p. Jean
Morinay, s.m.m.
MARÍA Y LA DEBILIDAD DE DIOS
El Mensaje Espiritual del P. de Montfort
Traducción
de p. Pío Suárez B., s.m.m
Introducción
Siglas
1. ¡Dichoso una y mil veces!
2. La sabiduría del amor
3. Un secreto de santidad
4. La debilidad de Dios
5. Honrar e imitar la dependencia inefable
6. Nuestra transformación en Jesucristo
7. Una Encarnación que prosigue
8. Un Padre que es Dios y una Madre que es María
9. Un Dios amante o la belleza de la fe
10. El amor gratuito o el don total
11. El "misterio" de la Cruz
12. La Cruz y el amor
13. Vivir "por, con, en y para". Un don y una vida
14. Respirar a María
15. La misión o el mundo en llamas
Soy
todo tuyo, ¡oh María!
Y
cuanto tengo es tuyo.
INTRODUCCION
El
mensaje del Padre de Montfort es desde hace tiempo bien conocido.
Muchos han oído hablar del Tratado de la Verdadera Devoción a
la Sma. Virgen, lo han leído y meditado; al igual que el Secreto de
María, la Carta a los Amigos de la Cruz (El Amor
de la Sabiduría es, en cambio, menos conocido). La "espiritualidad
monfortiana" permite a muchos leer el Evangelio y vivir la fe bajo
ciertos matices, encarnándola en situaciones a menudo difíciles. Hoy,
sobre todo a partir del Concilio Vaticano II –que dedicó a la Virgen
María todo un capítulo de la constitución sobre la Iglesia (Lumen
Gentium, cap. 8, Nos. 52-69)– el renovado y progresivo
descubrimiento de María en nuestras vidas suscita nuevo interés por
los escritos de Montfort. Quien nos invita con tanto empeño a
consagrarnos a Cristo Sabiduría por las manos de la Virgen. Es un
interés que desborda evidentemente y con gran amplitud los "marcos
monfortianos". Hoy nos hallamos con el misterio de la Sabiduría y de
la Cruz, con el de "Jesús abandonado" y con el de María, en los
Focolares, en la renovación carismática, en los "Foyers de Charité", y
en otros ambientes, a nivel mundial. Movimientos y experiencias
espirituales que suscitan se hallan naturalmente a gusto en el
interior del mensaje monfortiano que han adoptado como suyo. ¿No
afirma acaso el mismo Papa Juan Pablo II, consagrado a Cristo por
María, que la lectura del Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma.
Virgen "marcó un viraje decisivo en su vida"?... Pronto me di
cuenta –dice– de que más allá de la formulación barroca del libro, se
trataba de algo fundamental..."
(A. Fossard, Dialogues avec Jean Paul II, pg. 184-185)?
¿Su
lema "Totus tuus" "Soy todo tuyo" "Te estoy totalmente
consagrado"), no lo tomó a caso de ese libro? (VD 233).
No
obstante, hace ya largo tiempo se deja sentir la falta de una nueva
presentación de la espiritualidad monfortiana que permitiera abordarla
con mayor facilidad. A muchos lectores de las obras de Montfort les
choca rápidamente lo que Juan Pablo II llama la "formulación barroca"
(un estilo del siglo XVII un tanto envejecido) que no logran superar
para llegar hasta ese "algo fundamental" que tanto impacto al Papa. A
dichos lectores que pedían se les ayudara a penetrar en lo que
Montfort mismo presenta también como un "secreto", no realmente (en
francés), sino libros envejecidos o estudios modernos, realmente
profundos, pero que abordan el mensaje espiritual desde un punto de
vista más bien histórico, sociológico y psicológico, pero no
directamente por lo que es en realidad: un "mensaje espiritual". Mis
superiores me pidieron entonces tratar de escribir lo que yo intentaba
ya comunicar desde hace años a través de retiros, ejercicios
espirituales, convivencias (e incluso "meses de espiritualidad"),
sobre todo a mis hermanos y hermanas monfortianos, hermanas de la
Sabiduría y hermanos de San Gabriel, lo mismo que a laicos y jóvenes.
Estos, lo sé por experiencia, "sintonizan" pronto con el mensaje de
Montfort que responde de verdad a sus aspiraciones. Pero
evidentemente, hay que "traducírselo y ayudarles a descubrirlo",
llevarlos a vivirlo.
Había
iniciado ya este trabajo cuando apareció el libro del Padre Laurentin
Dieu seul est ma tendresse, que responde en parte a la
necesidad (ya señalada) de una presentación de una espiritualidad
monfortiana. Sin embargo, inmediatamente se podrá advertir que esta
nueva introducción al mensaje del P. de Montfort no constituye un
"doblaje" con la del Padre Laurentin, más técnica y teológica.
Al
escribir este ensayo, he tenido en cuenta cuatro preocupaciones
principales: Traté ante todo de compartir un "tesoro", "sensibilizar"
sobre ese "algo fundamental" que uno descubre tan pronto logra superar
el lenguaje un tanto chocante que aún hoy frena a tantos lectores,
cuando abordan los textos mismos del P. de Montfort. Pero en este
itinerario hay un orden: es preciso ante todo descubrir un "tesoro".
Sólo entonces estará uno equipado para hacer frente a las dificultades
de la forma.
Ensayé,
por tanto, a "sensibilizar" sobre el descubrimiento de ese "tesoro".
El P. de Montfort habla a menudo de "secreto" que hay que descubrir.
Escribe de la «Sabiduría Eterna y encarnada" que es el "tesoro de los
tesoros"; pero su mensaje, la experiencia que nos invita a vivir es
también un "tesoro" que es preciso descubrir antes de poder amarlo. Es
posible amar lo que no se conoce?» (ASE 8). Este empeño por compartir
un "tesoro" explica indudablemente el que este libro constituya menos
una explicación, o incluso una presentación del mensaje monfortiano
que una serie de "meditaciones" que buscarían "sensibilizar", llevar a
compartir un descubrimiento y –así lo espero– una experiencia. Yo
mismo quisiera decir también: «Si se conociera...» (ASE 10.73; C 13).
Traté
igualmente de dejar hablar al mismo P. de Montfort, de desaparecer
delante de él, e invitar al lector mismo a entrar (con el Espíritu
Santo como guía único (VD 119) en contacto directo con su obra. Este
empeño explica la abundancia de citas (y sus referencias) que hablan
por sí mismas. Todo lo demás no tiene otra finalidad que conducir a
cada lector hacia el texto mismo que Montfort escribió, y dejarle ahí
en el umbral de la obra, diciéndole: «¡Animo! Ahí está la obra, has
recibido lo esencial; algo único y maravilloso: su secreto. Ahora
tienes que encaminarte hacia ese secreto, que si yo mismo te lo dijera
–¿lo sé a caso?– la obra morirá» (Max Pol Fouchet, Radioscopie,
pg. 43-44).
Tratándose
de una "sensibilización" en torno al mensaje espiritual de Montfort,
no quise hacer un tratado ni una síntesis bien organizada sino más
bien presentar una serie de temas o "flashes", casi como quien muestra
un diamante haciéndolo admirar sucesivamente a partir de cada una de
sus facetas que, por sí misma, representa el brillo de toda la gema.
El método tiene sus ventajas. Cada capítulo presenta en cierta forma
todo el mensaje y se basta a sí mismo. En rigor de cosas, se podría
abordar este libro a partir de no importa cuál capítulo, al azar...
Pero el método tiene también sus inconvenientes: una falta de orden y
rigor de avance, repeticiones inevitables...
Por
último, traté de escribir algo que fuera a la vez sencillo y profundo.
Hay que ser sencillo: no se necesitan cosas complicadas para vivirlas.
El P. de Montfort mismo dice que no se dirige a los sabios sino
«especialmente a los pobres y sencillos» (VD 26). Pero, para responder
a objeciones que se siguen oyendo y confortar a quienes tendrían miedo
de que la "devoción" presentada por Montfort no sea sino una
"devocioncilla", era preciso sin lugar a dudas demostrar también que
su mensaje no carece de profundidad. Cuantos se han familiarizado con
las obras de Montfort, y en especial con su Tratado de la Verdadera
Devoción (volviendo una y otra vez sobre ciertos pasajes, como
dice Juan Pablo II) tratando de vivir el libro, saben muy bien que en
él se descubren incesantemente nuevas riquezas y que este "Secreto" no
se agota, porque se trata, una vez más, de ese "algo fundamental" que
brota "del corazón mismo de la realidad trinitaria y cristológica"
(Juan Pablo II).
"María
y la Debilidad de Dios".
¿Por qué
este título? Porque retoma en su forma paradójica, los tres grandes
temas del mensaje espiritual monfortiano: la Sabiduría, María y la
Cruz.
Quizá en
otro tiempo se insistió demasiado en María, reduciendo el pensamiento
de Montfort a lo que nos dice a cerca de la Madre de Dios, y sobre
todo, separándolo de la Sabiduría, su Hijo Jesucristo cuando
sin El –Montfort no se cansa de repetirlo– María no es absolutamente
nada. En este libro –sobre todo al comienzo– se habla mucho de la
Sabiduría. Se podría incluso decir que la palabra "sabiduría" es la
que mejor resumen la espiritualidad monfortiana, porque a partir de
ella se aborda mejor tanto a Jesús (que es la "Sabiduría" en persona)
como a María (de quien Jesús ha querido depender por una opción de
"sabiduría") y también a la Cruz que, en su carácter mismo de locura,
manifiesta, –imposible hacerlo con mayor claridad– la debilidad de
Dios y por lo mismo su "necedad" que es verdadera "sabiduría" (1 Cor
1,25).
"María y
la Debilidad de Dios". Se podría decir que María en cierta
forma "trabaja en llave" con la debilidad de Dios. Ante todo por su fe
que le permitió –como dice Montfort– "vencer amorosamente a Dios" (ASE
107). Cuando encuentra la fe de los hombres, Dios se manifiesta
desconcertantemente débil y Jesús, en el Evangelio, se deja "vencer"
por cuantos creen en El (Mt 8,10-13; 15,28). Y María, ¿no es
por excelencia "la que ha creído"? (Lc 1,45). Al convertirse en Madre
de Jesús, María hace –aún más de cerca– la experiencia de esa
debilidad de Dios, porque El, el Omnipotente, acepta depender de Ella
"en todo" como un niño (VD 139).
Todo ser
humano, incluso el más pecador y descarriado, conserva siempre un
"lado flaco" por su madre. Lo que vale para todo hombre, ¿no vale con
mayor razón para Dios? Montfort nos asegura que "cuando se presenta
algo (a Dios) por las manos puras y virginales (de María), se lo coge
por su lado flaco, si se me permite la expresión..." (VD 149).
Este
título expresa bien el misterio de la Cruz, porque sobre
todo en el gran escándalo de Cristo crucificado se pone de manifiesto
la "debilidad de Dios". María hace al pie de la Cruz, en forma muy
cercana, la experiencia de esa debilidad del Omnipotente. Su corazón
es dolorosamente herido (Lc 2,35), pero su espíritu no se
"escandaliza" como el de los discípulos que huyeron, porque había
experimentado desde hacía largo tiempo y había vivido ampliamente la
experiencia de esa "debilidad" de Dios cuando se hizo suyo (idea de
Juan Vanier).
Y ¿el
Espíritu Santo? En cierta forma, así como que no se lo puede
representar (y quizá, no es posible hacerlo), no era necesario hacer
en torno a El un tema especial para que esté presente, invisible y
eficaz, en todas partes. El, Espíritu de Amor y de Unidad hace que
Jesús y María no formen sino una sola cosa. Como Espíritu de Sabiduría
preside las opciones de Dios y las manifiesta en el escándalo inmenso
de la Encarnación y de la Cruz. Como Espíritu de Vida sigue cubriendo
a María con su sombra (Lc 1,35) para que siga dando a luz a todos los
miembros de su Hijo. Y, como Espíritu de Verdad, sólo El puede dar
acceso a los "misterios del Reino" y por tanto al "Secreto de María".
Al leer
estas meditaciones quizá se da uno cuenta de que la oración aflora del
algún modo por todas partes. Quizá era bueno expresarla con toda
claridad. Por ello, cada capítulo culmina en una oración que recoge lo
esencial de la reflexión y lo dirige a Dios. Porque –nos dice el P. de
Montfort– "todo se hace por la oración" (ASE 184).
La
celebración del año Mariano Internacional y la publicación de la
encíclica La Madre del Redentor dan al mensaje del P. de
Montfort una actualidad y resonancia profundas. Las relaciones entre
la carta de Juan Pablo II y la obra del P. de Montfort son numerosas:
María totalmente relativa a Cristo, que lo engendra en su corazón
antes de darlo a luz en la carne..., María figura y Madre de la
Iglesia, asociada a la misión de su Hijo, mediadora en dependencia del
único mediador, Jesucristo...
Es apenas
natural que al final de su encíclica el Papa llegue a evocar la figura
de "san Luis María Grignion de Montfort que proponía a los cristianos
la Consagración a Cristo por las manos de María como medio eficaz para
vivir fielmente las promesas del bautismo". "Constato con alegría
–añade Juan Pablo II– que nuestra época no carece de nuevas
manifestaciones de esta espiritualidad y de esta devoción" (Madre
del Redentor 48). Esta presentación del mensaje de Montfort quería
ser simplemente una de esas "nuevas manifestaciones".
Para
terminar, quiero expresar mi gratitud a cuantos me ayudaron y animaron
con su amistad, su oración, sus consejos. Si no cito nombre alguno, lo
hago para no olvidar a nadie. Ante todo a mi comunidad de Notre
Dame du Marillais que siempre me sostuvo. A mis Superiores que me
pidieron este "trabajo" y tuvieron que llamarme a veces al orden
mediante estímulos. A la comunidad de religiosas que me acogieron y
brindaron el silencio y soledad que necesitaba. Agradezco, por último,
a cuantos aceptaron hacerme conocer sus críticas fraternas, haciéndome
así grandes servicios. Gracias sobre todo a Aquella que no sabe hacer
otra cosa que agradecer por las "maravillas" que el Señor ha realizado
en su "humilde esclava" (Lc 1,48-49).
Jean
Morinay - Monfortiano
Notre Dame
du Marillais
en la
fiesta de Navidad de 1987
SIGLAS
Hemos
utilizado para las obras del P. de Montfort las que aparecen en la
Edición de la BAC.
ACM A los
Asociados de la Compañía de María
ASE Amor
de la Sabiduría Eterna
AC Carta a
los Amigos de la Cruz
C Cartas
–de 1 a 34–
CT
Cánticos –de 1 a 164–
RM Regla
manuscrita de los Misioneros de la Compañía de María
RS Regla
de las Hijas de la Sabiduría
SA Súplica
Ardiente
SAR
Secreto Admirable del Smo. Rosario
SM El
Secreto de María
VD El
Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen
Obra de
referencia obligada para la vida de san Luis María de Montfort es la
del P. Le Crom: Saint Louis-Marie Grignion de Montfort.
En cuanto
a los Documentos del Concilio Vaticano II: una referencia principal:
LG:
Constitución Lumen Gentium.
MR:
La Madre del Redentor. Carta encíclica de Juan Pablo II sobre la
Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia peregrina, 25 de
marzo de 1987.
I.
¡DICHOSO UNA Y MIL VECES!
«¡Qué
riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué delicia! ¡Qué dicha! ¡Poder entrar y
permanecer en María, en quien el Altísimo colocó el trono de su gloria
suprema!» (VD 262).
«¡Cuán
felices son –lo repito en el arrebato de mi corazón–, cuán felices son
quienes... siguen fielmente tus caminos...!» (VD 200).
«Feliz
aquel a quien el Espíritu Santo descubre el secreto de María para que
lo conozca» (SM 20).
"Dichoso..." "Feliz..." Así comienza la Buena Noticia del Evangelio.
También en esta forma se presenta el mensaje de Montfort: una
invitación a la felicidad, a participar en una felicidad vivida: «¡Ah!
si conociéramos la dicha interior que significa conocer la belleza de
la Sabiduría...!» (ASE 10). Se le ha elaborado al P. de Montfort una
fama tan neta de apasionado de la "Cruz", que nos llama a padecer, que
quizá es bueno descubrirlo una vez más hoy en una experiencia de
felicidad que nos invita a compartir. En el interior de esta
experiencia, la Cruz se nos presentará entonces en forma diferente,
como el "don de su vida" interior a todo amor verdadero.
LA CARRERA
TRAS LA FELICIDAD
Pero
comencemos, con Montfort, por mirar al hombre en derredor nuestro, en
nosotros mismos. Más allá de todas las diferencias –tan evidentes– hay
semejanzas –no menos patentes– que no es posible olvidar. Por ejemplo,
la carrera tras la felicidad, la caza a la felicidad es absolutamente
universal. "¿¡Dichoso una y mil veces!", declara Montfort? Sí, "Todo
mundo desea ser feliz –decía Pascal– incluso quien va a ahogarse".
Cuando uno
es hombre, creado a imagen de Dios, anhela indefectiblemente ser
feliz. Y aun cuando uno quiera obrar en contra de esto, no lo podrá
hacer. Claro que no todos tienen la misma idea de la felicidad. «Donde
está tu tesoro –decía Jesús– está tu corazón» (Mt 6,21). Pero no todos
ubican su tesoro (y por tanto tampoco su corazón) en el mismo lugar.
Acontece incluso que algunos tienen conceptos de la felicidad
totalmente opuestos. Pero, con esto encontramos ya las diferencias que
vamos a hallar una vez más al nivel de la Sabiduría. Las cuales no
deben escondernos las semejanzas que la vida nos revela. Aquí, tres
importantes:
"Siempre más"
Una
felicidad infinita: No es necesario mirar por mucho tiempo en nosotros
mismos y a nuestro alrededor para descubrir que todos buscamos una
felicidad infinita. No sólo deseamos ser felices, sino más felices,
siempre más. "¡Siempre más!" El corazón humano se halla como sellado
con la marca del "siempre más": "Escarba en mi corazón –decía un héroe
de Claudel– y si hallas en él algo diferente de un anhelo inmortal,
arrójalo al estercolero, que lo devoren los vendedores ambulantes" (Tête
d'or: primera versión). Pero lo que el poeta nos dice con vigor,
la vida –si sabemos mirarla, "contemplarla"–, no lo repite todos los
días. Mientras cada día hay pobres que lo son cada vez más, hay
también ricos que no lo son nunca suficientemente. Hace falta más y
más dinero. Hay que ir siempre más rápido, siempre más lejos, siempre
más alto...Hay que actuar cada vez mejor, cada vez más grande (o más
pequeño), cada vez con mayor perfección... Los realizadores de
televisión, que conocen bien el corazón humano, saben presentarnos esa
felicidad que buscamos: nos propone nada menos que el "paraíso": "¡Super",
"Tri-super", "gratuito!". El cielo: ¡qué! Y sin embargo, ¿quién tiene
el valor de traducir esas palabras que expresan lo infinito y dar el
verdadero nombre al objeto de nuestros anhelos?
En la
carrera por la felicidad, pronto me detienen, no el deseo, sano, más
bien, la vida: los demás que, también ellos, corren a la caza de la
felicidad... y para ellos resultó un obstáculo, quizá un rival. Y eso
precisamente nos tortura. Busco pero no encuentro; deseo pero no
consigo. Porque, lo que poseo no es sino trampolín para desear más
todavía. Algo hará falta siempre a mi felicidad, porque lo que deseo
en el fondo de mí no es nada menos que lo infinito.
Riqueza, placer y poder
Tras gran
número de sabios apoyándose en la Palabra de Dios, pero también porque
sabía matricularse en la escuela de la vida, Montfort nos recuerda
otra característica de esa sed de felicidad. Se ejerce, nos dice, en
tres direcciones: la riqueza, el placer y el poder (ASE, cap. 7).
Existe el amor ciertamente (y, gracias a Dios, hay mucho amor en el
mundo), pero ni siquiera el amor escapa a esta ley: el que ama ha
hallado la verdadera "riqueza", el verdadero "placer" y el verdadero
"poder" que otros creen poder hallar en otras partes. ¿No es acaso el
amor verdadero como la síntesis de esos tres "valores" universales que
motivan el actuar de los hombres? Cuando amas no necesitas falsas
riquezas, ni falsos placeres ni sobre todo falsos poderes, porque has
encontrado los "verdaderos". Al contrario, cuando no amas o amas mal,
cuando no te aman, o te aman...mal, entonces necesitas más y más
dinero, placer y "gloria". ¡Ciertamente hay que ser feliz! Y a falta
de ser amado, las riquezas, los poderes de este mundo e incluso sus
placeres te permiten llamar la atención y creerte amado, haciendo
pensar a los demás que eres feliz.
La
"auténtica riqueza", el "auténtico placer", el "auténtico poder"
El
problema supremo es entonces lograr distinguir entre las felicidades,
los falsos valores que son señal de la sabiduría del mundo y los
verdaderos, que son los del amor y muestran la sabiduría misma de
Dios. Pero, en sí, riquezas, placeres y poder son buenos. Montfort no
teme hablar de "placeres", "riquezas", cuando evoca los bienes
maravillosos que la Sabiduría trae consigo: «Un santo placer en su
amistad, riquezas inagotables en las obras de sus manos..., inmensa
gloria en la comunicación de sus discursos...» (ASE 61.18.67). La
pobreza no es un bien en sí misma, pero cuando se la escoge y vive en
el amor, éste la consagra y convierte en "riqueza". Tampoco el
sufrimiento es cosa buena, pero cuando se lo acepta –e incluso se opta
por él (dado que no hay amor más grande que dar la vida)– se convierte
en la "Cruz" que es alegría. Por último, la humildad no tiene sentido
sino en cuanto que constituye la verdadera grandeza. Cuando Montfort
parte de viaje, luego de entregar todos sus bienes a los pobres, canta
su fortuna y felicidad:
«Mi
fortuna es sublime, ¿no me tienen envidia?
(CT 144,15)
En Dios lo
tengo todo, el universo es mío»
(CT 144,11).
Y a la
Cruz que El mismo ha escogido, se atreve a decirle:
«Es tu
rica pobreza mi único tesoro,
y es para
mí ternura tu dulce austeridad.
Que tu
sabia locura y tu santa deshonra
sean de
toda mi vida la gloria y claridad»
(CT 19,30).
El
motivo "más poderoso"
Se plantea
por tanto una cuestión: ¿tienen estos tres "pilares de la sabiduría"
humana el mismo valor, se hallan al mismo nivel, tienen la misma
fuerza para movilizar a los hombres o hay quizá uno más fuerte que los
otros?, ¿cuál? De los tres "valores": riqueza, placer, poder, que
guían a los hombres ¿cuál es el más poderoso? Sentimos hoy la
tentación de responder a esta pregunta: "Son las riquezas porque el
dinero maneja al mundo". Montfort responde: "No". El "último" (o
primer) motivo, el más importante, el que hace caminar a los hombres e
impera sobre los otras dos, es según él, el poder, el deseo de gloria.
El dinero y el proyecto no son más que una sabiduría "terrena", la
búsqueda de los "placeres" no es sino manifestación de una sabiduría
"carnal"... mientras que la sed de poder y gloria es inspiración de
"la sabiduría diabólica" (ASE 80-82). Lo que Montfort nos dice, a su
manera, a partir de su propia experiencia, ¿no lo confirma acaso la
vida? A nuestro alrededor, en nosotros, lo vemos claramente: a menudo
no se busca el dinero, el placer y el confort "sino para estar por
encima" de los otros, para dominarlo: tener un auto más hermoso, más
potente, una casa más hermosa, un vestido más bello, un sitio más alto
en la sociedad...
El poder,
la "grandeza", permite creerse amado cuando uno no lo es o lo aman
mal. Pero es una falsa "grandeza". La auténtica, al contrario, se
halla en el sendero de la humildad.
No te
extrañes entonces de que Montfort insista tanto en su mensaje sobre la
humildad. Todavía un mes antes de morir, termina una de sus cartas con
estas palabras: «Humildad, humildad, humillación» (C 33). Esta
insistencia nos desconcierta hasta que no hayamos comprendido, que a
sus ojos, la humildad es el camino de la verdadera "grandeza".
Amar y
ser amado
La
felicidad en una "relación": Cuando uno quiere ser "grande" casi
siempre busca aparecer a los ojos de alguien, llamar su atención y
vivir en relación con él; y en el fondo, amar y ser amado. Riqueza,
placer, poder no tienen casi sentido fuera de alguien que cuenta para
nosotros y a cuyos ojos nosotros mismos tengamos algún valor. Nuestra
verdadera riqueza, nuestra verdadera felicidad es una persona.
Y sin
embargo, no importa qué persona puede constituir nuestro "tesoro",
porque si no tenemos "nunca bastante", si deseamos "siempre más", si
el deseo de nuestro corazón es "infinito", hay que ser lógicos y dar
su verdadero nombre a esa persona infinita que buscamos... ¿Dios?
¡Ciertamente! Y sin embargo, Montfort no tiene afán en pronunciar su
nombre. Prefiere el de "Sabiduría" que ha descubierto en la Biblia,
esa Sabiduría que, al lado de Dios, presidía a la creación del mundo:
«Estaba a su lado... teniendo mis delicias, día tras día, en estar con
los hijos de los hombres» (Prov 8,30-31). Ese es el Dios a quien
buscamos a través de todos los falsos "tesoros" y falsas glorias de
este mundo.
Los
"Tesoros de Dios"
Pero Dios
no constituirá nuestro "tesoro", si nosotros no fuéramos el suyo. En
la persona de la Sabiduría que no sólo constituye las delicias del
Creador, sino que encuentra "sus delicias en estar con los hijos de
los hombres", Montfort no duda ver ya a Jesús. ¿No es El acaso el Hijo
de Dios quien nos ha revelado, a la vez y en forma inseparable, que
Dios su Padre es nuestro "tesoro" y que somos el "tesoro de Dios"?
Tocamos
–ya– ahí una de las grandes intuiciones monfortianas: la felicidad del
hombre coincide con la de Dios y no se puede separar de ella. Si Dios
se halla en el fondo de todos mis anhelos, de toda mi "sed" de
infinito, es que ya antes estoy en el fondo del corazón de Dios, en el
fondo de sus deseos. Con toda sencillez porque me ama, porque me amó
primero (1 Jn 4,19) y porque, mucho antes de que yo lo escoja como mi
"tesoro" (Mt 13,44), El me había asumido por el suyo. ¡Ponía sus
delicias en "estar" conmigo!
"Si
conocieras..."
Ahora
comprendemos ya mejor esa felicidad que Montfort quiere compartir con
nosotros. "Si conocieras..." ¡Ah! ¡Si conocieras el tesoro infinito de
la Sabiduría hecho para el hombre [...], suspirarías por ella día y
noche, volarías [...] de un extremo al otro del mundo..." (ASE 73). La
"Cruz", de la cual este enamorado de la Sabiduría habló tanto (porque
sabía bien que "donde hay amor, hay dolor" [Claudel]), no debe
escondernos, sino al contrario revelarnos esa felicidad que ha vivido.
Una felicidad que no tiene quizá gran cosa que ver con las falsas
felicidades de este mundo, sino que supera también las verdaderas
dichas humanas, incluso las más sublimes, porque es una participación
en la felicidad del Amor mismo que es Dios.
«¡Oh! ¡Si
comprender pudieran
cuánta es
mi dicha...!
(CT 28,40).
En
ciudades o campiñas,
en casa o
en despoblado,
pierda o
gane, poco importa,
siempre me
encuentro feliz»
(CT 139,33).
Es ante
todo gozo inmenso de saber que, pase lo que le pase, e incluso si
todas las apariencias son contrarias, Dios le ama:
«Dios es
mi Padre querido,
Jesús es
mi Salvador,
María mi
Madre adorada,
¿Dónde
hallar dicha mayor?»
(CT 28,37).
Se trata
también de la felicidad de poder responder a ese amor:
«No se
sabe cuánta dicha
es amarte,
oh Salvador...
¡Gustad y
ved
cómo es de
dulce el amor!
(CT 135,1).
Es, por
último, la dicha inesperada y oculta, interior al amor mismo, de la
"Cruz". San Pablo gritaba: «Sobreabundo de gozo en todas mis
tribulaciones...» (2 Cor 7,4). «Encuentro mi alegría en los dolores
que padezco por Uds...» (Col 1,24). Montfort le hace eco: «Me siento
feliz en medio de mis sufrimientos y no creo que haya en el mundo nada
tan dulce para mí como la cruz más amarga, siempre que venga empapada
en la sangre de Jesús crucificado...» (C 26). Citando otra carta en la
que Montfort habla una vez más de esa "felicidad" que se encuentra en
la "Cruz", escribe Luis Pérouas: «Se puede palpar hasta qué
profundidad de Gozo auténtico puede llegar un hombre cuando acepta la
prueba, el rechazo, cuya víctima es» (Ce que croyait..., pág. 71).
Es bueno
descubrir el mensaje de Montfort en su totalidad –con la Cruz misma–
como invitación a la felicidad, a compartir su propia felicidad que no
es ella misma sino una participación en el gozo mismo de Dios.
EL AMOR DE
LA SABIDURIA ETERNA
Al leer
El Amor de la Sabiduría Eterna –primera obra suya, a la que muchos
consideran como una síntesis de su mensaje– se advierte que se
inscribe totalmente dentro de un caminar hacia la felicidad. El libro
ofrece dos partes: la primera, comprende más de tres cuartas partes
–catorce de los diecisiete capítulos– podría intitularse: «La
Sabiduría eterna y encarnada es el "tesoro" que buscamos»; la segunda,
muchísimo más corta: «Cuatro medios para alcanzar ese "Tesoro". Se da
en esta composición una lógica muy sencilla que se funda en el buen
sentido. El hombre está tan sediento de la felicidad que lo que cuenta
ante todo para él es saber dónde encontrarla. ¿De qué sirve conocer
los medios para la consecución de un tesoro si ese tesoro no lo es
para mí? ¿De qué me sirve enseñarme los medios para ganarme un
soberbio Hi-Fi, si no me gusta la música? Un pedagogo sabe
perfectamente que lo importante para sus alumnos es que se "interesen"
por la materia que enseña. Mientras no se "interesen", no estén
"motivados", el profesor podrá utilizar todos los medios posibles para
enseñarles aquella materia, pero ellos no aprenderán gran cosa.
Mientras que si están "interesados"..., ¡no habrá problema! Acudirán
ellos mismos a los "medios" para aprender y –en el último extremo– no
necesitarán de profesor sino sólo para "guiarlos".
¡Y lo
mismo pasa con toda la vida! Mientras uno no esté "interesado",...
mientras no "ame", ni haya encontrado su felicidad... ¿de qué le sirve
utilizar "medios" por fáciles que sean de emplear y, con mayor razón,
si son difíciles? La Cruz, por ejemplo, ¿por qué quieres que yo la
acepte, incluso que opte por ella, si pienso no sólo que no me conduce
a la felicidad de la cual estoy sediento, sino que me aleja de ella al
causarme dolor?
La
dulzura inefable y la belleza cautivadora
Entonces
Montfort, que conoce bien el corazón del hombre y sabe cuánta sed
tiene de felicidad, consagra las cuatro quintas partes de El Amor
de la Sabiduría Eterna a "interesarnos", a atraernos, casi a
seducirnos, mostrándonos "la excelencia maravillosa"..., "la dulzura
inefable y la belleza cautivadora"..., "los tesoros infinitos" de la
Sabiduría Divina (ASE cc. 5 y 10). ¡Si conocieras! «Nada tan dulce
como el conocimiento de la Sabiduría divina. ¡Dichosos quienes la
escuchan! ¡Más dichosos quienes la desean y la buscan! Pero, ¡mucho
más dichosos los que andan por sus caminos y saborean en su corazón
esa dulzura infinita...» (ASE 10). Este conocimiento es también "la
ciencia más noble" (ASE 9), y la más útil y necesaria porque «la vida
eterna consiste en conocer a Dios y a su Hijo Jesucristo» (ASE 11).
Nada tan dulce, nada tan grande, nada tan útil... Nos hallamos ante
los tres grandes caminos de la felicidad.
Buscas,
¿Buscas tu felicidad en la riqueza y las ganancias? Contempla los
"tesoros infinitos" de la divina Sabiduría. ¿Piensas que serás feliz
en los placeres de este mundo? Ven a saborear con los santos "la
dulzura inefable y la belleza cautivadora" del Hijo de María. «Hay un
santo y verdadero placer en su amistad» (ASE 98). ¿Piensas hallar tu
dicha en el éxito y las grandezas humanas? «La Sabiduría que es Dios
mismo: ésta es la gloria» (ASE 55) que te espera; los honores, las
dignidades, la verdadera grandeza están con ella y «¡es
incomparablemente mejor para el hombre el poseerme –dice la Sabiduría–
que poseer todo el oro y la plata del mundo [...] y todos los bienes
del universo» (ASE 67). Audacia inaudita la de Montfort que viene a
proclamarnos: La Felicidad Infinita que están buscando, sin conocerla,
a través de todas las falsas riquezas, grandeza y placeres de este
mundo, se las anuncio: son Dios mismo, son la Sabiduría. «Quien beba
del agua que yo le dé, no volverá a tener sed» (Jn 4,14). «Si alguno
tiene sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37).
