MARiA Y LA DEBILIDAD DE DIOS                       

p. Jean Morinay, s.m.m.

 

MARÍA Y LA DEBILIDAD DE DIOS 

El Mensaje Espiritual del P. de Montfort

  Traducción de p. Pío Suárez B., s.m.m

  

 

  Introducción

  Siglas

1. ¡Dichoso una y mil veces!

2. La sabiduría del amor

3. Un secreto de santidad

4. La debilidad de Dios

5. Honrar e imitar la dependencia inefable

6. Nuestra transformación en Jesucristo

7. Una Encarnación que prosigue

8. Un Padre que es Dios y una Madre que es María

9. Un Dios amante o la belleza de la fe

10. El amor gratuito o el don total

11. El "misterio" de la Cruz

12. La Cruz y el amor

13. Vivir "por, con, en y para". Un don y una vida

14. Respirar a María

15. La misión o el mundo en llamas

 

 

Soy todo tuyo, ¡oh María!

Y cuanto tengo es tuyo.

 

  

INTRODUCCION

 

 El mensaje del Padre de Montfort es desde hace tiempo bien conocido. Muchos han oído hablar del Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen, lo han leído y meditado; al igual que el Secreto de María, la Carta a los Amigos de la Cruz (El Amor de la Sabiduría es, en cambio, menos conocido). La "espiritualidad monfortiana" permite a muchos leer el Evangelio y vivir la fe bajo ciertos matices, encarnándola en situaciones a menudo difíciles. Hoy, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II –que dedicó a la Virgen María todo un capítulo de la constitución sobre la Iglesia (Lumen Gentium, cap. 8, Nos. 52-69)– el renovado y progresivo descubrimiento de María en nuestras vidas suscita nuevo interés por los escritos de Montfort. Quien nos invita con tanto empeño a consagrarnos a Cristo Sabiduría por las manos de la Virgen. Es un interés que desborda evidentemente y con gran amplitud los "marcos monfortianos". Hoy nos hallamos con el misterio de la Sabiduría y de la Cruz, con el de "Jesús abandonado" y con el de María, en los Focolares, en la renovación carismática, en los "Foyers de Charité", y en otros ambientes, a nivel mundial. Movimientos y experiencias espirituales que suscitan se hallan naturalmente a gusto en el interior del mensaje monfortiano que han adoptado como suyo. ¿No afirma acaso el mismo Papa Juan Pablo II, consagrado a Cristo por María, que la lectura del Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen "marcó un viraje decisivo en su vida"?... Pronto me di cuenta –dice– de que más allá de la formulación barroca del libro, se trataba de algo fundamental..." (A. Fossard, Dialogues avec Jean Paul II, pg. 184-185)? ¿Su lema "Totus tuus" "Soy todo tuyo" "Te estoy totalmente consagrado"), no lo tomó a caso de ese libro? (VD 233).

No obstante, hace ya largo tiempo se deja sentir la falta de una nueva presentación de la espiritualidad monfortiana que permitiera abordarla con mayor facilidad. A muchos lectores de las obras de Montfort les choca rápidamente lo que Juan Pablo II llama la "formulación barroca" (un estilo del siglo XVII un tanto envejecido) que no logran superar para llegar hasta ese "algo fundamental" que tanto impacto al Papa. A dichos lectores que pedían se les ayudara a penetrar en lo que Montfort mismo presenta también como un "secreto", no realmente (en francés), sino libros envejecidos o estudios modernos, realmente profundos, pero que abordan el mensaje espiritual desde un punto de vista más bien histórico, sociológico y psicológico, pero no directamente por lo que es en realidad: un "mensaje espiritual". Mis superiores me pidieron entonces tratar de escribir lo que yo intentaba ya comunicar desde hace años a través de retiros, ejercicios espirituales, convivencias (e incluso "meses de espiritualidad"), sobre todo a mis hermanos y hermanas monfortianos, hermanas de la Sabiduría y hermanos de San Gabriel, lo mismo que a laicos y jóvenes. Estos, lo sé por experiencia, "sintonizan" pronto con el mensaje de Montfort que responde de verdad a sus aspiraciones. Pero evidentemente, hay que "traducírselo y ayudarles a descubrirlo", llevarlos a vivirlo.

Había iniciado ya este trabajo cuando apareció el libro del Padre Laurentin Dieu seul est ma tendresse, que responde en parte a la necesidad (ya señalada) de una presentación de una espiritualidad monfortiana. Sin embargo, inmediatamente se podrá advertir que esta nueva introducción al mensaje del P. de Montfort no constituye un "doblaje" con la del Padre Laurentin, más técnica y teológica.

Al escribir este ensayo, he tenido en cuenta cuatro preocupaciones principales: Traté ante todo de compartir un "tesoro", "sensibilizar" sobre ese "algo fundamental" que uno descubre tan pronto logra superar el lenguaje un tanto chocante que aún hoy frena a tantos lectores, cuando abordan los textos mismos del P. de Montfort. Pero en este itinerario hay un orden: es preciso ante todo descubrir un "tesoro". Sólo entonces estará uno equipado para hacer frente a las dificultades de la forma.

Ensayé, por tanto, a "sensibilizar" sobre el descubrimiento de ese "tesoro". El P. de Montfort habla a menudo de "secreto" que hay que descubrir. Escribe de la «Sabiduría Eterna y encarnada" que es el "tesoro de los tesoros"; pero su mensaje, la experiencia que nos invita a vivir es también un "tesoro" que es preciso descubrir antes de poder amarlo. Es posible amar lo que no se conoce?» (ASE 8). Este empeño por compartir un "tesoro" explica indudablemente el que este libro constituya menos una explicación, o incluso una presentación del mensaje monfortiano que una serie de "meditaciones" que buscarían "sensibilizar", llevar a compartir un descubrimiento y –así lo espero– una experiencia. Yo mismo quisiera decir también: «Si se conociera...» (ASE 10.73; C 13).

Traté igualmente de dejar hablar al mismo P. de Montfort, de desaparecer delante de él, e invitar al lector mismo a entrar (con el Espíritu Santo como guía único (VD 119) en contacto directo con su obra. Este empeño explica la abundancia de citas (y sus referencias) que hablan por sí mismas. Todo lo demás no tiene otra finalidad que conducir a cada lector hacia el texto mismo que Montfort escribió, y dejarle ahí en el umbral de la obra, diciéndole: «¡Animo! Ahí está la obra, has recibido lo esencial; algo único y maravilloso: su secreto. Ahora tienes que encaminarte hacia ese secreto, que si yo mismo te lo dijera –¿lo sé a caso?– la obra morirá» (Max Pol Fouchet, Radioscopie, pg. 43-44).

Tratándose de una "sensibilización" en torno al mensaje espiritual de Montfort, no quise hacer un tratado ni una síntesis bien organizada sino más bien presentar una serie de temas o "flashes", casi como quien muestra un diamante haciéndolo admirar sucesivamente a partir de cada una de sus facetas que, por sí misma, representa el brillo de toda la gema. El método tiene sus ventajas. Cada capítulo presenta en cierta forma todo el mensaje y se basta a sí mismo. En rigor de cosas, se podría abordar este libro a partir de no importa cuál capítulo, al azar... Pero el método tiene también sus inconvenientes: una falta de orden y rigor de avance, repeticiones inevitables...

Por último, traté de escribir algo que fuera a la vez sencillo y profundo. Hay que ser sencillo: no se necesitan cosas complicadas para vivirlas. El P. de Montfort mismo dice que no se dirige a los sabios sino «especialmente a los pobres y sencillos» (VD 26). Pero, para responder a objeciones que se siguen oyendo y confortar a quienes tendrían miedo de que la "devoción" presentada por Montfort no sea sino una "devocioncilla", era preciso sin lugar a dudas demostrar también que su mensaje no carece de profundidad. Cuantos se han familiarizado con las obras de Montfort, y en especial con su Tratado de la Verdadera Devoción (volviendo una y otra vez sobre ciertos pasajes, como dice Juan Pablo II) tratando de vivir el libro, saben muy bien que en él se descubren incesantemente nuevas riquezas y que este "Secreto" no se agota, porque se trata, una vez más, de ese "algo fundamental" que brota "del corazón mismo de la realidad trinitaria y cristológica" (Juan Pablo II).

"María y la Debilidad de Dios". ¿Por qué este título? Porque retoma en su forma paradójica, los tres grandes temas del mensaje espiritual monfortiano: la Sabiduría, María y la Cruz.

Quizá en otro tiempo se insistió demasiado en María, reduciendo el pensamiento de Montfort a lo que nos dice a cerca de la Madre de Dios, y sobre todo, separándolo de la Sabiduría, su Hijo Jesucristo cuando sin El –Montfort no se cansa de repetirlo– María no es absolutamente nada. En este libro –sobre todo al comienzo– se habla mucho de la Sabiduría. Se podría incluso decir que la palabra "sabiduría" es la que mejor resumen la espiritualidad monfortiana, porque a partir de ella se aborda mejor tanto a Jesús (que es la "Sabiduría" en persona) como a María (de quien Jesús ha querido depender por una opción de "sabiduría") y también a la Cruz que, en su carácter mismo de locura, manifiesta, –imposible hacerlo con mayor claridad– la debilidad de Dios y por lo mismo su "necedad" que es verdadera "sabiduría" (1 Cor 1,25).

"María y la Debilidad de Dios". Se podría decir que María en cierta forma "trabaja en llave" con la debilidad de Dios. Ante todo por su fe que le permitió –como dice Montfort– "vencer amorosamente a Dios" (ASE 107). Cuando encuentra la fe de los hombres, Dios se manifiesta desconcertantemente débil y Jesús, en el Evangelio, se deja "vencer" por cuantos creen en El (Mt 8,10-13; 15,28). Y María, ¿no es por excelencia "la que ha creído"? (Lc 1,45). Al convertirse en Madre de Jesús, María hace –aún más de cerca– la experiencia de esa debilidad de Dios, porque El, el Omnipotente, acepta depender de Ella "en todo" como un niño (VD 139).

Todo ser humano, incluso el más pecador y descarriado, conserva siempre un "lado flaco" por su madre. Lo que vale para todo hombre, ¿no vale con mayor razón para Dios? Montfort nos asegura que "cuando se presenta algo (a Dios) por las manos puras y virginales (de María), se lo coge por su lado flaco, si se me permite la expresión..." (VD 149).

Este título expresa bien el misterio de la Cruz, porque sobre todo en el gran escándalo de Cristo crucificado se pone de manifiesto la "debilidad de Dios". María hace al pie de la Cruz, en forma muy cercana, la experiencia de esa debilidad del Omnipotente. Su corazón es dolorosamente herido (Lc 2,35), pero su espíritu no se "escandaliza" como el de los discípulos que huyeron, porque había experimentado desde hacía largo tiempo y había vivido ampliamente la experiencia de esa "debilidad" de Dios cuando se hizo suyo (idea de Juan Vanier).

Y ¿el Espíritu Santo? En cierta forma, así como que no se lo puede representar (y quizá, no es posible hacerlo), no era necesario hacer en torno a El un tema especial para que esté presente, invisible y eficaz, en todas partes. El, Espíritu de Amor y de Unidad hace que Jesús y María no formen sino una sola cosa. Como Espíritu de Sabiduría preside las opciones de Dios y las manifiesta en el escándalo inmenso de la Encarnación y de la Cruz. Como Espíritu de Vida sigue cubriendo a María con su sombra (Lc 1,35) para que siga dando a luz a todos los miembros de su Hijo. Y, como Espíritu de Verdad, sólo El puede dar acceso a los "misterios del Reino" y por tanto al "Secreto de María".

Al leer estas meditaciones quizá se da uno cuenta de que la oración aflora del algún modo por todas partes. Quizá era bueno expresarla con toda claridad. Por ello, cada capítulo culmina en una oración que recoge lo esencial de la reflexión y lo dirige a Dios. Porque –nos dice el P. de Montfort– "todo se hace por la oración" (ASE 184).

La celebración del año Mariano Internacional y la publicación de la encíclica La Madre del Redentor dan al mensaje del P. de Montfort una actualidad y resonancia profundas. Las relaciones entre la carta de Juan Pablo II y la obra del P. de Montfort son numerosas: María totalmente relativa a Cristo, que lo engendra en su corazón antes de darlo a luz en la carne..., María figura y Madre de la Iglesia, asociada a la misión de su Hijo, mediadora en dependencia del único mediador, Jesucristo...

Es apenas natural que al final de su encíclica el Papa llegue a evocar la figura de "san Luis María Grignion de Montfort que proponía a los cristianos la Consagración a Cristo por las manos de María como medio eficaz para vivir fielmente las promesas del bautismo". "Constato con alegría –añade Juan Pablo II– que nuestra época no carece de nuevas manifestaciones de esta espiritualidad y de esta devoción" (Madre del Redentor 48). Esta presentación del mensaje de Montfort quería ser simplemente una de esas "nuevas manifestaciones".

Para terminar, quiero expresar mi gratitud a cuantos me ayudaron y animaron con su amistad, su oración, sus consejos. Si no cito nombre alguno, lo hago para no olvidar a nadie. Ante todo a mi comunidad de Notre Dame du Marillais que siempre me sostuvo. A mis Superiores que me pidieron este "trabajo" y tuvieron que llamarme a veces al orden mediante estímulos. A la comunidad de religiosas que me acogieron y brindaron el silencio y soledad que necesitaba. Agradezco, por último, a cuantos aceptaron hacerme conocer sus críticas fraternas, haciéndome así grandes servicios. Gracias sobre todo a Aquella que no sabe hacer otra cosa que agradecer por las "maravillas" que el Señor ha realizado en su "humilde esclava" (Lc 1,48-49).

 

Jean Morinay - Monfortiano

Notre Dame du Marillais

en la fiesta de Navidad de 1987

 

 

 

SIGLAS

 

 

Hemos utilizado para las obras del P. de Montfort las que aparecen en la Edición de la BAC.

 

ACM A los Asociados de la Compañía de María

ASE Amor de la Sabiduría Eterna

AC Carta a los Amigos de la Cruz

C Cartas –de 1 a 34–

CT Cánticos –de 1 a 164–

RM Regla manuscrita de los Misioneros de la Compañía de María

RS Regla de las Hijas de la Sabiduría

SA Súplica Ardiente

SAR Secreto Admirable del Smo. Rosario

SM El Secreto de María

VD El Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen

 

Obra de referencia obligada para la vida de san Luis María de Montfort es la del P. Le Crom: Saint Louis-Marie Grignion de Montfort.

 

En cuanto a los Documentos del Concilio Vaticano II: una referencia principal:

LG:         Constitución Lumen Gentium.

 

MR:   La Madre del Redentor. Carta encíclica de Juan Pablo II sobre la Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia peregrina, 25 de marzo de 1987.

 

 

 

I. ¡DICHOSO UNA Y MIL VECES!

 

 

«¡Qué riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué delicia! ¡Qué dicha! ¡Poder entrar y permanecer en María, en quien el Altísimo colocó el trono de su gloria suprema!» (VD 262).

«¡Cuán felices son –lo repito en el arrebato de mi corazón–, cuán felices son quienes... siguen fielmente tus caminos...!» (VD 200).

«Feliz aquel a quien el Espíritu Santo descubre el secreto de María para que lo conozca» (SM 20).

"Dichoso..." "Feliz..." Así comienza la Buena Noticia del Evangelio. También en esta forma se presenta el mensaje de Montfort: una invitación a la felicidad, a participar en una felicidad vivida: «¡Ah! si conociéramos la dicha interior que significa conocer la belleza de la Sabiduría...!» (ASE 10). Se le ha elaborado al P. de Montfort una fama tan neta de apasionado de la "Cruz", que nos llama a padecer, que quizá es bueno descubrirlo una vez más hoy en una experiencia de felicidad que nos invita a compartir. En el interior de esta experiencia, la Cruz se nos presentará entonces en forma diferente, como el "don de su vida" interior a todo amor verdadero.

 

LA CARRERA TRAS LA FELICIDAD

 

Pero comencemos, con Montfort, por mirar al hombre en derredor nuestro, en nosotros mismos. Más allá de todas las diferencias –tan evidentes– hay semejanzas –no menos patentes– que no es posible olvidar. Por ejemplo, la carrera tras la felicidad, la caza a la felicidad es absolutamente universal. "¿¡Dichoso una y mil veces!", declara Montfort? Sí, "Todo mundo desea ser feliz –decía Pascal– incluso quien va a ahogarse".

Cuando uno es hombre, creado a imagen de Dios, anhela indefectiblemente ser feliz. Y aun cuando uno quiera obrar en contra de esto, no lo podrá hacer. Claro que no todos tienen la misma idea de la felicidad. «Donde está tu tesoro –decía Jesús– está tu corazón» (Mt 6,21). Pero no todos ubican su tesoro (y por tanto tampoco su corazón) en el mismo lugar. Acontece incluso que algunos tienen conceptos de la felicidad totalmente opuestos. Pero, con esto encontramos ya las diferencias que vamos a hallar una vez más al nivel de la Sabiduría. Las cuales no deben escondernos las semejanzas que la vida nos revela. Aquí, tres importantes:

 

"Siempre más"

Una felicidad infinita: No es necesario mirar por mucho tiempo en nosotros mismos y a nuestro alrededor para descubrir que todos buscamos una felicidad infinita. No sólo deseamos ser felices, sino más felices, siempre más. "¡Siempre más!" El corazón humano se halla como sellado con la marca del "siempre más": "Escarba en mi corazón –decía un héroe de Claudel– y si hallas en él algo diferente de un anhelo inmortal, arrójalo al estercolero, que lo devoren los vendedores ambulantes" (Tête d'or: primera versión). Pero lo que el poeta nos dice con vigor, la vida –si sabemos mirarla, "contemplarla"–, no lo repite todos los días. Mientras cada día hay pobres que lo son cada vez más, hay también ricos que no lo son nunca suficientemente. Hace falta más y más dinero. Hay que ir siempre más rápido, siempre más lejos, siempre más alto...Hay que actuar cada vez mejor, cada vez más grande (o más pequeño), cada vez con mayor perfección... Los realizadores de televisión, que conocen bien el corazón humano, saben presentarnos esa felicidad que buscamos: nos propone nada menos que el "paraíso": "¡Super", "Tri-super", "gratuito!". El cielo: ¡qué! Y sin embargo, ¿quién tiene el valor de traducir esas palabras que expresan lo infinito y dar el verdadero nombre al objeto de nuestros anhelos?

En la carrera por la felicidad, pronto me detienen, no el deseo, sano, más bien, la vida: los demás que, también ellos, corren a la caza de la felicidad... y para ellos resultó un obstáculo, quizá un rival. Y eso precisamente nos tortura. Busco pero no encuentro; deseo pero no consigo. Porque, lo que poseo no es sino trampolín para desear más todavía. Algo hará falta siempre a mi felicidad, porque lo que deseo en el fondo de mí no es nada menos que lo infinito.

 

Riqueza, placer y poder

Tras gran número de sabios apoyándose en la Palabra de Dios, pero también porque sabía matricularse en la escuela de la vida, Montfort nos recuerda otra característica de esa sed de felicidad. Se ejerce, nos dice, en tres direcciones: la riqueza, el placer y el poder (ASE, cap. 7). Existe el amor ciertamente (y, gracias a Dios, hay mucho amor en el mundo), pero ni siquiera el amor escapa a esta ley: el que ama ha hallado la verdadera "riqueza", el verdadero "placer" y el verdadero "poder" que otros creen poder hallar en otras partes. ¿No es acaso el amor verdadero como la síntesis de esos tres "valores" universales que motivan el actuar de los hombres? Cuando amas no necesitas falsas riquezas, ni falsos placeres ni sobre todo falsos poderes, porque has encontrado los "verdaderos". Al contrario, cuando no amas o amas mal, cuando no te aman, o te aman...mal, entonces necesitas más y más dinero, placer y "gloria". ¡Ciertamente hay que ser feliz! Y a falta de ser amado, las riquezas, los poderes de este mundo e incluso sus placeres te permiten llamar la atención y creerte amado, haciendo pensar a los demás que eres feliz.

 

La "auténtica riqueza", el "auténtico placer", el "auténtico poder"

El problema supremo es entonces lograr distinguir entre las felicidades, los falsos valores que son señal de la sabiduría del mundo y los verdaderos, que son los del amor y muestran la sabiduría misma de Dios. Pero, en sí, riquezas, placeres y poder son buenos. Montfort no teme hablar de "placeres", "riquezas", cuando evoca los bienes maravillosos que la Sabiduría trae consigo: «Un santo placer en su amistad, riquezas inagotables en las obras de sus manos..., inmensa gloria en la comunicación de sus discursos...» (ASE 61.18.67). La pobreza no es un bien en sí misma, pero cuando se la escoge y vive en el amor, éste la consagra y convierte en "riqueza". Tampoco el sufrimiento es cosa buena, pero cuando se lo acepta –e incluso se opta por él (dado que no hay amor más grande que dar la vida)– se convierte en la "Cruz" que es alegría. Por último, la humildad no tiene sentido sino en cuanto que constituye la verdadera grandeza. Cuando Montfort parte de viaje, luego de entregar todos sus bienes a los pobres, canta su fortuna y felicidad:

«Mi fortuna es sublime, ¿no me tienen envidia? (CT 144,15)

En Dios lo tengo todo, el universo es mío» (CT 144,11).

Y a la Cruz que El mismo ha escogido, se atreve a decirle:

«Es tu rica pobreza mi único tesoro,

y es para mí ternura tu dulce austeridad.

Que tu sabia locura y tu santa deshonra

sean de toda mi vida la gloria y claridad» (CT 19,30).

 

El motivo "más poderoso"

Se plantea por tanto una cuestión: ¿tienen estos tres "pilares de la sabiduría" humana el mismo valor, se hallan al mismo nivel, tienen la misma fuerza para movilizar a los hombres o hay quizá uno más fuerte que los otros?, ¿cuál? De los tres "valores": riqueza, placer, poder, que guían a los hombres ¿cuál es el más poderoso? Sentimos hoy la tentación de responder a esta pregunta: "Son las riquezas porque el dinero maneja al mundo". Montfort responde: "No". El "último" (o primer) motivo, el más importante, el que hace caminar a los hombres e impera sobre los otras dos, es según él, el poder, el deseo de gloria. El dinero y el proyecto no son más que una sabiduría "terrena", la búsqueda de los "placeres" no es sino manifestación de una sabiduría "carnal"... mientras que la sed de poder y gloria es inspiración de "la sabiduría diabólica" (ASE 80-82). Lo que Montfort nos dice, a su manera, a partir de su propia experiencia, ¿no lo confirma acaso la vida? A nuestro alrededor, en nosotros, lo vemos claramente: a menudo no se busca el dinero, el placer y el confort "sino para estar por encima" de los otros, para dominarlo: tener un auto más hermoso, más potente, una casa más hermosa, un vestido más bello, un sitio más alto en la sociedad...

El poder, la "grandeza", permite creerse amado cuando uno no lo es o lo aman mal. Pero es una falsa "grandeza". La auténtica, al contrario, se halla en el sendero de la humildad.

No te extrañes entonces de que Montfort insista tanto en su mensaje sobre la humildad. Todavía un mes antes de morir, termina una de sus cartas con estas palabras: «Humildad, humildad, humillación» (C 33). Esta insistencia nos desconcierta hasta que no hayamos comprendido, que a sus ojos, la humildad es el camino de la verdadera "grandeza".

 

Amar y ser amado

La felicidad en una "relación": Cuando uno quiere ser "grande" casi siempre busca aparecer a los ojos de alguien, llamar su atención y vivir en relación con él; y en el fondo, amar y ser amado. Riqueza, placer, poder no tienen casi sentido fuera de alguien que cuenta para nosotros y a cuyos ojos nosotros mismos tengamos algún valor. Nuestra verdadera riqueza, nuestra verdadera felicidad es una persona.

Y sin embargo, no importa qué persona puede constituir nuestro "tesoro", porque si no tenemos "nunca bastante", si deseamos "siempre más", si el deseo de nuestro corazón es "infinito", hay que ser lógicos y dar su verdadero nombre a esa persona infinita que buscamos... ¿Dios? ¡Ciertamente! Y sin embargo, Montfort no tiene afán en pronunciar su nombre. Prefiere el de "Sabiduría" que ha descubierto en la Biblia, esa Sabiduría que, al lado de Dios, presidía a la creación del mundo: «Estaba a su lado... teniendo mis delicias, día tras día, en estar con los hijos de los hombres» (Prov 8,30-31). Ese es el Dios a quien buscamos a través de todos los falsos "tesoros" y falsas glorias de este mundo.

 

Los "Tesoros de Dios"

Pero Dios no constituirá nuestro "tesoro", si nosotros no fuéramos el suyo. En la persona de la Sabiduría que no sólo constituye las delicias del Creador, sino que encuentra "sus delicias en estar con los hijos de los hombres", Montfort no duda ver ya a Jesús. ¿No es El acaso el Hijo de Dios quien nos ha revelado, a la vez y en forma inseparable, que Dios su Padre es nuestro "tesoro" y que somos el "tesoro de Dios"?

Tocamos –ya– ahí una de las grandes intuiciones monfortianas: la felicidad del hombre coincide con la de Dios y no se puede separar de ella. Si Dios se halla en el fondo de todos mis anhelos, de toda mi "sed" de infinito, es que ya antes estoy en el fondo del corazón de Dios, en el fondo de sus deseos. Con toda sencillez porque me ama, porque me amó primero (1 Jn 4,19) y porque, mucho antes de que yo lo escoja como mi "tesoro" (Mt 13,44), El me había asumido por el suyo. ¡Ponía sus delicias en "estar" conmigo!

 

"Si conocieras..."

Ahora comprendemos ya mejor esa felicidad que Montfort quiere compartir con nosotros. "Si conocieras..." ¡Ah! ¡Si conocieras el tesoro infinito de la Sabiduría hecho para el hombre [...], suspirarías por ella día y noche, volarías [...] de un extremo al otro del mundo..." (ASE 73). La "Cruz", de la cual este enamorado de la Sabiduría habló tanto (porque sabía bien que "donde hay amor, hay dolor" [Claudel]), no debe escondernos, sino al contrario revelarnos esa felicidad que ha vivido. Una felicidad que no tiene quizá gran cosa que ver con las falsas felicidades de este mundo, sino que supera también las verdaderas dichas humanas, incluso las más sublimes, porque es una participación en la felicidad del Amor mismo que es Dios.

