presentación
Primera parte: María en la Historia de
la Salvación
Segunda parte: El culto de María en la Iglesia
Tercera parte: La perfecta Consagración a Jesucristo
Este libro es
probablemente el que más ha dado a conocer a san Luis María de Montfort. Sin
embargo, es muy conveniente leerlo en el contexto del “Amor de la Sabiduría
Eterna” puesto que, como lo dice claramente ahí, “una tierna devoción a la
Santísima Virgen” no es más que un medio, el más eficaz ciertamente, para
adquirir y conservar la Sabiduría divina.
En el Tratado de
la Verdadera Devoción, san Luis María presenta en general su doctrina sobre la
devoción a María, y propone una forma de devoción particular que implica una
donación total o consagración de sí mismo a Jesús por las manos de María. En
la primera parte del libro san Luis María demuestra que la devoción a María no
es un fin en sí mismo. Es siempre un medio para mejor consagrarse al servicio
de Jesucristo. Declara, sin embargo, que es un medio necesario para este fin
e, incluso, que es el medio más seguro para lograr esta meta. Presenta las
características de la que llama “verdadera “ o auténtica devoción a María en
oposición a las falsas devociones. Precisa, además, que se pueden dar varias
clases de “verdadera” devoción a la Santísima Virgen. Pero, a partir de su
experiencia y de las lecturas, afirma haber encontrado una forma de devoción a
María que considera la más eficaz de todas para poder realizar nuestra meta:
la unión con Cristo.
La forma de
devoción de que habla e invita a los lectores a abrazarla, consiste en darse
totalmente a Jesucristo por las manos de María. A esta donación total le da el
nombre de “consagración”. Tiene el cuidado de explicar que si bien se puede
hablar de “consagración a María”, hay que comprender bien que se trata
sencillamente de una etapa de la “consagración total a Jesucristo”. En el
resto del libro el autor explica lo que acarrea en la práctica esta
consagración. Describe, además, los efectos que produce en las personas que la
hacen. Todo esto con el objetivo de animarnos a abrazar esta devoción.
Considera también las diversas “prácticas” de devoción que llama “prácticas
interiores y exteriores”, destinadas a ayudarnos a vivir esta devoción. Entre
las exteriores, destaca la recitación del Rosario, que desarrolla más
ampliamente en el “Secreto Admirable del Santísimo Rosario”.
En la época en que
vivía san Luis María, y antes de él, esta forma de devoción se conocía con el
nombre de “Santa Esclavitud”. El se detiene explicando el sentido de esta
expresión. Sostiene que lejos de ser una forma de esclavitud forzosa, se trata
de una “esclavitud de amor”. Para reemplazar esta expresión que puede lesionar
nuestra mentalidad actual, es muy fácil encontrar otras mejor adaptadas a
nuestra época.
En otra obra, el Secreto
de María, san Luis María presenta prácticamente la misma doctrina del Tratado
de la Verdadera Devoción, pero en forma sucinta.
MARIA EN EL DESIGNIO DE DIOS
1. Por
medio de la Santísima Virgen María vino Jesucristo al mundo y también por
medio de Ella debe reinar en el mundo 1.
MARIA ES UN MISTERIO
a. a causa de su humildad
2. La
vida de María fue oculta. Por ello, el Espíritu Santo y la Iglesia la llaman
alma mater: Madre oculta y escondida. Su humildad fue tan profunda, que no
hubo para Ella anhelo más firme y constante que el de ocultarse a sí misma y a
todas las creaturas para ser conocida solamente de Dios.
3.
Ella pidió a Dios pobreza y humildad. Y El, escuchándola, tuvo a bien
ocultarla en su concepción, nacimiento, vida, misterios, resurrección y
asunción a casi todos los hombres. Sus propios padres no la conocían. Y los
ángeles se preguntaban con frecuencia uno a otro: ¿Quién es ésta? (Ct 8,5)
2. Porque el Altísimo se la ocultaba. O, si algo les
manifestaba de Ella, era infinitamente más lo que les encubría.
b. por disposición divina
4. Dios
Padre –a pesar de haberle comunicado su poder 3– consintió que no
hiciera ningún milagro –al menos portentoso– durante su vida. Dios Hijo –a
pesar de haberle comunicado su sabiduría– consintió en que Ella casi no
hablara. Dios Espíritu Santo –a pesar de ser Ella su fiel Esposa– consintió en
que los apóstoles y evangelistas hablaran de Ella muy poco y sólo en cuanto
era necesario para dar a conocer a Jesucristo.
c. por su grandeza excepcional
5.
María es la excelente obra maestra del Altísimo, quien se ha reservado para sí
el conocimiento y posesión de Ella. María es la Madre admirable del Hijo,
quien tuvo a bien humillarla y ocultarla durante su vida, para fomentar su
humildad, llamándola mujer (ver Jn 2,4; 19,26) 4, como si se
tratara de una extraña, aunque en su corazón la apreciaba y amaba más que a
todos los ángeles y hombres. María es la fuente sellada, en la que sólo
puede entrar el Espíritu Santo, cuya Esposa fiel es Ella. María es el
santuario y tabernáculo de la Santísima Trinidad, donde Dios mora más
magnífica y maravillosamente que en ningún otro lugar del universo, sin
exceptuar los querubines y serafines; a ninguna criatura, por pura que sea, se
le permite entrar allí sin privilegio especial.
6. Digo
con todos los santos que la excelsa María es el paraíso terrestre del nuevo
Adán (Gn 2,8) 5, quien se encarnó en él por obra del Espíritu Santo
para realizar allí maravillas incomprensibles. Ella es el sublime y divino
mundo de Dios, lleno de bellezas y tesoros inefables. Es la magnificencia del
Altísimo 6, quien ocultó allí, como en su seno, a su Unigénito, y
con El lo más excelente y precioso.
¡Oh! ¡Qué portentos y misterios ha ocultado Dios en esta admirable criatura,
como Ella misma se ve obligada a confesarlo –no obstante su profunda
humildad–: ¡El Poderoso ha hecho obras grandes por mí! (Lc 1,49) El
mundo los desconoce, porque es incapaz e indigno de conocerlos.
7. Los
santos han dicho cosas admirables de esta ciudad santa de Dios 7.
Y, según ellos mismos testifican, nunca han estado tan elocuentes ni se han
sentido tan felices como al hablar de Ella 8. Todos a una proclaman
que la altura de sus méritos, elevados por Ella hasta el trono de la
divinidad, es inaccesible; la anchura de su caridad, dilatada por Ella
más que la tierra, es inconmensurable; la grandeza de su poder, que se
extiende hasta sobre el mismo Dios, es incomprensible (ver Ef 3,18; Ap
12,15-16); y, en fin, que la profundidad de su humildad y de todas sus
virtudes y gracias es un abismo insondable. ¡Oh altura incomprensible! ¡Oh
anchura inefable! ¡Oh grandeza sin medida! ¡Oh abismo impenetrable!
8. Todos
los días, del uno al otro confín de la tierra, en lo más alto del cielo y en
lo más profundo de los abismos, todo pregona y exalta a la admirable María.
Los nueve coros angélicos, los hombres de todo sexo, edad, condición,
religión, buenos y malos, y hasta los mismos demonios, de grado o por fuerza
se ven obligados –por la evidencia de la verdad– a proclamarla bienaventurada.
Todos los ángeles en el cielo –dice San Buenaventura– le repiten
continuamente: "¡Santa, santa, santa María! ¡Virgen y Madre de Dios!", y le
ofrecen todos los días millones y millones de veces la salutación angélica:
Dios te salve, María..., prosternándose ante Ella y suplicándole que, por
favor, los honre con alguno de sus mandatos. "San Miguel –llega a decir San
Agustín–, aún siendo el príncipe de toda la milicia celestial, es el más
celoso en rendirle y hacer que otros le rindan toda clase de honores,
esperando siempre sus órdenes para volar en socorro de alguno de sus
servidores".
9. Toda
la tierra está llena de su gloria. Particularmente entre los cristianos, que
la han escogido por tutela y patrona de varias naciones, provincias, diócesis
y ciudades. ¡Cuántas catedrales consagradas a Dios bajo su advocación! ¡No hay
iglesia sin un altar en su honor ni comarca ni región donde no se dé culto a
alguna de sus imágenes milagrosas y se obtenga toda clase de bienes! ¡Cuántas
cofradías y congregaciones en su honor! ¡Cuántos institutos religiosos
colocados bajo su nombre y protección! ¡Cuántos congregantes en las
asociaciones piadosas, cuántos religiosos en todas las órdenes religiosas!
¡Todos publican sus alabanzas y proclaman sus misericordias!9. No
hay siquiera un pequeñuelo que, al balbucir el avemaría, no la alabe.
Ni apenas un pecador que, en medio de su obstinación, no conserve una chispa
de confianza en Ella. Ni siquiera un solo demonio en el infierno que,
temiéndola, no la respete.
MARIA NO ES SUFICIENTEMENTE CONOCIDA
10. Es,
por tanto, justo y necesario repetir con los santos:
DE MARIA NUNQUAM SATIS
10:
María no ha sido aún alabada, ensalzada, honrada y servida como debe serlo.
Merece mejores alabanzas, respeto, amor y servicio.
11.
Debemos decir también con el Espíritu Santo: Toda la gloria de la Hija del
rey está en su interior (Sl 45 (44),14, Vulgata). Como si toda la gloria
exterior que el cielo y la tierra le tributan a porfía fuera nada en
comparación con la que recibe interiormente de su Creador, y que es
desconocida de creaturas insignificantes, incapaces de penetrar el secreto de
los secretos del Rey.
12. Debemos
también exclamar con el Apóstol: El ojo no ha visto, el oído no ha oído, a
nadie se le ocurrió pensar... (1Cor 2,9) las bellezas, grandezas y
excelencias de María, milagro de los milagros de la gracia, de la naturaleza y
de la gloria. "Si quieres comprender a la Madre –dice un santo–, trata de
comprender al Hijo, pues Ella es la digna Madre de Dios" "¡Enmudezca aquí toda
lengua!"
HAY QUE CONOCER MEJOR A MARIA
13. El
corazón me ha dictado cuanto acabo de escribir con alegría particular para
demostrar que la excelsa María ha permanecido hasta ahora desconocida y que
ésta es una de las razones de que Jesucristo no sea todavía conocido como debe
serlo 11. De suerte que, si el conocimiento y reinado Jesucristo
han de dilatarse en el mundo –como ciertamente sucederá–, esto acontecerá como
consecuencia necesaria del conocimiento y reinado de la Santísima Virgen,
quien lo trajo al mundo la primera vez y lo hará resplandecer la segunda
12.
NOTAS:
1
Este es el tema que el P. de Montfort desarrolla en toda la obra.
2
"El conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre la Virgen María será
siempre la llave exacta de la comprensión del misterio de Cristo" (Pablo VI,
Nov. 21, 1964; ver LG 66).
3
Se subrawya el poder de María que es: a) Señora de la Sabiduría (ASE 205); b)
Reina del cielo y de la tierra (VD 7.38.76...); c) Reina de los Corazones (VD
38). "La que en la Anunciación se definió como esclava del Señor... es
glorificada como Reina universal" (RM 41).
4
El Documento de Puebla nos dice que "María es garantía de la grandeza
femenina, muestra la forma específica de ser mujer..." (No. 299). María, la
mujer sabia (ver Lc 2,19.51), es la mujer de la salvación que puso toda su
feminidad al servicio de Cristo y de su obra salvadora (ver Gal 4,4-6; LG 56).
5
VD 18.248.261.
6
Ver VD 17.18.23-25.248.
7
Ver VD 48.261.
8
San Bernardo decía: "Nunca me siento tan contento ni temeroso como cuando debo
hablar de la gloria de la Virgen María".
9
Hay tantos y tantos lugares y personas que llevan su nombre. "Jardín de María"
llamaba Pío XII a Colombia por sus templos y sus santuarios marianos que
esmaltan la geografía de la patria. ¿Lo es también por su presencia en
nuestros hogares y corazones?
10
Con letras tres veces más grandes que las otras escribió el P. de Montfort
este aforismo, que significa: "Nunca se alabará demasiado a María".
11
Se trata de un conocimiento experimental, de confianza y familiaridad de la
persona misma de María (Ver LG 67).
12 "El
conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre la Virgen María será
siempre la clave exacta de la comprensión del misterio de Cristo" (Pablo VI,
Nov. 21, 1864; ver LG 66).
PRIMERA PARTE
MARIA EN LA HISTORIA DE LA SALVACION
NECESIDAD DEL CULTO A MARIA
14. Confieso
con toda la Iglesia que, siendo María una simple criatura salida de las manos
del Altísimo, comparada a la infinita Majestad de Dios, es menos que un átomo,
o mejor, es nada, porque sólo El es El que es (Ex 3,14). Por
consiguiente, este gran Señor, siempre independiente y suficiente a sí mismo,
no tiene ni ha tenido absoluta necesidad de la Santísima Virgen para realizar
su voluntad y manifestar su gloria 1. Le basta querer para
hacerlo todo.
15. Afirmo,
sin embargo, que –dadas las cosas como son–, habiendo querido Dios comenzar y
culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la
formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder; es Dios, y no cambia ni
en sus sentimientos ni en su manera de obrar (Ml 3,6; Rm 11,29; Heb 1.12).
CAPITULO 1
MARIA EN EL MISTERIO
DE CRISTO
1. En la encarnación
16. Dios
Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María. Por más
suspiros que hayan exhalado los patriarcas, por más ruegos que hayan elevado
los profetas y santos de la antigua ley durante cuatro mil años a fin de
obtener dicho tesoro, solamente María lo ha merecido y ha hallado gracia
delante de Dios por la fuerza de su plegaria y la elevación de sus virtudes.
El mundo era indigno –dice San Agustín– de recibir al Hijo de Dios
inmediatamente de manos del Padre, quien lo entregó a María para que el mundo
lo recibiera por medio de Ella.
Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María.
Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de haberle
pedido su consentimiento por medio de uno de los primeros ministros de su
corte. 2.
2. En los misterios de la Redención
17. Dios
Padre comunicó a María su fecundidad, en cuanto una pura criatura era capaz de
recibirla, para que pudiera engendrar a su Hijo y a todos los miembros de su
Cuerpo místico.
18. Dios
Hijo descendió al seno virginal de María como nuevo Adán a su paraíso
terrestre para complacerse y realizar allí secretamente maravillas de gracia.
Este Dios-hombre encontró su libertad en dejarse aprisionar en su seno;
manifestó su poder en dejarse llevar por esta jovencita; cifró su gloria y la
de su Padre en ocultar sus resplandores a todas las criaturas de la tierra
para no revelarlos sino a María; glorificó su propia independencia y majestad,
sometiéndose a esta Virgen amable en la concepción, nacimiento, presentación
en el templo, vida oculta de treinta años, hasta la muerte, a la que Ella
debía asistir, para ofrecer con Ella un solo sacrificio y ser inmolado por su
consentimiento al Padre eterno, como en otro tiempo Isaac, por la obediencia
de Abrahán, a la voluntad de Dios. Ella le amamantó, alimentó, cuidó, educó y
sacrificó por nosotros 3.
¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un Dios! Para mostrarnos su
precio y gloria infinita, el Espíritu Santo no pudo pasarla en silencio en el
Evangelio, a pesar de habernos ocultado casi todas las cosas admirables que la
Sabiduría encarnada realizó durante su vida oculta. Jesucristo dio mayor
gloria a Dios, su Padre, por su sumisión a María durante treinta años, que la
que le hubiera dado convirtiendo al mundo entero por los milagros más
portentosos. ¡Oh¡ ¡Cuán altamente glorificamos a Dios cuando para agradarle
nos sometemos a María, a ejemplo de Jesucristo, nuestro único modelo!
19. Si
examinamos de cerca el resto de la vida de Jesucristo, veremos que ha querido
inaugurar sus milagros por medio de María. Mediante la palabra de María
santificó a San Juan en el seno de Santa Isabel, su madre (ver Lc 1,41-44);
habló María, y Juan quedó santificado. Este fue el primero y mayor milagro de
Jesucristo en el orden de la gracia. Ante la humilde plegaria de María,
convirtió el agua en vino en las bodas de Caná (ver Jn 2,1-12). Era su primer
milagro en el orden de la naturaleza. Comenzó y continuó sus milagros por
medio de María, y por medio de Ella los seguirá realizando hasta el fin de los
siglos.
20. Dios
Espíritu Santo, que es estéril en Dios –es decir, no produce otra persona
divina en la divinidad–, se hizo fecundo por María, su Esposa. Con Ella, en
Ella y de Ella produjo su obra maestra, que es un Dios hecho hombre, y produce
todos los días, hasta el fin del mundo, a los predestinados y miembros de esta
Cabeza adorable. Por ello, cuanto más encuentra a María, su querida e
indisoluble Esposa, en un alma, tanto más poderoso y dinámico se muestra el
Espíritu Santo para producir a Jesucristo en esa alma y a ésta en Jesucristo
4.
21. No
quiero decir con esto que la Santísima Virgen dé al Espíritu Santo la
fecundidad, como si El no la tuviese, ya que, siendo Dios, posee la fecundidad
o capacidad de producir tanto como el Padre y el Hijo, aunque no la reduce al
acto al no producir otra persona divina. Quiero decir solamente que el
Espíritu Santo, por intermediario de la Santísima Virgen –de quien ha tenido a
bien servirse, aunque absolutamente no necesita de Ella–, reduce al acto su
propia fecundidad, produciendo en Ella y por Ella a Jesucristo y a sus
miembros. ¡Misterio de la gracia desconocido aun por los más sabios y
espirituales entre los cristianos!
NOTAS:
1
La presencia de María en el misterio de la salvación se debe al beneplácito de
Dios; ver LG 60; VD 39.
2
"Es sumamente conveniente que los ejercicios de piedad a la Virgen María
expresen claramente la nota trinitaria" (ver MC). El P. de Montfort nos ofrece
aquí sólido fundamento para esta orientación.
3
"Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el
templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras El moría en la cruz, cooperó
en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es
nuestra Madre en el orden de la gracia" (LG 61)
4
María y el Espíritu Santo continúan actuando en colaboración mutua y
prolongando en la historia la obra de la Encarnación; ver VD 35s.164.
CAPITULO II
MARIA EN EL MISTERIO DE LA IGLESIA
22. La
forma en que procedieron las tres divinas personas de la Santísima Trinidad en
la encarnación y primera venida de Jesucristo, la prosiguen todos los días, de
manera invisible, en la santa Iglesia, y la mantendrán hasta el fin de los
siglos en la segunda venida de Jesucristo.
A. MISION DE MARIA EN EL PUEBLO DE DIOS
1. Colaboradora de Dios
23. Dios
Padre creó un depósito de todas las aguas, y lo llamó mar. Creó un depósito
de todas las gracias, y lo llamó María 1.
El Dios omnipotente posee un tesoro o almacén riquísimo en el que ha encerrado
lo más hermoso, refulgente, raro y precioso que tiene, incluido su propio
Hijo. Este inmenso tesoro es María, a quien los santos llaman el tesoro del
Señor 2, de cuya plenitud se enriquecen los hombres.
24. Dios
Hijo comunicó a su Madre cuanto adquirió mediante su vida y muerte, sus
méritos infinitos y virtudes admirables, y la constituyó tesorera de cuanto el
Padre le dio en herencia. Por medio de Ella aplica sus méritos a sus miembros,
les comunica sus virtudes y les distribuye sus gracias. María constituye su
canal misterioso, su acueducto, por el cual hace pasar suave y abundantemente
sus misericordias 3.
25.
Dios Espíritu Santo comunicó sus dones a María, su fiel Esposa, y la escogió
por dispensadora de cuanto posee. Ella distribuye a quien quiere, cuanto
quiere, como quiere y cuando quiere todos sus dones y gracias 4. Y
no se concede a los hombres ningún don celestial que no pase por sus manos
virginales. Porque tal es la voluntad de Dios, que quiere que todo lo tengamos
por María. Porque así será enriquecida, ensalzada y honrada por el Altísimo la
que durante su vida se empobreció, humilló y ocultó hasta el fondo de la nada
por su profunda humildad. Estos son los sentimientos de la Iglesia y de los
Santos Padres 5.
26. Si
yo hablara a ciertos sabios actuales, probaría cuanto afirmo, sin más, con
textos de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, citando al efecto sus
pasajes latinos, y con otras sólidas razones, que se pueden ver largamente
expuestas por el R.P. Poiré en su libro La Triple Corona de la Santísima
Virgen 6.
Pero estoy hablando de modo especial a los humildes y sencillos. Que son
personas de buena voluntad, tienen una fe más robusta que la generalidad de
los sabios y creen con mayor sencillez y mérito. Por ello me contento con
declararles sencillamente la verdad, sin detenerme a citarles pasajes latinos,
que no entienden. Aunque no renuncio a citar algunos, pero sin esforzarme por
buscarlos. Prosigamos.
2. Influjo Maternal de María
27. La
gracia perfecciona a la naturaleza, y la gloria, a la gracia. Es cierto, por
tanto, que Nuestro Señor es todavía en el cielo Hijo de María, como lo fue en
la tierra, y, por consiguiente, conserva para con Ella la sumisión y
obediencia del mejor de todos los hijos para con la mejor de todas las madres.
No veamos, sin embargo, en esta dependencia ningún desdoro o imperfección en
Jesucristo. María es infinitamente inferior a su Hijo, que es Dios. Y por ello
no le manda, como haría una madre a su hijo aquí abajo, que es inferior a
ella. María, toda transformada en Dios por la gracia y la gloria –que
transforma en El a todos los santos–, no pide, quiere ni hace nada que sea
contrario a la eterna e inmutable voluntad de Dios.
Por tanto, cuando leemos en San Bernardo, San Buenaventura, San Bernardino y
otros que en el cielo y en la tierra todo –inclusive el mismo Dios– está
sometido a la Santísima Virgen, quieren decir que la autoridad que Dios le
confiere es tan grande que parece como si tuviera el mismo poder que Dios, y
que sus plegarias y súplicas son tan poderosas ante Dios, que valen como
mandatos ante la divina Majestad. La cual no desoye jamás las súplicas de su
querida Madre, porque son siempre humildes y conformes con la voluntad divina.
Si Moisés, con la fuerza de su plegaria, contuvo la cólera divina contra los
israelitas en forma tan eficaz que el Señor, altísimo e infinitamente
misericordioso, no pudiendo resistirle, le pidió que le dejase encolerizarse y
castigar a ese pueblo rebelde (Ver Ex 32,10), ¿qué debemos pensar –con mayor
razón– de los ruegos de la humilde María, la digna Madre de Dios, que son más
poderosos delante de su Majestad que las súplicas e intercesiones de todos los
ángeles y santos del cielo y de la tierra?
28. María
impera en el cielo sobre los ángeles y bienaventurados. En recompensa a su
profunda humildad, Dios le ha dado el poder y la misión de llenar de santos
los tronos vacíos, de donde por orgullo cayeron los ángeles apóstatas. Tal es
la voluntad del Altísimo, que exalta siempre a los humildes (Lc 1,52): que el
cielo, la tierra y los abismos se sometan, de grado o por fuerza, a las
órdenes de la humilde María, a quien constituyó soberana del cielo y de la
tierra 7, capitana de sus ejércitos, tesorera de sus riquezas,
dispensadora de sus gracias, realizadora de sus portentos, reparadora del
género humano, mediadora de los hombres, exterminadora de los enemigos de Dios
y fiel compañera de su grandeza y de sus triunfos.
3. Señal de fe autentica
29. Dios
Padre quiere formarse hijos por medio de María hasta la consumación del mundo,
y le dice: Pon tu morada en Jacob (Eclo 24,13); es decir, fija tu
morada y residencia en mis hijos y predestinados, simbolizados por Jacob, y no
en los hijos del demonio, los réprobos, simbolizados por Esaú.
30. Así
como en la generación natural y corporal concurren el padre y la madre,
también en la generación sobrenatural y espiritual hay un Padre, que es Dios,
y una Madre, que es María.
Todos los verdaderos hijos de Dios y predestinados tienen a Dios por Padre y a
María por Madre. Y quien no tenga a María por Madre, tampoco tiene a Dios por
Padre (ver Rm 8,25-30). Por eso los réprobos –tales los herejes, cismáticos,
etc., que odian o miran con desprecio o indiferencia a la Santísima Virgen– no
tienen a Dios por Padre –aunque se jacten de ello–, porque no tiene a María
por Madre. Que, si la tuviesen por tal, la amarían y honrarían, como un hijo
bueno y verdadero ama y honra naturalmente a la madre que le dio la vida.
La señal más infalible y segura para distinguir a un hereje, a un hombre de
perversa doctrina, a un réprobo de un predestinado, es que el hereje y réprobo
no tienen sino desprecio o indiferencia para con la Santísima Virgen, cuyo
culto y amor procuran disminuir con sus palabras y ejemplos, abierta u
ocultamente y, a veces, con pretextos aparentemente válidos 8. ¡Ay!
Dios Padre no ha dicho a María que establezca en ellos su morada, porque son
los Esaús.
4. María, Madre de la Iglesia
31. Dios
Hijo quiere formarse por medio de María y, por decirlo así, encarnarse todos
los días en los miembros de su Cuerpo místico, y le dice: Entra en la
heredad de Israel (Eclo 24,13).
Como si le dijera: Dios, mi Padre, me ha dado en herencia todas las naciones
de la tierra, todos los hombres buenos y malos, predestinados y réprobos;
regiré a los primeros con cetro de oro; a los segundos, con vara de hierro; de
los primeros seré padre y abogado; de los segundos, justo vengador; de todos
seré juez. Tú, en cambio, querida Madre mía, tendrás por heredad y posesión
solamente a los predestinados, simbolizados en Israel; como buena madre suya,
tú los darás a luz, los alimentarás y harás crecer, y, como su soberana, los
guiarás, gobernarás y defenderás.
32. Uno
por uno, todos han nacido en ella
(ver Sl 87 [86],6), dice el Espíritu Santo. Según la explicación de algunos
Padres, un primer hombre nacido de María es el Hombre-Dios, Jesucristo; el
segundo es un hombre-hombre, hijo de Dios y de María por adopción.
Ahora bien, si Jesucristo, Cabeza de la humanidad, ha nacido de Ella, los
predestinados, que son los miembros de esta Cabeza, deben también, por
consecuencia necesaria, nacer de Ella 9. Ninguna madre da a luz la
cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza; de lo contrario,
aquello sería un monstruo de la naturaleza. Del mismo modo, en el orden de la
gracia, la Cabeza y los miembros nacen de la misma madre. Y si un miembro del
Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, un predestinado, naciese de una madre
que no sea María, la que engendró a la Cabeza, no sería un predestinado ni
miembro de Jesucristo, sino un monstruo en el orden de la gracia.
33. Más
aún, Jesucristo es hoy, como siempre, fruto de María. El cielo y la tierra lo
repiten millares de veces cada día: Y bendito es el fruto de tu vientre,
Jesús. Es indudable, por tanto, que Jesucristo es tan verdaderamente fruto
y obra de María para cada hombre en particular, que lo posee, como para todo
el mundo en general. De modo que, si algún fiel tiene a Jesucristo formado en
su corazón, puede decir con osadía: "¡Gracias mil a María; lo que poseo es
obra y fruto suyo, y sin Ella no lo tendría!" Y se pueden aplicar a María, con
mayor razón de la que tenía San Pablo para aplicárselas a sí mismo, estas
palabras: Hijos míos, otra vez me causan dolores de parto hasta que Cristo
tome forma en Uds. 10.
Todos los días doy a luz a los hijos de Dios hasta que se asemejen a
Jesucristo, mi Hijo (Gl 4,19) 11, en madurez perfecta (Ef 4,13).
San Agustín, excediéndose a sí mismo y a cuanto acabo de decir, afirma que
todos los predestinados, para asemejarse realmente al Hijo de Dios (ver Rm
8,29), están ocultos, mientras viven en este mundo, en el seno de la Santísima
Virgen, donde esta bondadosa Madre los protege, alimenta, mantiene y hace
crecer... hasta que les da a luz para la gloria después de la muerte, que es,
a decir verdad, el día de su nacimiento, como llama la Iglesia a la muerte de
los justos. ¡Oh misterio de la gracia, desconocido de los réprobos y poco
conocido de los predestinados!
5. María, figura de la Iglesia
34. Dios
Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por Ella, y le dice: En
el pueblo glorioso echa raíces (Eclo 24,13). Echa, querida Esposa mía, las
raíces de todas tus virtudes en mis elegidos, para que crezcan de virtud en
virtud y de gracia en gracia. Me complací tanto en ti mientras vivías sobre la
tierra practicando las más sublimes virtudes, que aun ahora deseo hallarte en
la tierra sin que dejes de estar en el cielo. Reprodúcete para ello en mis
elegidos. Tenga yo el placer de ver en ellos las raíces de tu fe invencible,
de tu humildad profunda, de tu mortificación universal, de tu oración sublime,
de tu caridad ardiente, de tu esperanza firme y de todas tus virtudes. Tú eres
siempre mi Esposa tan fiel, pura y fecunda que nunca. Tu fe me procure fieles;
tu pureza me dé vírgenes; tu fecundidad, elegidos y templos 12.
35. Cuando
María ha echado raíces en un alma, realiza allí las maravillas de la gracia
que sólo Ella puede realizar, porque sólo Ella es la Virgen fecunda, que no
tuvo ni tendrá jamás semejante en pureza y fecundidad.
María ha colaborado con el Espíritu Santo en la obra de los siglos, es decir,
la encarnación del Verbo de Dios. En consecuencia, Ella realizará también los
mayores portentos de los últimos tiempos: la formación y educación de los
grandes santos, que vivirán hacia el final de los tiempos, están reservados a
Ella 13, porque sólo esta Virgen singular y milagrosa puede
realizar, en unión del Espíritu Santo, las cosas excelentes y extraordinarias.
36. Cuando
el Espíritu Santo, su Esposo, la encuentra en un alma, vuela y entra en esa
alma en plenitud, y se le comunica tanto más abundantemente cuanto más sitio
hace el alma a su Esposa. Una de las razones de que el Espíritu Santo no
realice ahora maravillas portentosas en las almas es que no encuentra en ellas
una unión suficientemente estrecha con su fiel e indisoluble Esposa.
Digo fiel e indisoluble Esposa porque desde que este Amor
sustancial del Padre y del Hijo se desposó con María para producir a
Jesucristo, Cabeza de los elegidos, y a Jesucristo en los elegidos, jamás la
ha repudiado, porque Ella se ha mantenido siempre fiel y fecunda.
B. CONSECUENCIAS
1. MARIA ES REINA DE LOS CORAZONES
37. De
lo que acabo de decir se sigue evidentemente:
En primer lugar, que María ha recibido de Dios un gran dominio sobre las almas
de los elegidos.
Efectivamente, no podría fijar en ellos su morada, como el Padre le ha
ordenado, ni formarlos, alimentarlos, darlos a luz para la eternidad –como
madre suya–, poseerlos como propiedad personal, formarlos en Jesucristo y a
Jesucristo en ellos, echar en sus corazones las raíces de sus virtudes y ser
la compañera indisoluble del Espíritu Santo para todas las obras de la
gracia... No puede, repito, realizar todo esto si no tiene derecho ni dominio
sobre las almas por gracia singular del Altísimo, que, habiéndole dado poder
sobre su Hijo único y natural, se lo ha comunicado también sobre sus hijos
adoptivos no sólo en cuanto al cuerpo –lo cual sería poca cosa–, sino también
en cuanto al alma.
38. María
es la Reina del cielo y de la tierra por gracia, como Cristo es Rey por
naturaleza y por conquista. Ahora bien, así como el reino de Jesucristo
consiste principalmente en el corazón o interior de los hombres, según estas
palabras: Dentro de ustedes está el reinado de Dios (Lc 17,21), del mismo modo
el reino de la Virgen María está principalmente en el interior del hombre, es
decir, en su alma. Ella es glorificada, sobre todo, en las almas, juntamente
con su Hijo, más que en todas las creaturas visibles, de modo que podemos
llamarla, con los santos, Reina de los corazones 14.
2. MARIA ES NECESARIA A LOS HOMBRES
a. para la salvación
39. Segunda
conclusión. Dado que la Santísima Virgen fue necesaria a Dios con necesidad
llamada hipotética, es decir, proveniente de la voluntad divina, debemos
concluir que es mucho más necesaria a los hombres para alcanzar la salvación.
La devoción a la Santísima Virgen no debe, pues, confundirse con las
devociones a los demás santos, como si no fuese más necesaria que ellas y sólo
de supererogación.
40. El
docto y piadoso Suárez, jesuita; el sabio y devoto Justo Lipsio, doctor de
Lovaina, y muchos otros han demostrado con pruebas irrefutables, tomadas de
los Padres –como San Agustín, San Efrén, diácono de Edesa; San Cipriano de
Jerusalén, San Germán de Constantinopla, San Juan Damasceno, San Anselmo, San
Bernardo, San Bernardino, Santo Tomás y San Buenaventura–, que la devoción a
la Santísima Virgen es necesaria para la salvación, y que así como es señal
infalible de reprobación –según lo han reconocido el mismo Ecolampadio y otros
herejes– el no tener estima y amor a la Santísima Virgen, del mismo modo es
signo infalible de predestinación el consagrarse a Ella y ser devoto suyo en
verdad y plenitud total 15.