LA CRUZ Y
LA FELICIDAD
La
búsqueda de la felicidad está tan marcada en El Amor de la
Sabiduría Eterna que uno casi se admira de no encontrar la Cruz
antes del capítulo 8. E incluso entonces, Montfort la presenta, la
primera vez, como uno de los "efectos maravillosos" de la Sabiduría en
las almas de quienes la poseen: porque ella los ama y «para ponerlos a
prueba y hacerlos más dignos de sí misma, les proporciona grandes
combates y les reserva contradicciones y obstáculos...» (ASE 100).
«Pero esta amable Soberana... vierte tan suave unción sobre los
sufrimientos que en ellos (sus amigos) encuentran sus delicias» (ASE
103).
En
realidad sólo hasta en los capítulos 13 y 14 aparece la Cruz en toda
su fuerza y su grandeza. Pero en un primer momento no se trata de la
nuestra: es la Cruz de Dios, la que Jesús quiso vivir libremente "para
probarnos su amor" (ASE 154). Y obsérvese que Montfort la aborda sólo
en cuanto que es «la más poderosa de todas las razones que pueden
excitarnos a amar a Jesucristo» (ASE 154) y el medio más sabio entre
todos los posibles que haya encontrado el Amor (ver ASE 167-168).
Ingresar en la Sabiduría de Dios
Partíamos
de la felicidad del hombre siempre insatisfecho e "inquieto" (san
Agustín) porque no desea nada menos que a Dios. Y mira, hemos llegado
a la felicidad de Dios. En efecto, Montfort no nos invita sólo a
descubrir nuestra felicidad en Dios, Sabiduría eterna y encarnada,
porque en ella se encuentran los verdaderos placeres, las verdaderas
riquezas y los verdaderos tesoros que buscamos. Nos llama para llegar
más lejos, para entrar en la felicidad misma de Dios, porque Dios
tiene también un tesoro donde pone su corazón como todo el mundo (Mt
6,21). Ya es gran cosa encontrar mi felicidad en Dios porque es el
anhelo de mi corazón. Pero otra cosa es –tanto más exaltante todavía–
entrar en la misma felicidad de El, hacer de su "tesoro" mi "tesoro" y
poner mi corazón donde El pone el suyo.
¿Cuál es
entonces el "tesoro" de Dios y dónde pone El su corazón? ¿Cuál es la
forma en que busca El su felicidad, ya que es el Amor mismo? Y ¡el
Amor omnipotente! ¿Cuál podrá ser su "Sabiduría"?
CUESTIONARIO
1. Como
todo ser humano Ud. busca la felicidad, ¿por qué caminos? ¿Con qué
intensidad?
2. ¿Qué
motivaciones ofrece el P. de Montfort para encaminarnos a la verdadera
felicidad? ¿Cómo la encuentra en la felicidad de Dios?
3. ¿Vive
Ud. estas realidades, en su relación con Dios y con los hermanos?
4. ¿Ha
comentado Ud. estos temas en su predicación y conversaciones? ¿Cómo la
propone en su apostolado?
5. ¿Cómo
traduciría Ud. para hoy esta temática y esta terminología?
ORACION
Señor y
Padre nuestro:
te
alabamos y damos gracias
por haber
puesto en nuestro corazón
un anhelo
de gozo infinito
y una sed
de amor auténtico
que
ninguna creatura puede apaciguar.
«Señor, tú
nos hiciste para ti
y nuestro
corazón está inquieto
hasta que
descanse en ti» (san Agustín).
Concédenos
ante todo saber "contemplar" la vida:
que con
los ojos de la fe sepamos descubrir
a través
de las falsas riquezas,
los falsos
placeres, el falso prestigio,
que nos
engañan, el bien verdadero,
la
auténtica dicha, el verdadero prestigio
que eres
tú mismo.
Más allá
del dinero, del licor, de la droga y del poder
nosotros
te anhelamos y te estamos buscando.
Concédenos
también no aceptar jamás
que las
contradicciones de la vida
nos lleven
a limitar nuestros anhelos
y
convertirnos en "amargados",
que
regresamos de todo,
sin haber
llegado hasta el final de nada.
Tú que
conoces cuántas decepciones
causamos a
menudo a los que nos rodean:
concédenos
que jamás detengamos a nadie
en el
camino que lleva hacia ti,
que
sepamos más bien borramos delante de ti,
a ejemplo
de María,
"transparencia" total de tu Hijo Predilecto.
Dado que
tu amor siempre nos sale al paso,
concédenos
no olvidar nunca que,
al hacerte
hombre como nosotros,
te has
hecho también para nosotros,
y que tu
corazón de Dios,
también se
halla siempre inquieto,
hasta que
no descanse en nosotros.
II. LA
SABIDURIA DEL AMOR
«Dios
tiene su Sabiduría. Que es la única verdadera y digna de ser amada y
buscada como un gran tesoro. Pero también el mundo corrompido tiene su
sabiduría. Y ésta debe ser condenada y detestada como malvada y
perniciosa. Los filósofos también tienen su sabiduría...»
(ASE 74).
Finalmente, todo el mundo tiene su "sabiduría": Dios, el mundo
corrompido, los filósofos..., todos los hombres tienen una sabiduría,
es decir, cierta manera de concebir su felicidad que les conduce a
optar en la vida. Todos buscamos la felicidad, la misma felicidad
infinita que es "riqueza", "placer", "prestigio", que halla su
coronación en la relación con el otro con tal que ese Otro sea el
Infinito. Con esa felicidad queremos ser felices; ¿por qué entonces la
buscamos en direcciones diferentes? Porque no tenemos la misma
"sabiduría". No la "vemos" de la misma forma. No colocamos las mismas
realidades bajo las mismas palabras: "infinito", "riqueza", "placer",
"prestigio", "amor"... Resultado: hacemos opciones diferentes e
incluso completamente opuestas. Por la sed de felicidad los hombres se
asemejan todos; pero difieren por la "sabiduría". Común a todos los
hombres, absolutamente a todos, es que todos tienen un "tesoro" en el
cual ponen el "corazón". Pero, no tienen el mismo "tesoro". Y esto los
hace diferentes. Dime dónde está tu "tesoro", porque allí está tu
corazón (Mt 6,21), y te diré quién eres.
1.
FELICIDAD Y SABIDURIA
¿Qué hay
de común entre ese hombre riquísimo que sigue añadiendo «casas a
casas, campos a campos, hasta no dejar sitio en medio del país» (Is
5,8) y la abuelita que, en esa edad en que uno teme desaparecer, se
impone privaciones en su humilde retiro a fin de poder ayudar "a los
pobres"? Parece que nada. Y sin embargo, sí. Los dos tienen en común
la misma búsqueda de la felicidad. La sabiduría las hace diferentes...
y ¡en qué medida! No tienen precisamente la misma idea de felicidad y
en especial de "riqueza". ¿Existe algo en común entre el hombre
ambicioso que busca ser el primero en todas partes y lo sacrifica todo
a su promoción, a su "carrera"... y ese joven ingeniero que renuncia a
una situación brillante para hacerse Hermanito de Jesús y encontrarse
algunos años más tarde, trabajando en las pistas del Sahara? Nada
tampoco, al parecer. Y sin embargo, también ellos buscan la misma
felicidad. Pero no tienen la misma sabiduría.
Cuentan
que algunas hermanas de la Madre Teresa, antes de tener la menor idea
de que el Señor podía llamarlas a darlo todo para servir a los pobres,
llevaban una "gran vida": apartamentos lujosos, carros, choferes,
dinero a su capricho. La vista de los pobres miserables no les impedía
en lo más mínimo ser "felices": ellos..., no eran ellas: así de
sencillo. Y, como por otra parte, no hallaban la felicidad que
buscaban en bienes tan limitados, pensaban simplemente que se debía a
que no tenían lo suficiente. Entonces, ¿qué hacer? Cada vez más, más y
más riquezas, placeres, hasta el día... en que encontraron a alguien
que les hizo comprender que para encontrar la felicidad que anhelaban,
tenían que cambiar totalmente de "sabiduría". Hacer un gran viraje de
180 grados. Eso que el evangelio llama "conversión". Ingresar en una
"sabiduría" totalmente diferente, la "verdadera sabiduría de Dios"
(ASE 227). Cierto día la Madre Teresa se hizo presente. Les habló. Su
corazón se transformó en un «corazón de carne» (Ez 36,26), «se les
abrieron los ojos» (Lc 24,31). Y todo cambió para ellas. De un día al
otro, ellas que lo tenían todo, se encontraron sin nada, pobres entre
los pobres. ¡Qué locura! O, ¿qué sabiduría? Sin embargo, entre su
situación de antes y la que habían escogido ahora, hay algo que no ha
cambiado: su sed de felicidad. ¿Ayer?, era la misma infinita felicidad
lo que buscaban. Pero hoy, ya no la veían exactamente de la misma
manera. Su "sabiduría" había cambiado, se había "convertido". Una
conversión no es otra cosa que un cambio de "sabiduría".
2. AMAR Y
CONOCER
¿Puede uno
amar lo que no conoce? Si uno hubiera preguntado a las hermanitas de
la Madre Teresa, antes de su conversión: "Pero, ¿por qué viven tan
lujosamente, en medio de tantos pobres?", habrían sonreído
seguramente. ¿Los pobres? ¿El servicio de los pobres? No nos interesa.
Nos interesan el dinero, la salud, las comodidades de la vida. ¡Esa es
la felicidad! "¡Quieres que cambiemos? Entonces, demuéstranos que
existe otra felicidad?" Y, en cierta forma tendrían razón... «¿Puede
uno amar –escribe el P. de Montfort– lo que no conoce? ¿Puede amar
ardientemente lo que sólo conoce a medias? ¿Por qué se ama tan poco a
la Sabiduría eterna y encarnada, el adorable Jesús? ¡Porque poco o
nada se le conoce!» (ASE 8). Ante todo, encontrar un "tesoro".
Estamos
lejos de cierto moralismo que consiste en decir a la gente: "Basta con
que hagan esto...¿Por qué no hacen aquello? No les comprendo". ¿Basta
con amar? Ciertamente. Pero, para amar, hay que "conocer". Para
"vender el campo", es preciso haber encontrado antes un "tesoro" (Mt
13,44). Jesús no dijo jamás que el Reino de los cielos se parece a un
hombre que comienza por "vender cuanto posee" y, luego, mira en torno
suyo a fin de encontrar un "tesoro" para poner en él su "corazón".
Equivaldría –como dice el proverbio– a "ensillar antes de traer las
bestias". No, el Reino de los cielos se parece por el contrario a
quien comienza por encontrar un "tesoro". Sólo entonces se va uno,
"rebosante de gozo", a vender cuanto posee. Si hubiera comenzado por
"venderlo todo" antes de "hallar el tesoro", lo habría hecho "lleno de
tristeza" e incluso Jesús lo habría tratado indudablemente de "loco" (Mt
7,26; Lc 12,20).
Díganle a
ese joven que se droga, aumentando cada vez la dosis hasta el
"hundimiento": "lo importante es que no te drogues"; o a ese
alcohólico que arruina a su familia mientras se destruye él mismo: "lo
importante es que dejes de beber". Díganle a ese hombre, a esa mujer
que "siempre tienen razón" (mientras los demás siempre andan
equivocados), que quieren imponerse siempre a los demás (la "gloria"
es también una droga): lo importante es que reconozcan sus
equivocaciones y no destruyan a los demás". Si se dignan escucharlos a
Uds., sonreirán también: "Ya quisiera verlos yo... Al pedirme que
renuncie a la droga, al dinero, a la gloria, me están pidiendo que
"venda todos mis bienes", pero ¿dónde está el tesoro? Muéstrenmelo.
Demuéstrenme que esa felicidad que busco con sed tan grande, se
encuentra en otra parte; si no, ¿por qué quieren que venda todos mis
bienes?"
"Conocer a Jesucristo"
Lo que
importa en la vida es descubrir el "verdadero tesoro", el único que
puede hacernos felices. Mientras no sepa dónde se halla y qué debo
hacer para encontrarlo, ¿sé realmente algo? El conocimiento, la
ciencia más importante en la vida es "la sabiduría". En la vida,
mientras no sepa cómo conducirme para ser feliz y hacer felices a los
otros, para amar de verdad... ¿sé acaso algo? Puedo saber muchas cosas
e incluso, en caso extremo, saberlo todo, si carezco de ese saber, de
esa "sabiduría", en el fondo, no sé nada. Porque ¿de qué le sirve al
hombre saberlo todo, si no es feliz? «¿De qué le sirve a uno ganar el
mundo entero si malogra su vida?» (Mt 16,26).
Frente a
Nicodemo que ciertamente sabía muchas cosas, pero ignora el "nuevo
nacimiento", se admira Jesús: «Tú, el maestro de Israel, ¿no lo
entiendes? (Jn 3,10). Al contrario, incluso si se ignoran muchas
cosas, pero se posee la "Sabiduría", si uno sabe ingeniarse para ser
feliz y hacer felices a los demás, entonces se sabe lo suficiente.
Montfort era tan consciente de que a través de todas las falsas
felicidades y los falsos "tesoros" de la vida, buscamos en realidad, a
Jesús Sabiduría, proclama a pleno grito:
«Conocer a
Jesucristo, la Sabiduría encarnada, es saber lo suficiente. Saberlo
todo, pero no conocerlo a El, es no saber nada» (ASE 11).
Un
conocimiento que hace posible el amor
¿Es
posible no amar lo que se conoce de verdad? La "sabiduría", ese
conocimiento que permite amar, ese descubrimiento del "tesoro", no es
sólo intelectual: es un saber ya transformado, "consagrado" por el
amor que lo impregna de fuerza, de delicadeza y de "sabor". Uno puede,
dice Montfort, tener "una ciencia de las cosas de la gracia y de la
naturaleza [...] vulgar, seca y superficial". La "sabiduría", por su
parte, es un conocimiento "extraordinario, santo y profundo" (ASE 58).
«Las luces y conocimientos que comunica la Sabiduría no son áridos,
llenos de unción, operantes y piadosos, conmueven y alegran el corazón
e iluminan el entendimiento» (ASE 94). Sólo con el corazón se ve bien,
decía el zorro al Principito, lo esencial es invisible a los ojos. Lo
esencial es invisible también para el entendimiento "desgajado del
corazón", que se contenta con conocer sin "gustar" rechazándose a
convertirse en "sabiduría". Uno podría casi decir que con la
"sabiduría, Montfort derriba el muro entre entendimiento y "corazón"
(así como con la "Cruz", derriba también el muro entre sufrimiento y
felicidad). Porque el "corazón" del cual se trata, no es en primer
lugar, el sentimiento sino más bien el "yo profundo", allí donde el
Espíritu se une a nuestro "espíritu" (Rom 8,16) y donde la Sabiduría
se injerta en la nuestra. En las primeras páginas de El Amor de la
Sabiduría Eterna, Montfort se planteaba la cuestión: «¿Es posible
amar lo que no se conoce?» (ASE 8), pero en todas las páginas
restantes se plantea otra pregunta: "¿Es posible no amar lo que se
conoce de verdad?"
Si conozco
de verdad, no sólo con el entendimiento, sino también con mi "corazón
profundo", con un saber que es "sabiduría", si el Espíritu mismo
"conoce" a través de mi espíritu, entonces no puedo menos de amar.
Cuando uno conoce a la Sabiduría en sí misma (lo que constituye ya un
"tesoro infinito"), pero sobre todo en el amor que nos profesa y que
llega hasta la Cruz y la Eucaristía, no se puede sino amarla.
«Tras
palabras tan enérgicas y tiernas del Espíritu Santo para hacernos
comprender la belleza, valor y tesoros de la Sabiduría, ¿quién no la
amará y buscará con todas sus fuerzas? ¡Tanto más cuanto que se trata
de un tesoro infinito, propio del hombre, para el cual fue creado el
hombre y que la Sabiduría misma tiene infinitos deseos de darse al
hombre!» (ASE 63). «¿Cuál no será entonces nuestra insensibilidad e
ingratitud, si no nos conmueven los ardientes deseos, los amorosos
inventos y las pruebas de amistad de la amable Sabiduría?» (ASE 72).
«Hablando razonablemente, conocer lo que Nuestro Señor ha padecido por
nosotros y no amarlo con ardor –como lo hace el mundo– es algo
moralmente imposible» (ASE 166).
Convicción y Amor
– ¿Es
posible no dar a conocer lo que uno ama? El don de sabiduría, tal como
él lo recibió, lleva a Montfort a plantearse una tercera pregunta:
¿Puede uno no dar a conocer y amar lo que conoce y ama?
«La
Sabiduría comunica al hombre no sólo las luces para conocer la verdad,
sino también la capacidad maravillosa de darla a conocer a otros» (ASE
95).
El
bautismo hace de nosotros apóstoles. Pero el apostolado, la
evangelización no son ante todo cuestión de técnica ni métodos, sino
el don de compartir una convicción profunda. Ni si quiera se trata
solamente de "escuchar a Dios con humilde sumisión", de "obrar en El y
por El con fidelidad constante"; se trata de «alcanzar la luz y unción
necesarias para inflamar a otros en el amor a la Sabiduría» (ASE 30).
Un día en
que la Madre Teresa –siempre ella– iba a tomar el avión para uno de
sus numerosos viajes a través del mundo, un periodista la detuvo
bruscamente y le preguntó: ¿Qué es el apostolado? –¿El apostolado?–
Es... (silencio) ... tienes una convicción y amas a alguien; entonces
le pasas tu convicción; y él a su vez, tiene una convicción y ama a
alguien, y su convicción pasa a esa persona.
El
apostolado es una convicción muy fuerte transmitida por un amor.
El don
de sabiduría
Pero esa
convicción no puede "pasar" –la Madre Teresa lo sabía bien– a menos
que el "testigo" haya recibido el don de "sabiduría". Sus palabras yo
no soy sus palabras. Otra persona habla a través de él: «las palabras
que comunica la divina Sabiduría no son palabras ordinarias, naturales
y humanas; son palabras divinas. Son palabras enérgicas, conmovedoras,
penetrantes. Parten del corazón de quien habla y penetran hasta el
fondo de corazón del oyente...» (ASE 96).
Cuentan
que cierto día el P. de Montfort en su región natal quiso traducir,
concretar esta verdad del don de sabiduría. Y que en el templo no
quiso hablar él mismo para "dejar hablar a Jesucristo". Entonces
colocó en el púlpito una gran cruz que todos podían ver. El pasó por
entre la multitud con su pequeño crucifijo, el que el Papa Clemente XI
le había dado y se contentó con mostrarlo a cada uno diciéndole: "¿No
te duele mucho haberlo ofendido?" Y todos comenzaron a llorar. Ese día
ciertamente Jesucristo había hablado y sus palabras habían salido del
corazón del apóstol para llegar, en silencio, "hasta el corazón" del
oyente (ASE 96).
3. LA
SABIDURIA DEL MUNDO
La
sabiduría del mundo: cuando uno conoce, ama y cuando ama, da a
conocer. Todo depende entonces del conocimiento que haya en el punto
de partida, de la sabiduría que nos anime. Porque hay muchas
sabidurías. San Agustín decía que "dos amores han construido dos
ciudades: el amor de Dios construyó la ciudad de Dios..., y el amor
propio construyó la ciudad del mal y del pecado". A su manera, san
Luis de Montfort añade: "dos sabidurías han construido dos amores": la
sabiduría del mundo ha construido el amor de uno mismo a través de las
falsas riquezas, los falsos placeres, las falsas grandezas de este
mundo y la Sabiduría de Dios ha construido el amor a Dios y a nuestros
hermanos a través de la pobreza, la Cruz, la humillación que conducen
a la verdadera riqueza, a los verdaderos placeres, a la verdadera
grandeza.
Los
tres pilares de la sabiduría del mundo
Una vez
más encontramos los tres caminos de la búsqueda de la sabiduría. La
sabiduría del mundo no es falsa porque deambule por ellos, sino porque
se extravía por callejones sin salida. En lugar de buscar los
auténticos "tesoros" de que habla Jesús y de «amontonarlos en el
cielo, donde ni polilla ni carcoma los echan a perder, donde los
ladrones no abren boquetes ni roban» (Mt 6,20), corre en pos de las
falsas riquezas de este mundo.
Y como hay
tres falsos "tesoros", hay también tres falsas sabiduría
correspondientes a ellos. Montfort las llama "la sabiduría terrena",
"la sabiduría carnal" y "la sabiduría diabólica" (ASE 80-82).
"La
sabiduría terrena"
[...] es el amor a los bienes de la tierra. Los sabios del mundo
profesan esta sabiduría [...] cuando apegan el corazón a sus
posesiones; cuando todo lo encaminan a enriquecerse; cuando promueven
juicios y litigios inútiles para adquirir o conservar sus riquezas;
cuando –la mayor parte del tiempo– no piensan, hablan ni actúan sino
con miras a conseguir o conservar algún bien temporal...» (ASE 80).
En lugar
de buscar los "sólidos placeres" de la verdadera felicidad, la
sabiduría carnal conduce a quienes la siguen a no buscar «sino el
gozo de los sentidos; [...] aman la buena mesa; ...habitualmente sólo
piensan en comer, beber, jugar, reír, divertirse y pasarlo lo mejor
posible» (ASE 81).
Por
último, la sabiduría diabólica, en vez de buscar la verdadera
grandeza que pasa por el último puesto, ama y aprecia los honores. Los
que la siguen «aspiran –aunque secretamente– a las grandezas, honores,
dignidades y cargos importantes; [...] buscan hacerse notar, estimar,
alabar y aplaudir por los hombres...» (ASE 82).
Este
cuadro de los tres pilares de la sabiduría del mundo sólo tiene que
modificarse hoy para que se adapte a nuestros días: describe en forma
tan perfecta no sólo al "gentilhombre" del siglo XVII, sino al hombre
de todos los tiempos que, mañana –lo mismo que ayer y hoy– no podrá
menos de buscar su felicidad por esos tres caminos, a riesgo de
extraviarse tomando por auténticos los falsos valores.
Tres
características de la sabiduría del mundo
Para
completar el cuadro, ya tan parecido, de la sabiduría del mundo
opuesta a la de Dios, Montfort añade tres señales que la caracterizan
y que pertenecen también a todas las épocas, incluso si las palabras
para designarlas cambian. La sabiduría del mundo está sellada por la
sagacidad, el conformismo y la connivencia.
La
sagacidad es la forma en que la sabiduría del mundo nos arrastra
hacia el mal, haciéndonos creer que se trata del bien. No se lleva a
alguien al mal diciéndole que es el mal; a éste hay que cubrirlo con
apariencia de bien. «Nunca ha estado el mundo tan corrompido como hoy
–dice Montfort– [...] nunca había sido tan sagaz, prudente y astuto a
su manera. Utiliza tan hábilmente la verdad para inspirar el engaño;
la virtud, para autorizar el pecado; las máximas de Jesucristo, para
justificar las suyas..., que incluso los más sabios según Dios son
víctimas de sus mentiras» (ASE 79). La "sagacidad" es también la forma
en que todos, cuando nos guía el espíritu del mundo, sabemos esconder
nuestros errores y faltas bajo apariencia de virtud. Los "sabios del
mundo", dice Montfort, "aspiran –aunque secretamente–
a las grandezas". Buscan sus caprichos e intereses «pero no de modo
patente y provocador [...] sino de manera habilidosa, astuta,
engañosa y política» (ASE 75).
«El sabio
según el siglo[...] sabe desenvolverse... sacar ventaja temporal de
todo, sin dar la impresión de buscarla; conoce perfectamente
los gustos y cumplidos del mundo...» (ASE 76).
Hay que
ver cómo, sobre todo en los Cánticos, sabe Montfort hacer brillar esa
astucia del mundo que querría impedir a las gentes que se conviertan:
"¿Convertirte? Muy bien, muy bien,
un buen
espíritu no cambia nunca";
"Dios no
te exige aquella penitencia,
pero el
orgullo en ella se ha escondido..."
"Entonces,
deja la meditación,
que es un
asunto que se hace un peligro,
sujeta a
tropiezos y a tentaciones,
y en la
que el alma se hace perezosa..."
(CT 39,130.133.135).
¿Para qué?
¿Para qué tantos rosarios?
¡A
trabajar más bien, hermanos mío...!
(CT 39,136).
Sólo
apelando a la constancia e incluso a la humildad, al trabajo, que son
valores auténticos, logra el "mundo" que desistas de la conversión. Es
tan "habilidoso" que lograr hacerte creer que convertirte es caminar
en contra del Evangelio. Así de simple.
Sabe
hacerte desistir también mediante el conformismo. En el siglo
XVII, hablaban de "moda" y de "respeto humano". Obrar como los otros,
como todos, seguir al rebaño. El conformismo puede cambiar de campo y
de nombre, forma parte siempre de la sabiduría del mudo, que el P. de
Montfort describe ante todo como "conformidad perfecta con las modas y
máximas del mundo". Cuando uno quiere seguir el Evangelio,
sencillamente a la letra, siempre se distingue de los demás, y el
mundo no gusta de quienes no son como él, de quienes no "son como los
demás". Trata de hacerte entrar en la fila. Hay que obedecer al "qué
dirán"... Al contrario, dice Montfort, lo que cuenta es que lo que
Dios piensa de nosotros, porque vivimos bajo la mirada de "nuestro
gran Jesús".
Cuentan
que cierto día, el P. de Montfort caminaba con el hermano Nicolás por
el camino de Aigrefeuille a Nantes. Los dos misioneros estaban ya muy
fatigados. Varias veces había ya el Padre propuesto a Nicolás cargarlo
a sus espaldas. El hermano se había rechazado siempre a ello. Por
último, vencido por la fatiga, Nicolás acepta que su compañero eche al
brazo su gran manto, y que con el otro brazo sostenga al pobre hermano
agotado. Y miren al pobre cortejo que cojeando reemprende la marcha
hacia Nantes. Encontrábamos, relata Nicolás, de vez en cuando, grupos
de caballeros y damas y otras personas.
– Padre
mío, le dije, ¿qué dirá toda esta gente?
– Hijo
mío, me respondió, ¿qué dirá el buen Jesús que nos mira? (Le Crom,
pág. 338).
Tercera
característica de la sabiduría del mundo, la connivencia, el
"término medio", "el gentilhombre" del siglo XVII que se rechaza a
escoger entre el Evangelio y un éxito meramente humano. Un trozo de
camino con el Evangelio y otro con el mundo. Y avanzar así hasta la
muerte, sin optar jamás, sin comprometerse de verdad. Porque hay que
experimentarlo todo y mantenerse "libre":
«Vivir
como todo el mundo,
huir la
senda perfecta» (CT 36,63).
Montfort,
hombre del absoluto y de opciones radicales, percibía en qué medida se
hallaba en la ribera opuesta al don total esta vida sencillamente
"gentil", al burlarse del Evangelio.
4. LA
SABIDURIA DE DIOS
La
Sabiduría de Dios: «Debemos –nos dice Montfort– detestar y condenar
estas tres clases de falsa sabiduría para adquirir la verdadera. Esta
no busca el provecho propio, no arraiga en el terreno ni en el corazón
de quienes viven cómodamente, y aborrece todo lo grande y espectacular
a los ojos de los hombres» (ASE 83). Frente a falsas riquezas, a
falsos placeres, a falsos prestigios, aquí están los verdaderos
valores, la felicidad verdadera, la verdadera grandeza del Amor, la
verdadera Sabiduría de Dios.
El
tesoro de Dios
Todos
saben bien que, cuando uno ama, no tiene la misma sabiduría que cuando
no ama, no tiene el mismo "tesoro", los mismos valores, no hace las
mismas opciones. Incluso hace opciones completamente opuestas a lo que
hace cuando no ama. Porque amaba, el P. Kolbe optó por morir de hambre
en un bunker, para salvar al padre de siete hijos. Más cerca de
nosotros, porque ama también, Pablo, obrero especializado en una
fábrica de muebles, elige ser despedido para dejar su empleo a otro
trabajador.
Pero si
ya, cuando uno ama hace a veces opciones completamente opuestas a las
de una sabiduría sin amor, Dios que es el amor mismo, absolutamente
puro, la fuente y la perfección de todo amor, ¿qué opciones no puede
hacer? ¿Cuál puede ser la Sabiduría del Amor mismo? ¿Cuál puede ser su
"tesoro"? ¿Dónde puede El poner su "corazón"?
A tales
preguntas, Montfort aporta, en pos de san Pablo, una respuesta
maravillada. «Aquí es preciso exclamar con san Pablo: ¡Qué abismo de
riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!» (ASE 15). «¡Qué
elección tan sorprendente! ¡Qué designios tan sublimes e
incomprensibles! ¡Qué amor a la cruz tan inefable!» (ASE 168). ¿El
"tesoro" de Dios? No es otro que el hombre, es la humanidad. Y ¿dónde
pone su "corazón"? En ti, en mí, sobre todo en María, "el tesoro del
Señor", su "Paraíso", "donde ha puesto lo más precioso que tiene": su
Hijo predilecto. Sí, Dios ha puesto su corazón en la humanidad. Pero
estamos tan habituados a oír decir que Dios nos ama, que hemos perdido
completamente de vista que este amor procede de una "sabiduría"
sublime, incomprensible, desconcertante.
"Dios
ama"
Cómo El,
el Altísimo, el Infinito, el que ha creado cielos y tierra, el
infinitamente grande y el infinitamente pequeño, Aquel ante quien
«todas las naciones son como nada [...], una gota de agua en un cubo
[...], un grano de arena en el platillo de la balanza» (Is 40,15).
¿Aquel «ante quien mil años son como un día» (2 Pe 3,8), ha puesto su
"tesoro" y por tanto su "corazón" en mí, tan pequeño..., pobre,
pecador?
¡Esto si
este amor fuera una opción! Pero uno no escoge amar. Dios tampoco, si
se puede hablar así, escogió amar. Montfort lo presenta como seducido
por la belleza de la humanidad –una belleza del todo interior e
invisible, que es su fe–; ha sido "atraído", "amorosamente vencido"
(ASE 107; ver cap. 9). Si es verdad que en este amor hizo una opción,
su elección fue la de aceptar, El, el Omnipotente, dejarse vencer.
5. LAS
TRES GRANDES OPCIONES DEL AMOR
Esta
"Sabiduría incomprensible" del Amor se expresó en efecto por tres
grandes opciones, completamente opuestas a las de la sabiduría humana
marcada por el pecado. Frente a «todos los reinos de mundo y su
gloria» (Mt 4,8), el Amor escogió la pobreza, la Cruz y María.
«El Amo
del universo escogió no tener dónde reposar la cabeza» (Lc 9,58). «El
Dios inmortal escogió hacer la experiencia del sufrimiento y la
muerte. El Señor de las Virtudes escogió cargar con el pecado del
mundo y ser condenado como un criminal de derecho común» (P. Michel,
Le Règne de Jesús par Marie).
La
elección de la pobreza
Dios
escogió la pobreza: es Dios...
[...] Dios
no logra defenderse
de la
hermosura de la pobreza,
la ama y
aprecia hasta hacerse
pobre, muy
pobre en la humanidad»
(CT 20,4).
Mientras
el mundo sólo piensa en el dinero, en el provecho, en los bienes de la
tierra, Montfort hace decir a Jesús (que dialoga son los pobres):
Encuentro
en la pobreza / tal brillo y majestad
que la
hice esposa mía.
Y los
bienes del mundo traidor
son objeto
de horror para mí
(CT 108,6).
¿Por qué
brilla tanto la pobreza ante los ojos de la Sabiduría? Porque es la
verdadera riqueza de la cual los "falsos tesoros" no son sino una
caricatura. La elección de la verdadera sabiduría no es entre la
riqueza y la pobreza, sino entre la falsa riqueza que no es otra cosa
que pobreza y una pobreza que es auténtica riqueza. La pobreza del
rico, es su "anhelo" que lo "martiriza", porque nunca dice "basta":
«Cuanto
más posee el rico,
más y más
quiere tener;
ahí
encuentra su martirio
que no le
da reposo ni solaz»
(CT 20,34).
La riqueza
del pobre es su amor, es la confianza que puede vivir, son los bienes
que recibe del «fondo inagotable de la divina Providencia» (C 33).