«¡Oh! ¡Si comprender pudieran

cuánta es mi dicha...! (CT 28,40).

En ciudades o campiñas,

en casa o en despoblado,

pierda o gane, poco importa,

siempre me encuentro feliz» (CT 139,33).

Es ante todo gozo inmenso de saber que, pase lo que le pase, e incluso si todas las apariencias son contrarias, Dios le ama:

«Dios es mi Padre querido,

Jesús es mi Salvador,

María mi Madre adorada,

¿Dónde hallar dicha mayor?» (CT 28,37).

Se trata también de la felicidad de poder responder a ese amor:

«No se sabe cuánta dicha

es amarte, oh Salvador...

¡Gustad y ved

cómo es de dulce el amor! (CT 135,1).

Es, por último, la dicha inesperada y oculta, interior al amor mismo, de la "Cruz". San Pablo gritaba: «Sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones...» (2 Cor 7,4). «Encuentro mi alegría en los dolores que padezco por Uds...» (Col 1,24). Montfort le hace eco: «Me siento feliz en medio de mis sufrimientos y no creo que haya en el mundo nada tan dulce para mí como la cruz más amarga, siempre que venga empapada en la sangre de Jesús crucificado...» (C 26). Citando otra carta en la que Montfort habla una vez más de esa "felicidad" que se encuentra en la "Cruz", escribe Luis Pérouas: «Se puede palpar hasta qué profundidad de Gozo auténtico puede llegar un hombre cuando acepta la prueba, el rechazo, cuya víctima es» (Ce que croyait..., pág. 71).

Es bueno descubrir el mensaje de Montfort en su totalidad –con la Cruz misma– como invitación a la felicidad, a compartir su propia felicidad que no es ella misma sino una participación en el gozo mismo de Dios.

 

EL AMOR DE LA SABIDURIA ETERNA

 

Al leer El Amor de la Sabiduría Eterna –primera obra suya, a la que muchos consideran como una síntesis de su mensaje– se advierte que se inscribe totalmente dentro de un caminar hacia la felicidad. El libro ofrece dos partes: la primera, comprende más de tres cuartas partes –catorce de los diecisiete capítulos– podría intitularse: «La Sabiduría eterna y encarnada es el "tesoro" que buscamos»; la segunda, muchísimo más corta: «Cuatro medios para alcanzar ese "Tesoro". Se da en esta composición una lógica muy sencilla que se funda en el buen sentido. El hombre está tan sediento de la felicidad que lo que cuenta ante todo para él es saber dónde encontrarla. ¿De qué sirve conocer los medios para la consecución de un tesoro si ese tesoro no lo es para mí? ¿De qué me sirve enseñarme los medios para ganarme un soberbio Hi-Fi, si no me gusta la música? Un pedagogo sabe perfectamente que lo importante para sus alumnos es que se "interesen" por la materia que enseña. Mientras no se "interesen", no estén "motivados", el profesor podrá utilizar todos los medios posibles para enseñarles aquella materia, pero ellos no aprenderán gran cosa. Mientras que si están "interesados"..., ¡no habrá problema! Acudirán ellos mismos a los "medios" para aprender y –en el último extremo– no necesitarán de profesor sino sólo para "guiarlos".

¡Y lo mismo pasa con toda la vida! Mientras uno no esté "interesado",... mientras no "ame", ni haya encontrado su felicidad... ¿de qué le sirve utilizar "medios" por fáciles que sean de emplear y, con mayor razón, si son difíciles? La Cruz, por ejemplo, ¿por qué quieres que yo la acepte, incluso que opte por ella, si pienso no sólo que no me conduce a la felicidad de la cual estoy sediento, sino que me aleja de ella al causarme dolor?

 

La dulzura inefable y la belleza cautivadora

Entonces Montfort, que conoce bien el corazón del hombre y sabe cuánta sed tiene de felicidad, consagra las cuatro quintas partes de El Amor de la Sabiduría Eterna a "interesarnos", a atraernos, casi a seducirnos, mostrándonos "la excelencia maravillosa"..., "la dulzura inefable y la belleza cautivadora"..., "los tesoros infinitos" de la Sabiduría Divina (ASE cc. 5 y 10). ¡Si conocieras! «Nada tan dulce como el conocimiento de la Sabiduría divina. ¡Dichosos quienes la escuchan! ¡Más dichosos quienes la desean y la buscan! Pero, ¡mucho más dichosos los que andan por sus caminos y saborean en su corazón esa dulzura infinita...» (ASE 10). Este conocimiento es también "la ciencia más noble" (ASE 9), y la más útil y necesaria porque «la vida eterna consiste en conocer a Dios y a su Hijo Jesucristo» (ASE 11). Nada tan dulce, nada tan grande, nada tan útil... Nos hallamos ante los tres grandes caminos de la felicidad.

Buscas, ¿Buscas tu felicidad en la riqueza y las ganancias? Contempla los "tesoros infinitos" de la divina Sabiduría. ¿Piensas que serás feliz en los placeres de este mundo? Ven a saborear con los santos "la dulzura inefable y la belleza cautivadora" del Hijo de María. «Hay un santo y verdadero placer en su amistad» (ASE 98). ¿Piensas hallar tu dicha en el éxito y las grandezas humanas? «La Sabiduría que es Dios mismo: ésta es la gloria» (ASE 55) que te espera; los honores, las dignidades, la verdadera grandeza están con ella y «¡es incomparablemente mejor para el hombre el poseerme –dice la Sabiduría– que poseer todo el oro y la plata del mundo [...] y todos los bienes del universo» (ASE 67). Audacia inaudita la de Montfort que viene a proclamarnos: La Felicidad Infinita que están buscando, sin conocerla, a través de todas las falsas riquezas, grandeza y placeres de este mundo, se las anuncio: son Dios mismo, son la Sabiduría. «Quien beba del agua que yo le dé, no volverá a tener sed» (Jn 4,14). «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37).

 

LA CRUZ Y LA FELICIDAD

 

La búsqueda de la felicidad está tan marcada en El Amor de la Sabiduría Eterna que uno casi se admira de no encontrar la Cruz antes del capítulo 8. E incluso entonces, Montfort la presenta, la primera vez, como uno de los "efectos maravillosos" de la Sabiduría en las almas de quienes la poseen: porque ella los ama y «para ponerlos a prueba y hacerlos más dignos de sí misma, les proporciona grandes combates y les reserva contradicciones y obstáculos...» (ASE 100). «Pero esta amable Soberana... vierte tan suave unción sobre los sufrimientos que en ellos (sus amigos) encuentran sus delicias» (ASE 103).

En realidad sólo hasta en los capítulos 13 y 14 aparece la Cruz en toda su fuerza y su grandeza. Pero en un primer momento no se trata de la nuestra: es la Cruz de Dios, la que Jesús quiso vivir libremente "para probarnos su amor" (ASE 154). Y obsérvese que Montfort la aborda sólo en cuanto que es «la más poderosa de todas las razones que pueden excitarnos a amar a Jesucristo» (ASE 154) y el medio más sabio entre todos los posibles que haya encontrado el Amor (ver ASE 167-168).

 

Ingresar en la Sabiduría de Dios

Partíamos de la felicidad del hombre siempre insatisfecho e "inquieto" (san Agustín) porque no desea nada menos que a Dios. Y mira, hemos llegado a la felicidad de Dios. En efecto, Montfort no nos invita sólo a descubrir nuestra felicidad en Dios, Sabiduría eterna y encarnada, porque en ella se encuentran los verdaderos placeres, las verdaderas riquezas y los verdaderos tesoros que buscamos. Nos llama para llegar más lejos, para entrar en la felicidad misma de Dios, porque Dios tiene también un tesoro donde pone su corazón como todo el mundo (Mt 6,21). Ya es gran cosa encontrar mi felicidad en Dios porque es el anhelo de mi corazón. Pero otra cosa es –tanto más exaltante todavía– entrar en la misma felicidad de El, hacer de su "tesoro" mi "tesoro" y poner mi corazón donde El pone el suyo.

¿Cuál es entonces el "tesoro" de Dios y dónde pone El su corazón? ¿Cuál es la forma en que busca El su felicidad, ya que es el Amor mismo? Y ¡el Amor omnipotente! ¿Cuál podrá ser su "Sabiduría"?

 

CUESTIONARIO

 

1.  Como todo ser humano Ud. busca la felicidad, ¿por qué caminos? ¿Con qué intensidad?

2.  ¿Qué motivaciones ofrece el P. de Montfort para encaminarnos a la verdadera felicidad? ¿Cómo la encuentra en la felicidad de Dios?

3.  ¿Vive Ud. estas realidades, en su relación con Dios y con los hermanos?

4.  ¿Ha comentado Ud. estos temas en su predicación y conversaciones? ¿Cómo la propone en su apostolado?

5.  ¿Cómo traduciría Ud. para hoy esta temática y esta terminología?

 

ORACION

 

Señor y Padre nuestro:

te alabamos y damos gracias

por haber puesto en nuestro corazón

un anhelo de gozo infinito

y una sed de amor auténtico

que ninguna creatura puede apaciguar.

«Señor, tú nos hiciste para ti

y nuestro corazón está inquieto

hasta que descanse en ti» (san Agustín).

Concédenos ante todo saber "contemplar" la vida:

que con los ojos de la fe sepamos descubrir

a través de las falsas riquezas,

los falsos placeres, el falso prestigio,

que nos engañan, el bien verdadero,

la auténtica dicha, el verdadero prestigio

que eres tú mismo.

Más allá del dinero, del licor, de la droga y del poder

nosotros te anhelamos y te estamos buscando.

Concédenos también no aceptar jamás

que las contradicciones de la vida

nos lleven a limitar nuestros anhelos

y convertirnos en "amargados",

que regresamos de todo,

sin haber llegado hasta el final de nada.

Tú que conoces cuántas decepciones

causamos a menudo a los que nos rodean:

concédenos que jamás detengamos a nadie

en el camino que lleva hacia ti,

que sepamos más bien borramos delante de ti,

a ejemplo de María,

"transparencia" total de tu Hijo Predilecto.

Dado que tu amor siempre nos sale al paso,

concédenos no olvidar nunca que,

al hacerte hombre como nosotros,

te has hecho también para nosotros,

y que tu corazón de Dios,

también se halla siempre inquieto,

hasta que no descanse en nosotros.

 

 

 

II. LA SABIDURIA DEL AMOR

 

 

«Dios tiene su Sabiduría. Que es la única verdadera y digna de ser amada y buscada como un gran tesoro. Pero también el mundo corrompido tiene su sabiduría. Y ésta debe ser condenada y detestada como malvada y perniciosa. Los filósofos también tienen su sabiduría...» (ASE 74).

Finalmente, todo el mundo tiene su "sabiduría": Dios, el mundo corrompido, los filósofos..., todos los hombres tienen una sabiduría, es decir, cierta manera de concebir su felicidad que les conduce a optar en la vida. Todos buscamos la felicidad, la misma felicidad infinita que es "riqueza", "placer", "prestigio", que halla su coronación en la relación con el otro con tal que ese Otro sea el Infinito. Con esa felicidad queremos ser felices; ¿por qué entonces la buscamos en direcciones diferentes? Porque no tenemos la misma "sabiduría". No la "vemos" de la misma forma. No colocamos las mismas realidades bajo las mismas palabras: "infinito", "riqueza", "placer", "prestigio", "amor"... Resultado: hacemos opciones diferentes e incluso completamente opuestas. Por la sed de felicidad los hombres se asemejan todos; pero difieren por la "sabiduría". Común a todos los hombres, absolutamente a todos, es que todos tienen un "tesoro" en el cual ponen el "corazón". Pero, no tienen el mismo "tesoro". Y esto los hace diferentes. Dime dónde está tu "tesoro", porque allí está tu corazón (Mt 6,21), y te diré quién eres.

 

1. FELICIDAD Y SABIDURIA

 

¿Qué hay de común entre ese hombre riquísimo que sigue añadiendo «casas a casas, campos a campos, hasta no dejar sitio en medio del país» (Is 5,8) y la abuelita que, en esa edad en que uno teme desaparecer, se impone privaciones en su humilde retiro a fin de poder ayudar "a los pobres"? Parece que nada. Y sin embargo, sí. Los dos tienen en común la misma búsqueda de la felicidad. La sabiduría las hace diferentes... y ¡en qué medida! No tienen precisamente la misma idea de felicidad y en especial de "riqueza". ¿Existe algo en común entre el hombre ambicioso que busca ser el primero en todas partes y lo sacrifica todo a su promoción, a su "carrera"... y ese joven ingeniero que renuncia a una situación brillante para hacerse Hermanito de Jesús y encontrarse algunos años más tarde, trabajando en las pistas del Sahara? Nada tampoco, al parecer. Y sin embargo, también ellos buscan la misma felicidad. Pero no tienen la misma sabiduría.

Cuentan que algunas hermanas de la Madre Teresa, antes de tener la menor idea de que el Señor podía llamarlas a darlo todo para servir a los pobres, llevaban una "gran vida": apartamentos lujosos, carros, choferes, dinero a su capricho. La vista de los pobres miserables no les impedía en lo más mínimo ser "felices": ellos..., no eran ellas: así de sencillo. Y, como por otra parte, no hallaban la felicidad que buscaban en bienes tan limitados, pensaban simplemente que se debía a que no tenían lo suficiente. Entonces, ¿qué hacer? Cada vez más, más y más riquezas, placeres, hasta el día... en que encontraron a alguien que les hizo comprender que para encontrar la felicidad que anhelaban, tenían que cambiar totalmente de "sabiduría". Hacer un gran viraje de 180 grados. Eso que el evangelio llama "conversión". Ingresar en una "sabiduría" totalmente diferente, la "verdadera sabiduría de Dios" (ASE 227). Cierto día la Madre Teresa se hizo presente. Les habló. Su corazón se transformó en un «corazón de carne» (Ez 36,26), «se les abrieron los ojos» (Lc 24,31). Y todo cambió para ellas. De un día al otro, ellas que lo tenían todo, se encontraron sin nada, pobres entre los pobres. ¡Qué locura! O, ¿qué sabiduría? Sin embargo, entre su situación de antes y la que habían escogido ahora, hay algo que no ha cambiado: su sed de felicidad. ¿Ayer?, era la misma infinita felicidad lo que buscaban. Pero hoy, ya no la veían exactamente de la misma manera. Su "sabiduría" había cambiado, se había "convertido". Una conversión no es otra cosa que un cambio de "sabiduría".

 

2. AMAR Y CONOCER

 

¿Puede uno amar lo que no conoce? Si uno hubiera preguntado a las hermanitas de la Madre Teresa, antes de su conversión: "Pero, ¿por qué viven tan lujosamente, en medio de tantos pobres?", habrían sonreído seguramente. ¿Los pobres? ¿El servicio de los pobres? No nos interesa. Nos interesan el dinero, la salud, las comodidades de la vida. ¡Esa es la felicidad! "¡Quieres que cambiemos? Entonces, demuéstranos que existe otra felicidad?" Y, en cierta forma tendrían razón... «¿Puede uno amar –escribe el P. de Montfort– lo que no conoce? ¿Puede amar ardientemente lo que sólo conoce a medias? ¿Por qué se ama tan poco a la Sabiduría eterna y encarnada, el adorable Jesús? ¡Porque poco o nada se le conoce!» (ASE 8). Ante todo, encontrar un "tesoro".

Estamos lejos de cierto moralismo que consiste en decir a la gente: "Basta con que hagan esto...¿Por qué no hacen aquello? No les comprendo". ¿Basta con amar? Ciertamente. Pero, para amar, hay que "conocer". Para "vender el campo", es preciso haber encontrado antes un "tesoro" (Mt 13,44). Jesús no dijo jamás que el Reino de los cielos se parece a un hombre que comienza por "vender cuanto posee" y, luego, mira en torno suyo a fin de encontrar un "tesoro" para poner en él su "corazón". Equivaldría –como dice el proverbio– a "ensillar antes de traer las bestias". No, el Reino de los cielos se parece por el contrario a quien comienza por encontrar un "tesoro". Sólo entonces se va uno, "rebosante de gozo", a vender cuanto posee. Si hubiera comenzado por "venderlo todo" antes de "hallar el tesoro", lo habría hecho "lleno de tristeza" e incluso Jesús lo habría tratado indudablemente de "loco" (Mt 7,26; Lc 12,20).

Díganle a ese joven que se droga, aumentando cada vez la dosis hasta el "hundimiento": "lo importante es que no te drogues"; o a ese alcohólico que arruina a su familia mientras se destruye él mismo: "lo importante es que dejes de beber". Díganle a ese hombre, a esa mujer que "siempre tienen razón" (mientras los demás siempre andan equivocados), que quieren imponerse siempre a los demás (la "gloria" es también una droga): lo importante es que reconozcan sus equivocaciones y no destruyan a los demás". Si se dignan escucharlos a Uds., sonreirán también: "Ya quisiera verlos yo... Al pedirme que renuncie a la droga, al dinero, a la gloria, me están pidiendo que "venda todos mis bienes", pero ¿dónde está el tesoro? Muéstrenmelo. Demuéstrenme que esa felicidad que busco con sed tan grande, se encuentra en otra parte; si no, ¿por qué quieren que venda todos mis bienes?"

 

"Conocer a Jesucristo"

Lo que importa en la vida es descubrir el "verdadero tesoro", el único que puede hacernos felices. Mientras no sepa dónde se halla y qué debo hacer para encontrarlo, ¿sé realmente algo? El conocimiento, la ciencia más importante en la vida es "la sabiduría". En la vida, mientras no sepa cómo conducirme para ser feliz y hacer felices a los otros, para amar de verdad... ¿sé acaso algo? Puedo saber muchas cosas e incluso, en caso extremo, saberlo todo, si carezco de ese saber, de esa "sabiduría", en el fondo, no sé nada. Porque ¿de qué le sirve al hombre saberlo todo, si no es feliz? «¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si malogra su vida?» (Mt 16,26).

Frente a Nicodemo que ciertamente sabía muchas cosas, pero ignora el "nuevo nacimiento", se admira Jesús: «Tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? (Jn 3,10). Al contrario, incluso si se ignoran muchas cosas, pero se posee la "Sabiduría", si uno sabe ingeniarse para ser feliz y hacer felices a los demás, entonces se sabe lo suficiente. Montfort era tan consciente de que a través de todas las falsas felicidades y los falsos "tesoros" de la vida, buscamos en realidad, a Jesús Sabiduría, proclama a pleno grito:

«Conocer a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, es saber lo suficiente. Saberlo todo, pero no conocerlo a El, es no saber nada» (ASE 11).

 

Un conocimiento que hace posible el amor

¿Es posible no amar lo que se conoce de verdad? La "sabiduría", ese conocimiento que permite amar, ese descubrimiento del "tesoro", no es sólo intelectual: es un saber ya transformado, "consagrado" por el amor que lo impregna de fuerza, de delicadeza y de "sabor". Uno puede, dice Montfort, tener "una ciencia de las cosas de la gracia y de la naturaleza [...] vulgar, seca y superficial". La "sabiduría", por su parte, es un conocimiento "extraordinario, santo y profundo" (ASE 58). «Las luces y conocimientos que comunica la Sabiduría no son áridos, llenos de unción, operantes y piadosos, conmueven y alegran el corazón e iluminan el entendimiento» (ASE 94). Sólo con el corazón se ve bien, decía el zorro al Principito, lo esencial es invisible a los ojos. Lo esencial es invisible también para el entendimiento "desgajado del corazón", que se contenta con conocer sin "gustar" rechazándose a convertirse en "sabiduría". Uno podría casi decir que con la "sabiduría, Montfort derriba el muro entre entendimiento y "corazón" (así como con la "Cruz", derriba también el muro entre sufrimiento y felicidad). Porque el "corazón" del cual se trata, no es en primer lugar, el sentimiento sino más bien el "yo profundo", allí donde el Espíritu se une a nuestro "espíritu" (Rom 8,16) y donde la Sabiduría se injerta en la nuestra. En las primeras páginas de El Amor de la Sabiduría Eterna, Montfort se planteaba la cuestión: «¿Es posible amar lo que no se conoce?» (ASE 8), pero en todas las páginas restantes se plantea otra pregunta: "¿Es posible no amar lo que se conoce de verdad?"

Si conozco de verdad, no sólo con el entendimiento, sino también con mi "corazón profundo", con un saber que es "sabiduría", si el Espíritu mismo "conoce" a través de mi espíritu, entonces no puedo menos de amar. Cuando uno conoce a la Sabiduría en sí misma (lo que constituye ya un "tesoro infinito"), pero sobre todo en el amor que nos profesa y que llega hasta la Cruz y la Eucaristía, no se puede sino amarla.

«Tras palabras tan enérgicas y tiernas del Espíritu Santo para hacernos comprender la belleza, valor y tesoros de la Sabiduría, ¿quién no la amará y buscará con todas sus fuerzas? ¡Tanto más cuanto que se trata de un tesoro infinito, propio del hombre, para el cual fue creado el hombre y que la Sabiduría misma tiene infinitos deseos de darse al hombre!» (ASE 63). «¿Cuál no será entonces nuestra insensibilidad e ingratitud, si no nos conmueven los ardientes deseos, los amorosos inventos y las pruebas de amistad de la amable Sabiduría?» (ASE 72). «Hablando razonablemente, conocer lo que Nuestro Señor ha padecido por nosotros y no amarlo con ardor –como lo hace el mundo– es algo moralmente imposible» (ASE 166).

 

Convicción y Amor

– ¿Es posible no dar a conocer lo que uno ama? El don de sabiduría, tal como él lo recibió, lleva a Montfort a plantearse una tercera pregunta: ¿Puede uno no dar a conocer y amar lo que conoce y ama?

«La Sabiduría comunica al hombre no sólo las luces para conocer la verdad, sino también la capacidad maravillosa de darla a conocer a otros» (ASE 95).

El bautismo hace de nosotros apóstoles. Pero el apostolado, la evangelización no son ante todo cuestión de técnica ni métodos, sino el don de compartir una convicción profunda. Ni si quiera se trata solamente de "escuchar a Dios con humilde sumisión", de "obrar en El y por El con fidelidad constante"; se trata de «alcanzar la luz y unción necesarias para inflamar a otros en el amor a la Sabiduría» (ASE 30).

Un día en que la Madre Teresa –siempre ella– iba a tomar el avión para uno de sus numerosos viajes a través del mundo, un periodista la detuvo bruscamente y le preguntó: ¿Qué es el apostolado? –¿El apostolado?– Es... (silencio) ... tienes una convicción y amas a alguien; entonces le pasas tu convicción; y él a su vez, tiene una convicción y ama a alguien, y su convicción pasa a esa persona.

El apostolado es una convicción muy fuerte transmitida por un amor.

 

El don de sabiduría

Pero esa convicción no puede "pasar" –la Madre Teresa lo sabía bien– a menos que el "testigo" haya recibido el don de "sabiduría". Sus palabras yo no soy sus palabras. Otra persona habla a través de él: «las palabras que comunica la divina Sabiduría no son palabras ordinarias, naturales y humanas; son palabras divinas. Son palabras enérgicas, conmovedoras, penetrantes. Parten del corazón de quien habla y penetran hasta el fondo de corazón del oyente...» (ASE 96).

Cuentan que cierto día el P. de Montfort en su región natal quiso traducir, concretar esta verdad del don de sabiduría. Y que en el templo no quiso hablar él mismo para "dejar hablar a Jesucristo". Entonces colocó en el púlpito una gran cruz que todos podían ver. El pasó por entre la multitud con su pequeño crucifijo, el que el Papa Clemente XI le había dado y se contentó con mostrarlo a cada uno diciéndole: "¿No te duele mucho haberlo ofendido?" Y todos comenzaron a llorar. Ese día ciertamente Jesucristo había hablado y sus palabras habían salido del corazón del apóstol para llegar, en silencio, "hasta el corazón" del oyente (ASE 96).

 

3. LA SABIDURIA DEL MUNDO

 

La sabiduría del mundo: cuando uno conoce, ama y cuando ama, da a conocer. Todo depende entonces del conocimiento que haya en el punto de partida, de la sabiduría que nos anime. Porque hay muchas sabidurías. San Agustín decía que "dos amores han construido dos ciudades: el amor de Dios construyó la ciudad de Dios..., y el amor propio construyó la ciudad del mal y del pecado". A su manera, san Luis de Montfort añade: "dos sabidurías han construido dos amores": la sabiduría del mundo ha construido el amor de uno mismo a través de las falsas riquezas, los falsos placeres, las falsas grandezas de este mundo y la Sabiduría de Dios ha construido el amor a Dios y a nuestros hermanos a través de la pobreza, la Cruz, la humillación que conducen a la verdadera riqueza, a los verdaderos placeres, a la verdadera grandeza.

 

Los tres pilares de la sabiduría del mundo

Una vez más encontramos los tres caminos de la búsqueda de la sabiduría. La sabiduría del mundo no es falsa porque deambule por ellos, sino porque se extravía por callejones sin salida. En lugar de buscar los auténticos "tesoros" de que habla Jesús y de «amontonarlos en el cielo, donde ni polilla ni carcoma los echan a perder, donde los ladrones no abren boquetes ni roban» (Mt 6,20), corre en pos de las falsas riquezas de este mundo.

Y como hay tres falsos "tesoros", hay también tres falsas sabiduría correspondientes a ellos. Montfort las llama "la sabiduría terrena", "la sabiduría carnal" y "la sabiduría diabólica" (ASE 80-82).

"La sabiduría terrena" [...] es el amor a los bienes de la tierra. Los sabios del mundo profesan esta sabiduría [...] cuando apegan el corazón a sus posesiones; cuando todo lo encaminan a enriquecerse; cuando promueven juicios y litigios inútiles para adquirir o conservar sus riquezas; cuando –la mayor parte del tiempo– no piensan, hablan ni actúan sino con miras a conseguir o conservar algún bien temporal...» (ASE 80).

En lugar de buscar los "sólidos placeres" de la verdadera felicidad, la sabiduría carnal conduce a quienes la siguen a no buscar «sino el gozo de los sentidos; [...] aman la buena mesa; ...habitualmente sólo piensan en comer, beber, jugar, reír, divertirse y pasarlo lo mejor posible» (ASE 81).

