran señora de la vida, cuyas aspiraciones no difieren de los consejos de la sabiduría, de suerte que resistir a la naturaleza es remar contra la corriente.

Es la filosofía de Molière (1622 1673) que punza a todos los que pretenden forzar, exagerar, enmascarar, obligar, comprometer a la naturaleza y que caricaturiza a los reformadores católicos llamándolos imbéciles al servicio de los hipócritas. "Prefieren un cómodo vicio a una virtud fatigante" (Amphitrion, acto 1, escena IV, Mercure).

Mientras Francia regresa con prepotencia a su genio literario, al gusto de los versos, de la novela, del ensayo, se lanzan al comercio los tratadillos de politesse, los manuales de galantería y urbanidad. Un mundo de ligerezas y frivolidades desencadenadas, contra la solidez del vivir cristiano. Bajo inmensas pelucas, bajo vestidos espléndidos viajan cerebros sin ideas, corazones sin amor, cuerpos sin alma...

París, cruce de los caminos del mundo, centro y hogar de la vida pública y moral, estaba en el centro de todas las miradas. Los caminos que a ella convergían, luego de descargar miradas de investigadores de toda raza y nación, llevaban a chorros, de regreso a sus provincias, los hallazgos de un iluminismo demasiado humano para estar vivo, demasiado vacío para ser racional.

 

El colegio de Rennes había tomado como su ratio studiorum la del Colegio Romano, y comprendía tres años de gramática, uno de humanidades, uno de retórica, tres de filosofía y ciencias y, para quien lo deseaba, cuatro de teología. El cuerpo docente contaba con unos sesenta jesuitas, algunos de ellos famosos.

La atención religiosa, que constituía la "preciosa" para la Compañía, estaba organizada dentro, especialmente a través de las Congregaciones Marianas divididas en dos grupos: la menor, para los muchachos de los cursos inferiores, y la mayor o de los grandes, para los de los cursos filosóficos y teológicos; en tales asociaciones sólo se admitía a los mejores por la seriedad de vida y de estudio. Los profesores, por su parte, transformaban la enseñanza en una escuela de comportamiento cristiano. Por esto, todavía era una pequeña iglesia donde, más que un maestro de letras o de ciencias, se sentaba un varón religioso de óptimo ejemplo y un sacerdote apostólico.

Recordemos algunos del período monfortiano.

La Congregación Mariana de los pequeños era dirigida por el P. Prévost, de quien dice el Necrologio de la Compañía de Jesús: «...mostraba siempre ardor y celo en la enseñanza y en la formación a la piedad de los alumnos. Fue eximio devoto de la santísima Virgen...».

El P. Felipe Descartes, nieto del celebérrimo filósofo, dirigía la congregación de los mayores y era uno de los confesores señalados para la asistencia de todos los estudiantes. Un jesuita, éste, que tenía pocos miramientos que salvar frente al gran mundo, y lo temía muy poco, como afirmará el primer biógrafo monfortiano, Blain (240): era, por tanto, una persona que se adaptaba muy bien a la mentalidad de Grignion; fue, además, su confesor durante el último período de su permanencia en el colegio y debió comprender muy bien al joven Grignion si a él y no a otro acudió éste durante uno de los períodos más difíciles de la vida.

El P. Francisco Gilbert, en cambio, profesor de matemáticas, de humanidades y retórica, literato y dramaturgo, tenía el entusiasmo del caballero andante del Señor. Un día abandonará el colegio y la enseñanza para irse de misiones a América –a las islas de América, como se decía entonces– estableciendo su residencia en Guadalupe. Allí dará la medida de su mejor fervor en la evangelización de Martinica y en el Caribe, donde encontró la muerte a los 39 años. Ya en su período de Rennes hablaba del martirio en forma contagiosa. Luis María fue asiduo en las entrevistas espirituales privadas con este futuro misionero.

El P. Julián Magón, fuerte y laborioso, pequeño de estatura, pero grande de ánimo (Necrologio), enceguecido soporto la enfermedad en oración continua. Fue profesor de Grignion en filosofía y en doctrina de la cruz.

Con hombres así y con un programa de estudios tan serio, no faltaba nada de cuanto podía pretender una familia bretona normal para la sana educación de sus hijos. Si, además, el jefe del hogar había sido educado también en ese colegio, la garantía era más que cierta. De hecho, los padres jesuitas presuponían la cuidadosa atención familiar como dote necesaria para la entrada de los muchachos a Rennes.

 

Luis María procedía del ambiente tranquilo del Bois-Marquer, instruido, además de los sacerdotes, por el padre, que lo había precedido en el mismo colegio. Durante el primer año se hospedaba en casa de su tío sacerdote, Alán Robert, adscrito a la centralísima iglesia de Saint-Sauveur.

Aquel año de sixième –el colegio de Rennes era el único que lo tenía– fue particularmente difícil por la ambientación necesaria en la masa de los millares de estudiantes que colmaban las aulas. Pero Luis María afrontó el estudio con buena voluntad, apoyado en una inteligencia que no le hacía falta, tanto que, muy pronto, logró que lo admitieran en la sección menor de la Congregación Mariana del P. Prévost.

Al año siguiente también su hermano José llegó a estudiar al Colegio, por lo cual la familia Grignion, tras abandonar el Bois-Marquer, bajó toda a Rennes y se estableció en Rue Saint-Hélier, precisamente en la parroquia de Saint-Sauveur.

Luis María se halla ahora en grado de moverse hábilmente en la vida escolástica, sabe escoger las amistades y la compañía adecuada. Sus amigos de la época son: Claudio Francisco Poullart des Places, futuro fundador de los espiritanos, y el primer biógrafo monfortiano, Juan Bautista Blain, que llegará a ser canónigo de Ruán.

La compañía selecta está constituida por un grupo de estudiantes recogido y organizado por un joven sacerdote de la iglesia de Saint-Méen, el P. Bellier.

Una lápida expuesta en el vestíbulo del hospital San Ivo de Rennes, llama a Bellier fundador, contándolo así entre quienes proveían no sólo al bienestar temporal de la institución, sino sobre todo al espiritual. Tras haber pasado anteriormente algunos años con el misionero Leuduger, en 1708, Bellier será llamado a regentar la capellanía del mismo hospital, cuya dirección general asumirá en 1714. En este cargo morirá en 1730, llorado sobre todo por los pobres que lo amaban como a padre. Bellier acostumbraba reunir a aquellos muchachos, sobre todo en el día de descanso semanal, para enviarlos a las prácticas de misericordia entre los pobres. Precursor de Ozanam, el joven sacerdote, después de dedicarlos por cierto tiempo a meditar, los enviaba de dos en dos a visitar y ayudar a los encerrados en el hospital San Ivo.

Debemos subrayar aquí una de las características de la formación espiritual bretona: el culto a los pobres. Los pobres forman parte del objeto de culto, y son considerados como auténticos intermediarios, al lado de los santos, entre Dios y el pueblo. Las palabras del Evangelio se toman a la letra; los bretones ven a Cristo en el mendigo y necesitado, y cuanto les hacen a éstos, quieren hacerlo al Señor. Los decretos administrativos que prohiben y limitan la mendicidad, siguen siendo letra muerta: el mendigo, sano o enfermo, pobre en el alma o en la cartera, es un enviado de Dios. Ninguna obra social que no toque, aunque sea de refilón, esta categoría, gozará de agarre entre la gente de Bretaña. Toda petición religiosa es sobremanera eficaz si llega a través del pobre. Incluso los santos, haya sido la que haya sido su condición civil, mejor todavía si se originan entre los nobles, deben ser pobres. Los predicadores deben llevar siempre las libreas de la pobreza porque, junto con la penitencia, contribuye del mejor modo a lograr audiencia entre el pueblo, de manera que los verdaderos misioneros y evangelizadores de esa tierra nunca dudaron de consagrarse a la pobreza absoluta, y no por simple convencionalismo o por demagogia, sino porque están convencidos del poder ascético y apostólico del desprendimiento.

En esta escuela de caridad activa que presupone la ascesis interior y la elevación sobrenatural, fue iniciado Luis María por el sacerdote Bellier. Lo recordará más tarde, hasta sentir como una llamada que le servirá en la elección de su apostolado e, incluso, del de su compañía de misioneros, como lo dirá en carta a Leschassier en 1700.

Es grato pensar que la vocación de Luis María nace en ese colegio.

¿Soñó o pensó hacerse jesuita? Quizás. Aunque conociendo la personalidad del futuro misionero bretón, tendremos que excluirlo.

 

En la familia Grignion, entre tanto, las cosas avanzaban sin sobresaltos. En forma casi monótona. Habían venido al mundo los últimos cuatro hijos, y los cuatro habían muerto; y si a estos desaparecidos, añadimos la abuela Robert y el tío Gilles Robert de apenas 27 años, nos formamos una idea de lo familiar que era la muerte en casa de los Grignion. Es probable que durante la permanencia en Rennes, el abogado se haya dedicado a practicar su oficio y cuidar los intereses de algún cliente ocasional.

Uno de dichos clientes fue una señorita, llegada de París, "para ciertos negocios pendientes ante el Parlamento de Bretaña" y que vivió como huésped de los Grignion durante algunos meses (Blain, 20). Era hermana del muy joven obispo Juan de Montigny, muerto en 1671 sin haber podido tomar posesión de su propia diócesis y hermana también de un célebre abogado del mismo Parlamento muy conocido de Madame de Sevigné.

La señorita de Montigny era la clásica patrocinadora de obras parroquiales: feligrés de San Sulpicio, vivía en el elegante Fauburg Saint-Germain, había apoyado al párroco Claudio Bottu De la Barmondière en la creación del seminario para clérigos pobres (1688),y era profunda conocedora de los más importantes sulpicianos de la época.

La presencia de esta señorita en la casa Grignion fue en la vida de Luis María el nuevo rayo, la inesperada espiral hacia el futuro. Al verlo tan serio, tan dedicado al estudio y activo en el bien, la Montigny se preguntaba por qué Luis no pensaba en el sacerdocio. Ella entendía un tanto de esos asuntos por su hermano obispo y por haber conocido a tantos eclesiásticos de la parroquia y haber presenciado de cerca la formación del célebre seminario de San Sulpicio... ¿Por qué un muchacho como ése no debía llegar al sacerdocio?