La
elección de la Cruz
¡Dios optó
por la Cruz! Ciertamente no escoge el sufrimiento por el sufrimiento,
sino el sufrimiento por que no hay amor más grande que el de «dar la
vida por los amigos» (Jn 15,13), el sufrimiento porque el amor de Dios
«dicta leyes a su poder» (ASE 168). Montfort tenía clara conciencia de
que Dios, en su omnipotencia, hubiera podido evitar la Cruz y que la
opción por ella, a los ojos de una sabiduría puramente humana, es pura
locura. Pero Dios no es el Todopoderoso que uno se imagina, es el Amor
omnipotente y el Amor hace que esa omnipotencia se revele como
debilidad incomprensible. «¡Cosa sorprendente! (étonnant: tiene en el
siglo XVII un sentido mucho más fuerte que hoy; étonnant = que hiere
como el rayo). Ve algo que para los judíos es motivo de escándalo y
horror y para los paganos objeto de locura [...]. Y en la cruz detiene
su mirada [...] ¡Qué elección tan sorprendente! ¡Qué designios tan
sublimes e incomprensibles! ¡Qué amor a la cruz tan inefable!» (ASE
168). Porque tampoco era posible que Dios en Jesús haya sufrido el
tormento de la cruz y que –en una sabiduría que nos sobrepasa
totalmente– haya "optado" por ella. En contraposición a una sabiduría
totalmente humana marcada por el pecado, que sólo piensa en los
placeres («Los mundanos [...] gritan todos los días: ¡Vivir! ¡Vivir!
¡Paz! ¡Paz! ¡Alegría! ¡Alegría! ¡Comamos, bebamos, cantemos, bailemos,
juguemos!» [AC 10]), la Sabiduría de Dios opta por la Cruz y la ofrece
a quienes quieren seguirle: «Si alguno quiere seguirme, tome su
cruz...» (Mt 16,24).
La
verdadera felicidad
En cuanto
Montfort escribe acerca de la Cruz, siente uno que aparece telón de
fondo la meditación de san Pablo en su Primera Carta a los Corintios,
acerca de la "locura de Dios" que es más sabia que los hombres" (así
como su "debilidad" es más fuerte que ellos) [1 Cor 1,25]. La opción
de Dios no era entre "locura" y "sabiduría", sino entre la "sabiduría
del mundo que Dios ha herido de locura" y la "locura de Dios" que es
verdadera sabiduría. «Lo loco del mundo lo eligió Dios...» (1 Cor
1,20.25.27). La opción no es tampoco, como se imagina la sabiduría del
mundo, entre el sufrimiento y la felicidad, sino entre la felicidad
que es sufrimiento porque carece de amor y un sufrimiento que es
felicidad porque es, nos dice Montfort, «la causa, del alimento y
testimonio del amor» (ASE 176).
La
elección de la dependencia
Por
último, Dios a la inversa de una sabiduría mundana que busca la gloria
y se embriaga con las falsas grandezas, opta por depender de María y
ocupa el "último lugar", ese "último lugar que, decía el abate Huvelin,
nadie podría disputarle jamás". Porque descendía de lo alto... y
¡nadie jamás podría descender de tan alto! y por tanto caer tan bajo.
La
Sabiduría eterna habría podido "considerar como una presa su categoría
de Dios", pero Dios Hijo no tiene esas pretensiones y, por ello, en la
locura de su amor, optó por "anonadarse", por "tomar la condición de
esclavo haciéndose uno de tantos", por "despojarse". Y «así, nos dice
san Pablo, presentándose como simple hombre, se abajó más todavía,
obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,6-8). Pero la
humillación de la cruz ya está toda contenida en la humildad del
comienzo.
La locura
final, la de la cruz nos alcanza en nuestra carne, en nuestra
sensibilidad que se revela. La locura del comienzo, la de la
Encarnación, nos impacta menos. Y ¡sin embargo! ¡En Jesús, en el
momento de la Anunciación, es ciertamente Dios quien "se despoja" de
su divinidad! El que es todo opta por anonadarse. El Altísimo se
convierte en "bajísimo". El gran Soberano, siempre independiente y
suficiente a sí mismo, optó por depender en todo de una persona
humana, María... (VD 14.139.243), por empequeñecerse. Montfort que
estaba muy impresionado ante el escándalo de la cruz, ha sido casi más
sensible a la "locura" de la Encarnación. Percibía que la cruz estaba
ya ahí; no la cruz que el Hombre Jesús iba a asumir en su carne, en el
momento de su pasión, sino la cruz de Dios Espíritu, al encarnarse.
Siendo uno
el Hijo eterno, Aquel «que es antes de todo y en quien el universo
tiene su consistencia» (Col 1,16.17), no se convierte uno en
insignificante ser humano, en Hijo de María, sin experimentar la cruz
de la humildad absoluta, del anonadamiento.
¿Cuál
puede ser la "sabiduría" de un Dios que opta, en su libertad suprema
por anonadarse y "depender" de una creatura suya? No puede ser otra
que la Sabiduría del Amor mismo.
...que
es verdadera grandeza
Porque es
cuestión ciertamente de "sabiduría", de la inteligencia suprema del
Amor que bien sabe dónde se halla la grandeza verdadera y que el
camino de la humildad lleva a ella. «Al que se abaja lo encumbrarán» (Lc
14,11). Dios se abaja, se "anonada", despojado, será por tanto
"encumbrado", exaltado. «Por eso Dios lo encumbró sobre todo y le
concedió el título que sobrepasa todo título» (Flp 2,9).
La gloria
y esplendores de la resurrección, los ve Montfort ya presentes en la
Anunciación y en el establo de Belén: «El Dios encarnado [...] hizo
estallar su fuerza en dejarse llevar por esta jovencita; cifró su
gloria [...] en ocultar sus resplandores [...]; glorificó su propia
independencia y majestad en someterse a esta Virgen amable». «¡Oh
admirable e incomprensible dependencia de un Dios! Para mostrarnos su
precio y gloria infinita, el Espíritu Santo no pudo pasarla en
silencio en el Evangelio...» (VD 18).
6. ENTRAR
EN LA SABIDURIA DE DIOS
Las
opciones del Amor nos parecen tan desconcertantes que quizá deseamos
que Dios conserve para Sí mismo su Sabiduría. Pero mira que Montfort
nos invita a entrar en esa Sabiduría de Dios que es locura a los ojos
de los hombres, a comulgar en esa manera de ver del Amor, en su forma
de juzgar los valores. Hay que abandonar nuestra sabiduría marcada por
el pecado, que nos impide amar verdaderamente y experimentar la
verdadera felicidad, y entrar en la mentalidad de Cristo, compartir
sus sentimientos, hacer nuestras sus "opciones", y colocar nuestro
corazón donde El pone el suyo: «Entre Uds. tengan la misma actitud de
Jesucristo» (Flp 2,5).
Cuando el
P. de Montfort nos propone entregarnos totalmente a la Virgen María
para consagrarnos mejor a Jesucristo, nos está invitando a realizar
una experiencia de "sabiduría".
Y entre
las tres opciones que el Amor ha hecho, en su sabiduría, para unirse a
nosotros (la pobreza, la cruz, la dependencia de María), sobre todo
nos invita a la última porque contiene a las otras dos y es quizá la
más humana...
Seguir
el ejemplo de Dios
¿Es
posible actuar mejor que Dios? Ahora bien «esta Sabiduría infinita,
inmensamente deseosa de glorificar a Dios, su Padre, y salvar a los
hombres, no encontró medio más perfecto y rápido para realizar sus
anhelos que someterse en todo a la Sma. Virgen... Teniendo, pues, ante
los ojos ejemplo tan claro y universalmente reconocido, ¿seremos tan
insensatos que esperemos hallar medio más perfecto y rápido para
glorificar a Dios que no sea el someternos a María, a imitación de su
Hijo?» (VD 139). Uno tendría que estar loco para creer que puede
hallar una "sabiduría" mejor que la "locura de Dios" (1 Cor 1,25).
CUESTIONARIO
1. ¿Qué
relaciones se pueden descubrir entre Sabiduría y felicidad? ¿Cómo se
aclaran y complementan "amar" y "conocer"? ¿y amar e irradiar?
2.
¿Cuáles son los tres pilares de la sabiduría del mundo? ¿Cuáles son
sus características?
3.
¿Cuáles son las tres opciones del Dios Amor en vista de la salvación?
4. ¿Cómo
optar por la Sabiduría de Dios hoy?
ORACION
En la
inmensa locura de la Encarnación de tu Hijo
y en el
sublime escándalo de la Cruz,
oh Señor y
Padre nuestro,
nos has
revelado la Sabiduría y poder de tu Amor,
que viene
a derrumbar y destruir
nuestras
pobres sabidurías de hombres,
contaminadas de pecado.
Tú
escogiste lo necio para humillar a los sabios,
tú
escogiste lo débil para humillar a los fuertes,
tú
escogiste lo plebeyo y despreciado
e incluso
lo que no existe
para
anular a lo que existe (1 Cor 1,23-28).
Con María,
saltamos de gozo y te exaltamos,
porque
también hoy sigues
fijando
los ojos en tu humilde esclava,
mientras
dispersas a los soberbios;
derribando
a los poderosos de sus tronos,
mientras
encumbras a los humildes;
saciando
de bienes a los hambrientos,
mientras
despides a los ricos,
con las
manos vacías (Lc 1,48-53).
Concédenos, te pedimos,
que no
reduzcamos nunca
el
escándalo y locura de la cruz
a una
simple sabiduría humana
por
hermosa que sea (Gal 5,11; 1 Cor 1,17-18).
Haz que
nos dejemos llevar cada vez más
por tu
Espíritu de Amor.
Que El nos
permita penetrar en tu Sabiduría
y optar
como optó tu Hijo predilecto,
siguiéndolo hasta el final
por el
sendero de la Pascua.
III. UN
SECRETO DE SANTIDAD
«Pongo
en tus manos un secreto que me ha enseñado el Altísimo y que no he
podido encontrar en libro alguno antiguo ni moderno. Te lo entrego con
la ayuda del Espíritu Santo...» (SM 1). «La práctica que quiero
descubrirte es uno de esos secretos de la gracia ignorado por gran
número de cristianos, conocido de pocos devotos, practicado y
saboreado por un número aún menor» (VD 82). Montfort presentó siempre
su mensaje espiritual como un "secreto" que hay que descubrir. De nada
sirve querer forzar la entrada: es objeto de revelación. Montfort a su
vez lo recibió como gracia y «sólo el Espíritu Santo puede con
conducir a él a quien sea fiel en extremo...» (VD 119).
1. LOS
TRES SENTIDOS DEL TERMINO "SECRETO"
Una
confidencia
Montfort
encontró el término "secreto" en la cultura popular de su tiempo, como
un medio para atraer, intrigar, que asume el carácter de una
"confidencia" hecha al amigo. «¿No lo sabías? ¡Ah! ¡Si lo supieras!
¡Bueno!, voy a confiarte un "secreto". ¿No lo revelarás a nadie?
¿Seguro? ¡Bien!, mira...». Imaginémonos, que hoy vienen a presentarnos
el mensaje evangélico, por ejemplo, las Bienaventuranzas, como un
secreto: ¿Quieres ser feliz?, ¿infinitamente feliz?, ¿con la felicidad
misma de Dios? ¡Bien!, voy a revelarte el secreto supremo de su
felicidad. Escucha bien: «¡Dichosos los que eligen ser pobres...!» (Mt
5,3). Si nos presentaran la Buena Noticia de esta manera, sin duda que
nos sentiríamos "interesados" ante un mensaje que conocemos demasiado
bien, que creemos conocer...
Una
revelación
Porque, al
presentar la dicha inmensa de la Consagración a Jesús por manos de
María como un "secreto", Montfort quiere también hacernos comprender
que únicamente el Espíritu Santo puede revelárnosla. Uno puede saberse
de memoria las Bienaventuranzas, sin comprender realmente nada de
ellas. Porque una cosa es conocer con la inteligencia, y otra recibir
la "revelación" del Padre. «¡Bendito seas, Padre, Señor de cielo y
tierra, porque se has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos,
se las has revelado a la gente sencilla... Quién es el Hijo lo sabe
sólo el Padre; quién es Padre lo sabe sólo el Hijo y aquel a quien el
Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10,21-22).
Ahí está
quizá la ilusión más grande. Uno cree conocer, poder comprender
apoyándose en sus propias fuerzas y olvida que no puede conocer sino
por "revelación", y entonces como dice el mismo Jesús "uno ve sin ver"
y "oye sin oír ni comprender" (Mt 13,13).
Montfort
sabía bien que su mensaje, que no es otra cosa que una forma de leer
el Evangelio, estaba sometido a la misma ley de la "revelación". Y
entonces nos advierte: solamente con "la gracia y la luz del Espíritu
Santo" puede uno entrar en la "práctica interior y perfecta" que
quiere descubrirnos (VD 55).
Un
secreto de la gracia
Al
servirse del término "secreto", quiere también decirnos que esa
experiencia de la entrega total a María, para pertenecer a su Hijo
(incluso si la consagración conlleva grados diferentes que "impiden
que todos la comprendan de la misma manera") es un medio fácil y
sencillo, "un camino fácil" (VD 119): «Así como hay secretos naturales
para hacer en poco tiempo, con pocos gastos y gran facilidad ciertas
operaciones naturales, también hay secretos en el orden de la gracia
para realizar en poco tiempo, con dulzura y facilidad, operaciones
sobrenaturales... La práctica que quiero descubrirte es uno de esos
secretos de la gracia...» (VD 82).
¿Otro
medio?
Hay que
reconocer aquí una intuición muy profunda de Montfort. Que se podría
expresar así: la vida cristiana está hecha para los hombres. Si en la
práctica cotidiana, se manifiesta demasiado difícil, si la entrega de
nosotros mismos que estamos llamados a vivir en nombre del amor (Jn
15,13) es demasiado crucificante, incluso con la gracia de Dios, es
quizá que hemos olvidado un "medio" que se nos había dado, que estaba
previsto en el programa, precisamente para "humanizar" lo que supera
nuestras fuerzas. Simplificando un tanto –pero también para presentar
las cosas en forma nueva– podríamos decir: Dios no hace nada sin
nosotros. Nos ama demasiado para hacerlo todo El solo. Hallamos
entonces, en primer lugar, nuestra acción, nuestra participación, el
"trabajo humano". Este es el primer medio.
Se da
también –segundo medio indispensable– la gracia, el Espíritu Santo,
sin el cual –evidentemente– nuestra acción queda estéril. Pero quizá
se da todavía otro medio que es a la vez camino para alcanzar la
"gracia" sin salir de la humanidad, un camino que es una persona
humana, así de sencillo: un ser humano, una mujer, totalmente de
nuestro lado, pero al mismo tiempo "llena de gracia", perfectamente
trasparente al Espíritu y cuya vocación es "humanizar" a Dios,
humanizar el Amor cuando la cruz se presenta.
De los
tres sentidos del término "secreto", que vuelve tan a menudo,
quedémonos por ahora con el segundo: "confidencia" o "receta" de
santidad, el "camino" que Montfort nos muestra es ante todo objeto de
"revelación". En ese camino encontramos a María la Encarnación, la
Cruz: otros tantos "secretos", sin contar el "camino" en sí mismo.
2. TRES
SECRETOS
"El
secreto de María"
María,
antes que nadie, en su propia persona. Incluso si este título del
librito de Montfort no es suyo, responde bien a su pensamiento:
«¡Feliz, una y mil veces en esta vida, aquel a quien el Espíritu Santo
descubre el secreto de María para que lo conozcan! ¡Feliz aquel que
puede entrar en este jardín cerrado y beber abundantemente en
esta fuente sellada el agua viva de la gracia!» (SM 20).
María
escondida en Dios
María es
también el "verdadero paraíso terrestre del nuevo Adán" guardado por
el Espíritu Santo (VD 261. 163). "Jardín cerrado", "fuente sellada",
"paraíso guardado": otras tantas expresiones sacadas del Cantar de los
cantares y del Génesis, para recordarnos que María está "oculta",
porque a través de Ella, la Esposa, la Iglesia personificada (en su
respuesta perfecta a la vocación que ha recibido), se halla "oculta",
"secreta": «Su humildad fue tan profunda, que no hubo para Ella anhelo
más firme y constante que el de ocultarse a sí misma y a todas las
creaturas para que solamente Dios la conociera» (VD 2). Y Montfort
expone una especie de "conspiración" de la Trinidad toda (Padre, Hijo
y Espíritu Santo), para responder a sus deseos: «El Altísimo se ha
reservado para Sí el conocimiento y posesión de Ella [...], el Hijo
tuvo a bien humillarla y ocultarla durante su vida, para fomentar su
humildad, [y María es] la Esposa fiel del Espíritu Santo, único que
puede entrar allí» (VD 5).
Dios
oculto en María
Sin
embargo, esta "conspiración" de la Trinidad para "ocultar" a
misteriosa: ahora no es María quien pide ser ocultada, sino la
Sabiduría eterna y con ella el Padre y el Espíritu Santo quienes
vienen a esconderse en la humanidad, porque han resuelto depender de
María por amor. «María –nos dice Montfort– es la magnificencia del
Altísimo, quien ocultó allí, como en su seno, a su Unigénito y con El
lo más excelente y precioso» (VD 6).
María se
ha ocultado en Dios, y Dios también se ha ocultado en María y ambos
encuentran en ello su gloria (VD 5. 18).
El
secreto de la Encarnación
El
"secreto de María" no forma pues sino uno solo con el de la
Encarnación, que Montfort nos describe también como el «primer
misterio de Jesucristo, el más oculto, el más relevante y el menos
conocido» (VD 248) porque es el de Jesús que vive y reina en María.
Hay como un doble "secreto" en este "misterio".
Jesús y
María
El primero
es que Dios mismo está "escondido" en una creatura humana. Es muy
cierto que, en el momento de la Encarnación, sólo podía uno encontrar
a Jesús en María y por María (ver VD 246). Para dar a este misterio
toda su importancia y resonancia, es bueno confrontarlo con el de la
Iglesia que no es otra cosa que su prolongación. También en la
Iglesia, Dios se halla oculto en los hombres y por medio de ellos, es
imposible abordarlo, "verlo" (Jn 1,18), hablarle fuera de los hombres
y prescindiendo de ellos. Un día le preguntaremos a Jesús: «Señor,
¿cuándo te hemos visto?», y El nos responderá: «Tuve hambre y me
dieron de bebe...» «Lo que hicieron al menor de mis hermanos, a Mí lo
hicieron...» (Mt 25,35. 37. 40). «El que acoge a uno de estos pequeños
por mi causa me acoge a Mí; y quien me acoge, no me acoge a Mí, sino
al que me envió» (Mc 9,37). Al acoger al pobre, al pequeño, a mi
hermano, al acoger también a la Iglesia, al que Jesús envía (Jn 13,20;
15,20), acojo directamente a Jesús, así como acojo al Padre al acoger
a Jesús. Diríamos que casi no hay distancia del pobre a Jesús, de la
Iglesia a Jesús: no mayor distancia que entre Jesús y su Padre. Este
es el misterio de la Iglesia, éste su "secreto" y éste el "secreto" y
misterio de María. Diríamos también que no hay –más adelante lo
veremos– mayor distancia entre María y Jesús que entre Jesús y su
Padre.
Jesús y
la Iglesia
El segundo
secreto, que es sólo consecuencia del primero, es que en este misterio
de la Encarnación, Jesús en María no está solo. Constituye una sola
cosa con los miembros de su Cuerpo del que ya no se lo puede separar;
y la madre del que es la "cabeza" es también ya la madre de los
miembros. Por tanto, ya, en cierta forma, estábamos todos presentes en
el momento de la Anunciación, inseparables del que es nuestro "Hermano
mayor" (Rom 8,29) y con quien no formamos sino una sola cosa. Algo así
como todos los "sí" que Jesús pronunció a lo largo de su vida
–incluido el de su agonía (Mt 26,39)– estaban contenidos ya en el
primer "sí" de la Anunciación (ver Hb 10,5-9). Del mismo modo nosotros
que un día llegaríamos a ser Cuerpo suyo, estábamos ya "contenidos" en
aquella primera célula que era El en el momento de la Encarnación (VD
32.248.264).
Cuando
Montfort nos invite a "consagrarnos" a Jesús por manos de María,
partirá de este secreto: de este "misterio" de la Iglesia ya presente
–en cierta forma– en el momento de la Anunciación: somos los miembros
de Jesús y por lo mismo no podemos tener otra madre que la suya. ¡Así
de simple! Lo que aconteció en la Anunciación sigue aconteciendo hoy.
Pero –como dicen– "no es evidente". Se debe haber entrado antes en el
"secreto" de nuestro ser de miembros, haber sentido como en lo más
profundo de nosotros mismos, el vínculo que nos une a Aquel que es
nuestra "Vida". Pero, decía Jesús a su Padre: «Has escondido todo esto
a los sabios y entendidos...» (Lc 10,21). Solamente el Espíritu puede
conducirnos más allá de las palabras y revelarnos el "secreto".
El
secreto de la Cruz
Pero «aquí
está, a mi modo de ver –dice Montfort– el mayor "secreto del Rey", el
misterio más sublime de la Sabiduría eterna: la Cruz» (ASE 167). «Como
a los Apóstoles, [la Sabiduría] revela con frecuencia a sus amigos
todos sus secretos, pero no los de la cruz, a menos que lo hayan
merecido por su gran fidelidad y esfuerzos. [...] ¡Oh!, cuán humilde,
pequeño, mortificado, interior y menospreciado del mundo has de ser
para conocer el misterio de la cruz...» (ASE 174). ¡Hemos llegado por
fin! Para la inteligencia humana, el misterio de la cruz no es sino
escándalo y locura. En primer lugar, lo es la Cruz de Jesús. Con
Pedro, le decimos con toda naturalidad: «¿Tú?, ¿subir a Jerusalén?,
¿padecer mucho...? ¡No, eso jamás!» (Mt 16,22). Y, ¿esa Pasión que
Jesús sigue viviendo hoy misteriosamente en los miembros dolientes de
su Cuerpo?, ¿cómo comprenderla?, ¿cómo percibir en ella algo diferente
de una locura? Uno quisiera decirle: «Si eres el Hijo de Dios, baja
también de esta inmensa cruz del mundo (Mt 27,40). ¿No te bastaba tu
cruz que has tomado también la nuestra?» ¿Cómo comprender en
definitiva que pueda hallarse gozo en que nos insulten, nos persigan,
nos calumnien, aunque sea por causa de Jesús? «Estén alegres y
contentos, porque su recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11).
Montfort
hace eco a estas palabras: «Uds. que han experimentado tantas
tentaciones y aflicciones, que padecen persecuciones por la justicia,
que son considerados como la basura del mundo, ¡consuélense,
regocíjense, salten de alegría! Porque la cruz que llevan es un don
tan valioso...» (ASE 179). ¿Cómo es posible todo esto? «Piensas
–responde Jesús a Pedro– no como Dios, sino como los hombres...». Sí,
para "conocer" el misterio de la Cruz necesitamos una «revelación
proveniente no de la carne ni de la sangre, sino del Padre...» (Mt
16,17; 23) La cruz es un "secreto".
3. TRES
CONDICIONES PARA ENTRAR EN EL SECRETO
Para que
el Espíritu nos revele este camino de santidad que es ante todo un
camino elegido por el mismo Dios para venir a nosotros, Montfort
presenta tres condiciones, que ya hallamos en el Evangelio. Su
"Secreto" es un mensaje que hay que implorar, acoger con humildad y
vivir en lo cotidiano de la vida.
La
oración...
En las
primeras líneas del Secreto de María, podemos leer: «Antes de
satisfacer tu natural y precipitado afán de conocer la verdad, recita
devotamente, de rodillas, el Ave, Maris Stella y el Veni
Creator Spiritus, para pedir a Dios la gracia de comprender y
saborear este divino misterio» (SM 2). El Ave Maris Stella y el
Veni Creator no nos dicen ya nada seguramente y el término
"devotamente" puede parecernos envejecido. Poco importa. Lo esencial
es que debemos orar a María y al Espíritu Santo, pedirles la gracia de
"comprender" y "saborear"; de lo contrario, el mensaje quedará cerrado
para nosotros, incluso y sobre todo, si creemos comprenderlo.
El segundo
de los cuatro medios para alcanzar "el tesoro infinito de la
Sabiduría" es –no lo olvidemos– la oración continua: «Cuanto mayor es
un don de Dios, tanto más difícil es alcanzarlo. ¿Cuántas plegarias...
no implicará entonces el don de la Sabiduría, que es el mayor de todos
los dones de Dios? ...La oración es el canal por el cual comunica Dios
ordinariamente sus gracias, y de modo especial su Sabiduría» (ASE
184). Si la consagración a Jesús por María es entrar en la Sabiduría
misma de Dios, para poder amar como El y participar en sus opciones de
amor, equivale a decir que es una comunicación de sus secretos. Pero,
«nadie conoce los secretos de Dios fuera del Espíritu de Dios...» (1
Cor 2,11), y Montfort veía en la oración el único medio para acoger la
revelación inefable. El mismo lo había experimentado ya. Al orar,
entramos en un mundo distinto del de la simple reflexión y el
"análisis". Si es ya verdad que todo ser humano, cada uno de nosotros,
es "un pequeño acervo de secretos" (Malraux), que nadie conoce sino
por "revelación", ¿qué debemos pensar de Dios mismo, del "secreto de
Dios"? Si la simple reflexión y el análisis, por sabios que sean, no
pueden conducirnos sino hasta el umbral del misterio del hombre, sin
permitirnos nunca entrar de verdad en él, ¿qué pensar del misterio de
Dios? «¿Quién conoce los secretos del hombre sino el espíritu del
hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce los secretos de
Dios sino el Espíritu de Dios» (1 Cor 2,11) y «aquel a quien el Hijo
se lo quiera revelar» (Lc 10,22).
La
humildad
Los
"secretos de Dios" deben acogerse también humildemente. Orar es ya
vivir la humildad, reconocer que no puedo comprender y menos aún
"saborear" por mí mismo, que necesito de Otro, de su luz que me
ilumine: mi reflexión personal es buena y necesaria pero tiene que ser
"fecundada" por el Espíritu Santo. Si el "misterio del Reino de los
Cielos", se revela a "los humildes y sencillos", también "El Secreto
de María" sólo se abre a los humildes. Para ellos escribe Montfort:
«Si yo hablara a ciertos sabios actuales, probaría cuanto afirmo sin
más... Pero estoy hablando de modo especial a los humildes y
sencillos. Que son personas de buena voluntad, tienen una fe más
robusta que la mayoría de los sabios y creen con mayor sencillez y
mérito...» (VD 26).
Lo
nacido del Espíritu...
No se
trata ciertamente de menospreciar las ciencias humanas ni la
inteligencia creada por Dios, y los "pobres" a quienes Montfort se
dirige en primer lugar no constituyen sin duda una categoría social,
son los "pobres" del Evangelio, los que "eligieron ser pobres", pobres
en el "corazón" y la "mente", que pueden ser igualmente grandes
sabios. A cierto nivel, el mensaje espiritual de Montfort, surge como
no importa qué obra humana, del análisis intelectual y de la "crítica"
literaria, histórica, sociológica. No obstante, lo esencial no está
ahí: está más lejos... o más cerca. Porque hay "crítica" y "crítica",
como hay "inteligencia" e "inteligencia". Montfort, por su parte, se
quejaba de los que podrían llamarse los "críticos del corazón",
seguros de sí mismos, porque sentía que su actitud profunda se hallaba
en la parte opuesta del espíritu "de infancia" de los "pequeñitos",
únicos que pueden recibir la revelación del Padre (Lc 10,21). A estos
"falsos sabios" se dirige cuando escribe: «Si algún crítico, al leer
esto, piensa que hablo aquí hiperbólicamente o por devoción exagerada,
no me está entendiendo. O porque es hombre carnal, que de ningún modo
gusta de las cosas del espíritu, o porque es del mundo –de ese mundo
que no puede recibir al Espíritu Santo–, o porque es orgulloso y
crítico, que condena o desprecia todo lo que no entiende. Pero quienes
nacieron no de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la
voluntad de varón, sino de Dios y de María, me comprenden y gustan y
para ellos estoy escribiendo» (VD 110).
Una
claridad que constituye una defensa
Para
colocarse más al nivel de aquellos para quienes escribe, se podría
decir que Montfort escribe "pobremente", "humildemente". Sólo faltaría
que cierta claridad ceda el paso y permita creer en una debilidad de
pensamiento. En realidad, esa sencillez –un tanto semejante a la de
las parábolas del Evangelio– oculta una real profundidad. Jamás
acabaremos de profundizar en la parábola del "hijo pródigo", que sin
embargo es tan clara... En cierta forma de la misma manera se puede
afirmar que una obra pequeña como el Tratado de la Verdadera
Devoción a la Sma. Virgen es uno de esos libros –como dice Juan
Pablo II– "que no basta con haberlos leído", sino que es preciso
releer sin cesar –"Volvía -dice- una y otra vez a ciertas páginas"–
porque en ellas se descubren sin cesar nuevas riquezas. Dado que
escribe para los pobres, Montfort se expresa con toda claridad para
que ellos lo entiendan. Pero visto desde otras perspectivas, la
claridad puede ser también una "defensa", una forma de guardar el
"secreto" y hacer que –como dice Jesús– viendo no vean y oyendo no
oigan ni comprendan (Mt 13,13-14). Montfort no pretendía componer
"parábolas" ni quería impedir el acceso a su mensaje, al contrario,
quería propagarlo (VD 110). Pero, al mismo tiempo, tenía conciencia de
escribir un "secreto" que en mucho lo seguiría siendo: «...uno de esos
secretos de la gracia ignorado por gran número de cristianos, conocido
de poco devotos, practicado y saboreado por un número aún menor» (VD
82).
La
experiencia
El Secreto
de María es un mensaje que hay que vivir en lo ordinario de la vida.
No es suficiente "conocerlo"; es preciso ante todo "practicarlo" y
"gustarlo", hay que vivir lo que uno ha descubierto: «Alma
predestinada, pongo en tus manos un secreto... con la ayuda del
Espíritu Santo a condición de que... te empeñes en vivirlo... Porque
la eficacia de este secreto corresponde al uso que se hace de él.
¡Cuidado con cruzarte de brazos! Pues mi secreto se convertirá en
veneno... Al principio lo apreciarás sólo imperfectamente... Con el
tiempo, a medida que lo vayas poniendo en práctica en la actividad de
cada día, comprenderás su precio y excelencia...» (SM 1). Se tiene la
impresión de que "El Secreto de María" lo mismo que el Evangelio se
presenta ante todo como palabra a vivir: «Todo aquel que escucha estas
palabras mías y no las pone por obra se parece al necio que edificó su
casa sobre arena [...] y se hundió. ¡Y qué hundimiento tan grande!» (Mt
7.26-27).
Es curioso
por lo demás ver a Simona Weill repetir casi las palabras de Montfort:
«Cuando se descubre la luz más pequeña, hay que ponerla en práctica,
de lo contrario esa luz se volverá veneno en nosotros» (La
Pesanteur de la Grâce).
Lo que
Montfort nos transmite es, además, fruto de su propia experiencia:
«...lo que he enseñado con fruto en público y en privado en mis
misiones, durante muchos años» (VD 110). «En cuanto a mí que esto
escribo, he aprendido por experiencia que...» (SAR 113). Y cuántas
veces no repite: «Si supieras... Si supieras...» «Si conociéramos la
dicha interior que significa conocer la belleza de la Sabiduría...»
(ASE 10). «Si se conociera el valor de la Cruz...» (ASE 177). María, «oh...
¡si conocida fuera!» (CT 76,1).
Más allá
de un simple "saber", sentimos el afán de compartir una experiencia
vital, con el pesar de que uno se contente a menudo con conocer lo que
sólo puede saber realmente si se lo vive. Tras la oración y la humilde
confianza en aquel que te invita a compartir la propia experiencia, la
vida nos enseña lo que ante todo está hecho para vivirlo. «Sólo la
experiencia te enseñará las maravillas que María realiza. Maravillas
que parecen increíbles a los sabios y orgullosos...» (SM 57).
«Infinitamente más de lo que aquí te digo es lo que te enseñará la
experiencia y lo que encontrarás por ti misma. Si eres fiel en lo poco
que te enseño, hallarás tantas riquezas y gracias en la práctica, que
quedarás sorprendida y rebosante de dicha...» (SM 53).
En las
acciones corrientes de la vida
Y si para
experimentar esas "maravillas" hubiera que salir de lo "cotidiano" y
vivir en lo extraordinario, podríamos dudar y decir que no es para
nosotros. Pero Montfort nos invita a practicar su "secreto", a ras, en
lo cotidiano y corriente de la vida. «Te servirás de él en las
acciones ordinarias de la vida...» (SM 1): lavando la loza, cuidando a
los enfermos, "cambiando" su pieza en la fábrica, ocupándose de los
propios hijos, viviendo la propia enfermedad...(VD 171). Llegar a la
«conversión del propio corazón sin hacer otra cosa que realizar las
acciones del propio estado bastante ordinarias» (VD 172). Sí, es un
gran "secreto" que vale la pena descubrir.
CUESTIONARIO
1. ¿Qué
sentidos da el P. de Montfort a la palabra "secreto"?
2.
¿Cuáles son los tres "secretos" del P. de Montfort? Y ¿Cuáles las
condiciones para entrar en ellos?
3. ¿Qué
otros sentidos da Ud. al término "secreto"? ¿Son según Dios o
contrarios a El los "secretos" de Ud.?
4. ¿Qué
opción toma Ud. al respecto?