Por último, la sabiduría diabólica, en vez de buscar la verdadera grandeza que pasa por el último puesto, ama y aprecia los honores. Los que la siguen «aspiran –aunque secretamente– a las grandezas, honores, dignidades y cargos importantes; [...] buscan hacerse notar, estimar, alabar y aplaudir por los hombres...» (ASE 82).

Este cuadro de los tres pilares de la sabiduría del mundo sólo tiene que modificarse hoy para que se adapte a nuestros días: describe en forma tan perfecta no sólo al "gentilhombre" del siglo XVII, sino al hombre de todos los tiempos que, mañana –lo mismo que ayer y hoy– no podrá menos de buscar su felicidad por esos tres caminos, a riesgo de extraviarse tomando por auténticos los falsos valores.

 

Tres características de la sabiduría del mundo

Para completar el cuadro, ya tan parecido, de la sabiduría del mundo opuesta a la de Dios, Montfort añade tres señales que la caracterizan y que pertenecen también a todas las épocas, incluso si las palabras para designarlas cambian. La sabiduría del mundo está sellada por la sagacidad, el conformismo y la connivencia.

La sagacidad es la forma en que la sabiduría del mundo nos arrastra hacia el mal, haciéndonos creer que se trata del bien. No se lleva a alguien al mal diciéndole que es el mal; a éste hay que cubrirlo con apariencia de bien. «Nunca ha estado el mundo tan corrompido como hoy –dice Montfort– [...] nunca había sido tan sagaz, prudente y astuto a su manera. Utiliza tan hábilmente la verdad para inspirar el engaño; la virtud, para autorizar el pecado; las máximas de Jesucristo, para justificar las suyas..., que incluso los más sabios según Dios son víctimas de sus mentiras» (ASE 79). La "sagacidad" es también la forma en que todos, cuando nos guía el espíritu del mundo, sabemos esconder nuestros errores y faltas bajo apariencia de virtud. Los "sabios del mundo", dice Montfort, "aspiran aunque secretamente a las grandezas". Buscan sus caprichos e intereses «pero no de modo patente y provocador [...] sino de manera habilidosa, astuta, engañosa y política» (ASE 75).

«El sabio según el siglo[...] sabe desenvolverse... sacar ventaja temporal de todo, sin dar la impresión de buscarla; conoce perfectamente los gustos y cumplidos del mundo...» (ASE 76).

Hay que ver cómo, sobre todo en los Cánticos, sabe Montfort hacer brillar esa astucia del mundo que querría impedir a las gentes que se conviertan:

"¿Convertirte? Muy bien, muy bien,

un buen espíritu no cambia nunca";

"Dios no te exige aquella penitencia,

pero el orgullo en ella se ha escondido..."

"Entonces, deja la meditación,

que es un asunto que se hace un peligro,

sujeta a tropiezos y a tentaciones,

y en la que el alma se hace perezosa..." (CT 39,130.133.135).

¿Para qué? ¿Para qué tantos rosarios?

¡A trabajar más bien, hermanos mío...! (CT 39,136).

Sólo apelando a la constancia e incluso a la humildad, al trabajo, que son valores auténticos, logra el "mundo" que desistas de la conversión. Es tan "habilidoso" que lograr hacerte creer que convertirte es caminar en contra del Evangelio. Así de simple.

Sabe hacerte desistir también mediante el conformismo. En el siglo XVII, hablaban de "moda" y de "respeto humano". Obrar como los otros, como todos, seguir al rebaño. El conformismo puede cambiar de campo y de nombre, forma parte siempre de la sabiduría del mudo, que el P. de Montfort describe ante todo como "conformidad perfecta con las modas y máximas del mundo". Cuando uno quiere seguir el Evangelio, sencillamente a la letra, siempre se distingue de los demás, y el mundo no gusta de quienes no son como él, de quienes no "son como los demás". Trata de hacerte entrar en la fila. Hay que obedecer al "qué dirán"... Al contrario, dice Montfort, lo que cuenta es que lo que Dios piensa de nosotros, porque vivimos bajo la mirada de "nuestro gran Jesús".

Cuentan que cierto día, el P. de Montfort caminaba con el hermano Nicolás por el camino de Aigrefeuille a Nantes. Los dos misioneros estaban ya muy fatigados. Varias veces había ya el Padre propuesto a Nicolás cargarlo a sus espaldas. El hermano se había rechazado siempre a ello. Por último, vencido por la fatiga, Nicolás acepta que su compañero eche al brazo su gran manto, y que con el otro brazo sostenga al pobre hermano agotado. Y miren al pobre cortejo que cojeando reemprende la marcha hacia Nantes. Encontrábamos, relata Nicolás, de vez en cuando, grupos de caballeros y damas y otras personas.

– Padre mío, le dije, ¿qué dirá toda esta gente?

– Hijo mío, me respondió, ¿qué dirá el buen Jesús que nos mira? (Le Crom, pág. 338).

Tercera característica de la sabiduría del mundo, la connivencia, el "término medio", "el gentilhombre" del siglo XVII que se rechaza a escoger entre el Evangelio y un éxito meramente humano. Un trozo de camino con el Evangelio y otro con el mundo. Y avanzar así hasta la muerte, sin optar jamás, sin comprometerse de verdad. Porque hay que experimentarlo todo y mantenerse "libre":

«Vivir como todo el mundo,

huir la senda perfecta» (CT 36,63).

Montfort, hombre del absoluto y de opciones radicales, percibía en qué medida se hallaba en la ribera opuesta al don total esta vida sencillamente "gentil", al burlarse del Evangelio.

 

4. LA SABIDURIA DE DIOS

 

La Sabiduría de Dios: «Debemos –nos dice Montfort– detestar y condenar estas tres clases de falsa sabiduría para adquirir la verdadera. Esta no busca el provecho propio, no arraiga en el terreno ni en el corazón de quienes viven cómodamente, y aborrece todo lo grande y espectacular a los ojos de los hombres» (ASE 83). Frente a falsas riquezas, a falsos placeres, a falsos prestigios, aquí están los verdaderos valores, la felicidad verdadera, la verdadera grandeza del Amor, la verdadera Sabiduría de Dios.

 

El tesoro de Dios

Todos saben bien que, cuando uno ama, no tiene la misma sabiduría que cuando no ama, no tiene el mismo "tesoro", los mismos valores, no hace las mismas opciones. Incluso hace opciones completamente opuestas a lo que hace cuando no ama. Porque amaba, el P. Kolbe optó por morir de hambre en un bunker, para salvar al padre de siete hijos. Más cerca de nosotros, porque ama también, Pablo, obrero especializado en una fábrica de muebles, elige ser despedido para dejar su empleo a otro trabajador.

Pero si ya, cuando uno ama hace a veces opciones completamente opuestas a las de una sabiduría sin amor, Dios que es el amor mismo, absolutamente puro, la fuente y la perfección de todo amor, ¿qué opciones no puede hacer? ¿Cuál puede ser la Sabiduría del Amor mismo? ¿Cuál puede ser su "tesoro"? ¿Dónde puede El poner su "corazón"?

A tales preguntas, Montfort aporta, en pos de san Pablo, una respuesta maravillada. «Aquí es preciso exclamar con san Pablo: ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!» (ASE 15). «¡Qué elección tan sorprendente! ¡Qué designios tan sublimes e incomprensibles! ¡Qué amor a la cruz tan inefable!» (ASE 168). ¿El "tesoro" de Dios? No es otro que el hombre, es la humanidad. Y ¿dónde pone su "corazón"? En ti, en mí, sobre todo en María, "el tesoro del Señor", su "Paraíso", "donde ha puesto lo más precioso que tiene": su Hijo predilecto. Sí, Dios ha puesto su corazón en la humanidad. Pero estamos tan habituados a oír decir que Dios nos ama, que hemos perdido completamente de vista que este amor procede de una "sabiduría" sublime, incomprensible, desconcertante.

 

"Dios ama"

Cómo El, el Altísimo, el Infinito, el que ha creado cielos y tierra, el infinitamente grande y el infinitamente pequeño, Aquel ante quien «todas las naciones son como nada [...], una gota de agua en un cubo [...], un grano de arena en el platillo de la balanza» (Is 40,15). ¿Aquel «ante quien mil años son como un día» (2 Pe 3,8), ha puesto su "tesoro" y por tanto su "corazón" en mí, tan pequeño..., pobre, pecador?

¡Esto si este amor fuera una opción! Pero uno no escoge amar. Dios tampoco, si se puede hablar así, escogió amar. Montfort lo presenta como seducido por la belleza de la humanidad –una belleza del todo interior e invisible, que es su fe–; ha sido "atraído", "amorosamente vencido" (ASE 107; ver cap. 9). Si es verdad que en este amor hizo una opción, su elección fue la de aceptar, El, el Omnipotente, dejarse vencer.

 

5. LAS TRES GRANDES OPCIONES DEL AMOR

 

Esta "Sabiduría incomprensible" del Amor se expresó en efecto por tres grandes opciones, completamente opuestas a las de la sabiduría humana marcada por el pecado. Frente a «todos los reinos de mundo y su gloria» (Mt 4,8), el Amor escogió la pobreza, la Cruz y María.

«El Amo del universo escogió no tener dónde reposar la cabeza» (Lc 9,58). «El Dios inmortal escogió hacer la experiencia del sufrimiento y la muerte. El Señor de las Virtudes escogió cargar con el pecado del mundo y ser condenado como un criminal de derecho común» (P. Michel, Le Règne de Jesús par Marie).

 

La elección de la pobreza

Dios escogió la pobreza: es Dios...

[...] Dios no logra defenderse

de la hermosura de la pobreza,

la ama y aprecia hasta hacerse

pobre, muy pobre en la humanidad» (CT 20,4).

Mientras el mundo sólo piensa en el dinero, en el provecho, en los bienes de la tierra, Montfort hace decir a Jesús (que dialoga son los pobres):

Encuentro en la pobreza / tal brillo y majestad

que la hice esposa mía.

Y los bienes del mundo traidor

son objeto de horror para mí (CT 108,6).

¿Por qué brilla tanto la pobreza ante los ojos de la Sabiduría? Porque es la verdadera riqueza de la cual los "falsos tesoros" no son sino una caricatura. La elección de la verdadera sabiduría no es entre la riqueza y la pobreza, sino entre la falsa riqueza que no es otra cosa que pobreza y una pobreza que es auténtica riqueza. La pobreza del rico, es su "anhelo" que lo "martiriza", porque nunca dice "basta":

«Cuanto más posee el rico,

más y más quiere tener;

ahí encuentra su martirio

que no le da reposo ni solaz» (CT 20,34).

La riqueza del pobre es su amor, es la confianza que puede vivir, son los bienes que recibe del «fondo inagotable de la divina Providencia» (C 33).

 

La elección de la Cruz

¡Dios optó por la Cruz! Ciertamente no escoge el sufrimiento por el sufrimiento, sino el sufrimiento por que no hay amor más grande que el de «dar la vida por los amigos» (Jn 15,13), el sufrimiento porque el amor de Dios «dicta leyes a su poder» (ASE 168). Montfort tenía clara conciencia de que Dios, en su omnipotencia, hubiera podido evitar la Cruz y que la opción por ella, a los ojos de una sabiduría puramente humana, es pura locura. Pero Dios no es el Todopoderoso que uno se imagina, es el Amor omnipotente y el Amor hace que esa omnipotencia se revele como debilidad incomprensible. «¡Cosa sorprendente! (étonnant: tiene en el siglo XVII un sentido mucho más fuerte que hoy; étonnant = que hiere como el rayo). Ve algo que para los judíos es motivo de escándalo y horror y para los paganos objeto de locura [...]. Y en la cruz detiene su mirada [...] ¡Qué elección tan sorprendente! ¡Qué designios tan sublimes e incomprensibles! ¡Qué amor a la cruz tan inefable!» (ASE 168). Porque tampoco era posible que Dios en Jesús haya sufrido el tormento de la cruz y que –en una sabiduría que nos sobrepasa totalmente– haya "optado" por ella. En contraposición a una sabiduría totalmente humana marcada por el pecado, que sólo piensa en los placeres («Los mundanos [...] gritan todos los días: ¡Vivir! ¡Vivir! ¡Paz! ¡Paz! ¡Alegría! ¡Alegría! ¡Comamos, bebamos, cantemos, bailemos, juguemos!» [AC 10]), la Sabiduría de Dios opta por la Cruz y la ofrece a quienes quieren seguirle: «Si alguno quiere seguirme, tome su cruz...» (Mt 16,24).

 

La verdadera felicidad

En cuanto Montfort escribe acerca de la Cruz, siente uno que aparece telón de fondo la meditación de san Pablo en su Primera Carta a los Corintios, acerca de la "locura de Dios" que es más sabia que los hombres" (así como su "debilidad" es más fuerte que ellos) [1 Cor 1,25]. La opción de Dios no era entre "locura" y "sabiduría", sino entre la "sabiduría del mundo que Dios ha herido de locura" y la "locura de Dios" que es verdadera sabiduría. «Lo loco del mundo lo eligió Dios...» (1 Cor 1,20.25.27). La opción no es tampoco, como se imagina la sabiduría del mundo, entre el sufrimiento y la felicidad, sino entre la felicidad que es sufrimiento porque carece de amor y un sufrimiento que es felicidad porque es, nos dice Montfort, «la causa, del alimento y testimonio del amor» (ASE 176).

 

La elección de la dependencia

Por último, Dios a la inversa de una sabiduría mundana que busca la gloria y se embriaga con las falsas grandezas, opta por depender de María y ocupa el "último lugar", ese "último lugar que, decía el abate Huvelin, nadie podría disputarle jamás". Porque descendía de lo alto... y ¡nadie jamás podría descender de tan alto! y por tanto caer tan bajo.

La Sabiduría eterna habría podido "considerar como una presa su categoría de Dios", pero Dios Hijo no tiene esas pretensiones y, por ello, en la locura de su amor, optó por "anonadarse", por "tomar la condición de esclavo haciéndose uno de tantos", por "despojarse". Y «así, nos dice san Pablo, presentándose como simple hombre, se abajó más todavía, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,6-8). Pero la humillación de la cruz ya está toda contenida en la humildad del comienzo.

La locura final, la de la cruz nos alcanza en nuestra carne, en nuestra sensibilidad que se revela. La locura del comienzo, la de la Encarnación, nos impacta menos. Y ¡sin embargo! ¡En Jesús, en el momento de la Anunciación, es ciertamente Dios quien "se despoja" de su divinidad! El que es todo opta por anonadarse. El Altísimo se convierte en "bajísimo". El gran Soberano, siempre independiente y suficiente a sí mismo, optó por depender en todo de una persona humana, María... (VD 14.139.243), por empequeñecerse. Montfort que estaba muy impresionado ante el escándalo de la cruz, ha sido casi más sensible a la "locura" de la Encarnación. Percibía que la cruz estaba ya ahí; no la cruz que el Hombre Jesús iba a asumir en su carne, en el momento de su pasión, sino la cruz de Dios Espíritu, al encarnarse.

Siendo uno el Hijo eterno, Aquel «que es antes de todo y en quien el universo tiene su consistencia» (Col 1,16.17), no se convierte uno en insignificante ser humano, en Hijo de María, sin experimentar la cruz de la humildad absoluta, del anonadamiento.

¿Cuál puede ser la "sabiduría" de un Dios que opta, en su libertad suprema por anonadarse y "depender" de una creatura suya? No puede ser otra que la Sabiduría del Amor mismo.

 

...que es verdadera grandeza

Porque es cuestión ciertamente de "sabiduría", de la inteligencia suprema del Amor que bien sabe dónde se halla la grandeza verdadera y que el camino de la humildad lleva a ella. «Al que se abaja lo encumbrarán» (Lc 14,11). Dios se abaja, se "anonada", despojado, será por tanto "encumbrado", exaltado. «Por eso Dios lo encumbró sobre todo y le concedió el título que sobrepasa todo título» (Flp 2,9).

La gloria y esplendores de la resurrección, los ve Montfort ya presentes en la Anunciación y en el establo de Belén: «El Dios encarnado [...] hizo estallar su fuerza en dejarse llevar por esta jovencita; cifró su gloria [...] en ocultar sus resplandores [...]; glorificó su propia independencia y majestad en someterse a esta Virgen amable». «¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un Dios! Para mostrarnos su precio y gloria infinita, el Espíritu Santo no pudo pasarla en silencio en el Evangelio...» (VD 18).

 

6. ENTRAR EN LA SABIDURIA DE DIOS

 

Las opciones del Amor nos parecen tan desconcertantes que quizá deseamos que Dios conserve para Sí mismo su Sabiduría. Pero mira que Montfort nos invita a entrar en esa Sabiduría de Dios que es locura a los ojos de los hombres, a comulgar en esa manera de ver del Amor, en su forma de juzgar los valores. Hay que abandonar nuestra sabiduría marcada por el pecado, que nos impide amar verdaderamente y experimentar la verdadera felicidad, y entrar en la mentalidad de Cristo, compartir sus sentimientos, hacer nuestras sus "opciones", y colocar nuestro corazón donde El pone el suyo: «Entre Uds. tengan la misma actitud de Jesucristo» (Flp 2,5).

Cuando el P. de Montfort nos propone entregarnos totalmente a la Virgen María para consagrarnos mejor a Jesucristo, nos está invitando a realizar una experiencia de "sabiduría".

Y entre las tres opciones que el Amor ha hecho, en su sabiduría, para unirse a nosotros (la pobreza, la cruz, la dependencia de María), sobre todo nos invita a la última porque contiene a las otras dos y es quizá la más humana...

 

Seguir el ejemplo de Dios

¿Es posible actuar mejor que Dios? Ahora bien «esta Sabiduría infinita, inmensamente deseosa de glorificar a Dios, su Padre, y salvar a los hombres, no encontró medio más perfecto y rápido para realizar sus anhelos que someterse en todo a la Sma. Virgen... Teniendo, pues, ante los ojos ejemplo tan claro y universalmente reconocido, ¿seremos tan insensatos que esperemos hallar medio más perfecto y rápido para glorificar a Dios que no sea el someternos a María, a imitación de su Hijo?» (VD 139). Uno tendría que estar loco para creer que puede hallar una "sabiduría" mejor que la "locura de Dios" (1 Cor 1,25).

 

CUESTIONARIO

 

1.  ¿Qué relaciones se pueden descubrir entre Sabiduría y felicidad? ¿Cómo se aclaran y complementan "amar" y "conocer"? ¿y amar e irradiar?

2.  ¿Cuáles son los tres pilares de la sabiduría del mundo? ¿Cuáles son sus características?

3.  ¿Cuáles son las tres opciones del Dios Amor en vista de la salvación?

4.  ¿Cómo optar por la Sabiduría de Dios hoy?

 

ORACION

 

En la inmensa locura de la Encarnación de tu Hijo

y en el sublime escándalo de la Cruz,

oh Señor y Padre nuestro,

nos has revelado la Sabiduría y poder de tu Amor,

que viene a derrumbar y destruir

nuestras pobres sabidurías de hombres,

contaminadas de pecado.

Tú escogiste lo necio para humillar a los sabios,

tú escogiste lo débil para humillar a los fuertes,

tú escogiste lo plebeyo y despreciado

e incluso lo que no existe

para anular a lo que existe (1 Cor 1,23-28).

Con María, saltamos de gozo y te exaltamos,

porque también hoy sigues

fijando los ojos en tu humilde esclava,

mientras dispersas a los soberbios;

derribando a los poderosos de sus tronos,

mientras encumbras a los humildes;

saciando de bienes a los hambrientos,

mientras despides a los ricos,

con las manos vacías (Lc 1,48-53).

Concédenos, te pedimos,

que no reduzcamos nunca

el escándalo y locura de la cruz

a una simple sabiduría humana

por hermosa que sea (Gal 5,11; 1 Cor 1,17-18).

Haz que nos dejemos llevar cada vez más

por tu Espíritu de Amor.

Que El nos permita penetrar en tu Sabiduría

y optar como optó tu Hijo predilecto,

siguiéndolo hasta el final

por el sendero de la Pascua.

 

 

 

III. UN SECRETO DE SANTIDAD

 

 

«Pongo en tus manos un secreto que me ha enseñado el Altísimo y que no he podido encontrar en libro alguno antiguo ni moderno. Te lo entrego con la ayuda del Espíritu Santo...» (SM 1). «La práctica que quiero descubrirte es uno de esos secretos de la gracia ignorado por gran número de cristianos, conocido de pocos devotos, practicado y saboreado por un número aún menor» (VD 82). Montfort presentó siempre su mensaje espiritual como un "secreto" que hay que descubrir. De nada sirve querer forzar la entrada: es objeto de revelación. Montfort a su vez lo recibió como gracia y «sólo el Espíritu Santo puede con conducir a él a quien sea fiel en extremo...» (VD 119).

 

1. LOS TRES SENTIDOS DEL TERMINO "SECRETO"

 

Una confidencia

Montfort encontró el término "secreto" en la cultura popular de su tiempo, como un medio para atraer, intrigar, que asume el carácter de una "confidencia" hecha al amigo. «¿No lo sabías? ¡Ah! ¡Si lo supieras! ¡Bueno!, voy a confiarte un "secreto". ¿No lo revelarás a nadie? ¿Seguro? ¡Bien!, mira...». Imaginémonos, que hoy vienen a presentarnos el mensaje evangélico, por ejemplo, las Bienaventuranzas, como un secreto: ¿Quieres ser feliz?, ¿infinitamente feliz?, ¿con la felicidad misma de Dios? ¡Bien!, voy a revelarte el secreto supremo de su felicidad. Escucha bien: «¡Dichosos los que eligen ser pobres...!» (Mt 5,3). Si nos presentaran la Buena Noticia de esta manera, sin duda que nos sentiríamos "interesados" ante un mensaje que conocemos demasiado bien, que creemos conocer...

 

Una revelación

Porque, al presentar la dicha inmensa de la Consagración a Jesús por manos de María como un "secreto", Montfort quiere también hacernos comprender que únicamente el Espíritu Santo puede revelárnosla. Uno puede saberse de memoria las Bienaventuranzas, sin comprender realmente nada de ellas. Porque una cosa es conocer con la inteligencia, y otra recibir la "revelación" del Padre. «¡Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque se has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla... Quién es el Hijo lo sabe sólo el Padre; quién es Padre lo sabe sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10,21-22).

Ahí está quizá la ilusión más grande. Uno cree conocer, poder comprender apoyándose en sus propias fuerzas y olvida que no puede conocer sino por "revelación", y entonces como dice el mismo Jesús "uno ve sin ver" y "oye sin oír ni comprender" (Mt 13,13).

Montfort sabía bien que su mensaje, que no es otra cosa que una forma de leer el Evangelio, estaba sometido a la misma ley de la "revelación". Y entonces nos advierte: solamente con "la gracia y la luz del Espíritu Santo" puede uno entrar en la "práctica interior y perfecta" que quiere descubrirnos (VD 55).

 

Un secreto de la gracia

Al servirse del término "secreto", quiere también decirnos que esa experiencia de la entrega total a María, para pertenecer a su Hijo (incluso si la consagración conlleva grados diferentes que "impiden que todos la comprendan de la misma manera") es un medio fácil y sencillo, "un camino fácil" (VD 119): «Así como hay secretos naturales para hacer en poco tiempo, con pocos gastos y gran facilidad ciertas operaciones naturales, también hay secretos en el orden de la gracia para realizar en poco tiempo, con dulzura y facilidad, operaciones sobrenaturales... La práctica que quiero descubrirte es uno de esos secretos de la gracia...» (VD 82).

 

¿Otro medio?

Hay que reconocer aquí una intuición muy profunda de Montfort. Que se podría expresar así: la vida cristiana está hecha para los hombres. Si en la práctica cotidiana, se manifiesta demasiado difícil, si la entrega de nosotros mismos que estamos llamados a vivir en nombre del amor (Jn 15,13) es demasiado crucificante, incluso con la gracia de Dios, es quizá que hemos olvidado un "medio" que se nos había dado, que estaba previsto en el programa, precisamente para "humanizar" lo que supera nuestras fuerzas. Simplificando un tanto –pero también para presentar las cosas en forma nueva– podríamos decir: Dios no hace nada sin nosotros. Nos ama demasiado para hacerlo todo El solo. Hallamos entonces, en primer lugar, nuestra acción, nuestra participación, el "trabajo humano". Este es el primer medio.

Se da también –segundo medio indispensable– la gracia, el Espíritu Santo, sin el cual –evidentemente– nuestra acción queda estéril. Pero quizá se da todavía otro medio que es a la vez camino para alcanzar la "gracia" sin salir de la humanidad, un camino que es una persona humana, así de sencillo: un ser humano, una mujer, totalmente de nuestro lado, pero al mismo tiempo "llena de gracia", perfectamente trasparente al Espíritu y cuya vocación es "humanizar" a Dios, humanizar el Amor cuando la cruz se presenta.

De los tres sentidos del término "secreto", que vuelve tan a menudo, quedémonos por ahora con el segundo: "confidencia" o "receta" de santidad, el "camino" que Montfort nos muestra es ante todo objeto de "revelación". En ese camino encontramos a María la Encarnación, la Cruz: otros tantos "secretos", sin contar el "camino" en sí mismo.

 

2. TRES SECRETOS

 

"El secreto de María"

María, antes que nadie, en su propia persona. Incluso si este título del librito de Montfort no es suyo, responde bien a su pensamiento: «¡Feliz, una y mil veces en esta vida, aquel a quien el Espíritu Santo descubre el secreto de María para que lo conozcan! ¡Feliz aquel que puede entrar en este jardín cerrado y beber abundantemente en esta fuente sellada el agua viva de la gracia!» (SM 20).

 

María escondida en Dios

María es también el "verdadero paraíso terrestre del nuevo Adán" guardado por el Espíritu Santo (VD 261. 163). "Jardín cerrado", "fuente sellada", "paraíso guardado": otras tantas expresiones sacadas del Cantar de los cantares y del Génesis, para recordarnos que María está "oculta", porque a través de Ella, la Esposa, la Iglesia personificada (en su respuesta perfecta a la vocación que ha recibido), se halla "oculta", "secreta": «Su humildad fue tan profunda, que no hubo para Ella anhelo más firme y constante que el de ocultarse a sí misma y a todas las creaturas para que solamente Dios la conociera» (VD 2). Y Montfort expone una especie de "conspiración" de la Trinidad toda (Padre, Hijo y Espíritu Santo), para responder a sus deseos: «El Altísimo se ha reservado para Sí el conocimiento y posesión de Ella [...], el Hijo tuvo a bien humillarla y ocultarla durante su vida, para fomentar su humildad, [y María es] la Esposa fiel del Espíritu Santo, único que puede entrar allí» (VD 5).