41. Las
figuras y palabras del Antiguo 16 y del Nuevo Testamento lo
demuestran. El sentir y ejemplo de los santos lo confirma. La razón y la
experiencia lo enseñan y demuestran. El demonio y sus secuaces, impelidos por
la fuerza de la verdad, se han visto obligados a confesarlo muchas veces a
pesar suyo.
De todos los pasajes de los Santos Padres y doctores –de los cuales he
elaborado una extensa colección 17 para probar esta verdad–,
presento solamente uno para no ser prolijo: "Ser devoto tuyo, ¡oh María!
–dice San Juan Damasceno–, es un arma de salvación que Dios ofrece a los que
quiere salvar" 18. Ver VD 182..
42. Podría
referir aquí varias historias que comprueban esto. Entre otras: 1., la
que se cuenta en las crónicas de San Francisco 19: cuando vio en
éxtasis una larga escalera que llegaba hasta el cielo y en cuya cima estaba la
Santísima Virgen. Se le indicó que para llegar al cielo era necesario subir
por dicha escalera; 2., la que se refiere en las crónicas de Santo
Domingo (Ver SAR 101-104): cerca de Carcasona, donde el Santo predicaba el
rosario, quince mil demonios que se habían apoderado de un desgraciado hereje
se vieron forzados a confesar, con gran confusión suya, por mandato de la
Santísima Virgen, muchas, grandes y consoladoras verdades referentes a la
devoción a María, con tal fuerza y claridad, que por poco devoto que seas de
la Santísima Virgen, no podrás leer esta auténtica historia y el panegírico
que el demonio, a pesar suyo, hizo de esta devoción, sin derramar lágrimas de
alegría.
b. para una perfección particular
43. Si
honrar a la Santísima Virgen es necesario a todos los hombres para alcanzar su
salvación, lo es mucho más a los que son llamados a una perfección
excepcional. Creo personalmente que nadie puede llegar a una íntima unión con
Nuestro Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo sin una unión muy
estrecha con la Santísima Virgen y una verdadera dependencia de su socorro.
44. Sólo
María halló gracia delante de Dios (Lc 1,30) sin auxilio de ninguna creatura.
Sólo por Ella han hallado gracia ante Dios cuantos después de Ella la han
hallado, y sólo por Ella la encontrarán cuantos la hallarán en el futuro.
Ya estaba llena de gracia cuando la saludó el arcángel Gabriel. Quedó
sobreabundantemente llena de gracia cuando el Espíritu Santo la cubrió con su
sombra inefable. Y siguió creciendo de día en día y de momento en momento en
esta doble plenitud, de tal manera que llegó a un grado inmenso e
incomprensible de gracia.
Por ello, el Altísimo la ha constituido tesorera única de sus riquezas y
dispensadora exclusiva de sus gracias para que embellezca, levante y
enriquezca a quien Ella quiera; haga transitar por la estrecha senda del cielo
a quien Ella quiera; introduzca, a pesar de todos los obstáculos, por la
angosta senda de la vida a quien Ella quiera, y dé el trono, el cetro y la
corona regia a quien Ella quiera.
Jesús es siempre y en todas partes el fruto e Hijo de María; y María es en
todas partes el verdadero árbol que lleva el fruto de vida y la verdadera
Madre que lo produce 20 .
45. Sólo
a María ha entregado Dios las llaves que dan entrada a las bodegas del amor
divino 21.
Sólo María permite la entrada en el paraíso terrestre a los pobres hijos de la
Eva infiel para pasearse allí agradablemente con Dios (ver Gn 3,8), esconderse
de sus enemigos con seguridad, alimentarse deliciosamente –sin temer ya a la
muerte– del fruto de los árboles de la vida y de la ciencia del bien y del mal
y beber a boca llena las aguas celestiales de la hermosa fuente que allí mana
en abundancia. Mejor dicho, siendo Ella misma este paraíso terrestre o tierra
virgen y bendita de la que fueron arrojados Adán y Eva pecadores, permite
entrar solamente a aquellos a quienes le place para hacerlos llegar a la
santidad 22.
46. De
siglo en siglo, pero de modo especial hacia el fin del mundo, todos los
grandes del pueblo buscan tu favor (Sl 45(44),14). San Bernardo comenta
así estas palabras del Espíritu Santo: los mayores santos, las personas más
ricas en gracia y virtud, son los más asiduos en implorar a la
Santísima Virgen y contemplarla siempre como el modelo perfecto que imitar y
la ayuda eficaz que les debe socorrer 23.
47. He
dicho que esto acontecerá especialmente hacia el fin del mundo –y muy pronto–
porque el Altísimo y su santísima Madre han de formar grandes santos que
superarán en santidad a la mayoría de los otros santos cuanto los cedros del
Líbano exceden a los arbustos. Así fue revelado a un alma santa cuya vida
escribió de Renty.
48. Estos
grandes santos, llenos de gracia y celo apostólico, serán escogidos por Dios
para oponerse a sus enemigos, que bramarán por todas partes. Tendrán una
excepcional devoción a la Santísima Virgen, quien les esclarecerá con su luz,
les alimentará con su leche, les guiará con su espíritu, les sostendrá con su
brazo y les protegerá, de suerte que combatirán con una mano y construirán con
la otra (ver Neh 4,17). Con una mano combatirán, derribarán, aplastarán a los
herejes con sus herejías, a los cismáticos con sus cismas, a los idólatras con
sus idolatrías y a los pecadores con sus impiedades. Con la otra edificarán el
templo del verdadero Salomón y la mística ciudad de Dios, es decir, la
Santísima Virgen, llamada precisamente por los Padres templo de Salomón y
ciudad de Dios.
Con sus palabras y ejemplos atraerán a todos a la verdadera devoción a María.
Esto les granjeará muchos enemigos, pero también muchas victorias y gloria
para Dios sólo. Así lo reveló Dios a San Vicente Ferrer, gran apóstol de su
siglo, como lo consignó claramente en uno de sus escritos. Es lo que parece
haber predicho el Espíritu Santo con las palabras del salmista:
... para que se sepa que Dios gobierna a Jacob
y hasta el confín de la tierra.
Vuelven por la tarde, ladran como perros,
merodean por la ciudad.
(Sl 59 [58],14-16)
Esta ciudad a la que acudirán los hombres al fin del mundo para convertirse y
saciar su hambre de justicia es la Santísima Virgen, a quien el Espíritu Santo
llama morada y ciudad de Dios (Sl 87 (86),3).
NOTAS:
1
Juego de alabras en lengua latina: Maria = mares, y Maria =
María.
2
Ver VD 216.
3
VD 142.
4
San Bernardino de Siena
5
Ver VD 141.
6
Francisco Poiré (1584-1637).
7
Ver LG 59.
8
Ver VD 63-65.94-95.
9
Ver VD 264.
10
"Es verdadera Madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con amor a
que naciesen en la Iglesia los fieles que son miembros de aquella Cabeza..."
(LG 53; ver 61 y RM 20-24).
11
Ver VD 56.
12
En la exhortación Signum Magnum (13 de mayo de 1967, cincuentenario de
las apariciones de Fátima) Pablo VI afirma que María, gracias al esplendor de
sus virtudes, es Madre y Maestra de la Iglesia, en general y de cada alma en
particular (No. 8).
13
Ver VD 47-49.
14
Una oración indulgenciada por la Sda. Penitenciaría Apostólica, el 29 de junio
de 1924 dice: "Toma, pues, y recibe todo mi ser, oh María, Reina de los
Corazones".
15
Ver LG 68 y MC 56.
16
Ver LG 55.
17
Ver VD 40.
18
Ver VD 182.
19
Florecillas, C. 10.
20
Ver SM 70.
21
Ver SM 70.; ver san Juan de la Cruz, Cántico espiritual, estr. 25.
22
Ver VD 261.
23
San Bernardo.
CAPITULO III
MARIA EN LOS ULTIMOS TIEMPOS DE LA IGLESIA
1. María y los últimos tiempos
49. La
salvación del mundo comenzó por medio de María, y por medio de Ella debe
alcanzar su plenitud. María casi no se manifestó en la primera venida de
Jesucristo, a fin de que los hombres, poco instruidos e iluminados aún acerca
de la persona de su Hijo, no se alejaran de la verdad, aficionándose demasiado
fuerte e imperfectamente a la Madre, como habría ocurrido seguramente si Ella
hubiera sido conocida, a causa de los admirables encantos que el Altísimo le
había concedido aun en su exterior. Tan cierto es esto, que San Dionisio
Aeropagita escribe que, cuando la vio, la hubiera tomado por una divinidad, a
causa de sus secretos encantos e incomparable belleza, si la fe –en la que se
hallaba bien cimentado– no le hubiera enseñado lo contrario.
Pero, en la segunda venida de Jesucristo, María tiene que ser conocida y
puesta de manifiesto por el Espíritu Santo, a fin de que por Ella Jesucristo
sea conocido, amado y servido. Pues ya no valen los motivos que movieron al
Espíritu Santo a ocultar a su Esposa durante su vida y manifestarla sólo
parcialmente desde que se predica el Evangelio.
50. Dios
quiere, pues, revelar y manifestar a María, la obra maestra de sus manos, en
estos últimos tiempos 1:
1. porque Ella se ocultó en este mundo y se colocó más baja que el polvo por
su profunda humildad, habiendo alcanzado de Dios, de los apóstoles y
evangelistas que no la dieran a conocer;
2. porque Ella es la obra maestra de las manos de Dios tanto en el orden de la
gracia como en el de la gloria, y El quiere ser glorificado y alabado en la
tierra por los hombres;
3. porque Ella es la aurora que precede y anuncia al Sol de justicia,
Jesucristo, y, por lo mismo, debe ser conocida y manifestada si queremos que
Jesucristo lo sea;
4. porque Ella es el camino por donde vino Jesucristo a nosotros la primera
vez, y lo será también cuando venga la segunda, aunque de modo diferente;
5. porque Ella es el medio seguro y el camino directo e inmaculado para ir a
Jesucristo y hallarle perfectamente. Por Ella deben, pues, hallar a Jesucristo
las personas santas que deben resplandecer en santidad. Quien halla a María,
halla la vida (ver Pr 8,35), es decir, a Jesucristo, que es el Camino, la
Verdad y la Vida (Jn 14,6). Ahora bien, no se puede hallar a María si no se la
busca ni buscarla si no se la conoce, pues no se busca ni desea lo que no se
conoce. Es, por tanto, necesario que María sea mejor conocida que nunca, para
mayor conocimiento y gloria de la Santísima Trinidad;
6. porque María debe resplandecer, más que nunca, en los últimos tiempos en
misericordia, poder y gracia: en misericordia, para recoger y
acoger amorosamente a los pobres pecadores y a los extraviados que se
convertirán y volverán a la Iglesia católica; en poder contra los
enemigos de Dios, los idólatras, cismáticos, mahometanos, judíos e impíos
endurecidos, que se rebelarán terriblemente para seducir y hacer caer, con
promesas y amenazas, a cuantos se les opongan; en gracia, finalmente,
para animar y sostener a los valientes soldados y fieles servidores de
Jesucristo, que combatirán por los intereses del Señor;
7. por último, porque María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces
como un ejército en orden de batalla (Ct 6,3) 2, sobre todo en
estos últimos tiempos, cuando el diablo, sabiendo que le queda poco tiempo (Ap
12,17) –y mucho menos que nunca– para perder a las gentes, redoblará cada día
sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles persecuciones y
tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de
María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás.
2. Maria en la lucha final
51. A
estas últimas y crueles persecuciones de Satanás, que aumentarán de día en día
hasta que llegue el anticristo, debe referirse, sobre todo, aquella primera y
célebre predicción y maldición lanzada por Dios contra la serpiente en el
paraíso terrestre. Nos parece oportuno explicarla aquí, para gloria de la
Santísima Virgen, salvación de sus hijos y confusión de los demonios.
Pongo hostilidades entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; ella herirá
tu cabeza cuando tú hieras su talón
(Gn 3,15).
52. Dios
ha hecho y preparado una sola e irreconciliable hostilidad, que durará y se
intensificará hasta el fin. Y es entre María, su digna Madre, y el diablo;
entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de
Lucifer. De suerte que el enemigo más terrible que Dios ha suscitado contra
Satanás es María, su santísima Madre. Ya desde el paraíso terrenal –aunque
María sólo estaba entonces en la mente divina– le inspiró tanto odio contra
ese maldito enemigo de Dios, le dio tanta sagacidad para descubrir la malicia
de esa antigua serpiente y tanta fuerza para vencer, abatir y aplastar a ese
orgulloso impío, que el diablo la teme no sólo más que a todos los ángeles y
hombres, sino, en cierto modo, más que al mismo Dios. No ya porque la ira,
odio y poder divinos no sean infinitamente mayores que los de la Santísima
Virgen, cuyas perfecciones son limitadas, sino:
1. porque Satanás, que es tan orgulloso, sufre infinitamente más al verse
vencido y castigado por una sencilla y humilde esclava de Dios, y la humildad
de la Virgen lo humilla más que el poder divino;
2. porque Dios ha concedido a María un poder tan grande contra los demonios,
que –como, a pesar suyo, se han visto muchas veces obligados a confesarlo por
boca de los posesos– tienen más miedo a un solo suspiro de María en favor de
una persona que a las oraciones de todos los santos, y a una sola amenaza suya
contra ellos más que a todos los demás tormentos.
53. Lo
que Lucifer perdió por orgullo lo ganó María con la humildad. Lo que Eva
condenó y perdió por desobediencia lo salvó María con la obediencia. Eva, al
obedecer a la serpiente, se hizo causa de perdición para sí y para todos sus
hijos, entregándolos a Satanás; María, al permanecer perfectamente fiel a
Dios, se convirtió en causa de salvación para sí y para todos sus hijos y
servidores, consagrándolos al Señor 3.
54. Dios
no puso solamente una hostilidad, sino hostilidades, y no sólo entre María y
Lucifer, sino también entre la descendencia de la Virgen y la del demonio. Es
decir, Dios puso hostilidades, antipatías y odios secretos entre los
verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y esclavos
del diablo: no pueden amarse ni entenderse unos a otros.
Los hijos de Belial (Dt 13,14) 4, los esclavos de Satanás, los
amigos de este mundo de pecado –¡todo viene a ser lo mismo!– han perseguido
siempre, y perseguirán más que nunca de hoy en adelante, a quienes pertenezcan
a la Santísima Virgen, como en otro tiempo Caín y Esaú –figuras de los
réprobos– perseguían a sus hermanos Abel y Jacob, figuras de los
predestinados. Pero la humilde María triunfará siempre sobre aquel orgulloso,
y con victoria tan completa que llegará a aplastarle la cabeza, donde reside
su orgullo. María descubrirá siempre su malicia de serpiente, manifestará sus
tramas infernales, desvanecerá sus planes diabólicos y defenderá hasta al fin
a sus servidores de aquellas garras mortíferas.
El poder de María sobre todos los demonios resplandecerá, sin embargo, de modo
particular en los últimos tiempos, cuando Satanás pondrá asechanzas a su
calcañar, o sea, a sus humildes servidores y pobres hijos que Ella suscitará
para hacerle la guerra. Serán pequeños y pobres a juicio del mundo; humillados
delante de todos; rebajados y oprimidos como el calcañar respecto de los demás
miembros del cuerpo. Pero, en cambio, serán ricos en gracias y carismas, que
María les distribuirá con abundancia; grandes y elevados en santidad delante
de Dios; superiores a cualquier otra creatura por su celo ardoroso; y tan
fuertemente apoyados en el socorro divino, que, con la humildad de su calcañar
y unidos a María, aplastarán la cabeza del demonio y harán triunfar a
Jesucristo.
3. María y los apóstoles de los últimos tiempos
55.
Sí, Dios quiere que su Madre santísima sea ahora más conocida, amada y honrada
que nunca. Lo que sucederá, sin duda, si los predestinados, con la gracia y
luz del Espíritu Santo, entran y penetran en la práctica interior y perfecta
de la devoción que voy a manifestarles en seguida.
Entonces verán claramente, en cuanto lo permite la fe, a esta hermosa estrella
del mar, y, guiados por ella, llegarán a puerto seguro a pesar de las
tempestades y de los piratas. Entonces conocerán las grandezas de esta
Soberana y se consagrarán enteramente a su servicio como súbditos y esclavos
de amor. Entonces saborearán sus dulzuras y bondades maternales y la amarán
con ternura como sus hijos de predilección. Entonces experimentarán las
misericordias en que Ella rebosa y la necesidad que tienen de su socorro,
recurrirán en todo a Ella, como a su querida Abogada y Mediadora ante
Jesucristo. Entonces sabrán que María es el medio más seguro, fácil, corto y
perfecto para llegar a Jesucristo 5, y se consagrarán a Ella en
cuerpo y alma y sin reserva alguna para pertenecer del mismo modo a
Jesucristo.
56. Pero,
¿qué serán estos servidores, esclavos e hijos de María?
Serán fuego encendido (Sl 104 [103],4; Hb 1,7), ministros del Señor que
prenderán por todas partes el fuego del amor divino.
Serán flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus
enemigos: como saetas en manos de un guerrero (Sl 127 [126],4).
Serán hijos de Leví 6, bien purificados por el fuego de grandes
tribulaciones y muy unidos a Dios (14). Llevarán en el corazón el oro del
amor, el incienso de la oración en el espíritu, y en el cuerpo, la mirra de la
mortificación.
Serán en todas partes el buen olor de Jesucristo (ver 2Cor 2,15-16) para
los pobres y sencillos; pero para los grandes, los ricos y mundanos orgullosos
serán olor de muerte.
57. Serán
nubes tonantes y volantes (ver Is 60,8), en el espacio, al menor soplo del
Espíritu Santo. Sin apegarse a nada, ni asustarse, ni inquietarse por nada,
derramarán la lluvia de la palabra de Dios y de la vida eterna, tronarán
contra el pecado, descargarán golpes contra el demonio y sus secuaces, y con
la espada de dos filos de la palabra de Dios (Hb 4,12; Ef 6,17) traspasarán a
todos aquellos a quien sean enviados de parte del Altísimo.
58. Serán
los apóstoles auténticos de los últimos tiempos. A quienes el Señor de los
ejércitos dará la palabra y la fuerza necesarias para realizar maravillas y
ganar gloriosos despojos sobre sus enemigos.
Dormirán sin oro ni plata y –lo que más cuenta– sin preocupaciones en medio
de los demás sacerdotes, eclesiásticos y clérigos (Sl 68 [67],14) 7.
Tendrán, sin embargo, las alas plateadas de la paloma, para volar con la pura
intención de la gloria de Dios y de la salvación de los hombres adonde
los llame el Espíritu Santo. Y sólo dejarán en pos de sí, en los lugares donde
prediquen, el oro de la caridad, que es el cumplimiento de toda la ley (ver Rm
13,10).
59. Por
último, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo. Caminarán sobre
las huellas de su pobreza, humildad, desprecio de lo mundano y caridad
evangélica, y enseñarán la senda estrecha de Dios en la pura verdad, conforme
al santo Evangelio y no a los códigos mundanos, sin inquietarse por nada ni
hacer acepción de personas; sin perdonar, ni escuchar, ni temer a ningún
mortal por poderoso que sea.
Llevarán en la boca la espada de dos filos de la palabra de Dios (Hb 4,12);
sobre sus hombros, el estandarte ensangrentado de la cruz; en la mano derecha,
el crucifijo; el rosario en la izquierda 8; los sagrados nombres de
Jesús y de María en el corazón, y en toda su conducta la modestia y
mortificación de Jesucristo.
Tales serán los grandes hombres que vendrán y a quienes María formará por
orden del Altísimo para extender su imperio sobre el de los impíos, idólatras
y mahometanos. Pero ¿cuándo y cómo sucederá esto?... ¡Sólo Dios lo sabe! A
nosotros nos toca callar, orar, suspirar y esperar: Yo esperaba con ansia
al Señor (Sl 40 [39],2).
NOTAS:
1
Ver LG 48-51.
2
VD 120
3
San Ireneo.
4
Blº: el devorador, personificación del poder de los poderes del mal.
5
Ver VD 152-168.
6
Una de las doce tribus, posesión especial del Señor, quien a su vez era
posesión especial suya.
7
Siguiendo la traducción de la Vulgata, este número del Tratado comenta los
versos 14-15 del salmo citado. Ver SA 17-25.
8
AC 19; SA 8.
SEGUNDA PARTE
EL CULTO DE MARIA EN LA IGLESIA
CAPITULO I
FUNDAMENTOS TEOLOGICOS DEL CULTO A MARIA
60. Acabo
de exponer brevemente que la devoción a la Santísima Virgen nos es necesaria.
Es preciso decir ahora en qué consiste. Lo haré, Dios mediante, después de
clarificar algunas verdades fundamentales que iluminarán la maravillosa y
sólida devoción que quiero dar a conocer.
1. JESUCRISTO, FIN ULTIMO DEL CULTO A MARIA
61. Primera verdad.
El fin último de toda devoción debe ser Jesucristo, Salvador del mundo,
verdadero Dios y verdadero hombre 1. De lo contrario, tendríamos
una devoción falsa y engañosa.
Jesucristo es el alfa y la omega, el principio y el fin (Ap 1,8;21,6)
de todas las cosas. La meta de nuestro ministerio –escribe San Pablo– es
construir el cuerpo de Cristo; hasta que todos, sin excepción, alcancemos la
edad realmente la plenitud total de la divinidad (Col 2,9) y todas las
demás plenitudes de gracia, virtud y perfección. Sólo en Cristo hemos sido
bendecidos con toda bendición del Espíritu (Ef 1,3).
Porque El es el único Maestro que debe enseñarnos,
el único Señor de quien debemos depender,
la única Cabeza a la que debemos estar unidos,
el único Modelo a quien debemos asemejarnos,
el único Médico que debe curarnos,
el único Pastor que debe apacentarnos,
el único Camino que debe conducirnos,
la única Verdad que debemos creer,
la única Vida que debe vivificarnos
y el único Todo que en todo debe bastarnos.
Bajo el cielo, no tenemos los hombres otro diferente de él al que debamos
invocar para salvarnos
(Hch 4,12). Dios no nos ha dado otro fundamento de salvación, perfección y
gloria que Jesucristo. Todo edificio que no esté construido sobre esta roca
firme, se apoya en arena movediza, y se derrumbará
infaliblemente tarde o temprano.
Quien no esté unido a Cristo como el sarmiento a la vid, caerá, se secará y lo
echarán al fuego (ver Jn 15,6). En cambio, si permanecemos en Jesucristo, y
Jesucristo en nosotros, no pesa ya sobre nosotros condenación alguna: ni los
ángeles del cielo, ni los hombres de la tierra, ni los demonios del infierno,
ni creatura alguna podrá hacernos daño, porque nadie podrá separarnos de la
caridad de Dios presente en Cristo Jesús (ver Rm 8,39).
Por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo lo podemos todo: tributar al
Padre en la unidad del Espíritu Santo todo honor y gloria; hacernos perfectos
y ser olor de vida eterna para nuestro prójimo.
62. Por
tanto, si establecemos la sólida devoción a la Santísima Virgen, es sólo para
establecer más perfectamente la de Jesucristo y ofrecer un medio fácil y
seguro para encontrar al Señor 2. Si la devoción a la Santísima
Virgen apartase de Jesucristo, habría que rechazarla como ilusión diabólica.
Pero – como ya lo he demostrado 3 e insistiré en ello más adelante
4–, sucede todo lo contrario. Esta devoción nos es necesaria para
hallar perfectamente a Jesucristo, amarlo con ternura y servirlo con
fidelidad.
63.
Me dirijo a ti por un momento, amabilísimo Jesús mío, para quejarme
amorosamente ante su divina Majestad de que la mayor parte de los cristianos,
aun los más instruidos, ignoran la unión necesaria que existe entre ti y tu
Madre santísima. Tú, Señor, estás siempre con María, y María está siempre
contigo y no puede existir sin ti; de lo contrario, dejaría de ser lo que es.
María está de tal manera transformada en ti por la gracia, que Ella ya no vive
ni es nada; sólo tú, Jesús mío, vives y reinas en Ella más perfectamente que
en todos los ángeles y santos.
¡Ah! ¡Si se conociera la gloria y el amor que recibes en esta creatura
admirable, se tendrían hacia ti y hacia Ella sentimientos muy diferentes de
los que ahora se tienen! Ella se halla tan íntimamente unida a ti, que sería
más fácil separar la luz del sol, el calor del fuego; más aún, sería más fácil
separar de ti a todos los ángeles y santos que a la divina María, porque Ella
te ama más ardientemente y te glorifica con mayor perfección que todas las
demás creaturas juntas.
64. ¿No
será, pues, extraño y lamentable, amable Maestro mío, el ver la ignorancia y
oscuridad de todos los hombres respecto a tu santísima Madre? No hablo tanto
de los idólatras y paganos: no conociéndote a ti, tampoco a Ella la conocen.
Tampoco hablo de los herejes y cismáticos: separados de ti y de tu Iglesia, no
se preocupan de ser devotos de tu Madre. Hablo, sí, de los católicos, y aun de
los doctores entre los católicos; ellos hacen profesión de enseñar a otros la
verdad, pero no te conocen ni a ti ni a tu Madre santísima sino de manera
especulativa, árida, estéril e indiferente. Estos caballeros hablan sólo rara
vez de tu santísima Madre y del culto que se le debe. Tienen miedo, según
dicen, a que se deslice algún abuso y se te haga injuria al honrarla a Ella
demasiado. Si ven u oyen a algún devoto de María hablar con frecuencia de la
devoción hacia esta Madre amantísima, con acento filial, eficaz y persuasivo,
como de un medio sólido y sin ilusiones, de un camino corto y sin peligros, de
una senda inmaculada y sin imperfecciones y de un secreto maravilloso 5
para encontrarte y amarte debidamente, gritan en seguida contra él,
esgrimiendo mil argumentos falsos para probarle que no hay que hablar tanto de
la Virgen, que hay grandes abusos en esta devoción y es preciso dedicarse a
destruirlos, que es mejor hablar de ti en vez de llevar a las gentes a la
devoción a la Santísima Virgen, a quien ya aman lo suficiente.
Si alguna vez se les oye hablar de la devoción a tu santísima Madre, no es,
sin embargo, para fundamentarla o inculcarla, sino para destruir sus posibles
abusos. Mientras carecen de piedad y devoción tierna para contigo, porque no
la tienen para con María. Consideran el rosario, el escapulario, la corona
(cinco misterios), como devociones propias de mujercillas y personas
ignorantes, que poco importan para la salvación. De suerte que, si cae en sus
manos algún devoto de la Santísima Virgen que reza el rosario o practica
alguna devoción en su honor, no tardan en cambiarle el espíritu y el corazón,
y le aconsejan que, en lugar del rosario, rece los siete salmos penitenciales,
y, en vez de la devoción a la Santísima Virgen, le exhortan a la devoción a
Jesucristo.
¡Jesús mío amabilísimo! ¿Tienen éstos tu espíritu? ¿Te es grata su conducta?
¿Te agrada quien, por temor a desagradarte, no se esfuerza por honrar a tu
Madre? ¿Es la devoción a tu santísima Madre obstáculo a la tuya? ¿Forma Ella
bando aparte? ¿Es, por ventura, una extraña, que nada tiene que ver contigo?
¿Quien le agrada a Ella, te desagrada a ti? Consagrarse a Ella y amarla, ¿será
separarse o alejarse de ti?
65. ¡Maestro
amabilísimo! Sin embargo, si cuanto acabo de decir fuera verdad, la mayoría de
los sabios –justo castigo de su soberbia– no se alejarían más que ahora de la
devoción a tu santísima Madre ni mostrarían para con Ella mayor indiferencia
de la que ostentan.
¡Guárdame, Señor! ¡Guárdame de sus sentimientos y de su conducta! Dame
participar en los sentimientos de gratitud, estima, respeto y amor que tienes
para con tu santísima Madre, a fin de que pueda amarte y glorificarte tanto
más perfectamente cuanto más te imite y siga de cerca.
66. Y,
como si no hubiera dicho nada en honor de tu santísima Madre, concédeme la
gracia de alabarla dignamente, a pesar de todos sus enemigos –que son los
tuyos–, y gritarles a voz en cuello con todos los santos: "No espere alcanzar
misericordia de Dios quien ofenda a su Madre bendita" 6.
67. Para
alcanzar de tu misericordia una verdadera devoción hacia tu santísima Madre y
difundir esta devoción por toda la tierra, concédeme amarte ardientemente, y
acepta para ello la súplica inflamada que te dirijo con San Agustín y tus
verdaderos amigos.
Tú eres, ¡oh Cristo!,
mi Padre santo, mi Dios misericordioso,
mi rey poderoso, mi buen pastor, mi único maestro, mi mejor ayuda,
mi amado hermosísimo, mi pan vivo, mi sacerdote por la eternidad,
mi guía hacia la patria, mi luz verdadera, mi dulzura santa,
mi camino recto, mi Sabiduría preclara,
mi humilde simplicidad, mi concordia pacífica,
mi protección total, mi rica heredad,
mi salvación eterna...
¡Cristo Jesús, Señor amabilísimo!
¿Por qué habré deseado durante la vida
algo fuera de ti, mi Jesús y mi Dios?
¿Dónde me hallaba cuando no pensaba en ti?
Anhelos todos de mi corazón,
inflámense y desbórdense desde ahora
hacia el Señor Jesús;
corran que mucho se han retrasado;
apresúrense hacia la meta,
busquen al que buscan.
¡Oh Jesús! ¡Anatema el que no te ama!
¡Reboce de amargura quien no te quiera!
¡Dulce Jesús!
¡Que todo buen corazón dispuesto a la alabanza
te ame, se deleite en ti, se admire ante ti!
¡Dios de mi corazón!
¡Herencia mía, Cristo Jesús!
Vive, Señor, en mi;
enciéndase en mi pecho
la viva llama de tu amor, acrézcase en incendio;
arda siempre en el altar de mi corazón,
queme en mis entrañas,
incendie lo íntimo de mi alma,
y que en el día de mi muerte
comparezca yo del todo perfecto en tu presencia. Amén 7.
He querido transcribir esta maravillosa plegaria de San Agustín para que,
repitiéndola todos los días, pidas el amor de Jesucristo, ese amor que estamos
buscando por medio de la excelsa María.
2. PERTENECEMOS A JESUS Y A MARIA
68. Segunda verdad.
De lo que Jesucristo es para nosotros, debemos concluir, con el Apóstol (1Cor
3,23; 6,19-20; 12,27), que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que
somos totalmente suyos, como sus miembros y esclavos, comprados con el precio
infinito de toda su sangre (1Pe 1,19).
Efectivamente, antes del bautismo pertenecíamos al demonio como esclavos
suyos. El bautismo nos ha convertido en verdaderos esclavos de Jesucristo
8, que no debemos ya vivir, trabajar ni morir sino a fin de fructificar
para este Dios-Hombre (Rm 7,4), glorificarlo en nuestro cuerpo y hacerlo
reinar en nuestra alma, porque somos su conquista, su pueblo adquirido y su
propia herencia (1Pe 2,9).
Por la misma razón, el Espíritu Santo nos compara a: 1. árboles plantados
junto a la corriente de las aguas de la gracia, en el campo de la Iglesia, que
deben dar fruto en tiempo oportuno (Sl 1,3); 2. los sarmientos de una vid,
cuya cepa es Cristo, y que deben producir sabrosas uvas (Jn 15,5); 3. un
rebaño, cuyo pastor es Jesucristo, y que debe multiplicarse y producir leche
(Jn 10,1ss); 4. una tierra fértil, cuyo agricultor es Dios, y en la cual se
multiplica la semilla, y produce el treinta, el sesenta, el ciento por uno (Mt
13,3.8). Por otra parte, Jesucristo maldijo a la higuera infructuosa (Mt
21,19) y condenó al siervo inútil, que no hizo fructificar su talento (Mt
25,24-30).
Todo esto nos demuestra que Jesucristo quiere recoger algún fruto de nuestras
pobres personas, a
saber, nuestras buenas obras, porque éstas le pertenecen exclusivamente:
creados, mediante Cristo Jesús, para hacer el bien (Ef 2,10). Estas
palabras del Espíritu Santo demuestran que Jesucristo es el único principio y
debe ser también el único fin de nuestras buenas obras, y que debemos servirle
no sólo como asalariados, sino como esclavos de amor. Me explico.
69. Hay,
en este mundo, dos modos de pertenecer a otro y depender de su autoridad: el
simple servicio y la esclavitud. De donde proceden los apelativos de criado y
esclavo.
Por el servicio, común entre los cristianos, uno se compromete a servir a otro
durante cierto tiempo y por determinado salario o retribución. Por la
esclavitud, en cambio, uno depende de otro enteramente, por toda la vida, y
debe servir al amo sin pretender salario ni recompensa alguna, como si fuera
uno de sus animales, sobre los que tiene derecho de vida y muerte.