Hacerse sacerdote.

Durante aquellos años de estudio con los jesuitas, los PP. Descartes, Gilbert y Bellier se lo había repetido muchas veces. Hacerse sacerdote y recorrer a Bretaña predicando y conmoviendo a las gentes que sufrían sin mérito ni gracia algunos. Hacerse sacerdote y servir a los pobres, a los mendigos de los caminos y asistirlos en los hospitales. Dejarse guiar por el espíritu errabundo que le quitaba el sueño y que en las largas oraciones de Rennes e Iffendic le descubría un maravilloso escenario de bien. Dejarse llevar por el ansia que le infundía el espíritu, le iluminaba los ojos siempre que hablaban de las misiones, de las multitudes que redimir, de las parroquias que evangelizar... Llevar la cruz a todas partes, ¿por que no también a América como el P. Gilbert, a los hospitales como Bellier, a lo barrios y ciudades como Leuduger y hacerse un pedestal cementado con oraciones, fatigas, penitencias...?

 

Hacía algún tiempo que lo estaba pensando. Sobre todo durante las vacaciones al Bois-Marquer. Hablaba de ello con Blain y con los amigos que iban a visitarlo y se quedaban con él bajo el sol de los campos, o también cuando iba a pasar un par de días en casa de ese amigo que deseaba hacerse capuchino...

«El estado eclesiástico fue el único del cual le habló el corazón, el único que Dios le hacía ver...», anota Blain (16).

Y para colmo en ese último año de filosofía aquella señorita de Paris hablaba de San Sulpicio ..

 

A comienzos de agosto de 1693, terminadas las lecciones, toda la familia Grignion partió para el campo. La carroza salió ruidosa de Rue Saint-Hélier: delante, no menos de trece Grignion entre pequeños y grandes, reducidos por la incruenta batalla de la ubicación en el carro tambaleante; detrás iba otra carroza con víveres y mobiliario, y cerraba la fila una caleza donde reinaba en su trono en medio de tules y ráfagas de viento, la veneranda institución parisina encarnada en la Montigny, que quería tomar una bocanada de aire limpio antes de entrar a la capital con Guyonne-Jeanne.

La alegre comitiva al ingresar en la carretera del oeste, levantaba los comentarios admirados de los ciudadanos. En el grupo resaltaban dos florecientes muchachas que parecían, al menos cuando nadie podía advertirlas, dedicadas a ayudar a la madre en el manejo de los hermanos menores. Y, una vez más, a última ahora, todos juntos llenaron los cuartos del Bois-Marquer, repoblando los senderos y los prados, llenando de gritos la quietud.

En aquellas vacaciones todos gozaron de esos meses, lejos de los estudios y de las preocupaciones que asaltaban a Rennes y cuantos debían vivir allí. No faltaban visitas ni huéspedes, naturalmente. Amigos de colegio, como Blain; parientes, como su tío sacerdote, y los antiguos conocidos campesinos de los alrededores.

Para Luis María serían las últimas vacaciones en la vida. Tenía veinte años, había superado brillantemente un curso de filosofía y ciencias, y estaba cerca al momento de dar una contribución válida a las finanzas de la familia. Lo necesitaban y lo iban preparando desde hacia años para esa realidad.

¿Y la vocación al sacerdocio? La madre habría dicho sí, acostumbrada como estaba a ver eclesiásticos en su familia. Pero ¿qué diría el abogado Grignion? ¡Hasta hoy, sólo dos brazos habían soportado todo el peso de la casa! Y si Luis María hubiera pedido hacerse sacerdote, dos todavía tendrían que haber seguido bregando por los años subsiguientes. Y sin embargo, había que hablarle y pedirle el esfuerzo de seguir todavía solo.

En la soledad absoluta de la parroquia de Iffendic, a donde Luis María bajaba cada día, el joven meditaba en todo esto. Cada día regresando por el sendero de los campos del Bois-Marquer, se sentía capaz de defender la propia causa. Pero apenas ponía los pies bajo la amplia bóveda del portal, acaba con dejarlo para más tarde.

Entre tanto escarbaba entre los volúmenes de la biblioteca paterna en busca de algún libro que lo acercara a la teología y a las materias eclesiásticas. Durante esa búsqueda cuidadosa, cayó en sus manos un texto un tanto fuera de lo ordinario ya por los textos ya por las ilustraciones, procedente quién sabe de qué viaje del abogado a París. Era un librillo ligero y sin más olvidado entre el polvo después de un recorrido rápido; pero no era obsceno y perverso como le pareció al joven colegial; quizás un tanto atrevido, y ciertamente poco indicado para completar la educación de tantos chiquillos que merodeaban por la casa. Luis María lo quemó e hizo bien. Sorprendido por el padre, se dio una pelea en plena regla. Pero deducir de esto que el abogado era un tanto o claramente un libertino, descuidado de los sacrosantos deberes de la educación, capaz de tener en casa obras escandalosas, está fuera de sitio. Era celoso de sus bienes, pero también intolerante ante las observaciones y críticas demasiado reformadoras del hijo, que era siempre hijo, aunque muy serio y tan maravilloso.

Finalmente Luis María se decidió y habló a su padre.

El historiador en este punto tiene que contentarse con suposiciones e ilaciones, casi como un viejo amigo de casa que a pesar de saberlo todo de todos, en cierto momento, mientras que todos hablan de cuanto habría que entender, se ve despedido puerta afuera, limitado al cuarto del lado con el único alivio de poder tratar de oír e intuir, ojalá primero, pero siempre en retraso. ¿Qué se dijeron los dos? ¿Qué argumentos puso el hijo de veinte años sobre la mesa y qué respuestas recibió? No hubo escenas, ni gritos, ni golpes de voz, ni resentimientos obstinados. Se ha novelado demasiado sobre el carácter del padre y el misticismo del hijo. Comprendemos que el abogado debió defender su propia causa, la gran causa de su vida, y hablar de fatigas y cargas, de proyectos derrumbados en un momento; enumeró uno por uno a sus once hijos, ilustrando para cada uno preocupaciones y esperanzas. Lo percibimos después de aquel coloquio, encorvarse más, más envejecido, más aislado, encaminado a nuevos compromisos, después de haber apartado forzadamente los ojos de la puerta de alivio hacia la cual se había dirigido...

Porque el abogado cedió; Luis María podía hacerse sacerdote, pero sin pedir a la familia que se hiciera cargo de la pensión. Si había que hablar de seminario, de San Sulpicio, se hablará sólo cuando se hubiera encontrado el dinero. Entre tanto, el curso teológico del colegio de Rennes podía bastar, tanto más cuanto que era gratuito. De París y del seminario de la Montigny se hablaría cuando la buena señorita que se había comprometido a hacerlo abrir para Luis María hubiera dado la noticia de sí. El Señor por ahora no podía exigir más al abogado Grignion: y si un día se lo hubiera pedido, ciertamente también le hubiera prestado una mano.

Fue así como al finalizar las últimas vacaciones en familia, a mediados de octubre de 1693, Luis María bajó a Rennes a matricularse en el curso teológico del colegio jesuita Santo Tomás Becket

 

 

 

Capítulo cuarto

EL CAMINO DIFÍCIL DE SAN SULPICIO

 

 

La egregia señorita de Montigny tardaba en hacerse sentir.

Había llevado consigo a París a la pequeña Guyonne-Jeanne (Luisa) que hacía poco había frisado los trece años. El pensamiento de la benefactora era el de ubicarla, después de una rápida preparación, en casa de alguna familia acomodada en calidad de dama de compañía. Todos los días hacía acudir a casa a enseñantes para hacerle aprender algo más que el acostumbrado leer y contar: un poco de literatura y cultura diferente y quizás música y algunas labores de tejido. Más tarde la enviaría a un pensionado para el repulimiento necesario, con el fin de capacitarla para emprender una carrera.

La preocupaba no poco la promesa hecha en Rennes y Bois-Marquer respecto de Luis María. No podemos creer, en efecto, que la patrocinadora de obras buenas quisiera hacer las cosas a medias: había dicho San Sulpicio y seria San Sulpicio, sino el Mayor, a menos el Menor, prácticamente idénticos en cuanto a la seriedad de estudios y de formación. Pero era necesario encontrar 260 libras y la Montigny no podía permitirse tanta munificencia. Luego de muchas dudas, decidió hacer viajar a Luis a París con urgencia, incluso para no hacerle perder el año escolástico y porque, una vez presente él en persona podría alcanzar con mayor facilidad las ayudas prometidas.

Luis María ya no lo esperaba. Al menos para ese año. La "tierra de los santos" –es la enfática definición que nos transmite Blain (21) y expresa la altísima estima en que se tenía a San Sulpicio– habría sido un sueño y la posibilidad de entrar en ella permanecía problemática para el futuro: «Había colocado allí el corazón, con la esperanza de andar allá personalmente... Pero ¿qué esperanza tenía de ir allá?...».

Luis no se había hecho ilusiones: las múltiples dificultades, la inmensa distancia y esa natural predisposición a no dar demasiada importancia a las promesas eran suficientes para disuadirlo. Acabamos de citar a Blain y lo seguiremos citando porque es el mejor testigo del momento.

La carta de la Montigny llegó, pues, inesperadamente. Muy vaga en el programa pero con una clara invitación a darse prisa. Y Luis María fue rapidísimo: el tiempo para avisar de su partida al colegio "donde habría podido hacer inmensos progresos" (c 8), para despedirse de los amigos dejando a Blain un festivo "¡hasta París!", y ¡listo! Se acomoda un vestido nuevo comprado por la familia para la circunstancia, echa al bolsillo los diez escudos (que regala inexorablemente con el vestido bueno apenas vuelve la esquina), estudia el itinerario, rechaza el caballo que le ofrecen, se despide de todos... y, ¡en camino, lo más pronto, quizás el mismo domingo 25 de octubre!

Tiene que recorrer 350 kilómetros, y a pie. Lo acompaña durante un tramo su hermano José y su tío sacerdote Alan. Hemos tratado de estudiar un tanto el itinerario: Rennes, Vitre, Alenzón, Verneuil, Versalles, París...