 

Dios oculto en María

Sin embargo, esta "conspiración" de la Trinidad para "ocultar" a misteriosa: ahora no es María quien pide ser ocultada, sino la Sabiduría eterna y con ella el Padre y el Espíritu Santo quienes vienen a esconderse en la humanidad, porque han resuelto depender de María por amor. «María –nos dice Montfort– es la magnificencia del Altísimo, quien ocultó allí, como en su seno, a su Unigénito y con El lo más excelente y precioso» (VD 6).

María se ha ocultado en Dios, y Dios también se ha ocultado en María y ambos encuentran en ello su gloria (VD 5. 18).

 

El secreto de la Encarnación

El "secreto de María" no forma pues sino uno solo con el de la Encarnación, que Montfort nos describe también como el «primer misterio de Jesucristo, el más oculto, el más relevante y el menos conocido» (VD 248) porque es el de Jesús que vive y reina en María. Hay como un doble "secreto" en este "misterio".

 

Jesús y María

El primero es que Dios mismo está "escondido" en una creatura humana. Es muy cierto que, en el momento de la Encarnación, sólo podía uno encontrar a Jesús en María y por María (ver VD 246). Para dar a este misterio toda su importancia y resonancia, es bueno confrontarlo con el de la Iglesia que no es otra cosa que su prolongación. También en la Iglesia, Dios se halla oculto en los hombres y por medio de ellos, es imposible abordarlo, "verlo" (Jn 1,18), hablarle fuera de los hombres y prescindiendo de ellos. Un día le preguntaremos a Jesús: «Señor, ¿cuándo te hemos visto?», y El nos responderá: «Tuve hambre y me dieron de bebe...» «Lo que hicieron al menor de mis hermanos, a Mí lo hicieron...» (Mt 25,35. 37. 40). «El que acoge a uno de estos pequeños por mi causa me acoge a Mí; y quien me acoge, no me acoge a Mí, sino al que me envió» (Mc 9,37). Al acoger al pobre, al pequeño, a mi hermano, al acoger también a la Iglesia, al que Jesús envía (Jn 13,20; 15,20), acojo directamente a Jesús, así como acojo al Padre al acoger a Jesús. Diríamos que casi no hay distancia del pobre a Jesús, de la Iglesia a Jesús: no mayor distancia que entre Jesús y su Padre. Este es el misterio de la Iglesia, éste su "secreto" y éste el "secreto" y misterio de María. Diríamos también que no hay –más adelante lo veremos– mayor distancia entre María y Jesús que entre Jesús y su Padre.

 

Jesús y la Iglesia

El segundo secreto, que es sólo consecuencia del primero, es que en este misterio de la Encarnación, Jesús en María no está solo. Constituye una sola cosa con los miembros de su Cuerpo del que ya no se lo puede separar; y la madre del que es la "cabeza" es también ya la madre de los miembros. Por tanto, ya, en cierta forma, estábamos todos presentes en el momento de la Anunciación, inseparables del que es nuestro "Hermano mayor" (Rom 8,29) y con quien no formamos sino una sola cosa. Algo así como todos los "sí" que Jesús pronunció a lo largo de su vida –incluido el de su agonía (Mt 26,39)– estaban contenidos ya en el primer "sí" de la Anunciación (ver Hb 10,5-9). Del mismo modo nosotros que un día llegaríamos a ser Cuerpo suyo, estábamos ya "contenidos" en aquella primera célula que era El en el momento de la Encarnación (VD 32.248.264).

Cuando Montfort nos invite a "consagrarnos" a Jesús por manos de María, partirá de este secreto: de este "misterio" de la Iglesia ya presente –en cierta forma– en el momento de la Anunciación: somos los miembros de Jesús y por lo mismo no podemos tener otra madre que la suya. ¡Así de simple! Lo que aconteció en la Anunciación sigue aconteciendo hoy. Pero –como dicen– "no es evidente". Se debe haber entrado antes en el "secreto" de nuestro ser de miembros, haber sentido como en lo más profundo de nosotros mismos, el vínculo que nos une a Aquel que es nuestra "Vida". Pero, decía Jesús a su Padre: «Has escondido todo esto a los sabios y entendidos...» (Lc 10,21). Solamente el Espíritu puede conducirnos más allá de las palabras y revelarnos el "secreto".

 

El secreto de la Cruz

Pero «aquí está, a mi modo de ver –dice Montfort– el mayor "secreto del Rey", el misterio más sublime de la Sabiduría eterna: la Cruz» (ASE 167). «Como a los Apóstoles, [la Sabiduría] revela con frecuencia a sus amigos todos sus secretos, pero no los de la cruz, a menos que lo hayan merecido por su gran fidelidad y esfuerzos. [...] ¡Oh!, cuán humilde, pequeño, mortificado, interior y menospreciado del mundo has de ser para conocer el misterio de la cruz...» (ASE 174). ¡Hemos llegado por fin! Para la inteligencia humana, el misterio de la cruz no es sino escándalo y locura. En primer lugar, lo es la Cruz de Jesús. Con Pedro, le decimos con toda naturalidad: «¿Tú?, ¿subir a Jerusalén?, ¿padecer mucho...? ¡No, eso jamás!» (Mt 16,22). Y, ¿esa Pasión que Jesús sigue viviendo hoy misteriosamente en los miembros dolientes de su Cuerpo?, ¿cómo comprenderla?, ¿cómo percibir en ella algo diferente de una locura? Uno quisiera decirle: «Si eres el Hijo de Dios, baja también de esta inmensa cruz del mundo (Mt 27,40). ¿No te bastaba tu cruz que has tomado también la nuestra?» ¿Cómo comprender en definitiva que pueda hallarse gozo en que nos insulten, nos persigan, nos calumnien, aunque sea por causa de Jesús? «Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11).

Montfort hace eco a estas palabras: «Uds. que han experimentado tantas tentaciones y aflicciones, que padecen persecuciones por la justicia, que son considerados como la basura del mundo, ¡consuélense, regocíjense, salten de alegría! Porque la cruz que llevan es un don tan valioso...» (ASE 179). ¿Cómo es posible todo esto? «Piensas –responde Jesús a Pedro– no como Dios, sino como los hombres...». Sí, para "conocer" el misterio de la Cruz necesitamos una «revelación proveniente no de la carne ni de la sangre, sino del Padre...» (Mt 16,17; 23) La cruz es un "secreto".

 

3. TRES CONDICIONES PARA ENTRAR EN EL SECRETO

 

Para que el Espíritu nos revele este camino de santidad que es ante todo un camino elegido por el mismo Dios para venir a nosotros, Montfort presenta tres condiciones, que ya hallamos en el Evangelio. Su "Secreto" es un mensaje que hay que implorar, acoger con humildad y vivir en lo cotidiano de la vida.

 

La oración...

En las primeras líneas del Secreto de María, podemos leer: «Antes de satisfacer tu natural y precipitado afán de conocer la verdad, recita devotamente, de rodillas, el Ave, Maris Stella y el Veni Creator Spiritus, para pedir a Dios la gracia de comprender y saborear este divino misterio» (SM 2). El Ave Maris Stella y el Veni Creator no nos dicen ya nada seguramente y el término "devotamente" puede parecernos envejecido. Poco importa. Lo esencial es que debemos orar a María y al Espíritu Santo, pedirles la gracia de "comprender" y "saborear"; de lo contrario, el mensaje quedará cerrado para nosotros, incluso y sobre todo, si creemos comprenderlo.

El segundo de los cuatro medios para alcanzar "el tesoro infinito de la Sabiduría" es –no lo olvidemos– la oración continua: «Cuanto mayor es un don de Dios, tanto más difícil es alcanzarlo. ¿Cuántas plegarias... no implicará entonces el don de la Sabiduría, que es el mayor de todos los dones de Dios? ...La oración es el canal por el cual comunica Dios ordinariamente sus gracias, y de modo especial su Sabiduría» (ASE 184). Si la consagración a Jesús por María es entrar en la Sabiduría misma de Dios, para poder amar como El y participar en sus opciones de amor, equivale a decir que es una comunicación de sus secretos. Pero, «nadie conoce los secretos de Dios fuera del Espíritu de Dios...» (1 Cor 2,11), y Montfort veía en la oración el único medio para acoger la revelación inefable. El mismo lo había experimentado ya. Al orar, entramos en un mundo distinto del de la simple reflexión y el "análisis". Si es ya verdad que todo ser humano, cada uno de nosotros, es "un pequeño acervo de secretos" (Malraux), que nadie conoce sino por "revelación", ¿qué debemos pensar de Dios mismo, del "secreto de Dios"? Si la simple reflexión y el análisis, por sabios que sean, no pueden conducirnos sino hasta el umbral del misterio del hombre, sin permitirnos nunca entrar de verdad en él, ¿qué pensar del misterio de Dios? «¿Quién conoce los secretos del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce los secretos de Dios sino el Espíritu de Dios» (1 Cor 2,11) y «aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10,22).

 

La humildad

Los "secretos de Dios" deben acogerse también humildemente. Orar es ya vivir la humildad, reconocer que no puedo comprender y menos aún "saborear" por mí mismo, que necesito de Otro, de su luz que me ilumine: mi reflexión personal es buena y necesaria pero tiene que ser "fecundada" por el Espíritu Santo. Si el "misterio del Reino de los Cielos", se revela a "los humildes y sencillos", también "El Secreto de María" sólo se abre a los humildes. Para ellos escribe Montfort: «Si yo hablara a ciertos sabios actuales, probaría cuanto afirmo sin más... Pero estoy hablando de modo especial a los humildes y sencillos. Que son personas de buena voluntad, tienen una fe más robusta que la mayoría de los sabios y creen con mayor sencillez y mérito...» (VD 26).

 

Lo nacido del Espíritu...

No se trata ciertamente de menospreciar las ciencias humanas ni la inteligencia creada por Dios, y los "pobres" a quienes Montfort se dirige en primer lugar no constituyen sin duda una categoría social, son los "pobres" del Evangelio, los que "eligieron ser pobres", pobres en el "corazón" y la "mente", que pueden ser igualmente grandes sabios. A cierto nivel, el mensaje espiritual de Montfort, surge como no importa qué obra humana, del análisis intelectual y de la "crítica" literaria, histórica, sociológica. No obstante, lo esencial no está ahí: está más lejos... o más cerca. Porque hay "crítica" y "crítica", como hay "inteligencia" e "inteligencia". Montfort, por su parte, se quejaba de los que podrían llamarse los "críticos del corazón", seguros de sí mismos, porque sentía que su actitud profunda se hallaba en la parte opuesta del espíritu "de infancia" de los "pequeñitos", únicos que pueden recibir la revelación del Padre (Lc 10,21). A estos "falsos sabios" se dirige cuando escribe: «Si algún crítico, al leer esto, piensa que hablo aquí hiperbólicamente o por devoción exagerada, no me está entendiendo. O porque es hombre carnal, que de ningún modo gusta de las cosas del espíritu, o porque es del mundo –de ese mundo que no puede recibir al Espíritu Santo–, o porque es orgulloso y crítico, que condena o desprecia todo lo que no entiende. Pero quienes nacieron no de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón, sino de Dios y de María, me comprenden y gustan y para ellos estoy escribiendo» (VD 110).

 

Una claridad que constituye una defensa

Para colocarse más al nivel de aquellos para quienes escribe, se podría decir que Montfort escribe "pobremente", "humildemente". Sólo faltaría que cierta claridad ceda el paso y permita creer en una debilidad de pensamiento. En realidad, esa sencillez –un tanto semejante a la de las parábolas del Evangelio– oculta una real profundidad. Jamás acabaremos de profundizar en la parábola del "hijo pródigo", que sin embargo es tan clara... En cierta forma de la misma manera se puede afirmar que una obra pequeña como el Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen es uno de esos libros –como dice Juan Pablo II– "que no basta con haberlos leído", sino que es preciso releer sin cesar –"Volvía -dice- una y otra vez a ciertas páginas"– porque en ellas se descubren sin cesar nuevas riquezas. Dado que escribe para los pobres, Montfort se expresa con toda claridad para que ellos lo entiendan. Pero visto desde otras perspectivas, la claridad puede ser también una "defensa", una forma de guardar el "secreto" y hacer que –como dice Jesús– viendo no vean y oyendo no oigan ni comprendan (Mt 13,13-14). Montfort no pretendía componer "parábolas" ni quería impedir el acceso a su mensaje, al contrario, quería propagarlo (VD 110). Pero, al mismo tiempo, tenía conciencia de escribir un "secreto" que en mucho lo seguiría siendo: «...uno de esos secretos de la gracia ignorado por gran número de cristianos, conocido de poco devotos, practicado y saboreado por un número aún menor» (VD 82).

 

La experiencia

El Secreto de María es un mensaje que hay que vivir en lo ordinario de la vida. No es suficiente "conocerlo"; es preciso ante todo "practicarlo" y "gustarlo", hay que vivir lo que uno ha descubierto: «Alma predestinada, pongo en tus manos un secreto... con la ayuda del Espíritu Santo a condición de que... te empeñes en vivirlo... Porque la eficacia de este secreto corresponde al uso que se hace de él. ¡Cuidado con cruzarte de brazos! Pues mi secreto se convertirá en veneno... Al principio lo apreciarás sólo imperfectamente... Con el tiempo, a medida que lo vayas poniendo en práctica en la actividad de cada día, comprenderás su precio y excelencia...» (SM 1). Se tiene la impresión de que "El Secreto de María" lo mismo que el Evangelio se presenta ante todo como palabra a vivir: «Todo aquel que escucha estas palabras mías y no las pone por obra se parece al necio que edificó su casa sobre arena [...] y se hundió. ¡Y qué hundimiento tan grande!» (Mt 7.26-27).

Es curioso por lo demás ver a Simona Weill repetir casi las palabras de Montfort: «Cuando se descubre la luz más pequeña, hay que ponerla en práctica, de lo contrario esa luz se volverá veneno en nosotros» (La Pesanteur de la Grâce).

Lo que Montfort nos transmite es, además, fruto de su propia experiencia: «...lo que he enseñado con fruto en público y en privado en mis misiones, durante muchos años» (VD 110). «En cuanto a mí que esto escribo, he aprendido por experiencia que...» (SAR 113). Y cuántas veces no repite: «Si supieras... Si supieras...» «Si conociéramos la dicha interior que significa conocer la belleza de la Sabiduría...» (ASE 10). «Si se conociera el valor de la Cruz...» (ASE 177). María, «oh... ¡si conocida fuera!» (CT 76,1).

Más allá de un simple "saber", sentimos el afán de compartir una experiencia vital, con el pesar de que uno se contente a menudo con conocer lo que sólo puede saber realmente si se lo vive. Tras la oración y la humilde confianza en aquel que te invita a compartir la propia experiencia, la vida nos enseña lo que ante todo está hecho para vivirlo. «Sólo la experiencia te enseñará las maravillas que María realiza. Maravillas que parecen increíbles a los sabios y orgullosos...» (SM 57). «Infinitamente más de lo que aquí te digo es lo que te enseñará la experiencia y lo que encontrarás por ti misma. Si eres fiel en lo poco que te enseño, hallarás tantas riquezas y gracias en la práctica, que quedarás sorprendida y rebosante de dicha...» (SM 53).

 

En las acciones corrientes de la vida

Y si para experimentar esas "maravillas" hubiera que salir de lo "cotidiano" y vivir en lo extraordinario, podríamos dudar y decir que no es para nosotros. Pero Montfort nos invita a practicar su "secreto", a ras, en lo cotidiano y corriente de la vida. «Te servirás de él en las acciones ordinarias de la vida...» (SM 1): lavando la loza, cuidando a los enfermos, "cambiando" su pieza en la fábrica, ocupándose de los propios hijos, viviendo la propia enfermedad...(VD 171). Llegar a la «conversión del propio corazón sin hacer otra cosa que realizar las acciones del propio estado bastante ordinarias» (VD 172). Sí, es un gran "secreto" que vale la pena descubrir.

 

CUESTIONARIO

 

1.  ¿Qué sentidos da el P. de Montfort a la palabra "secreto"?

2.  ¿Cuáles son los tres "secretos" del P. de Montfort? Y ¿Cuáles las condiciones para entrar en ellos?

3.  ¿Qué otros sentidos da Ud. al término "secreto"? ¿Son según Dios o contrarios a El los "secretos" de Ud.?

4.  ¿Qué opción toma Ud. al respecto?

 

ORACION

 

Oh Señor y Padre nuestro:

Con Jesús, tu Hijo predilecto,

y con toda la Iglesia exultamos de gozo,

bajo la fuerza del Espíritu Santo y te glorificamos:

"Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra,

porque si has ocultado todo esto a sabios y entendidos,

se lo has revelado a la gente sencilla.

Sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien.

Tú lo has entregado todo a tu Hijo,

y nadie sabe quién es Jesús, sino tú solo,

ni sabe nadie quién eres tú, sino tu Hijo,

y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Lc 10,21-22).

Danos ese corazón de la "gente sencilla"

a quien se comunican los tesoros de tu Sabiduría.

Que tu Espíritu Santo que sondea lo profundo de Dios,

y conoce los secretos del Amor (1 Cor 2,10-11),

venga a revelarnos el "Secreto de María",

concediéndonos la gracia de "comprender y saborear

ese divino misterio" (SM 2).

Y dado que este "secreto"

sólo va creciendo a medida que se lo pone en juego,

concédenos ponerlo en práctica día tras día

en las acciones corrientes de la vida;

entonces apreciaremos su valor

y te daremos gracias por siempre jamás.

 

 

 

IV. LA DEBILIDAD DE DIOS

 

 

Es natural que la sabiduría del Amor nos desconcierte en sus opciones porque nos revelan la "debilidad de Dios". Pero esta debilidad nos permite también amarlo, dado que un Dios poderoso y fuerte nos infundiría temor. Ciertamente, «lo que es debilidad en Dios, nos dice san Pablo, es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,25). Pero esta fuerza –dado que está hecha de "debilidad" consagrada por el amor– no tiene nada que ver con las "potencias" de este mundo. Es la fuerza del Espíritu de Dios cuya experiencia se nos invita a realizar entrando en su debilidad.

 

1. AL HACER UNA REFLEXION SERIA... (VD 139)

 

El mensaje que Montfort nos invita a vivir parte al mismo tiempo de una experiencia de vida y de una reflexión seria a cerca de la conducta de Dios. En su vida y en su apostolado, el misionero había podido constatar que Dios se había servido de su "debilidad" para realizar sus "maravillas": «Sigue –escribe a María Luisa de Jesús– redobla incluso tus súplicas en favor mío. Que se trate de extrema pobreza, de una cruz muy pesada, de abyecciones y humillaciones: todo lo acepto con tal que –al mismo tiempo– pidas a Dios que esté a mi lado y no me abandone un solo instante a causa de mi infinita flaqueza...» (C 15). Y a los habitantes de Montbernage, tras el éxito extraordinario de la misión que –les dice– «Jesucristo, mi Maestro, acaba de darles», escribe también: «En medio de todo esto, me siento débil, más aún, la debilidad personificada; soy ignorante, más aún, la ignorancia misma y lo demás... que no me atrevo a decir...» (Carta a los de Montbernage, 7; BAC 451, 614).

Había hecho la experiencia de lo que san Pablo había vivido él mismo en Corinto y que llama "una demostración de Espíritu y poder". Todo había partido de la "debilidad", de una triple debilidad: la suya en primer lugar: «Yo mismo –escribe Pablo, me presenté a Uds. débil, temeroso y temblando»; también la de sus hermanos: «consideren a quiénes llamó Dios: no hay muchos intelectuales, ni muchos poderosos, ni muchos de buena familia...»; y sobre todo la debilidad del mensaje: «con Uds. decidí ignorarlo todo excepto a Jesucristo, y a éste, crucificado» (1 Cor 1,26; 2,2-3).

Pero el Espíritu Santo se había servido de esta triple debilidad para convertirla en fuerza y "poder".

 

...sobre la conducta de Dios

Del mismo modo, también Montfort, a partir de su propia experiencia misionera, descubre como Pablo, que lo que vive responde a lo que Dios vive. Su experiencia coincide con la de Jesús. Su debilidad de apóstol no es sólo una debilidad humana, es debilidad de Dios, más fuerte que los hombres (1 Cor 1,25). Pero mientras Pablo descubre la debilidad de Dios en Jesús crucificado, Montfort (que, por lo demás, insiste tanto en la cruz) la contempla sobre todo en el Verbo encarnado. Cuando «se reflexiona seriamente –dice– en la conducta de la Sabiduría encarnada, que no quiso... entregarse directamente a los hombres, sino que prefirió comunicarse a ellos por medio de la Sma. Virgen... no desdeñó encerrarse en el seno de la Sma. Virgen como prisionero y esclavo de amor...se anonada la razón humana...» (VD 139).

 

...se anonada la razón humana

¿Cómo es posible que el Dios todopoderoso haya aceptado, haya optado libremente por vivir una "debilidad" como ésta? ¡El Dios altísimo, convertido en "niño pequeño y débil, necesitado de los cuidados y asistencia de su santísima Madre"! (VD 139). La razón se anonada frente a los interrogantes que le plantea la "conducta de Dios". De repente enloquecida, "siente pánico". Es el vértigo de la inteligencia que ya no logra reconocerse a sí misma. ¿Quién dijo que no es digno de ser hombre el que no padezca de vértigo ante a lo infinitamente grande o lo infinitamente pequeño de la creación? Menos dignos somos aún de ser hombres si nuestro espíritu no "se anonada" al "reflexionar seriamente" en esa "debilidad" del Omnipotente. Porque la tentación sigue ahí presente: ¿y si no fuera cierto...?, ¿y si todo fuera sólo una ilusión?, ¿un hermoso sueño? La inteligencia está pronta a todo –incluso a la incredulidad– con tal de "recuperarse". Esta "conducta de Dios" es tan desconcertante que nuestra razón enloquecida preferiría quizá que no fuera cierto. ¡Un Dios que no se encarna, un Dios que sigue siendo Dios, un Dios que se mantiene en su puesto da tanta seguridad a nuestra inteligencia! ¡Mientras que un Dios que se encarna, que se "anonada", que se hace hombre sin dejar de ser Dios, que no ha manifestado nunca su divinidad como al hacerse hombre...! «Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?» (Jn 6,60). Y ciertamente que sería preferible perder la fe que pensar en conservarla olvidando el "escándalo" y la "locura", no sólo de la Cruz, sino también y ante todo de la Encarnación.

 

2. LA «DEBILIDAD» DE LA DEPENDENCIA

 

Porque hay otro medio (menos honorable que la incredulidad) para salir del "escándalo", y consiste en olvidar el problema. Uno sigue creyendo, "olvida", se acostumbra a la "locura" de Dios o se conmueve ante el niño del pesebre o los sufrimientos de Jesús crucificado. Pero Montfort no se contenta con conmoverse. Lo que lo impacta frente a esa "debilidad" de Dios es la dependencia. ¿Un Dios que acepta hacerse dependiente? Normalmente, el hombre depende de Dios, su Creador, ya que de él lo recibe todo: «La vida, el movimiento, el ser» (Hech 17,28). Y mira que, al encarnarse, Dios opta en Jesús, por depender del hombre, por tener una madre y depender de ella en todo, como cualquiera de los hijos de los hombres.

Se hubiera dado pues un "viraje" inesperado que era el viraje del amor. Se hubiera podido, se hubiera quizá debido esperar ese resultado, porque cuando uno ama, uno depende de aquél, de aquella a quien ama, y «Dios es Amor» (1 Jn 8,16). Dios debía, por tanto, a su vez, depender, pero aún entonces ¡sigue resultando tan inverosímil! que Dios dependa de nosotros...sencillamente porque nos ama. Y Dios es plenitud –si así podemos decirlo– no sólo Jesús, sino también el Padre y el Espíritu Santo.

Cuando Montfort nos invita a depender también nosotros –como Dios– de María, no ofrece como ejemplo solamente el de Jesús, sino también el del Padre y del Espíritu Santo: «En prueba de la dependencia en que debemos vivir respecto de la Sma. Virgen, recuerda cuanto hemos dicho al aducir el ejemplo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos ofrecen de dicha dependencia» (VD 120). En su encíclica La Madre del Redentor, Juan Pablo II no utiliza quizá el término "dependencia", pero proclama el hecho fuertemente: «Hay que reconocer ciertamente que Dios mismo, el Padre eterno, ante todo confió en la Virgen de Nazaret entregándole su propio Hijo en el misterio de la Encarnación» (RM 39.46). Toda la santísima Trinidad vive esta debilidad de la dependencia porque nos ama. Pero es también la experiencia de toda la Trinidad, no sólo la de Jesús, sino también la del Padre y del Espíritu Santo, la que estamos invitados a compartir para seguir su ejemplo.

 

La carta de amor de la sabiduría

Cuando Montfort leía los libros sapienciales del Antiguo Testamento, tenía conciencia de descubrir ya, en el amor que Dios nos tiene, esa debilidad de la dependencia que Jesús debía manifestar con tanta fuerza: «Esta eterna y regiamente amable belleza tiene deseo tan vivo de la amistad del hombre, que para conquistarlo ha escrito expresamente un libro, manifestando en él sus propias excelencias y los deseos que tiene de los hombres. Libro que es –Montfort piensa seguramente en el Libro de la Sabiduría– como una carta de la amante a su amado para ganar su afecto. Los deseos de poseer el corazón del hombre que manifiesta en él son tan apremiantes, la solicitud que revela para ganarse su amistad es tan delicada, sus llamadas y anhelos son tan amorosos, que –al oírla hablar– se diría que no es la reina del cielo y de la tierra y que para ser feliz necesita de los hombres» (ASE 65).

 

¿Necesita Dios de los hombres?