70.
Hay tres clases de esclavitud: natural, forzada y voluntaria.
Todas las criaturas son esclavas de Dios según el primer modo: Del Señor es
la tierra y cuanto la llena (Sl 24 [23],1). Conforme al segundo, lo son
los demonios y condenados. Según el tercero, los justos y los santos.
La esclavitud voluntaria es la más perfecta y gloriosa para Dios, que escruta
el corazón (1Sam 16,7), nos lo pide para sí y se llama Dios del corazón (Sl 73
[72],26) o de la voluntad amorosa. Efectivamente, por esta esclavitud
–voluntariamente asumida–, optas por Dios y por su servicio sin que te importe
todo lo demás, aunque no estuvieses obligado a ello por naturaleza.
71. Hay
una diferencia total entre criado y esclavo 9:
1. El criado no entrega a su patrón todo lo que es, todo lo que posee ni todo
lo que puede adquirir por sí mismo o por otro; el esclavo se entrega
totalmente a su amo, con todo lo que posee y puede adquirir, sin excepción
alguna.
2. El criado exige retribución por los servicios que presta a su patrón; el
esclavo, por el contrario, no puede exigir nada, por más asiduidad, habilidad
y energía que ponga en el trabajo.
3. El criado puede abandonar a su patrón cuando quiera o, al menos, cuando
expire el plazo del contrato; mientras que el esclavo no tiene derecho de
abandonar a su amo cuando quiera.
4. El patrón no tiene sobre el criado derecho alguno de vida o muerte, de modo
que, si lo matase como a uno de sus animales de carga, cometería un homicidio;
el amo, en cambio –conforme a la ley–, tiene sobre su esclavo derecho de vida
y muerte, de modo que puede venderlo a quien quiera o matarlo –perdóname la
comparación–, como haría con su propio caballo.
5. Por último, el criado está al servicio del patrón sólo temporalmente; el
esclavo lo está para siempre.
72. Nada
hay entre los hombres que te haga pertenecer más a otro que la esclavitud.
Nada hay tampoco entre los cristianos que nos haga pertenecer más
completamente a Jesucristo y a su santísima Madre que la esclavitud aceptada
voluntariamente, a ejemplo de Jesucristo, que por nuestro amor tomó forma
de esclavo (Flp 2,7), y de la Santísima Virgen, que se proclamó
servidora y esclava del Señor (Lc 1,38). El Apóstol se honra de llamarse
servidor de Jesucristo (Rm 1,38; ver 1Cor 7,22; 2Tim 2,24.. Los cristianos son
llamados repetidas veces en la Sagrada Escritura servidores de Cristo. Palabra
que –como hace notar acertadamente un escritor insigne– equivalía antes a
esclavo, porque entonces no se conocían servidores como los criados de ahora,
dado que los señores sólo eran servidos por esclavos o libertos.
Para afirmar abiertamente que somos esclavos de Jesucristo, el Catecismo
del concilio de Trento se sirve de un término que no deja lugar a dudas,
llamándonos mancipia Christi: esclavos de Cristo 10.
73.
Afirmo que debemos pertenecer a Jesucristo y servirle no sólo como
mercenarios, sino como esclavos de amor, que, por efecto de un intenso amor,
se entregan y consagran a su servicio en calidad de esclavos por el único
honor de pertenecerle. Antes del bautismo éramos esclavos del diablo. El
bautismo nos transformó en esclavos de Jesucristo (Ver Rm 6,22). Es necesario,
pues, que los cristianos sean esclavos del diablo o de Jesucristo.
74. Lo
que digo en términos absolutos de Jesucristo, lo digo, proporcionalmente, de
la Santísima Virgen. Habiéndola escogido Jesucristo por compañera inseparable
de su vida, muerte, gloria y poder en el cielo y en la tierra, le otorgó,
gratuitamente –respecto de su Majestad– todos los derechos y privilegios que
El posee por naturaleza: "Todo lo que conviene a Dios por naturaleza, conviene
a María por gracia" 11, dicen los santos. De suerte que, según
ellos, teniendo los dos el mismo querer y poder, tienen también los mismos
servidores y esclavos.
75. Podemos,
pues –conforme al parecer de los santos y de muchos varones insignes–,
llamarnos y hacernos esclavos de amor de la Santísima Virgen, a fin de serlo
más perfectamente de Jesucristo. La Virgen santísima es el medio del cual se
sirvió el Señor para venir a nosotros. Es también el medio del cual debemos
servirnos para ir a El. Pues María no es como las demás creaturas, que, si nos
apegamos a ellas, pueden separarnos de Dios en lugar de acercarnos a El. La
tendencia más fuerte de María es la de unirnos a Jesucristo 12, su
Hijo, y la más viva tendencia del Hijo es que vayamos a El por medio de su
santísima Madre. Obrar así es honrarlo y agradarle, como sería honrar y
agradar a un rey el hacerse esclavo de la reina para ser mejores súbditos y
esclavos del soberano. Por esto, los Santos Padres y luego San Buenaventura
dicen que la Santísima Virgen es el camino para llegar a Nuestro Señor.
76. Más
aún, si –como he dicho– la Santísima Virgen es la Reina y Soberana del cielo y
de la tierra: "Al poder de Dios todo está sometido, incluida la Virgen; al
poder de la Virgen todo está sometido, incluido Dios", dicen San Anselmo, San
Bernardo, San Bernardino, San Buenaventura, ¿por qué no ha de tener tantos
súbditos y esclavos como creaturas hay? Y ¿no será razonable que, entre tantos
esclavos por fuerza, los haya también de amor, que escojan libremente a María
como Soberana? ¡Pues qué! ¿Han de tener los hombres y los demonios sus
esclavos voluntarios y no los ha de tener María? ¡Y qué! ¿Un rey se siente
honrado de que la reina, su consorte, tenga esclavos sobre los cuales puede
ejercer derechos de vida y muerte –en efecto, el honor y poder del uno son el
honor y poder de la otra–, y el Señor, como el mejor de los hijos, llevará a
mal que María, su Madre santísima, con quien ha compartido todo su poder,
tenga también sus esclavos? ¿Tendrá El menos respeto y amor para con su Madre
que Asuero para con Ester, y Salomón para con Betsabé? (Est 5,2-8; 1Re 2,19)
¿Quién osará decirlo o siquiera pensarlo?
77. Pero
¿adónde me lleva la pluma? ¿Por qué detenerme a probar lo que es evidente? Si
alguno no quiere que nos llamemos esclavos de la Santísima Virgen, ¿qué más
da? ¡Hacerte y llamarte esclavo de Jesucristo es hacerte y proclamarte esclavo
de la Santísima Virgen! Porque Jesucristo es el fruto y gloria de María.
Todo esto se realiza de modo perfecto con la devoción de que te voy a hablar.
3. DEBEMOS REVESTIRNOS DEL HOMBRE NUEVO, JESUCRISTO
78. Tercera verdad.
Nuestras mejores acciones quedan, de ordinario, manchadas e infectadas a causa
de las malas inclinaciones que hay en nosotros.
Cuando se vierte agua limpia y clara en una vasija que huele mal, o vino en
una garrafa maleada por otro vino, el agua clara y el buen vino se dañan y
toman fácilmente el mal olor. Del mismo modo, cuando Dios vierte en nuestra
alma, infectada por el pecado original y actual, sus gracias y rocíos
celestiales o el vino delicioso de su amor, sus bienes se deterioran y dañan
ordinariamente a causa de la levadura de malas inclinaciones que el pecado ha
dejado en nosotros. Y nuestras acciones, aun las inspiradas por las virtudes
más sublimes, se resienten de ello 13.
Es, por tanto, de suma importancia para alcanzar la perfección –que sólo se
adquiere por la unión con Jesucristo 14– liberarnos de lo malo que
hay en nosotros. De lo contrario, Nuestro Señor, que es infinitamente santo y
detesta la menor mancha en el alma, nos rechazará de su presencia y no se
unirá a nosotros.
79. Para
vaciarnos de nosotros mismos15 , debemos, en primer lugar, conocer
bien, con la luz del Espíritu Santo, nuestras malas inclinaciones, nuestra
incapacidad para todo bien concerniente a la salvación, nuestra debilidad en
todo, nuestra continua inconstancia, nuestra indignidad para toda gracia y
nuestra iniquidad en todo lugar.
El pecado de nuestro primer padre nos perjudicó a todos casi totalmente; nos
dejó agriados, engreídos e infectados como la levadura agría, levanta e
infecta toda la masa en que se la pone. Nuestros pecados actuales, mortales o
veniales, aunque estén perdonados, han acrecentado la concupiscencia,
debilidad, inconstancia y corrupción naturales y dejado huellas de maldad en
nosotros. Nuestros cuerpos se hallan tan corrompidos que el Espíritu Santo los
llama cuerpos de pecado (Rm 6,6), concebidos en pecado (Sl 51 [50],7),
alimentados en el pecado y capaces de todo pecado. Cuerpos sujetos a mil
enfermedades, que de día en día se corrompen y no engendran sino corrupción.
Nuestra alma, unida al cuerpo, se ha hecho tan carnal, que la Biblia la llama
carne: Toda carne se había corrompido en su proceder (Gn 6,12) 16.
Tenemos por única herencia el orgullo y la ceguera en el espíritu, el
endurecimiento en el corazón, la debilidad y la inconstancia en el alma, la
concupiscencia, las pasiones rebeldes y las enfermedades en el cuerpo. Somos,
por naturaleza, más soberbios que los pavos reales, más apegados a la tierra
que los sapos, más viles que los machos cabríos, más envidiosos que las
serpiente, más glotones que los cerdos, más coléricos que los tigres, más
perezosos que las tortugas, más débiles que las cañas y más inconstantes que
las veletas. En el fondo no tenemos sino la nada y el pecado, y sólo merecemos
la ira divina y la condenación eterna 17.
80. Siendo
ello así, ¿por qué maravillarnos de que Nuestro Señor haya dicho que quien
quiera seguirle debe renunciarse a sí mismo y odiar su propia vida? (Mt 16,24;
Mc 8,34-35) ¿Y que el que ama su alma la perderá y quien la odia la salvará?
(Jn 12,25). Esta infinita Sabiduría –que no da prescripciones sin motivo– no
nos ordena el odio a nosotros mismos sino porque somos extremadamente dignos
de odio; nada tan digno de amor como Dios, nada tan digno de odio como
nosotros mismos.
81. En
segundo lugar, para vaciarnos de nosotros mismos debemos morir todos los días
a nuestro egoísmo, es decir, renunciar a las operaciones de las potencias del
alma y de los sentidos, ver como si no viéramos, oír como si no oyéramos,
servirnos de las cosas de este mundo como si no nos sirviéramos de ellas (ver
1Cor 7,30-31). Es lo que San Pablo llama morir cada día (1Cor 15,31).
Si el grano de trigo cae en tierra y no muere, queda infecundo (Jn
12,24), se vuelve tierra y no produce buen fruto. Si no morimos a nosotros
mismos y si nuestras devociones más santas no nos llevan a esta muerte
necesaria y fecunda, no produciremos fruto que valga la pena y nuestras
devociones serán inútiles; todas nuestras obras de virtud quedarán manchadas
por el egoísmo y la voluntad propia; Dios rechazará los mayores sacrificios y
las mejores acciones que ejecutemos; a la hora de la muerte, nos encontraremos
con las manos vacías de virtudes y méritos y no tendremos ni una chispa de ese
amor puro que sólo se comunica a quienes han muerto a sí mismos, y cuya
vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3,3).
82. En
tercer lugar, debemos escoger entre las devociones a la Santísima Virgen la
que nos lleva más perfectamente a dicha muerte al egoísmo, por ser la mejor y
más santificadora. Porque no hay que creer que es oro todo lo que brilla, ni
miel todo lo dulce, ni el camino más fácil y lo que practica la mayoría es lo
más eficaz para la salvación. Así como hay secretos naturales para hacer en
poco tiempo, con pocos gastos y gran facilidad ciertas operaciones naturales,
también hay secretos en el orden de la gracia para realizar en poco tiempo,
con dulzura y facilidad, operaciones sobrenaturales: liberarte del egoísmo,
llenarte de Dios y hacerte perfecto. La práctica que quiero descubrirte es uno
de esos secretos de la gracia ignorado por gran número de cristianos, conocido
de pocos devotos, practicado y saboreado por un número aún menor. Expongamos
la cuarta verdad –consecuencia de la tercera– antes de abordar dicha práctica
18.
4. LA ACCION MATERNAL DE MARIA
FACILITA EL ENCUENTRO PERSONAL CON CRISTO
83. Cuarta verdad.
Es más perfecto, porque es más humilde, no acercarnos a Dios por nosotros
mismos, sino acudir a un mediador. Estando tan corrompida nuestra naturaleza
–como acabo de demostrar–, si nos apoyamos en nuestros propios esfuerzos,
habilidad y preparación para llegar hasta Dios y agradarle, ciertamente
nuestras obras de justificación quedarán manchadas o pesarán muy poco delante
de Dios para comprometerlo a unirse a nosotros y escucharnos.
Porque no sin razón nos ha dado Dios mediadores 19 ante sí mismo.
Vio nuestra indignidad e incapacidad, se apiadó de nosotros, y, para darnos
acceso a sus misericordias, nos proveyó de poderosos mediadores ante su
grandeza. Por tanto, despreocuparte de tales mediadores y acercarte
directamente a la santidad divina sin recomendación alguna es faltar a la
humildad y al respecto debido a un Dios tan excelso y santo, es hacer menos
caso de ese Rey de reyes del que harías de un soberano o príncipe de la
tierra, a quien no te acercarías sin un amigo que hable por ti 20.
84. Jesucristo
es nuestro abogado y mediador de redención ante el Padre. Por El debemos orar
junto con la Iglesia triunfante y militante. Por El tenemos acceso ante la
Majestad divina, y sólo apoyados en El y revestidos de sus méritos debemos
presentarnos ante el Padre, así como el humilde Jacob compareció ante su padre
Isaac, para recibir la bendición, cubierto con pieles de cabrito.
85. Pero
¿no necesitamos, acaso, un mediador ante el mismo Mediador? ¿Bastará nuestra
pureza a unirnos a El directamente y por nosotros mismos? ¿No es El, acaso,
Dios igual en todo a su Padre, y, por consiguiente, el Santo de los santos,
tan digno de respeto como su Padre? Si por amor infinito se hizo nuestro
fiador y mediador ante el Padre para aplacarlo y pagarle nuestra deuda, ¿será
esto razón para que tengamos menos respeto para con su majestad y santidad?
Digamos, pues, abiertamente, con San Bernardo, que necesitamos un mediador
ante el Mediador mismo y que la excelsa María es la más capaz de cumplir este
oficio caritativo. Por Ella vino Jesucristo a nosotros, y por Ella debemos
nosotros ir a El.
Si tememos ir directamente a Jesucristo-Dios a causa de su infinita grandeza y
de nuestra pequeñez o pecados, imploremos con filial osadía la ayuda e
intercesión de María, nuestra Madre. Ella es tierna y bondadosa. En Ella no
hay nada austero o repulsivo ni excesivamente sublime o deslumbrante. Al
verla, vemos nuestra propia naturaleza. No es el sol, que con la viveza de sus
rayos podría deslumbrarnos a causa de nuestra debilidad. Es hermosa y apacible
como la luna (Ct 6,10), que recibe la luz del sol para acomodarla a la
debilidad de nuestra vista.
María es tan caritativa que no rechaza ninguno de los que imploran su
intercesión, por más pecador que sea, pues –como dicen los santos– jamás se ha
oído decir que alguien haya acudido confiada y perseverantemente a Ella y haya
sido rechazado. Ella es tan poderosa que sus peticiones jamás han sido
desoídas. Bástale presentarse ante su Hijo con alguna súplica para que El la
acepte y reciba y se deje siempre vencer amorosamente por los pechos, las
entrañas y las súplicas de su Madre queridísima.
86. Esta
es doctrina sacada de los escritos de San Bernardo y San Buenaventura. Según
ellos, para llegar a Dios tenemos que subir tres escalones: el primero, más
cercano y adaptado a nuestras posibilidades, es María 21; el
segundo es Jesucristo y el tercero es Dios Padre. Para llegar a Jesucristo hay
que ir a María, nuestra Mediadora de intercesión. Para llegar al Padre hay que
ir al Hijo, nuestro Mediador de redención 22. Este es precisamente
el orden que se observa en la forma de devoción de la que hablaré más
adelante.
5. LLEVAMOS EL TESORO DE LA GRACIA EN VASIJAS DE ARCILLA
87. Quinta verdad.
Es muy difícil, dada nuestra pequeñez y fragilidad, conservar las gracias y
tesoros de Dios, porque:
1. Llevamos este tesoro, más valioso que el cielo y la tierra, en vasijas
de arcilla (2Cor 4,7), en un cuerpo corruptible, en un alma débil e
inconstante que por nada se turba y abate.
88. 2.
Los demonios, ladrones muy astutos, quieren sorprendernos de improviso para
robarnos y desvalijarnos. Espían día y noche el momento favorable para ello.
Nos rodean incesantemente para devorarnos (ver 1Pe 5,8) y arrebatarnos en un
momento –por un solo pecado– todas las gracias y méritos logrados en muchos
años. Su malicia, su pericia, su astucia y número deben hacernos temer
infinitamente esta desgracia, ya que personas más llenas de gracia, más ricas
en virtudes, más experimentadas y elevadas en santidad que nosotros han sido
sorprendidas, robadas y saqueadas lastimosamente. ¡Ah! ¡Cuántos cedros del
Líbano y estrellas del firmamento cayeron miserablemente y perdieron en poco
tiempo su elevación y claridad!
Y ¿cuál es la causa? No fue falta de gracia. Que Dios a nadie la niega. Sino
¡falta de humildad! Se consideraron capaces de conservar sus tesoros. Se
fiaron de sí mismos y se apoyaron en sus propias fuerzas. Creyeron bastante
segura su casa y suficientemente fuertes sus cofres para guardar el precioso
tesoro de la gracia, y por este apoyo imperceptible en sí mismos –aunque les
parecía que se apoyaban solamente en la gracia de Dios–, el Señor, que es la
justicia misma, abandonándolos a sí mismos, permitió que fueran saqueados.
¡Ay! Si hubieran conocido la devoción admirable que a continuación voy a
exponer, habrían confiado su tesoro a una Virgen fiel y poderosa, y Ella lo
habría guardado como si fuera propio, y hasta se habría comprometido a ello en
justicia.
89. 3.
Es difícil perseverar en gracia, a causa de la increíble corrupción del mundo.
Corrupción tal que es prácticamente imposible que los corazones no se manchen,
si no con su lodo, al menos con su polvo 23. Hasta el punto de que
es una especie de milagro el que una persona se conserve en medio de este
torrente impetuoso sin ser arrastrado por él, en medio de este mar tempestuoso
sin anegarse o ser saqueada por los piratas y corsarios, en medio de esta
atmósfera viciada sin contagiarse.
Sólo la Virgen fiel, contra quien nada pudo la serpiente, hace este milagro en
favor de aquellos que la sirven lo mejor que pueden.
NOTAS:
1
El mensaje del P. de Montfort es auténticamente cristocéntrico.
2
Ver MC 25; LG 66.
3
Ver 24.31-33.50.
4
VD 75.83-86.120.152-168...
5
P. de Montfort gusta mucho del término "secreto"
6
Guillermo de París.
7
La oración está entresacada de diferentes obras de san Agustín.
8
"... Nosotros, los cristianos, más que ningún otro debemos entregarnos y
consagrarnos como esclavos al Redentor, Señor nuestro" (Catecismo del
Concilio de Trento, I, c.3, n. 12).
9
Montfort quiere decir que nuestra dependencia de Dios y nuestra pertenencia a
El son absolutas.
10
Ver VD 129.
11
"Los misterios de la gracia que Dios ha realizado en María no se miden según
las leyes ordinarias, sino según la omnipotencia divina" (Pío XII).
12
VD 129.
13
Ver VD 146.173.213.228; AC 47.
14
VD 120
15
El programa implica seguir a Cristo, con su cruz hasta el anonadamiento; ver
Flp 2,7; Mt 7,24.
16
Carne designa frecuentemente en la Biblia al hombre, en cuanto limitado,
débil, imperfecto...
17
No obstante el bautismo (Rm 6,4ss) y constituyendo una nueva criatura (2Cor
5,17) es claro que "los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están
conectados con ese otro desequilibrio que hunde sus raíces en el corazón
humano" (GS 10).
18
Ver SM 44.
19
"La única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas
diversa cooperación participada de la única fuente" (LG 62).
20
Leer VD 83-86 a la luz de LG 60 y 62.
21
María "ocupa en la santa Iglesia el lugar más alto después de Cristo y el más
cercano a nosotros" (LG 54; ver MC 28). María es de nuestra raza y de nuestra
historia.
22
Según Ef 2,18, por Cristo llegamos hasta el Padre, en un mismo Espíritu; ahora
bien, María y el Espíritu luchan por la misma causa: Ella es la fidelísima
cooperadora del Espíritu Santo (ver MC 25.27).
23
San León Magno.
CAPITULO II
DEFORMACIONES DEL CULTO A MARIA
90. Presupuestas
las cinco verdades anteriores, es preciso, ahora más que nunca, hacer una
buena elección de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. En efecto, hoy
más que nunca, nos encontramos con falsas devociones que fácilmente podrían
tomarse por verdaderas. El demonio, como falso acuñador de moneda y engañador
astuto y experimentado, ha embaucado y hecho caer a muchas almas por medio de
falsas devociones a la Santísima Virgen, y cada día utiliza su experiencia
diabólica para perder a muchas otras, entreteniéndolas y adormeciéndolas en el
pecado so pretexto de algunas oraciones mal recitadas y de algunas prácticas
exteriores inspiradas por él.
Como un falsificador de moneda no falsifica ordinariamente sino el oro y la
plata, y muy rara vez los otros metales, porque no valen la pena, así el
espíritu maligno no falsifica las otras devociones tanto como las de Jesús y
María –la devoción a la sagrada comunión y la devoción a la Santísima Virgen–,
porque son, entre las devociones, lo que el oro y la plata entre los metales.
91. Es
por ello importantísimo: 1. conocer las falsas devociones, para evitarlas, y
la verdadera, para abrazarla; 2. conocer cuál es, entre las diferentes formas
de devoción verdadera a la Santísima Virgen, la más perfecta, la más agradable
a María, la más gloriosa para Dios y la más eficaz para nuestra santificación,
a fin de optar por ella.
92. Hay,
a mi parecer, siete clases de falsos devotos y falsas devociones a la
Santísima Virgen, a saber:
1. los devotos críticos;
2. los devotos escrupulosos;
3. los devotos exteriores;
4. los devotos presuntuosos;
5. los devotos inconstantes;
6. los devotos hipócritas;
7. los devotos interesados.
1. Los devotos críticos
93. Los
devotos críticos son, por lo común, sabios orgullosos, engreídos y
pagados de sí mismos, que en el fondo tienen alguna devoción a la Santísima
Virgen, pero critican casi todas las formas de piedad con que las gentes
sencillas honran ingenua y santamente a esta buena Madre sólo porque no se
acomodan a su fantasía. Ponen en duda todos los milagros e historias referidas
por autores fidedignos o tomadas de las crónicas de las órdenes religiosas que
atestiguan la misericordia y el poder de la Santísima Virgen. Se irritan al
ver a las gentes sencillas y humildes arrodilladas –para rogar a Dios– ante un
altar o imagen de María o en la esquina de una calle 1.
Llegan hasta acusarlas de idolatría como si adoraran la madera o la piedra. En
cuanto a ellos –así dicen–, ¡no les gustan tales devociones exteriores ni son
tan cándidos como para creer a tantos cuentos e historietas como corren acerca
de la Santísima Virgen! Si se les recuerdan las admirables alabanzas que los
Santos Padres tributan a María, responden que hablaban como oradores, en forma
hiperbólica, o dan una falsa explicación de sus palabras.
Esta clase de falsos devotos y gente orgullosa y mundana es mucho de temer;
hace un daño incalculable a la devoción a la Santísima Virgen, alejando de
ella definitivamente a los pueblos so pretexto de desterrar abusos.
2. Los devotos escrupulosos
94. Los
devotos escrupulosos son personas que temen deshonrar al Hijo al honrar
a la Madre, rebajar al uno al honrar a la otra. No pueden tolerar que se
tributen a la Santísima Virgen las justísimas alabanzas que le prodigan los
Santos Padres. Toleran penosamente que haya más personas arrodilladas ante un
altar de María que delante del Santísimo Sacramento, ¡como si esto fuera
contrario a aquello o si los que oran a la Santísima Virgen no orasen a
Jesucristo por medio de Ella! No quieren que se hable con tanta frecuencia de
la Madre de Dios ni que los fieles acudan a Ella tantas veces.
Oigamos algunas de sus expresiones más frecuentes: "¿De qué sirven tantos
rosarios? ¿Tantas congregaciones y devociones exteriores a la Santísima
Virgen? ¡Cuánta ignorancia en tales prácticas! ¡Esto es poner en ridículo
nuestra religión! ¡Hábleme, más bien, de los devotos de Jesucristo
(frecuentemente lo nombran sin descubrirse, lo digo entre paréntesis). ¡Hay
que recurrir a Jesucristo: El es nuestro único mediador! Hay que predicar a
Jesucristo: ¡esto sí es sólido!" 2.
Y lo que dicen es verdad en cierto sentido. Pero la aplicación que hacen de
ello para combatir la devoción a la Santísima Virgen es muy peligrosa, es un
lazo sutil del espíritu maligno so pretexto de un bien mayor. Porque nunca se
honra tanto a Jesucristo como cuando se honra a la Santísima Virgen.
Efectivamente, si se la honra, es para honrar más perfectamente a Jesucristo;
pues, si vamos a Ella, es para encontrar el camino que nos lleva a la meta,
que es Jesucristo.
95. La
Iglesia, con el Espíritu Santo, bendice primero a la Santísima Virgen y
después a Jesucristo: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu
vientre, Jesús. Y esto no porque la Virgen María sea mayor que Jesucristo
o igual a El –lo cual sería intolerable herejía–, sino porque para bendecir
más perfectamente a Jesucristo hay que bendecir primero a María 3.
Digamos, pues, con todos los verdaderos devotos de la Santísima Virgen y
contra sus falsos devotos escrupulosos: María, bendita tú entre todas las
mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (Lc 1,42).
3. Los devotos exteriores
96. Los
devotos exteriores son personas que cifran toda su devoción a María en
prácticas externas. Sólo gustan de lo exterior de esta devoción, porque
carecen de espíritu interior. Rezan muchos rosarios, pero atropelladamente.
Oyen muchas misas, pero sin atención. Se inscriben en todas las cofradías
marianas, pero sin enmendar su vida, sin vencer sus pasiones, sin imitar las
virtudes de la Santísima Virgen. Sólo gustan de lo sensible de la devoción, no
buscan lo sólido. De suerte que, si no experimentan algo sensible en sus
prácticas piadosas, creen que no hacen nada, se desalientan y lo abandonan
todo o lo hacen por rutina.
El mundo está lleno de esta clase de devotos exteriores. No hay gente que más
critique a las personas de oración, que se empeñan en lo interior como lo
esencial, aunque sin menospreciar la modestia exterior, que acompaña siempre a
la devoción verdadera.
4. Los devotos presuntuosos
97. Los
devotos presuntuosos son pecadores aletargados en sus pasiones o amigos
de lo mundano. Bajo el hermoso nombre de cristianos y devotos de la Santísima
Virgen esconden el orgullo, la avaricia, la lujuria, la embriaguez, el
perjurio, la maledicencia o la injusticia, etc.; duermen pacíficamente en sus
costumbres perversas, sin hacerse mucha violencia para corregirse, confiados
en que son devotos de la Santísima Virgen; se prometen a sí mismos que Dios
les perdonará, que no morirán sin confesión ni se condenarán, porque rezan el
rosario, ayunan los sábados, pertenecen a la Cofradía del Santo Rosario, a la
del escapulario u otras congregaciones, llevan el hábito o la cadenilla de la
Santísima Virgen, etc. 4.
Cuando se les dice que su devoción no es sino ilusión diabólica y perniciosa
presunción, capaz de llevarlos a la ruina, se resisten a creerlo. Responden
que Dios es bondad y misericordia; que no nos ha creado para la perdición; que
no hay hombre que no peque; que no morirán sin confesión; que basta un buen
"¡Señor, pequé!" (ver 2Sam 12,13) a la hora de la muerte. Y añaden que son
devotos de la Santísima Virgen, que llevan el escapulario; que todos los días
rezan puntual y humildemente siete padrenuestros y avemarías en su honor y
algunas veces el rosario o el oficio de la Santísima Virgen; que ayunan, etc.
Para confirmar sus palabras y enceguecerse aún más, alegan algunos hechos
verdaderos o falsos –poco importa– que han oído o leído, en los que se asegura
que personas muertas en pecado mortal y sin confesión, gracias a que durante
su vida habían rezado algunas oraciones o ejercitado algunas prácticas de
devoción en honor de la Virgen, resucitaron para confesarse, o su alma
permaneció milagrosamente en el cuerpo hasta que lograron confesarse, o a la
hora de la muerte obtuvieron de Dios, por la misericordia de la Santísima
Virgen, el perdón y la salvación. ¡Ellos esperan correr la misma suerte!
98. Nada
en el cristianismo es tan perjudicial a las gentes como esta presunción
diabólica. Porque ¿cómo puede alguien decir con verdad que ama y honra a la
Santísima Virgen mientras con sus pecados hiere, traspasa, crucifica y ultraja
despiadadamente a Jesucristo, su Hijo? Si María se obligara a salvar por su
misericordia a esta clase de personas, ¡autorizaría el pecado y ayudaría a
crucificar a su Hijo! Y esto, ¿quién osaría siquiera pensarlo?
99. Protesto
que abusar así de la devoción a la Santísima Virgen –devoción que, después de
la que se tiene a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, es la más santa y
sólida de todas– constituye un horrible sacrilegio: el mayor y menos digno de
perdón después de la comunión sacrílega. Confieso que para ser verdadero
devoto de la Santísima Virgen no es absolutamente necesario que seas tan
santo, que llegues a evitar todo pecado, aunque esto sería lo más deseable.
Pero es preciso al menos (¡nota bien lo que digo!):
1. mantenerte sinceramente resuelto a evitar, por lo menos, todo pecado
mortal, que ultraja tanto a la Madre como al Hijo;
2. violentarte para evitar el pecado;
3. inscribirte en las cofradías, rezar los cinco o los quince misterios del
rosario u otras oraciones, ayunar los sábados, etc.
100. Todas
estas buenas obras son maravillosamente útiles para lograr la conversión de
los pecadores por endurecidos que estén. Y si tú, lector, fueras uno de ellos,
aunque ya tuvieras un pie en el abismo..., te las aconsejo, a condición de que
las realices con la única intención de alcanzar de Dios –por intercesión de la
Santísima Virgen– la gracia de la contrición y el perdón de tus pecados y
vencer tus hábitos malos, y no para permanecer tranquilamente en estado de
pecado, no obstante los remordimientos de la conciencia, el ejemplo de
Jesucristo y de los santos y las máximas del santo Evangelio.
5. Los devotos inconstantes
101. Los
devotos inconstantes son los que honran a la Santísima Virgen a
intervalos y como a saltos. Ya fervorosos, ya tibios... En un momento parecen
dispuestos a emprenderlo todo por su servicio, poco después ya no son los
mismos. Abrazan de momento todas las devociones a la Santísima Virgen y se
inscriben en todas sus cofradías, pero luego no cumplen sus normas con
fidelidad. Cambian como la luna (Eclo 27,12). Y María los coloca debajo de sus
pies (ver Ap 12,1), junto a la media luna, porque son volubles e indignos de
ser contados entre los servidores de esta Virgen fiel, que se distingue por la
fidelidad y la constancia. Más vale no recargarse con tantas oraciones y
prácticas devotas y hacer menos, pero con amor y fidelidad, a pesar del mundo,
del demonio y de la carne.
6. Los devotos hipócritas
102. Hay
todavía otros falsos devotos de la Santísima Virgen: los devotos
hipócritas. Encubren sus pecados y costumbres pecaminosas bajo el manto de
la Virgen fiel, a fin de pasar a los ojos de los demás por lo que no son.
7. Los devotos interesados
103. Existen,
finalmente, los devotos interesados. Son aquellos que sólo
acuden a la Santísima Virgen para ganar algún pleito, evitar un peligro, curar
de una enfermedad o por necesidades semejantes, sin las cuales no se
acordarían de Ella. Unos y otros son falsos devotos, en nada aceptos a Dios ni
a su santísima Madre.