ORACION
Oh Señor y
Padre nuestro:
Con Jesús,
tu Hijo predilecto,
y con toda
la Iglesia exultamos de gozo,
bajo la
fuerza del Espíritu Santo y te glorificamos:
"Bendito
seas, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque si
has ocultado todo esto a sabios y entendidos,
se lo has
revelado a la gente sencilla.
Sí, Padre,
bendito seas, por haberte parecido eso bien.
Tú lo has
entregado todo a tu Hijo,
y nadie
sabe quién es Jesús, sino tú solo,
ni sabe
nadie quién eres tú, sino tu Hijo,
y aquel a
quien el Hijo se lo quiera revelar (Lc 10,21-22).
Danos ese
corazón de la "gente sencilla"
a quien se
comunican los tesoros de tu Sabiduría.
Que tu
Espíritu Santo que sondea lo profundo de Dios,
y conoce
los secretos del Amor (1 Cor 2,10-11),
venga a
revelarnos el "Secreto de María",
concediéndonos la gracia de "comprender y saborear
ese divino
misterio" (SM 2).
Y dado que
este "secreto"
sólo va
creciendo a medida que se lo pone en juego,
concédenos
ponerlo en práctica día tras día
en las
acciones corrientes de la vida;
entonces
apreciaremos su valor
y te
daremos gracias por siempre jamás.
IV. LA
DEBILIDAD DE DIOS
Es
natural que la sabiduría del Amor nos desconcierte en sus opciones
porque nos revelan la "debilidad de Dios". Pero esta debilidad nos
permite también amarlo, dado que un Dios poderoso y fuerte nos
infundiría temor. Ciertamente, «lo que es debilidad en Dios, nos dice
san Pablo, es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,25). Pero esta
fuerza –dado que está hecha de "debilidad" consagrada por el amor– no
tiene nada que ver con las "potencias" de este mundo. Es la fuerza del
Espíritu de Dios cuya experiencia se nos invita a realizar entrando en
su debilidad.
1. AL
HACER UNA REFLEXION SERIA... (VD 139)
El mensaje
que Montfort nos invita a vivir parte al mismo tiempo de una
experiencia de vida y de una reflexión seria a cerca de la conducta de
Dios. En su vida y en su apostolado, el misionero había podido
constatar que Dios se había servido de su "debilidad" para realizar
sus "maravillas": «Sigue –escribe a María Luisa de Jesús– redobla
incluso tus súplicas en favor mío. Que se trate de extrema pobreza, de
una cruz muy pesada, de abyecciones y humillaciones: todo lo acepto
con tal que –al mismo tiempo– pidas a Dios que esté a mi lado y no me
abandone un solo instante a causa de mi infinita flaqueza...» (C 15).
Y a los habitantes de Montbernage, tras el éxito extraordinario de la
misión que –les dice– «Jesucristo, mi Maestro, acaba de darles»,
escribe también: «En medio de todo esto, me siento débil, más aún, la
debilidad personificada; soy ignorante, más aún, la ignorancia misma y
lo demás... que no me atrevo a decir...» (Carta a los de Montbernage,
7; BAC 451, 614).
Había
hecho la experiencia de lo que san Pablo había vivido él mismo en
Corinto y que llama "una demostración de Espíritu y poder". Todo había
partido de la "debilidad", de una triple debilidad: la suya en primer
lugar: «Yo mismo –escribe Pablo, me presenté a Uds. débil, temeroso y
temblando»; también la de sus hermanos: «consideren a quiénes llamó
Dios: no hay muchos intelectuales, ni muchos poderosos, ni muchos de
buena familia...»; y sobre todo la debilidad del mensaje: «con Uds.
decidí ignorarlo todo excepto a Jesucristo, y a éste, crucificado» (1
Cor 1,26; 2,2-3).
Pero el
Espíritu Santo se había servido de esta triple debilidad para
convertirla en fuerza y "poder".
...sobre la conducta de Dios
Del mismo
modo, también Montfort, a partir de su propia experiencia misionera,
descubre como Pablo, que lo que vive responde a lo que Dios vive. Su
experiencia coincide con la de Jesús. Su debilidad de apóstol no es
sólo una debilidad humana, es debilidad de Dios, más fuerte que los
hombres (1 Cor 1,25). Pero mientras Pablo descubre la debilidad de
Dios en Jesús crucificado, Montfort (que, por lo demás, insiste tanto
en la cruz) la contempla sobre todo en el Verbo encarnado. Cuando «se
reflexiona seriamente –dice– en la conducta de la Sabiduría encarnada,
que no quiso... entregarse directamente a los hombres, sino que
prefirió comunicarse a ellos por medio de la Sma. Virgen... no desdeñó
encerrarse en el seno de la Sma. Virgen como prisionero y esclavo de
amor...se anonada la razón humana...» (VD 139).
...se
anonada la razón humana
¿Cómo es
posible que el Dios todopoderoso haya aceptado, haya optado libremente
por vivir una "debilidad" como ésta? ¡El Dios altísimo, convertido en
"niño pequeño y débil, necesitado de los cuidados y asistencia de su
santísima Madre"! (VD 139). La razón se anonada frente a los
interrogantes que le plantea la "conducta de Dios". De repente
enloquecida, "siente pánico". Es el vértigo de la inteligencia que ya
no logra reconocerse a sí misma. ¿Quién dijo que no es digno de ser
hombre el que no padezca de vértigo ante a lo infinitamente grande o
lo infinitamente pequeño de la creación? Menos dignos somos aún de ser
hombres si nuestro espíritu no "se anonada" al "reflexionar
seriamente" en esa "debilidad" del Omnipotente. Porque la tentación
sigue ahí presente: ¿y si no fuera cierto...?, ¿y si todo fuera sólo
una ilusión?, ¿un hermoso sueño? La inteligencia está pronta a todo
–incluso a la incredulidad– con tal de "recuperarse". Esta "conducta
de Dios" es tan desconcertante que nuestra razón enloquecida
preferiría quizá que no fuera cierto. ¡Un Dios que no se encarna, un
Dios que sigue siendo Dios, un Dios que se mantiene en su puesto da
tanta seguridad a nuestra inteligencia! ¡Mientras que un Dios que se
encarna, que se "anonada", que se hace hombre sin dejar de ser Dios,
que no ha manifestado nunca su divinidad como al hacerse hombre...!
«Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?» (Jn
6,60). Y ciertamente que sería preferible perder la fe que pensar en
conservarla olvidando el "escándalo" y la "locura", no sólo de la
Cruz, sino también y ante todo de la Encarnación.
2. LA
«DEBILIDAD» DE LA DEPENDENCIA
Porque hay
otro medio (menos honorable que la incredulidad) para salir del
"escándalo", y consiste en olvidar el problema. Uno sigue creyendo,
"olvida", se acostumbra a la "locura" de Dios o se conmueve ante el
niño del pesebre o los sufrimientos de Jesús crucificado. Pero
Montfort no se contenta con conmoverse. Lo que lo impacta frente a esa
"debilidad" de Dios es la dependencia. ¿Un Dios que acepta hacerse
dependiente? Normalmente, el hombre depende de Dios, su Creador, ya
que de él lo recibe todo: «La vida, el movimiento, el ser» (Hech
17,28). Y mira que, al encarnarse, Dios opta en Jesús, por depender
del hombre, por tener una madre y depender de ella en todo, como
cualquiera de los hijos de los hombres.
Se hubiera
dado pues un "viraje" inesperado que era el viraje del amor. Se
hubiera podido, se hubiera quizá debido esperar ese resultado, porque
cuando uno ama, uno depende de aquél, de aquella a quien ama, y «Dios
es Amor» (1 Jn 8,16). Dios debía, por tanto, a su vez, depender, pero
aún entonces ¡sigue resultando tan inverosímil! que Dios dependa de
nosotros...sencillamente porque nos ama. Y Dios es plenitud –si así
podemos decirlo– no sólo Jesús, sino también el Padre y el Espíritu
Santo.
Cuando
Montfort nos invita a depender también nosotros –como Dios– de María,
no ofrece como ejemplo solamente el de Jesús, sino también el del
Padre y del Espíritu Santo: «En prueba de la dependencia en que
debemos vivir respecto de la Sma. Virgen, recuerda cuanto hemos dicho
al aducir el ejemplo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos
ofrecen de dicha dependencia» (VD 120). En su encíclica La Madre
del Redentor, Juan Pablo II no utiliza quizá el término
"dependencia", pero proclama el hecho fuertemente: «Hay que reconocer
ciertamente que Dios mismo, el Padre eterno, ante todo confió en la
Virgen de Nazaret entregándole su propio Hijo en el misterio de la
Encarnación» (RM 39.46). Toda la santísima Trinidad vive esta
debilidad de la dependencia porque nos ama. Pero es también la
experiencia de toda la Trinidad, no sólo la de Jesús, sino también la
del Padre y del Espíritu Santo, la que estamos invitados a compartir
para seguir su ejemplo.
La
carta de amor de la sabiduría
Cuando
Montfort leía los libros sapienciales del Antiguo Testamento, tenía
conciencia de descubrir ya, en el amor que Dios nos tiene, esa
debilidad de la dependencia que Jesús debía manifestar con tanta
fuerza: «Esta eterna y regiamente amable belleza tiene deseo tan vivo
de la amistad del hombre, que para conquistarlo ha escrito
expresamente un libro, manifestando en él sus propias excelencias y
los deseos que tiene de los hombres. Libro que es –Montfort piensa
seguramente en el Libro de la Sabiduría– como una carta de la amante a
su amado para ganar su afecto. Los deseos de poseer el corazón del
hombre que manifiesta en él son tan apremiantes, la solicitud que
revela para ganarse su amistad es tan delicada, sus llamadas y anhelos
son tan amorosos, que –al oírla hablar– se diría que no es la reina
del cielo y de la tierra y que para ser feliz necesita de los hombres»
(ASE 65).
¿Necesita Dios de los hombres?
Todo este
pasaje muestra claramente la "debilidad" que Dios vive porque no sólo
ama, sino también porque "es Amor". ¡Depende del hombre porque
necesita de éste para ser feliz! Esta es su "debilidad" como Dios. Es
verdad que el P. de Montfort añade una precisión: "se diría que (la
Sabiduría) no es la reina del cielo y de la tierra y que para ser
feliz necesita de los hombres». Lo que significa: en realidad, la
Sabiduría es ciertamente la Soberana de cielos y tierra y tampoco
necesita del hombre ni para ser feliz, ni para amar, ni para nada.
Pero entonces, ¿será Dios un hipócrita y su amor una comedia? ¿Simula
necesitar del hombre cuando en realidad no lo necesita? Simula
amarnos, pero en realidad... Dudamos terminar la frase, al sentirnos
al borde de la blasfemia. ¿Se puede amar a alguien sin tener necesidad
de él? ¡Claro que no! Dios nos ama de verdad, necesita realmente de
nosotros. Indudablemente, como ser infinitamente perfecto, «este gran
Señor, siempre independiente y suficiente a sí mismo, no tiene ni ha
tenido absoluta necesidad de la Sma. Virgen...» (VD 14); pero este
gran Señor es Amor y, misteriosamente, tiene necesidad de quienes ama.
3. LA
«DEBILIDAD» DEL COMPARTIR
Dios
necesita de aquellos a quienes ama en forma tal que el P. de Montfort
no duda en decir que la Virgen María es necesaria a Dios (VD 39),
necesaria indudablemente porque El lo "quiso" (aunque este verbo no
corresponde adecuadamente a la realidad, lo veremos más adelante),
pero necesaria de verdad. Cuando uno ama, uno "comparte", no lo guarda
todo para sí mismo y sobre todo no lo hace todo solo. Es una
"debilidad" no hacerlo todo solo, porque uno parece tan fuerte cuando
lo hace todo por sí mismo.
María (y a
través de ella, la Iglesia y la humanidad) es esa persona con quien
Dios ha querido "compartir" no sólo a su Hijo único, sino también
todos los hermanos y hermanas de su Hijo, todos nosotros que somos
también hijos e hijas predilectos del Padre, y finalmente todas las
gracias que quiere comunicarnos.
Dios
comparte su Hijo con nosotros...
Ante todo
quiso compartir con Ella su propio Hijo. Se lo entregó a Ella y por
intermedio suyo a la Iglesia para que sea también Hijo de Ella. Se
podría decir que Dios ha compartido en cierta forma su exclusivamente
suyo, el Hijo del Padre. Lo es también de María, que incluso, en
cierta forma, lo es de «cuantos escuchan la Palabra de Dios y la
guardan» (Lc 8,21). «¿Quién es mi madre?», pregunta Jesús cierto día.
Y responde él mismo: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan el
mensaje de Dios y lo cumplen» (Mc 3,31-35; Lc 8,19-21). Todo mundo
sabe que no es suficiente dar para amar. Uno puede humillar al dar por
ubicarse en una posición de superioridad que el otro lleva a mal. Dios
hubiera podido dárnoslo todo sin nosotros, pero quiso hacernos
participar en el mismo don que nos hacía de su Hijo: «Dios Padre
entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María [..] Dios
Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María.
Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de
haberle pedido su consentimiento...» (VD 16).
Dios
comparte con nosotros, sus hijos
Pero no
era suficiente que "compartiera" su Hijo. Dios quiso compartir con
María todos sus hijos e hijas que somos nosotros. También nosotros
hubiéramos podido ser únicamente hijos e hijas del Padre. Pero, a
partir de la Encarnación, y sobre todo de la Cruz (desde que Jesús nos
entregó a su madre en la persona de Juan [Jn 19,27]) también nosotros
somos hijos e hijas de María y de la Iglesia. Dios tampoco ha querido
hacernos hijos suyos sin nosotros, sin una de nosotros, hermana
nuestra de humanidad convertida en madre nuestra, María.
Es así
como Dios sigue hoy compartiendo con la humanidad en María, la
encarnación de su Hijo en todos sus miembros que somos nosotros. Quizá
nunca recalcó el P. De Montfort este "compartir" que Dios quiso vivir
con la humanidad en María como cuando dice de ella: «Dios Padre
comunicó a María su fecundidad, en cuanto una pura creatura era capaz
de recibirla, para que pudiera engendrar a su Hijo y a todos los
miembros de su Cuerpo Místico» (VD 17).
Dios
comparte con nosotros todos sus dones
Por
último, Dios ha querido "compartir" también, con María, las "gracias"
que nos brinda.
De
"compartir" se trata todavía, en el fondo, cuando el P. de Montfort
escribe en el Tratado de la Verdadera Devoción que Dios
constituyó a María "la tesorera" y "dispensadora" de cuanto posee: «De
manera que Ella distribuye a quien quiere, cuando quiere, como quiere
y cuanto quiere todos sus dones y gracias. Y no se concede a los
hombres ningún don celestial que no pase por sus manos virginales...»
(VD 25; ver 24). Si Dios fuera un paternalista, lo daría todo
directamente por sí mismo; pero Dios es Padre y nos concede incluso
poder dar. En María y en la Iglesia, la humanidad participa en el don
que recibe del Padre.
4. LA
«DEBILIDAD» DEL SUFRIMIENTO
"Donde hay
amor –decía Claudel– hay dolor". Si Dios acepta compartir porque ama,
entonces se ofrece al sufrimiento. Hace algunos años, el P. Varillon
escribió un hermoso libro intitulado: El sufrimiento de Dios.
Demuestra en él que no es posible que Dios no sea herido en lo más
profundo por el sufrimiento de los hombres a quienes ama y por la
falta de respuesta a su amor. Quizá sea feliz –infinitamente feliz–
porque es perfecto; pero no puede olvidar que su "perfección" es la
del Amor, y el Amor sufre siempre con el sufrimiento de aquellos a
quienes ama. ¿Dios infinitamente feliz? Sí. Pero, entonces, su
felicidad no puede ser sino aquella de la cual habla san Agustín
cuando escribe: «Cuando uno sufre y ama, ama incluso el sufrimiento».
La Sabiduría que Montfort nos presenta como un "tesoro infinito" es
ciertamente un Dios que sufre, porque vive un «amor incomprensible que
llega hasta el exceso» (ASE 45).
Un Dios
que llora
Existen
esos "deseos" que nosotros, los hombres, sentimos de la divina
Sabiduría; pero existen también los deseos que la divina Sabiduría
tiene de nosotros, los "apremiantes deseos que tiene de entregarse a
nosotros". El capítulo VI de El Amor de la Sabiduría Eterna
está consagrado en su totalidad a expresar esos "apremiantes deseos",
ese "amor infinito que nos tiene la Sabiduría" (ASE 155). Descubrimos
allí a un Dios desconcertantemente "débil", digno de compasión, que
corre por todas partes mendigando un poco de amistad que responda a su
amor. La Sabiduría en busca del hombre recorre caminos reales o sube a
la cima de las más altas montañas, ora llega a la puerta de las
ciudades, ora penetra en las plazas públicas o en medio de las
multitudes, y grita a voz en cuello: «A Uds. los hombres, los estoy
llamando. ¡Hijos de los hombres! [...] A Uds. llamo y busco!» (ASE
66). Un Dios que llora y a quien se le «infiere violencia infinita
cuando se le rehúsa el corazón de un hombre» (ASE 64).
¿Un
Dios a quien se le hace "partir"?
Uno puede
no gustar de la forma en que Montfort insiste exageradamente en los
sufrimientos de Cristo en su Pasión. Esta insistencia procede
seguramente de cierto "dolorismo", apreciado en el siglo XVIII. Queda
en pie el que la Pasión de Jesús le parecía como la revelación del
inmenso amor de un Dios a quien su ternura había hecho "pobre" porque
había tenido la debilidad de amar primero. «Por eso existe el amor: no
porque amáramos nosotros a Dios... porque él nos amó primero» (1 Jn
4,10.19). Cuando uno ama primero y ama más, resulta el más débil
porque queda a merced del otro que puede decirle "no" y obligarle a
"partir". Precisamente esto sucedió. Dios se sintió herido por nuestro
"no" y lo hicimos marchar hasta la Cruz. «Después de considerar todo
esto –escribe Montfort– ciertamente hallamos motivos suficientes para
exclamar... ¡Oh caridad! ¡Oh Dios de caridad! La caridad que
demostraste al sufrir, y padecer y morir es, verdad, excesiva» (ASE
166).
5. «UNA
DEMOSTRACION DE PODER»
No
obstante, esta debilidad es fuerza. «La debilidad de Dios es más
fuerte que los hombres» (1 Cor 1,25), porque es una "debilidad del
Amor" y «el Amor –dice el Cantar de los cantares– es fuerte como la
muerte» (Ct 8,6). Así como la "pobreza" no tiene sentido si no es
"riqueza" o que el sufrimiento necesita ser "consagrado" por el amor
para convertirse en felicidad, la debilidad debe resultar también
transformada por el Espíritu y hacerse "fuerza de Dios. «La debilidad
de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,25). San Pablo tenía
ciertamente conciencia de que lo que había vivido en Corinto en la
"debilidad" era en realidad una "demostración de Espíritu y de poder".
De su propia debilidad, de la de los corintios, y de la "locura" del
mensaje mismo, el Espíritu de poder era asumido para hacer nacer de él
la "fuerza" de la fe. Montfort logra la misma experiencia en su vida.
A un año no más después, escribe a su director, el P. Leschassier:
«Encuentro tantas riquezas en la divina Providencia y tanta fuerza en
la Sma. Virgen, que bastan para enriquecer mi pobreza y sostener mi
flaqueza. Sin estos dos apoyos, nada puedo» (C 8).
"Hizo
estallar su fuerza"
Pero, muy
pronto descubre que lo que vive es la experiencia misma de Dios que, a
su vez, ha encontrado su fuerza en la "debilidad". Al encarnarse en el
seno de María: «Este Dios-hombre... manifestó su poder en dejarse
llevar por esta jovencita...» (VD 18). Hay que valorar todo el valor
de "paradoja" de semejante afirmación: ¿desde cuándo ha hecho estallar
su fuerza en dejarse llevar? ¡Por favor! ¡Es cargando con el otro, por
el contrario, como uno se muestra fuerte! Pero nos hallamos en plena
paradoja de la "sabiduría de Dios" que es "locura a los ojos de los
hombres", en pleno "misterio pascual". «Perdiendo la vida la encuentra
uno» (Mt 16,25), y aceptando vivir la "debilidad", hizo Dios "estallar
su fuerza". Un día en que Jesús oye hablar de "grandeza" en torno a
él, busca a un niño y lo coloca en medio de los discípulos: «el que es
de hecho más pequeño de todos vosotros, ése es grande» (Lc 9,46-48).
«¿Quién es más grande el que está a la mesa o el que sirve? Pues yo
estoy entre Uds. como quien sirve» (Lc 22,27).
Para
comprender bien las paradojas de Montfort hay que confrontarlas con
las del Evangelio y de san Pablo, porque son las mismas. Se trata de
la misma sabiduría de Dios que hace "estallar" la fuerza en la
debilidad, la grandeza en la pequeñez, la libertad en la dependencia.
El
mundo al revés
Cuando se
mira la vida y se juzgan los valores a la luz de Dios, con los ojos de
Dios, penetrando en su "sabiduría", se diría que todo está "al revés":
lo débil se hace fuerte, lo pequeño se hace grande, lo que es locura a
los ojos del mundo se convierte en sabiduría de Dios. Pero, también a
la inversa, lo que es fuerte a los ojos del mundo se convierte en
debilidad a los ojos de Dios, lo que es grande se hace pequeño. Es
como quien mira con gemelos. Cuando se mira por un lado de los lentes
(el bueno), lo pequeño se hace grande, lo que está lejos se acerca; y,
al contrario, cuando se mira por el otro lado, lo grande se hace
pequeño, lo que está cerca aparece de repente muy lejano. Sucede lo
mismo –si puede decirse– con los gemelos de la Sabiduría de Dios. Me
hace ver grande lo que es pequeño, fuerte lo que es débil, sabio lo
que es loco. Y a la inversa, con los ojos de la sabiduría, los
poderosos de este mundo me parecen muy débiles, los "grandes" muy
"pequeños", y nuestras "célebres" sabidurías, muy grandes "locuras".
¿A qué
mira Dios?
Lo
importante a los ojos de Dios, no es quizá lo que se halla "en primera
línea" y de lo cual se aprovechan los medios de comunicación.
«¿Qué
contempla Dios sobre la tierra? ¿A los reyes y emperadores en sus
tronos? A menudo los mira con desprecio. ¿Mira las grandes victorias
de los ejércitos [...], las piedras preciosas, en una palabra, las
cosas que los hombres consideran como grandes? Lo que es grande a los
ojos de los hombres, es abominable ante Dios [Lc 16,15]. Entonces,
¿qué es lo que mira con gozo [...] pidiendo noticias de ello a los
hombres [...]? Dios mira al hombre que lucha por él [...], al hombre
que lleva la cruz con alegría...» (AC 55), al padre de familia de
quien nadie hablará jamás, al niño que ora y todos desconocen, a la
religiosa que "se sacrifica" en silencio. Eso es lo que Dios "mira",
como ha mirado a María servidora suya, que había ido a esconderse
"hasta el fondo de la nada" (VD 25).
Y al
contrario, ¿qué es esa potencia que no tiene otra cosa que la fuerza y
el medio para hacerse respetar? Como decía el P. Popieluszko
–asesinado en octubre de 1984– que fue víctima de ella: «La violencia
no es señal de fuerza sino de debilidad. Quien no ha logrado imponer
una victoria por el corazón ni por la sabiduría trata de vencer por la
violencia...» Es sólo una debilidad que trata de esconderse. Pobres
grandezas humanas que intentan "¡tapar el sol con un dedo!". Dios las
ha puesto muy pronto al descubierto: Uds. no son gran cosa a sus ojos.
En el Magníficat María expresa bien esa "inversión" en los dos
sentidos:
«Dispersa
a los soberbios de corazón,
derriba
del trono a los poderosos
y enaltece
a los humildes;
a los
hambrientos los colma de bienes
y a los
ricos los despide vacíos».
María
canta la grandeza de Dios.
6. UN DIOS
A QUIEN PODER AMAR
Cuentan
que un día fue un hombre a buscar a un misionero: Muéstreme a un Dios
a quien pueda amar.
– Pero
¿por qué me pides eso?
– ¿Por
qué? Porque desde mi niñez, he tenido muchos dioses y no he logrado
amar a ninguno.
– Y ¿por
qué no podías amarlos?
– Porque
eran muy fuertes, muy poderosos...
Las dos
fuerzas de Dios
¡Un Dios a
quien poder amar! ¿Cuántos hombres hoy todavía rechazan al Dios que
les presentan porque no pueden amarlo! El Dios que Montfort nos
presenta es ciertamente el Dios grande, el Dios fuerte, Todopoderoso,
pero su fuerza es la del Amor que lo transforma todo y "hace estallar
su fuerza" dejándose llevar. Se podría decir en cierta forma que
existen como dos fuerzas en Dios: la primera que no pasa por la
debilidad porque es su fuerza de Creador que brilla en lo
infinitamente grande y en lo infinitamente pequeño, lo infinitamente
sencillo y lo infinitamente complejo de la naturaleza... (el P.
Teilhard de Chardin distingue lo infinitamente grande y lo
infinitamente pequeño [ver Pascal], pero también lo infinitamente
largo [duración de tiempo] y lo infinitamente breve). La segunda que
pasa por la debilidad porque es su fuerza de Amor.
¿Cuál de
las dos fuerzas es mayor? Ciertamente que hay que ser muy poderoso
para crear cielos y tierra... y al hombre. Pero, ¿no habrá que serlo
aún más, para ser capaz, para convertirse en el Pequeñísimo cuando uno
es el Altísimo, para convertirse en la debilidad misma? Podría decirse
también que hay en Dios como dos grandezas. Manifiesta la primera en
la inmensidad del universo; la segunda se revela en ese niño en que
Dios se ha convertido para nuestra salvación. Pero la primera grandeza
no es quizá nada en comparación de la segunda que es una grandeza de
amor. ¿Qué significa crear cielos y tierra cuando se trata del
Todopoderoso? Pero ser el infinitamente Grande y aceptar "anonadarse",
abajarse, depender... es otra cosa. «Quizá Dios necesitaba poco poder
para crear cielo y tierra», pero necesitaba "mucho para borrarse" en
el Niño de Navidad («Poco poder hace falta para hacerse ver, mucho
para borrarse» [P. Varillon, en La humildad de Dios]). Y
Dios se borra al encarnarse. «El encuentro de Dios en la inmensidad
del universo no es tan desconcertante como su encuentro en el pesebre
de Belén y en la Eucaristía» (Juan Pablo II). «Tú llevas a quien el
mundo entero no puede contener» (Himno a la Virgen).
Claro que
no hay que oponer el Dios Creador al Dios del Amor; pero los teólogos
nos advierten también que no hay que poner los atributos divinos en
lugar de su naturaleza. Lo que hace que Dios sea Dios, su naturaleza,
no es su Omnipotencia, ni su fuerza, ni tampoco su justicia... es el
Amor. «Dios es Amor» (1 Jn 4,8.16). Y la fuerza del amor pasa por la
debilidad.
Las
"dos razones para amar"
En El
Amor de la Sabiduría Eterna lo mismo que en el Tratado de la
Verdadera Devoción tenemos la sensación de que Montfort se propone
hacernos descubrir «las razones que pueden excitarnos a amar a
Jesucristo» (ASE 154). Pero, mientras en el primer libro las encuentra
sobre todo en los sufrimientos de la pasión que la Sabiduría quiso
experimentar para "testimoniarnos su amor", en el Tratado de la
Verdadera Devoción, las ve sobre todo, en la "dependencia" que
Dios quiso experimentar, siendo El, el "Todopoderoso siempre
independiente y suficiente a sí mismo", respecto de la humanidad. Sin
embargo, ambas razones de amar tienen en común el revelarnos la
"debilidad" de Dios. Cuánto debe amarnos Dios para que acepte
libremente "depender" totalmente de un ser humano... y padecer hasta
la Cruz. Un Dios a quien poder amar...
7. UNA
«DEBILIDAD» QUE COMPARTIR
La
experiencia de la Consagración a Jesús por manos de María puede
presentarse como una "debilidad" que compartir. La "debilidad de Dios
que es más fuerte que los hombres". Porque si quiero entrar en su
Sabiduría para amar como El, quiero buscar mi fuerza en donde él la
encontró. También yo quiero "hacerla estallar" en dejarme llevar por
esta jovencita, en depender de ella para todo, como un niño, como
Dios. «Cuando soy débil, soy fuerte» (2 Cor 12,10). ¡Lo mismo que
Dios!
CUESTIONARIO
1. ¿Qué
aspectos de la conducta de Dios desconciertan más a nuestro
entendimiento?
2. ¿Qué
significan para Dios (y para nosotros) esas "debilidades" de Dios que
son la "dependencia", la "participación", el "dolor"?
3. ¿Qué
significa el Amor de Dios en este contexto?
4. ¿Qué
motivos para amar a Dios ofrece el P. de Montfort en ASE?
5. Y ¿en
VD?
7. ¿Cómo
vive Ud. estas realidades y cómo presenta este mensaje a los creyentes
Hoy?
ORACION
VIRGEN
SANTA MARIA:
Tú fuiste
la primera en nuestro mundo
que hizo
la experiencia de la "debilidad de Dios",
desde
cuando El descendió
para
depender totalmente de ti como niño,
hasta el
día en que quiso descender más aún,
hasta la
muerte de cruz.
Ten
piedad de nosotros:
nos hemos
acostumbrado de tal modo
a Navidad
y al Calvario,
que ya no
percibimos lo chocante
del
proceder de Dios frente a nuestro saber y nuestro gusto.
Incluso si
nuestra inteligencia se anonada
ante este
pensamiento, permítenos hacer
"una
reflexión seria" sobre este proceder del Hijo de Dios.
En su
Sabiduría,
para
glorificar al Padre y salvarnos,
no
encontró un medio más seguro y más corto
que
depender de ti (VD 139).
Halló su
libertad en verse aprisionado en tu seno,
hizo
estallar su fuerza dejándose llevar por ti, María,
encontró
su gloria y la del Padre
en ocultar
su resplandor a todas las creaturas,
para
manifestarlos sólo a ti,
glorificó,
por fin, su independencia
en
depender de ti... (VD 18).
Por
ello, exclamamos con san Pablo:
«¡Qué
abismo de riqueza, de Sabiduría
y de
conocimiento el de Dios!
¡Qué
insondables son sus decisiones
y qué
irrastreables sus caminos!» (Rom 11,33).
Y por
ello, María, cantamos a tu lado:
«Proclama
mi alma la grandeza del Señor,
se alegra
mi espíritu en Dios mi Salvador...
Su nombre
es santo» (Lc 1,46.48).
Y ya
que la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres,
ayúdanos a
ingresar valerosamente en esa debilidad,
para
experimentar la fuerza de la Resurrección.
V. HONRAR
E IMITAR LA INEFABLE DEPENDENCIA
Antes de
que avancemos mucho por el camino que hemos tomado, es sin duda útil,
plantearnos el interrogante de su finalidad. ¿Cuál es la meta? ¿Cuál
es la finalidad de la consagración a Jesucristo que Montfort nos
propone? El mismo nos responde: «Esta devoción ha sido inspirada por
el Espíritu Santo:
1º para
honrar e imitar la inefable dependencia que Dios Hijo quiso tener
respecto de María, para gloria del Padre y para nuestra salvación...
2º para
agradecer a Dios las gracias incomparables que otorgó a María y
especialmente el haberla escogido por su dignísima Madre...
Son éstos
los dos fines principales de la esclavitud de Jesús en María» (VD
243).
¡Estamos
avisados! La consagración a Jesús por María tiene como finalidad
honrar... Imitar... Agradecer. Estamos lejos de una devocioncilla un
tanto sentimental y egoísta, que buscaría más o menos al margen del
Evangelio ganarse el favor de Dios en interés propio. No se trata,
ciertamente, de renunciar a la propia felicidad. Al contrario. Veremos
más adelante que María es una Madre llena de corazón que acude en
ayuda de sus hijos «en todos las necesidades del cuerpo y alma» (VD
107). Pero no nos consagramos a María ante todo por el bien que
ella nos hace. Nos consagramos por ella a Jesús, antes que nada para
"honrar..., imitar..., agradecer...".
1. HONRAR
LA INEFABLE DEPENDENCIA
Después de
haber perdido por largo tiempo el sentido de la alabanza y rendir
gloria, de la acción de gracias, se lo vuelve a recuperar felizmente
ahora. En un mundo eficacia y rendimiento, sentimos la necesidad de
liberarnos por la alabanza y la acción de gracias, para introducir
finalmente en nuestra vida algo de gratuidad.
Dios
existe: esto basta
Hace
algunos años, apareció un hermoso librito que trataba de hacer entrar
en el espíritu de san Francisco de Asís: La Sabiduría de un pobre,
de Eloy Leclerc. Un compañero de Francisco, Fray León, quiere
experimentar la "pureza del corazón", pero cree que esta pureza
consiste en "no tener faltas que reprocharse" y, como no logra llegar
a ello, la tristeza invade su corazón. «Comprendo tu tristeza –le dice
Francisco– porque siempre hay algo que reprocharse... ¡Ah, hermano
León! ¡Créeme! No te preocupes tanto por la pureza del corazón. Vuelve
tus ojos a Dios. Admíralo. Alégrate de lo que es El, que es la
santidad total. Dale gracias a causa de sí mismo. Eso es, hermano mío,
tener el corazón puro. Simplemente, no guardarse nada para sí.