Todo este pasaje muestra claramente la "debilidad" que Dios vive porque no sólo ama, sino también porque "es Amor". ¡Depende del hombre porque necesita de éste para ser feliz! Esta es su "debilidad" como Dios. Es verdad que el P. de Montfort añade una precisión: "se diría que (la Sabiduría) no es la reina del cielo y de la tierra y que para ser feliz necesita de los hombres». Lo que significa: en realidad, la Sabiduría es ciertamente la Soberana de cielos y tierra y tampoco necesita del hombre ni para ser feliz, ni para amar, ni para nada. Pero entonces, ¿será Dios un hipócrita y su amor una comedia? ¿Simula necesitar del hombre cuando en realidad no lo necesita? Simula amarnos, pero en realidad... Dudamos terminar la frase, al sentirnos al borde de la blasfemia. ¿Se puede amar a alguien sin tener necesidad de él? ¡Claro que no! Dios nos ama de verdad, necesita realmente de nosotros. Indudablemente, como ser infinitamente perfecto, «este gran Señor, siempre independiente y suficiente a sí mismo, no tiene ni ha tenido absoluta necesidad de la Sma. Virgen...» (VD 14); pero este gran Señor es Amor y, misteriosamente, tiene necesidad de quienes ama.

 

3. LA «DEBILIDAD» DEL COMPARTIR

 

Dios necesita de aquellos a quienes ama en forma tal que el P. de Montfort no duda en decir que la Virgen María es necesaria a Dios (VD 39), necesaria indudablemente porque El lo "quiso" (aunque este verbo no corresponde adecuadamente a la realidad, lo veremos más adelante), pero necesaria de verdad. Cuando uno ama, uno "comparte", no lo guarda todo para sí mismo y sobre todo no lo hace todo solo. Es una "debilidad" no hacerlo todo solo, porque uno parece tan fuerte cuando lo hace todo por sí mismo.

María (y a través de ella, la Iglesia y la humanidad) es esa persona con quien Dios ha querido "compartir" no sólo a su Hijo único, sino también todos los hermanos y hermanas de su Hijo, todos nosotros que somos también hijos e hijas predilectos del Padre, y finalmente todas las gracias que quiere comunicarnos.

 

Dios comparte su Hijo con nosotros...

Ante todo quiso compartir con Ella su propio Hijo. Se lo entregó a Ella y por intermedio suyo a la Iglesia para que sea también Hijo de Ella. Se podría decir que Dios ha compartido en cierta forma su exclusivamente suyo, el Hijo del Padre. Lo es también de María, que incluso, en cierta forma, lo es de «cuantos escuchan la Palabra de Dios y la guardan» (Lc 8,21). «¿Quién es mi madre?», pregunta Jesús cierto día. Y responde él mismo: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen» (Mc 3,31-35; Lc 8,19-21). Todo mundo sabe que no es suficiente dar para amar. Uno puede humillar al dar por ubicarse en una posición de superioridad que el otro lleva a mal. Dios hubiera podido dárnoslo todo sin nosotros, pero quiso hacernos participar en el mismo don que nos hacía de su Hijo: «Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María [..] Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de haberle pedido su consentimiento...» (VD 16).

 

Dios comparte con nosotros, sus hijos

Pero no era suficiente que "compartiera" su Hijo. Dios quiso compartir con María todos sus hijos e hijas que somos nosotros. También nosotros hubiéramos podido ser únicamente hijos e hijas del Padre. Pero, a partir de la Encarnación, y sobre todo de la Cruz (desde que Jesús nos entregó a su madre en la persona de Juan [Jn 19,27]) también nosotros somos hijos e hijas de María y de la Iglesia. Dios  tampoco ha querido hacernos hijos suyos sin nosotros, sin una de nosotros, hermana nuestra de humanidad convertida en madre nuestra, María.

Es así como Dios sigue hoy compartiendo con la humanidad en María, la encarnación de su Hijo en todos sus miembros que somos nosotros. Quizá nunca recalcó el P. De Montfort este "compartir" que Dios quiso vivir con la humanidad en María como cuando dice de ella: «Dios Padre comunicó a María su fecundidad, en cuanto una pura creatura era capaz de recibirla, para que pudiera engendrar a su Hijo y a todos los miembros de su Cuerpo Místico» (VD 17).

 

Dios comparte con nosotros todos sus dones

Por último, Dios ha querido "compartir" también, con María, las "gracias" que nos brinda.

De "compartir" se trata todavía, en el fondo, cuando el P. de Montfort escribe en el Tratado de la Verdadera Devoción que Dios constituyó a María "la tesorera" y "dispensadora" de cuanto posee: «De manera que Ella distribuye a quien quiere, cuando quiere, como quiere y cuanto quiere todos sus dones y gracias. Y no se concede a los hombres ningún don celestial que no pase por sus manos virginales...» (VD 25; ver 24). Si Dios fuera un paternalista, lo daría todo directamente por sí mismo; pero Dios es Padre y nos concede incluso poder dar. En María y en la Iglesia, la humanidad participa en el don que recibe del Padre.

 

4. LA «DEBILIDAD» DEL SUFRIMIENTO

 

"Donde hay amor –decía Claudel– hay dolor". Si Dios acepta compartir porque ama, entonces se ofrece al sufrimiento. Hace algunos años, el P. Varillon escribió un hermoso libro intitulado: El sufrimiento de Dios. Demuestra en él que no es posible que Dios no sea herido en lo más profundo por el sufrimiento de los hombres a quienes ama y por la falta de respuesta a su amor. Quizá sea feliz –infinitamente feliz– porque es perfecto; pero no puede olvidar que su "perfección" es la del Amor, y el Amor sufre siempre con el sufrimiento de aquellos a quienes ama. ¿Dios infinitamente feliz? Sí. Pero, entonces, su felicidad no puede ser sino aquella de la cual habla san Agustín cuando escribe: «Cuando uno sufre y ama, ama incluso el sufrimiento». La Sabiduría que Montfort nos presenta como un "tesoro infinito" es ciertamente un Dios que sufre, porque vive un «amor incomprensible que llega hasta el exceso» (ASE 45).

 

Un Dios que llora

Existen esos "deseos" que nosotros, los hombres, sentimos de la divina Sabiduría; pero existen también los deseos que la divina Sabiduría tiene de nosotros, los "apremiantes deseos que tiene de entregarse a nosotros". El capítulo VI de El Amor de la Sabiduría Eterna está consagrado en su totalidad a expresar esos "apremiantes deseos", ese "amor infinito que nos tiene la Sabiduría" (ASE 155). Descubrimos allí a un Dios desconcertantemente "débil", digno de compasión, que corre por todas partes mendigando un poco de amistad que responda a su amor. La Sabiduría en busca del hombre recorre caminos reales o sube a la cima de las más altas montañas, ora llega a la puerta de las ciudades, ora penetra en las plazas públicas o en medio de las multitudes, y grita a voz en cuello: «A Uds. los hombres, los estoy llamando. ¡Hijos de los hombres! [...] A Uds. llamo y busco!» (ASE 66). Un Dios que llora y a quien se le «infiere violencia infinita cuando se le rehúsa el corazón de un hombre» (ASE 64).

 

¿Un Dios a quien se le hace "partir"?

Uno puede no gustar de la forma en que Montfort insiste exageradamente en los sufrimientos de Cristo en su Pasión. Esta insistencia procede seguramente de cierto "dolorismo", apreciado en el siglo XVIII. Queda en pie el que la Pasión de Jesús le parecía como la revelación del inmenso amor de un Dios a quien su ternura había hecho "pobre" porque había tenido la debilidad de amar primero. «Por eso existe el amor: no porque amáramos nosotros a Dios... porque él nos amó primero» (1 Jn 4,10.19). Cuando uno ama primero y ama más, resulta el más débil porque queda a merced del otro que puede decirle "no" y obligarle a "partir". Precisamente esto sucedió. Dios se sintió herido por nuestro "no" y lo hicimos marchar hasta la Cruz. «Después de considerar todo esto –escribe Montfort– ciertamente hallamos motivos suficientes para exclamar... ¡Oh caridad! ¡Oh Dios de caridad! La caridad que demostraste al sufrir, y padecer y morir es, verdad, excesiva» (ASE 166).

 

5. «UNA DEMOSTRACION DE PODER»

 

No obstante, esta debilidad es fuerza. «La debilidad de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,25), porque es una "debilidad del Amor" y «el Amor –dice el Cantar de los cantares– es fuerte como la muerte» (Ct 8,6). Así como la "pobreza" no tiene sentido si no es "riqueza" o que el sufrimiento necesita ser "consagrado" por el amor para convertirse en felicidad, la debilidad debe resultar también transformada por el Espíritu y hacerse "fuerza de Dios. «La debilidad de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,25). San Pablo tenía ciertamente conciencia de que lo que había vivido en Corinto en la "debilidad" era en realidad una "demostración de Espíritu y de poder". De su propia debilidad, de la de los corintios, y de la "locura" del mensaje mismo, el Espíritu de poder era asumido para hacer nacer de él la "fuerza" de la fe. Montfort logra la misma experiencia en su vida. A un año no más después, escribe a su director, el P. Leschassier: «Encuentro tantas riquezas en la divina Providencia y tanta fuerza en la Sma. Virgen, que bastan para enriquecer mi pobreza y sostener mi flaqueza. Sin estos dos apoyos, nada puedo» (C 8).

 

"Hizo estallar su fuerza"

Pero, muy pronto descubre que lo que vive es la experiencia misma de Dios que, a su vez, ha encontrado su fuerza en la "debilidad". Al encarnarse en el seno de María: «Este Dios-hombre... manifestó su poder en dejarse llevar por esta jovencita...» (VD 18). Hay que valorar todo el valor de "paradoja" de semejante afirmación: ¿desde cuándo ha hecho estallar su fuerza en dejarse llevar? ¡Por favor! ¡Es cargando con el otro, por el contrario, como uno se muestra fuerte! Pero nos hallamos en plena paradoja de la "sabiduría de Dios" que es "locura a los ojos de los hombres", en pleno "misterio pascual". «Perdiendo la vida la encuentra uno» (Mt 16,25), y aceptando vivir la "debilidad", hizo Dios "estallar su fuerza". Un día en que Jesús oye hablar de "grandeza" en torno a él, busca a un niño y lo coloca en medio de los discípulos: «el que es de hecho más pequeño de todos vosotros, ése es grande» (Lc 9,46-48). «¿Quién es más grande el que está a la mesa o el que sirve? Pues yo estoy entre Uds. como quien sirve» (Lc 22,27).

Para comprender bien las paradojas de Montfort hay que confrontarlas con las del Evangelio y de san Pablo, porque son las mismas. Se trata de la misma sabiduría de Dios que hace "estallar" la fuerza en la debilidad, la grandeza en la pequeñez, la libertad en la dependencia.

 

El mundo al revés

Cuando se mira la vida y se juzgan los valores a la luz de Dios, con los ojos de Dios, penetrando en su "sabiduría", se diría que todo está "al revés": lo débil se hace fuerte, lo pequeño se hace grande, lo que es locura a los ojos del mundo se convierte en sabiduría de Dios. Pero, también a la inversa, lo que es fuerte a los ojos del mundo se convierte en debilidad a los ojos de Dios, lo que es grande se hace pequeño. Es como quien mira con gemelos. Cuando se mira por un lado de los lentes (el bueno), lo pequeño se hace grande, lo que está lejos se acerca; y, al contrario, cuando se mira por el otro lado, lo grande se hace pequeño, lo que está cerca aparece de repente muy lejano. Sucede lo mismo –si puede decirse– con los gemelos de la Sabiduría de Dios. Me hace ver grande lo que es pequeño, fuerte lo que es débil, sabio lo que es loco. Y a la inversa, con los ojos de la sabiduría, los poderosos de este mundo me parecen muy débiles, los "grandes" muy "pequeños", y nuestras "célebres" sabidurías, muy grandes "locuras".

 

¿A qué mira Dios?

Lo importante a los ojos de Dios, no es quizá lo que se halla "en primera línea" y de lo cual se aprovechan los medios de comunicación.

«¿Qué contempla Dios sobre la tierra? ¿A los reyes y emperadores en sus tronos? A menudo los mira con desprecio. ¿Mira las grandes victorias de los ejércitos [...], las piedras preciosas, en una palabra, las cosas que los hombres consideran como grandes? Lo que es grande a los ojos de los hombres, es abominable ante Dios [Lc 16,15]. Entonces, ¿qué es lo que mira con gozo [...] pidiendo noticias de ello a los hombres [...]? Dios mira al hombre que lucha por él [...], al hombre que lleva la cruz con alegría...» (AC 55), al padre de familia de quien nadie hablará jamás, al niño que ora y todos desconocen, a la religiosa que "se sacrifica" en silencio. Eso es lo que Dios "mira", como ha mirado a María servidora suya, que había ido a esconderse "hasta el fondo de la nada" (VD 25).

Y al contrario, ¿qué es esa potencia que no tiene otra cosa que la fuerza y el medio para hacerse respetar? Como decía el P. Popieluszko –asesinado en octubre de 1984– que fue víctima de ella: «La violencia no es señal de fuerza sino de debilidad. Quien no ha logrado imponer una victoria por el corazón ni por la sabiduría trata de vencer por la violencia...» Es sólo una debilidad que trata de esconderse. Pobres grandezas humanas que intentan "¡tapar el sol con un dedo!". Dios las ha puesto muy pronto al descubierto: Uds. no son gran cosa a sus ojos. En el Magníficat María expresa bien esa "inversión" en los dos sentidos:

«Dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes;

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos».

María canta la grandeza de Dios.

 

6. UN DIOS A QUIEN PODER AMAR

 

Cuentan que un día fue un hombre a buscar a un misionero: Muéstreme a un Dios a quien pueda amar.

– Pero ¿por qué me pides eso?

– ¿Por qué? Porque desde mi niñez, he tenido muchos dioses y no he logrado amar a ninguno.

– Y ¿por qué no podías amarlos?

– Porque eran muy fuertes, muy poderosos...

 

Las dos fuerzas de Dios

¡Un Dios a quien poder amar! ¿Cuántos hombres hoy todavía rechazan al Dios que les presentan porque no pueden amarlo! El Dios que Montfort nos presenta es ciertamente el Dios grande, el Dios fuerte, Todopoderoso, pero su fuerza es la del Amor que lo transforma todo y "hace estallar su fuerza" dejándose llevar. Se podría decir en cierta forma que existen como dos fuerzas en Dios: la primera que no pasa por la debilidad porque es su fuerza de Creador que brilla en lo infinitamente grande y en lo infinitamente pequeño, lo infinitamente sencillo y lo infinitamente complejo de la naturaleza... (el P. Teilhard de Chardin distingue lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño [ver Pascal], pero también lo infinitamente largo [duración de tiempo] y lo infinitamente breve). La segunda que pasa por la debilidad porque es su fuerza de Amor.

¿Cuál de las dos fuerzas es mayor? Ciertamente que hay que ser muy poderoso para crear cielos y tierra... y al hombre. Pero, ¿no habrá que serlo aún más, para ser capaz, para convertirse en el Pequeñísimo cuando uno es el Altísimo, para convertirse en la debilidad misma? Podría decirse también que hay en Dios como dos grandezas. Manifiesta la primera en la inmensidad del universo; la segunda se revela en ese niño en que Dios se ha convertido para nuestra salvación. Pero la primera grandeza no es quizá nada en comparación de la segunda que es una grandeza de amor. ¿Qué significa crear cielos y tierra cuando se trata del Todopoderoso? Pero ser el infinitamente Grande y aceptar "anonadarse", abajarse, depender... es otra cosa. «Quizá Dios necesitaba poco poder para crear cielo y tierra», pero necesitaba "mucho para borrarse" en el Niño de Navidad («Poco poder hace falta para hacerse ver, mucho para borrarse» [P. Varillon, en La humildad de Dios]). Y Dios se borra al encarnarse. «El encuentro de Dios en la inmensidad del universo no es tan desconcertante como su encuentro en el pesebre de Belén y en la Eucaristía» (Juan Pablo II). «Tú llevas a quien el mundo entero no puede contener» (Himno a la Virgen).

Claro que no hay que oponer el Dios Creador al Dios del Amor; pero los teólogos nos advierten también que no hay que poner los atributos divinos en lugar de su naturaleza. Lo que hace que Dios sea Dios, su naturaleza, no es su Omnipotencia, ni su fuerza, ni tampoco su justicia... es el Amor. «Dios es Amor» (1 Jn 4,8.16). Y la fuerza del amor pasa por la debilidad.

 

Las "dos razones para amar"

En El Amor de la Sabiduría Eterna lo mismo que en el Tratado de la Verdadera Devoción tenemos la sensación de que Montfort se propone hacernos descubrir «las razones que pueden excitarnos a amar a Jesucristo» (ASE 154). Pero, mientras en el primer libro las encuentra sobre todo en los sufrimientos de la pasión que la Sabiduría quiso experimentar para "testimoniarnos su amor", en el Tratado de la Verdadera Devoción, las ve sobre todo, en la "dependencia" que Dios quiso experimentar, siendo El, el "Todopoderoso siempre independiente y suficiente a sí mismo", respecto de la humanidad. Sin embargo, ambas razones de amar tienen en común el revelarnos la "debilidad" de Dios. Cuánto debe amarnos Dios para que acepte libremente "depender" totalmente de un ser humano... y padecer hasta la Cruz. Un Dios a quien poder amar...

 

7. UNA «DEBILIDAD» QUE COMPARTIR

 

La experiencia de la Consagración a Jesús por manos de María puede presentarse como una "debilidad" que compartir. La "debilidad de Dios que es más fuerte que los hombres". Porque si quiero entrar en su Sabiduría para amar como El, quiero buscar mi fuerza en donde él la encontró. También yo quiero "hacerla estallar" en dejarme llevar por esta jovencita, en depender de ella para todo, como un niño, como Dios. «Cuando soy débil, soy fuerte» (2 Cor 12,10). ¡Lo mismo que Dios!

 

CUESTIONARIO

 

1.  ¿Qué aspectos de la conducta de Dios desconciertan más a nuestro entendimiento?

2.  ¿Qué significan para Dios (y para nosotros) esas "debilidades" de Dios que son la "dependencia", la "participación", el "dolor"?

3.  ¿Qué significa el Amor de Dios en este contexto?

4.  ¿Qué motivos para amar a Dios ofrece el P. de Montfort en ASE?

5.  Y ¿en VD?

7.  ¿Cómo vive Ud. estas realidades y cómo presenta este mensaje a los creyentes Hoy?

 

ORACION

 

VIRGEN SANTA MARIA:

Tú fuiste la primera en nuestro mundo

que hizo la experiencia de la "debilidad de Dios",

desde cuando El descendió

para depender totalmente de ti como niño,

hasta el día en que quiso descender más aún,

hasta la muerte de cruz.

Ten piedad de nosotros:

nos hemos acostumbrado de tal modo

a Navidad y al Calvario,

que ya no percibimos lo chocante

del proceder de Dios frente a nuestro saber y nuestro gusto.

Incluso si nuestra inteligencia se anonada

ante este pensamiento, permítenos hacer

"una reflexión seria" sobre este proceder del Hijo de Dios.

En su Sabiduría,

para glorificar al Padre y salvarnos,

no encontró un medio más seguro y más corto

que depender de ti (VD 139).

Halló su libertad en verse aprisionado en tu seno,

hizo estallar su fuerza dejándose llevar por ti, María,

encontró su gloria y la del Padre

en ocultar su resplandor a todas las creaturas,

para manifestarlos sólo a ti,

glorificó, por fin, su independencia

en depender de ti... (VD 18).

Por ello, exclamamos con san Pablo:

«¡Qué abismo de riqueza, de Sabiduría

y de conocimiento el de Dios!

¡Qué insondables son sus decisiones

y qué irrastreables sus caminos!» (Rom 11,33).

Y por ello, María, cantamos a tu lado:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador...

Su nombre es santo» (Lc 1,46.48).

Y ya que la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres,

ayúdanos a ingresar valerosamente en esa debilidad,

para experimentar la fuerza de la Resurrección.

 

 

 

V. HONRAR E IMITAR LA INEFABLE DEPENDENCIA

 

 

Antes de que avancemos mucho por el camino que hemos tomado, es sin duda útil, plantearnos el interrogante de su finalidad. ¿Cuál es la meta? ¿Cuál es la finalidad de la consagración a Jesucristo que Montfort nos propone? El mismo nos responde: «Esta devoción ha sido inspirada por el Espíritu Santo:

1º para honrar e imitar la inefable dependencia que Dios Hijo quiso tener respecto de María, para gloria del Padre y para nuestra salvación...

2º para agradecer a Dios las gracias incomparables que otorgó a María y especialmente el haberla escogido por su dignísima Madre...

Son éstos los dos fines principales de la esclavitud de Jesús en María» (VD 243).

¡Estamos avisados! La consagración a Jesús por María tiene como finalidad honrar... Imitar... Agradecer. Estamos lejos de una devocioncilla un tanto sentimental y egoísta, que buscaría más o menos al margen del Evangelio ganarse el favor de Dios en interés propio. No se trata, ciertamente, de renunciar a la propia felicidad. Al contrario. Veremos más adelante que María es una Madre llena de corazón que acude en ayuda de sus hijos «en todos las necesidades del cuerpo y alma» (VD 107). Pero no nos consagramos a María ante todo por el bien que ella nos hace. Nos consagramos por ella a Jesús, antes que nada para "honrar..., imitar..., agradecer...".

 

1. HONRAR LA INEFABLE DEPENDENCIA

 

Después de haber perdido por largo tiempo el sentido de la alabanza y rendir gloria, de la acción de gracias, se lo vuelve a recuperar felizmente ahora. En un mundo eficacia y rendimiento, sentimos la necesidad de liberarnos por la alabanza y la acción de gracias, para introducir finalmente en nuestra vida algo de gratuidad.

 

Dios existe: esto basta

Hace algunos años, apareció un hermoso librito que trataba de hacer entrar en el espíritu de san Francisco de Asís: La Sabiduría de un pobre, de Eloy Leclerc. Un compañero de Francisco, Fray León, quiere experimentar la "pureza del corazón", pero cree que esta pureza consiste en "no tener faltas que reprocharse" y, como no logra llegar a ello, la tristeza invade su corazón. «Comprendo tu tristeza –le dice Francisco– porque siempre hay algo que reprocharse... ¡Ah, hermano León! ¡Créeme! No te preocupes tanto por la pureza del corazón. Vuelve tus ojos a Dios. Admíralo. Alégrate de lo que es El, que es la santidad total. Dale gracias a causa de sí mismo. Eso es, hermano mío, tener el corazón puro. Simplemente, no guardarse nada para sí. Barrerlo todo. Incluso la percepción aguda de nuestra miseria... Ver solamente la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. DIOS EXISTE. ESO BASTA... Contemplar la gloria de Dios, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos ser, gozarse plenamente de lo que es, extasiarse eternamente ante su eterna juventud, y darle gracias a causa de El mismo... Pase lo que pase, Dios existe, la inmensidad de Dios y su inalterable esplendor» ("La Sabiduría de un pobre", pág. 113. 116. 147).

 

Dios se encarnó: esto es suficiente

Al invitarnos a honrar la "inefable dependencia" que Dios quiso vivir respecto de María, el P. de Montfort nos invita, parece, a vivir la misma contemplación frente a Jesús: el Hombre-Dios. ¿Honrar la inefable dependencia? Es también "barrerlo todo", olvidarlo todo, no sólo nuestra miseria y nuestro pecado –no hechos para ser contemplados–, sino también (y sobre todo) nuestras pretendidas virtudes y todos nuestros haberes espirituales, para acordarnos solamente de una cosa: JESUS, ESO BASTA... En Jesús, ese Dios "siempre independiente y suficiente a sí mismo", aceptó depender, empequeñecerse. Se diría que la misma admiración sin fronteras, que vivía san Francisco ante la sencilla y pura existencia de Dios ("Dios existe: ¡basta...!) la vivía Montfort frente a este Niño. Pasara lo que pasara, un día y para siempre, Dios se "anonadó" (Flp 2,7), aceptando no ser "nada"; El que lo es Todo. Pasara lo que pasara, existe este Niño, existe María, esa "jovencita" que es su Madre y que nunca volvió sobre sus pasos, al ver que Dios acepta "depender" de ella. "Honrar la inefable dependencia", ¿no será ante todo, entrar en la alegría de María, cantar con ella su Magníficat: "El Poderoso ha hecho cosas grandes por mí", exaltar al Señor porque "ha mirado la pequeñez de su esclava"? Por esta "maravilla" de Dios que acepta "depender" de la "humilde María" (VD 157), vale la pena olvidar –por un momento– no sólo nuestra miseria y pecados, sino incluso nuestras "virtudes" y nuestros así llamados "méritos". "Honrar la inefable dependencia", ¿no será también "olvidarlo todo" para gozarse en María misma? Pase lo que pase, ¿existe también María, esa "maravilla", esa "jovencita" que es la Madre de Dios?

 

2. «IMITAR LA INEFABLE DEPENDENCIA...»

 

Pero no es suficiente honrar, hay también que "imitar" la dependencia que Dios ha vivido respecto de María: «Como hijos queridos de Dios –escribe san Pablo– procura parecerse a El y vivan en amor mutuo, igual que Cristo los amó y se entregó por Uds.» (Ef 5,1-2). «La verdadera devoción a María –tal como la propone Montfort– es ciertamente una "imitación de Dios". Se trata de actuar como El (¿es posible acaso actuar mejor que Dios?) y seguirlo por el "camino del amor" que lo ha llevado a depender».

 

Seguir a Dios por el camino del amor

«Esta devoción –dice Montfort– nos lleva a imitar el ejemplo dado por Jesucristo y por el mismo Dios y a practicar la humildad» (VD 138). Nótese la precisión "y por el mismo Dios". Se trata, pues, no sólo de imitar el ejemplo de Jesucristo (el P. de Montfort hubiera podido intitular su librito "Imitación de Jesucristo"), sino también el del Padre y del Espíritu Santo. También ellos han aceptado "depender"[...]. «Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María [...] Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de haberle pedido su consentimiento... Con ella, en ella y de ella produjo su obra maestra...» (VD 16.20). Al aceptar depender de María, imitamos también al Padre y al Espíritu.

Cuando hoy se oye hablar de esta "devoción", se empieza a desconfiar en seguida, temiendo que se trate de algo un tanto envejecido, sentimental, que huele a "piedad de mujercillas", lejos de las vigorosas verdades del Evangelio. En realidad, cuando uno reflexiona atentamente en ello, lo que Montfort nos propone vivir es algo muy firme. ¡Se trata nada menos que de "imitar a Dios", entrar en la experiencia de Dios, vivir una "experiencia divina"!

 

¿Una religión al revés?