104. Pongamos,
pues, suma atención, a fin de no pertenecer al número de los devotos
críticos, que no creen en nada, pero todo lo critican; de los devotos
escrupulosos, que temen ser demasiado devotos a la Santísima Virgen por
respeto a Jesucristo; de los devotos exteriores, que hacen consistir
toda su devoción en prácticas exteriores; de los devotos presuntuosos,
que, bajo el oropel de una falsa devoción a la Santísima Virgen, viven
encenegados en el pecado; de los devotos inconstantes, que –por
ligereza– cambian sus prácticas de devoción o las abandonan a la menor
tentación; de los devotos hipócritas, que entran en las cofradías y
visten la librea de la Santísima Virgen para hacerse pasar por santos, y,
finalmente, de los devotos interesados, que sólo recurren a la
Santísima Virgen para librarse de males corporales o alcanzar bienes de este
mundo.
NOTAS:
1
Montfort entiende las manifestaciones de la religiosidad popular como
expresión de la convicción eclesial de la presencia de María en nuestro
peregrinar hacia Dios.
2
El culto de María jamás se opone al de su Hijo: Ella busca la gloria de Jesús
y la realización del proyecto de amor que el Padre le ha encomendado.
3
Ver VD 224-225.
4
La auténtica devoción a María lleva a la conversión y a dejarse transformar
por la Palabra de Dios, bajo la fuerza del Espíritu Santo (Lc 11,28); ver LG
56; VD 108.
CAPITULO III
LA VERDADERA DEVOCION A LA SANTISIMA VIRGEN
105. Después
de haber desenmascarado y reprobado las falsas devociones a la Santísima
Virgen, conviene presentar en pocas palabras la verdadera. Esta es:
1. interior;
2. tierna;
3. santa;
4. constante;
5. desinteresada
1.
1. Devoción interior
106.
1. La verdadera devoción a la Santísima Virgen es interior. Es decir,
procede del espíritu y del corazón, de la estima que tienes de Ella, de la
alta idea que te has formado de sus grandezas y del amor que le tienes.
2. Devoción tierna
107. 2.
Es tierna, vale decir, llena de confianza en la Santísima Virgen, como
la confianza del niño en su querida madre. Esta devoción hace que recurras a
la Santísima Virgen en todas tus necesidades materiales y espirituales con
gran sencillez, confianza y ternura, e implores la ayuda de tu bondadosa Madre
en todo tiempo, lugar y circunstancia: en las dudas, para que te esclarezca;
en los extravíos, para que te convierta al buen camino; en las tentaciones,
para que te sostenga; en las debilidades, para que te fortalezca; en las
caídas, para que te levante; en los desalientos, para que te reanime; en los
escrúpulos, para que te libre de ellos; en las cruces, afanes y contratiempos
de la vida, para que te consuele. Finalmente, en todas las dificultades
materiales y espirituales, María es tu recurso ordinario, sin temor de
importunar a tu bondadosa Madre ni desagradar a Jesucristo.
3. Devoción santa
108. 3.
La verdadera devoción a la Santísima Virgen es santa. Es decir, te
lleva a evitar el pecado e imitar las virtudes de la Santísima Virgen, y en
particular su humildad profunda, su fe viva, su obediencia ciega 2,
su oración continua, su mortificación universal, su pureza divina, su caridad
ardiente, su paciencia heroica, su dulzura angelical y su sabiduría divina.
Estas son las diez principales virtudes de la santísima Virgen.
4. Devoción constante
109. 4.
La verdadera devoción a la Santísima Virgen es constante. Te consolida
en el bien y hace que no abandones fácilmente las prácticas de devoción. Te
anima para que puedas oponerte a lo mundano y sus costumbres y máximas; a lo
carnal y sus molestias y pasiones; al diablo y sus tentaciones. De suerte que,
si eres verdaderamente devoto de la Santísima Virgen, huirán de ti la
veleidad, la melancolía, los escrúpulos y la cobardía. Lo que no quiere decir
que no caigas algunas veces ni experimentes cambios en tu devoción sensible.
Pero, si caes, te levantarás tendiendo la mano a tu bondadosa Madre; si
pierdes el gusto y la devoción sensibles, no te acongojarás por ello. Porque
el justo y fiel devoto de María vive de la fe de Jesús y de María y no de los
sentimientos corporales (ver Hb 10,34) 3.
5. Devoción desinteresada
110. 5.
Por último, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es desinteresada.
Es decir, te inspirará no buscarte a ti mismo, sino sólo a Dios en su
santísima Madre. El verdadero devoto de María no sirve a esta augusta Reina
por espíritu de lucro o interés ni por su propio bien temporal o eterno,
corporal o espiritual, sino únicamente porque Ella merece ser servida y sólo
Dios en Ella. Ama a María, pero no por los favores que recibe o espera recibir
de Ella, sino porque Ella es amable. Por eso la ama con la misma fidelidad en
los sinsabores y sequedades que en las dulzuras y fervores sensibles. La ama
lo mismo en el Calvario que en las bodas de Caná.
¡Ah! ¡Cuán agradable y precioso es delante de Dios y de su santísima Madre el
devoto de María que no se busca a sí mismo en los servicios que le presta!
Pero ¡qué pocos hay así! Para que no sea tan reducido ese número, estoy
escribiendo lo que durante tantos años he enseñado en mis misiones pública y
privadamente con no escaso fruto.
111. Muchas
cosas he dicho ya de la Santísima Virgen. Muchas más tengo que decir. E
infinitamente más serán las que omita, ya por ignorancia, ya por falta de
talento o tiempo. Cuanto digo responde al propósito que tengo de hacer de ti
un verdadero devoto de María y un auténtico discípulo de Jesucristo.
112. ¡Oh!
¡qué bien pagado quedaría mi esfuerzo si este humilde escrito cae en manos de
una persona bien dispuesta, nacida de Dios y de María y no de linaje
humano, ni por impulso de la carne ni por deseo de varón (Jn 1,13); le
descubre e inspira, por gracia del Espíritu Santo, la excelencia y precio de
la verdadera y sólida devoción a la Santísima Virgen que ahora voy a
exponerte! ¡Si supiera que mi sangre pecadora serviría para hacer penetrar en
tu corazón, lector amigo, las verdades que escribo en honor de mi amada Madre
y soberana Señora, de quien soy el último de los hijos y esclavos, con mi
sangre, en vez de tinta, trazaría estas líneas, pues abrigo la
esperanza de hallar personas generosas que, por su fidelidad a la práctica que
voy a enseñarte, resarcirán a mi amada Madre y Señora por los daños que ha
sufrido a causa de mi ingratitud e infidelidad!
113. Hoy
me siento, más que nunca, animado a creer y esperar aquello que tengo
profundamente grabado en el corazón y que vengo pidiendo a Dios desde hace
muchos años, a saber, que tarde o temprano la Santísima Virgen tenga más
hijos, servidores y esclavos de amor 4 que nunca, y que, por este
medio, Jesucristo, mi Señor, reine como nunca en los corazones.
114. Preveo
claramente que muchas bestias rugientes llegan furiosas a destrozar con sus
diabólicos dientes este humilde escrito y a aquel de quien el Espíritu Santo
se ha servido para redactarlo, o sepultar, al menos, estas líneas en las
tinieblas o en el silencio de un cofre a fin de que no sea publicado 5.
Atacarán, incluso, a quienes lo lean y pongan en práctica. Pero ¡qué importa!
¡Tanto mejor! ¡Esta perspectiva me anima y hace esperar un gran éxito, es
decir, la formación de un gran escuadrón de aguerridos y valientes soldados de
Jesús y de María, de uno y otro sexo, que combatirán al mundo, al demonio y a
la naturaleza corrompida en los tiempos –como nunca peligrosos– que van a
llegar!
Entiéndelo, lector
(Mt 24,15).
El que pueda con eso, que lo haga
(Mt 19,12).
NOTAS:
1
Ver LG 67.
2
La colaboración de María a la obra de la salvación fue de absoluta y total
disponibilidad y consagración al proyecto de Dios. Ver LG 56; SM 40; VD
81.119.121.122.173-175.177.178.206...
3
Ver VD 214.
4
"Hijos, servidores y esclavos de amor", son una y misma realidad.
5
Todo sucedió a la letra. El manuscrito quedó escondido a partir de la
Revolución francesa (1789) hasta 1842 en que el P. Pedro Rautureau lo encontró
entre los libros de la Casa General de la Compañía de María, en 1842.
CAPITULO IV
DIVERSAS PRACTICAS DE DEVOCION A MARIA
1. Prácticas comunes
115. La
verdadera devoción a la Santísima Virgen puede expresarse interiormente
de diversas maneras. He aquí, en resumen, las principales: 1. honrarla, como a
digna Madre de Dios, con culto de hiperdulía, es decir, estimarla y venerarla
más que a todos los otros santos, por ser Ella la obra maestra de la gracia y
la primera después de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; 2.
meditar sus virtudes, privilegios y acciones; 3. contemplar sus grandezas; 4.
ofrecerle actos de amor, alabanza, acción de gracias; 5. invocarla de corazón;
6. ofrecerse y unirse a Ella; 7. realizar todas las acciones con intención de
agradarla; 8. comenzar, continuar y concluir las acciones por Ella, en Ella,
con Ella y para Ella, a fin de hacerlas por Jesucristo, en Jesucristo, con
Jesucristo y para Jesucristo, nuestra meta definitiva.
Más adelante explicaremos esta última práctica1.
116. La
verdadera devoción a la Santísima Virgen tiene también varias prácticas
exteriores. Estas son las principales:
1. inscribirse en sus cofradías y entrar en las congregaciones marianas;
2. entrar en las órdenes o institutos religiosos fundados para honrarla;
3. publicar sus alabanzas;
4. hacer en su honor limosnas, ayunos y mortificaciones espirituales y
corporales;
5. llevar sus libreas, como el santo rosario, el escapulario o la cadenilla;
6. rezar atenta y modestamente el santo rosario, compuesto de quince decenas
de avemarías, en honor de los quince principales misterios de Jesucristo, o la
tercera parte del rosario, que son cinco decenas, en honor de los cinco
misterios gozosos (anunciación, visitación, nacimiento de Jesucristo,
purificación y el Niño perdido y hallado en el templo); o de los cinco
misterios dolorosos (agonía de Jesús en el huerto, flagelación, coronación de
espinas, subida al Calvario con la cruz a cuestas y crucifixión y muerte de
Jesús); o de los cinco misterios gloriosos (resurrección de Jesucristo,
ascensión del Señor, venida del Espíritu Santo, asunción y coronación de María
por las tres personas de la Santísima Trinidad); o una corona de seis o siete
decenas en honor de los años que, según se cree, vivió sobre la tierra la
Santísima Virgen; o la coronilla de la Santísima Virgen, compuesta de tres
padrenuestros y doce avemarías, en honor de su corona de
doce estrellas o privilegios; o el oficio de Santa María Virgen, tan
universalmente aceptado y rezado en la Iglesia; o el salterio menor de María
Santísima, compuesto en honor suyo por San Buenaventura, y que inspira afectos
tan tiernos y devotos que no se puede rezar sin conmoverse; o catorce
padrenuestros y avemarías en honor de sus catorce alegrías; u otras
oraciones, himnos y cánticos de la Iglesia, como la Salve; Madre del
Redentor; Salve, Reina de los cielos o Reina de los cielos
–según los tiempos litúrgicos–; el himno Salve, de mares Estrella; la
antífona ¡Oh gloriosa Señora!, el Magnificat, etc., u otras
piadosas plegarias de que están llenos los devocionarios;
7. cantar y hacer cantar en su honor cánticos espirituales;
8. hacer en su honor cierto número de genuflexiones o reverencias, diciéndole,
por ejemplo, todas las mañanas sesenta o cien veces: Dios te salve, María,
Virgen fiel, para alcanzar de Dios, por mediación suya, la fidelidad a la
gracia durante todo el día; y por la noche: Dios te salve, María, Madre de
misericordia, para implorar de Dios, por medio de Ella, el perdón de los
pecados cometidos durante el día;
9. mostrar interés por sus cofradías, adornar sus altares, coronar y
embellecer sus imágenes;
10. organizar procesiones y llevar en ellas sus imágenes y llevar una consigo,
como arma poderosa contra el demonio;
11. hacer pintar o grabar sus imágenes o su monograma y colocarlas en las
iglesias, las casas o los dinteles de las puertas y entrada de las ciudades,
de las iglesias o de las casas;
12. consagrarse a Ella en forma especial y solemne.
117. Existen
muchas formas de verdadera devoción a la Santísima Virgen 2
inspiradas por el Espíritu Santo a las personas santas y que son muy eficaces
para la santificación. Pueden leerse, en extenso, en El paraíso abierto a
Filagia 3, compuesto por el R.P. Pablo Barry, S.J., quien ha
recopilado en esta obra gran número de devociones practicadas por los santos
en honor de la Santísima Virgen. Estas devociones constituyen maravillosos
medios de santificación, siempre que se hagan con las debidas disposiciones,
es decir: 1. con la buena y recta intención de agradar a Dios sólo, unirse a
Jesucristo, nuestra meta final, y edificar al prójimo; 2. con atención, sin
distracciones voluntarias; 3. con devoción, sin precipitación ni negligencia;
4. con modestia y compostura corporal respetuosa y edificante.
2. La práctica más perfecta
118. Después
de todo, protesto abiertamente que –aunque he leído todos los libros que
tratan de la devoción a la Santísima Virgen 4 y conversado
familiarmente con las personas más santas y sabias de estos últimos tiempos–
no he logrado conocer ni aprender una práctica de devoción semejante a la que
voy a explicar, que te exija más sacrificios por Dios, te libre más de ti
mismo y de tu egoísmo, te conserve más firme y fielmente en la gracia y la
gracia en ti, te una más perfecta y fácilmente 5 a Jesucristo y sea
más gloriosa para Dios, más santificadora para ti mismo y más útil al prójimo.
119. Dado
que lo esencial de esta devoción consiste en el interior que ella debe formar,
no será igualmente comprendida por todos: algunos se detendrán en lo que tiene
de exterior, sin pasar de ahí: será el mayor número; otros, en número
reducido, penetrarán en lo interior de la misma, pero se quedarán en el primer
grado. ¿Quién subirá al segundo? ¿Quién llegará hasta el tercero? ¿Quién,
finalmente, permanecerá en él habitualmente? Sólo aquel a quien el Espíritu
Santo de Jesucristo revele este secreto y lo conduzca por sí mismo para
hacerlo avanzar de virtud en virtud, de gracia en gracia, de luz en luz, hasta
transformarlo en Jesucristo y llevarlo a la plenitud de su madurez sobre la
tierra y perfección de su gloria en el cielo.
NOTAS:
1
Ver VD 257ss.
2
Los Padres del Concilio Vaticano II recuerdan y aprueban las devociones
marianas reconocidas por la Iglesia.(Ver LG 66; MC, Intr.)
3
El P. de Montfort recuerda las condiciones con las cuales las prácticas
exteriores de devoción a María se hacen santificadoras.
4
Siendo seminarista, el P. de Montfort fue bibliotecario. Tuvo entonces la
oportunidad de leer y sacar notas abundantes. Esos apuntes nos han quedado en
un grueso Cuaderno de Notas.
5
Ver LG 60.66.
TERCERA PARTE
LA PERFECTA CONSAGRACION A JESUCRISTO 1
CAPITULO I
CONTENIDOS ESENCIALES DE LA CONSAGRACION
120. La
plenitud de nuestra perfección consiste en asemejarnos, vivir unidos y
consagrados a Jesucristo 2. Por consiguiente, la más perfecta de
todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos asemeja, une y consagra
más perfectamente a Jesucristo. Ahora bien, María es la creatura más semejante
a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y hace
semejantes a Nuestro Señor es la devoción a su santísima Madre. Y cuanto más
te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo.
La perfecta consagración a Jesucristo es, por lo mismo, una perfecta y total
consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Esta es la devoción que yo
enseño, y que consiste –en otras palabras– en una perfecta renovación de los
votos y promesas bautismales 3.
Consagración perfecta y total
121. Consiste,
pues, esta devoción, en una entrega total a la Santísima Virgen, para
pertenecer, por medio de Ella, totalmente a Jesucristo. Hay que entregarle:
1. el cuerpo con todos sus sentidos y miembros;
2. el alma con todas sus facultades;
3. los bienes exteriores –llamados de fortuna– presentes y futuros;
4. los bienes interiores y espirituales, o sea, los méritos, virtudes y buenas
obras pasadas, presentes y futuras.
En dos palabras: cuanto tenemos, o podamos tener en el futuro, en el orden de
la naturaleza, de la gracia y de la gloria, sin reserva alguna –ni de un
céntimo, ni de un cabello, ni de la menor obra buena–, y esto por toda la
eternidad, y sin esperar por nuestra ofrenda y servicio más recompensa que el
honor de pertenecer a Jesucristo por María y en María, aunque esta amable
Señora no fuera –como siempre lo es– la más generosa y agradecida de las
creaturas.
122. Conviene
advertir que en las buenas obras que hacemos hay un doble valor: la
satisfacción y el mérito, o sea, el valor satisfactorio o impetratorio y el
valor meritorio.
El valor satisfactorio o impetratorio de una buena obra es la misma obra buena
en cuanto satisface por la pena debida por el pecado u obtiene alguna nueva
gracia. En cambio, el valor meritorio o mérito es la misma obra buena, en
cuanto merece la gracia y la gloria eterna.
Ahora bien, en esta consagración de nosotros mismos a la Santísima Virgen le
entregamos todo el valor satisfactorio, impetratorio y meritorio. Es decir,
las satisfacciones y méritos de todas nuestras buenas obras. Le entregamos
nuestros méritos, gracias y virtudes, no para que los comunique a otros
–porque nuestros méritos, gracias y virtudes, estrictamente hablando, son
incomunicables; únicamente Jesucristo, haciéndose fiador nuestro ante el
Padre, ha podido comunicarnos sus méritos–, sino para que nos los conserve,
aumente y embellezca, como veremos más adelante 4. Le entregamos
nuestras satisfacciones para que las comunique a quien mejor le plazca y para
mayor gloria de Dios.
123. De
donde se deduce que: 1. por esta devoción entregas a Jesucristo, de la manera
más perfecta –puesto que lo entregas por manos de María–, todo cuanto le
puedes dar y mucho más que por las demás devociones, por las cuales le
entregas solamente parte de tu tiempo, de tus buenas obras, satisfacciones y
mortificaciones.
Por esta consagración le entregas y consagras todo, hasta el derecho de
disponer de tus bienes interiores y satisfacciones que cada día puedes ganar
por tus buenas obras, lo cual no se hace ni siquiera en las órdenes o
institutos religiosos. En éstos se dan a Dios los bienes de fortuna por el
voto de pobreza, los bienes del cuerpo por el voto de castidad; la propia
voluntad, por el voto de obediencia, y algunas veces la libertad corporal, por
el voto de clausura. Pero no se entrega a Dios la libertad o el derecho de
disponer de las buenas obras, ni se despoja uno, cuanto es posible, de lo más
precioso y caro que posee el cristiano, a saber: los méritos y satisfacciones.
124. 2.
Una persona que se consagra y entrega voluntariamente a Jesucristo por medio
de María, no puede ya disponer del valor de ninguna de sus buenas obras; todo
lo bueno que padece, piensa, dice y hace pertenece a María, quien puede
disponer de ello según la voluntad y mayor gloria de su Hijo.
Esta entrega, sin embargo, no perjudica en nada a las obligaciones del estado
presente o futuro en que se encuentre la persona; por ejemplo, los compromisos
de un sacerdote, que, por su oficio u otro motivo cualquiera, debe aplicar el
valor satisfactorio e impetratorio de la santa misa a un particular. Porque no
se hace esta consagración sino según el orden establecido por Dios y los
deberes del propio estado.
125. 3.
Esta devoción nos consagra, al mismo tiempo, a la Santísima Virgen y a
Jesucristo. A la Santísima Virgen, como al medio perfecto escogido por
Jesucristo para unirse a nosotros, y a nosotros con El. A Nuestro Señor, como
a nuestra meta final, a quien debemos todo lo que somos, ya que es nuestro
Dios y Redentor.
Perfecta renovación de las promesas bautismales
126. He
dicho que esta devoción puede muy bien definirse como una perfecta renovación
de las promesas del santo bautismo.
De hecho, antes del bautismo, todo cristiano era esclavo del demonio, a quien
pertenecía. Por su propia boca o las de sus padrinos, renunció en el bautismo
a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y eligió a Jesucristo como a su Dueño y
Señor, para depender de El en calidad de esclavo de amor.
Es precisamente lo que hacemos por la presente devoción: renunciar –la fórmula
de consagración lo dice expresamente– al demonio, al mundo, al pecado y a
nosotros mismos y consagrarnos totalmente a Jesucristo por manos de María.
Pero hacemos algo más: en el bautismo hablamos ordinariamente por boca de
otros –los padrinos– y nos consagramos a Jesucristo por procurador. Mientras
que en esta devoción nos consagramos por nosotros mismos, voluntariamente y
con conocimiento de causa.
En el santo bautismo no nos consagramos explícitamente por manos de María ni
entregamos a Jesucristo el valor de nuestras buenas acciones. Y después de él
quedamos completamente libres para aplicar dicho valor a quien queramos o
conservarlo para nosotros. Por esta devoción, en cambio, nos consagramos
expresamente a Nuestro Señor por manos de María y le entregamos el valor de
todas nuestras buenas acciones.
127. "Los
hombres hacen voto en el bautismo –dice Santo Tomás– de renunciar al diablo y
a sus pompas". Y "este voto –había dicho San Agustín– es el mayor y más
indispensable". Lo mismo afirman los canonistas: "El voto principal es el que
hacemos en el bautismo." Sin embargo, ¿quién cumple este voto tan importante?
¿Quién observa con fidelidad las promesas del santo bautismo? ¿No traicionan
casi todos los cristianos la fe prometida a Jesucristo en el bautismo? ¿De
dónde proviene este desconcierto universal? ¿No es, acaso, del olvido en que
se vive de las promesas y compromisos del santo bautismo y de que casi nadie
ratifica por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por sus
padrinos?
128. Es
tan cierto esto, que el concilio de Sens, convocado por orden de Ludovico Pío
para poner remedio a los desórdenes de los cristianos, juzgó que la causa
principal de tanta corrupción de las costumbres provenía del olvido e
ignorancia en que vivían las gentes acerca de los compromisos del santo
bautismo, y no encontró remedio más eficaz para combatir tamaño mal que
excitar a los cristianos a renovar las promesas y votos bautismales 5.
129. El
Catecismo del concilio de Trento, fiel intérprete de las intenciones de este
santo concilio, exhorta a los párrocos a hacer lo mismo y a acostumbrar al
pueblo fiel a recordar y creer que los cristianos han sido consagrados a
Jesucristo, Señor y Redentor nuestro. Estas son sus palabras: "El párroco
exhortará al pueblo fiel para hacerle comprender que nosotros, más que
cualquier hombre, debemos ofrecernos y consagrarnos eternamente como esclavos
a Nuestro Señor y Redentor" 6.
130. Ahora
bien, si los concilios, los Padres y la misma experiencia nos demuestran que
el mejor remedio contra los desórdenes de los cristianos es hacerles recordar
las obligaciones del bautismo y renovar las promesas que en él hicieron, ¿no
será acaso razonable hacerlo ahora de manera perfecta mediante esta devoción y
consagración a Nuestro Señor por medio de su amantísima Madre? 7.
Digo de "manera perfecta" porque para consagrarnos a Jesucristo utilizamos el
más perfecto de todos los medios, que es la Santísima Virgen.
Respuesta a algunas objeciones
131. Alguien
puede objetar que esta devoción es nueva o sin importancia. No es nueva: los
concilios, los Padres y muchos autores antiguos y modernos hablan de dicha
consagración a Jesucristo o renovación de las promesas del santo bautismo como
de una práctica antigua aconsejada por ellos a todos los cristianos. No es de
poca importancia, puesto que la fuente principal de todos los desórdenes, y,
por consiguiente, de la condenación de los cristianos, procede del olvido e
indiferencia respecto de esta práctica.
132. Pudiera
alguno decir que esta devoción nos imposibilita para socorrer a las almas de
nuestros parientes, amigos y bienhechores, dado que nos hace entregar a
Nuestro Señor, por manos de la Santísima Virgen, el valor de todas
nuestras buenas obras, oraciones, mortificaciones y limosnas.
Le respondo:
1. No es creíble que nuestros amigos, parientes y bienhechores salgan
perjudicados porque nos entreguemos y consagremos sin reserva al servicio de
Nuestro Señor y su santísima Madre. Suponerlo sería menoscabar el poder y
bondad de Jesús y de María, quienes sabrán ayudar a nuestros parientes, amigos
y bienhechores sea con nuestra módica renta espiritual, sea con otros medios.
2. Esta devoción no impide orar por los demás –vivos o difuntos–, aunque la
aplicación de nuestras buenas obras dependa de la voluntad de la Santísima
Virgen. Al contrario, nos llevará a rogar con mayor confianza. Sucede como a
la persona rica que hubiera cedido todos sus bienes a un gran príncipe para
honrarlo más: ella rogaría con mayor confianza a este príncipe que dé una
limosna a un amigo suyo que se la pide. El príncipe hasta se sentiría feliz de
encontrar la oportunidad de manifestar su gratitud a quien se ha despojado de
todo para honrarlo y se ha empobrecido para enriquecerlo. Lo mismo cabe decir
de Nuestro Señor y de la Santísima Virgen, que jamás se dejarán vencer en
gratitud 8.
133. Otro
objetará tal vez: "Si doy a la Santísima Virgen todo el valor de mis acciones
para que lo aplique a quien Ella quiera, ¡quizá tenga yo que padecer largo
tiempo en el purgatorio!".
Esta objeción proviene del amor propio y de la ignorancia que tenemos respecto
a la generosidad divina y la de la Santísima Virgen. Y se destruye por sí
sola. ¿Es posible, acaso, que una persona ferviente y generosa que vela con
mayor empeño por los intereses de Dios que por los propios, da a Dios sin
reserva cuanto posee –de suerte que ya no puede dar más: Non plus ultra–,
tiene como única aspiración la gloria de Dios y el reinado de Jesucristo por
medio de su santísima Madre y se sacrifica totalmente para alcanzar este
fin..., será posible –repito– que persona tan noble y generosa sea más
castigada en la otra vida por haber sido en ésta más generosa y desinteresada
que las otras?
¡Nada de esto! El Señor y su Madre santísima –lo veremos en seguida– se
mostrarán generosísimos en este mundo y en el otro, en el orden de la
naturaleza, de la gracia y de la gloria, precisamente con esta persona.
134. Conviene
ver ahora –con la mayor brevedad– los motivos que hablan en favor de
esta devoción, los admirables efectos que producen y sus principales
prácticas.
NOTAS:
1
Con grandes letras escribió el autor este título.
2
Ver VD 61-62.
3
El P. de Montfort coloca su consagración en la línea de la consagración
bautismal, cuya renovación constituye (VD 126ss).
4
Ver VD 146ss.
5
En el No. 48 de la RMat, el Papa Juan Pablo II presenta a san Luis de Montfort
como Testigo y Maestro de espiritualidad mariana por la renovación y
vivencia en su consagración de las promesas bautismales.
6
Ver VD 12.
7
El Papa Pío XII, al celebrar los 25 años de las apariciones de Fátima consagró
el mundo entero al Corazón Inmaculado de María (1942). Varias naciones lo
hicieron siguiendo su ejemplo. Pablo VI renovó más de una vez esa consagración
(Nov. 21 /64) e invitó a todos los cristianos a renovarla (ver Signum
Magnum, 13-5-1967; con ocasión del cincuentenario de Fátima). Y Juan Pablo
II renueva constantemente la consagración total a María y la repite en todos
sus viajes misioneros.
8
Ver VD 171.
CAPITULO II
MOTIVOS EN FAVOR DE ESTA DEVOCION
1. Esta devoción nos consagra totalmente al servicio de Dios
135. Primer Motivo
que nos manifiesta la excelencia de la consagración de sí mismo a Jesucristo
por manos de María.
No se puede concebir ocupación más noble en este mundo que la de servir a
Dios. El último de los servidores de Dios es más rico, poderoso y noble que
todos los reyes y emperadores si éstos no sirven a Dios. ¿Cuál no será
entonces la riqueza, poder, dignidad del auténtico y perfecto servidor de
Dios, que se consagra enteramente, sin reserva y en cuanto le es posible, a su
servicio? 1.
Tal viene a ser, en efecto, el esclavo fiel y amoroso de Jesucristo en María,
consagrado totalmente, por manos de la Santísima Virgen, a ese Rey de reyes,
sin reservarse nada para sí mismo. Ni todo el oro del mundo ni las bellezas
del cielo alcanzan para pagarlo.
136. Las
demás congregaciones, asociaciones y cofradías erigidas en honor de Nuestro
Señor y de su Madre santísima, y que tan grandes bienes producen en la
cristiandad, no obligan a entregarlo todo sin reserva. Prescriben,
ciertamente, a sus asociados algunas prácticas para que cumplan los
compromisos adquiridos, pero les dejan libres las demás acciones y el resto
del tiempo.
Esta devoción, en cambio, exige entregar a Jesús y a María todos los
pensamientos, palabras, acciones y sufrimientos y todos los momentos de la
vida. De quien ha optado por ella se podrá, pues, decir, con toda verdad, que
cuanto hace –vele o duerma, coma o beba, realice acciones importantes u
ordinarias– pertenece a Jesús y a María gracias a la consagración que ha
hecho, a no ser que la haya retractado expresamente. ¡Qué consuelo!
137. Además
–como ya he dicho 2– no hay práctica que nos libere más fácilmente
de cierto resabio de amor propio que se desliza imperceptiblemente en las
mejores acciones. Esta gracia insigne la concede Nuestro Señor en
reconocimiento por el acto heroico y desinteresado de entregarle, por las
manos de su santísima Madre, todo el valor de las buenas acciones. Si ya en
este mundo da el céntuplo a los que por su amor dejan los bienes exteriores,
temporales y perecederos (ver Mt 19,29), ¿qué no dará a quienes sacrifican aun
los bienes interiores y espirituales?
138. Jesús,
nuestro mejor amigo, se entregó a nosotros sin reserva, en cuerpo y alma, con
sus virtudes, gracias y méritos. "Me ganó totalmente entregándose todo", dice
San Bernardo. ¿No será, pues, un deber de justicia y gratitud darle todo lo
que podemos? El fue el primero en mostrarse generoso con nosotros; seámoslo
con El –lo exige la gratitud–, y El se manifestará aún más generoso durante
nuestra vida, en la muerte y por la eternidad: Eres generoso con el
generoso (ver Sl 18 [17],26).
Esta devoción hace que imitemos el ejemplo de Jesucristo
139. Segundo
motivo que nos demuestra que es en sí justo y ventajoso para el cristiano
el consagrase totalmente a la Santísima Virgen mediante esta práctica a fin de
pertenecer más perfectamente a Jesucristo.
Este buen Maestro no se desdeñó encerrarse en el seno de la Santísima Virgen
como prisionero y esclavo de amor, ni de vivir sometido y obediente a Ella
durante treinta años. Ante esto –lo repito– se anonada la razón humana, si
reflexiona seriamente en la conducta de la Sabiduría encarnada, que no quiso
–aunque hubiera podido hacerlo– entregarse directamente a los hombres, sino
que prefirió comunicarse a ellos por medio de la Santísima Virgen; ni quiso
venir al mundo a la edad de varón perfecto, independiente de los demás, sino
como niño pequeño y débil, necesitado de los cuidados y asistencia de su
santísima Madre.
Esta Sabiduría infinita, inmensamente deseosa de glorificar a Dios, su Padre,
y salvar a los hombres, no encontró medio más perfecto y rápido para realizar
sus anhelos que someterse en todo a la Santísima Virgen, no sólo durante los
ocho, diez o quince primeros años de su vida –como los demás niños–, sino
durante treinta años. Y durante este tiempo de sumisión y dependencia
glorificó más al Padre que si hubiera empleado estos años en hacer milagros,
predicar por toda la tierra y convertir a todos los hombres.
¡Que si no, hubiera hecho esto! ¡Oh! ¡Cuán altamente glorifica a Dios quien, a
ejemplo de Jesucristo, se somete a María! Teniendo, pues, ante los ojos
ejemplo tan claro y universalmente reconocido, ¿seremos tan insensatos que
esperemos hallar medio más perfecto y rápido para glorificar a Dios que no sea
el someternos a María, a imitación de su Hijo?
140. En
prueba de la dependencia en que debemos vivir respecto a la Santísima Virgen,
recuerda cuanto hemos dicho 3 al aducir el ejemplo que el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo nos ofrecen de dicha dependencia.
El Padre no dio ni da su Hijo sino por medio de María, no se forma hijos
adoptivos ni comunica sus gracias sino por Ella. Dios Hijo se hizo hombre para
todos solamente por medio de María, no se forma ni nace cada día en las almas
sino por Ella en unión con el Espíritu Santo, ni comunica sus méritos y
virtudes sino por Ella. El Espíritu Santo no formó a Jesucristo sino por María
y sólo por Ella 4 forma a los miembros de su Cuerpo místico y
reparte sus dones y virtudes.