Barrerlo todo. Incluso la percepción aguda de nuestra miseria... Ver
solamente la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella.
DIOS
EXISTE. ESO BASTA...
Contemplar la gloria de Dios, descubrir que Dios es Dios, eternamente
Dios, más allá de lo que somos o podemos ser, gozarse plenamente de lo
que es, extasiarse eternamente ante su eterna juventud, y darle
gracias a causa de El mismo... Pase lo que pase, Dios existe, la
inmensidad de Dios y su inalterable esplendor» ("La Sabiduría de un
pobre", pág. 113. 116. 147).
Dios se
encarnó: esto es suficiente
Al
invitarnos a honrar la "inefable dependencia" que Dios quiso vivir
respecto de María, el P. de Montfort nos invita, parece, a vivir la
misma contemplación frente a Jesús: el Hombre-Dios. ¿Honrar la
inefable dependencia? Es también "barrerlo todo", olvidarlo todo, no
sólo nuestra miseria y nuestro pecado –no hechos para ser
contemplados–, sino también (y sobre todo) nuestras pretendidas
virtudes y todos nuestros haberes espirituales, para acordarnos
solamente de una cosa: JESUS, ESO BASTA... En Jesús, ese Dios "siempre
independiente y suficiente a sí mismo", aceptó depender,
empequeñecerse. Se diría que la misma admiración sin fronteras, que
vivía san Francisco ante la sencilla y pura existencia de Dios ("Dios
existe: ¡basta...!) la vivía Montfort frente a este Niño. Pasara lo
que pasara, un día y para siempre, Dios se "anonadó" (Flp 2,7),
aceptando no ser "nada"; El que lo es Todo. Pasara lo que pasara,
existe este Niño, existe María, esa "jovencita" que es su Madre y que
nunca volvió sobre sus pasos, al ver que Dios acepta "depender" de
ella. "Honrar la inefable dependencia", ¿no será ante todo, entrar en
la alegría de María, cantar con ella su Magníficat: "El Poderoso ha
hecho cosas grandes por mí", exaltar al Señor porque "ha mirado la
pequeñez de su esclava"? Por esta "maravilla" de Dios que acepta
"depender" de la "humilde María" (VD 157), vale la pena olvidar –por
un momento– no sólo nuestra miseria y pecados, sino incluso nuestras
"virtudes" y nuestros así llamados "méritos". "Honrar la inefable
dependencia", ¿no será también "olvidarlo todo" para gozarse en María
misma? Pase lo que pase, ¿existe también María, esa "maravilla", esa
"jovencita" que es la Madre de Dios?
2. «IMITAR
LA INEFABLE DEPENDENCIA...»
Pero no es
suficiente honrar, hay también que "imitar" la dependencia que Dios ha
vivido respecto de María: «Como hijos queridos de Dios –escribe san
Pablo– procura parecerse a El y vivan en amor mutuo, igual que Cristo
los amó y se entregó por Uds.» (Ef 5,1-2). «La verdadera devoción a
María –tal como la propone Montfort– es ciertamente una "imitación de
Dios". Se trata de actuar como El (¿es posible acaso actuar mejor que
Dios?) y seguirlo por el "camino del amor" que lo ha llevado a
depender».
Seguir
a Dios por el camino del amor
«Esta
devoción –dice Montfort– nos lleva a imitar el ejemplo dado por
Jesucristo y por el mismo Dios y a practicar la humildad» (VD 138).
Nótese la precisión "y por el mismo Dios". Se trata, pues, no sólo de
imitar el ejemplo de Jesucristo (el P. de Montfort hubiera podido
intitular su librito "Imitación de Jesucristo"), sino también el del
Padre y del Espíritu Santo. También ellos han aceptado
"depender"[...]. «Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente
por medio de María [...] Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en
María, pero después de haberle pedido su consentimiento... Con ella,
en ella y de ella produjo su obra maestra...» (VD 16.20). Al aceptar
depender de María, imitamos también al Padre y al Espíritu.
Cuando hoy
se oye hablar de esta "devoción", se empieza a desconfiar en seguida,
temiendo que se trate de algo un tanto envejecido, sentimental, que
huele a "piedad de mujercillas", lejos de las vigorosas verdades del
Evangelio. En realidad, cuando uno reflexiona atentamente en ello, lo
que Montfort nos propone vivir es algo muy firme. ¡Se trata nada menos
que de "imitar a Dios", entrar en la experiencia de Dios, vivir una
"experiencia divina"!
¿Una
religión al revés?
Se podría
decir incluso –si la expresión no resultara demasiado chocante– que la
"religión al revés". Normalmente toda "religión" consiste en el subir
del hombre a Dios, yendo de abajo hacia arriba. La "religión" es una
experiencia del hombre que intenta, por sí mismo o ayudándose de
"mediadores", subir: el muy bajo hacia el Altísimo. Y miren... que, al
vivir nuestra consagración, se nos invita ya no a subir sino a
descender. No ya a subir con el hombre hacia Dios, sino a descender
con Dios hacia el hombre. No a depender, con el hombre, de Dios; sino
a depender, con Dios, del hombre. ¡Qué inversión de realidades!
¡Sin
contar con que cuando imito el ejemplo de Dios que acepta depender de
María, no desciendo tanto como El! ¡Dios, para encarnarse, para
hacerse Hijo de María, tiene que "anonadarse", que recorrer todo el
camino que separa a lo finito de lo infinito, a Dios de la creatura!
Mientras que nosotros, para depender de María, no tenemos siquiera que
descender, pues ya estamos a la misma altura. María, como Montfort
gusta de decirlo, no es «sino una pura creatura salida de las manos
del Altísimo» (VD 14). Es nuestra hermana de humanidad, mucho antes de
ser nuestra Madre. No tenemos que descender para depender de ella.
No
obstante, no hay que forzar las paradojas. Porque se trata de ir
siempre hacia Dios, de subir con Jesucristo hacia su Padre y nuestro
Padre (ver Jn 20,17) y depender de El. Pero para "subir" hay que
"descender". Para subir hacia Dios, hay que descender con El hacia el
hombre. Es en cierta forma como si Dios mismo nos dijera: ¿Quieren
amarme, a mí, que soy Dios? Comiencen por amar a los hombres.
Comiencen por amarse unos a otros, y así me amarán. («Si alguno dice:
"Amo a Dios", pero odia a su prójimo es un mentiroso» [1 Jn 4,20]).
¿Quieren consagrarse a mí? Comiencen por depender de aquella de quien
yo mismo acepté depender! ¡Sigan mi ejemplo!
«Teniendo,
pues, ante los ojos –dice Montfort– un ejemplo tan claro y
universalmente reconocido, ¿seremos tan insensatos que esperemos
hallar medio más perfecto y rápido para glorificar a Dios que no sea
el someternos a María, a imitación de su Hijo?» (VD 139).
La
humildad de Dios
Seguir el
ejemplo de Dios en el camino del amor, es ante todo participar en su
humildad. ¡La humildad de Dios! (título del hermoso libro del
P. Varillon). Montfort no utiliza nunca esta expresión, porque para él
(¡y todavía para cuántos cristianos hoy día!) la humildad es una
virtud humana, la virtud por excelencia de María que nos la comunica
(ver VD 213). Sin embargo, el Dios que nos presenta es un Dios
maravillosamente humilde («Cuando me dirijo a Dios me dirijo a uno más
humilde que yo», P. Varillon, O.c.): «Este buen Maestro no se desdeñó
de encerrarse en el seno de la Sma. Virgen como prisionero y esclavo
de amor, ni de vivir sometido y obediente a ella durante treinta
años...» (VD 139). «Hubiera podido venir al mundo en la edad de un
hombre maduro, independiente de los demás...» Pero no. Quiso venir
«como pobre y niño dependiente de los cuidados y solicitud de su santa
madre». ¿Quién es Dios para "someterse" en esta forma, sino un Dios
humilde? ¡Muy humilde hay que ser "para dejarse llevar por una
jovencita"! Muy pobre hay que ser también, cuando uno es la Belleza en
persona, para optar por esconder los propios resplandores a todas las
creaturas...» ¡Muy loco hay que ser, cuando uno es un "gran Señor
siempre independiente y suficiente a sí mismo" para aceptar tener que
depender! Pero Dios es humilde, pobre y loco.
De la
humildad del hombre a la humildad de Dios
Podría
decirse que Montfort, en nuestra consagración nos invita a vivir dos
humildades: la del hombre y la de Dios. Ante todo, la humildad del
hombre: «Es –nos dice– más perfecto, porque es más humilde, no
acercarnos a Dios por nosotros mismos, sino acudir a mediadores» (VD
83). No debemos olvidar que incluso en el niño del pesebre, Jesús
sigue siendo «un Dios tan elevado y santo... igual en todo a su Padre,
y por consiguiente el Santo de los santos...», y nosotros somos seres
humanos, pecadores, cuyo "fondo" es, si no corrompido, por lo menos
profundamente herido. Hay que haber perdido totalmente el sentido de
la trascendencia divina y de nuestros pecados, para atreverse a
acercarse a Jesucristo "por nosotros mismos". Sería querer echar el
"vino delicioso de su amor" en "viejos toneles que han contenido vinos
deteriorados", o verter el agua pura y trasparente de la fuente en
vasijas "totalmente averiadas e infectadas por el pecado"; "¡si el
pecado ya no está ahí, su olor permanece todavía!" (ver VD 78.177).
«Cuando nos acercamos audazmente a Dios, sin mediadores, El huye y es
imposible alcanzarlo...» Al contrario, «si te abajas, creyéndote
indigno, [...] de acercarte a El, desciende, se abaja para venir hasta
ti, para complacerse en ti, y para elevarte a pesar tuyo [...]. ¡Oh!,
¡cuánto ama la humildad de corazón!
Escondida hasta el fondo de la nada
Pero
¿quién ha vivido mejor que María "la humildad de corazón", ella que
"se empobreció, humilló y ocultó hasta el fondo de la nada [...]
durante toda su vida"? (VD 2). «Su humildad fue tan profunda –añade
Montfort– que no tuvo sobre la tierra mayor y más continua inclinación
que la de ocultarse a sí misma y a todas las creaturas para que sólo
Dios la conociera» (VD 3). Por ello Dios la «elevó y honró» (VD 25) y
la constituyó «Reina del cielo y de la tierra» (VD 38; ver RM 41).
Vivir la humildad del hombre es ante todo entrar en la de María, vivir
el misterio pascual de ella.
Dios
nos supera siempre
Pero no
existe solamente la humildad del hombre. Existe también la de Dios. No
hay que reducir la consagración por las manos de María a una simple
vivencia de humildad humana. Es también ingreso en la humildad de
Dios. Yo soy ejemplo suyo. ¡Es mucho más humilde que yo,... incluso
que María! Cuando María se abaja delante de Dios declarándose su
"humilde servidora", experimenta que El desciende hasta ella, que se
abaja hasta ella. Su humildad se encuentra con la de Dios que la
precedió. ¡Dios nos supera siempre! Yo también, cuando me humillo,
cuando me siento indigno de acercarme a Dios por mí mismo y acepto
pasar a través de "mediadores", experimento que desciende hasta mí.
Resulto superado por aquel que me amó primero (ver 1 Jn 4,19). Pero
mientras yo tengo tantos motivos para humillarme, porque soy creatura,
débil y... pecador, El, Dios, ¿qué razón diferente de su amor tiene
para humillarse? Si Dios para por María para venir hasta nosotros,
haciéndose hijo suyo, no es solamente porque somos "indignos" de
recibirlo "directamente de manos del Padre" (VD 16), sino también
porque es el Amor en persona. Cuando uno ama de verdad, siempre es
humilde, incluso cuando es Dios,... sobre todo cuando es Dios.
Una
dependencia que continúa
A los ojos
de Montfort, esa "humildad de Dios", esa dependencia que vive respeto
de María son tan importantes, están tan en el centro del corazón de
Dios que no pudieron interrumpirse: prosiguen todavía hoy. «En el
cielo... –nos dice– nuestro Señor es todavía Hijo de María... conserva
para con ella la sumisión y obediencia del mejor de todos los hijos
para con la mejor de todas las madres» (VD 27). ¿Cómo es posible que
Dios siga todavía hoy dependiendo de María? Uno tiene la impresión de
que Montfort exagera realmente cuando lleva tan lejos esta humildad de
Dios. Es cierto que, para hablar de la dependencia que Dios continúa
viviendo hoy, Montfort se rodea de precauciones: «No veamos, sin
embargo, en esta dependencia ningún desdoro o imperfección en
Jesucristo. María es infinitamente inferior a su Hijo, que es Dios. Y
por ello no le manda, como haría una madre a su hijo de aquí abajo,
que es inferior a ella. María, toda transformada en Dios por la gracia
y la gloria [...] no pide, ni hace nada que sea contrario a la eterna
e inmutable voluntad de Dios» (VD 27). Queda en pie no obstante que
todo esto se comprende con dificultad porque Dios acepta –incluso hoy–
depender de su madre.
Lo que
falta a la Encarnación
Indudablemente se halla ante todo, en el fondo del pensamiento
monfortiano, esa intuición de que si Dios, optó un día por
"anonadarse", como dice san Pablo (Flp 2,7), ha vivido entonces una
experiencia tan fuerte que se hace definitiva: no ha podido agotarse.
Si Jesús, como dice Pascal, sigue "en agonía" hasta el fin del mundo,
en todos sus miembros dolientes, ¿por qué no podría seguir "en
dependencia"? La Pasión no es el único misterio que Jesús sigue
viviendo hoy. Sigue también viviendo su nacimiento: «Completo en mi
carne –podría decir también san Pablo– lo que falta "a la Encarnación"
de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia» (ver Col 1,24).
Entre
las manos de la Iglesia
Si Jesús
sigue dependiendo hoy de María, en la gloria, ¿no es también porque
sigue dependiendo de la Iglesia? «Cuanto desates en la tierra será
desatado en el cielo...» (Mt 16,19; Jn 20,23); «Quien los escucha a
Uds. a mí me escucha; quien los rechaza a Uds. me rechaza a mí» (Lc
10,16). Como el Padre lo había puesto todo entre sus manos al aceptar
depender de El (ver Jn 13,3), Jesús también lo ha colocado todo entre
las manos de la Iglesia: su Cuerpo, su perdón, su gloria... aceptando
depender de ella. Pero la Iglesia y María, son uno. Ninguna es nada
fuera de Jesús, ambas dependen totalmente de El. Quítese a la Iglesia
y a María su relación con Dios y... ya no son nada. «María –escribe
Montfort– es toda relativa a Dios. Y yo me atrevería a llamarla "la
relación de Dios", pues sólo existe con relación a El...» (VD 225).
También la Iglesia por ser el Cuerpo de Cristo, es relación de Dios,
depende totalmente de El, "sólo existe con relación a El". Pero es
cierto decir también que Dios, por ser Amor, aceptó depender de María
y de la Iglesia, ponerse en manos humanas. ¿No es quizá en el
encuentro entre la "pobreza" del hombre y la de Dios, que la Iglesia y
María viven su común misterio?
Por
último, como lo recalca con razón el P. Laurentin (Dieu seul est ma
tendresse, pág. 34-35; MR 5.42) esa dependencia de Dios respecto
de María sólo tiene sentido a partir del amor que Dios nos tiene, el
amor, cuya esencia misma es igualar lo que es inferior, y subordinar
el mayor al menor».
El
Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium, y Juan
Pablo II en su encíclica mariana, han iluminado maravillosamente esa
"unión íntima" de María con la Iglesia. Ambas son "vírgenes y madres".
Ambas dependen totalmente de Jesús. Por último, si María es madre de
la Iglesia, es ante todo «un miembro supereminente y absolutamente
único» (LG 53; ver 62.64; RM 5.42), y a título de tal ella es el
"modelo" (Ib. 63-65).
Las dos
Pascuas de Jesús
Para
Montfort, "entrar en la humildad de Dios" es, por tanto, ante todo
entrar en su Encarnación, comulgar con lo que vivió en el momento de
la Anunciación, cuando se anonadó aceptando depender de María. Sin
embargo, todos saben perfectamente que la vida cristiana es antes que
nada ingreso en la "Pascua" de Jesús. Ser bautizado, vivir el
bautismo, es pasar con Jesús a través de su muerte a la resurrección.
«Hemos sido –dice san Pablo– sepultados con Jesús por el bautismo, en
la muerte, a fin de que, como Cristo resucitó de entre los muertos
para la gloria del Padre, también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom
6,4). Ser cristiano es morir con Jesús, para resucitar con El. ¿Cómo
acontece, entonces, que Montfort, a pesar de presentar su
"consagración" como una "renovación perfecta de los votos [...] del
santo bautismo" (VD 126), nos invite con menor insistencia a compartir
la Pascua de Jesús que su Encarnación?
La
Pascua de la Encarnación
La
respuesta a esta pregunta es indudablemente muy sencilla. Para
Montfort, la Encarnación, también es ya una "Pascua": la primera
Pascua de Jesús, su primer paso por la muerte a la resurrección. Se ha
acusado a veces a Montfort de hablar demasiado de la Cruz y no lo
suficiente de la Resurrección; pero es que para él, el misterio
pascual de Jesús, en lugar de estar sólo al final de su vida, está
presente al comienzo. El "paso" a través de la muerte hacia la
Resurrección es una experiencia tan fuerte, tan central que en cierta
forma ha invadido toda la vida de Jesús, hasta su infancia, hasta su
nacimiento. Algo parecido a una piedra que se arroja al centro de un
estanque. A partir del sitio donde se ha roto la superficie del agua,
se forma una serie de ondas concéntricas que se extiende hasta el
borde. Así el misterio pascual de Jesús que es el norte y centro de
toda su vida la ha marcado en cierta forma de un extremo al otro,
hasta su niñez. San Lucas, en los dos primeros capítulos de su
evangelio, –llamados los "relatos de la Infancia"– nos muestra a la
Cruz ya presente en la pobreza del pesebre de Belén, el holocausto de
los inocentes, la profecía de Simeón que destroza el corazón de María
(«este niño tiene que ser un signo de contradicción»: Lc 2,34), los
tres días que Jesús estuvo perdido y lo encontraron, que preanuncian
los tres días del sepulcro y ...la resurrección. Para Montfort
también, la Cruz de Jesús invadió toda su vida, hasta su infancia.
Quizá con cierta falta de habilidad, nos muestra a «la Sabiduría
encarnada [que] amó la Cruz desde la niñez. Tan pronto entró en el
mundo, la recibió en el seno de su madre, de manos del Padre eterno, y
la plantó en medio de su corazón...» (ASE 169).
La
primera "muerte" de Dios
Imposible
remontar más arriba: en el momento mismo de la Encarnación la Cruz ya
está presente. La Encarnación es la primera "muerte" de Dios. La
expresión puede parecer un tanto fuerte, y sin embargo expresa a la
perfección un aspecto del misterio. Cuando se es Dios, el Infinito, el
Altísimo, no puede uno encarnarse, aceptar depender, obedecer,
empequeñecerse sin ..."morir". Lo que Dios vive en el momento de la
Encarnación, es su primera "muerte", no es quizá la cruz del
sufrimiento y la Pasión corporal, a los que somos mucho más sensibles,
nosotros que vivimos en la carne, sino la cruz de la obediencia y la
dependencia, la Pasión del espíritu y del corazón. Sí, al hacerse uno
de nosotros, Dios se ha "perdido" simple y llanamente, "anonadado",
como dice san Pablo.
La
resurrección antes de la Resurrección
Pero al
"perderse" en favor nuestro, Dios se ha "encontrado" (ver Mt 16,25).
La encarnación es también la primera resurrección del Hijo de Dios, su
primera Pascua. Al aceptar "anonadarse", encontró la "plenitud" que el
Padre "quiso hacer habitar en El" (Col 1,19), y de la cual "hemos
recibido gracia sobre gracia" (Jn 1,16).
Montfort tradujo
a su manera esa resurrección que vivió Jesús en el momento de su
primera Pascua.
«Este
Dios-hombre –dice– encontró su libertad en dejarse aprisionar en su
seno;
hizo
brillar su poder en dejarse llevar por esta jovencita;
cifró su
gloria en ocultar sus resplandores
glorificó
su independencia y majestad en someterse a esta Virgen...» (VD
18).
La "muerte" para Jesús en el momento de
la Encarnación consiste en "verse prisionero" y "depender", "dejarse
llevar", "ocultar sus resplandores" y "depender"; y la "resurrección"
–en ese instante– se llama "libertad", "fuerza", "gloria",
"independencia". Al "anonadarse", Jesús ciertamente no ha perdido su
divinidad, al contrario. Se podría en cierta forma decir que nunca
como entonces fue Dios. «En María –escribe Montfort– Dios se halla más
espléndida y divinamente que en ningún otro lugar del universo...» (VD
5); El se muestra con ella «grande, poderoso, operante e
incomprensible, y mejor que en el cielo...» (VD 165). Antes del camino
de la cruz, el camino de María que Jesús tomó para venir a nosotros es
ya un camino de resurrección.
Un
resumen de todos los misterios
Si
Montfort nos invita a seguir el ejemplo de Dios comulgando en este
primer misterio de la vida de Jesús es porque contiene en germen a
todos los demás. Se lo podría llamar un "misterio programa". Hay que
volver a leer el hermoso número 248 del Tratado de la Verdadera
Devoción que nos explica las excelencias y grandezas del misterio
de Jesús que vive y reina en María, es decir, de la Encarnación del
Verbo [...]. En este misterio [Jesús] realizó ya todos los misterios
de su vida por la aceptación de todos ellos; este misterio es, por
consiguiente, el compendio de todos los misterios de Cristo y encierra
la voluntad y gracia de todos ellos...» (VD 248). En el momento de la
Encarnación, todo lo que vendrá más tarde ya está presente, incluso el
misterio pascual de muerte-resurrección que Jesús sólo vivirá al
final. Del mismo modo que, en la primera célula de un ser humano, todo
su cuerpo, por complejo que sea, se halla ya, en cierta forma,
contenido, "programado", así también en este primer misterio, en esta
primera Pascua de Jesús, por invisibles que sean, están igualmente
contenidas todas las "pascuas" futuras, hasta la Pascua definitiva. El
"sí" de la agonía está ya presente en el "sí" de la Encarnación y
cuando Jesús acepta depender de María, acepta ya la muerte que llegará
un día.
Se
pregunta a veces por qué Montfort insiste tan poco en la escena del
Calvario donde Jesús al dar Madre al discípulo predilecto, hace de
ella la madre de todos. Es que para él –como anota R. Laurentin–,
María es nuestra madre desde la Encarnación. Su maternidad espiritual
se halla ya presente en la Anunciación. El "sí" que pronuncia y la
convierte en Madre de Jesús es también un "sí" a convertirse un día en
madre nuestra. Ya en la Anunciación nace la Iglesia.
Si el
misterio pascual de Jesús se halla ya presente en la Encarnación, del
mismo modo también toda la Iglesia, todos los hijos de Dios, todos los
miembros de Jesús se hallan ya presentes en ese Cristo que María
engendra en el momento de la Anunciación. Engendrando al que es Cabeza
de la Iglesia, María, en el momento de la Anunciación, engendra
también ya misteriosamente a todos sus miembros. En el instante
preciso en que Dios se hace hombre en María, estamos ya
misteriosamente presentes, comenzamos ya a ser hijos de Dios. Ya desde
la Encarnación comienza Jesús a vivir su misterio pascual: también
desde la Encarnación María comienza a ser Madre nuestra.
Un
camino más humano
Cuando se
pregunta a quemarropa a alguien: «¿Qué fiesta prefieres, la de Pascua
o la de Navidad?», se recibe a menudo la respuesta: «Prefiero la de
Navidad». Es posible que esta preferencia revele cierta ignorancia. Se
ha olvidado la importancia de la fiesta de Pascua: «Si Cristo no
resucitó, vana es la fe de Uds.» (1 Cor 15,14). Pero esa respuesta
revela también otra realidad: la fiesta de Navidad nos parece más
humana, más cercana a nosotros que la de Pascua. No se olvide que
antes de la Resurrección de Jesús tuvo lugar su muerte, y la Cruz nos
atemoriza. En cambio, uno no teme a un niño. ¡Un nacimiento es siempre
motivo de alegría! Se llega casi a olvidar que para convertirse en ese
niño, Dios se anonadó, experimentó una "muerte". "Es la dicha más
intensa" dice Claudel.
Quizá a
causa de esta preferencia tan natural de los hombres por la fiesta de
Navidad prefiere Montfort invitarnos a seguir a Jesús sobre todo en
los misterios de su infancia y de sus "comienzos". ¿Quién de nosotros
no conserva de su niñez un recuerdo maravilloso, mientras que el final
de la vida de los hombres no es a menudo sino dolores? Marcel Pagnol a
lo largo de todo su libro Le Château de ma mère,
evoca el paraíso de su niñez con su hermano Pablo y su inseparable
Lilí. Todo es alegría, paseos a caballo por las landas bajo el sol de
Provenza... Pero de repente al final del libro, en violento contraste
con esta gracia maravillosa de los "comienzos", tres páginas acaban
rápidamente con este paraíso de la infancia. Primero la muerte de la
madre, luego la de Pablito que parte a los 30 años, la de Lilí a quien
mata durante la guerra una bala en la frente... Y el autor concluye:
«Esa es la vida de los hombres. Algunas alegrías, muy pronto
desvanecidas por inolvidables tristezas. No hace falta decirlo a los
niños» (Le Château de ma mère, Ed. Livre de Poche, pág. 376).
Incluso si
va seguido de Pascuas, no es ante todo por el camino de los viernes
santos y de las "inolvidables tristezas" que nos invita Montfort a
seguir a Jesús, sino por el de Navidad y las gracias de la Infancia.
El
camino de María
Muy
cierto, Montfort no olvida el camino de la Cruz. Habla tanto de él que
se ha ganado la reputación de no ofrecer sino "cruces", de amar sólo
el sufrimiento. En su "Carta a los Amigos de la Cruz", nos invita –y
¡con qué intensidad!– a seguir valerosamente a Jesús, nuestro "jefe
coronado de espinas" (AC 27) por el camino de su segunda Pascua, "en
la pobreza, las humillaciones y los dolores" (AC 17). Pero, en el
Tratado de la Verdadera Devoción y El Secreto de
María, Montfort habla de la cruz y nos invita a seguir sobre todo
"el camino de María".
Todo
parece acontecer como si, una parte de su vida, Montfort hubiera
ensayado a seguir a Jesucristo por el camino de la cruz, pero sobre
este primer camino hubiera encontrado lo que él mismo llama "noches
oscuras, extraños combates y agonías...", hubiera tenido que pasar por
"escarpadas montañas [...], espinas muy agudas y pavorosos desiertos"
(VD 152). Había corrido el riesgo de desanimarse. Hubiera entonces
encontrado el "camino de María", el de la Encarnación, y "por el
camino de María, se transita más suave y tranquilamente" (VD 152).
Una vez
más, no habría que oponer los dos caminos. En el "camino de María"
también se encuentra la Cruz, con "grandes combates que librar y
grandes dificultades que vencer". En el camino de la Cruz también se
encuentra a María. Parece sin embargo que Montfort hubiera descubierto
que el primer camino era más humano (más "fácil" –dice él–, más
"corto") y que este descubrimiento se le hubiera impuesto a lo largo
de la vida, con mayor fuerza cada vez. Como Dios, hay que "comenzar"
por María.
Bautizados en un nacimiento
Indudablemente se podría llamar al camino monfortiano una "senda de
comienzos". De un extremo a otro del Tratado de la Verdadera
Devoción y de El Secreto de María, se halla continuamente
–como un estribillo provocador– esa referencia a los "comienzos". «Por
medio de la Sma. Virgen vino Jesucristo al mundo...» (VD 1). Por María
comenzó la salvación del mundo... María es «el camino por el cual vino
Jesucristo al mundo la primera vez...» (VD 49.50). Todo cristiano, y
por tanto todo monfortiano, no tiene otra cosa que hacer sino "seguir
a Jesús" («Si alguien quiere venirse conmigo, que renuncie a sí mismo,
que tome su cruz y me siga» [Mt 16,24]). Pero Montfort, con toda
sencillez, nos invita a "seguir a Jesús" desde el comienzo.
Por lo
demás, la espiritualidad monfortiana no es otra cosa que una
espiritualidad del bautismo. Todo cristiano está llamado a
vivir esta experiencia de ser "sumergido" ["bautizar" significa
"sumergir"] también con toda sencillez, nos invita Montfort a
"sumergirnos" primero en esta primera "muerte" de Jesús que constituyó
su "dependencia de María". Si uno se atreviera, podría llegar a decir,
que por nuestra consagración, hemos sido bautizados, en el
"nacimiento" de Jesús, antes que en su "muerte".
CUESTIONARIO
1.
¿Cuáles son los fines concretos de la consagración total a María,
según el P. de Montfort? (VD 243).
2. ¿Cómo
resumiría Ud. la enseñanza de san Francisco a Fray León?
3. ¿En
qué consiste honrar la dependencia de Jesús respecto de María?
4. ¿Cómo
agradecer e imitar esa "dependencia inefable..."?
5. ¿Qué
aspectos de la condescendencia de Dios se imitan en esta consagración
y su vivencia?
6. La
consagración total, ¿se vincula más con la Pascua o con la
Encarnación? ¿Cómo y por qué?
7. ¿Como
armonizar el "camino de la cruz", el "camino de María", el bautismo,
la Anunciación y el nuevo nacimiento?
ORACION
Con toda
sencillez confianza y ternura,
nos
dirigimos a ti, Virgen María.
Sabes que
somos "pobres", necesitados de todo,
y tú eres
nuestra Madre omnipotente.
Por ello
no dudamos en recurrir a ti,
en todas
nuestras necesidades de cuerpo y espíritu:
en las
dudas, para que nos esclarezcas;
en los
extravíos, para que nos conviertas al buen camino;
en las
tentaciones, para que nos sostengas;
en las
debilidades, para que nos fortalezcas;
en las
caídas, para que nos levantes;
en las
cruces, contradicciones, para que nos consueles (VD 107).
Por
tanto si nos consagramos por ti a Jesús,
no es ante
todo por el bien que tú nos haces,
o los
servicios que nos brindas,
sino
sencillamente porque mereces ser amada
y sólo
Dios en ti (VD 110),
porque tú
eres María y Jesús es Hijo tuyo.
Queremos ante todo, honrar e imitar la dependencia inefable,
que de ti
ha querido tener el Hijo eterno de Dios,
para
gloria del Padre y para salvación nuestra.
Queremos
también ante todo agradecer a Cristo el Señor,
por las
gracias incomparables que te ha dado,
y sobre
todo por haberte escogido por madre suya (VD 243).
"Todo
lo demás" queremos esperarlo sólo "por añadidura" (Mt 6,33).
Que el
Espíritu Santo que te posee totalmente
y que
habita en nosotros, nos dé por esta consagración,
avanzar
humildemente
por el
amor realmente gratuito,
que
nuestro mundo espera
y del que
Dios mismo nos da ejemplo.
VI.
NUESTRA TRANSFORMACION EN JESUCRISTO
Existe
en el mundo un anhelo de cambio. El hombre vive insatisfecho desde
siempre y desea a la vez "más" y "otras cosas". En respuesta a ese
anhelo, en la prolongación del Bautismo, por la Consagración a María,
Montfort nos propone un gran cambio: la "transformación de nosotros
mismos en Jesucristo". "Transformación" que se realiza por la
concepción en nosotros de Quien viene a asumir nuestra vida para
hacerla suya, hasta que sea "todo", no sólo en cada uno de nosotros,
sino en el mundo entero.
1. UN
ANHELO DE CAMBIO
El anhelo
de "cambio" que se observa por todas partes, no sólo en torno a
nosotros, sino dentro de nosotros, no data de hoy. "Mientras haya
hombres", estarán insatisfechos y querrán "cambiar". El hombre
renegaría de sí mismo, si no quisiera cambiar, dado que en el fondo de
sí mismo –lo sabemos por la fe– aspiramos todos a una transformación
radical de nuestro ser que va hasta un cambio de nuestra vida
profunda. «Ya no vivo yo –decía san Pablo– Cristo vive en mí» (Gal
2,20).
