1. "Una mujer, vestida del sol"(Ap
12, l).
Hoy, solemnidad de la Asunción,
la Iglesia refiere a María estas palabras del Apocalipsis de san Juan. En cierto
sentido, nos relatan la parte conclusiva de la "mujer vestida del sol" nos habla
de María elevada al cielo. Por eso la liturgia las enlaza oportunamente con la
parte inicial de la historia de María: con el misterio de la visitación a la
casa de santa Isabel. Se sabe que la visitación tuvo lugar poco después de la
anunciación, como leemos en el evangelio de san Lucas: "En aquellos días, se
levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá"
(Lc
1, 39). Según una tradición, se trata de la ciudad de Ain-Karim. María,
habiendo entrado en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. ¿Acaso deseaba
contarle lo que le había sucedido, cómo había acogido la propuesta del ángel
Gabriel, convirtiéndose así, por obra del Espíritu Santo, en la Madre del Hijo
de Dios? Sin embargo, Isabel la precedió y, bajo la acción del Espíritu Santo,
continuó con palabras suyas el saludo del enviado angélico. Si Gabriel había
dicho: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo"
(Lc 1, 28), ella, como prosiguiendo, añadió: "Bendita tú entre las
mujeres y bendito el fruto de tu seno" (Lc
1, 42). Así pues, entre la anunciación y la visitación, se forma la
plegaria mariana más difundida: el Ave María.
Amadísimos hermanos y hermanas:
hoy, solemnidad de la Asunción, la Iglesia vuelve idealmente a Nazaret lugar de
la anunciación; va espiritualmente hasta el umbral de la casa de Zacarías, en
Ain-Karim, y saluda a la Madre de Dios con las palabras: "¡Ave, María!", y junto
con Isabel, proclama: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que
le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc
1, 45). María creyó con la fe de la anunciación, con la fe de la
visitación, con la fe de la noche de Belén y de la Natividad. Hoy cree con la fe
de la Asunción, o más bien, ahora en la gloria del cielo, contempla cara a cara
el misterio que penetró toda su existencia terrena.
2. En el umbral de la casa de
Zacarías, nace también el himno mariano del Magníficat. La Iglesia lo repite en
la liturgia de este día, porque ciertamente María, con mayores motivaciones aún,
lo proclamó en su Asunción al cielo: "Engrandece mi alma al Señor y mí espíritu
se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su
esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, santo es su nombre" (Lc
1, 46-49).
María alaba a Dios, y él la
alaba. Esta alabanza se ha difundido ampliamente en todo el mundo. En efecto,
¿cuántos son los santuarios marianos en todas las regiones de la tierra
dedicados al misterio de la Asunción! Sería verdaderamente difícil enumerar aquí
a todos.
"María ha sido llevada al cielo,
se alegra el ejército de los ángeles", proclama la liturgia de hoy en el canto
al Evangelio. Pero se alegra también el ejército de los hombres de todas las
partes del mundo. Y numerosas son las naciones que consideran a la Madre de Dios
como Madre y su Reina. En efecto el misterio de la Asunción está unido a su
coronación como Reina del cielo y de la tierra; "Toda espléndida, la hija del
rey" --como anuncia el salmo responsorial de la liturgia de hoy-- (Sal
45, 14) para ser elevada a la derecha de su Hijo: "De pie a tu derecha
está la reina, enjoyada con oro de Ofir" (antífona del Salmo responsorial).
3. La Asunción de María es una
participación singular en la resurrección de Cristo. En la liturgia de hoy san
Pablo pone de relieve esta verdad, anunciando la alegría por la victoria sobre
la muerte, que Cristo consiguió con su resurrección, "porque debe él reinar
hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser
destruido será la muerte" (1 Cor 15,
25-26). La victoria sobre la muerte que se manifiesta claramente el día
de la resurrección de Cristo, concierne hoy, de modo particular, a su madre. Si
la muerte no tiene poder sobre él, es decir sobre su Hijo, tampoco tiene poder
sobre su madre, o sea, sobre aquella que le dio la vida terrena.
En la primera carta a los
Corintios, san Pablo hace como un comentario profundo del misterio de la
Asunción. Escribe así: "Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de
los que durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por
un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán
mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango:
Cristo como primicias; luego los de Cristo en su venida» (1
Cor 15, 20-23). María es la primera que recibe la gloria; la
Asunción representa casi el coronamiento del misterio pascual.