Hoy el recorrido es fácil y veloz; entonces imposible, era uno de esos que hacían maldecir a los ricos, al finalizar el verano, cuando las lluvias y pozos de agua obligaban a descender de las carrozas y ponerse a empujar con los lacayos para desatascarlas del fango. Y todo el camino de Luis María fue avanzando entre dolores y sufrimientos y fatigas que maravillan al ingenuo Blain. No pasaba la noche en albergues ni hospederías; vivía de limosnas y mendicidad, entre rechazos hirientes, adaptándose a pasar las noches en graneros o, si milagrosamente se abrían, en las casas curales. El promedio recorrido pudo ser de unos 35 kilómetros diarios. Es verdad que nuestro joven viajero tenía veinte años, pero 35 son siempre muchos. Caminaba con la cabeza descubierta, en oración y recogimiento, animado del espíritu de peregrino.

«Así, pues, como un viajero que tiene prisa de llegar a una ciudad importante, a la cual dirige rápidamente sus pasos, concentrado sólo en este pensamiento, cruza indiferente, sin detenerse a contemplar la belleza de las regiones que atraviesa, de la misma manera el misionero, desprendido como un San Francisco, camina a toda prisa hacia la celestial Jerusalén. Enamorado únicamente de los encantos de esta inmortal ciudad de paz y de gloria, sólo tiene ojos para contemplarla; no llamará pena a lo que le cuesta para llegar a ella ni placer a lo que puede apartarlo de ella.

Como otro San Pablo, no considera las cosas visibles, sino las invisibles, porque, se dice a sí mismo, las cosas visibles son pasajeras y perecederas, la muerte las arrebata cuando uno cree poder gozar de ellas, frecuentemente se pierden con amargura aun antes de la muerte; mientras que los bienes invisibles –esos bienes inefables que sólo pueden saborearse en la posesión de Dios– son eternos» (A los asociados de la Compañía de María, 12).

 

Llegó a las puertas de París hacia el 3 de noviembre: mojado, enfangado y aturdido por la fatiga. Otro biógrafo dice que encontró, «en un pequeño hueco de caballeriza, donde la Providencia le hacía llegar alimento sin irlo a pedir a nadie...» (Grandet, 193), el tiempo y forma para repulirse un tanto y recuperarse con el descanso. Lo más pronto que pudo, buscó y encontró la casa de la señorita Montigny. La solterona que hacía días había arreglado la manera de hacer saber al joven el cambio de seminario, haciendo los más vivos esfuerzos ante el relato del extraño comportamiento de viaje, tuvo el valor para anunciarle que se había hecho la matrícula, pero ya no en San Sulpicio, sino en el seminario Menor para Clérigos Pobres fundado por su antiguo párroco, el P. de la Barmondière, a quien lo había recomendado.

 

Al lado del famoso San Sulpicio se habían creado comunidades para acoger a los seminaristas más pobres y menos dotados; la de la Barmondière y, sólo más tarde, la del P. Boucher. Mejor que seminarios eran pensiones, pero con reglamentos inspirados en el de San Sulpicio y prácticamente dirigidos por sulpicianos.

De 1693 a 1694 Luis María permaneció así en la pensión de Claudio Bottu de la Barmondière. Era éste un sulpiciano, inteligente, doctorado en la Sorbona en 1662 con una tesis sobre la infalibilidad pontificia, y de familia muy rica. Había sido párroco de San Sulpicio, pero había fracasado en ello: obligado a renunciar por la poco cuidadosa administración, fue impulsado por el superior general Carlos Tronsón a fundar y regentar una sucursal del seminario. Los pensionados allí, «eran estudiantes que permanecían en comunidad cerca al seminario de San Sulpicio de Paris, para honrar la vida pobre, despreciada y de trabajo de Jesús en los treinta años de vida oculta, para prepararse a las tareas del divino sacerdocio bajo la protección de la santísima Virgen, de san José, de los santos Apóstoles y de los hombres apostólicos».

El titulo oficial de la pensión reencarecía, luego, las primeras líneas citadas del reglamento: Comunidad de los clérigos pobres. A éstos –siempre en el reglamento– se les sugería que la admisión al pensionado era una gracia «por la cual lejos de sentir vergüenza por la calificación de pobres, se sienten muy contentos de ella... Aprenderán cuidadosamente las máximas de la pobreza de Jesús y las meditarán... Para honrar la pobreza del Señor y todas las humillaciones que ordinariamente la acompañan, estarán dispuestos a practicar de buen grado, y hasta con alegría, las acciones que a los ojos de los mundanos se presentan como ruines y degradantes, como barrer, cargar y ordenar la leña, servir a los enfermos, trabajar en la cocina, en el refectorio, lavar los platos y cosas semejantes...».

 

La insistencia con la que cada página del reglamento exaltaba la pobreza hace pensar que la menor contribución brindada en el momento de la aceptación era en verdad poca cosa y que todos los servicios mencionados que debían realizarse "con gozo" eran simples compensaciones integrativas. La pobreza, de ese modo –era quizás la mentalidad de la época– se alzaba como una amonestación para recordarle al clérigo que no debía aspirar al mejoramiento de la propia situación, convenciéndolo de que era pobre y pobre debía mantenerse, sin esperar mucho de la vida. Se le enseñaba que «el tiempo (destinado) a alimentarse es peligrosísimo para la salud del alma...», que no se debe siquiera ocupar el espíritu con el pensamiento de la comida; y para aquellos clérigos que, inevitablemente impulsados por el hambre o la sed, se atrevieran a hacerles concesiones fuera de casa, existía oportuna o no, no lo sabemos, una norma regia: «No comerán ni beberán fuera de casa a no ser en caso de necesidad extrema (sic), ni sin haber pedido y obtenido permiso explícito...».

 

A nosotros, que miramos aquella docena de reglas para los pobres –sólo hemos citado alguna–, a nosotros acostumbrados a la caridad organizada en las debidas formas por el Estado y por la Iglesia, esa docena sugiere una duda atenazadora sobre la capacidad administrativa del riquísimo P. de la Barmondière, haciéndonos que nos coloquemos compactamente del lado de los beneméritos administradores de fábrica que lo habían despedido. El saber –y lo sabemos por Blain (33), que no mira al costo cuando se trata de elogiar a cualquier sulpiciano– que ese señor era un hombre santo, todo austeridad y penitencia, no nos ayuda a entender por qué mantenía a sus clérigos pobres en tan dura mortificación.

Luis María se sometió a esa humillación, porque humillación era.

No se sometió. La aceptó, con cordial entusiasmo.

La Montigny había hallado a una buena señora que se había comprometido a pagar algo durante los primeros momentos; pero el joven vivía en el espíritu de abandono filial y confiado en la Providencia. Partiendo de Rennes, dicen los primeros biógrafos, había hecho voto de pobreza porque sentía la llamada a la vida misionera desprendida y desinteresada; el viaje y la instalación inicial en París habían sido la entrada a la comprensión de las obligaciones del futuro apostolado; el reglamento de la comunidad en cuestión era un código de conducta, el encuentro con el P. de la Barmondière, elegido pronto como confesor y director espiritual, le hizo ver en él un modelo.

En ese primer año de seminario se consideró como novicio de la pobreza y de la penitencia; bajo la guía del sulpiciano saboreó los mordiscos en la carne y en el espíritu, ordenó ampliamente su ejecución aceptando sus rigores en la comida y en el vestido, añadiendo, con la autorización del confesor, los medios más austeros de la mortificación corporal.

Vio en la Comunidad una casa de la gracia, hasta escribir a Blain, que se había quedado en Rennes, una carta de términos vivos, entusiastas, patéticos y plenos de unción para convencerlo también a él, en el espíritu de la Biblia, de abandonar la casa, los parientes y todo para trasladarse a un lugar donde, «la virtud, desterrada del mundo, parecía haberse refugiado» (Blain, 22).

La austeridad y la penitencia no eran motivo para descuidar el estudio en casa del P. de la Barmondière: por el contrario, éste, además de ser maestro de vida espiritual, era también cultísimo y fortísimo teólogo. Seguía y examinaba a sus estudiantes, sobre todo mediante repeticiones: «Todos los días no obstaculizados, se tendrán conferencias y repeticiones de estudio, en el momento y forma fijados para cada materia, y todos asistirán puntualmente a ellas».

 

Pero, ¿dónde recibían las lecciones los clérigos pobres?

Las lecciones que frecuentaban eran las de la escuela de teología fundada en el interior de la universidad de la Sorbona. En 1650, en seno del ateneo, se había reiniciado un curso periférico que ostentaba erróneamente el titulo de Facultad de Teología y que de hecho no era otra cosa que un curso seminarístico (diríamos hoy) reservado a todos aquellos que no habían sido admitidos a los cursos académicos verdaderos y propios. Dado por docentes y maestros que no pertenecían a la sociedad de la Sorbona, dependía no obstante del rector magnífico. Incluso los alumnos no reconocidos como universitarios por los motivos que habían impedido su admisión a los cursos académicos (sobre todo por la pobreza: en la Sorbona existían sólo 35 puestos gratuitos...), podían aprovechar los locales y la ciencia dentro del círculo universitario. El rector magnifico presenciaba sin embargo, periódicamente, las disertaciones de la escuela de teología.

Las disciplinas enseñadas en dicha escuela eran: lectura de la Biblia, teología contemplativa, teología positiva y controversia (apologética). Para las materias más específicamente eclesiásticas, tales como liturgia, moral, derecho y canto gregoriano había que acudir a lecciones externas, quizás las de un colegio, el Navarre, por ejemplo.

Luis María avanzaba con lujo en el conocimiento de las materias teológicas, hasta ser considerado como uno de los oyentes más atentos y profundos.

 

Pero a la pobreza pedida por el reglamento se añadió la no exigida, la pobreza necesaria.

Dos tercios de los franceses vivían en el campo, pero el rendimiento de los campos disminuía siempre más. Uno solo era el término que dominaba la agricultura de la época: "grano", entendiendo con él todo cuanto podía convertirse en pan. Los cultivos de grano y de cereales que transformar en pan ocupaban casi todo el sector, hasta las localidades menos adecuadas. Y dado que el producto era único, el campesino era peligrosamente vulnerable: cada año que registraba una cosecha escasa, registraba por ello el derrumbe del bienestar en toda la nación.

Y el año de 1693 fue de escasas cosechas, seguido por tanto de un período de miseria y carestía casi totales. Un año así no había ocurrido desde hacía tres décadas, desde 1662. ¡Qué invierno tan tremendo fue aquel para Francia! La penuria se hizo sentir más «en la capital de las provincias que en las provincias mismas» (Blain 28s) .