Después de tantos y tan apremiantes ejemplos de la Santísima Trinidad,
¿podremos, acaso –a no ser que estemos completamente ciegos–, prescindir de
María, no consagrarnos ni someternos a Ella para ir a Dios y sacrificarnos a
El?
141. Veamos
ahora algunos pasajes de los Padres, que he seleccionado para probar lo que
acabo de afirmar:
"Dos hijos tiene María: un Hombre-Dios y un hombre-hombre. Del primero es
madre corporal; del segundo, madre espiritual" 5. "La voluntad de
Dios es que todo lo tengamos por María. Debemos reconocer que la esperanza,
gracia y dones que tenemos dimanan de Ella" 6.
"Ella distribuye todos los dones y virtudes del Espíritu Santo a quien quiere,
cuando quiere, como quiere y en la medida que Ella quiere" 7.
"Dios lo entregó todo a María, para que lo recibieras por medio de Ella, pues
tú eras indigno de recibirlo directamente de El" 8.
142.
Viendo Dios que somos indignos de recibir sus gracias inmediatamente de sus
manos –dice San Bernardo– las da a María, para que por Ella recibamos cuanto
nos quiere dar. Añadamos que Dios cifra su gloria en recibir, de manos de
María, el tributo de gratitud, respeto y amor que le debemos por sus
beneficios.
Es, pues, muy justo imitar la conducta de Dios, "para que –añade el mismo San
Bernardo– la gracia vuelva a su autor por el mismo canal por donde vino a
nosotros".
Esto es lo que hacemos con nuestra devoción: ofrecemos y consagramos a la
Santísima Virgen cuanto somos y tenemos, a fin de que Nuestro Señor reciba por
su mediación la gloria y el reconocimiento que le debemos, y nos reconocemos
indignos e incapaces de acercarnos por nosotros mismos a su infinita Majestad.
Por ello acudimos a la intercesión de la Santísima Virgen.
143. Esta
práctica constituye, además, un ejercicio de profunda humildad, virtud que
Dios prefiere a todas las otras. Quien se ensalza rebaja a Dios; quien se
humilla lo glorifica. Dios se enfrenta a los arrogantes, pero concede
gracia a los humildes (St 4,6). Si te humillas creyéndote indigno de
presentarte y acercarte a El, Dios se abaja y desciende para venir a ti,
complacerse en ti y elevarte, aun a pesar tuyo. Pero si te acercas a El
atrevidamente, sin mediador, El se aleja de ti y no podrás alcanzarlo.
¡Oh! ¡Cuánto ama El la humildad de corazón! Y a esta humildad precisamente nos
conduce la práctica de esta devoción. Que nos enseña a no acercarnos jamás a
Nuestro Señor por nosotros mismos –por amable y misericordioso que El sea–,
sino a servirnos siempre de la intercesión de la Santísima Virgen, para
presentarnos ante Dios, hablarle y acercarnos a El, ofrecerle algo o unirnos y
consagrarnos a El.
3. Esta devoción nos alcanza la protección maternal de María
a. María se da a su esclavo
144. Tercer motivo.
La Santísima Virgen es Madre de dulzura y misericordia, y jamás se deja vencer
en amor y generosidad. Viendo que te has entregado totalmente a Ella para
honrarla y servirla y te has despojado de cuanto más amas para adornarla, se
entrega también a ti plenamente y en forma inefable. Hace que te abismes en el
piélago de sus gracias, te adorna con sus méritos, te apoya con su poder, te
ilumina con su luz, te inflama con su amor, te comunica sus virtudes: su
humildad, su fe, su pureza, etc.; se constituye tu fiadora, tu suplemento y tu
todo ante Jesús. Por último, dado que como consagrado perteneces totalmente a
María, también Ella te pertenece en plenitud. De suerte que, en cuanto
perfecto servidor e hijo de María, puedes repetir lo que dijo de sí mismo el
evangelista San Juan: El discípulo la tuvo en su casa (Jn 19,27)
9 como su único bien.
145.
Este comportamiento, observado con fidelidad, produce en tu alma gran
desconfianza, desprecio y aborrecimiento de ti mismo, y, a la vez, inmensa
confianza y total entrega en manos de la Santísima Virgen, tu bondadosa
Señora.
Como consagrado a Ella, no te apoyarás ya en tus propias disposiciones,
intenciones, méritos, virtudes y buenas obras. En efecto, lo has sacrificado
todo a Jesucristo, por medio de esta Madre bondadosa. Por ello, ya no te queda
otro tesoro –y éste ya es tuyo– en donde estén todos tus bienes que María.
Esto te llevará a acercarte a Nuestro Señor sin temor servil ni escrúpulos y
rogarle con toda confianza, y te hará participar en los sentimientos del
piadoso y sabio abad Ruperto, quien, aludiendo a la victoria de Jacob sobre un
ángel (ver Gn 32,23-33), dirige a la Santísima Virgen estas hermosas palabras:
"¡Oh María, princesa mía y Madre inmaculada del Hombre-Dios, Jesucristo!,
deseo luchar con este Hombre que es el Verbo de Dios, armado no con mis
méritos, sino con los tuyos".
¡Oh! ¡Qué poderosos y fuertes somos ante Jesucristo cuando estamos armados con
los méritos e intercesión de la digna Madre de Dios, quien –según palabras de
San Agustín– venció amorosamente al Todopoderoso!.
María purifica nuestras buenas obras, las embellece y hace aceptables a su
Hijo divino
146. Por
esta devoción entregamos a Nuestro Señor, por manos de su Madre santísima,
todas nuestras buenas obras. Esta bondadosa señora las purifica, embellece,
presenta a Jesucristo y hace que su Hijo las acepte.
1. Las purifica de toda mancha de egoísmo y del apego aun imperceptible que se
desliza insensiblemente en las mejores acciones. Tan pronto como llegan a sus
manos purísimas y fecundas, esas manos –jamás estériles ni ociosas y que
purifican todo cuanto tocan– limpian en lo que le ofrecemos todo lo que tenga
de impuro o imperfecto.
147. 2.
Las embellece, adornándolas con sus méritos y virtudes. Pensemos en un
labrador cuya única riqueza fuera una manzana y que deseara granjearse la
simpatía y benevolencia del rey. ¿Qué haría? – Acudir a la reina y presentarle
la manzana para que ella la ofrezca al soberano. La reina acepta el modesto
regalo, coloca la manzana en una grande y hermosa bandeja de oro y la presenta
al rey en nombre del labrador. En esta forma, la manzana, de suyo indigna de
ser presentada al soberano, se convierte en un obsequio digno de su Majestad
gracias a la bandeja de oro y a la persona que la entrega 10.
148. 3.
María presenta esas buenas obras a Jesucristo, no reserva para sí nada de lo
que se le ofrece; todo lo presenta fielmente a Jesucristo. Si la alabas y
glorificas, inmediatamente Ella alaba y glorifica a Jesús. Si la ensalzas y
bendices, Ella –como cuando Santa Isabel la alabó– entona su cántico:
Proclama mi alma la grandeza del Señor (Lc 1,46) 11.
149. 4.
Por insignificante y pobre que sea para Jesucristo, Rey de reyes y Santo de
los santos, el don que le presentas, María hace que El acepte tus buenas
obras. Pero quien por su cuenta y apoyado en su propia destreza y habilidad
lleva algo a Jesucristo, debe recordar que El examina el obsequio, y muchas
veces lo rechaza por hallarlo manchado de egoísmo, lo mismo que en otro tiempo
rechazó los sacrificios de los judíos por estar llenos de voluntad propia (ver
Hb 10,5-7).
Pero si, al presentar algo a Jesús, lo ofreces por las manos puras y
virginales de su Madre amadísima, lo coges por su flaco –si me permites la
expresión–. El no mirará tanto el don que le ofreces cuanto a su bondadosa
Madre que se lo presenta, ni considerará tanto la procedencia del don cuanto a
aquella que se lo ofrece.
Del mismo modo, María –jamás rechazada y siempre recibida por su Hijo– hace
que su Majestad acepte con agrado cuanto le ofrezcas, grande o pequeño; basta
que María lo presente para que Jesús lo acepte y se complazca en el obsequio.
El gran consejo que San Bernardo daba a aquellos que dirigía a la perfección
era éste: "Si quieres ofrecer algo a Dios, procura presentarlo por las manos
agradabilísimas y dignísimas de María, si no quieres ser rechazado" 12.
150. ¿No
es esto, lo que la misma naturaleza inspira a los pequeños respecto a los
grandes, como hemos visto? 13 ¿Por qué no habría de enseñarnos la
gracia a observar la misma conducta para con Dios, infinitamente superior a
nosotros y ante quien somos menos que átomos? Tanto más teniendo como tenemos
una abogada tan poderosa, que jamás ha sido desairada; tan inteligente, que
conoce todos los secretos para conquistar el corazón de Dios; tan buena y
caritativa, que no rechaza a nadie por pequeño o malvado que sea. Más adelante
expondré la historia de Jacob y Rebeca, la figura verdadera de lo que voy
diciendo 14.
4. Esta devoción es un medio excelente para procurar la mayor gloria de Dios
151. Cuarto motivo.
Esta devoción, fielmente practicada, es un medio excelente para enderezar el
valor de nuestras buenas obras para la mayor gloria de Dios. Casi nadie obra
con esta noble finalidad –a pesar de que a ello estemos obligados–, sea porque
no sabemos dónde está la mayor gloria de Dios, sea porque no la buscamos.
Ahora bien, dado que la Santísima Virgen, a quien cedemos el valor y mérito de
nuestras buenas obras, conoce perfectamente donde está la mayor gloria de Dios
y todo su actuar es procurarla, el perfecto servidor de esta amable Señora,
que se ha consagrado totalmente a Ella como hemos dicho, puede afirmar
resueltamente que el valor de todas sus acciones, pensamientos y palabras se
ordena a la mayor gloria de Dios, a no ser que haya revocado expresamente su
ofrenda.
¿Será posible hallar algo más consolador para una persona que ama a Dios con
amor puro y desinteresado y aprecia la gloria e intereses de Dios más que los
suyos propios?
5. Esta devoción conduce a la unión con Jesucristo
152. Quinto motivo.
Esta devoción es camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a
la unión con Nuestro Señor, en la cual consiste la perfección cristiana.
a. Es camino fácil
1. Es camino fácil. Es el camino abierto por Jesucristo al venir a
nosotros, y en que no hay obstáculos para llegar a El. Ciertamente que se
puede llegar a Jesucristo por otros caminos. Pero en ellos se encuentran
cruces más numerosas, muertes extrañas y muchas más dificultades apenas
superables; será necesario pasar por noches oscuras, extraños combates y
agonías, escarpadas montañas, punzantes espinas y espantosos desiertos. Pero
por el camino de María se avanza más suave y tranquilamente.
Claro que también aquí encontramos rudos combates y grandes dificultades a
superar. Pero esta bondadosa Madre y Señora se hace tan cercana y presente a
sus fieles servidores para iluminarlos en sus tinieblas, esclarecerlos en sus
dudas, fortalecerlos en sus temores, sostenerlos en sus combates y
dificultades que –en verdad– este camino virginal para encontrar a Jesucristo
resulta de rosas y mieles comparado con los demás.
Ha habido santos, pero en corto número –como San Efrén, San Juan Damasceno,
San Bernardo, San Bernardino, San Buenaventura, San Francisco de Sales, etc.–,
que han transitado por este camino suave para ir a Jesucristo, porque el
Espíritu Santo, Esposo fiel de María, se lo ha enseñado por gracia
especialísima. Pero los otros santos, que son la mayoría, aunque hayan tenido
todos devoción a la Santísima Virgen, no han entrado, o sólo muy poco, en este
camino. Es por ello que tuvieron que pasar por las pruebas más rudas y
peligrosas.
153. ¿De
dónde procederá entonces, me preguntará algún fiel servidor de María, que los
fieles servidores de esta bondadosa Madre encuentran tantas ocasiones de
padecer, y aún más que aquellos que no le son tan devotos? 15. Los
contradicen, persiguen, calumnian y nadie los puede tolerar... O caminan entre
tinieblas interiores, o por desiertos donde no se da la menor gota de rocío
del cielo. Si esta devoción a la Santísima Virgen facilita el camino para
llegar a Jesucristo, ¿por qué son sus devotos los más crucificados?
154. Le
respondo que ciertamente, siendo los más fieles servidores de la Santísima
Virgen sus preferidos, reciben de Ella los más grandes favores y gracias del
cielo, que son las cruces. Pero sostengo que los servidores de María llevan
estas cruces con mayor facilidad, mérito y gloria, y que lo que mil veces
detendría a otros o los haría caer, a ellos no los detiene nunca, sino que los
hace avanzar, porque esta bondadosa Madre, plenamente llena de gracia y unción
del Espíritu Santo, endulza todas las cruces que les prepara con el azúcar de
su dulzura maternal y con la unción del amor puro, de modo que ellos las comen
alegremente como nueces confitadas, aunque de por sí sean muy amargas.
Y creo que una persona que quiere ser devota y vivir piadosamente en
Jesucristo (2Tim 3,12), y, por consiguiente, padecer persecución y cargar
todos los días su cruz, no llevará jamás grandes cruces, o no las llevará con
alegría y hasta el fin, si no profesa una tierna devoción a la Santísima
Virgen, que es la dulzura de las cruces; como tampoco podría una persona, sin
gran violencia –que no es durable–, comer nueces verdes no confitadas con
azúcar.
b. Es camino corto
155. 2.
Esta devoción a la Santísima Virgen es camino corto para encontrar a
Jesucristo. Sea porque en él nadie se extravía, sea porque –como acabo de
decir– se avanza por él con mayor gusto y facilidad y, por consiguiente, con
mayor rapidez.
Se adelanta más en poco tiempo de sumisión y obediencia a María que en años
enteros de hacer nuestra propia voluntad y apoyarnos en nosotros mismos.
Porque el hombre obediente y sumiso a María cantará victorias señaladas sobre
todos sus enemigos (Pr 21,28). Estos, ciertamente, querrán impedirle que
avance, hacerle retroceder o caer, pero –con el apoyo, auxilio y dirección de
María, sin caer, retroceder ni detenerse– avanzará a pasos agigantados hacia
Jesucristo por el mismo camino por el cual está escrito que Jesús vino a
nosotros a pasos de gigante y en corto tiempo (ver Sl 18 [17],6).
156. ¿Cuál
crees sea el motivo de que Jesucristo haya vivido tan poco tiempo sobre la
tierra y que haya pasado todos esos años en sumisión y obediencia a su Madre?
Es éste: que, no obstante la brevedad de su carrera mortal (ver Sab 4,13),
vivió largos años, incluso mucho más que Adán –cuyas pérdidas vino a reparar–,
aunque éste haya vivido más de novecientos años. Largo tiempo vivió
Jesucristo, porque vivió en sumisión y unión a su santísima Madre por
obediencia al Padre. Porque:
1) El que respeta a su madre –dice el Espíritu Santo– acumula
tesoros (Eclo 3,5) 16, es decir, el que honra a María,
su Madre, hasta someterse a Ella y obedecerla en todo, pronto se hará muy
rico, pues cada día acumula tesoros por el secreto de esta piedra filosofal.
2) Según una interpretación espiritual de las siguientes palabras del Espíritu
Santo: Mi vejez se encuentra en la misericordia del seno (Sl 92
[91],11, Vulgata), en el seno de María –que rodeó y engendró a un varón
perfecto (ver Jr 31,22) y pudo contener a Aquel a quien no puede abrazar ni
contener el universo 17– los jóvenes se convierten en
ancianos por la experiencia, luz, santidad y sabiduría, y llegan en pocos años
a la plenitud de la edad en Jesucristo (ver Ef 4,13) 18.
c. Es camino perfecto
157.
3. Esta devoción a la Santísima Virgen es camino perfecto para ir a
Jesucristo y unirse a El. Porque María es la más perfecta y santa de las puras
creaturas, y Jesucristo, que ha venido a nosotros de la manera más perfecta,
no tomó otro camino para viaje tan grande y admirable que María. El Altísimo,
el Incomprensible, el Inaccesible y
EL QUE ES
ha querido venir a nosotros, gusanillos y que no somos nada. ¿Cómo sucedió
esto?
El Altísimo descendió de manera perfecta y divina hasta nosotros por
medio de la humilde María, sin perder nada de su divinidad y santidad. Del
mismo modo, deben subir los pequeñuelos hasta el Altísimo perfecta y
divinamente y sin temor alguno a través de María. El Incomprensible se
dejó abarcar y encerrar perfectamente por la humilde María, sin perder nada de
su inmensidad. Del mismo modo, debemos dejarnos contener y conducir
perfectamente y sin reservas por la humilde María.
El Inaccesible se acercó y unió estrecha, perfecta y aun personalmente
a nuestra humanidad por María, sin perder nada de su Majestad. Del mismo modo,
por María debemos acercarnos a Dios y unirnos a su Majestad perfecta e
íntimamente, sin temor de ser rechazados.
Finalmente,
EL QUE ES
quiso venir a lo que no es y hacer que lo que no es llegue a ser Dios o El que
es. Esto lo realizó perfectamente entregándose y sometiéndose
incondicionalmente a la joven María, sin dejar de ser en el tiempo El que es
en la eternidad. Del mismo modo, nosotros, aunque no seamos nada, podemos por
María llegar a ser semejantes a Dios por la gracia y la gloria, entregándonos
perfecta y totalmente a Ella, de suerte que, no siendo nada por nosotros
mismos, lo seamos todo en Ella, sin temor de engañarnos.
158. Abridme
un camino nuevo par ir a Jesucristo, embaldosado con todos los méritos de los
bienaventurados, adornado con todas sus virtudes heroicas, iluminado y
embellecido con todos los esplendores y bellezas de los ángeles, y en el que
se presenten todos los ángeles y santos para guiar, defender y sostener a
quienes quieran andar por él; afirmo abiertamente con toda verdad que, antes
que tomar camino tan perfecto, prefiero seguir el camino inmaculado de María
(ver Sl 18 [17],33, Vulgata), vía o camino sin mancha ni fealdad, sin pecado
original ni actual, sin sombras ni tinieblas. Y si mi amable Jesús viene otra
vez al mundo para reinar gloriosamente en él –como sucederá ciertamente–, no
escogerá para su viaje otro camino que el de la excelsa María, por quien vino
la primera vez con tanta seguridad y perfección. La diferencia entre una y
otra venida es que la primera fue secreta y escondida, mientras que la segunda
será gloriosa y fulgurante. Pero ambas son perfectas, porque ambas se realizan
por María. ¡Ay! ¡Este es un misterio que aún no se comprende! ¡Enmudezca
aquí toda lengua! 19.
d. Es camino seguro
159. 4.
Esta devoción a la Santísima Virgen es camino seguro para ir a
Jesucristo y alcanzar la perfección uniéndonos a El.
1) Porque esta práctica que estoy enseñando no es nueva. Es tan antigua que no
se pueden señalar con precisión sus comienzos –como dice en un libro que
escribió sobre esta devoción el Sr. Boudón 20, muerto hace poco en
olor de santidad–. Es cierto, sin embargo, que se hallan vestigios de ella en
la Iglesia hace más de setecientos años.
San Odilón, abad de Cluny –que vivió hacia 1040–, fue uno de los primeros en
practicarla públicamente en Francia, como se consigna en su biografía 21.
El cardenal San Pedro Damiano relata que en el año 1076 22 su
hermano, el Beato Marín, se hizo esclavo de la Santísima Virgen en presencia
de su director espiritual y en forma muy edificante: echóse una cuerda al
cuello, tomó la disciplina y colocó en el altar una suma de dinero como señal
de vasallaje y consagración a la Santísima Virgen. Actitud en la cual
perseveró tan fielmente toda su vida, que a la hora de su muerte mereció ser
visitado y consolado por su bondadosa Señora y escuchar de sus labios la
promesa del paraíso en recompensa de sus servicios.
César Bolando hace mención de un ilustre caballero, Walter de Birbac, pariente
próximo de los duques de Lovaina, quien hacia 1300 hizo la consagración de sí
mismo a la Santísima Virgen.
Muchas otras personas practicaron en privado esta devoción hasta el siglo
XVII, en que se hizo pública.
160. El
P. Simón Rojas, de la Orden de la Trinidad Redención de los Cautivos,
predicador en la corte de Felipe III, puso en boga esta devoción por España y
Alemania, y obtuvo de Gregorio XV, a instancia del mismo rey, grandes
indulgencias para quienes la practicasen 23.
El P. Bartolomé de los Ríos 24, agustino, se dedicó con el Beato
Simón Rojas, íntimo amigo suyo, a extender de palabra y por escrito esta
devoción en España y Alemania. Escribió un grueso volumen titulado De
hierarchia mariana, en el que trata con tanta piedad como erudición de la
antigüedad, excelencia y solidez de esta devoción.
Los PP. Teatinos propagaron esta devoción en Italia, Sicilia y Saboya durante
el último siglo.
161. El
Padre Estanislao Fenicio, de la Compañía de Jesús 25, la dio a
conocer maravillosamente en Polonia.
El P. de los Ríos, en su libro antes citado, consigna los nombres de los
príncipes, princesas, obispos y cardenales de diferentes naciones que
abrazaron esta devoción.
El R.P. Cornelio a Lápide 26, tan recomendable por su piedad como
por su ciencia profunda, recibió de muchos obispos y teólogos el encargo de
examinar esta devoción. Después de estudiarla detenidamente, hizo de ella
grandes alabanzas, dignas de su piedad. Muchos otros grandes personajes
siguieron su ejemplo.
Los RR.PP. Jesuitas, siempre celosos en el servicio de la Santísima Virgen,
presentaron, en nombre de los congregantes de Colonia, un opúsculo sobre la
santa esclavitud al duque Fernando de Baviera –arzobispo entonces de Colonia–.
Este lo aprobó y permitió imprimirlo, y exhortó a todos los párrocos y
religiosos de su diócesis a difundir, en la medida de lo posible, esta sólida
devoción.
162. El
cardenal de Bérulle 27, cuya memoria bendice toda Francia, fue uno
de los más celosos en propagar por Francia esta devoción, a pesar de todas las
calumnias y persecuciones que le hicieron los críticos y libertinos. Estos lo
acusaron de novedad y superstición, y publicaron contra él un folleto
difamatorio, sirviéndose –o más bien el demonio se sirvió por medio de ellos–
de mil argucias para impedirle divulgar por Francia esta devoción. Pero este
santo varón respondió a las calumnias con su paciencia, y a las objeciones del
libelo con un breve escrito, en que las refutó victoriosamente, demostrando
que esta práctica se funda en el ejemplo de Jesucristo, las obligaciones que
tenemos para con El y las promesas del santo bautismo. Particularmente con
esta última razón cerró la boca a sus adversarios, haciéndoles ver que esta
consagración a la Santísima Virgen, y por medio de Ella a Jesucristo, no es
otra cosa que una perfecta renovación de los votos y promesas del bautismo.
Añade muchas y muy hermosas cosas sobre esta devoción, que puede leerse en sus
obras.
163. En
el citado libro del Sr. Boudón pueden verse los nombres de los diferentes
papas que han aprobado esta devoción, de los teólogos que la han examinado,
las persecuciones suscitadas contra ella, y sobre las cuales ha triunfado, y
los millares de personas que la han abrazado, sin que jamás ningún papa la
haya condenado 28. Y es que no se la podría condenar sin trastornar
los fundamentos del cristianismo. Consta, pues, que esta devoción no es nueva.
Y, si no es corriente, se debe a que es demasiado preciosa para ser saboreada
por toda clase de personas.
164. 2)
Esta devoción es un medio seguro para ir a Jesucristo. Efectivamente,
el oficio de la Santísima Virgen es conducirnos con toda seguridad a
Jesucristo, así como el de éste es llevarnos al Padre eterno con toda
seguridad. No se engañen, pues, las personas espirituales creyendo falsamente
que María les impida llegar a la unión con Dios. Porque ¿será posible que la
que halló gracia delante de Dios para todo el mundo en general y para cada uno
en particular estorbe a las almas alcanzar la inestimable gracia de la unión
con El? ¿Será posible que la que fue total y sobreabundantemente llena de
gracia y tan unida y transformada en Dios que lo obligó a encarnarse en Ella
29 impida al alma vivir unida a Dios? Ciertamente que la vista de
las otras creaturas, aunque santas, podrá, en ocasiones, retardar la unión
divina, pero no María, como he dicho 30 y no me cansaré de
repetirlo.
Una de las razones que explican por qué son tan pocas las almas que llegan a
la madurez en Jesucristo 31 es el que María –que ahora como siempre
es la Madre de Cristo y la Esposa fecunda del Espíritu Santo– no está bastante
formada en los corazones. Quien desee tener el fruto maduro y bien formado,
debe tener al árbol que lo produce. Quien desee tener el fruto de vida
–Jesucristo–, debe tener al árbol de vida que es María 32. Quien
desee tener en sí la operación del Espíritu Santo, debe tener a su Esposa fiel
e inseparable, la excelsa María, como hemos dicho antes 33.
165. Persuádete,
pues, de que cuanto más busques a María en tus oraciones, contemplaciones,
acciones y padecimientos –si no de manera clara y explícita, al menos con
mirada general e implícita–, más perfectamente hallarás a Jesucristo, que está
siempre con María, grande y poderoso, dinámico e incomprensible, como no está
en el cielo ni en ninguna otra creatura del universo.
Así, la excelsa María, toda transformada en Dios, lejos de obstaculizar a los
perfectos la llegada a la unión con Dios, es la creatura que nos ayuda más
eficazmente en obra tan importante. Y esto en forma tal que no ha habido ni
habrá jamás persona igual a Ella, ya por las gracias que para ello nos
alcanzará –pues, como dice un santo, "nadie se llena del pensamiento de Dios
sino por Ella" 34–, ya por las ilusiones y engaños del maligno
espíritu, de los que Ella nos librará.
166. Donde
está María no puede estar el espíritu maligno. Precisamente una de las señales
más infalibles de que somos gobernados por el buen espíritu es el ser muy
devotos de la Santísima Virgen, pensar y hablar frecuentemente de Ella. Así
piensa San Germán, quien añade que así como la respiración es señal clara de
que el cuerpo no está muerto, del mismo modo el pensar con frecuencia en María
e invocarla amorosamente es señal cierta de que el alma no está muerta por el
pecado.
167. Siendo
así que –según dicen la Iglesia y el Espíritu Santo, que la dirige– María sola
ha dado muerte a las herejías, –por más que los críticos murmuren–, jamás un
fiel devoto de María caerá en herejía o ilusión, al menos formales. Podrá, tal
vez –aunque más difícilmente que los otros–, errar materialmente, tomar la
mentira por la verdad y el mal espíritu por bueno...; pero, tarde o temprano,
conocerá su falta y error material, y, cuando lo conozca, no se obstinará en
creer y defender lo que había tenido por verdadero.
168. Cualquiera,
pues, que desee avanzar, sin temor a ilusiones –cosa ordinaria entre personas
de oración–, por los caminos de la santidad y hallar con seguridad y
perfección a Jesucristo, debe abrazar de todo corazón, con corazón generoso
y de buena gana (2Mac 1,3), esta devoción a la Santísima Virgen, que tal
vez no haya conocido todavía y que yo le enseño ahora: Me queda por enseñaros
un camino excepcional (1Cor 12,3). Es el camino abierto por Jesucristo, la
Sabiduría encarnada, nuestra Cabeza. El miembro de esta Cabeza que avanza por
dicho camino no puede extraviarse. Es camino fácil, a causa de la plenitud de
la gracia y unción del Espíritu Santo que lo llena; nadie se cansa ni
retrocede si camina por él. Es camino corto, que en breve nos lleva a
Jesucristo. Es camino perfecto, sin lodo, ni polvo, ni fealdad de
pecado. Es, finalmente, camino seguro, que de manera directa y segura,
sin desviarnos ni a la derecha ni a la izquierda, nos conduce a Jesucristo y a
la vida eterna. Entremos, pues, por este camino y avancemos en él, día y
noche, hasta la perfecta madurez en Jesucristo.
6. Esta devoción nos lleva a la plena libertad de los hijos de Dios
169. Sexto motivo.
Esta devoción da a quienes la practican fielmente una gran libertad interior:
la libertad de los hijos de Dios (ver Gl 5,1-13; 2Cor 3,17). Porque
haciéndose esclavos de Jesucristo y consagrándose a El por esta devoción, este
buen Señor nuestro, en recompensa de la amorosa esclavitud por la que hemos
optado: 1) quita del alma todo escrúpulo y temor servil que pudiera
estrecharla, esclavizarla y perturbarla; 2) ensancha el corazón con una santa
confianza en Dios, haciendo que le mire como a su Padre; 3) le inspira un amor
tierno y filial.
170.
No me detengo a probar con razones esta verdad. Me contento con referir un
hecho histórico que leí en la vida de la Madre Inés de Jesús, religiosa
dominica del convento de Langeac (Alvernia), donde murió en olor de santidad
en 1634 35. Contaba apenas siete años, y ya padecía grandes
congojas espirituales. Oyó entonces una voz que le dijo: "Si quieres verte
libre de todas tus angustias y ser protegida contra todos tus enemigos, hazte
cuanto antes esclava de Jesús y de su santísima Madre." Al regresar a casa, se
apresuró a consagrarse enteramente como esclava de Jesús y María, aunque por
entonces no sabía lo que era esta devoción. Habiendo encontrado después una
cadena de hierro, se la puso a la cintura y la llevo hasta la muerte. Hecho
esto, cesaron todas sus congojas y escrúpulos y halló tanta paz y amplitud de
corazón, que se comprometió a enseñar esta devoción a muchos otros, que, a su
vez, hicieron con ella grandes progresos. Recordemos, entre otros, al Sr.
Olier, fundador del seminario de San Sulpicio, y a muchos sacerdotes y
eclesiásticos del mismo seminario.
Apareciósele un día la Santísima Virgen y le puso al cuello una cadena de oro,
en prueba del gozo que le había causado al hacerse esclava suya y de su Hijo.
Y santa Cecilia que acompañaba a la Santísima Virgen, le dijo: "¡Dichosos los
fieles esclavos de la Reina del cielo, porque gozarán de la verdadera
libertad! ¿Servirte a ti es la libertad!" 36.
7. Esta devoción procura grandes ventajas al prójimo
171. Séptimo motivo.
Puede movernos a abrazar esta práctica el considerar los grandes bienes que
reporta al prójimo.
Efectivamente, con ella se ejercita de manera eminente la caridad con el
prójimo, porque se le da, por manos de María, lo más precioso y caro que
tenemos, que es el valor satisfactorio e impetratorio de todas las buenas
obras, sin exceptuar el menor pensamiento bueno ni el más leve sufrimiento. Se
acepta que todas las satisfacciones adquiridas hasta ahora y las que se
adquieran hasta la muerte sean empleadas, según la voluntad de la Santísima
Virgen, en la conversión de los pecadores o la liberación de las almas del
purgatorio.
¿No es esto amar perfectamente al prójimo? ¿No es esto pertenecer al número de
los verdaderos discípulos de Jesucristo, cuyo distintivo es la caridad? ¿No es
éste el medio de convertir a los pecadores, sin temor a la vanidad, y liberar
a las almas del purgatorio, casi sin hacer otra cosa que lo que cada cual está
obligado a hacer conforme a su estado?
172. Para
comprender la excelencia de este motivo sería indispensable conocer el valor
que tiene la conversión de un pecador o la liberación de un alma del
purgatorio; bien infinito, mayor que la creación del cielo y de la tierra,
pues se da a un alma la posesión de Dios. De suerte que, aun cuando por esta
devoción no se sacase en toda la vida más que a un alma del purgatorio o no se
convirtiese más que a un solo pecador, ¿no sería esto motivo suficiente para
mover a todo hombre caritativo a optar por ella?
Nótese, además, que nuestras buenas obras, al pasar por las manos de María,
reciben un aumento de pureza, y, por lo mismo, de mérito y valor satisfactorio
e impetratorio. Con lo cual se hacen mucho más capaces de aliviar a las almas
del purgatorio y convertir a los pecadores que si no pasaran por las manos
virginales y generosas de María. Lo poco que ofrecemos por medio de la
Santísima Virgen y por caridad pura y desinteresada, llega a ser realmente
poderoso para aplacar la cólera de Dios y atraer su misericordia. De suerte
que una persona que haya sido enteramente fiel a esta práctica, encontrará a
la hora de la muerte que ha liberado a muchas almas del purgatorio y
convertido a muchos pecadores por medio de esta devoción, aunque sólo haya
realizado las obras ordinarias de su propio estado. ¡Qué gozo en el día del
juicio! ¡Qué gloria en la eternidad!