Se podría decir incluso –si la expresión no resultara demasiado chocante– que la "religión al revés". Normalmente toda "religión" consiste en el subir del hombre a Dios, yendo de abajo hacia arriba. La "religión" es una experiencia del hombre que intenta, por sí mismo o ayudándose de "mediadores", subir: el muy bajo hacia el Altísimo. Y miren... que, al vivir nuestra consagración, se nos invita ya no a subir sino a descender. No ya a subir con el hombre hacia Dios, sino a descender con Dios hacia el hombre. No a depender, con el hombre, de Dios; sino a depender, con Dios, del hombre. ¡Qué inversión de realidades!

¡Sin contar con que cuando imito el ejemplo de Dios que acepta depender de María, no desciendo tanto como El! ¡Dios, para encarnarse, para hacerse Hijo de María, tiene que "anonadarse", que recorrer todo el camino que separa a lo finito de lo infinito, a Dios de la creatura! Mientras que nosotros, para depender de María, no tenemos siquiera que descender, pues ya estamos a la misma altura. María, como Montfort gusta de decirlo, no es «sino una pura creatura salida de las manos del Altísimo» (VD 14). Es nuestra hermana de humanidad, mucho antes de ser nuestra Madre. No tenemos que descender para depender de ella.

No obstante, no hay que forzar las paradojas. Porque se trata de ir siempre hacia Dios, de subir con Jesucristo hacia su Padre y nuestro Padre (ver Jn 20,17) y depender de El. Pero para "subir" hay que "descender". Para subir hacia Dios, hay que descender con El hacia el hombre. Es en cierta forma como si Dios mismo nos dijera: ¿Quieren amarme, a mí, que soy Dios? Comiencen por amar a los hombres. Comiencen por amarse unos a otros, y así me amarán. («Si alguno dice: "Amo a Dios", pero odia a su prójimo es un mentiroso» [1 Jn 4,20]). ¿Quieren consagrarse a mí? Comiencen por depender de aquella de quien yo mismo acepté depender! ¡Sigan mi ejemplo!

«Teniendo, pues, ante los ojos –dice Montfort– un ejemplo tan claro y universalmente reconocido, ¿seremos tan insensatos que esperemos hallar medio más perfecto y rápido para glorificar a Dios que no sea el someternos a María, a imitación de su Hijo?» (VD 139).

 

La humildad de Dios

Seguir el ejemplo de Dios en el camino del amor, es ante todo participar en su humildad. ¡La humildad de Dios! (título del hermoso libro del P. Varillon). Montfort no utiliza nunca esta expresión, porque para él (¡y todavía para cuántos cristianos hoy día!) la humildad es una virtud humana, la virtud por excelencia de María que nos la comunica (ver VD 213). Sin embargo, el Dios que nos presenta es un Dios maravillosamente humilde («Cuando me dirijo a Dios me dirijo a uno más humilde que yo», P. Varillon, O.c.): «Este buen Maestro no se desdeñó de encerrarse en el seno de la Sma. Virgen como prisionero y esclavo de amor, ni de vivir sometido y obediente a ella durante treinta años...» (VD 139). «Hubiera podido venir al mundo en la edad de un hombre maduro, independiente de los demás...» Pero no. Quiso venir «como pobre y niño dependiente de los cuidados y solicitud de su santa madre». ¿Quién es Dios para "someterse" en esta forma, sino un Dios humilde? ¡Muy humilde hay que ser "para dejarse llevar por una jovencita"! Muy pobre hay que ser también, cuando uno es la Belleza en persona, para optar por esconder los propios resplandores a todas las creaturas...» ¡Muy loco hay que ser, cuando uno es un "gran Señor siempre independiente y suficiente a sí mismo" para aceptar tener que depender! Pero Dios es humilde, pobre y loco.

 

De la humildad del hombre a la humildad de Dios

Podría decirse que Montfort, en nuestra consagración nos invita a vivir dos humildades: la del hombre y la de Dios. Ante todo, la humildad del hombre: «Es –nos dice– más perfecto, porque es más humilde, no acercarnos a Dios por nosotros mismos, sino acudir a mediadores» (VD 83). No debemos olvidar que incluso en el niño del pesebre, Jesús sigue siendo «un Dios tan elevado y santo... igual en todo a su Padre, y por consiguiente el Santo de los santos...», y nosotros somos seres humanos, pecadores, cuyo "fondo" es, si no corrompido, por lo menos profundamente herido. Hay que haber perdido totalmente el sentido de la trascendencia divina y de nuestros pecados, para atreverse a acercarse a Jesucristo "por nosotros mismos". Sería querer echar el "vino delicioso de su amor" en "viejos toneles que han contenido vinos deteriorados", o verter el agua pura y trasparente de la fuente en vasijas "totalmente averiadas e infectadas por el pecado"; "¡si el pecado ya no está ahí, su olor permanece todavía!" (ver VD 78.177). «Cuando nos acercamos audazmente a Dios, sin mediadores, El huye y es imposible alcanzarlo...» Al contrario, «si te abajas, creyéndote indigno, [...] de acercarte a El, desciende, se abaja para venir hasta ti, para complacerse en ti, y para elevarte a pesar tuyo [...]. ¡Oh!, ¡cuánto ama la humildad de corazón!

 

Escondida hasta el fondo de la nada

Pero ¿quién ha vivido mejor que María "la humildad de corazón", ella que "se empobreció, humilló y ocultó hasta el fondo de la nada [...] durante toda su vida"? (VD 2). «Su humildad fue tan profunda –añade Montfort– que no tuvo sobre la tierra mayor y más continua inclinación que la de ocultarse a sí misma y a todas las creaturas para que sólo Dios la conociera» (VD 3). Por ello Dios la «elevó y honró» (VD 25) y la constituyó «Reina del cielo y de la tierra» (VD 38; ver RM 41). Vivir la humildad del hombre es ante todo entrar en la de María, vivir el misterio pascual de ella.

 

Dios nos supera siempre

Pero no existe solamente la humildad del hombre. Existe también la de Dios. No hay que reducir la consagración por las manos de María a una simple vivencia de humildad humana. Es también ingreso en la humildad de Dios. Yo soy ejemplo suyo. ¡Es mucho más humilde que yo,... incluso que María! Cuando María se abaja delante de Dios declarándose su "humilde servidora", experimenta que El desciende hasta ella, que se abaja hasta ella. Su humildad se encuentra con la de Dios que la precedió. ¡Dios nos supera siempre! Yo también, cuando me humillo, cuando me siento indigno de acercarme a Dios por mí mismo y acepto pasar a través de "mediadores", experimento que desciende hasta mí. Resulto superado por aquel que me amó primero (ver 1 Jn 4,19). Pero mientras yo tengo tantos motivos para humillarme, porque soy creatura, débil y... pecador, El, Dios, ¿qué razón diferente de su amor tiene para humillarse? Si Dios para por María para venir hasta nosotros, haciéndose hijo suyo, no es solamente porque somos "indignos" de recibirlo "directamente de manos del Padre" (VD 16), sino también porque es el Amor en persona. Cuando uno ama de verdad, siempre es humilde, incluso cuando es Dios,... sobre todo cuando es Dios.

 

Una dependencia que continúa

A los ojos de Montfort, esa "humildad de Dios", esa dependencia que vive respeto de María son tan importantes, están tan en el centro del corazón de Dios que no pudieron interrumpirse: prosiguen todavía hoy. «En el cielo... –nos dice– nuestro Señor es todavía Hijo de María... conserva para con ella la sumisión y obediencia del mejor de todos los hijos para con la mejor de todas las madres» (VD 27). ¿Cómo es posible que Dios siga todavía hoy dependiendo de María? Uno tiene la impresión de que Montfort exagera realmente cuando lleva tan lejos esta humildad de Dios. Es cierto que, para hablar de la dependencia que Dios continúa viviendo hoy, Montfort se rodea de precauciones: «No veamos, sin embargo, en esta dependencia ningún desdoro o imperfección en Jesucristo. María es infinitamente inferior a su Hijo, que es Dios. Y por ello no le manda, como haría una madre a su hijo de aquí abajo, que es inferior a ella. María, toda transformada en Dios por la gracia y la gloria [...] no pide, ni hace nada que sea contrario a la eterna e inmutable voluntad de Dios» (VD 27). Queda en pie no obstante que todo esto se comprende con dificultad porque Dios acepta –incluso hoy– depender de su madre.

 

Lo que falta a la Encarnación

Indudablemente se halla ante todo, en el fondo del pensamiento monfortiano, esa intuición de que si Dios, optó un día por "anonadarse", como dice san Pablo (Flp 2,7), ha vivido entonces una experiencia tan fuerte que se hace definitiva: no ha podido agotarse. Si Jesús, como dice Pascal, sigue "en agonía" hasta el fin del mundo, en todos sus miembros dolientes, ¿por qué no podría seguir "en dependencia"? La Pasión no es el único misterio que Jesús sigue viviendo hoy. Sigue también viviendo su nacimiento: «Completo en mi carne –podría decir también san Pablo– lo que falta "a la Encarnación" de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia» (ver Col 1,24).

 

Entre las manos de la Iglesia

Si Jesús sigue dependiendo hoy de María, en la gloria, ¿no es también porque sigue dependiendo de la Iglesia? «Cuanto desates en la tierra será desatado en el cielo...» (Mt 16,19; Jn 20,23); «Quien los escucha a Uds. a mí me escucha; quien los rechaza a Uds. me rechaza a mí» (Lc 10,16). Como el Padre lo había puesto todo entre sus manos al aceptar depender de El (ver Jn 13,3), Jesús también lo ha colocado todo entre las manos de la Iglesia: su Cuerpo, su perdón, su gloria... aceptando depender de ella. Pero la Iglesia y María, son uno. Ninguna es nada fuera de Jesús, ambas dependen totalmente de El. Quítese a la Iglesia y a María su relación con Dios y... ya no son nada. «María –escribe Montfort– es toda relativa a Dios. Y yo me atrevería a llamarla "la relación de Dios", pues sólo existe con relación a El...» (VD 225). También la Iglesia por ser el Cuerpo de Cristo, es relación de Dios, depende totalmente de El, "sólo existe con relación a El". Pero es cierto decir también que Dios, por ser Amor, aceptó depender de María y de la Iglesia, ponerse en manos humanas. ¿No es quizá en el encuentro entre la "pobreza" del hombre y la de Dios, que la Iglesia y María viven su común misterio?

Por último, como lo recalca con razón el P. Laurentin (Dieu seul est ma tendresse, pág. 34-35; MR 5.42) esa dependencia de Dios respecto de María sólo tiene sentido a partir del amor que Dios nos tiene, el amor, cuya esencia misma es igualar lo que es inferior, y subordinar el mayor al menor».

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium, y Juan Pablo II en su encíclica mariana, han iluminado maravillosamente esa "unión íntima" de María con la Iglesia. Ambas son "vírgenes y madres". Ambas dependen totalmente de Jesús. Por último, si María es madre de la Iglesia, es ante todo «un miembro supereminente y absolutamente único» (LG 53; ver 62.64; RM 5.42), y a título de tal ella es el "modelo" (Ib. 63-65).

 

Las dos Pascuas de Jesús

Para Montfort, "entrar en la humildad de Dios" es, por tanto, ante todo entrar en su Encarnación, comulgar con lo que vivió en el momento de la Anunciación, cuando se anonadó aceptando depender de María. Sin embargo, todos saben perfectamente que la vida cristiana es antes que nada ingreso en la "Pascua" de Jesús. Ser bautizado, vivir el bautismo, es pasar con Jesús a través de su muerte a la resurrección. «Hemos sido –dice san Pablo– sepultados con Jesús por el bautismo, en la muerte, a fin de que, como Cristo resucitó de entre los muertos para la gloria del Padre, también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,4). Ser cristiano es morir con Jesús, para resucitar con El. ¿Cómo acontece, entonces, que Montfort, a pesar de presentar su "consagración" como una "renovación perfecta de los votos [...] del santo bautismo" (VD 126), nos invite con menor insistencia a compartir la Pascua de Jesús que su Encarnación?

 

La Pascua de la Encarnación

La respuesta a esta pregunta es indudablemente muy sencilla. Para Montfort, la Encarnación, también es ya una "Pascua": la primera Pascua de Jesús, su primer paso por la muerte a la resurrección. Se ha acusado a veces a Montfort de hablar demasiado de la Cruz y no lo suficiente de la Resurrección; pero es que para él, el misterio pascual de Jesús, en lugar de estar sólo al final de su vida, está presente al comienzo. El "paso" a través de la muerte hacia la Resurrección es una experiencia tan fuerte, tan central que en cierta forma ha invadido toda la vida de Jesús, hasta su infancia, hasta su nacimiento. Algo parecido a una piedra que se arroja al centro de un estanque. A partir del sitio donde se ha roto la superficie del agua, se forma una serie de ondas concéntricas que se extiende hasta el borde. Así el misterio pascual de Jesús que es el norte y centro de toda su vida la ha marcado en cierta forma de un extremo al otro, hasta su niñez. San Lucas, en los dos primeros capítulos de su evangelio, –llamados los "relatos de la Infancia"– nos muestra a la Cruz ya presente en la pobreza del pesebre de Belén, el holocausto de los inocentes, la profecía de Simeón que destroza el corazón de María («este niño tiene que ser un signo de contradicción»: Lc 2,34), los tres días que Jesús estuvo perdido y lo encontraron, que preanuncian los tres días del sepulcro y ...la resurrección. Para Montfort también, la Cruz de Jesús invadió toda su vida, hasta su infancia. Quizá con cierta falta de habilidad, nos muestra a «la Sabiduría encarnada [que] amó la Cruz desde la niñez. Tan pronto entró en el mundo, la recibió en el seno de su madre, de manos del Padre eterno, y la plantó en medio de su corazón...» (ASE 169).

 

La primera "muerte" de Dios

Imposible remontar más arriba: en el momento mismo de la Encarnación la Cruz ya está presente. La Encarnación es la primera "muerte" de Dios. La expresión puede parecer un tanto fuerte, y sin embargo expresa a la perfección un aspecto del misterio. Cuando se es Dios, el Infinito, el Altísimo, no puede uno encarnarse, aceptar depender, obedecer, empequeñecerse sin ..."morir". Lo que Dios vive en el momento de la Encarnación, es su primera "muerte", no es quizá la cruz del sufrimiento y la Pasión corporal, a los que somos mucho más sensibles, nosotros que vivimos en la carne, sino la cruz de la obediencia y la dependencia, la Pasión del espíritu y del corazón. Sí, al hacerse uno de nosotros, Dios se ha "perdido" simple y llanamente, "anonadado", como dice san Pablo.

 

La resurrección antes de la Resurrección

Pero al "perderse" en favor nuestro, Dios se ha "encontrado" (ver Mt 16,25). La encarnación es también la primera resurrección del Hijo de Dios, su primera Pascua. Al aceptar "anonadarse", encontró la "plenitud" que el Padre "quiso hacer habitar en El" (Col 1,19), y de la cual "hemos recibido gracia sobre gracia" (Jn 1,16).

Montfort tradujo a su manera esa resurrección que vivió Jesús en el momento de su primera Pascua.

«Este Dios-hombre –dice– encontró su libertad en dejarse aprisionar en su seno;

hizo brillar su poder en dejarse llevar por esta jovencita;

cifró su gloria en ocultar sus resplandores

glorificó su independencia y majestad en someterse a esta Virgen...» (VD 18).

La "muerte" para Jesús en el momento de la Encarnación consiste en "verse prisionero" y "depender", "dejarse llevar", "ocultar sus resplandores" y "depender"; y la "resurrección" –en ese instante– se llama "libertad", "fuerza", "gloria", "independencia". Al "anonadarse", Jesús ciertamente no ha perdido su divinidad, al contrario. Se podría en cierta forma decir que nunca como entonces fue Dios. «En María –escribe Montfort– Dios se halla más espléndida y divinamente que en ningún otro lugar del universo...» (VD 5); El se muestra con ella «grande, poderoso, operante e incomprensible, y mejor que en el cielo...» (VD 165). Antes del camino de la cruz, el camino de María que Jesús tomó para venir a nosotros es ya un camino de resurrección.

 

Un resumen de todos los misterios

Si Montfort nos invita a seguir el ejemplo de Dios comulgando en este primer misterio de la vida de Jesús es porque contiene en germen a todos los demás. Se lo podría llamar un "misterio programa". Hay que volver a leer el hermoso número 248 del Tratado de la Verdadera Devoción que nos explica las excelencias y grandezas del misterio de Jesús que vive y reina en María, es decir, de la Encarnación del Verbo [...]. En este misterio [Jesús] realizó ya todos los misterios de su vida por la aceptación de todos ellos; este misterio es, por consiguiente, el compendio de todos los misterios de Cristo y encierra la voluntad y gracia de todos ellos...» (VD 248). En el momento de la Encarnación, todo lo que vendrá más tarde ya está presente, incluso el misterio pascual de muerte-resurrección que Jesús sólo vivirá al final. Del mismo modo que, en la primera célula de un ser humano, todo su cuerpo, por complejo que sea, se halla ya, en cierta forma, contenido, "programado", así también en este primer misterio, en esta primera Pascua de Jesús, por invisibles que sean, están igualmente contenidas todas las "pascuas" futuras, hasta la Pascua definitiva. El "sí" de la agonía está ya presente en el "sí" de la Encarnación y cuando Jesús acepta depender de María, acepta ya la muerte que llegará un día.

Se pregunta a veces por qué Montfort insiste tan poco en la escena del Calvario donde Jesús al dar Madre al discípulo predilecto, hace de ella la madre de todos. Es que para él –como anota R. Laurentin–, María es nuestra madre desde la Encarnación. Su maternidad espiritual se halla ya presente en la Anunciación. El "sí" que pronuncia y la convierte en Madre de Jesús es también un "sí" a convertirse un día en madre nuestra. Ya en la Anunciación nace la Iglesia.

Si el misterio pascual de Jesús se halla ya presente en la Encarnación, del mismo modo también toda la Iglesia, todos los hijos de Dios, todos los miembros de Jesús se hallan ya presentes en ese Cristo que María engendra en el momento de la Anunciación. Engendrando al que es Cabeza de la Iglesia, María, en el momento de la Anunciación, engendra también ya misteriosamente a todos sus miembros. En el instante preciso en que Dios se hace hombre en María, estamos ya misteriosamente presentes, comenzamos ya a ser hijos de Dios. Ya desde la Encarnación comienza Jesús a vivir su misterio pascual: también desde la Encarnación María comienza a ser Madre nuestra.

 

Un camino más humano

Cuando se pregunta a quemarropa a alguien: «¿Qué fiesta prefieres, la de Pascua o la de Navidad?», se recibe a menudo la respuesta: «Prefiero la de Navidad». Es posible que esta preferencia revele cierta ignorancia. Se ha olvidado la importancia de la fiesta de Pascua: «Si Cristo no resucitó, vana es la fe de Uds.» (1 Cor 15,14). Pero esa respuesta revela también otra realidad: la fiesta de Navidad nos parece más humana, más cercana a nosotros que la de Pascua. No se olvide que antes de la Resurrección de Jesús tuvo lugar su muerte, y la Cruz nos atemoriza. En cambio, uno no teme a un niño. ¡Un nacimiento es siempre motivo de alegría! Se llega casi a olvidar que para convertirse en ese niño, Dios se anonadó, experimentó una "muerte". "Es la dicha más intensa" dice Claudel.

Quizá a causa de esta preferencia tan natural de los hombres por la fiesta de Navidad prefiere Montfort invitarnos a seguir a Jesús sobre todo en los misterios de su infancia y de sus "comienzos". ¿Quién de nosotros no conserva de su niñez un recuerdo maravilloso, mientras que el final de la vida de los hombres no es a menudo sino dolores? Marcel Pagnol a lo largo de todo su libro Le Château de ma mère, evoca el paraíso de su niñez con su hermano Pablo y su inseparable Lilí. Todo es alegría, paseos a caballo por las landas bajo el sol de Provenza... Pero de repente al final del libro, en violento contraste con esta gracia maravillosa de los "comienzos", tres páginas acaban rápidamente con este paraíso de la infancia. Primero la muerte de la madre, luego la de Pablito que parte a los 30 años, la de Lilí a quien mata durante la guerra una bala en la frente... Y el autor concluye: «Esa es la vida de los hombres. Algunas alegrías, muy pronto desvanecidas por inolvidables tristezas. No hace falta decirlo a los niños» (Le Château de ma mère, Ed. Livre de Poche, pág. 376).

Incluso si va seguido de Pascuas, no es ante todo por el camino de los viernes santos y de las "inolvidables tristezas" que nos invita Montfort a seguir a Jesús, sino por el de Navidad y las gracias de la Infancia.

 

El camino de María

Muy cierto, Montfort no olvida el camino de la Cruz. Habla tanto de él que se ha ganado la reputación de no ofrecer sino "cruces", de amar sólo el sufrimiento. En su "Carta a los Amigos de la Cruz", nos invita –y ¡con qué intensidad!– a seguir valerosamente a Jesús, nuestro "jefe coronado de espinas" (AC 27) por el camino de su segunda Pascua, "en la pobreza, las humillaciones y los dolores" (AC 17). Pero, en el Tratado de la Verdadera Devoción y El Secreto de María, Montfort habla de la cruz y nos invita a seguir sobre todo "el camino de María".

Todo parece acontecer como si, una parte de su vida, Montfort hubiera ensayado a seguir a Jesucristo por el camino de la cruz, pero sobre este primer camino hubiera encontrado lo que él mismo llama "noches oscuras, extraños combates y agonías...", hubiera tenido que pasar por "escarpadas montañas [...], espinas muy agudas y pavorosos desiertos" (VD 152). Había corrido el riesgo de desanimarse. Hubiera entonces encontrado el "camino de María", el de la Encarnación, y "por el camino de María, se transita más suave y tranquilamente" (VD 152).

Una vez más, no habría que oponer los dos caminos. En el "camino de María" también se encuentra la Cruz, con "grandes combates que librar y grandes dificultades que vencer". En el camino de la Cruz también se encuentra a María. Parece sin embargo que Montfort hubiera descubierto que el primer camino era más humano (más "fácil" –dice él–, más "corto") y que este descubrimiento se le hubiera impuesto a lo largo de la vida, con mayor fuerza cada vez. Como Dios, hay que "comenzar" por María.

 

Bautizados en un nacimiento

Indudablemente se podría llamar al camino monfortiano una "senda de comienzos". De un extremo a otro del Tratado de la Verdadera Devoción y de El Secreto de María, se halla continuamente –como un estribillo provocador– esa referencia a los "comienzos". «Por medio de la Sma. Virgen vino Jesucristo al mundo...» (VD 1). Por María comenzó la salvación del mundo... María es «el camino por el cual vino Jesucristo al mundo la primera vez...» (VD 49.50). Todo cristiano, y por tanto todo monfortiano, no tiene otra cosa que hacer sino "seguir a Jesús" («Si alguien quiere venirse conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga» [Mt 16,24]). Pero Montfort, con toda sencillez, nos invita a "seguir a Jesús" desde el comienzo.

Por lo demás, la espiritualidad monfortiana no es otra cosa que una espiritualidad del bautismo. Todo cristiano está llamado a vivir esta experiencia de ser "sumergido" ["bautizar" significa "sumergir"] también con toda sencillez, nos invita Montfort a "sumergirnos" primero en esta primera "muerte" de Jesús que constituyó su "dependencia de María". Si uno se atreviera, podría llegar a decir, que por nuestra consagración, hemos sido bautizados, en el "nacimiento" de Jesús, antes que en su "muerte".

 

CUESTIONARIO

 

1.  ¿Cuáles son los fines concretos de la consagración total a María, según el P. de Montfort? (VD 243).

2.  ¿Cómo resumiría Ud. la enseñanza de san Francisco a Fray León?

3.  ¿En qué consiste honrar la dependencia de Jesús respecto de María?

4.  ¿Cómo agradecer e imitar esa "dependencia inefable..."?

5.  ¿Qué aspectos de la condescendencia de Dios se imitan en esta consagración y su vivencia?

6.  La consagración total, ¿se vincula más con la Pascua o con la Encarnación? ¿Cómo y por qué?

7.  ¿Como armonizar el "camino de la cruz", el "camino de María", el bautismo, la Anunciación y el nuevo nacimiento?

 

ORACION

 

Con toda sencillez confianza y ternura,

nos dirigimos a ti, Virgen María.

Sabes que somos "pobres", necesitados de todo,

y tú eres nuestra Madre omnipotente.

Por ello no dudamos en recurrir a ti,

en todas nuestras necesidades de cuerpo y espíritu:

en las dudas, para que nos esclarezcas;

en los extravíos, para que nos conviertas al buen camino;

en las tentaciones, para que nos sostengas;

en las debilidades, para que nos fortalezcas;

en las caídas, para que nos levantes;

en las cruces, contradicciones, para que nos consueles (VD 107).

Por tanto si nos consagramos por ti a Jesús,

no es ante todo por el bien que tú nos haces,

o los servicios que nos brindas,

sino sencillamente porque mereces ser amada

y sólo Dios en ti (VD 110),

porque tú eres María y Jesús es Hijo tuyo.

Queremos ante todo, honrar e imitar la dependencia inefable,

que de ti ha querido tener el Hijo eterno de Dios,

para gloria del Padre y para salvación nuestra.

Queremos también ante todo agradecer a Cristo el Señor,

por las gracias incomparables que te ha dado,

y sobre todo por haberte escogido por madre suya (VD 243).

"Todo lo demás" queremos esperarlo sólo "por añadidura" (Mt 6,33).

Que el Espíritu Santo que te posee totalmente

y que habita en nosotros, nos dé por esta consagración,

avanzar humildemente

por el amor realmente gratuito,

que nuestro mundo espera

y del que Dios mismo nos da ejemplo.

 

 

 

VI. NUESTRA TRANSFORMACION EN JESUCRISTO

 

 

Existe en el mundo un anhelo de cambio. El hombre vive insatisfecho desde siempre y desea a la vez "más" y "otras cosas". En respuesta a ese anhelo, en la prolongación del Bautismo, por la Consagración a María, Montfort nos propone un gran cambio: la "transformación de nosotros mismos en Jesucristo". "Transformación" que se realiza por la concepción en nosotros de Quien viene a asumir nuestra vida para hacerla suya, hasta que sea "todo", no sólo en cada uno de nosotros, sino en el mundo entero.