Muchos clérigos, a quienes no podían sostener sus familiares o bienhechores, debieron pagarse la pensión con empleos en nada fáciles u honoríficos. Entre éstos se hallaba Luis María: la bienhechora quizás obligada por la penuria general o porque así lo definían los contratos, suspendió la ayuda. En la comunidad muchos se preguntaban cómo haría Grignion para superar la situación.

«No había pensado todavía en ello, convencido de que su verdadero apoyo estaba en Dios», afirma Blain (29). El P. de la Barmondière abrió el corazón y lo mantuvo abierto, pero Luis María tuvo que adaptarse como otros a las nuevas y durísimas exigencias.

A menudo –recuerda Blain, que hacía poco había llegado de Rennes– pasaba la noche velando muertos en la parroquia de San Sulpicio, con el fin de ganar algún dinero. Debían ser buenas realmente aquellas meditaciones; pero constituían notables pérdidas de energías físicas. Cada mañana había que entrar a clase puntualmente y estudiar y estudiar con seriedad, sin concederse un descanso decente ni tomar un adecuado desayuno. Las ganancias de tales vigilias fúnebres no debían constituir una copiosa entrada, dado que lo vemos obligado a pedir limosna a sacerdotes y prelados que pasaban por la casa. De esas colectas recogía cifras considerables; pero dado que, por caridad y mortificación lo compartía todo con sus compañeros, a él le tocaban las sobras. Entre tanto, para colmo, seguía con las maceraciones voluntarias.

El progreso intelectual y espiritual del joven era indiscutible. Blain, después de informarnos que la dirección espiritual del P. de la Barmondière podía compararse a la de un santo empeñado en hacer otro santo, recuerda que en la primavera el maestro confesó haber sido superado por el alumno, de manera que debía renunciar al cargo y orientar a Luis hacia uno más experto aún, el sulpiciano Santiago Baüyn.

Era éste hijo de un médico calvinista suizo. Enviado a París por su padre para que apartara a su hermano mayor del catolicismo al que se estaba convirtiendo hasta el punto que querer hacerse sacerdote, había fracasado en su misión y llegado a convertirse él mismo y hacerse sulpiciano. Blain –según su costumbre– elabora de él un entusiasta panegírico comparándolo con Francisco de Sales y san Felipe Neri y llamándolo «ángel sobre la tierra, y una de las personas más santas de los últimos siglos» (67), quejándose de que nadie hubiera querido escribir su biografía. Debía ser realmente un hombre de extrema penitencia. Luis María se confió a él ingenuamente, sometiéndose de lleno a las nuevas directivas, como un catecúmeno de la santidad.

Sólo sabemos que el P. Baüyn lo autorizó para aumentar el ritmo de las maceraciones corporales y el de las mortificaciones. Con qué criterio, en semejantes condiciones, no lo sabemos.

 

Ignoramos la fecha de la tonsura clerical del joven. Pero en julio de 1694, al terminar el primer curso de teología fue presentado a las órdenes menores. De acuerdo con las prescripciones canónicas y las costumbres de San Sulpicio, la ordenación debió ir precedida de ocho días de ejercicios espirituales en la casa de retiro de los hijos de san Vicente de Paúl, en San Lázaro.

La ordenación tuvo lugar el 18 de septiembre, sábado de las témporas de otoño...

A la salida de los ejercicios espirituales, Luis María fue sorprendido por una tristísima noticia: la muerte repentina del P. de la Barmondière, cuyos funerales tuvieron lugar el día 19 en la parroquia de San Sulpicio. Pero es mejor leer al respecto la carta que Grignion escribió a su tío Alan Robert, que le había hecho llegar algunas noticias de su familia entre ellas la de la muerte de su hermanito Ambrosio de cuatro años, acontecida en 24 de junio.

 

«¡El amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Con inmensa alegría recibí tu carta, tanto más preciosa cuanto que viene de quien tanto me ama.  Me informas en ella de una muerte. Pues, a mi vez, tengo que comunicarte otra: la del P. De la Barmondière, mi superior y director, que me hizo aquí tanto bien. Lo enterramos el domingo pasado en medio del dolor de toda la parroquia y de cuantos lo conocieron. Vivió como santo y como santo murió. Fundó el seminario en que me encuentro y tuvo la bondad de recibirme en él gratuitamente No sé todavía cómo se resolverán las cosas: si me quedo o tengo que partir, pues aún no se ha abierto el testamento. Pero pase lo que pase, nada me preocupa; tengo un Padre en el cielo que no me falla jamás. Que me condujo hasta aquí, me ha conservado hasta hoy, y lo seguir haciendo según su constante misericordia. Aunque no merezco sino castigos a causa de mis pecados, no dejo de implorar al Señor y abandonarme a su providencia.

No pude responder tu carta tan pronto como deseaba. Me lo impidió un retiro que hice en San Sulpicio para prepararme a las cuatro órdenes menores. Que, gracias a Dios, he recibido» (Carta 2).

 

El tono de la carta no logra ocultar la preocupación a propósito de la forma como se desenvolvería su preparación al sacerdocio. Para él podría ser el regreso a su familia y el adiós para siempre a San Sulpicio, quizás la renuncia definitiva a la vocación misionera apostólica.

Al abrir el testamento, se supo que la comunidad de los eclesiásticos pobres debía fundirse con el seminario Menor de San Sulpicio y que los seminaristas que pudieran reunir la pensión debían trasladarse allá.

Pero se debía reunir la enorme suma de 260 libras... Luis María que durante un año había permanecido casi gratuitamente en casa del P. de la Barmondière, ¡no podía encontrar en dos por tres la suma indicada! Con otros –entre ellos Blain– fue enviado... provisionalmente a otra pensión para clérigos paupérrimos.

San Sulpicio no quería perder a aquellos muchachos y, antes de despedirlos a sus diócesis, trataba de darles tiempo y posibilidad de recoger el dinero suficiente para ejecutar el testamento del difunto. Hizo cuanto pudo para que los clérigos se prepararan a ingresar –¡y permanecer!– en la comunidad del P. Boucher, donde la limosna y algún servicio externo podía bastar para pagar la pensión.

 

Blain, uno de los clérigos sin recursos trasladados con Grignion a la casa Boucher, resume en dos líneas el sentido de ese traslado: «La divina Providencia le brindó (entonces) un gran medio para avanzar en dicha ciencia (la de los santos), haciéndolo entrar en la comunidad del P. Boucher...» (56).

Nosotros también queremos decir muy poco acerca de esta permanencia de Grignion en casa del P. Boucher, pero debemos renunciar a un hermoso silencio con una excelente historia capaz de hacernos comprender las misericordias con las que Dios realizó sus designios.

Francisco Boucher, vicario un día de Chartres, sacerdote, doctor de la Sorbona había abierto desde 1677 una pensión para unos cuarenta clérigos paupérrimos al lado de la Universidad, con el nombre de Colegio de Montaigu. El estado de indigencia extrema en que tenían a los jóvenes aspirantes y una reflexión demasiado tardía del fundador mismo de la Communauté des pauvres écoliers, hizo que el P. Boucher con un acta del 1º de marzo de 1708 ofreciera 1.800 libras a San Sulpicio para que fortaleciera la institución. Reducida máximo a quince pensionados, fue trasladada dentro del recinto de los seminarios de San Sulpicio y sometida a una reforma general. En homenaje a uno de los primeros superiores que también la habían enriquecido, Felipe Roberto des Rouses, le dieron el nuevo apelativo de Robertinos.

Desafortunadamente, la reforma tuvo lugar cuando Grignion ya había partido. A creer a Blain –y ¿por qué no creerle?– los clérigos «se distinguían allí por su avance en la ciencia», quizás también a causa de la cercanía a la ciudad universitaria. Pero el tratamiento era claramente repugnante sobre todo en lo referente a la comida.

 

«Porque el alimento, tan pobre como todo lo demás, era entonces (antes de la reforma sulpiciana) muy pobre y desagradable. Y, al ir a tomar la comida, se podía fácilmente entrar en la actitud de aquel gran santo que dice que hay que ir a la mesa como a una especie de tortura, "ad mensam tamquam ad patibulum". La carne de desecho y de lo que no compran en las carnicerías sino los más miserables, se repartía en pequeñísimas porciones. Y aun cuando la porción que se recibía fuera abundante, nunca se tenían tentaciones de intemperancia, ni de gula, en presencia suya, porque, al sólo verla, ya calmaba el apetito que uno pudiera tener. Y era necesario tenerlo en cantidad y hacerse gran violencia para comer, entre continuas náuseas, una carne contra la cual el estómago se rebelaba, amenazando devolverla en seguida.

Yo mismo lo he experimenté, por haber pasado algún tiempo en dicha comunidad. Es la que actualmente está junto al seminario menor, pero todo ha cambiado en ella.

Cada estudiante se proveía de pan: de suerte que lo escogía y disponía de él a su gusto. En cuanto al agua, no se la escatimaba. En ello la comunidad era muy generosa, porque en esos tiempos, allí no se conocía aún el vino. Los días de abstinencia no perjudicaban a aquellos en que se comía carne, porque no ofrecían sino, o raciones de arroz cocido en agua y con muy poca leche, o nabos y habas sazonados de la misma manera.

Para cocinar así, sólo se necesitaba la mano de los estudiantes. De suerte que cocinaban, cada uno por turno. Y si se me permite reír en algo tan serio, diría que todos tenían el placer de envenenarse, por turno» (56-58).

 

Tampoco nosotros queremos reír, aunque tanta insistencia del canónigo Blain (de fácil memoria en lo referente a la comida) nos hace sonreír, y no huele a parcialidad en favor de la reforma realizada en seguida por el maravilloso San Sulpicio... Pero dado que afirma haber vivido esa vida de avanzada con virtud mucho menor que la de Luis María, nos sentimos desconcertados.

Éste asumió la mísera situación con la heroicidad de adaptación que necesitaría más adelante para sentirse más cerca de los pobres que debía evangelizar. Y, no obstante, al leer una carta que escribió el 11 de julio de 1695 advertimos cierta ansia de mejoramiento y el hecho de que nunca haya hecho la menor alusión a esta comunidad del P. Boucher nos lleva a sospechar que también él prefiere olvidar un recuerdo tan penoso.