8. Esta devoción es un medio maravilloso de perseverancia
173. Octavo
motivo. Finalmente, lo que más poderosamente nos impele a abrazar esta
devoción a la Santísima Virgen es el reconocer en ella un medio admirable para
perseverar en la virtud y ser fieles a Dios. ¿Por qué, en efecto, la mayor
parte de las conversiones no es permanente? ¿Por qué se recae tan fácilmente
en el pecado? ¿Por qué la mayor parte de los justos, en vez de adelantar de
virtud en virtud y adquirir nuevas gracias, pierde muchas veces las pocas
virtudes y gracias que poseía? Esta desgracia proviene –como hemos dicho
37– de que, no obstante estar el hombre tan corrompido y ser tan débil e
inconstante, confía en sí mismo, se apoya en sus propias fuerzas y se cree
capaz de guardar el tesoro de sus gracias, virtudes y méritos.
Ahora bien, por esta devoción confiamos a la Virgen fiel cuanto poseemos,
constituyéndola depositaria universal de todos nuestros bienes de naturaleza y
gracia. Confiamos en su fidelidad, nos apoyamos en su poder y nos fundamos en
su misericordia y caridad, para que Ella conserve y aumente nuestras virtudes
y méritos a pesar del demonio, el mundo y la carne, que hacen esfuerzos para
arrebatárnoslos. Le decimos como el hijo a su madre y el buen esclavo a su
señora: ¡Conserva el depósito! (1Tim 6,20) 38. Madre
y Señora, reconozco que por tu intercesión he recibido hasta ahora más gracias
de Dios de las que yo merecía. La triste experiencia me enseña que llevo este
tesoro en un vaso muy frágil y que soy muy débil y miserable para conservarlo
en mí mismo: Soy pequeño y despreciable (Sl 119 [118]),141). Recibe,
por favor, cuanto poseo y consérvamelo con tu fidelidad y tu poder. Si tú me
guardas, no perderé nada; si me sostienes, no caeré; si me proteges, estaré
seguro ante mis enemigos.
174. San
Bernardo dice en términos formales lo mismo para inspirarnos esta práctica:
"Si Ella te sostiene, no caes; si Ella te protege, no temes; si Ella te guía,
no te fatigas; si Ella te es favorable, llegas hasta el puerto de salvación".
San Buenaventura parece decir lo mismo en términos más explícitos. "La
Santísima Virgen no solamente se mantiene en la plenitud de los santos; Ella
mantiene y conserva a los santos en su plenitud, para que ésta no disminuya;
impide que sus virtudes se debiliten, que sus méritos se esfumen, que sus
gracias se pierdan, que los demonios les hagan daño, que el Señor los castigue
cuando pecan".
175. María
es la Virgen fiel, que por su fidelidad a Dios repara las pérdidas que la Eva
infiel causó por su infidelidad, y alcanza a quienes confían en Ella la
fidelidad para con Dios y la perseverancia. Por esto, un santo 39
la compara a un áncora firme, que los sostiene e impide que naufraguen en el
mar tempestuoso de este mundo, en donde tantos perecen por no aferrarse a
Ella: "Atamos –dice– las almas a tu esperanza como a un áncora firme."
Los santos que se han salvado estuvieron firmemente adheridos a Ella, y a Ella
ataron a otros para que perseveraran en la virtud.
¡Dichosos, pues, una y mil veces, los cristianos que ahora se aferran fiel y
enteramente a María como a un áncora firme! Los embates tempestuosos de este
mundo no los podrán sumergir ni les harán perder sus tesoros celestiales.
¡Dichosos quienes entran en María como en el arca de Noé! Las aguas del
diluvio de los pecados que anegan a tantas personas no les harán daño, porque
los que obran por mí no pecarán (Eclo 24,30, Vulgata) –dice la divina
Sabiduría–; es decir, los que están en mí para trabajar en su salvación no
pecarán. ¡Dichosos los hijos infieles de la infeliz Eva que se aferran a la
Madre y Virgen fiel!, la cual permanece siempre fiel y no puede negarse a sí
misma: Si somos infieles, Ella permanece fiel, porque no puede negarse a sí
misma (2Tim 2,13), y responde siempre con amor a quienes la aman: Yo
amo a los que me aman (Pr 8,17). Y los ama no sólo con amor afectivo, sino
también con amor efectivo y eficaz, impidiendo, mediante gracias abundantes,
que retrocedan en la virtud o caigan en el camino, y pierdan así la gracia de
su Hijo.
176. Esta
Madre bondadosa recibe siempre, por pura caridad, cuanto se le confía en
depósito. Y, una vez que lo ha recibido como depositaria, se obliga en
justicia –en virtud del contrato de depósito– a guardárnoslo, como una persona
a quien yo hubiera confiado en depósito mil escudos quedaría obligada a
guardármelos, de suerte que, si por negligencia suya, se perdieran, sería
responsable de la pérdida en rigor de justicia. Pero ¿qué digo? Esta fiel
Señora no dejará jamás que por negligencia suya se pierda lo que se le ha
confiado; el cielo y la tierra pasarán antes que Ella sea negligente e infiel
con quienes confían en Ella.
177.
¡Pobres hijos de María! ¡Su debilidad es extrema, grande su inconstancia, muy
corrompida su naturaleza! Lo confieso, ¡han sido extraídos de la misma masa
corrompida que los hijos de Adán y Eva! Pero ¡no se desalienten por ello!
¡Consuélense y alégrense! Oigan el secreto que les descubro; secreto
desconocido a casi todos los cristianos aun a los más devotos.
No guarden su oro ni su plata en cofres que ya fueron destrozados por el
espíritu maligno que los saqueó. Además, esos cofres son muy pequeños y
endebles y están envejecidos para poder contener tan grandes y preciosos
tesoros. No echen el agua pura y cristalina de la fuente en vasijas de todo
sucias e infectadas por el pecado. Si éste no se halla ya en ellas, queda aún
su mal olor, que contaminaría el agua. No echen sus vinos exquisitos en
toneles viejos, que han estado llenos de vinos malos, pues, se echarían a
perder y correrían el peligro de derramarse 40.
178. ¡Almas
predestinadas, sé que me han entendido! Pero quiero hablarles aún con más
claridad. No confíen el oro de su caridad, la plata de su pureza, las aguas de
las gracias celestiales ni los vinos de sus méritos y virtudes a un saco
agujereado, a un cofre viejo y roto, a un vaso infectado y contaminado, como
son ustedes mismos. Porque serán robados por los ladrones, esto es, por los
demonios, que día y noche asechan y espían el momento oportuno para ello; y
porque todo lo más puro que Dios les da lo corromperán con el mal olor de su
egoísmo, de la confianza en ustedes mismos y de su propia voluntad.
Guarden más bien, viertan en el seno y corazón de María todos sus tesoros,
gracias y virtudes. Ella es Vaso espiritual, Vaso de honor, Vaso insigne de
devoción. Desde que el mismo Dios se encerró en él personalmente y con
todas sus gracias, este vaso se tornó totalmente espiritual, y se convirtió en
morada espiritual de las almas más espirituales; se hizo digno de honor y
trono de honor de los mayores príncipes de la eternidad; se tornó insigne de
devoción y la morada de las almas más insignes en dulzuras, gracias y
virtudes; se hizo, finalmente, rico como una casa de oro, fuerte como la torre
de David y puro como torre de marfil 41.
179. ¡Oh!
¡Qué feliz es el hombre que lo ha entregado todo a María, que en todo y por
todo confía y se pierde en María! ¡Es todo de María, y María es toda de él!
Puede decir abiertamente con David: María ha sido hecha para mí (ver Sl
118,58, Vulgata). O con el discípulo amado: La tomé por todos mis bienes
(Jn 19,27). O con Jesucristo: Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío (Jn
17,10).
180. Si
algún crítico, al leer esto, piensa que hablo aquí hiperbólicamente o por
devoción exagerada, no me está entendiendo. O porque es hombre carnal, que de
ningún modo gusta las cosas del espíritu, o porque es del mundo –de este mundo
que no puede recibir al Espíritu Santo (ver Mt 16,23; Jn 14,17) 42–,
o porque es orgulloso y crítico, que condena o desprecia todo lo que no
entiende. Pero quienes nacieron no de la sangre, ni de la voluntad de la carne
ni de la voluntad de varón, sino de Dios (ver Jn 1,13) y de María, me
comprenden y gustan y para ellos estoy escribiendo.
181. Digo,
sin embargo, a unos y a otros –volviendo al asunto interrumpido– que, siendo
la excelsa María la más noble y generosa de todas las puras creaturas, jamás
se deja vencer en amor ni generosidad. Ella, como dice un santo devoto, "por
un huevo te dará un buey", es decir, por lo poquito que le damos nos dará, en
retorno, mucho de lo que ha recibido de Dios. Por consiguiente, si te entregas
a Ella sin reserva y pones en Ella tu confianza, sin presunción y trabajando
por tu parte para adquirir las virtudes y domar tus pasiones, Ella se dará a
ti totalmente.
182. Que
los fieles servidores de María digan, pues, abiertamente, con San Juan
Damasceno: "Si confío en ti, ¡oh Madre de Dios!, me salvaré; protegido por ti,
nada temeré; con tu auxilio combatiré a mis enemigos y los pondré en fuga,
porque ser devoto tuyo es un arma de salvación que Dios da a los que quiere
salvar".
NOTAS:
1
Ver LG 36: servir por Cristo y como Cristo es reinar.
2
Ver VD 110.
3
Ver VD 14-39.
4
Ver LG 62; MC 17.
5
Conrado de Sajonia.
6
San Bernardo.
7
San Bernardino.
8
San Bernardo.
9
VD 179.
10
Ver SM 37.
11
Ver VD 225.
12
Ver SM 37; VD 142.
13
Ver VD 147.
14
Ver VD 183.212.
15
Ver SM 22.
16
ASE 86-87.
17
Expresión de la liturgia.
18
Ver VD 33.
19
Ver VD 12.
20
Enrique María Boudón (1634-1702).
21
San Odilón (962-1048).
22
Pedro Damiano (1007-1072).
23
Simón Rojas (1552-1652).
24
Bartolomé de los Ríos (1580-1652)
25
Francisco Estanislao Fenicio, S.J. (1592-1652).
26
Cornelius van den Steen (1567-1637).
27
Pedro de Berulle (1575-1637).
28
La inquisición romana sólo condenó en aquellos tiempos los abusos y
exageraciones de devotos sin discreción.
29
Se trata de la preparación y disposiciones con que María fue preparada por
Dios y se preparó Ella misma a la obra de la Encarnación (ver ASE 107: María
atrae y cautiva al Omnipotente; ver VD 157).
30
Ver VD 75; SM 21.
31
Ver VD 33.
32
Ver SM 70.
33
Ver VD 20-21.34-36.
34
Ver LG 65.35; san Germán de Constantinopla.
35
Inés de Langeac (1602-1634).
36
Vida de la Madre Inés de Langeac, 2ª. ed. Le Puy, 1675, p 581 581.)
37
Ver VD 87-89.
38
Ver SM 40.
39
San Juan Damasceno.
40
VD 78-82.
41
Letanías lauretanas.
42
Ver SM 66; VD 216.266.
CAPITULO III
FIGURA BIBLICA DE LA VIDA CONSAGRADA A MARIA:
REBECA Y JACOB
183.
El Espíritu Santo nos ofrece en el libro del Génesis una figura admirable de
todas las verdades que acabo de exponer respecto a la Santísima Virgen y a sus
hijos y servidores. La hallamos en la historia de Jacob, que, por la
diligencia y cuidados de su madre, Rebeca, recibió la bendición de su padre,
Isaac.
Oigámosla tal como la refiere el Espíritu Santo. Luego añadiré mi propia
explicación (Gn 27,1-44).
1. HISTORIA BIBLICA DE REBECA Y JACOB
184. Esaú
había vendido a Jacob sus derechos de primogenitura (ver Gn 25,33). Rebeca,
madre de ambos hermanos, que amaba tiernamente a Jacob, le aseguró –muchos
años después– estos derechos mediante una estratagema santa y toda llena de
misterio.
Isaac, sintiéndose muy viejo y deseando bendecir a sus hijos antes de morir,
llamó a Esaú, a quien amaba, y le encargó salirse de caza a conseguir algo de
comer para bendecirle luego. Rebeca comunicó al punto a Jacob lo que sucedía y
le mandó traer dos cabritos del rebaño. Cuando los trajo y entregó a su madre,
ella los preparó al gusto de Isaac –que bien conocía–, vistió a Jacob con los
vestidos de Esaú, que ella guardaba, y le cubrió las manos y el cuello con la
piel de los cabritos, a fin de que su padre, que estaba ciego, al oír la voz
de Jacob, creyese –al menos por el vello de sus manos– que era Esaú.
Sorprendido, en efecto, Isaac por el timbre de aquella voz, que parecía ser de
Jacob, le mandó acercarse y, palpando el pelo de las pieles que le cubrían las
manos, dijo que verdaderamente la voz era de Jacob, pero las manos eran las de
Esaú. Después que comió y, al besar a Jacob, sintió la fragancia de sus
vestidos, le bendijo y deseó el rocío del cielo y la fecundidad de la tierra,
le hizo señor de todos sus hermanos, y finalizó su bendición con estas
palabras: Maldito quien te maldiga y bendito quien te bendiga (Gn
27,29).
Apenas había Isaac concluido estas palabras, he aquí que entra Esaú, trayendo
para comer de lo que había cazado, a fin de recibir luego la bendición de su
padre. El santo patriarca se sorprendió, con increíble asombro, al darse
cuenta de lo ocurrido. Pero, lejos de retractar lo que había hecho, lo
confirmó. Porque veía claramente el dedo de Dios en este suceso.
Esaú entonces lanzó bramidos –anota la Sagrada Escritura–, acusando a gritos
de engañador a su hermano, y preguntó a su padre si no tenía más que una
bendición. (En todo esto –como advierten los Santos Padres– fue figura de
aquellos que, hallando cómodo juntar a Dios con el mundo, quieren gozar, a la
vez, de los consuelos del cielo y los deleites de la tierra.) Isaac, conmovido
por los lamentos de Esaú, lo bendijo por fin, pero con una bendición de la
tierra, sometiéndole a su hermano. Lo que le hizo concebir un odio tan
irreconciliable contra Jacob, que no esperaba sino la muerte de su padre para
matar al hermano. Y éste no hubiera podido escapar a la muerte si Rebeca, su
querida madre, no lo hubiese salvado con su solicitud y con los buenos
consejos que le dio y que él siguió.
2. EXPLICACION
a) Esaú, figura de los réprobos
185. Antes
de explicar esta bellísima historia es preciso advertir que, según los Santos
Padres y los exégetas 1, Jacob es figura de Cristo y de los
predestinados, mientras que Esaú lo es de los réprobos. Para pensar que es
así, basta examinar las acciones y conducta de uno y otro.
1. Esaú, el primogénito, era fuerte y de constitución robusta, gran cazador,
diestro y hábil en manejar el arco y traer caza abundante.
2. Casi nunca estaba en casa, y, confiando sólo en su fuerza y destreza,
trabajaba siempre fuera de ella.
3. No se preocupaba mucho por agradar a su madre, Rebeca, y no hacía nada para
ello.
4. Era tan glotón y esclavo de la gula, que vendió su derecho de primogenitura
por un plato de lentejas.
5. Como otro Caín (Gn 4,8) 2, estaba lleno de envidia contra su
hermano, Jacob, a quien perseguía de muerte.
186. Esta
es precisamente la conducta que observan los réprobos: 1. Confían en su fuerza
y habilidad para los negocios temporales. Son muy fuertes, hábiles e
ingeniosos para las cosas terrestres, pero muy flojos e ignorantes para las
del cielo 3.
187. 2.
Por ello, no permanecen nunca, o casi nunca, en su propia casa, es decir,
dentro de sí mismos (Mt 6,6) –que es la morada interior y fundamental que Dios
ha dado a cada hombre, para residir allí, a ejemplo suyo, porque Dios vive
siempre en sí mismo–. Los réprobos no aprecian el retiro ni las cosas
espirituales ni la devoción interior. Califican de apocadas, mojigatas y
hurañas a las personas que cultivan la vida interior, se retiran del mundo y
trabajan más dentro que fuera.
188. 3.
Los réprobos apenas si se interesan por la devoción a la Santísima Virgen,
Madre de los predestinados. Es verdad que no la aborrecen formalmente, algunas
veces le tributan alabanzas, dicen que la aman y hasta practican algunas
devociones en su honor. Pero, por lo demás, no toleran que se la ame
tiernamente, porque no tienen para con Ella las ternuras de Jacob. Censuran
las prácticas de devoción, a las cuales los buenos hijos y servidores de María
permanecen fieles para ganarse el afecto de Ella. No creen que esta devoción
les sea necesaria para salvarse. Pretenden que, con tal de no odiar
formalmente a la Santísima Virgen ni despreciar abiertamente su devoción,
merecen la protección de la Virgen María, cuyos servidores son porque rezan y
dicen entre dientes algunas oraciones en su honor, pero carecen de ternura
para con Ella y evitan comprometerse en una conversión personal.
189. 4.
Los réprobos venden su derecho de primogenitura, es decir, los goces del
cielo, por un plato de lentejas, es decir, por los placeres de la tierra.
Ríen, beben, comen, se divierten, juegan, bailan, etc., sin preocuparse –como
Esaú– por hacerse dignos de la bendición del Padre celestial. En pocas
palabras: sólo piensan en la tierra, sólo aman las cosas de la tierra, sólo
hablan y tratan de las cosas de la tierra y de sus placeres, vendiendo por un
momento de placer, por un humo vano de honra y un pedazo de tierra dura,
amarilla o blanca 4, la gracia bautismal, su vestido de inocencia,
su herencia celestial.
190. 5.
Por último, los réprobos odian y persiguen sin tregua a los predestinados,
abierta o solapadamente. No pueden soportarlos: los desprecian, los critican,
los contradicen, los injurian, los roban, los engañan, los empobrecen, los
marginan, los rebajan hasta el polvo, mientras que ellos ensanchan su fortuna,
se entregan a los placeres, viven regaladamente, se enriquecen y viven a sus
anchas.
b) Jacob, figura de los predestinados
191. 1.
Jacob, el hijo menor, era de constitución débil; era suave y tranquilo.
Permanecía generalmente en casa, para granjearse los favores de Rebeca, su
madre, a quien amaba tiernamente. Si alguna vez salía de casa, no lo hacía por
capricho ni confiado en su habilidad, sino por obedecer a su madre.
192. 2.
Amaba y honraba a su madre. Por eso permanecía en casa con ella. Nunca se
alegraba tanto como cuando la veía. Evitaba cuanto pudiera desagradarle y
hacía cuanto creía que le complacería. Todo lo cual aumentaba en Rebeca el
amor que ella le profesaba.
193. 3.
Estaba sometido en todo a su querida madre; la obedecía enteramente en todo,
prontamente y sin tardar, amorosamente y sin quejarse. A la menor señal de su
voluntad, el humilde Jacob corría a realizarla. Creía cuanto Rebeca le decía,
sin discutir; por ejemplo, cuando le mandó que saliera a buscar dos cabritos y
se los trajera para aderezar la comida a su padre, Isaac, Jacob no replicó que
para preparar una sola comida para una persona bastaba con un cabrito, sino
que sin replicar hizo cuanto ella le ordenó.
194. 4.
Tenía gran confianza en su querida madre, y como no confiaba en su propio
valer, se apoyaba solamente en la solicitud y cuidados de su madre. Imploraba
su ayuda en todas las necesidades y la consultaba en todas las dudas, por
ejemplo, cuando le preguntó, si, en vez de la bendición, recibiría, más bien,
la maldición de su padre, creyó en ella, y a ella se confió tan pronto Rebeca
le contestó que ella tomaría sobre sí esa maldición.
195. 5.
Finalmente, imitaba –según sus capacidades– las virtudes de su madre. Y parece
que una de las razones de que permaneciera sedentario en casa era el imitar a
su querida y muy virtuosa madre, y el alejarse de las malas compañías, que
corrompen las costumbres. En esta forma, se hizo digno de recibir la doble
bendición de su querido padre.
c) Comportamiento de los predestinados y de los réprobos
196. Este
es el comportamiento habitual de los predestinados:
1. Permanecen asiduamente en casa con su madre, es decir, aman el retiro,
gustan de la vida interior, se aplican a la oración, a ejemplo y en compañía
de su Madre, la Santísima Virgen, cuya gloria está en el interior 5.
Ciertamente, de vez en cuando aparecen en público, pero por obediencia a la
voluntad de Dios y a la de su querida Madre y a fin de cumplir con los deberes
de su estado. Y, aunque en el exterior realicen aparentemente cosas grandes,
estiman mucho más las que adelantan en el interior de sí mismos en compañía de
la Santísima Virgen. En efecto, allí van realizando la obra importantísima de
su perfección, en comparación de la cual las demás obras no son sino juego de
niños.
Por eso, mientras algunas veces sus hermanos y hermanas trabajan fuera con
gran empeño, habilidad y éxito, cosechando la alabanza y aprobación del mundo,
ellos conocen –por la luz del Espíritu Santo– que se disfruta de mayor gloria,
provecho y alegría en vivir escondidos en el retiro con Jesucristo, su modelo
–en total y perfecta sumisión a su Madre– que en realizar por sí solos
maravillas de naturaleza y gracia en el mundo, a semejanza de tantos Esaús y
réprobos que hay en él. En su casa habrá riquezas y abundancia (Sl 112
[111],3). Sí, en la casa de María se encuentra abundancia de gloria para Dios
y de riquezas para los hombres.
Señor Jesús, ¡qué delicia es tu morada! (Sl 84 [83],1-8). El pajarillo
encontró casa para albergarse, y la tórtola nido para colocar sus polluelos.
¡Oh! ¡Cuán dichoso el hombre que habita en la casa de María! ¡Tú fuiste el
primero en habitar en Ella! En esta morada de predestinados, el cristiano
recibe ayuda de ti solo y dispone en su corazón las subidas y escalones de
todas las virtudes para elevarse a la perfección en este valle de lágrimas.
197. 2.
Los predestinados aman con filial afecto y honran efectivamente a la Santísima
Virgen como a su cariñosa Madre y Señora. La aman no sólo de palabra, sino de
hecho. La honran no sólo exteriormente, sino en el fondo del corazón. Evitan,
como Jacob, cuanto pueda desagradarle y practican con fervor todo lo que creen
puede granjearles su benevolencia.
Le llevan y entregan no ya dos cabritos, como Jacob a Rebeca, sino lo que
representaban los dos cabritos de Jacob, es decir, su cuerpo y su alma, con
todo cuanto de ellos depende, para que Ella: 1) los reciba como cosa suya; 2)
los mate y haga morir al pecado y a sí mismos, desollándolos y despojándolos
de su propia piel y egoísmo, para agradar por este medio a su Hijo Jesús, que
no acepta por amigos y discípulos sino a los que están muertos a sí mismos; 3)
los aderece al gusto del Padre celestial y a su mayor gloria, que Ella conoce
mejor que nadie; 4) con sus cuidados e intercesión disponga este cuerpo y esta
alma, bien purificados de toda mancha, bien muertos, desollados y aderezados,
como manjar delicado, digno de la boca y bendición del Padre celestial.
¿No es esto, acaso, lo que harán los predestinados, que aceptarán y vivirán la
perfecta consagración a Jesucristo por manos de María, que aquí les enseñamos,
para que testifiquen a Jesús y a María un amor intrépido y efectivo?
Los réprobos protestan muchas veces que aman a Jesús, que aman y honran a
María, pero no lo demuestran con la entrega de sí mismos (Pr 3,9), ni llegan a
inmolarles el cuerpo y el alma con sus pasiones, como los predestinados.
198. 3.
Estos viven sumisos y obedientes a la Santísima Virgen como a su cariñosa
Madre, a ejemplo de Jesucristo, quien de treinta y tres años que vivió sobre
la tierra, empleó treinta en glorificar a Dios, su Padre, mediante una
perfecta y total sumisión a su santísima Madre. La obedecen, siguiendo
exactamente sus consejos, como el humilde Jacob los de Rebeca cuando le dijo:
Escucha lo que te digo (Gn 27,8), o como la Santísima Virgen: Hagan
lo que El les diga (Jn 2,5).
Jacob, por haber obedecido a su madre, recibió –como de milagro– la bendición,
aunque, naturalmente, no podía recibirla. Los servidores de las bodas de Caná,
por haber seguido el consejo de la Santísima Virgen, fueron honrados con el
primer milagro de Jesucristo, que convirtió el agua en vino a petición de su
santísima Madre. Asimismo, todos los que hasta el fin de los siglos reciban la
bendición del Padre celestial y sean honrados con las maravillas de Dios, sólo
recibirán estas gracias como consecuencia de su perfecta obediencia a María.
Los Esaús, al contrario, pierden su bendición por falta de sumisión a la
Santísima Virgen.
199. 4.
Los predestinados tienen gran confianza en la bondad y poder de María, su
bondadosa Madre. Reclaman sin cesar su socorro. La miran como su estrella
polar, para llegar a buen puerto. Le manifiestan sus penas y necesidades con
toda la sinceridad del corazón.
Se acogen a los pechos de su misericordia y dulzura para obtener por su
intercesión el perdón de sus pecados o saborear, en medio de las penas y
sequedades, sus dulzuras maternales. Se arrojan, esconden y pierden de manera
maravillosa en su seno amoroso y virginal, para ser allí inflamados en amor
puro, ser allí purificados de las menores manchas y encontrar allí plenamente
a Jesucristo, que reside en María como en su trono más glorioso.
¡Oh! ¡Qué felicidad! "No creas –dice el abad Guerrico– que es mayor felicidad
habitar en el seno de Abrahán que en el de María, dado que el Señor puso en
éste su trono".
Los réprobos, por el contrario, ponen toda su confianza en sí mismos. Al igual
que el hijo pródigo, se alimentan solamente de lo que comen los cerdos, se
nutren solamente de tierra, a semejanza de los sapos, y, a la par que los
mundanos, sólo aman las cosas visibles y exteriores. No pueden gustar del seno
de María ni experimentar el apoyo y la confianza que sienten los predestinados
en la Santísima Virgen, su bondadosa Madre. Quieren hambrear miserablemente
por las cosas de fuera –dice San Gregorio 6–, porque no quieren
saborear la dulzura preparada dentro de sí mismos y en el interior de Jesús y
de María.
200. 5.
Finalmente, los predestinados siguen el ejemplo de la Santísima Virgen, su
tierna Madre. Es decir, la imitan, y por esto son verdaderamente dichosos y
devotos y llevan la señal infalible de su predestinación, como se lo anuncia
su cariñosa Madre: Dichosos los que siguen mis caminos (Pr 8,32), es
decir, quienes con el auxilio de la gracia divina practican mis virtudes y
caminan sobre las huellas de mi vida. Sí, dichosos durante su vida terrena,
por la abundancia de gracias y dulzuras que les comunico de mi plenitud, y más
abundantemente que a aquellos que no me imitan tan de cerca. Dichosos en su
muerte, que es dulce y tranquila, y a la que ordinariamente asisto para
conducirlos personalmente a los goces de la eternidad. Dichosos, finalmente,
en la eternidad, porque jamás se ha perdido ninguno de mis fieles servidores
que haya imitado mis virtudes durante su vida.
Los réprobos, por el contrario, son desgraciados durante su vida, en la muerte
y por la eternidad, porque no imitan las virtudes de la Santísima Virgen, y se
contentan con ingresar, a veces, en sus cofradías, rezar en su honor algunas
oraciones o practicar otra devoción exterior.
¡Oh Virgen Santísima! ¡Bondadosa Madre mía! ¡Cuán felices son –lo repito en el
arrebato de mi corazón–, cuán felices son quienes, sin dejarse seducir por una
falsa devoción, siguen fielmente tus caminos, observando tus consejos y
mandatos! Pero ¡desgraciados y malditos los que, abusando de tu devoción, no
guardan los mandamientos de tu Hijo! Malditos los que se apartan de tus
mandatos (Sl 119 [118],21).
d) Solicitud de María para con sus fieles servidores
201. Veamos
ahora los amables cuidados que la Santísima Virgen, como la mejor de todas las
madres, prodiga a los fieles servidores que se han consagrado a Ella de la
manera que acabo de indicar y conforme al ejemplo de Jacob.
1. María los ama
Yo amo a los que me aman
(Pr 8,17). 1) Los ama, porque es su Madre verdadera, y una madre ama siempre a
su hijo, fruto de sus entrañas. 2) Los ama, en respuesta al amor efectivo que
ellos le profesan como a su cariñosa Madre. 3) Los ama, porque –como
predestinados que son– también los ama Dios: Quise a Jacob más que a Esaú (Rm
9,13). 4) Los ama, porque se han consagrado totalmente a Ella, y son, por
tanto, su posesión y herencia: Sea Israel tu heredad (Eclo 24,13).
202. Ella
los ama con ternura, con mayor ternura que todas las madres juntas. Reúnan, si
pueden, todo el amor natural que todas las madres del mundo tienen a sus
hijos, en el corazón de una sola madre hacia su hijo único: ciertamente, esta
madre amaría mucho a ese hijo. María, sin embargo, ama en verdad más
tiernamente a sus hijos de cuanto esta madre amaría al suyo. Los ama no sólo
con afecto, sino con eficacia. Con amor afectivo y efectivo, como el de Rebeca
para con Jacob y aún mucho más.
Veamos lo que esta bondadosa Madre –de quien Rebeca no fue más que una figura–
hace a fin de obtener para sus hijos la bendición del Padre celestial:
203. 1.
Espía, como Rebeca, las oportunidades para hacerles el bien, para
engrandecerlos y enriquecerlos. Dado que ve claramente en la luz de Dios todos
los bienes y males, la fortuna próspera o adversa, las bendiciones y
maldiciones divinas, dispone de lejos las cosas para liberar a sus servidores
de toda clase de males y colmarlos de toda suerte de bienes; de modo que, si
se tiene que realizar ante Dios alguna empresa por la fidelidad de una
creatura a un cargo importante, es seguro que María procurará que esta empresa
se encomiende a alguno de sus queridos hijos y servidores y le dará la gracia
necesaria para llevarla a feliz término. "Ella gestiona nuestros asuntos",
dice un santo 7..
204. 2.
Les da buenos consejos, como Rebeca a Jacob: Hijo mío, escucha lo que te
digo (Gn 27,8, Vulgata). Sigue mis consejos. Y, entre otras cosas, les
inspira que le lleven dos cabritos, es decir, su cuerpo y su alma, y se lo
consagren, para aderezar con ellos un manjar agradable a Dios. Les aconseja
también que cumplan cuanto Jesucristo, su Hijo, enseñó con sus palabras y
ejemplos. Y, si no les da por sí misma estos consejos, se vale para ello del
ministerio de los ángeles, los cuales jamás se sienten tan honrados ni
experimentan mayor placer que cuando obedecen alguna de sus órdenes de bajar a
la tierra a socorrer a alguno de sus servidores.
205. 3.
Y ¿qué hace esta tierna Madre cuando le entregas y consagras cuerpo y alma y
cuanto de ellos depende sin excepción alguna? Lo que hizo Rebeca en otro
tiempo con los cabritos que le llevó Jacob: 1) los mata y hace morir a la vida
del viejo Adán; 2) los desuella y despoja de su piel natural, de sus
inclinaciones torcidas, del egoísmo y voluntad propia y del apego a las
creaturas; 3) los purifica de toda suciedad y mancha de pecado; 4) los adereza
al gusto de Dios y a su mayor gloria. Y como sólo Ella conoce perfectamente en
cada caso el gusto divino y la mayor gloria del Altísimo, sólo Ella puede, sin
equivocarse, condimentar y aderezar nuestro cuerpo y alma a este gusto
infinitamente exquisito y a esta gloria divinamente oculta.
206. 4.
Luego que esta bondadosa Madre recibe la ofrenda perfecta que le hemos hecho
de nosotros mismos y de nuestros propios méritos y satisfacciones –por la
devoción de que hemos hablado–, nos despoja de nuestros antiguos vestidos, nos
engalana y hace dignos de comparecer ante el Padre del cielo:
1) nos reviste con los vestidos limpios, nuevos, preciosos y perfumados de
Esaú, el primogénito, es decir, de Jesucristo, su Hijo, los cuales guarda Ella
en casa, o sea, tiene en su poder, ya que es la tesorera y dispensadora
universal y eterna de las virtudes y méritos de su Hijo Jesucristo. Virtudes y
méritos que Ella concede y comunica a quien quiere, cuando quiere, como quiere
y cuanto quiere, como ya hemos dicho 8;
2) cubre el cuello y las manos de sus servidores con las pieles de los
cabritos muertos y desollados, es decir, los engalana con los méritos y el
valor de sus propias acciones. Mata y mortifica, en efecto, todo lo imperfecto
e impuro que hay en sus personas, pero no pierde ni disipa todo el bien que la
gracia ha realizado en ellos, sino que lo guarda y aumenta, para hacer con
ellos el ornato y fuerza de su cuello y de sus manos, es decir, para
fortalecerlos a fin de que puedan llevar sobre su cuello el yugo del Señor y
realizar grandes cosas para la gloria de Dios y la salvación de sus pobres
hermanos;
3) comunica perfume y gracia nuevos a sus vestidos y adornos revistiéndolos
con sus propias vestiduras, esto es, con sus méritos y virtudes, que al morir
les legó en su testamento –como dice una santa religiosa del último siglo
muerta en olor de santidad, y que lo supo por revelación–. De modo que
todos los de su casa –sus servidores y esclavos– llevan doble vestidura: la de
su Hijo y la de Ella (ver Pr 31,21). Por ello, no tienen que temer el frío
de Jesucristo, blanco como la nieve. Mientras que los réprobos, enteramente
desnudos y despojados de los méritos de Jesucristo y de su Madre santísima, no
podrán soportarlo.