Pero hay
"cambio" y "cambio". Habría que poder "contemplar" la vida y ver con
los ojos de la fe, a través de todos los anhelos de "otra" vida, la
verdadera "transformación" que esperamos. "Hay que cambiar la vida",
decía el poeta Rimbaud. El mismo que añadía: «"Yo" es otro». Cuando lo
proclamaba, no pensaba hasta dónde va el "cambio" que anhelamos. Si
sabemos "leer" la vida, "traducirla", encontrarle sentido (lo que
"quiere decir"), descubriremos, más allá de todas las "revoluciones",
que los hombres anhelan "otro cambio", ése que el Evangelio llama
"conversión". La "conversión" es el viraje total, un cambio radical,
no sólo una transformación de estructuras, que es necesaria, sino un
cambio del "corazón" y del "espíritu": «Les daré un corazón nuevo,
pondré en Uds. un espíritu nuevo; quitaré de su carne el corazón de
piedra y les daré un corazón de carne. Pondré en Uds. mi espíritu...»
(Ez 36,26-27). Ezequiel no se atreve todavía a decir que el corazón
nuevo que el Señor nos va a dar es el suyo, el corazón de Dios, pero
es ya su propio "Espíritu" el que va a reemplazar el nuestro. "Pondré
en Uds. mi Espíritu". Cuando otro "corazón" late en nosotros, otro
"espíritu" vive en nosotros, sabemos que otra persona habita en
nosotros: «Ya no vivo yo...». Esta es la transformación que esperamos.
2. «A FIN
DE QUE NUESTRA VIDA YA NO SEA NUESTRA»
A esta
"invitación" expresada a través de todos los deseos de cambio,
responde indudablemente lo que el P. de Montfort llama "la
transformación de uno mismo en Jesucristo". Se ha hablado tanto de la
consagración a Jesucristo por las manos de María que quizá se ha
olvidado que la consagración no es más que un medio para llegar a la
meta que es vivir "la misma vida de Jesucristo" (AC 27). No se trata
solamente de darlo todo, sino de darse, de vivir la misma vida
que Aquel a quien nos consagramos. Es preciso –nos dice Montfort–
«avanzar de virtud en virtud, de gracia en gracia, de luz en luz, para
llegar hasta la transformación de uno mismo en Jesucristo...» (VD
119). La finalidad –añade– es la "transformación de las almas, en
María, a imagen de Jesucristo". En un pasaje del Tratado de la
Verdadera Devoción –que no es sino un tejido de citas bíblicas–
Montfort establece esta "primera verdad fundamental" que es que
«Jesucristo... es nuestra única vida que debe vivificarnos y nuestro
único Todo que en todo debe bastarnos» (VD 61).
"El
árbol y el fruto"
No nos
consagramos a María sino porque es la Madre de Jesús, y porque, por el
Espíritu Santo, sigue "dándolo a luz", y que si quiero poseer el
"fruto" tengo que poseer el "árbol" que lo produce, y este "árbol es
María" (VD 164). Pero lo importante es el "fruto", y el fruto ha sido
hecho para ser comido, para ser mi sustento y –dado que este fruto es
una persona–, para que yo viva su vida. Si acudo con tanta confianza a
la Virgen María, es porque ella está totalmente "transformada en Dios"
(VD 164), "ella ya no vive, ella ya no existe", sino Jesús en ella (VD
63); cuanto más me asemeje a ella, más semejante seré a Jesucristo que
es su vida (ver Col 3,4).
La
liturgia Eucarística (IV Plegaria) dice con fuerza: «Y porque no
vivamos ya para nosotros mismos, sino para El [Jesús], que por
nosotros murió y resucitó, envió, Padre, desde tu seno al Espíritu
Santo como primicia para los creyentes, a fin de santificar todas las
cosas llevando a plenitud su obra en el mundo». En cada Eucaristía no
hay solamente la consagración del pan y del vino, hay también la de la
asamblea, la de cada uno de nosotros. El Espíritu Santo (con la
colaboración de la fe de la Iglesia, la de María, la nuestra) viene a
"consagrarnos" también a nosotros a fin de que no vivamos ya para
nosotros mismos, sino para Jesús, a fin de "transformarnos en
Jesucristo".
Una
unidad tan grande
Con Jesús
estamos llamados a vivir una unidad tan grande que ninguna relación
humana puede expresarla completamente. E incluso si las tomáramos
todas juntas, estaríamos aún lejos de poder dar cuenta de nuestra
unión con Jesús. Somos sus amigos: «Ya no los llamo siervos..., sino
amigos» (Jn 15,15). Pero somos también hermanos y hermanas suyos: «No
tiene El reparo en llamarnos hermanos» (Hb 2,11), estamos "destinados"
a reproducir sus rasgos, «de modo que El sea el mayor de una multitud
de hermanos» (Rom 8,29). ¿No tenemos luego el mismo Padre y la misma
Madre? ¡Somos aún más! Somos su Esposa, por la que se ha entregado
para santificarla, porque quería presentársela a sí mismo totalmente
resplandeciente... "santa e inmaculada" (Ef 5,25-27). «Es cierto –dice
Montfort– que la Sabiduría Eterna tiene tanto amor a las almas que
llega hasta desposarse y contraer con ellas un matrimonio espiritual,
pero real que el mundo no puede conocer» (ASE 54). Jesús llega incluso
a decir que podemos ser su Madre: «Todo el que hace la voluntad de mi
Padre, ése es hermano mío, y hermana y madre» (Mc 3,35). Por último,
san Pablo, al meditar en el encuentro del camino de Damasco, descubre
que con Jesús –sobre todo en el dolor– formamos un solo Cuerpo (Hech
9,5). Somos realmente su Cuerpo. Entre él y nosotros hay tantas
comunicaciones de vida, de sensibilidad, de movimiento, como entre la
cabeza y los miembros del cuerpo. Si en la fábrica un laminador corta
la mano de un obrero, todo su cuerpo... y también su cabeza quedan
traspasados de dolor. ¿Qué le acontece entonces a Cristo que es
nuestra Cabeza, cuando también nosotros –miembros suyos– somos
triturados por el sufrimiento?
"Ya no
vivo yo..."
Pero quizá
hay que ir más lejos. Más allá de todas las uniones, más allá de la
comunión en la misma vida; se da la identidad: «Ya no yo... sino
Cristo» (Gal 2,20). Se ha dado como un cambio de persona que debería
causarnos temor, temor de "perdernos", de no ser más nosotros mismos,
porque ahora es "Otro" quien vive en nosotros. Ya no vivo yo, ya no
oro yo, ya no sufro yo, ya no amo yo... ¿Y si ese otro me destruyera,
me impidiera llegar a ser yo mismo? ¡Quiero ser yo mismo y no otro!
Felizmente no hay nada que temer. ¡Ese "Otro" no es como los otros!
Todos los demás –porque no me aman lo suficiente– pueden impedirme que
prospere, que sea yo mismo. El, al contrario, cuanto más sitio le
hago, cuanto más me abandono en El, cuanto más le permito "vivir" en
mí... tanto más feliz soy. El día en que El lo ocupe todo en mí, ese
día por fin seré realmente yo mismo. ¡No temas!
3. ¿COMO
LLEGAR A ESA TRANSFORMACION DE NOSOTROS MISMOS?
Pero ¿cómo
llegar esa transformación de nosotros mismos en Jesucristo? Podemos
decir que a este interrogante el P. de Montfort ha dado dos
respuestas: la primera en el Amor de la Sabiduría Eterna; la
segunda, en otras dos de sus obras: El Tratado de la Verdadera
Devoción y El Secreto de María.
El
Deseo, la Oración, la Cruz y María
En el
Amor de la Sabiduría Eterna que es su primera obra, Montfort nos
ofrece cuatro medios para adquirir y conservar la divina Sabiduría. No
se trata expresamente de la transformación de sí mismo en Jesucristo,
sino de que antes de vivir la vida de Jesús, hay que encontrarlo a El.
Estos cuatro medios para alcanzar la Sabiduría (a fin de vivir su
vida) son: 1) deseo ardiente; 2) oración continua; 3) mortificación
universal; 4) tierna y verdadera devoción a la Sma. Virgen.
Deseo
ardiente
Si –como
Montfort lo ha dicho al comienzo de su libro– «No se ama lo que no se
conoce» (ASE 8), tampoco se puede buscar lo que no se ama. Hay que
haber ya descubierto que la divina Sabiduría es «la más deseable de
todas las realidades que se puedan desear» (ASE 181), y este
descubrimiento, este "deseo" que lo gobierna todo, es a la vez "don"
de Dios y fruto de nuestra fidelidad en guardar los mandamientos («Si
me aman –dice Jesús– guardarán mis mandamientos» [Jn 14,15]).
Oración
continua
Cuando
hayas alcanzado el gran don del "deseo", tienes que buscar la oración:
«Busquen y hallarán, golpeen y les abrirán... y todo lo alcanzarán por
la oración» (ASE 184). Una oración llena de fe, de una fe viva y firme
que implora sin dudar, de una fe pura que mantiene la confianza aun
cuando nos parezca naturalmente que Dios no tiene ojos para atender
nuestra miseria, ni oídos para escuchar nuestras súplicas, una fe
perseverante, puesto que «Dios... no quiere otra cosa que dar...» (ASE
185-188).
Mortificación universal
La
expresión nos choca hoy. Es cierto que esta "mortificación" no tendría
sentido fuera de la "vida" que nos brinda. El misterio de Pascua, que
es el de Dios mismo, es un "Pasar" de la muerte a la vida. Habría que
hallar una expresión más "pascual", que insista más en la "vida". En
realidad en este tercer medio Montfort nos pide solamente renunciar a
la "sabiduría mundana", tan opuesta a la de Dios, "como las tinieblas
a la luz y la muerte a la vida" (ASE 199). Hay, pues, que optar. No
puedo hacer de la Sabiduría mi "tesoro", al seguir apegado mi
"corazón" a las falsas riquezas, los falsos placeres, las falsas
grandezas de este mundo. «Si alguien quiere venirse conmigo, que
renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz...» (Mt 16,24). Querer
escapar a la "mortificación" (o poco importa el nombre que se le dé),
sería como pretender vivir "Ese amor más grande", el amor del que
habla Jesús, "sin dar la vida". Y ¿cómo querer ser "transformados en
Cristo" sin compartir sus opciones, ni poner el corazón donde él ha
puesto el suyo?
La
auténtica "mortificación", ésa sin la cual todas las otras son
inútiles y "manchadas", es la del espíritu y del "corazón". Para
quedar "transformados en Cristo" hay que dejarnos guiar por su
"Espíritu" que le condujo a él a hacer no su voluntad sino la del
Padre: «He bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la del que
me envió» (Jn 6,38). La verdadera mortificación universal consiste en
el fondo y ante todo, en poner en práctica lo que cada día pedimos en
el "Padre nuestro": «Hágase tu voluntad...», «y no la mía» (Mt 6,10;
26,39). En concreto, esta mortificación de mi voluntad consistirá a
menudo en no imponernos "penitencias" importantes sin «pedir el
consejo de un hombre prudente» (ASE 202). Las verdaderas
mortificaciones, al igual que las verdaderas "pobrezas" son las que
uno no escoge: ésas que la vida nos ofrece cada día, sin necesidad de
ir a buscarlas.
"Una
tierna y verdadera devoción a la Sma. Virgen"
La
transformación de nosotros mismos en Jesucristo es asunto de
"encarnación". Ahora bien, solamente María, por la fuerza del Espíritu
Santo, recibió el poder de encarnar y dar a luz a la Sabiduría Eterna.
Por tanto, sólo ella puede hoy "encarnarla" en cada uno de nosotros.
«Solamente por María se puede alcanzar la Sabiduría» (ASE 203.209). Y
solamente por ella la podemos acoger porque nuestro corazón no es lo
suficientemente puro para recibirla.
4. EL
MAYOR DE TODOS LOS MEDIOS
En el
Tratado de la Verdadera Devoción y en El Secreto de María
podríamos decir que la segunda respuesta que da Montfort a la pregunta
"¿Cómo llegar esa transformación de sí mismo?" no es más que el
desarrollo del cuarto medio para adquirir la Sabiduría. A medida que
avanzaba por la vida, su experiencia lo condujo a captar cada vez
mejor la importancia de esta tierna y "verdadera devoción" a María. Ya
en El Amor de la Sabiduría Eterna, este cuarto medio es más importante
que los tres primeros: «Aquí tienes, finalmente, el mejor medio y el
secreto más maravilloso para adquirir y conservar la divina
Sabiduría...» (ASE 203). Pero la importancia del "secreto más
maravilloso" –se siente– no ha dejado de crecer. Muy ciertamente, los
otros "medios" no han desaparecido. Los hallamos de otra manera,
aunque –excepto la oración– han perdido su importancia. El "deseo"
ha sido como absorbido por la oración, lo que no es de extrañar puesto
que es un "don" y la oración misma es "deseo". Hallamos la
oración en el texto mismo del "Tratado" y en el "Secreto" –entre
los medios de santidad conocidos de todos (SM 4). Montfort compone
incluso una obrita que no es otra cosa que una "súplica ardiente" para
implorar de Dios misioneros. El tercer medio, la "mortificación
universal", se halla siempre presente también. Lo hallamos al
igual que la oración entre los "medios de santidad" que presenta El
Secreto de María (SM 4) y en la Carta a los Amigos de la Cruz.
Pero
–sobre todo en el "Tratado"– la "mortificación universal" (si se puede
identificarla con la cruz) aparece cada vez más imposible de vivir sin
la "dulce presencia" (SM 52) de María. A este cuarto medio ("una
tierna y verdadera devoción a la Sma. Virgen") da Montfort un
desarrollo considerable en El Secreto de María y sobre todo en
el Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen.
Surge
ahora una pregunta: ¿por qué ha ofrecido Montfort una segunda
respuesta a la pregunta planteada? ¿Por qué el cuarto medio para
obtener la Sabiduría que era ya el más grande ha alcanzado tanta
importancia? Sencillamente porque Montfort ha descubierto cada vez
mejor que la "transformación de sí mismo en Jesucristo" era cuestión
de encarnación y de semejanza.
"El
poder de encarnar y dar a luz..."
«Nadie,
fuera de María, escribe Montfort, encontró gracia delante de Dios para
sí misma y para toda la humanidad, nadie sino ella tuvo el poder de
encarnar y dar a luz a la Sabiduría eterna, y nadie, fuera de ella,
puede, aún hoy, encarnarla en los predestinados gracias a la operación
del Espíritu Santo» (ASE 203). El cristiano es no sólo alguien que se
deja invadir por el "Espíritu" de Jesús y que vive de su vida, es
"otro Cristo". Pero Cristo es el fruto del Espíritu y de María; por lo
mismo, todos los "otros Cristos" que son miembros suyos son también
fruto del Espíritu y de María. Un miembro de Cristo no puede ser hecho
de manera diferente que Jesús mismo. Su vida de "miembro" no puede
llegarle de otra fuente que la de Jesús, quien la recibió del Espíritu
Santo y de María. La madre de quien es la Cabeza debe ser también la
madre de los miembros (VD 32).
A imagen
de la "cabeza" y de los "miembros" del cuerpo, Montfort superpone otra
imagen bíblica que hemos encontrado ya: la del árbol y el fruto.
«Jesús es siempre y en todas partes el fruto y el Hijo de María; y
María es en todas partes el verdadero árbol que lleva el fruto de vida
y la verdadera Madre que lo produce» (VD 44). «Por consiguiente, quien
desee este fruto maravilloso en el corazón, debe poseer el árbol que
lo produce. ¡Si deseas poseer a Jesús, debes tener a María!» (ASE
204).
"La más
semejante a Jesucristo de todas las creaturas"
Otra
manera de "transformarse en Jesucristo" es –nos dice Montfort- la de
"asemejarse, estarle unidos y consagrados". El amor busca la
semejanza. Cuando uno ama, busca "asemejarse": «El discípulo no es más
que el maestro –dice Jesús–; le basta con ser como su maestro» (Mt
10,24-25). Trata de asemejarse a él en todo, hasta en el sufrimiento y
la pobreza que le permiten una semejanza mayor todavía. Montfort
escribe, por ejemplo a su hermana Guyonne Jeanne que vive una difícil
situación (la han despedido del convento que la había acogido):
«¡Consuélate, alégrate, sierva y esposa de Jesucristo, si te asemejas
a tu Maestro y Esposo! Jesús es pobre, Jesús está abandonado, Jesús es
despreciado y rechazado como la basura del mundo» (C 7). El mismo
canta a su vez:
«Jesús
pobre, quiero seguirte,
pobre tras
pobre, hasta la muerte...
Me asemeje
a ti en la vida,
o
quítamela ahora mismo...
que yo sea
pobre como tú» (CT 20,59.60).
Pero sólo
se busca asemejarse a Jesús en su pobreza y dependencia para
asemejarse a El en su mismo ser. Dios «nos ha destinado a
reproducir los rasgos de su Hijo, de modo que éste fuera el mayor de
una multitud de hermanos» (Rom 8,29).
"Expresar a Jesucristo al natural"
¿Cómo
"reproducir" entonces esta "imagen" del Hijo? Yo podría intentarlo por
mí mismo, apoyándome en mis propias fuerzas, en mi propia habilidad.
Imposible –dice Montfort–. Quienes lo hacen así «no logran expresar a
Cristo al natural... por falta de conocimiento y experiencia de la
persona de Jesucristo» (VD 220). La imagen de Jesucristo que
reproducen tiene algo de artificial y falso... Uno lo siente, no se
encuentra a gusto. Hay que encontrar un medio "natural" para "expresar
a Jesucristo", "sin que le falte rasgo alguno de divinidad" (SM 16).
El medio ya se adivina, es María. Ella ha formado al modelo que
estamos llamados a reproducir. Si ella ha formado al modelo, ¿no podrá
formar la imagen? Sin contar con que ella misma es «la más semejante a
Jesucristo de todas las creaturas» (VD 120), la que más se le asemeja:
«Tan unida y transformada en Dios, que fue preciso que él se encarnara
en ella» (VD 164).
Para dejar
que se forme en nosotros, por medio de la Virgen María, la imagen de
Jesucristo, Montfort nos propone dos experiencias: la de la "mirada" y
la del "molde".
Mirar
«Mira
ahora, dice Dante, el rostro que se asemeja más al de Jesús. Porque su
claridad es la única que puede prepararte a ver a Cristo». ¿Mirar a
Cristo? Voy a quedar deslumbrado, como los apóstoles en la
Transfiguración, por la "gloria" de su "rostro resplandeciente como el
sol» (Mt 17,2). «María –escribe Montfort– no es el sol, que por la
viveza de sus rayos, podría deslumbrarnos a causa de nuestra
debilidad; sino que es bella y suave como la luna que recibe su luz
del sol y la atempera para acomodarla a nuestra limitada capacidad» (VD
85). Al mirarla, al imitar su fe viva, su humildad profunda, su pureza
del todo divina (VD 260), al tratar de hacer todas mis acciones "como
ella las haría" si estuviera en mi lugar, llego a asemejarme a ella y
convertirme en "copia viviente" de quien es "imagen" viviente de
Jesucristo. Sin abandonar la humanidad, con un "modelo al alcance de
nuestra pequeñez", llego a transformarme poco a poco en aquel a quien
debo "reproducir" por vocación.
La gran
renuncia del abandono
Montfort
nos propone también la imagen del molde, que nos choca un
tanto. Pensamos inmediatamente en la uniformidad que destruye a las
personas, como si todos estuviéramos llamados a ser acuñados en el
mismo "molde". En realidad la imagen del "molde" se opone a la de la
"estatua". Para "reproducir la imagen de Jesucristo", puedo tratar de
hacer una "estatua", confiando en mi habilidad, en mi trabajo. Tendré
que pasar largo tiempo, tendré que trabajar mucho para alcanzar un
resultado quizá decepcionante; bastará un golpe de cincel o de
martillo "mal dado" para dañar toda la obra y no habré logrado
reproducir al modelo "al natural". María, por el contrario, «es el
gran molde de Dios, hecho por el Espíritu Santo, para formar a un
hombre en Dios al natural» (SM 16-18; VD 219-221). «No falta a este
molde rasgo alguno de la divinidad; todo el que en él es arrojado y se
deja moldear también recibe allí todos los rasgos de Jesucristo...».
En el punto de partida de esta imagen, hay una intuición profunda y
muy sencilla de que la formación del cristiano es cuestión de
"concepción" totalmente espiritual, ciertamente, pero verdadera. No
hay otra "formación" para los miembros de Cristo que la que brinda el
mismo Cristo, Hijo del Padre y de María por el Espíritu Santo. Para
reproducir la imagen del "hermano mayor", se trata menos de
"trabajar" apoyándose en sí mismo y confiando en su propia
destreza y fuerzas que de dejarse "formar", y abandonarse en
aquella que –inseparable de la Iglesia– recibió por vocación la misión
de formar a Cristo y a todos sus hermanos y hermanas.
Lo que es
difícil y exige gran "renuncia"; el verdadero "trabajo" consiste
precisamente el "abandonarse". El moldear en sí mismo, no es nada,
pero para ser "moldeado" hay que ser "muy maleable, estar muy
desapegado, muy fundido... sin apoyo alguno en sí mismo, hace falta
nada menos que "morir". Uno quisiera conservar el "comando" de su
vida, para realizarse uno mismo, y se hace preciso aceptar que hay que
"depender": dejarse "formar" y "engendrar". Pero es el caso que hace
falta mucha mayor "renuncia" para abandonarse que para trabajar por su
cuenta. En el fondo, es como si tuviéramos que optar entre dos
"renunciar": la del "trabajo" por propia cuenta y la del "abandono".
Duro es "trabajar" apoyándose en sí mismo y no contando sino con las
propias fuerzas, pero se tiene al menos el consuelo de saber que "soy
yo el que..." Más difícil aún es "abandonarse", confiar en el otro
diciendo: «No soy yo el que...».
Si
Montfort nos aconseja el camino del abandono, que es el más difícil,
no es, claro está a causa de la dificultad en sí, sino a causa de la
eficacia y del amor. El camino de María es el más eficaz, porque
cuando uno acepta dejarse formar en el "gran molde de Dios", recibe
allí –dice Montfort– "todos los rasgos de Jesucristo" (SM 17). Es
también aquel donde hay más amor, porque es el camino de la confianza
y del abandono.
CUESTIONARIO
1. ¿Qué
fundamentos bíblicos tiene la afirmación que expresa nuestra
transformación en Jesucristo? ¿Cómo la expresa el P. de Montfort?
2. ¿Qué
medios propone el P. de Montfort para lograr esa transformación?
3. ¿Cómo
se sirve Ud. de ellos?
4. ¿Por
qué insiste tanto Montfort en el cuarto medio? ¿Qué motivos ofrece?
5. ¿Qué
significan abandono y disponibilidad?
6. ¿Cómo
traducir esto para los hombres Hoy?
ORACION
Señor y
Padre nuestro:
en tu
designio de amor sobre el mundo,
quisiste
hacer de nosotros tus hijos de adopción.
Nos
asumiste, entonces, tales y como éramos
con todo
el precio de nuestra miseria y debilidad,
y has
hecho de nosotros hermanos de Jesús.
A fin
de que nuestra vida ya no nos pertenezca,
sino que
sea tuya por tu Hijo Jesús,
que por
nosotros murió y resucitó,
tú nos
enviaste el Espíritu Santo
que
prosigue su obra en el mundo,
transformándonos poco a poco
en la
imagen de tu Hijo.
Saludamos en María, nuestra hermana de humanidad,
a aquella
en quien esa transformación
llegó a su
perfección
–«la más
semejante a Cristo de todas las creaturas»– (VD 120).
Pero en
Ella no tenemos tan sólo
un modelo
precioso que admirar;
es también
para cada uno de nosotros
una madre
que nos brinda la vida.
Concédenos, Señor y Padre nuestro,
tomar
conciencia en la fe
de esa
vida nueva, de esa vida divina,
de esa
vida de amor, que nos va invadiendo poco a poco.
Cada día,
concédenos
«hacer las
cosas pequeñas como si fueran grandes,
por causa
de Jesús que en nosotros las realiza» (Pascal).
Finalmente, concédenos,
que nos
dejemos transformar
a imagen
de tu Hijo Jesús,
por María,
nuestra Madre, que nos lleva en su fe
hasta el
día de nuestra muerte,
que será
nuestro verdadero nacimiento.
VII. UNA
ENCARNACION QUE PROSIGUE
La
Encarnación no ha terminado; apenas ha comenzado. Jesús ha nacido en
Belén para comunicarnos su vida, como la Cabeza de un gran Cuerpo
cuyos miembros somos nosotros. Tiene, pues, que nacer también en cada
uno de nosotros. Pero entonces María, Madre de Jesús, debe ser también
la nuestra y seguir "encarnado" a su Hijo en nosotros, por el Espíritu
Santo. Con Montfort, se podría decir ante esta nueva vida –la de Jesús
en nosotros– que "no hemos nacido todavía". Como la creación, María
"primera Iglesia" [es el título de un librito escrito por el Card.
Ratzinger y Urs von Balthasar] está aún "en trabajo de engendrar y dar
a luz" y nosotros tenemos hoy que dejarnos formar por ella, como
hijos.
1. UN
CRISTO AUN INCONCLUSO
La
Encarnación no ha terminado: «Dios Hijo –escribe Montfort– quiere
formarse y, por decirlo así, encarnarse todos los días en los miembros
de su Cuerpo Místico...» (VD 31). Lo que aconteció en la Anunciación,
en Belén era el alumbramiento de Jesús. Pero Jesús, absolutamente
solo, no existe. Sin su Padre, Jesús no es nada. Pero sin nosotros,
después de la Anunciación, tampoco es el verdadero Jesús.
El
"Cristo total"
Somos –ya
lo vimos– no sólo sus amigos, sus hermanos, sino también su esposa,
sus miembros, su cuerpo: estamos llamados a formar uno solo con El. El
"Cristo total" es Jesús y sus miembros. No basta que Jesús haya nacido
como Cabeza del Cuerpo, tiene también que nacer en cada uno de sus
miembros. No basta que haya nacido –como dice Montfort– "para todo el
mundo en general", tiene que nacer también "para cada uno en
particular", sino no será jamás el "Cristo total". No será jamás sino
un Cristo "parcial", "inacabado".
"¡Un
Cristo inacabado!" Quizá necesitamos expresiones como ésta, para
"despertarnos" y ayúdanos a tomar conciencia –aunque sea sólo en
parte– de las maravillas que estamos viviendo. El Hijo que el Padre
nos ha dado, porque "nos ha amado tanto", es un Hijo, un Cristo
"inacabado", que apenas está "comenzando"... Hay que continuarlo. Dios
nos ama demasiado. Nos respeta demasiado para hacerlo todo y nosotros
nada. Dios es Padre, verdaderamente. No es paternalista. Entonces, ese
Hijo que pudiera habernos dado "terminado", "completo", "acabado", sin
colaboración alguna de nuestra parte para construirlo, ha querido
hacerlo con nosotros, con nuestra participación. En cierto sentido se
podría incluso decir que, para nosotros, nada está aún hecho. Porque,
para un "miembro" del Cuerpo, para un "sarmiento" de la "vid", la vida
comienza a partir del momento en que esa vida penetra en él. «De qué
serviría que Jesús haya nacido en Belén en otro tiempo, si no nace hoy
en tu corazón?» (Angelus Silesius). Ayer, ¡muy bien!, pero existe
también el hoy. La "cabeza", ¡muy bien!, pero existen también los
miembros.
San Pablo
sentía muy fuertemente esa "falta de plenitud" de Cristo, en
particular en su Pasión: «Voy completando en mi carne mortal –escribe
los Colosenses– lo que falta a las penalidades del Mesías por su
Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). Pero, antes de que Cristo sufra
en nosotros, tiene que nacer en nosotros, y crecer e invadirnos poco a
poco con su vida. Es lo que Montfort quiere decir cuando escribe:
«Dios Hijo quiere formarse y, por decirlo así, encarnarse todos los
días... en sus miembros...» (VD 31). Es como si dijera que falta algo
no sólo a los padecimientos de Cristo por su Cuerpo, sino también y
ante todo al nacimiento de Cristo en su Cuerpo, que es la Iglesia. La
espiritualidad monfortiana es una espiritualidad de la Cruz, pero es
también y ante todo una espiritualidad de la Encarnación, la de ayer
(en la Anunciación) pero aún más la de hoy. En estos dos polos
ayer y hoy
el
comienzo y el fin
"la
cabeza" y los "miembros"
"para todo
el mundo en general"
y "para
cada hombre en particular"
encontramos una especie de constante del pensamiento de Montfort que
establece muy fuertemente al comienzo del Tratado de la Verdadera
Devoción: «Por medio de la Sma. Virgen María vino Jesucristo al mundo,
y por medio de ella debe también reinar en el mundo» (VD 1). Lo que
aconteció ayer, en "la primera venida de Jesucristo", para la "cabeza"
de su Cuerpo, y para todo "el mundo en general", acontece todavía hoy,
en "la segunda venida de Jesucristo", para los miembros de su Cuerpo y
para cada hombre en particular. Entre estos dos "polos", hay –dice
Montfort– "una secuencia lógica necesaria" (VD 32). Completo también
hoy en mi carne lo que falta a su Encarnación. «La Encarnación de Dios
no culmina en Cristo, sino en toda la humanidad» (P. Varillon: Joie
de croire, joie de vivre, pg. 281).
2. LA
MISMA MADRE QUE DIOS
¡Tenemos
la misma Madre que Dios! Dado que somos los "miembros" de Jesús, que
somos su Cuerpo ("Uds. son el Cuerpo de Cristo..." [1 Cor 12,27]), que
vivimos de su vida, que somos uno con El, no podemos tener otra madre
que la suya. Por una "secuencia necesaria" –la misma de que acabamos
de hablar–, dice Montfort, María, que ha dado a luz la "cabeza" del
Cuerpo de Cristo, engendra y da a luz hoy ha sus miembros, que somos
nosotros.
Dios
tiene secuencia lógica en las ideas
Dios tiene
secuencia lógica en las ideas: «La forma en que procedieron las tres
divinas personas de la Sma. Trinidad en la encarnación y primera
venida de Jesucristo, la siguen observando todos los días de manera
invisible, en la santa Iglesia, y la mantendrán hasta el fin de los
siglos en la última venida de Jesucristo» (VD 22). Si Jesús nació ayer
del Espíritu Santo y de María, todavía hoy nace en sus miembros del
Espíritu Santo y de María. María no es sólo la madre de Jesús; lo es
también de todos los hermanos de él, de todos sus miembros.
El mismo
Jesús, desde lo alto de la cruz –cuando la Iglesia está naciendo de la
"llaga" de su costado abierto– nos da su madre: «Al ver a su madre y a
su lado al discípulo preferido, dijo Jesús: «Mujer, ése es tu hijo». Y
luego al discípulo: «Esa es tu madre» (Jn 19,26-27). La escena es
tanto más sorprendente dado que, indudablemente –de acuerdo con
ciertos especialistas– la verdadera madre de Juan (¿Salomé?), a quien
todo el mundo piensa que es su "verdadera" y única madre, está ahí, al
pie de la cruz (es una de las cuatro mujeres que el evangelista
muestra "junto a la cruz de Jesús")» Y delante de ella Jesús se atreve
a decirle a su hijo –dirigiéndose a María: «Esa es tu madre». Porque
Juan no es únicamente su hijo. Ha recibido otra vida, la de Jesús que
se ha injertado en la suya; tiene por tanto que renacer a esa nueva
vida y recibirla, como Jesús, de María y del Espíritu Santo que Jesús
entrega precisamente al morir, en una especie de Pentecostés sobre el
mundo: «... e inclinando la cabeza, comunica el Espíritu» (Jn 19,30).
Secuencia entre la naturaleza y la gracia
Es
evidente que la "secuencia en las ideas" de Dios está inscrita en la
vida. Es primero secuencia en la "naturaleza de las cosas", o mejor
una secuencia entre naturaleza y gracia. «Ninguna madre –dice Montfort–
da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza...
Del mismo modo, en el orden de la gracia, la Cabeza y los miembros
nacen de la misma madre. Y si un miembro del Cuerpo Místico de
Jesucristo... naciese de una madre que no sea María... no sería... un
miembro de Jesucristo» (VD 32). A causa de esta correspondencia entre
la naturaleza y la gracia, a causa de esta unidad profunda entre Jesús
y nosotros no podemos tener una madre diferente de la suya. Retomando
las enseñanzas del Concilio Vaticano II y las proclamas de Pablo VI,
afirma muchas veces Juan Pablo II en su reciente encíclica mariana que
María es "Madre de la Iglesia" (RM 24,44.47), es decir de Cristo y de
sus miembros que no constituyen sino uno con El. «Creemos que la Sma.
Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, prosigue en el cielo su
oficio materno respecto de los miembros de Cristo, cooperando en el
nacimiento y desarrollo de la vida divina, en las almas de los
redimidos» (RM 47 y Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios 15).