Dada la lejanía de San Sulpicio tuvo que abandonar la dirección espiritual del P. Baüyn y escoger como director a un tal P. Prévost, sin más identificación. Pero prosiguió macerándose inmisericordemente en conformidad con los permisos concedidos por el P. de la Barmondière y por el mismo P. Baüyn. El resultado de semejante ritmo exterior e interior se desencadenó en el invierno de 1694-1695. Estaba de turno en la cocina cuando se sintió mal. Convencido de tener que guardar cama y recibir cuidados medicinales, escondió el cilicio debajo del colchón. Pero el inabordable Boucher que a las malas toleraba a los sanos, sentía terror a los enfermos, por lo cual se desembarazó de él a la carrera: «Tan pronto cayó enfermo, fue llevado al hospital...», escribe Blain (59).

Hemos escrito que se desembarazó de él, porque meter a aquel muchacho de 22 años en un hospital de caridad de pobres anónimos y abandonarlo al único remedio de frecuentes sangrías –medicina gratuita y de amplio uso, en ese tiempo– significaba que dejara de fastidiarlo si no para siempre, al menos por largo tiempo. La salud del seminarista, ciertamente, no era la misma de hacía dos años, y la salud del cuerpo castigado cedió: llegó al umbral de la muerte.

Ninguno pareció preocuparse en la familia Grignion. El único que se dio cuenta fue el mismo moribundo, quien entre delirios logró convencerlos a todos que no dijeran nada a sus familiares, ni siquiera a su hermana que vivía en París.

Él se consolaba con el pensamiento de hallarse en la Casa de Dios, tomando en serio esa denominación francesa dada a las instituciones para el sufrimiento: "Hôtel-Dieu". Se consolaba, pues, sabiendo que había caído en manos de la Providencia más de cuanto hubiera podido desear.

Se preparaba para la muerte entre el mudo estupor de las religiosas y de los amigos que iban a visitarlo. Sobre todo de las religiosas que del estupor pasaron rápidamente a la veneración, hasta sacarlo de la sala común y colocarlo, después de algunos días, en la sección reservada a los sacerdotes, aunque no era ordenado in sacris. Su piedad y altísima virtud le ganaron así una asistencia especialmente de parte de las religiosas.

Blain, que nos contó toda la historia «después de no contarlo ya entre los vivos», recuerda la estupefacción experimentada al oírlo afirmar que no moriría (63).

 

 

 

Capítulo quinto

SAN SULPIClO TIERRA DE SANTOS

 

 

Se sentía en Francia la necesidad de una reforma eclesiástica que, para ser válida y duradera, regulara la elección de los candidatos. El Concilio de Trento desde hacía decenios había señalado la urgencia de la solución a dar al gran problema.

Italia había tenido a san Carlos Borromeo.

Pero Francia nada.

Dolorosamente ya en 1660 el obispo de Vance, Goudeau, había escrito: «El llamado por Dios va al claustro como a una sagrada tumba para morir a las vanidades del mundo; quien se compromete en las órdenes sagradas ni lo hace para obtener beneficios que por su naturaleza lo comprometen o, como ciertos pobres, asume la más santa de las profesiones de la tierra como un oficio de poltronería... Por el solo hecho de que un joven sepa suficientemente el latín para explicar un tanto el evangelio en la misa y comprender el breviario, se lo considera idóneo para ser elevado al sacerdocio...» (Traité des Séminaires, Aix 1660, c V, p 80).

 

El clero al que más había que formar en primer lugar era precisamente el pobre y más necesitado, por ser el más masificado e improvisado. Pero la institución de los seminarios era poco bien vista por los candidatos que no querían ser hechos hermanos y por los parientes que tenían miedo de la abolición de los antiguos privilegios y ganancias. Y la mayor dificultad que era la de encontrar a quienes colocar al frente de esos seminarios. San Francisco de Sales confesaba a su amigo Bourdois: «Me he fatigado durante diecisiete años, porque durante tanto tiempo he tenido la osadía de esperar, para reformar el clero de mi diócesis, pero sólo he logrado formar sacerdote y medio; y no he pensado en las Visitandinas, sino cuando perdí toda esperanza respecto de los sacerdotes...».

Los grandes reformadores, antes de dedicarse a la creación de los seminarios, fundaron Compañías o Congregaciones de sacerdotes santos y sabios para ponerlos al frente de las futuras instituciones. Es el tiempo de Berulle, Bourdoise, de Condren, san Juan Eudes, san Vicente de Paúl. Por fortuna casi todos los obispos colaboraron poniendo juntos, incluso, capitales y personal para seminarios regionales. Algunas diócesis tuvieron así dos o tres seminarios, y París, en 1696, doce incluidos tres de lengua inglesa.

El seminario de San Sulpicio toma el nombre de la magnífica parroquia que forma ángulo entre la Calle des Aveugles y la Calle Férou, a algunas centenas de pasos del palacio de Luxemburgo.

Juan Santiago Olier, fervoroso misionero popular luego de un primer esbozo en la Calle Vaugirard, convertido en 1642 párroco de San Sulpicio, fundó ese instituto para elevar la calidad del clero francés. Olier propuso para la obra una Congregación religiosa restringida destinada a la formación de los sacerdotes seculares a través de los seminarios.

El sistema formativo de los sulpicianos se fundaba en la división de los clérigos en grupos: colegiales, pequeños, grandes y teólogos, y en la participación de todos en los oficios y en los ejercicios del seminario. Ningún medio disciplinar donde era suficiente la poderosa llamada del deber de la vida interior, a través de la dirección espiritual. Incluso después del período de seminario era obligación para los sulpicianos acompañar a los clérigos ya sacerdotes, con reuniones de formación actualizada intelectual y sobre todo con encuentros espirituales.

Cuando se habla de seminario no debe entenderse en el sentido de los que existen hoy: San Sulpicio era una pensión para clérigos, para sacerdotes que buscaban dedicarse sobre todo a la vida espiritual y, dado que solamente para el colegio de los filósofos había escuelas internas, predominaba la vida espiritual, que sobresalía e informaba toda actividad seminarística. El periodo de permanencia en San Sulpicio variaba según las peticiones e intenciones personales de cada alumno: de ocho días a algunos meses, de un año a cinco, a diez...

El complejo del seminario comprendía: el Seminario Mayor, llamado Grand Saint-Sulpice, el Menor de los filósofos y de los menos dotados, llamado Petit Saint-Sulpice, y otras comunidades sobre el modelo de pensiones como la del P. de la Barmondière y de los Robertinos, con reglamentos inspirados en el de San Sulpicio y con superiores casi siempre sulpicianos. Sucursales de las instituciones parisinas existían por todas partes en Francia pero limitadas a la formación del clero, con la ayuda a veces, de grupos misioneros. Importante entre éstas era la residencia de Issy, en las afueras de la capital, destinada a los ejercicios espirituales y a casa de descanso.

Tras la muerte de Olier la comunidad de los sulpicianos se había divido claramente en dos ramas: la Communauté des Prêtres de la Paroisse de Saint-Sulpice y la Congrégation des Séminaires, cada una con superiores propios e independientes. La más difundida naturalmente, era la segunda, guiada por un superior general, con filiales no sólo en Francia sino también en Canadá.

San Sulpicio había nacido del corazón de un misterio, de un veterano de las misiones al pueblo, Olier que en largos años de predicación había entendido que para hacer el bien al pueblo había que sanar primero el estado del clero. Los sacerdotes formados en el seminario eran apreciados y requeridos por la solidez de la doctrina y la seriedad espiritual, tanto que la Asamblea del Clero de 1651 había definido a los sulpicianos de Olier como los Sacerdotes del Clero de Francia.

La obra de Olier no iba destinada a sustituir a los seminarios diocesanos, ¡todo lo contrario! Preparaba a los sacerdotes de cualquier diócesis y región, como especialistas en diferentes actividades, pero en forma superdiocesana, de modo que los sacerdotes ordenados no eran devueltos a su diócesis de origen, al menos en el principio, sino a dondequiera que se necesitara la presencia de fuerzas nuevas. Para ello, todo muchacho era ampliamente estudiado y preparado, y los sulpicianos a pesar de no serlo jurídicamente, eran siempre considerados responsables de la conducta de los propios exalumnos y su juicio y su aprobación eran requeridos normalmente por los obispos y por los vicarios generales.

¡Era una excepcional... oficina de colocación para los obreros del Señor! Y de ordinario sabía ubicar excepcionales obreros de la viña.

Fuera del Hôtel-Dieu y dentro de San Sulpicio, alguien se preocupó de Luis María. Quizás por aquella enfermedad de meses. por el peligro de muerte, por el peligro de muerte, alguien se decidió a empeñarse seriamente en la recuperación de Grignion. Antes que nadie los sulpicianos.

Después de haberlo enviado provisionalmente a la comunidad del P. Boucher, parecían haber olvidado la promesa velada o abierta de hacerlo admitir en el Seminario Menor. El primer problema era el de encontrar el dinero necesario para pagar la pensión y abrirle la puerta para no dejarlo caer de nuevo en manos del susodicho Boucher. Brenier, superior del Seminario Menor, de acuerdo con los superiores centrales, sobre todo con el general Carlos Tronsón, se dedicó a trabajar entre los diferentes conocidos y pescó –ésta es la palabra– a una excéntrica señora que fácilmente se dejó convencer.

La esposa del marqués Yves d'Alègre, el general que se distinguió en la batalla de Fleurus y fue elevado luego a mariscal de Francia en 1620, era «devota singularísima no carente de espíritu y de ideas» dice San Simón. Hermosa, riquísima y romántica había suscitado una increíble ola de habladurías a causa de la mojigatería llevada hasta el infantilismo. Madame de Sevigné se deleita en referir los pormenores y por ella nos informamos de que la d'Alègre, en la imposibilidad de pagar cerca de doscientas mil libras gastadas en cuadros de piedad, había tratado de huir a la Tebaida. Detenida a tiempo por el cardenal de Coislin, ridiculizada luego por todos, acabó con saldar la deuda y regresar a la razón.

Entre tantas de sus extrañezas pietísticas, había algo bueno: por ejemplo había fundado una beca para algún clérigo pobre de la comunidad del P. de la Barmondière que quisiera pasar al Pequeño San Sulpicio. No le quedó difícil al P. Brenier convencer a la dama de que destinara la suma (160 libras) al resucitado Grignion.