207. 5.
Ella, finalmente, les obtiene la bendición del Padre celestial, por más que,
no siendo ellos sino hijos menores y adoptivos, no deberían, naturalmente,
tenerla. Con estos vestidos nuevos, de alto precio y agradabilísimo olor, y
con cuerpo y alma bien preparados, se acercan confiados al lecho del Padre
celestial. Que oye y distingue su voz, que es la del pecador; toca sus manos,
cubiertas de pieles; percibe el perfume de sus vestidos; come con regocijo de
lo que María, Madre de ellos, le ha preparado, y reconociendo en ellos los
méritos y el buen olor de Jesucristo y de su santísima Madre:
a.
les da su doble bendición: bendición del rocío del cielo (Gn 27,28), es
decir, de la gracia divina, que es semilla de gloria: Nos ha bendecido en la
persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales (Ef
1,3); y bendición de la fertilidad de la tierra (Gn 27,28), es decir, que este
buen Padre les da el pan de cada día y suficiente cantidad de bienes de este
mundo;
b.
les constituye señores de sus otros hermanos, los réprobos. Lo cual no quiere
decir que esta primacía sea siempre evidente en este mundo –que pasa en un
instante (ver 1Cor 7,29-31) y al que frecuentemente dominan los réprobos:
Discursean profiriendo insolencias, se jactan los malhechores (Sl 94
[93],3-4). Vi a un malvado que se jactaba, que prosperaba como cedro
frondoso (Sl 36 [35],35)–, pero que es real, y aparecerá cuando los
justos –como dice el Espíritu Santo– gobernarán naciones, someterán pueblos (Sab
3,8);
c.
el Señor, no contento con bendecirlos en sus personas y bienes, bendice
también a cuantos los bendigan y maldice a cuantos los maldigan y persigan.
2. María los alimenta
208. El
segundo deber de caridad que la Santísima Virgen ejerce con sus fieles
servidores es el de proporcionarles todo lo necesario para el cuerpo y el
alma. Les da vestiduras dobles, como acabamos de decir. Les da a comer los
platos más exquisitos de la mesa de Dios. Les alimenta con el Pan de la vida
que Ella misma ha formado: "Queridos hijos míos –les dice por boca de la
Sabiduría– sáciense de mis frutos, es decir, de Jesús, fruto de vida, que para
ustedes he traído al mundo (Eclo 24,26). Vengan –les dice en otra parte– a
comer de mi pan, que es Jesús, y a beber el vino (Pr 9,5) de su amor, que he
mezclado para ustedes con la leche de mis pechos. Coman, beban y embriáguense,
amigos míos (Ct 5,1).
Siendo Ella la tesorera y dispensadora de los dones y gracias del Altísimo, da
gran porción y la mejor de todas, para alimentar y sustentar a sus hijos y
servidores. Nutridos éstos con el Pan de vida, embriagados con el vino que
engendra vírgenes (ver Zc 9,17), llevados en brazos (ver Is 66,12),
encuentran tan suave el yugo de Jesucristo, que apenas sienten su peso
a causa del aceite de la devoción en el cual María les sazona (ver Is 10,27,
Vulgata).
3. María los conduce
209. El
tercer bien que la Santísima Virgen hace a sus fieles servidores es el
conducirlos y guiarlos según la voluntad de su Hijo. Rebeca guiaba a su hijo
Jacob, y de cuando en cuando le daba buenos consejos, ya para atraer sobre él
la bendición de su padre, ya para ayudarle a evitar el odio y la persecución
de su hermano Esaú. María, estrella del mar, conduce a todos sus fieles
servidores al puerto de salvación. Les enseña los caminos de la vida eterna.
Les hace evitar los pasos peligrosos. Los lleva de la mano por los senderos de
la justicia. Los sostiene cuando están a punto de caer. Los levanta cuando han
caído. Los reprende, como Madre cariñosa, cuando yerran, y aun a veces los
castiga amorosamente. ¿Podrá extraviarse en el camino de la eternidad un hijo
obediente a María, quien por sí misma le alimenta y es su guía esclarecida?
"Siguiéndola –dice San Bernardo– no te extravías" 9. ¡No temas,
pues! ¡Ningún verdadero hijo de María será engañado por el espíritu maligno!
¡Ni caerá en herejía formal! 10. Donde María es la conductora, no
entran ni el espíritu maligno con sus ilusiones, ni los herejes con sus
sofismas: "¡Si Ella te sostiene, no caerás!" 11.
4. María los defiende y protege
210. El
cuarto servicio que la Santísima Virgen ofrece a sus hijos y fieles servidores
es defenderlos y protegerlos contra sus enemigos. Rebeca, con sus cuidados y
vigilancia, libró a Jacob de todos los peligros en que se encontró, y
especialmente de la muerte que su hermano Esaú le hubiera dado a causa del
odio y envidia que le tenía –como en otros tiempos Caín a su hermano Abel–.
Así obra también María, Madre cariñosa de los predestinados: los esconde bajo
las alas de su protección, como una gallina a sus polluelos; dialoga con
ellos, desciende hasta ellos, condesciende con todas sus debilidades, para
defenderlos del gavilán y del buitre; los rodea y acompaña como ejército en
orden de batalla (ver Ct 6,3.9, Vulgata) 12. ¿Temerá, acaso, a
sus enemigos quien está defendido por un ejército bien ordenado de cien mil
hombres? Pues bien, ¡un fiel servidor de María, rodeado por su protección y
poder imperial, tiene aún menos por qué temer! Esta bondadosa Madre y poderosa
Princesa celestial enviará legiones de millones de ángeles para socorrer a uno
de sus hijos antes que pueda decirse que un fiel servidor de María –que puso
en Ella su confianza– haya sucumbido a la malicia, número y fuerza de sus
enemigos.
5. María intercede por ellos
211. Por
último, el quinto y mayor servicio que la amable María ejerce en favor de sus
fieles devotos es el interceder por ellos ante su Hijo y aplacarle con sus
ruegos. Ella los une y conserva unidos a El con vínculo estrechísimo 13.
Rebeca hizo que Jacob se acercara al lecho de su padre. El buen anciano lo
tocó, lo abrazó y hasta lo besó con alegría, contento y satisfecho como estaba
de los manjares bien preparados que le había llevado. Gozoso de percibir los
exquisitos perfumes de sus vestidos, exclamó: ¡Aroma que bendice el Señor
es el aroma de mi hijo! (Gn 27,27). Este campo fértil cuyo aroma
encantó el corazón del Padre es el aroma de las virtudes y méritos de María.
Ella es, en efecto, campo lleno de gracias donde Dios Padre sembró, como grano
de trigo para sus escogidos, a su propio Hijo.
¡Oh! ¡Cuán bien recibido es por Jesucristo, Padre sempiterno (ver Is 9,6), el
hijo perfumado con el olor gratísimo de María! ¡Y qué pronto y perfectamente
queda unido a El, como ya hemos demostrado! 14.
212. María
además, después de haber colmado de favores a sus hijos y fieles servidores y
de haberles alcanzado la bendición del Padre celestial y la unión con
Jesucristo, los conserva en Jesucristo, y a Jesucristo en ellos. Los protege y
vigila siempre, no sea que pierdan la gracia de Dios y caigan de nuevo en los
lazos del enemigo. Ella conserva a los santos en su plenitud y les ayuda a
perseverar en ella, según hemos visto 15.
Esta es la explicación de la insigne y antigua figura de la predestinación y
la reprobación, tan desconocida y tan llena de misterios.
NOTAS:
1
Por ejemplo, san Ambrosio, san Bernardo, san Antonino, Ricardo de San
Víctor...
2
Ver VD 54.210.
3
San Gregorio Magno.
4
Ver SA 27; "tierra amarilla o blanca" es oro y plata.
5
Ver VD 11.
6
Ver VD 48.
7
Ramón Jordán.
8
San Bernardino de Siena; ver VD 25.141; SM 10.
9
Ver VD 134.
10
Ver VD 167.
11
Ver VD 174.
12
Ver VD 50.
13
Ver LG 62.
14
Ver VD 152-168.
15
Ver VD 152-168.
CAPITULO IV
EFECTOS MARAVILLOSOS DE LA CONSAGRACION TOTAL EN QUIEN LE ES FIEL
213. Persuádete,
hermano carísimo, de que, si eres fiel a las prácticas interiores y exteriores
de esta devoción, las cuales voy a indicar más adelante, participarás de los
frutos maravillosos que produce en el alma fiel.
1. Conocimiento de sí mismo
1. Gracias a la luz que te comunicará el Espíritu Santo por medio de María, su
querida Esposa, conocerás tu mal fondo, tu corrupción e incapacidad para todo
lo bueno, si Dios no es su principio como autor de la naturaleza o de la
gracia. Y, a consecuencia de este conocimiento, te despreciarás y no pensarás
en ti mismo sino con horror. Te considerarás como un caracol, que todo lo
mancha con su baba; como un sapo, que todo lo emponzoña con su veneno, o como
una serpiente maligna, que sólo pretende engañar. En fin, la humilde María te
hará partícipe de su profunda humildad, y mediante ella te despreciarás a ti
mismo, no despreciarás a nadie y gustarás de ser menospreciado 1.
2. Participación en la fe de María
214. 2.
La Santísima Virgen te hará partícipe de su fe. La cual fue mayor que la de
todos los patriarcas, profetas, apóstoles y todos los demás santos. Ahora que
reina en los cielos, no tiene ya esa fe, porque ve claramente todas las cosas
en Dios por la luz de la gloria. Sin embargo, con el consentimiento del
Altísimo, no la ha perdido al entrar en la gloria 2; la conserva
para comunicarla a sus más fieles servidores en la Iglesia peregrina.
Por lo mismo, cuanto más te granjees la benevolencia de esta augusta Princesa
y Virgen fiel, tanto más reciamente se cimentará toda tu vida en la fe
verdadera: una fe pura, que hará que no te preocupes por lo sensible y
extraordinario; una fe viva y animada por la caridad, que te hará obrar
siempre por el amor más puro; una fe firme e inconmovible como una roca, que
te ayudará a permanecer siempre firme y constante en medio de las tempestades
y tormentas; una fe penetrante y eficaz, que –como misteriosa llave maestra–
te permitirá entrar en todos los misterios de Jesucristo, las postrimerías del
hombre y el corazón del mismo Dios; una fe intrépida, que te llevará a
emprender y llevar a cabo, sin titubear, grandes empresas por Dios y por la
salvación de las almas; finalmente, una fe que será tu antorcha encendida, tu
vida divina, tu tesoro escondido de la divina sabiduría y tu arma omnipotente,
de la cual te servirás para iluminar a los que viven en tinieblas y sombras de
muerte, para inflamar a los tibios y necesitados del oro encendido de la
caridad, para resucitar a los muertos por el pecado, para conmover y convertir
–con tus palabras suaves y poderosas– los corazones de mármol y los cedros del
Líbano y, finalmente, para resistir al demonio y a todos los enemigos de la
salvación 3.
3. Madurez cristiana
215. 3.
Esta Madre del Amor Hermoso quitará de tu corazón todo escrúpulo y temor
servil desordenado y lo abrirá y ensanchará para correr por los mandamientos
de su Hijo con la santa libertad de los hijos de Dios, y para encender en el
alma el amor puro, cuya tesorera es Ella. De modo que en tu comportamiento con
el Dios-Caridad ya no te gobernarás –como hasta ahora– por temor, sino por
amor puro 4. Lo mirarás como a tu Padre bondadoso, te afanarás por
agradarle siempre y dialogarás con El en forma confidencial como un hijo con
su cariñoso padre. Si, por desgracia, llegaras a ofenderlo, te humillarás al
punto delante de El, le pedirás perdón humildemente, tenderás hacia El la mano
con sencillez, te levantarás de nuevo amorosamente, sin turbación ni
inquietud, y seguirás caminando hacia El, sin descorazonarte.
4. Gran confianza en Dios y en María
216. 4.
La Santísima Virgen te colmará de gran confianza en Dios y en Ella misma:
1) porque ya no te acercarás por ti mismo a Jesucristo, sino siempre por medio
de María, tu bondadosa Madre;
2) habiéndole entregado tus méritos, gracias y satisfacciones para que
disponga de ellos según su voluntad, Ella te comunicará sus virtudes y te
revestirá con sus méritos 5, de suerte que podrás decir a Dios con
plena confianza: ¡Esta es María, tu servidora! ¡Hágase en mí según lo que
has dicho¡ (Sl 119 [118],94) 6;
3) habiéndote entregado totalmente a Ella –en cuerpo y alma–, Ella, que es
generosa, se entregará a ti, en recompensa, de forma maravillosa, pero real,
de suerte que podrás decirle con santa osadía: Soy tuyo, ¡oh María!;
sálvame. O con el discípulo amado –como he dicho antes–: "¡Te he tomado, María
Santísima, por todos mis bienes!" 7. O con San Buenaventura:
"Querida Señora y salvadora mía, obraré confiadamente y sin temor, porque eres
mi fortaleza y alabanza en el Señor. Soy todo tuyo y cuanto tengo es tuyo,
Virgen gloriosa y bendita entre todas las creaturas! ¡Que yo te ponga como
sello sobre mi corazón 8, porque tu amor es fuerte como la muerte!"
(Ct 8,6).
Podrás decir a Dios con los sentimientos del profeta: "Señor, mi corazón y mis
ojos no tienen ningún motivo para enaltecerse y enorgullecerse, ni para buscar
cosas grandes y maravillosas. Y, con todo, aún no soy humilde. Pero la
confianza me sostiene y anima. Estoy, como un niño, privado de los placeres
terrestres y apoyado en el seno de mi madre; allí me colman de bienes (ver Sl
131 [130],1-2);
4) el hecho de haberle entregado en depósito todo lo bueno que tienes para que
lo conserve o comunique, aumentará tu confianza en Ella. Sí, entonces
confiarás menos en ti mismo y mucho más en Ella, que es tu tesoro. ¡Oh! ¡Qué
confianza y consuelo poder decir que el tesoro de Dios, en el que El ha puesto
lo más precioso que tiene, es también el tuyo!: "Ella es –dice un santo– el
tesoro de Dios" 9.
5. Comunicación de María y de su Espíritu
217. 5.
El alma de María estará en ti para glorificar al Señor y su espíritu se
alborozará por ti en Dios, su Salvador, con tal que permanezcas fiel a las
prácticas de esta devoción. "Que el alma de María more en cada uno para
engrandecer al Señor, que el espíritu de María permanezca en cada uno para
regocijarse en Dios" 10. ¡Ah! ¿Cuándo llegará ese tiempo dichoso
–dice un santo varón en nuestros días, ferviente enamorado de María–, cuándo
llegará ese tiempo dichoso en que la excelsa María sea establecida como Señora
y Soberana en los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su
excelso y único Jesús? ¿Cuándo respirarán las almas a María como los cuerpos
respiran el aire? Cosas maravillosas sucederán entonces en la tierra, donde el
Espíritu Santo –al encontrar a su querida Esposa como reproducida en las
almas– vendrá a ellas con la abundancia de sus dones y las llenará de gracia.
¿Cuándo llegará, hermano mío, ese tiempo dichoso, ese siglo de María, en el
que muchas almas escogidas y obtenidas del Altísimo por María, perdiéndose
ellas mismas en el abismo de su interior, se transformen en copias vivientes
de la Santísima Virgen para amar y glorificar a Jesucristo? Ese tiempo sólo
llegará cuando se conozca y viva la devoción que yo enseño: "¡Señor, para que
venga tu reino, venga el reino de María!".
6. Transformación en María a imagen de Jesucristo
218. Si
María, que es el árbol de la vida, está bien cultivada en ti mismo por la
fidelidad a las prácticas de esta devoción, dará su fruto en tiempo oportuno,
fruto que no es otro que Jesucristo. Veo a tantos devotos y devotas que buscan
a Jesucristo. Unos van por un camino y una práctica, los otros por otra. Y con
frecuencia, después de haber trabajado pesadamente durante la noche, pueden
decir: Nos hemos pasado toda la noche bregando y no hemos cogido nada
(Lc 5,5). Y se les puede contestar: Siembran mucho, cosechan poco
(Ag 1,6). Jesucristo es todavía muy débil en ustedes. Pero por el
camino inmaculado de María y esta práctica divina que les enseño se trabaja de
día, se trabaja en un lugar santo y se trabaja poco. En María no hay noche,
porque en Ella no hay pecado, ni aun la menor sombra de él. María es un lugar
santo. Es el Santo de los santos, en donde son formados y moldeados los santos
11.
219. Escucha
bien lo que te digo: los santos son moldeados en María. Existe gran diferencia
entre hacer una figura de bulto a golpes de martillo y cincel y sacar una
estatua vaciándola en un molde. Los escultores y estatuarios trabajan mucho
del primer modo para hacer una estatua y gastan en ello mucho tiempo. Mas para
hacerla de la segunda manera trabajan poco y emplean poco tiempo.
San Agustín llama a la Santísima Virgen molde de Dios 12; el
molde propio para formar y moldear dioses. Quien sea vertido en este molde
divino, quedará muy pronto formado y moldeado en Jesucristo, y Jesucristo en
él; con pocos gastos y en corto tiempo, se convertirá en Dios, porque ha sido
arrojado en el mismo molde que ha formado a Dios.
220. Paréceme
que los directores y devotos que quieren formar a Jesucristo en sí mismos o en
los demás por prácticas diferentes a ésta pueden muy bien compararse a los
escultores, que, confiados en su habilidad, destreza y arte, descargan
infinidad de golpes de martillo y cincel sobre una piedra dura o un trozo de
madera tosca para sacar de ellos una imagen de Jesucristo. Algunas veces no
aciertan a reproducir a Jesucristo a la perfección, ya por falta de
conocimiento y experiencia de la persona de Jesucristo, ya a causa de algún
golpe mal dado que echa a perder toda la obra. Pero a quienes abrazan este
secreto de la gracia que les estoy presentando, los puedo comparar, con razón,
a los fundidores y moldeadores que, habiendo encontrado el hermoso molde de
María –en donde Jesucristo ha sido perfecta y divinamente formado–, sin fiarse
de su propia habilidad, sino únicamente de la excelencia del molde, se arrojan
y pierden en María para convertirse en el retrato perfecto de Jesucristo.
221. ¡Hermosa
imagen y verdadera comparación! Pero acuérdate que no se echa en el molde sino
lo que está fundido y líquido; es decir, que es necesario destruir y fundir en
ti al viejo Adán para transformarte en el nuevo en María.
7. La mayor gloria de Jesucristo
222. 7.
Por medio de esta práctica observada con toda fidelidad, darás mayor gloria a
Jesucristo en un mes que por cualquier otra –por difícil que sea– en varios
años. Estas son las razones para afirmarlo:
1. Si ejecutas todas tus acciones por medio de la Santísima Virgen –como
enseña esta práctica–, abandonas tus propias intenciones y actuaciones, aunque
buenas y conocidas, para perderte –por decirlo así– en las de la Santísima
Virgen, aunque te sean desconocidas. De este modo entras a participar en la
sublimidad de sus intenciones, siempre tan puras que por la menor de sus
acciones –por ejemplo, hilando en la rueca o dando una puntada con la aguja–
glorificó a Dios más que San Lorenzo sobre las parillas con su cruel martirio,
y aún más que todos los santos con las acciones más heroicas. Esta es la razón
de que, durante su permanencia en la tierra, la Santísima Virgen haya
adquirido un cúmulo tan inefable de gracias y méritos, que antes se contarían
las estrellas del firmamento, las gotas de agua de los océanos y los granitos
de arena de sus orillas que los méritos y gracias de María, y que ha dado
mayor gloria a Dios de cuanta le han dado todos los ángeles y santos. ¡Qué
prodigio eres, oh María! ¡Sólo tú sabes realizar prodigios de gracia en
quienes desean realmente perderse en ti!
223. 2.
Quien se consagra a María por esta práctica, como quiera que no estima en nada
cuanto piensa o hace por sí mismo ni se apoya ni complace sino en las
disposiciones de María para acercarse a Jesucristo y dialogar con El, ejercita
la humildad mucho más que quienes obran por sí solos. Estos, aun
inconscientemente, se apoyan y complacen en sus propias disposiciones. De
donde se sigue que el que se consagra en totalidad a María glorifica de modo
más perfecto a Dios, quien nunca es tan altamente glorificado como cuando lo
es por los sencillos y humildes de corazón.
224. 3.
La Santísima Virgen –a causa del gran amor que nos tiene– acepta recibir en
sus manos virginales el obsequio de nuestras acciones, comunica a éstas una
hermosura y esplendor admirables y las ofrece por sí misma a Jesucristo.
Es, por lo demás, evidente que Nuestro Señor es más glorificado con esto que
si las ofreciéramos directamente con nuestras manos pecadoras.
225. 4.
Por último, siempre que piensas en María, Ella piensa por ti en Dios. Siempre
que alabas y honras a María, Ella alaba y honra a Dios 13. Y yo me
atrevo a llamarla "la relación de Dios", pues sólo existe con relación a El; o
"el eco de Dios", ya que no dice ni repite sino Dios. Si tú dices María, Ella
dice Dios. Cuando Santa Isabel alabó a María y la llamó bienaventurada por
haber creído, Ella –el eco fiel de Dios– exclamó: Proclama mi alma la
grandeza del Señor (Lc 1,46). Lo que en esta ocasión hizo María, lo sigue
realizando todos los días; cuando la alabamos, amamos, honramos o nos
consagramos a Ella, alabamos, amamos, honramos y nos consagramos a Dios por
María y en María.
NOTAS:
1
Ver Imitación de Cristo, l. 1, c. 2.
2
Ver VD 34; RM 25-26.
3
Ver entre muchas otras reminiscencias bíblicas: Gl 5,6; Col 1,23; 2,3; Rm
5,1-2; Hb 11,33; Lc 1,79; 1Pe 6,8-9.
4
Ver VD 107.169; Sl 119,32; Jn4,1.18; Rm 8,21; Gl 4,31; 1Jn 4,1,16.
5
Constate los puntos siguientes:
a) entregarnos a María, incluso los méritos: SM 29-31.38; VD 121-125;
b) María nos comunica sus virtudes: SM 38; VD 34.144.208.206;
c) María nos reviste de sus méritos: SM 38; VD 144.206.
6
SM 38; ASE 211.222; VD 121.133.144.172.181.
7
Ver VD 179.
8
San Buenaventura.
9
Ramón Jordán.
10
San Ambrosio; ver SM 54; VD 258; LG 65.
11
Ver LG 63.
12
Ver SM 16.
13
"María la humilde esclava del Señor, es toda relativa a Dios y a Cristo"
(Pablo VI, 21-11-1964; ver RM 35-37).
CAPITULO V
PRACTICAS PARTICULARES DE ESTA DEVOCION
A. PRACTICAS EXTERIORES
226. Aunque
lo esencial de esta devoción consiste en lo interior, no por eso carece de
prácticas exteriores, que no conviene descuidar: ¡Esto había que practicar
y aquello no dejarlo! (Mt 23,23). Ya porque las prácticas
exteriores, debidamente ejercitadas, ayudan a las interiores 1,
ya porque recuerdan al hombre –acostumbrado a guiarse por los sentidos– lo que
ha hecho o debe hacer, ya porque son a propósito para edificar al prójimo que
las ve, cosa que no hacen las prácticas interiores.
Por tanto, que ningún mundano ni crítico autosuficiente nos venga a decir que
la verdadera devoción está en el corazón, que hay que evitar las
exterioridades, ya que pueden ocultar la vanidad; que no hay que hacer alarde
de la propia devoción, etc. Yo les respondo con mi Maestro: Alumbre también
la luz de ustedes a los hombres: que vean el bien que hacen y glorifiquen al
Padre del cielo (Mt 5,16). Lo cual no significa –como advierte San
Gregorio– que debemos realizar nuestras buenas acciones y devociones
exteriores para agradar a los hombres y ganarnos sus alabanzas –esto sería
vanidad–, sino que, a veces, las realicemos delante de los hombres con el fin
de agradar a Dios y glorificarle, sin preocuparnos por los desprecios o las
alabanzas de las criaturas 2.
Voy a proponer, en resumen, algunas prácticas exteriores, llamadas así no
porque se hagan sin devoción interior, sino porque tienen algo externo que las
distingue de las actitudes puramente interiores.
1. Preparar y hacer la consagración
227. Primera práctica.
Quienes deseen abrazar esta devoción particular –no erigida aún en cofradía,
aunque sería mucho de desear que lo fuera 3– dedicarán –como he
dicho en la primera parte de esta preparación al reinado de Jesucristo– doce
días, por lo menos, a vaciarse del espíritu del mundo, contrario al de
Jesucristo, y tres semanas en llenarse de Jesucristo por medio de la Santísima
Virgen. Para ello podrán seguir este orden:
228. Durante
la primera semana dedicarán todas sus oraciones y actos de piedad a
pedir el conocimiento de sí mismos y la contrición de sus pecados, haciéndolo
todo por espíritu de humildad. Podrán meditar, si quieren, lo dicho antes
sobre nuestras malas inclinaciones 4, y no considerarse durante los
seis días de esta semana más que como caracoles, babosas, sapos, cerdos,
serpientes, cabros; o meditar estos tres pensamientos de San Bernardo: "Piensa
en lo que fuiste: un poco de barro; en lo que eres: un poco de estiércol; en
lo que serás: pasto de gusano". Rogarán a Nuestro Señor y al Espíritu Santo
que los ilumine, diciendo: ¡Señor, que vea! (Lc 18,41); o: "¡Que yo te
conozca! 5; o también: ¡Ven, Espíritu Santo! Y dirán todos los
días las letanías del Espíritu Santo y la oración señalada en la primera parte
de esta obra. Recurrirán a la Santísima Virgen pidiéndole esta gracia, que
debe ser el fundamento de las otras, y para ello dirán todos los días el himno
Salve, Estrella del mar y las letanías de la Santísima Virgen.
229. Durante
la segunda semana se dedicarán en todas sus oraciones y obras del día a
conocer a la Santísima Virgen, pidiendo este conocimiento al Espíritu Santo.
Podrán leer y meditar lo que al respecto hemos dicho 6. Y rezarán
con esta intención, como en la primera semana, las letanías del Espíritu Santo
y el himno Salve, Estrella del mar y, además, el rosario o la tercera parte
de él.
230. Dedicarán
la tercera semana a conocer a Jesucristo. Para ello podrán leer y
meditar lo que arriba hemos dicho y rezar la oración de San Agustín que se lee
hacia el comienzo de la segunda parte 7. Podrán repetir una y mil
veces cada día con el mismo santo : "¡Que yo te conozca, Señor!", o bien:
"¡Señor, sepa yo quién eres tú!" Rezarán, como en las semanas anteriores, las
letanías del Espíritu Santo y el himno Salve, Estrella del mar, y añadirán
todos los días las letanías del santo Nombre de Jesús.
231. Al
concluir las tres semanas se confesarán y comulgarán con la intención de
entregarse a Jesucristo, en calidad de esclavos de amor, por las manos de
María. Y después de la comunión –que procurarán hacer según el método que
expondré más tarde 8–, recitarán la fórmula de consagración, que
también hallarán más adelante. Es conveniente que la escriban o hagan
escribir, si no está impresa, y la firmen ese mismo día.
232. Conviene
también que paguen en ese día algún tributo a Jesucristo y a su santísima
Madre, ya como penitencia por su infidelidad al compromiso bautismal, ya para
patentizar su total dependencia de Jesús y de María. Este tributo,
naturalmente, dependerá de la devoción y capacidad de cada uno, como –por
ejemplo– un ayuno, una mortificación, una limosna o un cirio. Pues, aun cuando
sólo dieran, en homenaje, un alfiler, con tal que lo den de todo corazón,
sería bastante para Jesús, que sólo atiende a la buena voluntad.
233. Al
menos en cada aniversario, renovarán dicha consagración, observando las mismas
prácticas durante tres semanas. Todos los meses y aun todos los días pueden
renovar su entrega con estas pocas palabras: "Soy todo tuyo y cuanto tengo es
tuyo, ¡oh mi amable Jesús!, por María, tu Madre santísima" 9.
2. Rezo de la coronilla
234. Segunda
práctica. Rezarán todos los días de su vida –aunque sin considerarlo como
obligación– la Coronilla de la Santísima Virgen, compuesta de tres
padrenuestros y doce avemarías, para honrar los doce privilegios y
grandezas de la Santísima Virgen. Esta práctica es muy antigua y tiene su
fundamento en la Sagrada Escritura. San Juan vio una mujer coronada de doce
estrellas, vestida del sol y con la luna bajo sus pies (ver Ap 12,1). Esta
mujer –según los intérpretes– es María.
235. Sería
prolijo enumerar las muchas maneras que hay de rezarla bien. El Espíritu Santo
se las enseñará a quienes sean más fieles a esta devoción. Para recitarla con
mayor sencillez será conveniente empezar así: "Dígnate aceptar mis alabanzas,
Virgen Santísima. Dame fuerzas contra tus enemigos". En seguida rezarás el
Credo, un padrenuestro, cuatro avemarías y un gloria; todo
ello tres veces. Al fin dirás: Bajo tu amparo...
3. Llevar cadenillas de hierro
236. Tercera práctica.
Es muy laudable, glorioso y útil para quienes se consagran como esclavos de
Jesús en María llevar, como señal de su esclavitud de amor, alguna cadenilla
de hierro bendecida con una fórmula propia que se ofrece más adelante
10. Estas señales exteriores no son, en verdad, esenciales,
y bien pueden suprimirse aun después de haber abrazado esta devoción. Sin
embargo, no puedo menos de alabar en gran manera a quienes, una vez sacudidas
las cadenas vergonzosas de la esclavitud del demonio –con que el pecado
original y tal vez los pecados actuales los tenían atados–, se han sometido
voluntariamente a la esclavitud de Jesucristo y se glorían, con San Pablo, de
estar encadenados, por Jesucristo (ver Ef 3,1 y Flm 1.9), con cadenas mil
veces más gloriosas y preciosas –aunque sean de hierro y sin brillo– que todos
los collares de oro de los emperadores.
237. En
otro tiempo no había nada más infamante que la cruz. Ahora este madero es lo
más glorioso del cristianismo. Lo mismo decimos de los hierros de la
esclavitud.
Nada había entre los antiguos más ignominioso, ni lo hay entre los paganos.
Pero entre los cristianos no hay nada más ilustre que estas cadenas de
Jesucristo, porque ellas nos liberan y preservan de las ataduras infames del
pecado y del demonio, nos ponen en libertad y nos ligan a Jesús y a María, no
por violencia y a la fuerza, como presidiarios, sino por caridad y amor, como
a hijos: Con correas de amor los atraía (Os 11,4) –dice el Señor por la
boca de su profeta–. Estas cadenas de amor son, por consiguiente, fuertes
como la muerte (Ct 8,6) y, en cierto modo, más fuertes aún para quienes
sean fieles en llevar hasta la muerte estas gloriosas preseas. Efectivamente,
aunque la muerte destruya el cuerpo reduciéndolo a podredumbre, no destruirá
las ataduras de esta esclavitud, que –siendo de hierro– no se disuelven
fácilmente, y quizás en la resurrección de los cuerpos, en el gran juicio del
último día, estas cadenas, que todavía rodearán sus huesos, constituirán parte
de su gloria y se transformarán en cadenas de luz y de triunfo. ¡Dichosos,
pues, mil veces los esclavos ilustres de Jesús en María, que llevan sus
cadenas hasta el sepulcro!
238. Estas
son las razones para llevar tales cadenillas:
1. Para recordar al cristiano los votos y promesas del bautismo, la renovación
perfecta que hizo de ellos por esta devoción y la estrecha obligación que ha
contraído de permanecer fiel a ellos. Dado que el hombre, acostumbrado a
gobernarse más por los sentidos que por la fe pura, olvida fácilmente sus
obligaciones para con Dios si no tiene algún objeto que se las recuerde, estas
cadenillas sirven admirablemente al cristiano para traerle a la memoria las
cadenas del pecado y de la esclavitud del demonio –de las cuales lo libró el
bautismo– y de la servidumbre que en el santo bautismo prometió a Jesucristo y
ratificó por la renovación de sus votos. Y una de las razones que explican por
qué tan pocos cristianos piensan en los votos del santo bautismo y viven un
libertinaje propio de paganos –como si a nada se hubieran comprometido con
Dios–, es que no llevan ninguna señal exterior que les recuerde todo esto.
239. 2.
Para mostrar que no nos avergonzamos de la esclavitud y servidumbre de
Jesucristo y que renunciamos a la esclavitud funesta del mundo, del pecado y
del demonio.