Secuencia dentro de la naturaleza misma
Cuando
decimos a la Virgen en nuestra oración: «...y bendito es el fruto de
tu vientre, Jesús», a menudo sólo pensamos en el pasado; pero se trata
de una realidad presente, de hoy. Jesús, nos dice Montfort, es hoy
como siempre el fruto de María; así lo repiten millares de veces todos
los días el cielo y la tierra, «Y bendito es el fruto de tu vientre,
Jesús...», de suerte que si algún fiel tiene a Jesucristo formado en
su corazón, puede decir con osadía: «¡Gracias mil a María, lo que
poseo es obra y fruto suyos!» (VD 33). Que Cristo haya sido formado
ayer en Jesús, o que hoy lo sea en mí, o también, que sea formado, en
el curso de la historia, "para todo el mundo en general", no cambia
mayor cosa a la realidad esencial que es siempre la misma: Jesús es
siempre el fruto de María y del Espíritu Santo. «Quien desee tener
este fruto admirable en su corazón debe poseer el árbol que lo
produce: quien quiera tener a Jesús, debe tener a María» (ASE 204; ver
VD 44.264.218).
3. «AUN NO
HEMOS NACIDO»
Si san
Pablo nos presenta a la creación entera "gimiendo con dolores de
parto", no es quizá sorprendente que nosotros «gimamos también
interiormente esperando la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8,22-23).
El "mundo antiguo" no se ha terminado todavía (Apoc 21,4) incluso si
el nuevo está ya presente y "trabaja" ya desde dentro al antiguo. «Lo
que seremos no se ha manifestado todavía» (1 Jn 3,2).
Una
muerte que es un nacimiento
El P. de
Montfort traduce esta realidad mediante una imagen que toma de san
Agustín: «Todos los predestinados, (es decir los miembros del Cuerpo
de Cristo), escribe, para asemejarse realmente al Hijo de Dios, están
ocultos, mientras viven en este mundo, en el seno de la Sma. Virgen,
donde esta Madre bondadosa los protege, alimenta, mantiene y hace
crecer...hasta que los da a luz para la gloria después de la muerte,
que es, a decir verdad, el día de su nacimiento como llama la Iglesia
a la muerte de los justos» (VD 33 y SM 14).
Una
muerte que es un nacimiento
El P. de
Montfort traduce esta realidad mediante una imagen que toma de san
Agustín: «Todos los predestinados, (es decir los miembros del Cuerpo
de Cristo), escribe, para asemejarse realmente al Hijo de Dios, están
ocultos, mientras viven en este mundo, en el seno de la Sma. Virgen,
donde esta Madre bondadosa los protege, alimenta, mantiene y hace
crecer... hasta que los da a luz para la gloria después de la muerte,
que es, a decir verdad, el día de su nacimiento como llama la Iglesia
a la muerte de los justos» (VD 33 y SM 14).
Podría
decirse que toda la vida ha cambiado. No caminamos hacia la muerte
sino hacia el nacimiento. O mejor, la muerte misma ha cambiado. La
muerte ya no es muerte: es un nacimiento, es nuestro verdadero
nacimiento, del cual el primero era sólo un anuncio y una promesa. ¿Y
nuestra niñez? También ha cambiado de sitio como nuestro nacimiento.
No está detrás, sino delante de nosotros: «Si no se hacen como estos
pequeños, no entrarán en el Reino de Dios» (Mt 18,3).
Una
niñez por venir
Evidentemente no se trata de quedarse en la niñez, sino como dice
Jesús de "hacerse" niños. Ese abandono total que hemos vivido como a
pesar nuestro, en el seno de nuestra madre y en los primeros años de
nuestra vida, tenemos hoy que vivirlo consciente y libremente, por
haber descubierto todo el valor de la confianza y del amor. «He nacido
muy viejo –escribe Juan Sulivan– ahora camino hacia mi nacimiento». La
"vejez" consistía en "sufrir" la dependencia, sin haber optado por
ella; la vejez es también –incluso en nuestra aparente madurez–
confiar únicamente en nuestra acción, crisparnos sobre lo que hacemos,
juzgándolo muy importante, tomándolo muy en serio. La verdadera
"juventud" y la "niñez" verdadera que están delante de nosotros,
consisten quizá en tomar un tanto menos en serio lo que hacemos,
nuestros planes y hasta nuestras ideas, y confiar un poco más en la
gracia.
4. COMO
NIÑOS
Es verdad
que el P. de Montfort nos llama a vivir como niños «que dependen para
todo de la solicitud de su madre». «Como el niño saca todo su alimento
de la madre que se lo da proporcionado a su debilidad, así los
predestinados sacan todo su alimento espiritual y toda su fuerza de
María» (SM 14). Hay que abandonarse –añade– como un instrumento entre
sus manos «a fin de que actúe en nosotros, y haga de
nosotros y en favor nuestro lo que mejor le parezca a la mayor
gloria de su Hijo y del Padre del cielo. No hay, pues, vida interior
ni acción espiritual posibles que no dependan de ella» (SM 46). Es una
dependencia, que mal entendida puede fácilmente parecer un regreso a
lo pueril, un regreso a la madre que impide a los seres madurar
realmente, convertirse en adultos responsables. En realidad se trata
de algo muy diferente.
"Animados por el Espíritu"
Se trata
de dejarse animar por el Espíritu Santo porque somos hijos de Dios:
«Hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se dejan llevar por el
Espíritu de Dios» (Rom 8,14), porque tenemos la misma vida que Jesús,
que estaba animado en lo más profundo de sí mismo, por el Espíritu. El
Espíritu lo conduce, lo impulsa, lo transporta de júbilo... (Lc
10,21). El mismo Espíritu, el de Jesús, anima a María: «Ella no se
condujo jamás por su propio espíritu, sino por el Espíritu de Dios que
se posesionó en tal forma de ella que llegó a hacerse su propio
espíritu» (VD 258). Al dejarme llevar por ella como un niño, me anima
el espíritu de Jesús, que la llena totalmente.
Todo esto,
es evidente, no se realiza sin grandes renuncias; ésas que ya hemos
encontrado y que hacen de esta vida nuestra de niños todo lo contrario
de un abandono pueril. Indudablemente se necesita mayor renuncia,
verdadera madurez, para dejarse llevar renunciando al propio espíritu,
que para obrar por cuenta propia o pretender actuar directamente por
Dios.
Una
experiencia pascual de verdadera madurez
Vivir
"como niños" nos lleva también a una experiencia pascual. Si es muy
cierto que "perdiendo la vida" se la "salva" y escogiendo el último
sitio se encuentra el "primero", lo es quizá también que al aceptar
"hacerse niños" (Mt 18,2) se hace uno verdaderamente adulto en la fe.
Una vez más, no se trata de renunciar a obrar, trabajar, reflexionar.
Nada se hará sin nosotros, sin nuestra acción, sin nuestro trabajo;
pero nada se hará tampoco sin el Espíritu Santo; y es verdadera
"madurez" reconocerlo y sobre todo obrar en consecuencia. ¡Cuántas
falsas virilidades se manifiestan a veces en actividades desbordantes
que se toman demasiado en serio o en reflexiones que no dejan ningún
sitio a la oración! Cuando creo demasiado en la importancia de mi
actuación (¡es evidente que sin mí jamás llegará el Reino de Dios!),
es posible que me manifieste mucho más niño ("en cuestión de
discernimiento", como dice san Pablo) que quien todavía "reza su
rosario" porque quiere conservar este humilde medio para dejarse
llevar por el Espíritu de Dios. Tengo que dar, pero también recibir.
Tengo que darme, pero también aceptarme. "Dando se recibe", dice san
Francisco de Asís, pero también "recibiendo se da", "aceptándose se da
uno". Habrá una imagen más vigorosa de esta forma de recibir –de
aceptarnos– del Espíritu Santo y de la Iglesia, que el ser engendrado
y recibirlo todo de la madre?
5. LA
ASUNCION: MISTERIO DE NACIMIENTO
Si la
Virgen María recibió –junto con la Iglesia– la misión de seguir
concibiendo a los miembros de su Hijo por el Espíritu Santo, debió
recibir los "medios" para cumplir esa misión. «No puede –nos dice
Montfort– "formar" a los hijos de Dios, alimentarlos, dar los a luz
para la eternidad, como madre suya...formarlos en Jesucristo y a
Jesucristo en ellos... y ser la compañera indisoluble del Espíritu
Santo para todas las obras de la gracia. No puede realizar todo esto,
si no tiene derecho ni dominio sobre sus almas por gracia singular del
Altísimo, que, habiéndole dado poder sobre su Hijo único y natural, se
lo ha comunicado también sobre sus hijos adoptivos, no sólo en cuanto
al cuerpo –lo que sería poca cosa–, sino también en cuanto al alma» (VD
37).
En
realidad, dado que se trata de un "poder para encarnar", "para dar a
luz", este derecho, este "dominio", este "poder" son antes que nada
una presencia que da a María, madre nuestra, los medios para cumplir
su misión. Aquí no hay "formación" posible a distancia. Si la Virgen
María nos engendra hoy misteriosamente a la vida nueva que crece en
nosotros, debe estar "presente" en nosotros. Si es imposible separar
la cabeza de los miembros del cuerpo, tampoco se puede separar a la
madre del niño que ella está "formando". Ambos deben estar en
contacto, sin distancias que les impidan unirse.
La
Asunción misterio de presencia
¿No es la
Asunción, para María, el "misterio" que le permite (el medio que Dios
le dio) para hacerse "presente" a sus hijos a quienes tiene por misión
"formar" y "ayudar a crecer"? Así como la resurrección de Jesús le
permite a El hacerse presente a todos los hombres –en todo tiempo y
lugar– por ser los miembros de su Cuerpo, y por no poder separar la
cabeza de los miembros (VD 2), del mismo modo, al entrar en su
Asunción, María –siendo creatura y todo– asumió todas sus dimensiones
en el tiempo y el espacio, para hacerse "presente" a nosotros, para
unirse a nosotros. Antes de su resurrección, Jesús estaba limitado por
el espacio y el tiempo, "no podía ser sino un hombre para algunos":
para los que el Padre le había "dado". Su resurrección al hacer
estallar todos los límites de tiempo y espacio, le permitió
convertirse en "hombre para todos" y constituir con nosotros, hermanos
suyos, un solo gran Cuerpo: la Iglesia. Igualmente, antes de su
Asunción, María estaba también limitada, sólo podía ser "una mujer
para algunos", "una madre para algunos": para Jesús, Juan, los
primeros discípulos... Al resucitar, también ella, como su Hijo y en
dependencia de El, se independiza del espacio y del tiempo... y del
número. ¿Qué le importa ahora que haya millares de seres humanos? Se
ha convertido en "una mujer para todos, una madre universal con las
dimensiones del mundo y de la humanidad".
Una
Mujer para el mundo
Cuando el
Apocalipsis nos presenta a la comunidad de los creyentes y, por tanto,
en cierta forma, a María, que es la personificación de la Iglesia,
como una Mujer revestida de sol, con la luna bajo sus pies y una
corona de doce estrellas en la cabeza (ver Apoc 12,1-2), nos describe
en cierta forma la Asunción. El espacio, el tiempo, el número quedan
superados: sólo existen una Mujer y un Niño para "todas las naciones"
(Apoc 12,5). Incluso si Montfort habla poco de la Asunción (como
insiste poco en la Resurrección), la realidad del "misterio" está
constantemente presente en la imagen de esa "Mujer" de dimensiones
como el mundo cuya misión es "ser la compañera indisoluble del
Espíritu Santo", a fin de "formar" con él a todos los hijos de Dios.
6. LA
CASA, LA HEREDAD Y EL ARBOL
En Belén,
María no ha hecho sino "comenzar" a Jesús. Pero su misión no ha
terminado. La "prosigue" hoy en todos sus miembros que somos nosotros.
Para hacernos comprender mejor esa "Misión" de María que continúa hoy,
Montfort nos la presenta con tres imágenes que corresponden a cada una
de las tres divinas personas. El Padre encarga a María poner "su
morada en Jacob"; el Hijo le pide "hacer de Israel su heredad".
Finalmente el Espíritu Santo dice a María: «Echa, amada esposa mía,
raíces en mis elegidos...» (SM 15; VD 29. 31. 34; ASE 23). Montfort
había encontrado estas imágenes en el libro del Eclesiástico
(24,8.12), en el que Dios confía a la Sabiduría esa triple misión. Y
no duda en desplazar la atribución: «Dios Padre ha dicho a María:
Pon, hija mía, tu morada en Jacob...» (SM 15). Para vivir
esa Encarnación continua de Cristo viviente en cada uno de nosotros,
debemos hacer la experiencia de una triple relación con quien es
nuestra Madre: debemos ante todo ser su casa, aceptar que ella que es
la "casa de Dios", haga de nosotros su morada. Realidad que Montfort
ha cantado:
«De la fe,
tras el tenue velo,
en mi
pecho yo la grabé,
con
celestiales resplandores.
¡Dicha
tanta nunca soñé!» (CT 77,15).
Debemos
igualmente, para vivir mejor nuestra relación con el Hijo, aceptar la
heredad de María, o sea, pertenecer a aquellos y aquellas que
el Padre le ha "dado", con su Hijo preferido. Y, por último, para
mejor vivir nuestra relación con el Espíritu Santo, debemos permitir a
María echar en nosotros "las raíces de sus virtudes", de su "fe
invencible", de su "humildad profunda..." (VD 34). ...A la imagen del
árbol y del fruto, se sobrepone la del árbol y las raíces. En efecto,
¿podría el "Arbol de vida" producir su fruto que es Jesús, sin poder
echar sus raíces en profundidad en aquel que lo acoge? Y, entonces,
–«cuando María ha echado raíces en un alma–, realiza allí las
maravillas de la gracia que sólo ella puede realizar... en unión del
Espíritu Santo...» (VD 35).
CUESTIONARIO
1. Tanto
el P. de Montfort (vgr. VD 31) como Juan Pablo II (RM) insisten en que
la Encarnación no ha terminado, sino que se prolonga por la fuerza del
Espíritu Santo y la colaboración de María, ¿en qué sentido es esto
cierto? Y ¿en cuánto nos concierne?
2. ¿Qué
es el "Cristo total"? ¿En qué sentido es María Madre del "Cristo
total"? (VD 61). ¿Cuál es aquí la acción del Espíritu Santo?
3. ¿Por
qué afirma el P. de Montfort que "aún no hemos nacido"?
4. La
idea del molde no es acaso una idea alienante? ¿Cuál es entonces el
sentido de la "disponibilidad" como virtud fundamental del consagrado?
5. ¿Qué
papel juega la Asunción en este contexto?
6. ¿Cómo
implica el P. de Montfort la acción de la Sma. Trinidad en la
presencia de María en nuestra vida?
7. ¿Qué
sentido tiene en Montfort la figura del árbol de la vida y qué
aspectos de nuestra experiencia de Dios quiere subrayar?
ORACION
Señor
Jesucristo:
mira que,
a los ojos de la fe
mientras
gira la vida cada día,
tu
Encarnación prosigue hoy
en cada
uno de tus miembros que somos nosotros.
"Celebramos Navidad todos los días",
porque el
Espíritu Santo y María, cuyo "fruto" eres tú,
siguen
haciéndote nacer y crecer
en tu
cuerpo que es la Iglesia.
Te damos
gracias y te glorificamos
por esta
maravilla que estamos viviendo.
Concédenos que te «reconozcamos
como Señor
en nuestros corazones» (1 Pe 3,15)
y que
también te reconozcamos y te amemos
en todos
aquellos con quienes nos cruzamos cada día.
Vives y
creces en ellos,
y tu
Espíritu se encuentra ya a la obra
en todos
aquellos que aún no te conocen.
Danos
una tierna y verdadera devoción a María,
tu Madre y
Madre nuestra, pues con Ella y por Ella,
lleva el
Espíritu Santo a plenitud
su obra de
divinización, haciéndote crecer en nosotros,
«hasta tu
edad perfecta» (Ef 4,13).
Haz que
un día podamos decirte con toda verdad:
«Ya no
vivo yo, tú vives en mí» (Gal 2,20).
Porque
entonces serás «todo en todos» (Col 3,11).
VIII. UN
PADRE QUE ES DIOS Y UNA MADRE QUE ES MARIA
«Así como,
en el orden natural, todo niño necesariamente tiene un padre y una
madre, del mismo modo, en el orden de la gracia, todo verdadero hijo
de la Iglesia debe tener a Dios por Padre y a María por Madre. Y quien
se jacte de tener a Dios por Padre, pero no muestra hacia María la
ternura de un verdadero hijo, no será más que un impostor...» (SM 11).
Si la
Encarnación prosigue hoy tal como comenzó, si los "otros Cristos" que
somos nosotros, nacen del mismo modo que Jesús del Espíritu Santo y de
María, entonces también como él somos hijos del Padre y de María. No
sólo tenemos el mismo Padre, sino también la misma Madre. Cuatro
razones pueden ayudarnos a penetrar en esta verdad de vida. Si todos
tenemos no sólo un Padre que es Dios sino también una Madre que es
María, hermana nuestra en humanidad, ello es ante todo cuestión de
"pobreza", pero también cuestión de humanidad, de "participación" y de
verdad.
1.
CUESTION DE «POBREZA»
Cuando
recitamos el Padrenuestro, lo hacemos con frecuencia de carrera y
llegamos al final de la oración, sin la menor inquietud. ¡Y sin
embargo! Acontece que hay niños o santos que, presa de vértigo, se
detienen desde las primeras palabras. "Padre nuestro". ¡Qué fácil
decirlo! Un tanto más difícil, quizá hasta imposible... vivirlo,
cuando hacemos como lo pide Montfort "una seria reflexión" (VD 139),
acerca de nuestra condición de hijos de Dios.
¿Tener
a Dios por Padre?
Quizá es
suficiente pasearnos de noche, bajo un hermoso cielo de invierno, y
contemplar las estrellas. ¿No era esto lo que Dios pedía a nuestro
padre en la fe? «Dios dijo a Abrahán: alza los ojos al cielo, y
cuenta, si puedes, las estrellas... (Gn 15,5). Como él, contemplo los
astros, no intento siquiera contarlos, pienso en sus distancias: la
estrella más cercana: cuatro años luz... la galaxia de Andrómeda que
puedo percibir como una pequeña mancha blanca en un ángulo perdido del
firmamento, se halla a 1.900.000 años luz, o dos millones (los sabios
no lo saben con exactitud, ¡tan lejanas! Me detengo, cierro los ojos.
Me dejo penetrar por lo infinitamente grande y pienso: al creador de
todas estas maravillas (porque pienso también en lo "infinitamente
pequeño", en lo "infinitamente complejo"), al "Altísimo", al
"Infinito", ¡puedo llamarlo "Padre"! ¿Cómo es posible? ¡Tener el mismo
Padre que Dios! Porque es exactamente eso: Jesús es Dios y tengo por
Padre al mismo Padre que El. ¿Qué llegaré a ser? Porque no sólo soy
creatura (entre Dios y yo, hay precisamente una distancia infinita)
sino que soy... ¡pecador! «Aléjate de mí, que soy un pecador», le
decía Pedro a Jesús.
¿Dios
hermano nuestro?
Ciertamente, para acercarnos al Padre, tenemos a Jesús que es nuestro
"mediador", pero el P. de Montfort no duda en decir que «Necesitamos
de un mediador ante el Mediador mismo» (4ª Verdad fundamental: VD
83-86). «No es Jesús, acaso, Dios igual en todo a su Padre, y, por
consiguiente, el Santo de los santos, tan digno de respeto como su
Padre?» (VD 85). ¡Tampoco es nada tener a Dios por Hermano nuestro!
Quizá incluso es más difícil que tenerlo por Padre, a causa de la
cercanía insoportable: «Aléjate de mí, que soy un pecador».
La
Sabiduría va a venir a nosotros...
En El
Amor de la Sabiduría Eterna, imagina Montfort un instante en que
vamos a recibir el don de la Sabiduría: la Sabiduría va a venir a
nosotros, ¡qué maravilla! Pero, ¡ay! Se ve perfectamente, nos dice
Montfort en su estilo, que no tenemos ni idea de la grandeza de Dios,
de su santidad ni de nuestra condición de pecadores. No nos portamos
como si no tuviéramos conciencia de ello... ¿Creemos acaso que podemos
brindar asilo a lo Infinito del Amor en nuestro miserable corazón?
«¿Qué casa, qué lugar, qué trono ofreceremos a una Reina tan pura y
resplandeciente, ante la cual los rayos del sol no son sino fango y
tinieblas?... ¿Nuestro corazón? ¿Ignoras, quizá, que nuestro corazón
está manchado e impuro, es carnal y está lleno de múltiples pasiones
y, por tanto, es indigno de hospedar a tan santo y noble huésped?»
(ASE 209.210). En el fondo, Montfort nos reprocha esa falta de
"respeto a Dios" de que habla la Escritura y que no es quizá otra cosa
que la conciencia de la grandeza de lo que vivimos. ¡Ah! ¡Si
supiéramos! Pero, ¡ay!, no sabemos lo que vivimos.
Y cuando
se recibe la gracia de "saber lo que vivimos", de tomar conciencia
–aunque sea sólo en mínima parte– lo que significa ser "hijos del
Padre", nosotros "pobres pecadores"... entonces nos sentiremos
contentos de tener también una Madre que es María. La vida de Dios que
recibo del Padre infinitamente santo y grande, si al mismo tiempo no
la recibiera de María, no la podría soportar seguramente; quedaría
como "aplastado" por el "peso de la gloria". María viene a humanizar a
Dios, a humanizar al Amor y hacer muy sencillamente que sea posible y
vivible para un ser humano y un pecador: "Ruega por nosotros,
pecadores". Cuando tomo conciencia de que con el mismo amor con que me
ama el Dios Altísimo, me ama al mismo tiempo el corazón de una persona
humana, María, hermana en humanidad, entonces, –como decía el viejo
Padre Monier–, "¡Esto funciona!"
Un gran
desequilibrio
Sí, ¡esto
funciona!, y sin embargo, al reflexionar en ello, percibimos que
nuestra vida de hijos de Dios –al igual que la de Cristo– está
edificada sobre un inmenso desequilibrio, tal como sólo seguramente el
Amor lo puede construir. Esa vida nueva que crece en mí, la estoy
recibiendo de dos fuentes que ciertamente no se hallan al mismo nivel:
mi Padre es Dios (tú, "Padre nuestro que estás en el cielo"),
Altísimo, infinito, y mi madre es María, pequeñita, "la humilde
María", dice Montfort (VD 157). Uno puede escandalizarse o sonreír
ante semejante desequilibrio. En realidad hay que avanzar todavía un
poco más. Porque el Amor sobre todo cuando es Dios (1 Jn 4,8.16), lo
vuelve todo al revés. Recordémoslo: el amor engrandece lo pequeño, y
empequeñece lo grande. María es verdaderamente Madre de Dios sin dejar
un solo instante de ser creatura. Y Dios, nuestro Padre, acepta
"anonadarse" en su Hijo Jesucristo sin dejar de ser Dios. «El que es,
dice Montfort, quiso venir a lo que no es y hacer que lo que no es se
convierta en Dios o en el Que es; lo ha hecho con toda perfección
entregándose y sometiéndose totalmente a la joven Virgen María, sin
dejar de ser al mismo tiempo el Que es desde toda la eternidad...» (VD
157).
En el
fondo, resulta casi tan difícil para nosotros decirle a María "Madre"
como a Dios "Padre", aunque las razones no sean las mismas. A Dios,
porque es demasiado grande. A María, porque es demasiado pequeña. Muy,
pero muy pequeña. "La pequeña María" (VD 157) de quince años, y
meramente humana: ¡convertirse en Madre de Dios y de la humanidad!
Pero nada es demasiado pequeño para el Altísimo cuando su amor quiere
mostrarse magnánimo.
2.
CUESTION DE HUMANIDAD
Si María
es nuestra Madre, esto es también cuestión de humanidad. «Así como en
la generación natural y corporal, concurren el padre y la madre,
también en la generación sobrenatural y espiritual hay un Padre, que
es Dios, y una Madre, que es María» (VD 30). En esta vigorosísima
afirmación, la expresión importante es "así como": «así como en
la generación natural... también en la generación sobrenatural...», un
"así como" de semejanzas tanto más desconcertantes cuanto que, por lo
demás, Montfort (sobre todo cuando habla de la Sabiduría de Dios en
contraposición a la sabiduría humana marcada por el pecado) no cesa de
insistir en la diferencia e incluso en la oposición entre Dios y
nosotros. La sabiduría del mundo es tan contraria a la sabiduría de
Dios "como las tinieblas a la luz y la muerte a la vida" (ASE 199). En
realidad lo que Montfort contrapone, cuando insiste en las
diferencias, no es a Dios y el hombre, a la gracia y la naturaleza,
sino a la gracia y el pecado. Si no existiera el pecado en el mundo,
no habría oposición entre la sabiduría del hombre y la sabiduría de
Dios, ni habría "paradojas" en el Evangelio; sólo habría "parábolas".
Porque Jesús no habla sólo en "parábolas" sino también en "paradojas".
Paradojas y parábolas
Cuando
Jesús habla en parábolas dice: el reino de Dios es como la vida...:
«el sembrador salió a sembrar..., un hombre tenía dos hijos..., una
mujer tenía diez dracmas y perdió una..., ¿quién de Uds., si su hijo
le pide pan, le da una piedra...?»
(Mt 13,3; Lc 15,11; 15,8; Mt 7,9).
Pero
cuando Jesús dice "paradojas", dice al contrario: el reino de Dios no
es exactamente como en la vida: en la vida «los jefes de las naciones
las tiranizan y los grandes las oprimen. No será así entre Uds.; al
contrario, el que quiera subir, sea servidor suyo...» (Mt 20,25). En
el mundo, ganando la vida se la salva, pero en el reino, sucede al
contrario, el que pierde la vida la encuentra (Mt 16,25.26). En el
mundo, si quieres ser el primero, tienes que colocarte en el primer
lugar; en el reino, por el contrario, ¿quieres ser le primero?, ponte
en el último lugar (Mc 10,44; Lc 14,10). Podríamos decir que, así como
el Evangelio, del que no es sino una "lectura" entre otras, el
pensamiento monfortiano se realiza por la unión muy estrecha entre
"paradojas" y "parábolas". Las "paradojas" gravitan en torno a la
Cruz. Y las "parábolas", en torno a María. La cruz nos dice que «los
pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos» (Is 55,11) y que
entre el pecado y el amor hay una oposición total. Pero María nos
recuerda que el hombre tal como fue creado "a imagen y semejanza de
Dios", es fundamentalmente bueno, porque a imagen de su vida de hombre
humana se le restituye la vida de Dios.
Un
Padre y una Madre
Sí, el
reino de Dios se parece a la vida humana: tenemos un padre y una madre
en la tierra, y tenemos también un Padre y una Madre en el cielo. El
Padre de Montfort añade incluso: «Quien no tiene a María por Madre no
tiene a Dios por Padre» (VD 30). Si en la vida humana, tenemos un papá
y una mamá, ¿cómo será posible que en nuestra vida divina, tengamos
sólo un Padre, y no una Madre? Todo mundo diría "¡no es humano!". Los
niños lo saben mejor que nosotros: Un día un niño de cinco años
aprendía a hacer la señal de la Cruz que la madre le hacía repetir con
mucha paciencia: "En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo...: repite conmigo". Y el niño repetía, naturalmente,
mezclándolo todo, como hacen los chicuelos.
– No, hijo
mío, no se dice: En el nombre del Padre y del Espíritu Santo...,
repite ahora conmigo: "En el nombre del Padre y del Hijo..."
– ¿Y
después? - Del Espíritu Santo.
– ¿Y del
Espíritu Santo?
– Sí, ...
y del Espíritu Santo.
El niño se
detiene un momento, mira a su madre, y de repente, luego de un
silencio, exclama:
– ¿Y la
madre, dónde está?
Ese niño
que tenía frente a su madre y no sabía qué hacer con el Espíritu
Santo, había comprendido claramente que si él, niño de cinco años,
tenía una mamá, el "Hijo" del "Padre" debía ciertamente tener también
una.
¿Huérfanos espirituales?
¡Qué pena!
Lo que los niños saben muy bien, lo hemos olvidado nosotros. Como para
tantas otras cosas, nos hace falta ponernos a la escuela de las
evidencias y de los niños. O reconocer que lo "divino" no tiene mayor
cosa que ver con lo "humano", que están totalmente desvinculados el
uno del otro. Pero, ¿cómo es posible entonces, sobre todo hoy cuando
se habla tanto de promoción del "hombre" en general, y de la "mujer"
en particular? Y sin embargo, ¡cuántos hay entre nosotros que viven
como cristianos nacidos de "madre desconocida"!, o esa madre que
tuvieron, la perdieron o...la olvidaron. ¡Se volvieron huérfanos
espirituales!
3.
CUESTION DE PARTICIPACION
Si María
es nuestra madre, si el Espíritu Santo no quiso hacer nada sin la
"pobreza" de su humanidad, de su virginidad, es también cuestión de
"participación". Dios nos ama demasiado para hacerlo todo él sólo.
María representa, –primero para el nacimiento de Jesús– pero también
para el de los demás Cristos, que somos nosotros, la participación de
la humanidad. "Hacen falta dos para hacer un niño": hacen falta dos
también para hacer un hijo de Dios: el Espíritu Santo y la humanidad,
el Espíritu Santo y la Iglesia, el Espíritu Santo y María. María
representa la participación de la humanidad, de la Iglesia, esposa de
Dios para el nacimiento de Cristo en el mundo.
Aunque no
emplee el término "participación", Montfort insiste en la
"dependencia" que Dios quiso vivir haciéndolo todo sólo por María.
Tanto para dar a luz a Cristo, como para hacernos miembros suyos hoy o
para comunicarnos sus gracias y dones, quiso Dios y quiere todavía hoy
necesitar de ella. Resumiendo en el No. 140 del Tratado de la
Verdadera Devoción lo que había desarrollado ampliamente al
comienzo del libro (VD 14-39), el P. de Montfort exclama, retomando
para cada una de las tres personas divinas las tres grandes etapas de
la Encarnación: «El Padre no dio ni da su Hijo sino por
medio de María, no se forma hijos adoptivos ni comunica sus
gracias sino por ella.
Dios
hijo se hizo hombre para todos solamente por medio de
María, no se forma ni nace cada día en las almas sino por ella
en unión con el Espíritu Santo, ni comunica sus méritos y virtudes
sino por ella.
El
Espíritu Santo no formó a Jesucristo sino por María y sólo
por ella forma a los miembros de su Cuerpo místico y reparte
sus dones y virtudes» (VD 140).
La
participación de la Iglesia
Pero las
expresiones (como la repetición "por ella") no deben
engañarnos. La participación de María no forma sino una sola realidad
con la de la Iglesia, de la humanidad, de cada uno de nosotros. María
brinda una participación perfecta (es la Inmaculada) y para todos (es
la nueva Eva) y para siempre. Pero no se la debe desvincular de la
Iglesia que también es "madre" y de cada uno de nosotros llamados
también a participar en el nacimiento de Cristo en nosotros y en
nuestros hermanos, por la fe. «¿Quién es mi madre?», preguntaba Jesús;
y respondía él mismo: «Mi madre y mis hermanos, son los que escuchan
la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8,21). Por tanto, por la fe, por
"la escucha de la palabra de Dios" que María ha vivido en perfección,
puedo en cierta forma, yo también, con toda la Iglesia, compartir la
vocación de María, madre de Jesús.
Como lo
dice muy bien el Vaticano II: «...al contemplar la santidad misteriosa
de la Virgen e imitando su caridad, cumpliendo fielmente la voluntad
del Padre, la Iglesia se hace a su vez madre, gracias a la Palabra de
Dios que recibe en la fe: por la predicación, en efecto, y por el
bautismo, engendra a la vida nueva e inmortal, de los hijos concebidos
del Espíritu Santo y nacidos de Dios» (LG 64).
La
paternidad del apóstol y la maternidad de María
El apóstol
tiene también clara conciencia de que su obra evangelizadora no es
sólo cuestión de técnica, de palabras y contactos: se trata de un
"nacimiento". Y a quienes ha llevado la buena noticia se atreve a
decirles: «Hijos míos, otra vez me causan dolores de parto, hasta que
Cristo tome forma en Uds.» (Gal 4,19). «Como cristianos fui yo quien
los engendré a Uds. con el evangelio» (1 Cor 4,15). Y Montfort recoge
las expresiones, como eco, en su carta a los habitantes de Montbernage
a quienes había predicado una misión: «...Me tomo la libertad de
escribirles, antes de partir, como lo haría un padre afligido a sus
hijos... ¡El cariño cristiano y paternal que les tengo es tan grande,
que les llevaré siempre en el corazón, en la vida, en la muerte y en
la eternidad» (CM 1). Pero esta paternidad del apóstol, esta
maternidad de la Iglesia, forman una sola con la de María que es su
fuente. «Y se pueden aplicar a María con mayor razón de la que tenía
san Pablo para aplicárselas a sí mismo, estas palabras: Hijos míos,
otra vez me causan dolores de parto hasta que Cristo tome forma en
Uds.» (VD 33; ver RM 43).