El P. Baüyn, por su parte, encontró la forma de integrar la cifra con un encargo en la familia Mortemart. ¿Caridad o remordimiento? Difícil decirlo.

Dado que todos los miembros de aquella famosísima familia, una de las más conocidas por méritos y defectos en toda Francia, tuvieron que ver con Luis María Grignion, nos limitaremos aquí a ofrecer los nombres, reservándonos hablar más en particular cada vez que alguno de ellos entre en relación con nosotros.

El duque de Rochechouart-Mortemart había tenido cuatro hijos: Athenais de Tonmay-Charente (amante de Luis XIV), Gabriela (abadesa de Fontevrault), la señorita De Thianges y el almirante de Vivonne.

La viuda de éste último fue quien se interesó por Grignion en este momento: la duquesa de Mortemart y baronesa de Gué-Voyer podía disponer de la asignación de una renta de cien libras para la celebración de misas en la parroquia de San Julián de Concelles, diócesis de Nantes. Por intermedio de Baüyn, la duquesa escogió como beneficiario al clérigo Grignion el 17 de marzo de 1695. Pero como éste no celebraba, le hicieron firmar un acta notarial del 18 de mayo siguiente por la cual se encargaba al sacerdote Maturín Vivant de la celebración de las misas. Cuando el obispo de Nantes dio su propia aceptación, Luis María con otra acta notarial aceptó oficialmente el beneficio. Presentemos casi en su totalidad el documento para deleite de los cultores de la burocracia de todos los tiempos.

 

«Hoy, miércoles 15 de junio de 1695, en virtud de las Letras de colación y de vistos concedidos por Monseñor ilustrísimo y Reverendísimo, el obispo de Nantes al señor Luis Grignion, clérigo tonsurado, que vive en París en el colegio Montaigu, en casa del P. Boucher, parroquia de San Esteban del Monte, ha tomado posesión de la "capellanía de nuestra Señora", fundada y mantenida en la iglesia parroquial de San Julián de Concelle, que ha permanecido vacante por la muerte del difunto señor sacerdote Juan Henry, último titular de la misma; en base de la nominación hecha para la mencionada capellanía en favor del susodicho señor Grignion por la señora duquesa de Mortemart como Baronesa del Gué-Voyer el 17 de marzo pasado.

Yo, Jacques Gendron, notario real y apostólico de la Corte y Diócesis de Nantes, de la ciudad de dicho lugar y residente en ella, parroquia de Saint-Denis, (aquí) suscrito, he notificado a todos los interesados que he colocado e introducido en uso real actual y posesión corporal de la antedicha capellanía denominada la Gran Capellanía de Nuestra Señora, al venerando y discreto (= reverendo)  señor Maturín Vivant, sacerdote vecino del susodicho pueblo y parroquia de San Julián de Concelle, haciendo y estipulando por el mencionado señor Grignion, provisto de dicha capellanía, siguiendo y a los fines de la procura acaecida en París el 18 de mayo último en favor del antedicho señor Vivant.

(Declaro) que en presencia mía y de los testigos abajo especificados, éste, habiendo entrado en la iglesia parroquial de San Julián de Concelle, revestido de sobrepelliz, hecha una aspersión con agua bendita, plegarias y oraciones ante el altar de Nuestra Señora, que se halla en esa iglesia y sobre la cual se ejerce la dicha capellanía, y luego de besarlo, tocadas las campanas y hechos todos los actos requeridos: y habiendo subido al altar de la mencionada iglesia, di lectura a todo lo anterior con voz alta e inteligible, con el fin de que nadie pueda llamarse a ignorancia; y en seguida, trasladado a una pequeña casa ubicada cerca al mencionado pueblo dependiente de la capellanía de la que el mencionado señor Vivant nos abrió la puerta de aquella habitación y luego de volver a cerrarla, arrancó la hierba y cortó la leña del mencionado lugar.

Como se ha dicho, todo sin perturbaciones ni oposición de nadie; y realizado esto en presencia del señor René Vivant, notario y canciller de la jurisdicción de Gué-Voyer y del señor Julián Guernichen, señor de La Daboiserie, notario y canciller postulante de dicha jurisdicción, que viven separadamente en dicho pueblo y parroquia de San Julián de Concelle.

Hecho todo en torno a las once de la mañana del susodicho día 15 de junio de mil seiscientos noventa y cinco.

 

Firmado:                                                                                          Vivant, sacerdote

Guernichen                   R. Vivant                      Gendron

 

 

Deducidos los gastos y las compensaciones que debían darse al sacerdote delegado, quedaba todavía una renta de algunas decenas de libras. Lo que faltaba para alcanzar la cifra total fue dado personalmente por el P. Brenier. Armado con sus 260 libras, Luis María estaba en capacidad de entrar en el Seminario de San Sulpicio, en la tierra de los santos a la cual se había trasladado dos años antes y a la que había dirigido el corazón antes que los pasos.

En el Pequeño San Sulpicio donde –decíamos– era superior el P. Brenier, fue recibido Luis María con una ceremonia especial que culminó en la recitación de un Te Deum de toda la comunidad. En una palabra, «fue recibido como un ángel del cielo», exclama enfáticamente Blain (66).

Estamos a fines del verano de 1695.

 

La vida de seminario de Grignion halla finalmente un ritmo regular, humanamente sereno, en un ambiente en el que orar y estudiar son las ocupaciones ordinarias, carentes de preocupaciones que podrían distraer de la íntima espera del sacerdocio. En San Sulpicio encuentra a algunos compañeros de... martirio del Colegio Montaigu, entre ellos Blain y casi todos los clérigos de la comunidad del P. de la Barmondière.

Por decisión de los superiores –y cuenta habida de las condiciones del convaleciente y de la existencia en colegios cercanos de escuelas adecuadas, dado que los seminarios de San Sulpicio no poseían escuelas internas al menos hasta 1780–, los estudios no se hacen más en la escuela de teología de la Sorbona y siguen siendo sólidos y provechosos.

Los últimos cuatro años de preparación al sacerdocio son importantísimos para comprender la personalidad del futuro misionero y constituyen, por tanto, un período decisivo, mantenido en la sombra y expuesto a interpretaciones equivocadas por casi todos los biógrafos.

 

«Te ruego decir a la señora B. que recibí su paquete de cartas para el señor obispo de San Maló. Querido tío, te confieso que estos encargos me molestan y hacen revivir al mundo.

Pluguiese a Dios que me dejen en paz como a los muertos en la tumba o al caracol en su concha. Pues, mientras se queda escondido en ella, parece algo. Pero, en cuanto sale, es todo inmundicia y fealdad.

Eso soy yo, y aún peor, pues echo a perder cualquier empresa en cuanto intervengo en ella.

Te pido, entonces, en nombre de Dios, que no te acuerdes de mí sino para encomendarme a él...» (Carta 4; BAC 72)

 

Estar en la sombra o dentro de la concha, no quería decir esconderse y apoltronarse. En lo oscuro de aquellas moradas de humildad, Luis María despide rayos de vitalidad interior. El artífice de esas realizaciones sobrenaturales después de Dios es el director espiritual escogido por Luis en la primavera siguiente a su ingreso, el P. Francisco Leschassier, superior del Gran San Sulpicio.

Había nacido en 1641 de una antigua familia de senadores. Hombre de pequeña estatura y físicamente débil, poseía, sin embargo, una profunda inteligencia de administrador y dirigente, perfeccionada por dotes adquiridas de grandeza, es decir, por el equilibrio de un carácter fuerte y personalísimo. Fue Sulpiciano de extraordinario mérito y rara virtud. La inscripción que se lee bajo su retrato de la época, así lo describe: «Francisco Leschassier, Sacerdote, Doctor y Decano de la sagrada Facultad parisina, cuarto superior general del Seminario de San Sulpicio, anciano desde la niñez por las costumbres y la prudencia, sagaz en la reflexión, parco en las palabras, raudo en actuar lentamente, tanto más conocido fuera de casa cuanto oculto dentro de ella. Fue tenaz en conservar intacta la familia a él confiada en la piedad y fe hereditarias».

 

A la muerte de Carlos Tronsón, fue elegido al cargo de Superior general del instituto sulpiciano el 26 de marzo de 1700 y en él permaneció hasta 1725. Gobernó la Congregación con una máxima tomada de san Gregorio Magno: Dominentur nobis regulae, non regulis dominemur: Que nos dirijan estas reglas y no dominemos a las reglas.

Todo Leschassier se encuentra en esta máxima. Sabía aceptar de lleno las normas de la vida comunitaria y social. Las de la vida religiosa e incluso las del ambiente civil en que vivía. Con la convicción y decisión de formar sacerdotes que estuvieran siempre y en todas partes a la altura de su propia tarea, tenía ideas vigorosas y precisas en materia de etiqueta y compostura humana. Desconfiaba pues, por principio, de cuanto olía a extraordinario y singularismo: detestaba de corazón a los excéntricos y a los extravagantes. No porque estuviera persuadido que las reglas místicas tenían que adaptarse a las reglas comunes, sino porque creía sólo en la santidad constituida sobre la vida normal y antes que nada sobre el éxito feliz. Había estudiado seriamente las sendas de la perfección y de la ascesis, al menos cuanto le bastaba para ser excepcional como director espiritual; pero había aprendido mucho por el conocimiento directo de la inmensa cantidad de exaltados que pululaban por toda Francia. Era muy realista y práctico como para ir a seguir corrientes jansenistas y quietistas que se salían del sendero de la espiritualidad más comprobada y canonizada. Supo oponerse resueltamente a las infracciones galicanas hasta erguirse contra el arzobispo de París, el cardenal De Noilles.

Nunca se había aventurado a caminar por el sendero de las penitencias corporales, convencido de que se podía llegar a ser santos con la aceptación rígida del reglamento y la sólida ordinaria virtud, tanto mas sólida cuanto mas ordinaria. En los Avertissements compuestos por él y distribuidos a los superiores, leemos: «IV - No seguir vías extraordinarias, sino guiarse y guiar a los demás por la senda de las sólidas virtudes, sin quedarse jugando con las visiones y revelaciones privadas».