3. Para liberarnos y preservarnos de las cadenas del pecado y del infierno.
Porque es preciso que llevemos las cadenas de la iniquidad o las del amor y de
la salvación 11.
240. ¡Hermano
carísimo! Rompamos las cadenas de los pecados y de los pecadores, del mundo y
de los mundanos, del demonio y de sus secuaces. Arrojemos lejos de nosotros su
yugo funesto: ¡Rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo! (Sl 2,3) Mete los
pies en su cepo –para usar el lenguaje del Espíritu Santo– y ofrece el cuello
a su yugo (Eclo 6,25). Inclinemos nuestros hombros y tomemos a cuestas
la Sabiduría, que es Jesucristo: Arrima el hombro para cargar con ella y no te
irrites con sus cadenas (Eclo 6,26).
Toma nota de que el Espíritu Santo, antes de pronunciar estas palabras,
prepara el alma a fin de que no rechace tan importante consejo, diciendo:
Escucha, hijo mío, mi opinión y no rechaces mi consejo (Eclo 6,26).
241. No
lleves a mal, amigo, que me una al Espíritu Santo para darte el mismo consejo:
Sus ataduras son una venda saludable (Eclo 6,24). Como Jesucristo en la
cruz debe atraerlo todo hacia El (Jn 12,38), de grado o por fuerza, atraerá
a los réprobos con las cadenas de sus pecados para encadenarlos, a manera
de presidiarios y demonios, a su ira eterna y a su justicia vengadora;
mientras atraerá –particularmente en estos últimos tiempos– a los
predestinados con las cadenas de amor: Tiraré de todos hacia mí (Jn
12,38); Los atraeré con cadenas de amor (Os 11,4).
242. Estos
esclavos de amor de Jesucristo o encadenados de Jesucristo (Ef 3,1)
pueden llevar sus cadenas al cuello, en los brazos, en la cintura o en los
pies. El P. Vicente Caraffa, séptimo superior general de la Compañía de Jesús
–que murió en olor de santidad, en el año 1643–, llevaba, en señal de
esclavitud, un aro de hierro en cada pie, y decía que su dolor era no poder
arrastrar públicamente la cadena. La Madre Inés de Jesús, de quien hablamos
antes 12, llevaba una cadena a la cintura. Otros la han
llevado al cuello, como penitencia por los collares de perlas que llevaron en
el mundo, y otros, en los brazos, para acordarse, durante el trabajo manual,
de que son esclavos de Jesucristo.
4. Celebración del misterio de la Encarnación
243. Cuarta
práctica. Profesarán singular devoción al gran misterio de la encarnación
del Verbo, el 25 de marzo. Este es, en efecto, el misterio propio de esta
devoción, puesto que ha sido inspirada por el Espíritu Santo: 1) para honrar e
imitar la dependencia inefable que Dios Hijo quiso tener respecto a María para
gloria del Padre y para nuestra salvación. Dependencia que se manifiesta de
modo especial en este misterio, en el que Jesucristo se halla prisionero y
esclavo en el seno de la excelsa María, en donde depende de Ella en todo y
para todo; 2) para agradecer a Dios las gracias incomparables que otorgó a
María, y especialmente el haberla escogido por su dignísima Madre; elección
realizada precisamente en este misterio. Estos son los fines principales de la
esclavitud de Jesús en María.
244. Observa
que digo ordinariamente: el esclavo de Jesús en María, la esclavitud
de Jesús en María. En verdad, se puede decir, como muchos lo han
hecho hasta ahora: el esclavo de María, la esclavitud de la
Santísima Virgen. Pero creo que es preferible decir: el esclavo de Jesús
en María, como lo aconsejó el Sr. Tronsón 13, superior general del
seminario de San Sulpicio, renombrado por su rara prudencia y su consumada
piedad, a un clérigo que le consultó sobre este particular. Las razones son
éstas:
245. 1.
Vivimos en un siglo orgulloso, en el que gran número de sabios engreídos,
presumidos y críticos hallan siempre algo que censurar hasta en las prácticas
de piedad mejor fundadas y más sólidas. Por tanto, a fin de no darles, sin
necesidad, ocasión de crítica, vale más decir: la esclavitud de
Jesucristo en María y llamarse esclavo de Jesucristo que esclavo de María,
tomando el nombre de esta devoción preferiblemente de su fin último, que es
Jesucristo, y no de María, que es el camino y medio para llegar a la meta. Sin
embargo, se puede, en verdad, emplear una u otra expresión, como yo lo hago.
Por ejemplo, un hombre que viaja de Orleáns a Tours, pasando por Amboise,
puede muy bien decir que va a Amboise y que viaja a Tours, con la diferencia,
sin embargo, de que Amboise no es más que el camino para llegar a Tours y que
Tours es la meta y término de su viaje.
246. 2.
El principal misterio que se honra y celebra en esta devoción es el misterio
de la encarnación. En él Jesucristo se halla presente y encarnado en el seno
de María. Por ello es mejor decir la esclavitud de Jesús en María, de
Jesús que reside y reina en María, según aquella hermosa plegaria de tantas y
tan excelentes almas: "¡Oh Jesús, que vives en María, ven a vivir en nosotros
con tu espíritu de santidad!, etc.".
247. 3.
Esta manera de hablar manifiesta mejor la unión íntima que hay entre Jesús y
María. Ellos se hallan tan íntimamente unidos, que el uno está totalmente en
el otro: Jesús está todo en María, y María toda en Jesús; o mejor, no vive
Ella, sino sólo Jesús en Ella. Antes separaríamos la luz del sol que a María
de Jesús. De suerte que a Nuestro Señor se le puede llamar Jesús de María, y a
la Santísima Virgen, María de Jesús.
248.
El tiempo no me permite detenerme aquí para explicar las excelencias y
grandezas del misterio de Jesús que vive y reina en María, es decir, de la
encarnación del Verbo. Me contentaré con decir en dos palabras que éste es el
primer misterio de Jesucristo, el más oculto, el más elevado y menos conocido;
que en este misterio, Jesús en el seno de María –al que por ello denominan los
santos la sala de los secretos de Dios 14– escogió, de
acuerdo con Ella, a todos los elegidos; que en este misterio realizó ya todos
los demás misterios de su vida, por la aceptación que hizo de ellos: Por
eso, al entrar en el mundo, dice él: "Aquí estoy yo para realizar tu
designio..." (Heb 4,16); que este misterio es, por consiguiente, el
compendio de todos los misterios de Cristo y encierra la voluntad y la gracia
de todos ellos; y, por último, que este misterio es el trono de la
misericordia, generosidad y gloria de Dios.
Es el trono de la misericordia divina con nosotros, porque, dado que no
podemos acercarnos a Jesús sino por María, no podemos ver a Jesús ni hablarle
sino por medio de Ella. Ahora bien, Jesús, que siempre complace a su querida
Madre, otorga siempre allí su gracia y misericordia a los pobres pecadores.
Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de la gracia... (Hb 4,16).
Es el trono de su generosidad con María, porque mientras Jesús, nuevo Adán,
permaneció en María –su verdadero paraíso terrestre–, realizó en él
ocultamente tantas maravillas, que ni los ángeles ni los hombres alcanzan a
comprenderlas; por ello, los santos llaman a María la magnificencia de Dios
15, como si Dios sólo fuera magnífico en María (ver Is 33,21).
Es el trono de la gloria que Jesús tributa al Padre, porque en María aplacó El
perfectamente a su Padre, irritado contra los hombres; en Ella reparó
perfectamente la gloria que el pecado le había arrebatado; en Ella, por el
holocausto que ofreció de su voluntad y de sí mismo, dio al Padre más gloria
que la que le habían dado todos los sacrificios de la ley antigua; y,
finalmente, en Ella le dio una gloria infinita, que jamás había recibido del
hombre.
5. Recitación del Avemaría y del Rosario
249. Quinta práctica.
Tendrán gran devoción a la recitación del avemaría o salutación angélica,
cuyo valor, mérito, excelencia y necesidad apenas conocen los cristianos,
aun los mas instruidos. Ha sido necesario que la Santísima Virgen se haya
aparecido muchas veces a grandes y muy esclarecidos santos –como Santo
Domingo, San Juan de Capistrano o el Beato Alano de la Rupe– para
manifestarles por si misma el valor del avemaría. Ellos escribieron libros
enteros sobre las maravillas y eficacia de esta oración para convertir las
almas. Proclamaron a voces y predicaron públicamente que, habiendo comenzado
la salvación del mundo por el avemaría, a esta oración está vinculada también
la salvación de cada uno en particular; que esta oración hizo que la tierra
seca y estéril produjese el fruto de la vida, y que, por tanto, esta oración,
bien rezada, hará germinar en nuestras almas la palabra de Dios y producir el
fruto de vida, Jesucristo; que el avemaría es un rocío celestial que riega la
tierra, es decir, el alma, para hacerle producir fruto en tiempo oportuno, y
que un alma que no es regada por esta oración celestial no produce fruto, sino
malezas y espinas y está muy cerca de recibir la maldición.
250. Esto
es lo que la Santísima Virgen reveló al Beato Alano de la Rupe, como se lee en
su libro De dignitate Rosarii y luego en Cartagena: Sabe, hijo mío,
y hazlo conocer a todos, que es señal probable y próxima de condenación eterna
el tener aversión, tibieza y negligencia a la recitación de la salutación
angélica, que trajo la salvación a todo el mundo. Palabras tan
consoladoras y terribles a la vez, tanto que nos resistiríamos a creerlas si
no las garantizara la santidad de este santo varón y la de Santo Domingo antes
que él, y después, la de muchos grandes personajes, junto con la experiencia
de muchos siglos. Pues siempre se ha observado que los que llevan la señal de
la reprobación –como los herejes, impíos, orgullos y mundanos– odian y
desprecian el avemaría y el rosario.
Los herejes aprenden a rezar el padrenuestro, pero no el avemaría
ni el rosario. A éste lo consideran con horror. Antes llevarían consigo
una serpiente que una camándula. Asimismo, los orgullosos, aunque católicos,
teniendo como tienen las mismas inclinaciones que su padre, Lucifer,
desprecian o miran con indiferencia el avemaría y consideran el rosario como
devoción de mujercillas, sólo buena para ignorantes y analfabetos. Por el
contrario, la experiencia enseña que quienes manifiestan grandes señales de
predestinación estiman y rezan con gusto y placer el avemaría, y cuanto más
unidos viven a Dios, más aprecian esta oración. La Santísima Virgen lo decía
al Beato Alano a continuación de las palabras antes citadas.
251. No
sé cómo ni por qué, pero es real; no tengo mejor secreto para conocer si una
persona es de Dios que observar si gusta de rezar el avemaría y el rosario.
Digo si gusta porque puede suceder que una persona esté natural o
sobrenaturalmente imposibilitada de rezarlos, pero siempre los estima y
recomienda a otros.
252. Recuerden,
almas predestinadas, esclavas de Jesús en María, que el avemaría es la más
hermosa de todas las oraciones después del padrenuestro 16.
El avemaría es el más perfecto cumplido que pueden dirigir a María. Es, en
efecto, el saludo que el Altísimo le envió, por medio de un arcángel, para
conquistar su corazón, y fue tan poderoso –dados sus secretos encantos– sobre
el corazón de María, que, no obstante su profunda humildad, Ella dio su
consentimiento a la encarnación del Verbo. Con este saludo debidamente
recitado, también ustedes conquistarán infaliblemente su corazón.
253. El
avemaría bien dicha, o sea, con atención, devoción y modestia, es
–según los santos– el enemigo del diablo, a quien hace huir, y el martillo que
lo aplasta. Es la santificación del alma, la alegría de los ángeles, la
melodía de los predestinados, el cántico del Nuevo Testamento, el gozo de la
Santísima Virgen y la gloria de la Santísima Trinidad 17.
El avemaría es un rocío celestial que hace fecunda al alma, es un casto y
amoroso beso que damos a María, es una rosa encarnada que le presentamos, es
una perla preciosa que le ofrecemos, es una copa de ambrosía y néctar divino
que le damos. Todas estas comparaciones son de los santos.
254. Les
ruego, pues, con insistencia y por el amor que les profeso en Jesús y María,
que no se contenten con rezar la Coronilla de la Santísima Virgen. Recen
también el rosario, y, si tienen tiempo, los quince misterios todos los días.
A la hora de la muerte bendecirán el día y la hora en que aceptaron mi
consejo. Y después de haber sembrado en las bendiciones de Jesús y de María,
cosecharán las bendiciones eternas: A siembra generosa, cosecha generosa
(2Cor 9,6).
6. Recitación del "Magnificat"
255. Sexta
práctica. Recitarán frecuentemente el Magnificat –a ejemplo de la
Beata María d'Oignies y de muchos otros santos– para agradecer a Dios las
gracias que otorgó a la Santísima Virgen. El Magnificat es el único cántico
compuesto por la Santísima Virgen, o mejor, en Ella por Jesucristo, que
hablaba por boca de María. Es el mayor sacrificio de alabanza que Dios ha
recibido en la ley de la gracia. Es el más humilde y reconocido; a la vez, el
más sublime y elevado de todos los cánticos. En él hay misterios tan grandes y
ocultos, que los ángeles los ignoran.
Gersón 18 –tan piadoso como sabio–, después de haber empleado gran
parte de su vida en componer tratados tan llenos de erudición y piedad sobre
materias tan difíciles, no pudo menos de temblar al emprender, hacia el final
de su vida, la explicación del Magnificat, a fin de coronar con ésta
todas sus obras. En un volumen infolio, nos refiere muchas y admirables cosas
de este hermoso y divino cántico. Entre otras, afirma que la Santísima Virgen
lo rezaba con frecuencia, y particularmente en acción de gracias después de la
sagrada comunión.
El sabio Benzonio 19, al explicar el Magnificat, refiere
muchos milagros obrados por su virtud, y dice que los diablos tiemblan y huyen
cuando oyen estas palabras del Magnificat: El hace proezas con su brazo,
dispersa a los soberbios de corazón (Lc 1,51).
7. Menosprecio del mundo
256. Séptima práctica.
Los fieles servidores de María deben poner gran empeño en menospreciar,
aborrecer y huir de la corrupción del mundo y servirse de las prácticas de
menosprecio de lo mundano que hemos indicado en la primera parte 20.
B. PRACTICAS PARTICULARES E INTERIORES
PARA LOS QUE QUIEREN SER PERFECTOS
257. Además
de las prácticas exteriores de esta devoción que acabamos de exponer –no hay
que omitirlas por negligencia ni desprecio, en la medida que lo permitan el
estado y la condición de cada uno–, existen también prácticas interiores que
tienen gran eficacia santificadora para aquellos a quienes el Espíritu Santo
llama a una elevada perfección 21.
Todo se resume en obrar siempre: por María, con María, en María y para
María, a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en
Jesucristo y para Jesucristo.
1. Obrar por María o conforme al espíritu de María
258. 1.
Hay que realizar las propias acciones por María, es decir, es preciso obedecer
en todo a María, moverse en todo a impulso del espíritu de María, que es el
Santo Espíritu de Dios. Hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se
dejan llevar por el Espíritu de Dios (Rm 8,14). Los que son conducidos por el
espíritu de María, son hijos de María y, por consiguiente, hijos de Dios, como
ya hemos demostrado 22. Y, entre tantos devotos de la Santísima
Virgen, sólo son verdaderos y fieles devotos suyos los que se dejan conducir
por su espíritu.
He dicho que el espíritu de María es el espíritu de Dios, porque Ella no se
condujo jamás por su propio espíritu, sino por el espíritu de Dios, el cual se
posesionó en tal forma de Ella que llegó a ser su propio espíritu. Por ello,
las palabras de San Ambrosio: "More en cada uno el alma de María, para
engrandecer al Señor; more en cada uno el espíritu de María, para regocijarse
en Dios".
¡Qué dichoso quien –a ejemplo del piadoso hermano jesuita Alfonso Rodríguez
23, muerto en olor de santidad– se halla totalmente poseído y es
conducido por el espíritu de María! ¡Espíritu que es suave y fuerte, celoso y
prudente, humilde e intrépido, puro y fecundo!
259. Para
dejarte conducir por el espíritu de María es preciso que:
1) antes de obrar –por ejemplo, antes de orar, celebrar la misa o participar
en ella, comulgar, etc.– renuncies a tu propio espíritu, a tus propias luces y
voluntad. Porque las tinieblas de tu propio espíritu y la malicia de tu propia
voluntad y operaciones son tales que, si las sigues, por excelentes que te
parezcan, obstaculizarán al santo espíritu de María;
2) te entregues al espíritu de María para ser movilizado y conducido por él de
la manera que Ella quiera. Debes abandonarte en sus manos virginales, como la
herramienta en manos del obrero, como el laúd en manos de un tañedor. Tienes
que perderte y abandonarte a Ella como una piedra que se arroja al mar; lo
cual se hace sencillamente y en un momento con una simple mirada del espíritu,
un ligero movimiento de la voluntad o pocas palabras, diciendo, por ejemplo:
"¡Renuncio a mí mismo y me consagro a ti, querida Madre mía!". Y, aun cuando
no sientas ninguna dulzura sensible en este acto de unión, no por ello deja de
ser verdadero; igual que si dijeras –¡no lo permita Dios!–: "Me entrego al
diablo", con toda sinceridad, aunque lo digas sin inmutarte sensiblemente,
pertenecerías realmente al diablo;
3) durante la acción y después de ella, renueves de tiempo en tiempo el mismo
acto de ofrecimiento y unión. Y cuanto más lo repitas, más pronto te
santificarás y llegarás a la unión con Jesucristo. Unión que sigue siempre a
la unión con María, dado que el espíritu de María es el espíritu de Jesús.
2. Obrar con María o a imitación de María
260. 2.
Hay que realizar las propias acciones con María, es decir, mirando a María
como el modelo acabado de toda virtud y perfección 24, formado por
el Espíritu Santo 25 en una pura creatura, para que lo imites según
tus limitadas capacidades 26. Es, pues, necesario que en cada
acción mires cómo la hizo o la haría la Santísima Virgen si estuviera en tu
lugar.
Para esto debes examinar y meditar las grandes virtudes que Ella practicó
durante toda su vida, y particularmente 27: 1) su fe viva, por la
cual creyó sin vacilar en la palabra del ángel y siguió creyendo fiel y
constantemente hasta el pie de la cruz en el Calvario; 2) su humildad
profunda, que la llevó siempre a ocultarse, callarse, someterse en todo y
colocarse en el último lugar; 3) su pureza totalmente divina, que no ha tenido
ni tendrá igual sobre la tierra. Y, finalmente, todas sus demás virtudes.
Recuerda –te lo repito– que María es el grandioso y único molde de Dios apto
para hacer imágenes vivas de Dios a poca costa y en poco tiempo. Quien halla
este molde y se pierde en él, muy pronto se transformará en Jesucristo, a
quien este molde representa perfectamente 28.
3. Obrar en María o en íntima unión con Ella
261. 3.
Hay que realizar las propias acciones en María.
Para comprender bien esta práctica es preciso recordar:
1) Que la Santísima Virgen es el verdadero paraíso terrestre del nuevo Adán.
El antiguo paraíso era solamente una figura de éste 29. Hay en este
paraíso riquezas, hermosuras, maravillas y dulzuras inexplicables, dejadas en
él por el nuevo Adán, Jesucristo. Allí encontró El sus complacencias durante
nueve meses, realizó maravillas e hizo alarde de sus riquezas con la
magnificencia de un Dios. Este lugar santísimo fue construido solamente con
una tierra virginal e inmaculada, de la cual fue formado y alimentado el nuevo
Adán, sin ninguna mancha de inmundicia, por obra del Espíritu Santo que en él
habita. En este paraíso terrestre se halla el verdadero árbol de vida, que
produjo a Jesucristo, fruto de vida; allí, el árbol de la ciencia del bien y
del mal, que ha dado la luz al mundo. Hay en este divino lugar árboles
plantados por la mano de Dios, regados por su unción celestial, y que han
dado, y siguen dando día tras día, frutos de exquisito sabor. Hay allí
jardines esmaltados de bellas y diferentes flores de virtud que exhalan un
perfume tal, que embalsama a los mismos ángeles. Hay en este lugar verdes
praderas de esperanza, torres inexpugnables de fortaleza, moradas llenas de
encanto y seguridad, etc.
Sólo el Espíritu Santo puede dar a conocer la verdad que se oculta bajo estas
figuras de cosas materiales.
Se respira en este lugar un aire puro e incontaminado de pureza, brilla el día
hermoso y sin noche de la santa humanidad, irradia el sol hermoso y sin
sombras de la divinidad, arde el horno encendido e inextinguible de la caridad
–en el que el hierro se inflama y transforma en oro–, corre tranquilo el río
de la humildad, que brota de la tierra y, dividiéndose en cuatro brazos, riega
todo este delicioso lugar: son las cuatro virtudes cardinales.
262.
2) El Espíritu Santo, por boca de los Santos Padres, llama también a la
Santísima Virgen: 1- la puerta oriental, por donde entra al mundo y sale de
él el Sumo Sacerdote, Jesucristo; por ella entró la primera vez y por ella
volverá la segunda; 2- el santuario de la divinidad, la mansión de la
Santísima Trinidad, el trono de Dios, el altar y templo de Dios, el mundo de
Dios. Epítetos y alabanzas muy verdaderos cuando se refieren a las diferentes
maravillas y gracias que el Altísimo ha realizado en María (ver Ez 44,1-3;
Sl 87 [86],1; Is 6,1-4. ¡Qué riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué delicia! ¡Qué
dicha! ¡Poder entrar y permanecer en María, en quien el Altísimo colocó el
trono de su gloria suprema!
263. Pero
¡qué difícil es a pecadores como nosotros obtener el permiso, capacidad y luz
suficientes para entrar en lugar tan excelso y santo, custodiado ya no por un
querubín –como el antiguo paraíso terrenal–, sino por el mismo Espíritu Santo,
que ha tomado posesión de él y dice: ¡Eres jardín cerrado, hermana y novia
mía; eres jardín cerrado, fuente sellada! (Ct 4,12). ¡María
es jardín cerrado! ¡María es fuente sellada! ¡Los miserables hijos de Adán y
Eva, arrojados del paraíso terrenal, no pueden entrar en este nuevo paraíso
sino por una gracia excepcional del Espíritu Santo que ellos deben merecer
30.
264.
Después de haber obtenido, mediante la fidelidad, esta gracia insigne, te es
necesario permanecer encantado en el hermoso interior de María, descansar allí
con seguridad y perderte en él sin reserva, a fin de que en este seno
virginal: 1- te alimentes con la leche de la gracia y misericordia maternal de
María; 2- te liberes de toda turbación, temor y escrúpulo; 3- te pongas a
salvo de todos tus enemigos: demonio, mundo y pecado, que jamás pudieron
entrar en María. Por esto dice Ella misma: Los que obran por mí no pecarán
(Eclo 24,30) 31; esto es, los que permanecen espiritualmente en
la Santísima Virgen no cometen pecado considerable; 4- te formes en
Jesucristo, y Jesucristo sea formado en ti. Porque el seno de María –dicen los
Padres– es la sala de los sacramentos divinos, donde se han formado Jesucristo
y todos los elegidos: Uno por uno, todos han nacido en Ella (Sl 87
[86],5 32.
4. Obrar para María o al servicio de María
265. 4.
Finalmente, hay que hacerlo todo para María.
Estando totalmente consagrado a su servicio, es justo que lo realices todo
para María, como lo harían el criado, el siervo y el esclavo respecto de su
patrón. No que la tomes por el fin último de tus servicios –que lo es
únicamente Jesucristo–, sino como el fin próximo, ambiente misterioso y camino
fácil para llegar a El.
Conviene, pues, que no te quedes ocioso, sino que actúes como el buen siervo y
esclavo. Es decir, que, apoyado en su protección, emprendas y realices grandes
empresas por esta augusta Soberana. En concreto, debes defender sus
privilegios cuando se los disputan; defender su gloria cuando la atacan;
atraer, a ser posible, a todo el mundo a su servicio y a esta verdadera y
sólida devoción; hablar y levantar el grito contra quienes abusan de su
devoción para ultrajar a su Hijo y –al mismo tiempo– establecer en el mundo
esta verdadera devoción; y no esperar, en recompensa de tu humilde servicio,
sino el honor de pertenecer a tan noble Princesa y la dicha de vivir unido,
por medio de Ella, a Jesús, su Hijo, con lazo indisoluble en el tiempo y la
eternidad.
¡GLORIA A JESUS EN MARIA!
¡GLORIA A MARIA EN JESUS!
¡GLORIA A SOLO DIOS!
NOTAS:
1
Ver san Francisco de Sales, Tratados Espirituales.
2
San Gregorio Magno, Homilías.
3
A fines del siglo pasado (1899), Mons. Dehamel instituía en Ottawa (Canadá),
la primera "Cofradía de María, Reina de los Corazones". San Pío X (1913) daba
el título de "Archicofradía" a la filial de Roma. En 1955, la Santa Sede
aprobó también la rama de los "Sacerdotes de María", que en Francia llegó a
contar incluso con una floreciente Revista.
4
Ver VD 78-79.
5
San Agustín.
6
Ver VD 16-36; 83-89.
7
Ver VD 61-77.
8
VD 266-273.
9
Fórmula inspirada en san Buenaventura.
10
La medalla y su cadena pueden remplazarlas.
11
Ver VD 68ss
12
Ver VD 170.
13
Luis Tronsón (1622-1700), a quien Montfort consultó al respecto.
14
San Ambrosio.
15
Ver VD 6.
16
Sobre el Rosario y sus oraciones, ver El Secreto Admirable del smo. Rosario.
17
Ver SAR 46-48.
18
Juan Gersón (1363-1489).
19
Benzonio Rutilio, obispo de Loreto (+ 1613).
20
Esa "primera parte" ha desaparecido.
21
Ver SM 60; VD 119-226.
22
VD 29-30.
23
San Alfonso Rodríguez (1533-1617), canonizado el 15 de enero de 1888 por León
XIII.
24
Ver LG 65; Signum Magnum 14-15; MC 37.
25
Ver LG 56.
26
María, tan cercana a Dios y tan próxima a nosotros, nos conforta para llegar a
un encuentro más íntimo con Cristo.
27
Ver VD 108.
28
Ver SM 16-18; VD 219-221.
29
Aplicación espiritual de Gn 2,8; ver VD 6.
30
Ver SM 52.
31
Ver VD 175.
32
Ver VD 32.
CAPITULO VI
PRACTICA DE ESTA DEVOCION EN LA SAGRADA COMUNION
A. ANTES DE LA COMUNION
266.
1. Humíllate profundamente delante de Dios.
2. Renuncia a tus malas inclinaciones y a tus disposiciones, por buenas que te
las haga ver el amor propio.
3. Renueva tu consagración, diciendo: "Soy todo tuyo, ¡oh María!, y cuanto
tengo es tuyo" 1.
4. Suplica a esta bondadosa Madre que te preste su corazón para recibir en él
a su Hijo con sus propias disposiciones. Hazle notar cuánto importa a la
gloria de su Hijo que no entre en un corazón tan manchado e inconstante como
el tuyo, que no dejaría de menoscabar su gloria y hasta llegaría a apartarse
de El. Pero que, si Ella quiere venir a morar en ti para recibir a su Hijo,
puede hacerlo, por el dominio que tiene sobre los corazones 2, y
que su hijo será bien recibido por Ella, sin mancha ni peligro de que sea
rechazado: Teniendo a Dios en medio, no vacila 3.
Dile con absoluta confianza que todos los bienes que le has dado valen poco
para honrarla. Pero que por la sagrada comunión quieres hacerle el mismo
obsequio que le hizo el Padre eterno; obsequio que la honrará más que si le
dieses todos los bienes del mundo.
Dile, finalmente, que Jesús, que la ama en forma excepcional, desea todavía
complacerse y descansar en Ella, aunque sea en tu alma, más sucia y pobre que
el establo de Belén en donde Jesús se dignó nacer, porque allí estaba Ella.
Pídele su corazón con estas tiernas palabras: ¡Tú eres mi todo, ¡oh María!;
préstame tu corazón! 4.
B. EN LA COMUNION
267.
Dispuesto ya a recibir a Jesucristo, después del padrenuestro
le dirás tres veces: Señor, no soy digno, etc.; como si dijeses la
primera vez al Padre eterno que no eres digno de recibir a su Hijo a causa de
tus malos pensamientos e ingratitudes para con un Padre tan bueno; pero que
ahí está María, su esclava, que ruega por ti y te da confianza y esperanza
singulares ante su Majestad: Porque tú solo me haces vivir tranquilo
(Sl 4,10).
268. Al
Hijo le dirás: Señor, no soy digno, etc.; que no eres digno de
recibirle a causa de tus palabras inútiles y malas y de tu infidelidad en su
servicio, pero que, no obstante, le suplicas tenga piedad de ti, que le
introducirás en la casa de su propia Madre, que es también tuya, y que no le
dejarás partir hasta que venga a habitar en ella: Lo agarré, y ya no lo
soltaré hasta meterlo en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me llevó
en sus entrañas (Ct 3,4). Ruégale que se levante y venga al lugar de su
reposo y al arca de su santificación: Levántate, Señor; ven a tu mansión,
ven con el arca de tu poder (Sl 131 [130],8). Dile que no confías
lo más mínimo en tus méritos, ni en tus fuerzas y preparación –como Esaú–,
sino en los de María, tu querida Madre –como el humilde Jacob en los cuidados
de Rebeca–; que, por muy pecador y Esaú que seas, te atreves a acercarte a su
santidad apoyado y adornado con los méritos y virtudes de su santísima Madre
5.
269. Al
Espíritu Santo le dirás: Señor, no soy digno; que no eres digno de
recibir la obra maestra de su amor a causa de la tibieza y maldad de tus
acciones y de la resistencia a sus inspiraciones, pero que toda tu confianza
está en María, su fiel Esposa. Dile con San Bernardo: "Ella es mi suprema
confianza y la única razón de mi esperanza". Puedes también rogarle que venga
a María, su indisoluble Esposa. Dile que su seno es tan puro y su corazón está
tan inflamado como nunca, y que, si no desciende a tu alma, ni Jesús ni María
podrán formarse en ella ni ser en ella dignamente hospedados.
C. DESPUES DE LA SAGRADA COMUNION
270.
Después de la sagrada comunión, estando recogido interiormente y cerrados los
ojos, introducirás a Jesucristo en el corazón de María. Se lo entregarás a su
Madre, quien lo recibirá con amor, lo tratará como El lo merece, lo adorará
con todo su ser, lo amará perfectamente, lo abrazará estrechamente y le
rendirá en espíritu y verdad muchos obsequios que desconocemos a causa de
nuestras espesas tinieblas.
271. O
te mantendrás profundamente humillado dentro de ti mismo, en presencia de
Jesús que mora en María. O permanecerás como el esclavo a la puerta del
palacio del Rey, quien dialoga con la Reina. Y mientras ellos hablan entre sí,
dado que no te necesitan, subirás en espíritu al cielo e irás por toda la
tierra a rogar a las creaturas que den gracias, adoren y amen a Jesús y a
María en nombre tuyo: Vengan, adoremos, etc. (Sl 94 [93],6).
272. O
pedirás tú mismo a Jesús, en unión con María, la llegada de su reino a la
tierra por medio de su santísima Madre, o la divina Sabiduría, o el amor
divino, o el perdón de tus pecados, o alguna otra gracia, pero siempre por
María y en María, diciendo mientras fijas los ojos en tu miseria: No mires,
Señor, mis pecados (ver Sl 51 [50],11), sino las virtudes y méritos de
María. Y, acordándote de tus pecados, añadirás: Es obra de un enemigo (Mt
13,28). Yo soy mi mayor enemigo, yo cometí esos pecados. O también: Sálvame
del hombre traidor y malvado (Sl 43 [42],1), que soy yo mismo. O bien:
"Jesús mío, conviene que tú crezcas en mi alma y que yo disminuya" (ver Jn
3,30). María, es necesario que tú crezcas en mi alma y que yo sea menos que
nunca. Crezcan y multiplíquense (Gn 1,28). ¡Oh Jesús! ¡Oh María!
¡Crezcan en mí! ¡Multiplíquense fuera, en los demás!
273. Hay
mil pensamientos más que el Espíritu Santo sugiere, y te sugerirá también a
ti, si eres de verdad hombre interior, mortificado y fiel a la excelente y
sublime devoción que acabo de enseñarte. Pero acuérdate de que cuanto más
permitas a María obrar en tu comunión, tanto más glorificado será Jesucristo.
Y de que tanto más dejas obrar a María para Jesús, y a Jesús en María, cuanto
más profundamente te humilles y los escuches en paz y silencio, sin
inquietarte por ver, gustar o sentir. Porque el justo vive en todo de la fe, y
particularmente en la sagrada comunión, que es acto de fe: Mi justo vive de
su fidelidad (Heb 10,38).
NOTAS:
1
VD 233.
2
VD 205-206.
3
Asociación de Jn 19,27 y Pr 23,26.
4
Sl 4,10.
5
Ver VD 205-206.