Cristo ha resucitado, venciendo
la muerte, efecto del pecado original , y abraza con su victoria a todos los que
aceptan con fe su resurrección. Ante todo a su Madre, librada de la herencia del
pecado original mediante la muerte redentora del Hijo en la cruz. Hoy Cristo
abraza a María, inmaculada desde su concepción, acogiéndola en el cielo en su
cuerpo glorificado, como acercando para ella el día de su vuelta gloriosa a la
tierra, el día de la resurrección universal que espera la humanidad. La Asunción
al cielo es como una gran anticipación del cumplimiento definitivo de todas las
cosas en Dios, según cuanto escribe el Apóstol: "Luego, el fin, cuando entregue
(Cristo) a Dios Padre el Reino, para que Dios sea todo en todo" (1
Cor 15, 24, 28). ¿Acaso Dios no es todo en aquella que es la madre
inmaculada del Redentor?
¡Te saludo, hija de Dios Padre!
¡Te saludo, madre del Hijo de Dios! ¡Te saludo, esposa mística del Espíritu
Santo! ¡Te saludo, templo de la santísima Trinidad!
4. «Y se abrió el santuario de
Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el santuario. "Una gran
señal apareció en el cielo: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus
pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza"(Ap
11, 19-12,1). Esta visión del Apocalipsis, se considera, en cierto
sentido, la ultima palabra de la mariología. Sin embargo, la Asunción que aquí
se expresa magníficamente, posee al mismo tiempo su sentido eclesiológico.
Contempla a María no solo como Reina de toda la creación, sino también como
Madre de toda la Iglesia. Y como Madre de la Iglesia, María, elevada al cielo y
coronada, no deja de estar implicada en la historia de la Iglesia, que es la
historia de la lucha entre el bien y el mal. San Juan escribe: "Y apareció otra
señal en el cielo: un gran dragón rojo" (Ap
12, 3). En la sagrada Escritura, ya desde los primeros capítulos del
libro del Génesis (cf.
Gn 3, 14), se conoce a este dragón como el enemigo de la mujer. En
el Apocalipsis, el mismo dragón se pone delante de la mujer que está a punto de
dar a luz, decidido a devorar al niño apenas nazca (cf.
Ap 12, 4). El pensamiento va espontáneamente a la noche de Belén y a
la amenaza contra la vida de Jesús, recién nacido, constituida por el perverso
edicto de Herodes, que ordena "matar a todos los niños de Belén y de toda su
comarca, de dos años para abajo" (Mt
2, 16).
De todo lo que el Concilio
Vaticano II ha escrito, emerge de modo singular la imagen de la Madre de Dios,
insertada vivamente en el misterio de Cristo y de la Iglesia. María, Madre del
Hijo de Dios, es, a la vez, Madre de todos los hombres, quienes en el Hijo han
llegado a ser hijos adoptivos del Padre celestial, Precisamente aquí se
manifiesta la lucha incesante de la Iglesia. Como una madre a semejanza de
María, la Iglesia engendra hijos a la vida divina, y sus hijos, hijos e hijas en
el Hijo unigénito de Dios, están amenazados constantemente por el odio del
"dragón rojo: Satanás".
El autor del Apocalipsis, al
mismo tiempo que muestra el realismo de esta lucha que continúa en la historia,
pone de relieve también la perspectiva de la victoria definitiva por obra de la
mujer, de María que es nuestra abogada y aliada potente de todas las naciones de
la tierra. El autor del Apocalipsis habla de esta victoria: "Ahora ya ha llegado
la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo"
(Ap
12, 10).
La solemnidad de la Asunción pone
ante nuestros ojos el reinado de nuestro Dios y el poder de Cristo sobre toda la
creación.
5. ¡Cómo quisiera que por
doquiera y en todas las lenguas se expresara la alegría por la Asunción de
María! ¡Cómo quisiera que de este misterio surgiera una vivísima luz sobre la
Iglesia y la humanidad! Que todo hombre y toda mujer tomen conciencia de estar
llamados, por caminos diferentes, a participar en la gloria celestial de su
verdadera Madre y Reina.
¡Alabado sea Jesucristo!