La
maternidad de María y la de la Iglesia
Ambas,
María y la Iglesia, pronuncian estas palabras que son verdaderas de
cada una de ellas y sus dos maternidades no son más que una. Cuando
María, engendró en sí a Jesús por el Espíritu, dio comienzo a una
experiencia que no terminará nunca, porque es una invitación lanzada a
toda la humanidad a engendrar también a ella, por el Espíritu Santo y
con María, a su Salvador. Pero también cuando la Iglesia, madre
nuestra, engendra todos los días a los "hijos de Dios", sabe
perfectamente que sólo la que dio al mundo la "Cabeza del Cuerpo"
puede también engendrar hoy a sus miembros. Montfort no puso de
manifiesto con mayor claridad ese vínculo entre la maternidad de María
y la de la Iglesia como en esta frasecita de El Secreto de María:
«Todo verdadero hijo de la Iglesia debe tener a Dios por Padre y a
María por Madre» (SM 11). Los verdaderos hijos de la Iglesia son los
del Padre y de María. Montfort anticipa así –podemos decir– las
grandiosas intuiciones del Vaticano II que proclama: «En el ejercicio
de su apostolado, la Iglesia vuelve los ojos a justo título hacia
aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido
de la Virgen precisamente a fin de nacer y crecer también por la
Iglesia en el corazón de los fieles. La Virgen ha sido en su vida el
modelo de ese amor materno del que deben hallarse animados cuantos,
asociados a la misión apostólica de la Iglesia, trabajan en la
regeneración de los hombres» (LG 64; ver RM 43).
La
Encíclica de Juan Pablo II sobre la Bienaventurada Virgen María en la
vida de la Iglesia insiste fuertemente en el vínculo entre María y la
Iglesia. Ambas, María y la Iglesia, son "vírgenes y madres" (n. 42).
Ambas engendran por la fe (43), dependen totalmente de Cristo, en su
ser y en su actuar (38). Y sobre todo, ambas se iluminan mutuamente.
Del mismo modo que el misterio de Cristo y de María se iluminan
mutuamente, así sucede con el misterio de María y el de la Iglesia (n.
4.27.30.31).
4.
CUESTION DE VERDAD
Fuera de
ser una cuestión de "participación", se trata pues también de una
cuestión de "verdad". Cuando Montfort estable con todo vigor que
«Quien no tiene a María por Madre, no tiene a Dios por Padre» (VD 30),
empalma en cierta forma con las palabras de Cristo a los fariseos que
pretendían tener a Dios por Padre: «Si tuvieran a Dios por Padre, me
amarían, porque yo procedo de El...» (Jn 8,42). Y coincide también con
las palabras de san Juan: «Si uno dice: Amo a Dios, pero detesta a su
hermano, es un mentiroso; quien no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo
amará a Dios a quien no ve?» (1 Jn 4,20). En ambos casos se trata de
una "llamada a la humanidad", a la Iglesia. Se podría traducir así:
«¿Dicen que tienen a Dios por Padre? ¿Y se dirigen a El diciéndole:
"Padre nuestro que estás en el cielo"? Comiencen entonces por
considerar a la humanidad como madre. Por aceptar la maternidad de la
Iglesia y de María. ¿Pueden Uds. decirle a Dios "Padre nuestro" si no
son capaces de decirle también "Madre nuestra" a un ser humano, a
María, madre de Jesús?»
Un
camino que Dios siguió
Ya en sus
días escuchaba Montfort una objeción que se repetirá siempre: Mejor ir
directamente a Dios, ¿para qué pasar por la Virgen María? Una creatura
sólo puede constituir un obstáculo para unirnos al Creador (VD 164; SM
21). Y Montfort respondía que María no es una creatura como las demás:
no sólo constituye un obstáculo en el camino, sino que ella se
convierte en camino hacia Jesús: «¿Será posible que la que halló
gracia delante de Dios para todo el mundo en general y para cada uno
en particular estorbe a las almas alcanzar la inestimable gracia de la
unión con él?» (VD 164). Claro está, no tenemos más mediador que Jesús
(1 Tim 2,5) y si María es un "camino" para avanzar hacia Dios se debe
a que no constituye sino un "Camino" único con su Hijo (Jn 14,6; VD
61) de quien recibe cuanto ella es.
Pero hay
más: ¿no es Jesús mismo quien quiso tomar el "camino" de María para
venir a nosotros? ¿Y pretendemos nosotros prescindir de ella para
llegar a Jesús? ¿No quiso El, acaso, Hijo eterno del Padre, hacerse
Hijo de María? María no sólo no es "obstáculo" sino que es camino
querido por Dios, tomado por él. María es un camino de Dios hacia el
hombre, antes de ser camino de hombre hacia Dios.
Referencia a la Iglesia
¿No nos
remite al hombre Jesús mismo –en nombre de la "verdad"– desde que nos
volvemos hacia El? «Pero, Señor, ¿cuándo te vimos?...: tuve hambre,
tuve sed... lo que hicieron al más pequeño a mí lo hicieron» (Mt
25,37-40). Podríamos casi decir que Jesús mismo habla de estas dos
mediaciones (que no constituyen sino una) para ir al Padre: la suya:
«Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6) y la de la Iglesia: «Lo que
hicieron al más pequeño... a mí lo hicieron» (Mt 25,37ss). El mismo
relaciona también las dos mediaciones cuando dice, por ejemplo: «El
que acoge a uno de estos pequeñuelos (primera mediación), me acoge a
mí; y el que me acoge a mí (segunda mediación), no me acoge a mí, sino
al que me envió» (Mc 9,37). «Quien los rechaza a Uds., me rechaza a
mí; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16).
Lo que se le hace al más pequeño, lo que se le hace a la Iglesia (No
hacemos aquí distinción entre iglesia jerárquica, ministerial y la
Iglesia "Cuerpo místico de Cristo"), se le hace al mismo Jesucristo; y
¿habrá quien quiera que lo que se hace a María que es la Iglesia en
perfección no se lo haga directamente a Jesucristo sin mediación
ninguna? ¿Cuántos aceptan la mediación de la Iglesia que es santa,
pero también es pecadora, y rechazan la mediación de María que es
santa, que es la Inmaculada?
La
"verdad" de nuestro ser de cristianos no es distinta de la de Jesús.
Pero lo que lo hace a El en sí mismo no es solamente lo que "recibe"
de su Padre, sino también de la humanidad, de María, por el Espíritu
Santo. También nosotros debemos "recibirnos" de nuestro Padre que es
Dios y de nuestra Madre que es María. «El que no tiene a María por
Madre –como la tiene Jesús– no puede tener a Dios por Padre» (VD 30).
CUESTIONARIO
1. ¿Por
qué no es posible tener a Dios por Padre si no se tiene a María por
Madre?
2. ¿En
qué forma el sentir a María como Madre nos permite sentir más cercana
la paternidad de Dios?
3. ¿Qué
semejanzas y qué diferencias existen entre María Virgen Madre y la
Iglesia Virgen Madre?
4. ¿Se
puede aceptar la mediación de la Iglesia, santa y también pecadora,
pero no la de María, que es la Iglesia en perfección? ¿Por qué?
5. ¿Cuál
es el fundamento de nuestra dignidad según el NT?
6. ¿Qué
implicaciones conlleva el ser de la familia de Jesús?
7. ¿Qué
espera El de nosotros? ¿Qué espera María? ¿Qué esperamos nosotros de
ellos?
ORACION
Con gran
audacia nos dirigimos
en un
mismo movimiento,
hacia Ti,
Padre nuestro que eres Dios,
y hacia
Ti, Madre nuestra, oh María,
que sólo
eres una creatura humana.
De
ambos somos hijos:
esa vida
divina que es la vida misma de tu Hijo predilecto,
la
recibimos a la vez de ti, Padre nuestro,
y de ti,
oh María, por el Espíritu Santo.
Y con
un mismo amor queremos amaros
como hijos
que somos y en cariño filial
no podemos
separar nunca al Padre de la Madre.
Hoy,
seguimos, escuchando a Jesús,
que desde
lo alto de la gran cruz del mundo,
no deja de
mostrarnos a su Madre y decirnos
a cada uno
en fondo del alma: "Esa es tu Madre".
Sí,
María, de labios de Jesús te recibimos
realmente
como Madre nuestra;
y con el
discípulo amado,
te
recibimos también entre nuestros bienes (Jn 19,25-27).
Tú eres
la única que con toda verdad puedes decir,
aún mejor
que san Pablo y toda la Iglesia:
«Hijitos
míos, otra vez me causan dolores de parto,
hasta que
Cristo tome forma en Uds.» (Gal 4,19; ASE 214; CD 33).
Tú,
Padre nuestro, y tú, Madre nuestra,
tened
piedad de todos los huérfanos
de cuantos
aún no saben que tienen un Padre celeste,
y de
cuantos han olvidado que tienen también una madre,
la Madre
de Jesús que El les ha dado:
MARIA.
IX. UN
DIOS AMANTE O LA DEBILIDAD DE DIOS
«La divina
María realizó en 14 años (y durante toda su vida) tales progresos en
la gracia y sabiduría de Dios, su fidelidad al amor del Señor fue tan
perfecta que llenó de admiración... al mismo Dios. Su humildad
profunda hasta el anonadamiento, embelesó al Creador, su pureza
enteramente divina, lo cautivó; su fe viva y sus continuas y amorosas
plegarias le hicieron violencia. La sabiduría se encontró amorosamente
vencida por tan amorosa búsqueda: ¡Oh, cuán grande fue el amor de
María que venció al Omnipotente!...» (ASE 107).
Si Dios
tiene un designio de amor sobre el mundo, eso no impide que la belleza
de la humanidad, que es la fe, lo haya atraído. La fe es un combate.
Al vivirla, María ha logrado cruzar el umbral de confianza que Israel
no había podido jamás alcanzar y "venció amorosamente al Omnipotente".
Su fe la convirtió en madre de Dios, al "atraer" al Espíritu Santo.
También nosotros al librar el combate de la fe, podemos "atraer" al
Espíritu Santo. ¡Pero tenemos tan poca fe! Tenemos que recibirla de la
que la vivió en "plenitud" y que incluso la conservó en la gloria (VD
214), para comunicárnosla.
1. ¿UN
PLAN DE AMOR?
Se dice
con frecuencia que Dios tiene un "plan de amor" sobre el mundo. Y sin
embargo, todos sabemos muy bien que, cuando se ama, no se elaboran
planes. Cierto que uno puede hacerlos, pero con la seguridad verlos
derrumbarse unos tras otros. Aquel a quien amamos es libre, puede
decirnos "no", sin que podamos nada para obligarlo a amarnos. Lo que
es cierto en nuestro plano, ¿no lo es acaso en primer lugar en Dios?
Si Dios no fuera "Amor", haría planes sobre la humanidad y los
aplicaría, por etapas, inexorablemente. Y nosotros estaríamos tan
temerosos ante ese Dios que podría aplastarnos, por ser el
"Todopoderoso". Pero, dado que Dios es "Amor", no puede hacer planes.
Belén y el Calvario constituyen todo lo contrario de un plan, la
manifestación de una increíble "debilidad" del Amor hacia aquellos que
lo aman (No pudo evitar "descender") y hacia aquellos que lo rechazan
(«Fue entregado en manos de los pecadores» [Mc 14,41]).
¿Dios
seducido por la fe?
Se ha dado
como un cambio total: no es el Dios Omnipotente quien ha vencido al
hombre débil y miserable, dado que es el más fuerte; es el Dios
Omnipotente, misteriosamente débil, quien se deja vencer, no sólo por
el rechazo de quienes no lo aceptan, sino también –y en otra forma–
por la fe de «quienes lo recibieron» (Jn 1,12). María, nos dice
Montfort, vivió una "fidelidad tan perfecta" al amor de Dios que lo
venció amorosamente (VD 145). «Su humildad profunda... lo embelesó ["charmer"
traducido aquí por embelesar tenía en el s. XVII un sentido muy
fuerte: atraer a pesar de sí mismo; puede pensarse en "charme
magique", "charme du serpent", embrujo...]; su pureza enteramente
divina, lo cautivó; su fe viva y sus continuas y amorosas plegarias le
hicieron violencia» (ASE 107). "Vencer", "atraer", "embelesar" son
términos que nos parecen casi demasiado fuertes. Quieren decir
sencillamente que, para Montfort, Dios resultó como "seducido",
cautivado, atraído casi a pesar suyo, como por un imán, un "imán
sagrado... que atrajo tan fuertemente a la Sabiduría eterna que ésta
no pudo resistirse...". Y este "imán" es la fe.
¿Un
Dios que decide o un Dios que espera?
Es verdad
que se puede hablar de un "designio de amor" (Ef 1,4; 3,11), de Dios
sobre el mundo. Montfort llega hasta a hablar de una resolución, de
una decisión tomada, un día en el consejo de la Trinidad: «El Hijo de
Dios se hará hombre en el tiempo oportuno y en las circunstancias
señaladas...» En realidad, la Sabiduría misma se "ofrece ella misma en
sacrificio...", porque quería "salvar al hombre a quien amaba por
naturaleza..." (ASE 45). El Hijo sólo puede "ofrecerse" a su Padre y a
los hombres, pero para encarnarse, la Sabiduría eterna tendrá en
cierta forma que esperar que llegue la "Hora" que no es quizá otra
cosa que el encuentro con una fe capaz de atraerla, de "seducirla".
María
hace pasar un umbral a la fe de Israel
No hay que
aislar la fe de María de la de todo el pueblo de Israel (e incluso de
la fe implícita de toda la humanidad) de quien ella no es sino una
"plenitud", "un cruce de umbral". A través del "sí" de su confianza,
todos los "gritos", las "oraciones", los "sacrificios" del Pueblo de
Dios logran por fin "atraer" a la Sabiduría. En cierto sentido, se
puede decir que la Virgen María es el mismo pueblo de Israel, "La Hija
de Sión". Pero mientras las oraciones de los "personajes de la ley
antigua" no eran suficientemente largas para alcanzar...", mientras
los "sacrificios mismos de sus corazones no eran suficientemente
valiosos para conseguir esa gracia de las gracias..." (ASE 104.203; VD
16), María, «al esperar contra toda esperanza» (Rom 4,18), recupera la
confianza de Abrahán y hace pasar el umbral de la fe de su Pueblo.
Dios ha sido como "vencido", "forzado".
Montfort
llega hasta decir que María estaba, tan llena y rebosante de gracias,
tan unida a Dios y transformada en El, que se le hizo necesario
encarnarse en ella...» (VD 164). "Se le hizo necesario": estamos
ante el "gran necesario" de la Encarnación, cuando Jesús diga: "es
preciso re-nacer"; "hay que volverse niños": "es preciso que el Hijo
del hombre suba a Jerusalén..." (Jn 3,7; Mt 18,2; 16,21). Un atractivo
invencible. Como si la Encarnación no fuera solamente fruto de una
decisión... sino también una especie de necesidad. No se decide amar.
Dios fue como atraído, seducido por la belleza de la humanidad que es
la fe.
2. LA
BATALLA DE LA FE
La belleza
de la humanidad a los ojos de Dios, la gracia, no es lo que nos atrae
a nosotros, sino la belleza exterior que se ve, la del rostro y del
cuerpo.
La
verdadera belleza
Hay otra
belleza, otra gracia, totalmente interior, espiritual, invisible, la
única verdadera belleza, de la cual la primera no es más que una
imagen y una promesa, la única que toca el corazón de Dios. Puede uno
ser feo a los ojos de los hombres, porque la vida, el dolor o el
pecado del mundo nos han desfigurado; pero seguimos siendo bellos a
los ojos de Dios al creer, al seguir confiando, incluso cuando todas
las apariencias son adversas. María era maravillosamente bella con esa
belleza de la fe, con esa belleza del corazón que seduce al
Omnipotente.
Dios se
defiende
Cuando
Montfort dice que María «venció amorosamente a Dios» (ASE 107; VD
145), hace sobrentender que Dios se "defendió", que hubo, podría
decirse, una especie de "combate" que podría llamarse el "combate de
la fe", que es posible encontrar a lo largo de la Palabra de Dios. Es
ya el combate de Abrahán que "negocia" con Dios para salvar a Sodoma (Gn
18,22-32). O la lucha de Jacob con el ángel («Ya no te llamarás Jacob,
sino Israel, porque has sido fuerte contra Dios» [Gn 32,23-32]). Es,
sin embargo, en el Evangelio donde se ve mejor el combate entre la
Omnipotencia de Dios que ama y la fe de quien «espera contra toda
esperanza» (Rom 4,18). Jesús es atraído por la fe de los hombres, pero
le acontece "defenderse" lo mejor que puede, hasta que la fe de los
hombres logra vencerlo. Por ejemplo, esa mujer, una extranjera
(cananea) que suplica a Jesús que salve a su hija "atormentada por un
demonio", es un verdadero "combate" que entabla con Jesús quien va
hasta el límite de la resistencia. Pero en su fe, ella no se deja
detener por nada: ni por el silencio de Jesús ("no le respondía"), ni
por el rechazo ("sólo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa
de Israel"), ni incluso por su aparente crueldad ("no conviene tomar
el pan de los hijos y echárselos a los perrillos"). Ella hubiera
podido decir de Jesús: «Me trató como un perro», pero tiene confianza
y sigue pidiendo: «Sí, señor, pero también los perrillos se comen las
migas que caen de la mesa de sus amos». Entonces Jesús se inclina a la
admiración: «¡Qué grande es tu fe, mujer! Que se cumpla lo que deseas»
(Mt 15,21-28).
3. EL IMAN
DE LA FE
Era
oportuno relacionar la fe de aquellos a quienes Jesús encontró durante
su vida con la fe de María, para mostrar que son de la misma
naturaleza. Que esta mujer haya alcanzado la curación de su hija, o
que María "haya merecido", como dice Montfort, la Encarnación de Dios,
ambas han vivido una experiencia de confianza que "atrae" a Dios.
«Dios es amor» (1 Jn 4,8.16) y «no tiene otra forma de hacer que lo
amemos que pedirnos que confiemos en él» (P. Guillet). Pero cuando
confiamos en El, viene a nosotros.
La fe
que atrae a la Sabiduría
La fe es
como un imán que la "atrae" a nosotros. ¡Cuántas veces sería más
exaltante y luminoso si tuviéramos conciencia de "tener ascendiente"
sobre Dios, de "triunfar", como dice Montfort:
«Dios es
el Invencible:
mas, le
vence el humilde»
(CT 8,4).
En una
carta a María Luisa de Jesús, primera Hija de la Sabiduría, escribe:
«Nada puede resistir a tus plegarias. El mismo Dios –con ser tan
grande– no las puede resistir. Se ha dejado felizmente "vencer" por
una fe viva y una firme esperanza» (C 16).
También
yo, hoy, cuando renuncio a ese dinero que podría ganar, a ese puesto
que podría conseguir, a ese placer que podría concederme, vivo la
experiencia de la fe, porque... "¡no es evidente!" "No es evidente
que" "el que pierde la vida la salva"; para que yo acepte perder mi
vida, debo confiar, apoyarme en la Palabra de Dios con todas mis
fuerzas. Pero entonces Dios, "con ser tan grande", no puede resistir,
¡lo he vencido...! Cuando sigo confiando en medio de la enfermedad, la
prueba, el sufrimiento..., cuando soy capaz de seguir diciendo
"Padre", cuando lo que estoy viviendo parece contradecir esa ternura
de Dios, en mi favor, la fe que vivo es como un "imán" que lo atrae
hacia mí y hacia mis hermanos.
María,
imán de la Sabiduría
No
obstante, de María dice Montfort en primer lugar: «Es el imán sagrado
que donde quiera que esté atrae tan fuertemente a la Sabiduría eterna,
que ésta no puede resistirle. Es el imán que la atrajo a la tierra
para los hombres, y la sigue atrayendo todos los días a cada una de
las personas en que Ella mora» (ASE 212). Entre la fe de María y la
nuestra, entre su fe y la de todos los santos juntos, hay un abismo:
el que separa a la Inmaculada, a la "llena de gracia" de los pecadores
que somos nosotros. Pero si la Virgen María ha vivido en perfección la
experiencia de la fe, no fue para separarse de nosotros guardando la
fe para sí, sino a fin de unirse a nosotros al comunicárnosla.
4. LA FE,
CUESTION DE COMUNICACION
Sabemos
todos que la fe es un don, una gracia que recibimos. Pero, ¿cómo la
recibimos? ¿No será la fe cuestión de comunicación?, ¿de participación
en la fe de una persona que la vivió en plenitud sólo para
comunicarla? Entre "los frutos maravillosos de la Verdadera Devoción a
María" (¡son siete!), el P. de Montfort señala éste: «La Sma. Virgen
te hará partícipe de su fe. La cual fue mayor que la de todos los
patriarcas, profetas, apóstoles y todos los demás santos...» (VD 214).
Pero se percibe que esa fe única, mayor que la de todos, no lo ha sido
sino porque era una "plenitud" de la cual debemos recibir. ¿Mayor
que la de todos? Sí, por ser para todos.
«La fe
de tu Iglesia»
Ciertamente no hay que desvincular la fe de María de la fe de la
Iglesia, cuyo modelo es. En uno de los ritos bautismales, hoy, cuando
la familia llega con el niño a la puerta de la iglesia, el sacerdote
pregunta: «¿qué pides a la Iglesia de Dios?»; y el niño responde por
boca de sus padrinos: «la fe». Y en cada Eucaristía podemos decir: «No
mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia». Pero, ¿qué sería la
fe de María, sin la de la Iglesia... y ante todo de Jesús? Quién
también vivió la fe, aunque de otra manera. Montfort no duda en decir:
«El justo y devoto fiel de María vive de la fe de Jesús y de
María!...» (VD 109).
María
conservó la fe
¡Y ahora,
algo desconcertante! Pues se plantea una pregunta: ¿cómo es que la
Virgen María se halla en capacidad de comunicarnos su fe, dado que ya
ahora en el cielo no la posee? "No tiene ya esa fe", dice Montfort, es
cierto, «porque ve claramente todas las cosas en Dios por la luz de la
gloria. Sin embargo, con el consentimiento del Altísimo, no la ha
perdido al entrar en la gloria; la conserva para comunicarla a sus más
fieles servidores y servidoras en la Iglesia peregrina» (VD 214).
Montfort no se cansa de sorprendernos: ¡atreverse a proclamar (¿contra
toda teología?) que María conserva la fe en el cielo! Y no obstante
esta afirmación es una intensa luz para nosotros, porque nos revela no
sólo cómo podemos comulgar hoy en la fe de María, sino también que el
cielo es quizá muy distinto de lo que imaginamos. Es ciertamente el
cielo del Amor y de la Felicidad infinita, pero este Amor sigue dando
su vida (Jn 15,13) y esa felicidad es algo muy distinto de una
felicidad consumística. Si María, en el cielo conserva la fe, la razón
es la misma (¡algo aún más desconcertante!) de aquella por la cual
Jesús, en su gloria, nos dice Montfort, no se ha apartado de la cruz:
una Cruz transfigurada, «del todo divinizada y digna de adoración»
transformada por el Amor que optó por ella (ASE 172).
María, al
conservar la fe, y Jesús al conservar la Cruz, en la Gloria, nos
revelan que el verdadero cielo, en el fondo, es quizá el que uno está
pronto a dejar, como el cura de Ars, por el menor de nuestros hermanos
pecadores, y el que Teresita de Lisieux quería pasar haciendo bien a
la tierra. Juan Pablo II a su vez afirma con toda claridad que María
«ha franqueado ya el umbral que separa la fe de la visión cara a
cara», lo cual no le impide ser "la estrella del mar" para cuantos
recorren todavía los senderos de la fe: una "participación viva en la
Fe de María" es siempre posible a causa de su «presencia peculiar en
el peregrinar de la Iglesia» (RM 6.27).
5. LA
MATERNIDAD DE LA FE
Para que
la Virgen María pueda comunicarnos su fe, el P. de Montfort nos pide
–lo veremos en el cap. XVI– vivir aún las más pequeñas acciones por,
con, en y para ella, en una unión tan estrecha
que nos llevará hasta a "respirar" en cierta forma a María
«como los cuerpos respiran el aire» (VD 217). Pero María, por su fe,
es siempre el "imán sagrado" que en el lugar donde esté atrae tan
fuertemente a la Sabiduría «que ésta no puede resistirla» (ASE 212).
«Cuando el Espíritu Santo, su Esposo, la encuentra en un alma, vuela y
entra en esa alma en plenitud, y se le comunica tanto más
abundantemente cuando más sitio hace el alma a su Esposa...» (VD 36).
Y la Sabiduría, fruto del Espíritu y de María, comienzan a nacer en
sus miembros y a crecer «hasta la plenitud de su edad» (Ef 4,13; VD
33. 119...). Puede decir que la experiencia de la fe (que es esencial
a la experiencia de la Iglesia) conduce a una especie de "maternidad",
de nacimiento de Cristo en nosotros.
La
maternidad del espíritu
Todo mundo
sabe que en la vida hay dos maternidades (lo mismo que dos
paternidades) la de la carne y la del espíritu (hoy había quizá que
decir: la maternidad del cuerpo y la del corazón). ¿Qué sería de un
niño si sus padres se contentaran con engendrarlo y darlo a luz "según
la carne", sin engendrarlo y, eso ante todo, en el espíritu, en el
amor mutuo y el cariño que le profesan y que llevarlo hasta su propia
madurez? Claudette Combe en su hermoso libro Les enfants de la joie,
muestra cómo los chicos y chicas que "adoptaron" junto con su esposo,
son tan hijos suyos como el que dieron a luz de su propia carne:
«Ambos pensamos que, hacer nacer la sonrisa en el rostro demasiado
serio de un niño, es sin duda alguna, la más hermosa de las
paternidades, la más conmovedora de las maternidades...» Un día un
niño pregunta a su madre adoptiva: «¿Por qué no estuve yo en tu
vientre?» Y se respondió a sí mismo: «Pero estaba en tu corazón. Mucho
mejor, ¿no es así?» (pág. 96). «Comprendí entonces que no hay
diferencia alguna entre los niños que damos a luz y los que se nos
dan» (Han Suyin). ¿Por qué "ninguna diferencia...?"; porque la
verdadera "maternidad" (y la verdadera "paternidad") son las del
espíritu. «La carne no puede nada, dice Jesús, el Espíritu es el que
da la vida» (Jn 6,63).
"¿Quién
es mi Madre?"
Hay algo
desconcertante en la forma como Jesús habla en el Evangelio de su
propia madre. Cada vez que se le habla de la maternidad según la carne
de aquella que lo dio a luz, Jesús responde siempre y responde por la
maternidad espiritual de la fe: «¿Quién es mi madre? Son los que
escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» (Mt 12,50). Y cuando una
mujer levanta la voz de en medio de la multitud para decir: «¡Dichoso
el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron», Jesús vuelve
a contestar: «Dichosos más bien los que escuchan el mensaje de Dios y
lo cumplen» (Lc 11,28). O sea que para El, la verdadera maternidad es
la de la fe. Si María es su madre, no lo es ante todo porque lo haya
llevado en sus entrañas y amamantado, sino porque creyó, porque
"confió y esperó" –como su lejano antepasado– "contra toda esperanza".
"Abrahán creyó, dice san Pablo, y así llegó a ser padre..." María
creyó también y así llegó a ser Madre... Antes de concebir en la
carne, concibió en el espíritu, "precisamente por la fe" (san Agustín
citado por LG 53, y Juan Pablo II, RM 13). Ambos, Abrahán y María (el
uno al comenzar la antigua alianza, la otra, en los albores de la
nueva) han vivido una experiencia de fe. Ambos han tenido que confiar
en la Palabra de Dios cuando todas las apariencias eran contrarias,
cuando se abocaban a lo imposible: para Abrahán, la esterilidad de
Sara; para María, su virginidad («¿Cómo sucederá eso, sino vivo con un
hombre?» [Lc 1,34]). Pero «el camino no es imposible, sino que lo
imposible es el camino», cuando se lo emprende únicamente "sobre la
Palabra" de Dios que nos llama: «Para Dios no hay nada imposible» [En
su encíclica RM, Juan Pablo II gusta de comparar la fe de María con la
de Abrahán (n. 4); ver también 20.14.42]. Abrahán y María creyeron y
en el camino de lo imposible vieron cumplirse la promesa.
El
camino de lo imposible
Sabemos
bien que todo, en nuestra vida cristiana, se reduce a la fe. Si estoy
enfermo y logro conservar la alegría; si me siento llamado a
comprometerme en mi parroquia o en mi comunidad cuando preferiría
quedarme tranquilo; si siendo madre de familia y sabiendo que él
quiere que deje de trabajar (lo que me exigirá grandes sacrificios),
el "sí" que voy a decir es "cuestión de confianza". Debo creer en todo
mi ser, que esa felicidad que necesito, Dios me la puede dar, incluso
si todo me grita que voy a "perderla". Eso, todos lo sabemos; pero lo
que no sabemos tan bien es que al vivir esa experiencia de fe, de
confianza total, participamos –claro que espiritualmente– a un
nacimiento de Cristo en nosotros y en el mundo, nos convertimos, en
cierta forma, como Jesús nos ha dicho en su "madre". No solamente
María sino también la Iglesia y cada uno de nosotros, hemos recibido
la misión de "entregar Jesús al mundo" ahí donde estemos, para que el
mundo pueda llegar a ser lo que está llamado a ser: el Cuerpo de
Cristo. Y lo que hemos olvidado totalmente es que esa fe que "atrae"
al Espíritu a nosotros, la recibimos de Dios por mediación de nuestra
hermana de humanidad, María, que –repitámoslo– sólo la vivió en
perfección por nosotros y para comunicárnosla.
«Cuanto
más encuentra a María, su querida e indisoluble Esposa, en un alma,
tanto más poderoso y dinámico se muestra el Espíritu Santo para
producir a Jesucristo en esa alma y a ésta en Jesucristo» (VD 20).
Montfort llega a hacer decir al Espíritu Santo dirigiéndose a María:
«Echa, querida Esposa mía, las raíces de todas tus virtudes en mis
elegidos, para que crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia.
Me complací tanto en ti mientras vivías sobre la tierra practicando
las más sublimes virtudes, que aun ahora deseo hallarte en la tierra
sin que dejes de estar en el cielo. Reprodúcete para ello en mis
elegidos... Tenga y el placer de ver en ellos las raíces de tu fe
invencible... Tú eres, como siempre, mi Esposa fiel, pura y
fecunda...» (VD 34).
Con María,
"la que ha creído", sigue el Espíritu Santo "produciendo a Jesucristo"
en todos sus hermanos y hermanas que somos nosotros.
CUESTIONARIO
1. ¿Tiene
Dios un plan salvífico y obra sólo por amor? ¿En qué sentido la fe (y
demás virtudes) de María cautivó y venció al Omnipotente "obligándole"
a encarnarse?
2. ¿De
quién es la "victoria" en el "combate" de la fe?
3. El
abismo entre la fe, santidad... de María y las nuestras, ¿la aíslan de
nosotros?
4. ¿La fe
que tiene Ud. es una fe despierta?
5. ¿No se
deberán a nuestra fe raquítica la falta de celo apostólico y la
ineficacia de nuestra labor evangelizadora?
6. ¿Somos
realmente transparencia de Cristo?
7.
¿Cuáles son tus resoluciones concretas al respecto?
ORACION
Señor
Jesucristo:
Lo que más
admiraste, al venir a nosotros, fue la fe:
alabaste
la fe de la cananea,
la del
centurión romano,
y la fe de
aquella enferma que decía:
con sólo
tocarle el manto, me curo
(Mt 9,21;
ver 8,10; 15,28; Mc 5,34).
Sin
embargo, la fe de los hombres y mujeres,
era nada
en comparación de la fe de María,
que ha
encontrado gracia en "presencia de Dios" (Lc 1,30).
Ella te
atrajo al mundo, te "sedujo",
Ella
amorosamente te venció (ASE 107)
e hizo
descender a nuestra humanidad.
Esa fe que
admiraste y que te atrajo,
ves ¡qué
falta nos hace, a lo largo de toda nuestra vida!
para orar
en la mañana,
cuando
tenemos tantas cosas importantes que hacer;
para
aceptar una enfermedad incurable,
cuando
tenemos tanta hambre y sed
de vida y
bienandanza;
para
escapar del infierno de la droga y el licor,
cuando
sería tan cómodo dejarse arrastrar;
para
seguir luchando en pro de la justicia,
cuando uno
quisiera quedarse tan tranquilo;
para no
juzgar ni condenar,
cuando
resulta fácil "destruir" y criticar:
para
ocultar el bien que hacemos,
cuando
tenemos ansias de gritárselo a todos.
Viviremos todo esto, si creemos
que la
vida está presente más allá de la muerte
y la dicha
está ahí más allá del dolor.
Haz,
Señor, que ante todo,
tomemos
conciencia de la grandeza
de la fe
que vivimos. Porque tú eres Amor (1 Jn 4,8.16),
sabemos
que, al creer, al confiar en ti,
más allá
de los múltiples dolores
que
aparecen contradecir al amor que tú nos tienes,
te
"podemos vencer", te "seducimos", te atraemos.
Mas esta
fe no se encuentra en nosotros:
es un
regalo que tu bondad nos brinda.
Y ya
que en tu sabiduría,
comunicaste a María, Madre nuestra,