 

1. UN ANHELO DE CAMBIO

 

El anhelo de "cambio" que se observa por todas partes, no sólo en torno a nosotros, sino dentro de nosotros, no data de hoy. "Mientras haya hombres", estarán insatisfechos y querrán "cambiar". El hombre renegaría de sí mismo, si no quisiera cambiar, dado que en el fondo de sí mismo –lo sabemos por la fe– aspiramos todos a una transformación radical de nuestro ser que va hasta un cambio de nuestra vida profunda. «Ya no vivo yo –decía san Pablo– Cristo vive en mí» (Gal 2,20).

Pero hay "cambio" y "cambio". Habría que poder "contemplar" la vida y ver con los ojos de la fe, a través de todos los anhelos de "otra" vida, la verdadera "transformación" que esperamos. "Hay que cambiar la vida", decía el poeta Rimbaud. El mismo que añadía: «"Yo" es otro». Cuando lo proclamaba, no pensaba hasta dónde va el "cambio" que anhelamos. Si sabemos "leer" la vida, "traducirla", encontrarle sentido (lo que "quiere decir"), descubriremos, más allá de todas las "revoluciones", que los hombres anhelan "otro cambio", ése que el Evangelio llama "conversión". La "conversión" es el viraje total, un cambio radical, no sólo una transformación de estructuras, que es necesaria, sino un cambio del "corazón" y del "espíritu": «Les daré un corazón nuevo, pondré en Uds. un espíritu nuevo; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré en Uds. mi espíritu...» (Ez 36,26-27). Ezequiel no se atreve todavía a decir que el corazón nuevo que el Señor nos va a dar es el suyo, el corazón de Dios, pero es ya su propio "Espíritu" el que va a reemplazar el nuestro. "Pondré en Uds. mi Espíritu". Cuando otro "corazón" late en nosotros, otro "espíritu" vive en nosotros, sabemos que otra persona habita en nosotros: «Ya no vivo yo...». Esta es la transformación que esperamos.

 

2. «A FIN DE QUE NUESTRA VIDA YA NO SEA NUESTRA»

 

A esta "invitación" expresada a través de todos los deseos de cambio, responde indudablemente lo que el P. de Montfort llama "la transformación de uno mismo en Jesucristo". Se ha hablado tanto de la consagración a Jesucristo por las manos de María que quizá se ha olvidado que la consagración no es más que un medio para llegar a la meta que es vivir "la misma vida de Jesucristo" (AC 27). No se trata solamente de darlo todo, sino de darse, de vivir la misma vida que Aquel a quien nos consagramos. Es preciso –nos dice Montfort– «avanzar de virtud en virtud, de gracia en gracia, de luz en luz, para llegar hasta la transformación de uno mismo en Jesucristo...» (VD 119). La finalidad –añade– es la "transformación de las almas, en María, a imagen de Jesucristo". En un pasaje del Tratado de la Verdadera Devoción –que no es sino un tejido de citas bíblicas– Montfort establece esta "primera verdad fundamental" que es que «Jesucristo... es nuestra única vida que debe vivificarnos y nuestro único Todo que en todo debe bastarnos» (VD 61).

 

"El árbol y el fruto"

No nos consagramos a María sino porque es la Madre de Jesús, y porque, por el Espíritu Santo, sigue "dándolo a luz", y que si quiero poseer el "fruto" tengo que poseer el "árbol" que lo produce, y este "árbol es María" (VD 164). Pero lo importante es el "fruto", y el fruto ha sido hecho para ser comido, para ser mi sustento y –dado que este fruto es una persona–, para que yo viva su vida. Si acudo con tanta confianza a la Virgen María, es porque ella está totalmente "transformada en Dios" (VD 164), "ella ya no vive, ella ya no existe", sino Jesús en ella (VD 63); cuanto más me asemeje a ella, más semejante seré a Jesucristo que es su vida (ver Col 3,4).

La liturgia Eucarística (IV Plegaria) dice con fuerza: «Y porque no vivamos ya para nosotros mismos, sino para El [Jesús], que por nosotros murió y resucitó, envió, Padre, desde tu seno al Espíritu Santo como primicia para los creyentes, a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo». En cada Eucaristía no hay solamente la consagración del pan y del vino, hay también la de la asamblea, la de cada uno de nosotros. El Espíritu Santo (con la colaboración de la fe de la Iglesia, la de María, la nuestra) viene a "consagrarnos" también a nosotros a fin de que no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Jesús, a fin de "transformarnos en Jesucristo".

 

Una unidad tan grande

Con Jesús estamos llamados a vivir una unidad tan grande que ninguna relación humana puede expresarla completamente. E incluso si las tomáramos todas juntas, estaríamos aún lejos de poder dar cuenta de nuestra unión con Jesús. Somos sus amigos: «Ya no los llamo siervos..., sino amigos» (Jn 15,15). Pero somos también hermanos y hermanas suyos: «No tiene El reparo en llamarnos hermanos» (Hb 2,11), estamos "destinados" a reproducir sus rasgos, «de modo que El sea el mayor de una multitud de hermanos» (Rom 8,29). ¿No tenemos luego el mismo Padre y la misma Madre? ¡Somos aún más! Somos su Esposa, por la que se ha entregado para santificarla, porque quería presentársela a sí mismo totalmente resplandeciente... "santa e inmaculada" (Ef 5,25-27). «Es cierto –dice Montfort– que la Sabiduría Eterna tiene tanto amor a las almas que llega hasta desposarse y contraer con ellas un matrimonio espiritual, pero real que el mundo no puede conocer» (ASE 54). Jesús llega incluso a decir que podemos ser su Madre: «Todo el que hace la voluntad de mi Padre, ése es hermano mío, y hermana y madre» (Mc 3,35). Por último, san Pablo, al meditar en el encuentro del camino de Damasco, descubre que con Jesús –sobre todo en el dolor– formamos un solo Cuerpo (Hech 9,5). Somos realmente su Cuerpo. Entre él y nosotros hay tantas comunicaciones de vida, de sensibilidad, de movimiento, como entre la cabeza y los miembros del cuerpo. Si en la fábrica un laminador corta la mano de un obrero, todo su cuerpo... y también su cabeza quedan traspasados de dolor. ¿Qué le acontece entonces a Cristo que es nuestra Cabeza, cuando también nosotros –miembros suyos– somos triturados por el sufrimiento?

 

"Ya no vivo yo..."

Pero quizá hay que ir más lejos. Más allá de todas las uniones, más allá de la comunión en la misma vida; se da la identidad: «Ya no yo... sino Cristo» (Gal 2,20). Se ha dado como un cambio de persona que debería causarnos temor, temor de "perdernos", de no ser más nosotros mismos, porque ahora es "Otro" quien vive en nosotros. Ya no vivo yo, ya no oro yo, ya no sufro yo, ya no amo yo... ¿Y si ese otro me destruyera, me impidiera llegar a ser yo mismo? ¡Quiero ser yo mismo y no otro! Felizmente no hay nada que temer. ¡Ese "Otro" no es como los otros! Todos los demás –porque no me aman lo suficiente– pueden impedirme que prospere, que sea yo mismo. El, al contrario, cuanto más sitio le hago, cuanto más me abandono en El, cuanto más le permito "vivir" en mí... tanto más feliz soy. El día en que El lo ocupe todo en mí, ese día por fin seré realmente yo mismo. ¡No temas!

 

3. ¿COMO LLEGAR A ESA TRANSFORMACION DE NOSOTROS MISMOS?

 

Pero ¿cómo llegar esa transformación de nosotros mismos en Jesucristo? Podemos decir que a este interrogante el P. de Montfort ha dado dos respuestas: la primera en el Amor de la Sabiduría Eterna; la segunda, en otras dos de sus obras: El Tratado de la Verdadera Devoción y El Secreto de María.

 

El Deseo, la Oración, la Cruz y María

En el Amor de la Sabiduría Eterna que es su primera obra, Montfort nos ofrece cuatro medios para adquirir y conservar la divina Sabiduría. No se trata expresamente de la transformación de sí mismo en Jesucristo, sino de que antes de vivir la vida de Jesús, hay que encontrarlo a El. Estos cuatro medios para alcanzar la Sabiduría (a fin de vivir su vida) son: 1) deseo ardiente; 2) oración continua; 3) mortificación universal; 4) tierna y verdadera devoción a la Sma. Virgen.

 

Deseo ardiente

Si –como Montfort lo ha dicho al comienzo de su libro– «No se ama lo que no se conoce» (ASE 8), tampoco se puede buscar lo que no se ama. Hay que haber ya descubierto que la divina Sabiduría es «la más deseable de todas las realidades que se puedan desear» (ASE 181), y este descubrimiento, este "deseo" que lo gobierna todo, es a la vez "don" de Dios y fruto de nuestra fidelidad en guardar los mandamientos («Si me aman –dice Jesús– guardarán mis mandamientos» [Jn 14,15]).

 

Oración continua

Cuando hayas alcanzado el gran don del "deseo", tienes que buscar la oración: «Busquen y hallarán, golpeen y les abrirán... y todo lo alcanzarán por la oración» (ASE 184). Una oración llena de fe, de una fe viva y firme que implora sin dudar, de una fe pura que mantiene la confianza aun cuando nos parezca naturalmente que Dios no tiene ojos para atender nuestra miseria, ni oídos para escuchar nuestras súplicas, una fe perseverante, puesto que «Dios... no quiere otra cosa que dar...» (ASE 185-188).

 

Mortificación universal

La expresión nos choca hoy. Es cierto que esta "mortificación" no tendría sentido fuera de la "vida" que nos brinda. El misterio de Pascua, que es el de Dios mismo, es un "Pasar" de la muerte a la vida. Habría que hallar una expresión más "pascual", que insista más en la "vida". En realidad en este tercer medio Montfort nos pide solamente renunciar a la "sabiduría mundana", tan opuesta a la de Dios, "como las tinieblas a la luz y la muerte a la vida" (ASE 199). Hay, pues, que optar. No puedo hacer de la Sabiduría mi "tesoro", al seguir apegado mi "corazón" a las falsas riquezas, los falsos placeres, las falsas grandezas de este mundo. «Si alguien quiere venirse conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz...» (Mt 16,24). Querer escapar a la "mortificación" (o poco importa el nombre que se le dé), sería como pretender vivir "Ese amor más grande", el amor del que habla Jesús, "sin dar la vida". Y ¿cómo querer ser "transformados en Cristo" sin compartir sus opciones, ni poner el corazón donde él ha puesto el suyo?

La auténtica "mortificación", ésa sin la cual todas las otras son inútiles y "manchadas", es la del espíritu y del "corazón". Para quedar "transformados en Cristo" hay que dejarnos guiar por su "Espíritu" que le condujo a él a hacer no su voluntad sino la del Padre: «He bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la del que me envió» (Jn 6,38). La verdadera mortificación universal consiste en el fondo y ante todo, en poner en práctica lo que cada día pedimos en el "Padre nuestro": «Hágase tu voluntad...», «y no la mía» (Mt 6,10; 26,39). En concreto, esta mortificación de mi voluntad consistirá a menudo en no imponernos "penitencias" importantes sin «pedir el consejo de un hombre prudente» (ASE 202). Las verdaderas mortificaciones, al igual que las verdaderas "pobrezas" son las que uno no escoge: ésas que la vida nos ofrece cada día, sin necesidad de ir a buscarlas.

 

"Una tierna y verdadera devoción a la Sma. Virgen"

La transformación de nosotros mismos en Jesucristo es asunto de "encarnación". Ahora bien, solamente María, por la fuerza del Espíritu Santo, recibió el poder de encarnar y dar a luz a la Sabiduría Eterna. Por tanto, sólo ella puede hoy "encarnarla" en cada uno de nosotros. «Solamente por María se puede alcanzar la Sabiduría» (ASE 203.209). Y solamente por ella la podemos acoger porque nuestro corazón no es lo suficientemente puro para recibirla.

 

4. EL MAYOR DE TODOS LOS MEDIOS

 

En el Tratado de la Verdadera Devoción y en El Secreto de María podríamos decir que la segunda respuesta que da Montfort a la pregunta "¿Cómo llegar esa transformación de sí mismo?" no es más que el desarrollo del cuarto medio para adquirir la Sabiduría. A medida que avanzaba por la vida, su experiencia lo condujo a captar cada vez mejor la importancia de esta tierna y "verdadera devoción" a María. Ya en El Amor de la Sabiduría Eterna, este cuarto medio es más importante que los tres primeros: «Aquí tienes, finalmente, el mejor medio y el secreto más maravilloso para adquirir y conservar la divina Sabiduría...» (ASE 203). Pero la importancia del "secreto más maravilloso" –se siente– no ha dejado de crecer. Muy ciertamente, los otros "medios" no han desaparecido. Los hallamos de otra manera, aunque –excepto la oración– han perdido su importancia. El "deseo" ha sido como absorbido por la oración, lo que no es de extrañar puesto que es un "don" y la oración misma es "deseo". Hallamos la oración en el texto mismo del "Tratado" y en el "Secreto" –entre los medios de santidad conocidos de todos (SM 4). Montfort compone incluso una obrita que no es otra cosa que una "súplica ardiente" para implorar de Dios misioneros. El tercer medio, la "mortificación universal", se halla siempre presente también. Lo hallamos al igual que la oración entre los "medios de santidad" que presenta El Secreto de María (SM 4) y en la Carta a los Amigos de la Cruz.

Pero –sobre todo en el "Tratado"– la "mortificación universal" (si se puede identificarla con la cruz) aparece cada vez más imposible de vivir sin la "dulce presencia" (SM 52) de María. A este cuarto medio ("una tierna y verdadera devoción a la Sma. Virgen") da Montfort un desarrollo considerable en El Secreto de María y sobre todo en el Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen.

Surge ahora una pregunta: ¿por qué ha ofrecido Montfort una segunda respuesta a la pregunta planteada? ¿Por qué el cuarto medio para obtener la Sabiduría que era ya el más grande ha alcanzado tanta importancia? Sencillamente porque Montfort ha descubierto cada vez mejor que la "transformación de sí mismo en Jesucristo" era cuestión de encarnación y de semejanza.

 

"El poder de encarnar y dar a luz..."

«Nadie, fuera de María, escribe Montfort, encontró gracia delante de Dios para sí misma y para toda la humanidad, nadie sino ella tuvo el poder de encarnar y dar a luz a la Sabiduría eterna, y nadie, fuera de ella, puede, aún hoy, encarnarla en los predestinados gracias a la operación del Espíritu Santo» (ASE 203). El cristiano es no sólo alguien que se deja invadir por el "Espíritu" de Jesús y que vive de su vida, es "otro Cristo". Pero Cristo es el fruto del Espíritu y de María; por lo mismo, todos los "otros Cristos" que son miembros suyos son también fruto del Espíritu y de María. Un miembro de Cristo no puede ser hecho de manera diferente que Jesús mismo. Su vida de "miembro" no puede llegarle de otra fuente que la de Jesús, quien la recibió del Espíritu Santo y de María. La madre de quien es la Cabeza debe ser también la madre de los miembros (VD 32).

A imagen de la "cabeza" y de los "miembros" del cuerpo, Montfort superpone otra imagen bíblica que hemos encontrado ya: la del árbol y el fruto. «Jesús es siempre y en todas partes el fruto y el Hijo de María; y María es en todas partes el verdadero árbol que lleva el fruto de vida y la verdadera Madre que lo produce» (VD 44). «Por consiguiente, quien desee este fruto maravilloso en el corazón, debe poseer el árbol que lo produce. ¡Si deseas poseer a Jesús, debes tener a María!» (ASE 204).

 

"La más semejante a Jesucristo de todas las creaturas"

Otra manera de "transformarse en Jesucristo" es –nos dice Montfort- la de "asemejarse, estarle unidos y consagrados". El amor busca la semejanza. Cuando uno ama, busca "asemejarse": «El discípulo no es más que el maestro –dice Jesús–; le basta con ser como su maestro» (Mt 10,24-25). Trata de asemejarse a él en todo, hasta en el sufrimiento y la pobreza que le permiten una semejanza mayor todavía. Montfort escribe, por ejemplo a su hermana Guyonne Jeanne que vive una difícil situación (la han despedido del convento que la había acogido): «¡Consuélate, alégrate, sierva y esposa de Jesucristo, si te asemejas a tu Maestro y Esposo! Jesús es pobre, Jesús está abandonado, Jesús es despreciado y rechazado como la basura del mundo» (C 7). El mismo canta a su vez:

«Jesús pobre, quiero seguirte,

pobre tras pobre, hasta la muerte...

Me asemeje a ti en la vida,

o quítamela ahora mismo...

que yo sea pobre como tú» (CT 20,59.60).

Pero sólo se busca asemejarse a Jesús en su pobreza y dependencia para asemejarse a El en su mismo ser. Dios «nos ha destinado a reproducir los rasgos de su Hijo, de modo que éste fuera el mayor de una multitud de hermanos» (Rom 8,29).

 

"Expresar a Jesucristo al natural"

¿Cómo "reproducir" entonces esta "imagen" del Hijo? Yo podría intentarlo por mí mismo, apoyándome en mis propias fuerzas, en mi propia habilidad. Imposible –dice Montfort–. Quienes lo hacen así «no logran expresar a Cristo al natural... por falta de conocimiento y experiencia de la persona de Jesucristo» (VD 220). La imagen de Jesucristo que reproducen tiene algo de artificial y falso... Uno lo siente, no se encuentra a gusto. Hay que encontrar un medio "natural" para "expresar a Jesucristo", "sin que le falte rasgo alguno de divinidad" (SM 16). El medio ya se adivina, es María. Ella ha formado al modelo que estamos llamados a reproducir. Si ella ha formado al modelo, ¿no podrá formar la imagen? Sin contar con que ella misma es «la más semejante a Jesucristo de todas las creaturas» (VD 120), la que más se le asemeja: «Tan unida y transformada en Dios, que fue preciso que él se encarnara en ella» (VD 164).

Para dejar que se forme en nosotros, por medio de la Virgen María, la imagen de Jesucristo, Montfort nos propone dos experiencias: la de la "mirada" y la del "molde".

 

Mirar

«Mira ahora, dice Dante, el rostro que se asemeja más al de Jesús. Porque su claridad es la única que puede prepararte a ver a Cristo». ¿Mirar a Cristo? Voy a quedar deslumbrado, como los apóstoles en la Transfiguración, por la "gloria" de su "rostro resplandeciente como el sol» (Mt 17,2). «María –escribe Montfort– no es el sol, que por la viveza de sus rayos, podría deslumbrarnos a causa de nuestra debilidad; sino que es bella y suave como la luna que recibe su luz del sol y la atempera para acomodarla a nuestra limitada capacidad» (VD 85). Al mirarla, al imitar su fe viva, su humildad profunda, su pureza del todo divina (VD 260), al tratar de hacer todas mis acciones "como ella las haría" si estuviera en mi lugar, llego a asemejarme a ella y convertirme en "copia viviente" de quien es "imagen" viviente de Jesucristo. Sin abandonar la humanidad, con un "modelo al alcance de nuestra pequeñez", llego a transformarme poco a poco en aquel a quien debo "reproducir" por vocación.

 

La gran renuncia del abandono

Montfort nos propone también la imagen del molde, que nos choca un tanto. Pensamos inmediatamente en la uniformidad que destruye a las personas, como si todos estuviéramos llamados a ser acuñados en el mismo "molde". En realidad la imagen del "molde" se opone a la de la "estatua". Para "reproducir la imagen de Jesucristo", puedo tratar de hacer una "estatua", confiando en mi habilidad, en mi trabajo. Tendré que pasar largo tiempo, tendré que trabajar mucho para alcanzar un resultado quizá decepcionante; bastará un golpe de cincel o de martillo "mal dado" para dañar toda la obra y no habré logrado reproducir al modelo "al natural". María, por el contrario, «es el gran molde de Dios, hecho por el Espíritu Santo, para formar a un hombre en Dios al natural» (SM 16-18; VD 219-221). «No falta a este molde rasgo alguno de la divinidad; todo el que en él es arrojado y se deja moldear también recibe allí todos los rasgos de Jesucristo...». En el punto de partida de esta imagen, hay una intuición profunda y muy sencilla de que la formación del cristiano es cuestión de "concepción" totalmente espiritual, ciertamente, pero verdadera. No hay otra "formación" para los miembros de Cristo que la que brinda el mismo Cristo, Hijo del Padre y de María por el Espíritu Santo. Para reproducir la imagen del "hermano mayor", se trata menos de "trabajar" apoyándose en sí mismo y confiando en su propia destreza y fuerzas que de dejarse "formar", y abandonarse en aquella que –inseparable de la Iglesia– recibió por vocación la misión de formar a Cristo y a todos sus hermanos y hermanas.

Lo que es difícil y exige gran "renuncia"; el verdadero "trabajo" consiste precisamente el "abandonarse". El moldear en sí mismo, no es nada, pero para ser "moldeado" hay que ser "muy maleable, estar muy desapegado, muy fundido... sin apoyo alguno en sí mismo, hace falta nada menos que "morir". Uno quisiera conservar el "comando" de su vida, para realizarse uno mismo, y se hace preciso aceptar que hay que "depender": dejarse "formar" y "engendrar". Pero es el caso que hace falta mucha mayor "renuncia" para abandonarse que para trabajar por su cuenta. En el fondo, es como si tuviéramos que optar entre dos "renunciar": la del "trabajo" por propia cuenta y la del "abandono". Duro es "trabajar" apoyándose en sí mismo y no contando sino con las propias fuerzas, pero se tiene al menos el consuelo de saber que "soy yo el que..." Más difícil aún es "abandonarse", confiar en el otro diciendo: «No soy yo el que...».

Si Montfort nos aconseja el camino del abandono, que es el más difícil, no es, claro está a causa de la dificultad en sí, sino a causa de la eficacia y del amor. El camino de María es el más eficaz, porque cuando uno acepta dejarse formar en el "gran molde de Dios", recibe allí –dice Montfort– "todos los rasgos de Jesucristo" (SM 17). Es también aquel donde hay más amor, porque es el camino de la confianza y del abandono.

 

CUESTIONARIO

 

1.  ¿Qué fundamentos bíblicos tiene la afirmación que expresa nuestra transformación en Jesucristo? ¿Cómo la expresa el P. de Montfort?

2.  ¿Qué medios propone el P. de Montfort para lograr esa transformación?

3.  ¿Cómo se sirve Ud. de ellos?

4.  ¿Por qué insiste tanto Montfort en el cuarto medio? ¿Qué motivos ofrece?

5.  ¿Qué significan abandono y disponibilidad?

6.  ¿Cómo traducir esto para los hombres Hoy?

 

ORACION

 

Señor y Padre nuestro:

en tu designio de amor sobre el mundo,

quisiste hacer de nosotros tus hijos de adopción.

Nos asumiste, entonces, tales y como éramos

con todo el precio de nuestra miseria y debilidad,

y has hecho de nosotros hermanos de Jesús.

A fin de que nuestra vida ya no nos pertenezca,

sino que sea tuya por tu Hijo Jesús,

que por nosotros murió y resucitó,

tú nos enviaste el Espíritu Santo

que prosigue su obra en el mundo,

transformándonos poco a poco

en la imagen de tu Hijo.

Saludamos en María, nuestra hermana de humanidad,

a aquella en quien esa transformación

llegó a su perfección

–«la más semejante a Cristo de todas las creaturas»– (VD 120).

Pero en Ella no tenemos tan sólo

un modelo precioso que admirar;

es también para cada uno de nosotros

una madre que nos brinda la vida.

Concédenos, Señor y Padre nuestro,

tomar conciencia en la fe

de esa vida nueva, de esa vida divina,

de esa vida de amor, que nos va invadiendo poco a poco.

Cada día, concédenos

«hacer las cosas pequeñas como si fueran grandes,

por causa de Jesús que en nosotros las realiza» (Pascal).

Finalmente, concédenos,

que nos dejemos transformar

a imagen de tu Hijo Jesús,

por María, nuestra Madre, que nos lleva en su fe

hasta el día de nuestra muerte,

que será nuestro verdadero nacimiento.

 

 

 

VII. UNA ENCARNACION QUE PROSIGUE

 

 

La Encarnación no ha terminado; apenas ha comenzado. Jesús ha nacido en Belén para comunicarnos su vida, como la Cabeza de un gran Cuerpo cuyos miembros somos nosotros. Tiene, pues, que nacer también en cada uno de nosotros. Pero entonces María, Madre de Jesús, debe ser también la nuestra y seguir "encarnado" a su Hijo en nosotros, por el Espíritu Santo. Con Montfort, se podría decir ante esta nueva vida –la de Jesús en nosotros– que "no hemos nacido todavía". Como la creación, María "primera Iglesia" [es el título de un librito escrito por el Card. Ratzinger y Urs von Balthasar] está aún "en trabajo de engendrar y dar a luz" y nosotros tenemos hoy que dejarnos formar por ella, como hijos.

 

1. UN CRISTO AUN INCONCLUSO

 

La Encarnación no ha terminado: «Dios Hijo –escribe Montfort– quiere formarse y, por decirlo así, encarnarse todos los días en los miembros de su Cuerpo Místico...» (VD 31). Lo que aconteció en la Anunciación, en Belén era el alumbramiento de Jesús. Pero Jesús, absolutamente solo, no existe. Sin su Padre, Jesús no es nada. Pero sin nosotros, después de la Anunciación, tampoco es el verdadero Jesús.

 

El "Cristo total"

Somos –ya lo vimos– no sólo sus amigos, sus hermanos, sino también su esposa, sus miembros, su cuerpo: estamos llamados a formar uno solo con El. El "Cristo total" es Jesús y sus miembros. No basta que Jesús haya nacido como Cabeza del Cuerpo, tiene también que nacer en cada uno de sus miembros. No basta que haya nacido –como dice Montfort– "para todo el mundo en general", tiene que nacer también "para cada uno en particular", sino no será jamás el "Cristo total". No será jamás sino un Cristo "parcial", "inacabado".