 

Francamente este hombre nos agrada. Todos querríamos hallar en los directores espirituales y en los confesores el equilibrio humano y moral tan abundante en él.

Ante todo quiso conocer a su dirigido.

Lo estudió minuciosamente para descubrir las verdaderas causas interiores de ese carácter fuerte y de ese comportamiento singular en la oración, en la penitencia, en la caridad y en la devoción a la Madre de Dios. No fiándose de su juicio personal y para poder controlar en la vida práctica la solidez de aquella virtud, no obstante seguir dirigiendo a Luis María, encargó al P. Brenier de descubrir y derribar en él todo apego de amor propio y de soberbia en el comportamiento exterior, reservándose profundizar el examen después de aquella premisa. En otras palabras, quiso saber por medio del superior del seminario si acaso el comportamiento del clérigo Grignion tenía cualquier repliegue de orgullo y de ostentación.

Brenier aceptó el encargo y puso manos a la obra. Él sintonizaba con esa tarea: pertenecía a la escuela ascética de Carlos Tronsón, «aquel gran hombre tan conocido por su profunda sabiduría y por su eminente santidad», y por tanto formado en las bases más seguras de la perfección: «Brenier era un santo y su virtud dominante era la humildad... Nadie, además, conocía mejor que él los caminos del amor propio ni sabía mejor que él tenderle trampas y ponerlo al descubierto... Sabía, cuando se lo proponía, hacer temblar a los más fuertes con una sola mirada o una sola palabra...» (Blain, 127ss).

 

Naturalmente Blain abunda siempre en elogios a los sulpicianos, pero aquí le creemos. Brenier atacó a Luis María de todos los modos y por todos los lados en que se lo podía considerar más susceptible, y «le decía cuanto más punzante y apto para mortificarlo y humillarlo podía imaginar...» Hasta que pudo entregar su informe a Leschassier. Se retiró después de seis meses: «...A ello había dedicado todo su arte. Había agotado en ello cuanto poseía de ciencia en ese género, sin haber podido derrumbar la constancia del virtuoso seminarista...» (Blain, 131).

Se retiró orgulloso de haber gastado bien aquel Te Deum rezado en la capilla el día de la entrada de Grignion al seminario. Se retiró, pero no derrotado, como gritara alguno: convencido, más bien, y satisfecho de haber encontrado un elemento digno de la mejor tradición eclesiástica y sulpiciana. Fue el regreso a la acción profunda, interior, y ahora le tocaba a Leschassier. Tenía en mano un dato ciertamente seguro: Grignion no era un simulador orgulloso. El estudio del alma que avanza hacia la perfección comprende el conocimiento de los defectos, de las inclinaciones, de los gustos y también de las gracias y dones. Conocer los defectos de Grignion fue fácil, porque él mismo se los andaba exponiendo cándidamente, dejando leer en el propio corazón "como en un vaso de agua", como lo pedirá a sus misioneros (Reglas, 20).

 

Siendo norma del seminario que todo clérigo visitara al director espiritual una vez al mes para darse a conocer íntimamente. Luis María llegó a tal exageración en el temor, que una vez al mes no le era suficiente para dar a conocer su propia conciencia –que según el debía ser nauseabunda...–. Corría en busca del P. Leschassier varias veces al mes. Leschassier, hombre de la regla codificada, lo despedía inexorablemente sin escucharlo, todas las veces no contempladas en el reglamento.

«Si no me equivoco, la conducta del P. Leschassier era particular respecto de Luis Grignion. Mantenía a rienda todos sus anhelos, incluso, los más piadosos y espirituales y, a veces, suspendiendo su ejecución, otras, retardándola, morigeraba su ardor y extinguía cuanto de humano se mezclaba en ellos. Lo acostumbraba a sacrificar a la obediencia todo lo demás» (Blain, 108s).

Además, en materia de penitencias corporales y de cilicios era férreo. Quizás el recuerdo de los últimos meses y de los desastrosos resultados, pero sobre todo la necesidad de frenar en la obediencia lo que debía ser el mayor impulso de santificación, donde la decisión personal podía arrastrar hacia la complacencia de la ofrenda sangrienta, orientó a Leschassier a una impostación nueva.

«Comenzó (por tanto, desde el comienzo) a moderar las austeridades y a prescribirle un reglamento más suave y menos asesino (sic) del practicado hasta entonces y lo reorientó lo mejor que pudo al sendero de la vida común, persuadido de que las mortificaciones corporales son nocivas si carecen del buen sentido y del ejercicio de la voluntad. Decía san Francisco de Sales: "Hay que castigar al culpable que es el espíritu, antes que mortificar el cuerpo que es inocente"...» (Grandet, 12-13).

 

No abolió las penitencias, sino que las reguló. Gracias a cartas posteriores a este período aprendemos que Luis María siguió macerándose incluso bajo la guía de Leschassier.

El juicio del prudente director no podía ser completo sin un conocimiento exacto de las gracias y de las virtudes de Luis María, y el solo hecho de quererse informar al respecto habla en favor de la sabiduría del sulpiciano: «Podía estar seguro de que Luis Grignion había llegado a un grado sublime de unión con Jesucristo, porque... Le encargó escribir sobre el tema...» (Blain, 196).

Blain está bien informado y la deducción que saca es ciertamente oportuna. ¡El P. Leschassier no habría confiado ciertamente un informe espiritual a alguien que no esté en sus cabales! Es lastima que ese informe no nos haya llegado ni conozcamos tampoco las conclusiones de Leschassier. De todos modos, estamos de acuerdo con Blain: «Leschassier conoció perfectamente sus gracias y sus virtudes: sometió e hizo someter a prueba su espíritu de todas las formas posibles. Sé que aferró, por decirlo así, a Luis Grignion, en todos los sentidos, y que lo estudió a fondo» (Blain, 103s), para llegar a la conclusión bien diferente de aquella a la cual han llegado otros. Reléanse a propósito las reflexiones del mismo Blain: «La divina Providencia, que quería perfeccionarlo en la ciencia de los santos, lo llamó a París para instruirlo en la escuela de las más puras virtudes eclesiásticas. Hablo del seminario de San Sulpicio, donde el que quiere ser santo encuentra los mayores modelos y los más expertos guías de la perfección... (20).

Puedo afirmar que no había procedimiento más adecuado para hacer avanzar en la perfección al seminarista que el P. Leschassier, el hombre más equilibrado del mundo, el hombre más alejado de cualquier exageración del temperamento y de la gracia» (Ib., 107).

 

La confianza de los superiores, luego de los severos controles de los dos maestros de perfección, se manifestó en una serie de encargos especiales. Lo nombraron ceremoniario jefe, con la tarea de cuidar del altar de Nuestra Señora en la iglesia parroquial de San Sulpicio, dándole la posibilidad de expresar en el culto exterior ese profundo sentido de piedad que lo animaba en la devoción a Jesús y a María de los cuales hablaba continuamente.

Le dieron, además, el cargo de bibliotecario del mismo seminario. Fue el cargo mas útil e importante: Luis María se había manifestado siempre como un joven de rápida inteligencia, amaba el estudio y profundizaba seriamente en las disciplinas escolásticas. Hemos tenido ya ocasión de observar que en él la piedad no quitaba nada a la ciencia. Al confiarle tales oficios los sulpicianos intuyeron sabiamente que debían orientarlo a la asimilación de los motivos teológicos e ideales de la piedad misma.

De su trabajo de bibliotecario nos ha llegado un testimonio de archivo: el catálogo general (aunque incompleto) de los volúmenes de la biblioteca de San Sulpicio escrito de su mano. Añadamos aquí dos afirmaciones que hallamos a propósito en sus obras: «Protesto abiertamente que, aunque he leído casi todos los libros que tratan de la devoción a la santísima Virgen..., no he logrado conocer ni aprender una práctica de devoción semejante a la que voy a explicarte...» (VD 118).

 

La otra afirmación en la misma obra (VD 41), donde habla de "una extensa colección" de textos de los santos Padres y doctores sobre la devoción mariana.

Esta afirmación, no carente de énfasis, encuentra su confirmación en un Cahier de notes o Cuaderno de apuntes, recopilado casi todo en este periodo y que proseguirá durante toda la vida. Se trata de 314 páginas de folios doblados y cosidos con hilo sencillo, sin introducción, tardíamente revestidas de una carátula de color amarillogrís. Elaborado sin un plano preciso de trabajo, como una colección de anotaciones, en un primer momento, curiosas y escolásticas y ,luego, críticas, enumera puntos de vista y citas pertenecientes a 25 obras sobre la devoción mariana y sobre la unión a Jesucristo.

La facilidad de consultar libremente la buena biblioteca de los sulpicianos favoreció la búsqueda, animándolo a leer mucho. Su amigo Blain recuerda (51) que «casi todos los libros que tratan de la vida espiritual pasaron por sus manos».

 

Otra tarea lo designó como catequista de un millar de gamines reunidos periódicamente en la parroquia de San Sulpicio. Fue el primer trabajo misionero y los sulpicianos, reconocieron así su vocación de apostolado. No conocemos el programa de este oficio, pero por testimonio fidedignos de compañeros incrédulos y hostiles que lo quisieron ver y oír en acción, sabemos algo a cerca de los frutos: lograba hacer reflexionar y conmover. Advirtamos, además, que esa actividad había sido creada y ejercitada por Olier en persona, y sustituir a semejante maestro significaba que lo reconocían, al menos, como óptimo discípulo.

Por su marcada piedad mariana, le dieron autorización para fundar un grupo interno de devotos de Nuestra Señora, a saber, la Sociedad de la esclavitud mariana, cambiada luego, tras consejo de Tronsón, en la Sociedad de esclavos de Jesús en María. Hasta 1704, en casi todas sus cartas, Luis María firmara con este apelativo.

Por último, durante el verano de 1699 fue designado para representar al Seminario en la peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Bajotierra en la catedral de Chartres. No fue un encargo especial, porque le tocó por turno ese año. Como sabemos con plena seguridad, hizo esa peregrinación en forma especial, por devoción y recogimiento.

Otra concesión importantísima que le hicieron al seminarista Grignion: poder comulgar cuatro veces por semana. En verdad mucho, para la época.

 

Mientras Luis María se preparaba tranquilamente al sacerdocio, en la casa Grignion había grandes novedades. José, el segundo hijo, se había hecho dominico y sacerdote. Luego de haber estudiado con el hermano mayor en el colegio de Rennes, había entrado en el convento de la Buena Noticia; tras pasar a Dinán para el noviciado y los estudios superiores, había sido ordenado sacerdote en febrero de 1698. Un fragmento de una carta escrita por Luis María, recién llegado a la casa del P. de la Barmondière (1693-94) le hacía saber lo siguiente: «Digan a mi hermano José que le pido que estudie con empeño. Así llegará a ser el mejor de la clase. Para ello debe colocar sus estudios en manos de su bondadosa Madre la Santísima Virgen. Que prosiga prestándole sus humildes servicios. Ella le dará cuanto necesite» (Carta 1, A su tío Alán Robert, fecha incierta).

 

Pero en casa seguían puntualmente los problemas. Sobre todo para la ubicación de tantas hijas. Cuando el padre, al no saber ya a quién dirigirse, ruega al hijo que busque en París la forma de encontrar soluciones, éste obtiene de San Sulpicio una palabra providencial de aliento, pedido gustosamente a los PP. Leschassier y Brenier, quienes aprovechan la oportunidad para ir insertando, poco a poco, a su pupilo en la vida exterior del mundo.

A resolver el interés de Luis María por sus hermanas contribuyó la muerte de la benemérita señorita de Montigny, en los primeros meses de 1697: la desaparición de la benefactora lanzaba a la calle a Guyonne-Jeanne (Luisa), ahora de diecisiete años, graciosa, bien educada e instruida. Verse privada del apoyo hasta ahora brindado hacía dramática la situación: la joven debía ser colocada en seguida en alguna pensión para completar su educación de futura señorita de compañía, si no se quería abandonarla, presa del engaño y encaminarla a su ruina,  en una ciudad como Paris.

Luis María salió, pues, de la "tumba" en la que vivía tan a gusto y se dedicó a la práctica de una exquisita caridad en favor de su hermana sola en la inmensidad de París.

Era huésped, en aquellos días, del Seminario monseñor Juan Bautista de la Cruz de Saint-Vallier obispo de Quebec, capellán de la corte hasta 1687, y por ello el mejor indicado para la elección de los posibles bienhechores del momento, ante los cuales, naturalmente, conservaba toda la estima incluso después de seis años de vida en el Canadá y tres de permanencia en París, aunque no en la corte. Desafortunadamente, cuando Luis María acudió a él, estaba a punto de partir para el Canadá, pero tuvo tiempo para indicar una dirección y dar una bendición.

La dirección era la del preceptor de seis hijos legitimados de Luis XIV tenidos en la Montespán. El sacerdote Antonio Girard de la Bournat, que encontraremos más tarde como obispo de Poitiers, consiguió al joven una cita con la madre de sus pupilos, o sea con aquella que desde hacia años cubría sus grandes errores con hechos de sincera y fecunda caridad.

Francisca-Athenais, señorita de Tomlay-Charente, era hija de Gabriel de Rochechouart I, duque de Mortemart, y de Diana de Grandseigne. Había nacido en 1641. Después de haber servido como damisela de honor de la reina Madre, se había casado a los 22 años con Luis Enrique de Paradaillán de Goudrín, marqués de Montespán, pero a partir de 1668 se había convertido en amante del rey, al cual había dado incluso ocho hijos.

En su condición de favorita –"favorita tonante y triunfante", la define Madame de Sevigné– fue impuesta a la corte como un hecho indiscutible, «como una gran carga»...

 

«Centro de los placeres, de la fortuna, de la esperanza y del terror de los ministros y generales del ejército, y humillación de toda Francia... un orgullo sin dignidad, un fulgor sin poesía: ¡esto es Madame de Montespán!» (Imbert de Saint-Amand).

 

Habiendo logrado hacer legitimar por el Parlamento los ocho hijos, su ascenso no fue oscurecido durante trece años por ningún poder ni rival alguna.

Pero en la cuaresma de 1675, un desconocido sacerdote le rehusó la absolución.

No obstante las presiones ejercidas sobre Bossuet para que corrigiera el error de aquel humilde confesor, la dura decisión tuvo de bueno conducir al rey y a su amante al respeto a la moral por tanto tiempo pisoteada. Aunque el rey no cambió de conducta por ello, la madre de sus hijos, sí. Diez años duró el ocaso contra lo inevitable que ella trató de combatir desesperadamente cosechando odio, venganzas y acusaciones (hasta de envenenamientos y brujería) de parte de muchos cortesanos y la indiferencia del soberano ya implicado en nuevas aventuras. Fueron diez años durísimos, como los fantasmas infelices, que regresan a los sitios en otro tiempo habituales, para expiar las culpas del pasado, vagaba muy vilipendiada. Se había humillado a pedir al menos como un señalado favor conversar al menos con los huéspedes de la segunda carroza, ya que la real se había cerrado para ella... hasta que comprendió que había llegado el momento de salir de escena y llenar el vacío del poder perdido con la grandeza de las buenas obras.

En 1691 se hizo benefactora del Orfanato Femenino de San José, Calle de Santo Domingo, y lo eligió como punto de apoyo en la capital y como refugio donde esperar el regreso del antiguo amante en la cámara real, adecuadamente preparada pero donde el esperado se cuidó bien de no aparecer. O también, como alma en pena giraba por Francia: Saumur, donde su hermana de Fontevrault, Bourbon, los castillos de Oiron y de Serre, fueron las estaciones del viacrucis de una Monstespán penitente y bienhechora.

 

«Aquella mujer otrora tan refinada, tan elegante, se obligó a vestir trajes de tela muy burda, cintos, jarreteras provistas de puntas de hierro. Llegó hasta el punto de regalar cuanto tenía a los pobres; trabajaba muchas horas al día para confeccionar trajes comunes y corrientes sólo para ellos...»,  advertía un narrador de la época ya citado, Imbert de Saint-Amand.

 

Precisamente, al apartamento del Orfanato de San Jose fue orientado Luis María por mons. Girard en la primavera de 1697. Sobre el diálogo sabemos muy poco, pero sí conocemos los resultados: Guyonne-Jeanne fue acogida al punto en ese mismo Instituto, y otras dos hermanas Silvia y Francisca-Margarita fueron colocadas en el convento de Fontevrault a donde las condujo la misma Montespán.

 

La constitución de Urbano VIII, Secretis aeternae Providentiae, no obstante apelar a los elevadísimos principios de fe en Dios, establecía que todo sacerdote debía poseer los medios suficientes para garantizarle una discreta independencia económica y moral, y consagraba la expresión de alcance de beneficio eclesiástico ya acuñado por la tradición. El beneficio debía ser inalienable y ningún sacerdote podía renunciar a él, sin expreso permiso del propio obispo que garantizara en persona el mantenimiento del renunciante.

Cuando se trató de hacer avanzar al clérigo Grignion al subdiaconado, fue necesario precisar el título que le asignarían. Es cierto que ya le pertenecía el de la capellanía de misas de San Julián de Concelle, pero, una vez ordenado sacerdote, hubiera tenido que proveer personalmente al cumplimiento del oficio en la mencionada iglesia y esto contrastaba con su vocación apostólica, como veremos. Había que encontrar un título que lo dejara libre y no vinculado a una sola localidad.

Era necesario, pues, proveerlo de un nuevo beneficio. Y su propio padre lo proveyó de él.

Luis María recibió como regalo de sus padres el título y el usufructo a lo largo de su vida, que pertenecía al abogado, el de La Bachelleraie. Fue realmente un gran regalo, no tanto por la cifra que producía –en 1681 se la valoraba en 20 libras anuales...– cuanto por el sacrificio de "orgullo" de su anciano padre. De todos modos, lo consoló el hecho de trasladarlo a su primogénito.

El 13 de agosto de 1697, los esposos Grignion se presentaron por tanto en la oficina del notario Juan, delegado de los notarios regios apostólicos, en Montaubán, e hicieron redactar la siguiente acta: «Haciendo y actuando por Luis Grignion, su hijo legítimo, estudiante y clérigo tonsurado, quien estudia actualmente en el Seminario de San Sulpicio de Parías (..) y habiéndonos demostrado que, por la, gracia de Dios y la benevolencia del Ilmo. y Rmo. Sebastián de Guesmadeuc, señor obispo de San Maló, el mencionado Grignion desea llegar a la dignidad sacerdotal, siempre que sea admitido por nuestro antedicho Señor: y dado que para llegar a una condición tan honorable (...) es necesario estar provisto de un beneficio o de algún bien suficiente: con el fin de satisfacer a esto, los mencionados Señora y Señor de La Bachelleraie, ubicada en la parroquia de Bedé (..) han destinado la provisión y el usufructo al antedicho Luis Grignion, hijo suyo, para que disfrute de él durante su vida, según las convenciones, etc...».

 

Tras el registro hecho por la Curia de San Maló, el 7 de octubre siguiente, Luis María entró en posesión de cuanto era más caro al abogado. Tuvo que pensar luego en renunciar a la capellanía de San Julián, pero, probablemente, aleccionado por los sulpicianos, esperó hasta hacerse sacerdote para poder seguir disfrutando de aquellas libras sin tocar al patrimonio paterno tan necesario todavía en el Bois-Marquer. Si hubiera dependido de él, probablemente hubiera renunciado gustoso, incluso al patrimonio familiar para vivir a la providencia, pero no pudo. No renunció nunca a él, aunque jamas se benefició de aquellas pocas libras que se derivaban del mismo para dejarlas en casa dado que el 28 de agosto de 1704, escribiendo a la madre afirmaba: «De momento, no tengo ningún bien temporal que proporcionarles (a mis hermanos) porque soy más pobre que todos ellos... No pretendo tener que ver o heredar nada de la familia en la que Cristo me ha hecho nacer. Renuncio a todo, a excepción de mi título, porque la Iglesia me lo prohibe» (Carta 20, BAC, 99).

 

Es inútil tratar de establecer, incluso conjeturalmente, las fechas del subdiaconado y diaconado de Luis María. Sabemos solamente que los intersticios entre las diversas órdenes eran en San Sulpicio bastante largos.

Recibió la ordenación sacerdotal el 5 de junio de 1700, sábado de las témporas de primavera, junto con muchísimos otros diáconos, en la capilla del arzobispado de París, cerca de la Catedral de Nuestra Señora.

 

 

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