"¡Un Cristo inacabado!" Quizá necesitamos expresiones como ésta, para "despertarnos" y ayúdanos a tomar conciencia –aunque sea sólo en parte– de las maravillas que estamos viviendo. El Hijo que el Padre nos ha dado, porque "nos ha amado tanto", es un Hijo, un Cristo "inacabado", que apenas está "comenzando"... Hay que continuarlo. Dios nos ama demasiado. Nos respeta demasiado para hacerlo todo y nosotros nada. Dios es Padre, verdaderamente. No es paternalista. Entonces, ese Hijo que pudiera habernos dado "terminado", "completo", "acabado", sin colaboración alguna de nuestra parte para construirlo, ha querido hacerlo con nosotros, con nuestra participación. En cierto sentido se podría incluso decir que, para nosotros, nada está aún hecho. Porque, para un "miembro" del Cuerpo, para un "sarmiento" de la "vid", la vida comienza a partir del momento en que esa vida penetra en él. «De qué serviría que Jesús haya nacido en Belén en otro tiempo, si no nace hoy en tu corazón?» (Angelus Silesius). Ayer, ¡muy bien!, pero existe también el hoy. La "cabeza", ¡muy bien!, pero existen también los miembros.

San Pablo sentía muy fuertemente esa "falta de plenitud" de Cristo, en particular en su Pasión: «Voy completando en mi carne mortal –escribe los Colosenses– lo que falta a las penalidades del Mesías por su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). Pero, antes de que Cristo sufra en nosotros, tiene que nacer en nosotros, y crecer e invadirnos poco a poco con su vida. Es lo que Montfort quiere decir cuando escribe: «Dios Hijo quiere formarse y, por decirlo así, encarnarse todos los días... en sus miembros...» (VD 31). Es como si dijera que falta algo no sólo a los padecimientos de Cristo por su Cuerpo, sino también y ante todo al nacimiento de Cristo en su Cuerpo, que es la Iglesia. La espiritualidad monfortiana es una espiritualidad de la Cruz, pero es también y ante todo una espiritualidad de la Encarnación, la de ayer (en la Anunciación) pero aún más la de hoy. En estos dos polos

ayer y hoy

el comienzo y el fin

"la cabeza" y los "miembros"

"para todo el mundo en general"

y "para cada hombre en particular"

encontramos una especie de constante del pensamiento de Montfort que establece muy fuertemente al comienzo del Tratado de la Verdadera Devoción: «Por medio de la Sma. Virgen María vino Jesucristo al mundo, y por medio de ella debe también reinar en el mundo» (VD 1). Lo que aconteció ayer, en "la primera venida de Jesucristo", para la "cabeza" de su Cuerpo, y para todo "el mundo en general", acontece todavía hoy, en "la segunda venida de Jesucristo", para los miembros de su Cuerpo y para cada hombre en particular. Entre estos dos "polos", hay –dice Montfort– "una secuencia lógica necesaria" (VD 32). Completo también hoy en mi carne lo que falta a su Encarnación. «La Encarnación de Dios no culmina en Cristo, sino en toda la humanidad» (P. Varillon: Joie de croire, joie de vivre, pg. 281).

 

2. LA MISMA MADRE QUE DIOS

 

¡Tenemos la misma Madre que Dios! Dado que somos los "miembros" de Jesús, que somos su Cuerpo ("Uds. son el Cuerpo de Cristo..." [1 Cor 12,27]), que vivimos de su vida, que somos uno con El, no podemos tener otra madre que la suya. Por una "secuencia necesaria" –la misma de que acabamos de hablar–, dice Montfort, María, que ha dado a luz la "cabeza" del Cuerpo de Cristo, engendra y da a luz hoy ha sus miembros, que somos nosotros.

 

Dios tiene secuencia lógica en las ideas

Dios tiene secuencia lógica en las ideas: «La forma en que procedieron las tres divinas personas de la Sma. Trinidad en la encarnación y primera venida de Jesucristo, la siguen observando todos los días de manera invisible, en la santa Iglesia, y la mantendrán hasta el fin de los siglos en la última venida de Jesucristo» (VD 22). Si Jesús nació ayer del Espíritu Santo y de María, todavía hoy nace en sus miembros del Espíritu Santo y de María. María no es sólo la madre de Jesús; lo es también de todos los hermanos de él, de todos sus miembros.

El mismo Jesús, desde lo alto de la cruz –cuando la Iglesia está naciendo de la "llaga" de su costado abierto– nos da su madre: «Al ver a su madre y a su lado al discípulo preferido, dijo Jesús: «Mujer, ése es tu hijo». Y luego al discípulo: «Esa es tu madre» (Jn 19,26-27). La escena es tanto más sorprendente dado que, indudablemente –de acuerdo con ciertos especialistas– la verdadera madre de Juan (¿Salomé?), a quien todo el mundo piensa que es su "verdadera" y única madre, está ahí, al pie de la cruz (es una de las cuatro mujeres que el evangelista muestra "junto a la cruz de Jesús")» Y delante de ella Jesús se atreve a decirle a su hijo –dirigiéndose a María: «Esa es tu madre». Porque Juan no es únicamente su hijo. Ha recibido otra vida, la de Jesús que se ha injertado en la suya; tiene por tanto que renacer a esa nueva vida y recibirla, como Jesús, de María y del Espíritu Santo que Jesús entrega precisamente al morir, en una especie de Pentecostés sobre el mundo: «... e inclinando la cabeza, comunica el Espíritu» (Jn 19,30).

 

Secuencia entre la naturaleza y la gracia

Es evidente que la "secuencia en las ideas" de Dios está inscrita en la vida. Es primero secuencia en la "naturaleza de las cosas", o mejor una secuencia entre naturaleza y gracia. «Ninguna madre –dice Montfort– da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza... Del mismo modo, en el orden de la gracia, la Cabeza y los miembros nacen de la misma madre. Y si un miembro del Cuerpo Místico de Jesucristo... naciese de una madre que no sea María... no sería... un miembro de Jesucristo» (VD 32). A causa de esta correspondencia entre la naturaleza y la gracia, a causa de esta unidad profunda entre Jesús y nosotros no podemos tener una madre diferente de la suya. Retomando las enseñanzas del Concilio Vaticano II y las proclamas de Pablo VI, afirma muchas veces Juan Pablo II en su reciente encíclica mariana que María es "Madre de la Iglesia" (RM 24,44.47), es decir de Cristo y de sus miembros que no constituyen sino uno con El. «Creemos que la Sma. Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, prosigue en el cielo su oficio materno respecto de los miembros de Cristo, cooperando en el nacimiento y desarrollo de la vida divina, en las almas de los redimidos» (RM 47 y Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios 15).

 

Secuencia dentro de la naturaleza misma

Cuando decimos a la Virgen en nuestra oración: «...y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús», a menudo sólo pensamos en el pasado; pero se trata de una realidad presente, de hoy. Jesús, nos dice Montfort, es hoy como siempre el fruto de María; así lo repiten millares de veces todos los días el cielo y la tierra, «Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...», de suerte que si algún fiel tiene a Jesucristo formado en su corazón, puede decir con osadía: «¡Gracias mil a María, lo que poseo es obra y fruto suyos!» (VD 33). Que Cristo haya sido formado ayer en Jesús, o que hoy lo sea en mí, o también, que sea formado, en el curso de la historia, "para todo el mundo en general", no cambia mayor cosa a la realidad esencial que es siempre la misma: Jesús es siempre el fruto de María y del Espíritu Santo. «Quien desee tener este fruto admirable en su corazón debe poseer el árbol que lo produce: quien quiera tener a Jesús, debe tener a María» (ASE 204; ver VD 44.264.218).

 

3. «AUN NO HEMOS NACIDO»

 

Si san Pablo nos presenta a la creación entera "gimiendo con dolores de parto", no es quizá sorprendente que nosotros «gimamos también interiormente esperando la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8,22-23). El "mundo antiguo" no se ha terminado todavía (Apoc 21,4) incluso si el nuevo está ya presente y "trabaja" ya desde dentro al antiguo. «Lo que seremos no se ha manifestado todavía» (1 Jn 3,2).

 

Una muerte que es un nacimiento

El P. de Montfort traduce esta realidad mediante una imagen que toma de san Agustín: «Todos los predestinados, (es decir los miembros del Cuerpo de Cristo), escribe, para asemejarse realmente al Hijo de Dios, están ocultos, mientras viven en este mundo, en el seno de la Sma. Virgen, donde esta Madre bondadosa los protege, alimenta, mantiene y hace crecer...hasta que los da a luz para la gloria después de la muerte, que es, a decir verdad, el día de su nacimiento como llama la Iglesia a la muerte de los justos» (VD 33 y SM 14).

 

Una muerte que es un nacimiento

El P. de Montfort traduce esta realidad mediante una imagen que toma de san Agustín: «Todos los predestinados, (es decir los miembros del Cuerpo de Cristo), escribe, para asemejarse realmente al Hijo de Dios, están ocultos, mientras viven en este mundo, en el seno de la Sma. Virgen, donde esta Madre bondadosa los protege, alimenta, mantiene y hace crecer... hasta que los da a luz para la gloria después de la muerte, que es, a decir verdad, el día de su nacimiento como llama la Iglesia a la muerte de los justos» (VD 33 y SM 14).

Podría decirse que toda la vida ha cambiado. No caminamos hacia la muerte sino hacia el nacimiento. O mejor, la muerte misma ha cambiado. La muerte ya no es muerte: es un nacimiento, es nuestro verdadero nacimiento, del cual el primero era sólo un anuncio y una promesa. ¿Y nuestra niñez? También ha cambiado de sitio como nuestro nacimiento. No está detrás, sino delante de nosotros: «Si no se hacen como estos pequeños, no entrarán en el Reino de Dios» (Mt 18,3).

 

Una niñez por venir

Evidentemente no se trata de quedarse en la niñez, sino como dice Jesús de "hacerse" niños. Ese abandono total que hemos vivido como a pesar nuestro, en el seno de nuestra madre y en los primeros años de nuestra vida, tenemos hoy que vivirlo consciente y libremente, por haber descubierto todo el valor de la confianza y del amor. «He nacido muy viejo –escribe Juan Sulivan– ahora camino hacia mi nacimiento». La "vejez" consistía en "sufrir" la dependencia, sin haber optado por ella; la vejez es también –incluso en nuestra aparente madurez– confiar únicamente en nuestra acción, crisparnos sobre lo que hacemos, juzgándolo muy importante, tomándolo muy en serio. La verdadera "juventud" y la "niñez" verdadera que están delante de nosotros, consisten quizá en tomar un tanto menos en serio lo que hacemos, nuestros planes y hasta nuestras ideas, y confiar un poco más en la gracia.

 

4. COMO NIÑOS

 

Es verdad que el P. de Montfort nos llama a vivir como niños «que dependen para todo de la solicitud de su madre». «Como el niño saca todo su alimento de la madre que se lo da proporcionado a su debilidad, así los predestinados sacan todo su alimento espiritual y toda su fuerza de María» (SM 14). Hay que abandonarse –añade– como un instrumento entre sus manos «a fin de que actúe en nosotros, y haga de nosotros y en favor nuestro lo que mejor le parezca a la mayor gloria de su Hijo y del Padre del cielo. No hay, pues, vida interior ni acción espiritual posibles que no dependan de ella» (SM 46). Es una dependencia, que mal entendida puede fácilmente parecer un regreso a lo pueril, un regreso a la madre que impide a los seres madurar realmente, convertirse en adultos responsables. En realidad se trata de algo muy diferente.

 

"Animados por el Espíritu"

Se trata de dejarse animar por el Espíritu Santo porque somos hijos de Dios: «Hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios» (Rom 8,14), porque tenemos la misma vida que Jesús, que estaba animado en lo más profundo de sí mismo, por el Espíritu. El Espíritu lo conduce, lo impulsa, lo transporta de júbilo... (Lc 10,21). El mismo Espíritu, el de Jesús, anima a María: «Ella no se condujo jamás por su propio espíritu, sino por el Espíritu de Dios que se posesionó en tal forma de ella que llegó a hacerse su propio espíritu» (VD 258). Al dejarme llevar por ella como un niño, me anima el espíritu de Jesús, que la llena totalmente.

Todo esto, es evidente, no se realiza sin grandes renuncias; ésas que ya hemos encontrado y que hacen de esta vida nuestra de niños todo lo contrario de un abandono pueril. Indudablemente se necesita mayor renuncia, verdadera madurez, para dejarse llevar renunciando al propio espíritu, que para obrar por cuenta propia o pretender actuar directamente por Dios.

 

Una experiencia pascual de verdadera madurez

Vivir "como niños" nos lleva también a una experiencia pascual. Si es muy cierto que "perdiendo la vida" se la "salva" y escogiendo el último sitio se encuentra el "primero", lo es quizá también que al aceptar "hacerse niños" (Mt 18,2) se hace uno verdaderamente adulto en la fe. Una vez más, no se trata de renunciar a obrar, trabajar, reflexionar. Nada se hará sin nosotros, sin nuestra acción, sin nuestro trabajo; pero nada se hará tampoco sin el Espíritu Santo; y es verdadera "madurez" reconocerlo y sobre todo obrar en consecuencia. ¡Cuántas falsas virilidades se manifiestan a veces en actividades desbordantes que se toman demasiado en serio o en reflexiones que no dejan ningún sitio a la oración! Cuando creo demasiado en la importancia de mi actuación (¡es evidente que sin mí jamás llegará el Reino de Dios!), es posible que me manifieste mucho más niño ("en cuestión de discernimiento", como dice san Pablo) que quien todavía "reza su rosario" porque quiere conservar este humilde medio para dejarse llevar por el Espíritu de Dios. Tengo que dar, pero también recibir. Tengo que darme, pero también aceptarme. "Dando se recibe", dice san Francisco de Asís, pero también "recibiendo se da", "aceptándose se da uno". Habrá una imagen más vigorosa de esta forma de recibir –de aceptarnos– del Espíritu Santo y de la Iglesia, que el ser engendrado y recibirlo todo de la madre?

 

5. LA ASUNCION: MISTERIO DE NACIMIENTO

 

Si la Virgen María recibió –junto con la Iglesia– la misión de seguir concibiendo a los miembros de su Hijo por el Espíritu Santo, debió recibir los "medios" para cumplir esa misión. «No puede –nos dice Montfort– "formar" a los hijos de Dios, alimentarlos, dar los a luz para la eternidad, como madre suya...formarlos en Jesucristo y a Jesucristo en ellos... y ser la compañera indisoluble del Espíritu Santo para todas las obras de la gracia. No puede realizar todo esto, si no tiene derecho ni dominio sobre sus almas por gracia singular del Altísimo, que, habiéndole dado poder sobre su Hijo único y natural, se lo ha comunicado también sobre sus hijos adoptivos, no sólo en cuanto al cuerpo –lo que sería poca cosa–, sino también en cuanto al alma» (VD 37).

En realidad, dado que se trata de un "poder para encarnar", "para dar a luz", este derecho, este "dominio", este "poder" son antes que nada una presencia que da a María, madre nuestra, los medios para cumplir su misión. Aquí no hay "formación" posible a distancia. Si la Virgen María nos engendra hoy misteriosamente a la vida nueva que crece en nosotros, debe estar "presente" en nosotros. Si es imposible separar la cabeza de los miembros del cuerpo, tampoco se puede separar a la madre del niño que ella está "formando". Ambos deben estar en contacto, sin distancias que les impidan unirse.

 

La Asunción misterio de presencia

¿No es la Asunción, para María, el "misterio" que le permite (el medio que Dios le dio) para hacerse "presente" a sus hijos a quienes tiene por misión "formar" y "ayudar a crecer"? Así como la resurrección de Jesús le permite a El hacerse presente a todos los hombres –en todo tiempo y lugar– por ser los miembros de su Cuerpo, y por no poder separar la cabeza de los miembros (VD 2), del mismo modo, al entrar en su Asunción, María –siendo creatura y todo– asumió todas sus dimensiones en el tiempo y el espacio, para hacerse "presente" a nosotros, para unirse a nosotros. Antes de su resurrección, Jesús estaba limitado por el espacio y el tiempo, "no podía ser sino un hombre para algunos": para los que el Padre le había "dado". Su resurrección al hacer estallar todos los límites de tiempo y espacio, le permitió convertirse en "hombre para todos" y constituir con nosotros, hermanos suyos, un solo gran Cuerpo: la Iglesia. Igualmente, antes de su Asunción, María estaba también limitada, sólo podía ser "una mujer para algunos", "una madre para algunos": para Jesús, Juan, los primeros discípulos... Al resucitar, también ella, como su Hijo y en dependencia de El, se independiza del espacio y del tiempo... y del número. ¿Qué le importa ahora que haya millares de seres humanos? Se ha convertido en "una mujer para todos, una madre universal con las dimensiones del mundo y de la humanidad".

 

Una Mujer para el mundo

Cuando el Apocalipsis nos presenta a la comunidad de los creyentes y, por tanto, en cierta forma, a María, que es la personificación de la Iglesia, como una Mujer revestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en la cabeza (ver Apoc 12,1-2), nos describe en cierta forma la Asunción. El espacio, el tiempo, el número quedan superados: sólo existen una Mujer y un Niño para "todas las naciones" (Apoc 12,5). Incluso si Montfort habla poco de la Asunción (como insiste poco en la Resurrección), la realidad del "misterio" está constantemente presente en la imagen de esa "Mujer" de dimensiones como el mundo cuya misión es "ser la compañera indisoluble del Espíritu Santo", a fin de "formar" con él a todos los hijos de Dios.

 

6. LA CASA, LA HEREDAD Y EL ARBOL

 

En Belén, María no ha hecho sino "comenzar" a Jesús. Pero su misión no ha terminado. La "prosigue" hoy en todos sus miembros que somos nosotros. Para hacernos comprender mejor esa "Misión" de María que continúa hoy, Montfort nos la presenta con tres imágenes que corresponden a cada una de las tres divinas personas. El Padre encarga a María poner "su morada en Jacob"; el Hijo le pide "hacer de Israel su heredad". Finalmente el Espíritu Santo dice a María: «Echa, amada esposa mía, raíces en mis elegidos...» (SM 15; VD 29. 31. 34; ASE 23). Montfort había encontrado estas imágenes en el libro del Eclesiástico (24,8.12), en el que Dios confía a la Sabiduría esa triple misión. Y no duda en desplazar la atribución: «Dios Padre ha dicho a María: Pon, hija mía, tu morada en Jacob...» (SM 15). Para vivir esa Encarnación continua de Cristo viviente en cada uno de nosotros, debemos hacer la experiencia de una triple relación con quien es nuestra Madre: debemos ante todo ser su casa, aceptar que ella que es la "casa de Dios", haga de nosotros su morada. Realidad que Montfort ha cantado:

«De la fe, tras el tenue velo,

en mi pecho yo la grabé,

con celestiales resplandores.

¡Dicha tanta nunca soñé!» (CT 77,15).

Debemos igualmente, para vivir mejor nuestra relación con el Hijo, aceptar la heredad de María, o sea, pertenecer a aquellos y aquellas que el Padre le ha "dado", con su Hijo preferido. Y, por último, para mejor vivir nuestra relación con el Espíritu Santo, debemos permitir a María echar en nosotros "las raíces de sus virtudes", de su "fe invencible", de su "humildad profunda..." (VD 34). ...A la imagen del árbol y del fruto, se sobrepone la del árbol y las raíces. En efecto, ¿podría el "Arbol de vida" producir su fruto que es Jesús, sin poder echar sus raíces en profundidad en aquel que lo acoge? Y, entonces, –«cuando María ha echado raíces en un alma–, realiza allí las maravillas de la gracia que sólo ella puede realizar... en unión del Espíritu Santo...» (VD 35).

 

CUESTIONARIO

 

1.  Tanto el P. de Montfort (vgr. VD 31) como Juan Pablo II (RM) insisten en que la Encarnación no ha terminado, sino que se prolonga por la fuerza del Espíritu Santo y la colaboración de María, ¿en qué sentido es esto cierto? Y ¿en cuánto nos concierne?

2.  ¿Qué es el "Cristo total"? ¿En qué sentido es María Madre del "Cristo total"? (VD 61). ¿Cuál es aquí la acción del Espíritu Santo?

3.  ¿Por qué afirma el P. de Montfort que "aún no hemos nacido"?

4.  La idea del molde no es acaso una idea alienante? ¿Cuál es entonces el sentido de la "disponibilidad" como virtud fundamental del consagrado?

5.  ¿Qué papel juega la Asunción en este contexto?

6.  ¿Cómo implica el P. de Montfort la acción de la Sma. Trinidad en la presencia de María en nuestra vida?

7.  ¿Qué sentido tiene en Montfort la figura del árbol de la vida y qué aspectos de nuestra experiencia de Dios quiere subrayar?

 

ORACION

 

Señor Jesucristo:

mira que, a los ojos de la fe

mientras gira la vida cada día,

tu Encarnación prosigue hoy

en cada uno de tus miembros que somos nosotros.

"Celebramos Navidad todos los días",

porque el Espíritu Santo y María, cuyo "fruto" eres tú,

siguen haciéndote nacer y crecer

en tu cuerpo que es la Iglesia.

Te damos gracias y te glorificamos

por esta maravilla que estamos viviendo.

Concédenos que te «reconozcamos

como Señor en nuestros corazones» (1 Pe 3,15)

y que también te reconozcamos y te amemos

en todos aquellos con quienes nos cruzamos cada día.

Vives y creces en ellos,

y tu Espíritu se encuentra ya a la obra

en todos aquellos que aún no te conocen.

Danos una tierna y verdadera devoción a María,

tu Madre y Madre nuestra, pues con Ella y por Ella,

lleva el Espíritu Santo a plenitud

su obra de divinización, haciéndote crecer en nosotros,

«hasta tu edad perfecta» (Ef 4,13).

Haz que un día podamos decirte con toda verdad:

«Ya no vivo yo, tú vives en mí» (Gal 2,20).

Porque entonces serás «todo en todos» (Col 3,11).

 

 

 

VIII. UN PADRE QUE ES DIOS Y UNA MADRE QUE ES MARIA

 

 

«Así como, en el orden natural, todo niño necesariamente tiene un padre y una madre, del mismo modo, en el orden de la gracia, todo verdadero hijo de la Iglesia debe tener a Dios por Padre y a María por Madre. Y quien se jacte de tener a Dios por Padre, pero no muestra hacia María la ternura de un verdadero hijo, no será más que un impostor...» (SM 11).

Si la Encarnación prosigue hoy tal como comenzó, si los "otros Cristos" que somos nosotros, nacen del mismo modo que Jesús del Espíritu Santo y de María, entonces también como él somos hijos del Padre y de María. No sólo tenemos el mismo Padre, sino también la misma Madre. Cuatro razones pueden ayudarnos a penetrar en esta verdad de vida. Si todos tenemos no sólo un Padre que es Dios sino también una Madre que es María, hermana nuestra en humanidad, ello es ante todo cuestión de "pobreza", pero también cuestión de humanidad, de "participación" y de verdad.

 

1. CUESTION DE «POBREZA»

 

Cuando recitamos el Padrenuestro, lo hacemos con frecuencia de carrera y llegamos al final de la oración, sin la menor inquietud. ¡Y sin embargo! Acontece que hay niños o santos que, presa de vértigo, se detienen desde las primeras palabras. "Padre nuestro". ¡Qué fácil decirlo! Un tanto más difícil, quizá hasta imposible... vivirlo, cuando hacemos como lo pide Montfort "una seria reflexión" (VD 139), acerca de nuestra condición de hijos de Dios.

 

¿Tener a Dios por Padre?

Quizá es suficiente pasearnos de noche, bajo un hermoso cielo de invierno, y contemplar las estrellas. ¿No era esto lo que Dios pedía a nuestro padre en la fe? «Dios dijo a Abrahán: alza los ojos al cielo, y cuenta, si puedes, las estrellas... (Gn 15,5). Como él, contemplo los astros, no intento siquiera contarlos, pienso en sus distancias: la estrella más cercana: cuatro años luz... la galaxia de Andrómeda que puedo percibir como una pequeña mancha blanca en un ángulo perdido del firmamento, se halla a 1.900.000 años luz, o dos millones (los sabios no lo saben con exactitud, ¡tan lejanas! Me detengo, cierro los ojos. Me dejo penetrar por lo infinitamente grande y pienso: al creador de todas estas maravillas (porque pienso también en lo "infinitamente pequeño", en lo "infinitamente complejo"), al "Altísimo", al "Infinito", ¡puedo llamarlo "Padre"! ¿Cómo es posible? ¡Tener el mismo Padre que Dios! Porque es exactamente eso: Jesús es Dios y tengo por Padre al mismo Padre que El. ¿Qué llegaré a ser? Porque no sólo soy creatura (entre Dios y yo, hay precisamente una distancia infinita) sino que soy... ¡pecador! «Aléjate de mí, que soy un pecador», le decía Pedro a Jesús.

 

¿Dios hermano nuestro?

Ciertamente, para acercarnos al Padre, tenemos a Jesús que es nuestro "mediador", pero el P. de Montfort no duda en decir que «Necesitamos de un mediador ante el Mediador mismo» (4ª Verdad fundamental: VD 83-86). «No es Jesús, acaso, Dios igual en todo a su Padre, y, por consiguiente, el Santo de los santos, tan digno de respeto como su Padre?» (VD 85). ¡Tampoco es nada tener a Dios por Hermano nuestro! Quizá incluso es más difícil que tenerlo por Padre, a causa de la cercanía insoportable: «Aléjate de mí, que soy un pecador».

 

La Sabiduría va a venir a nosotros...

En El Amor de la Sabiduría Eterna, imagina Montfort un instante en que vamos a recibir el don de la Sabiduría: la Sabiduría va a venir a nosotros, ¡qué maravilla! Pero, ¡ay! Se ve perfectamente, nos dice Montfort en su estilo, que no tenemos ni idea de la grandeza de Dios, de su santidad ni de nuestra condición de pecadores. No nos portamos como si no tuviéramos conciencia de ello... ¿Creemos acaso que podemos brindar asilo a lo Infinito del Amor en nuestro miserable corazón? «¿Qué casa, qué lugar, qué trono ofreceremos a una Reina tan pura y resplandeciente, ante la cual los rayos del sol no son sino fango y tinieblas?... ¿Nuestro corazón? ¿Ignoras, quizá, que nuestro corazón está manchado e impuro, es carnal y está lleno de múltiples pasiones y, por tanto, es indigno de hospedar a tan santo y noble huésped?» (ASE 209.210). En el fondo, Montfort nos reprocha esa falta de "respeto a Dios" de que habla la Escritura y que no es quizá otra cosa que la conciencia de la grandeza de lo que vivimos. ¡Ah! ¡Si supiéramos! Pero, ¡ay!, no sabemos lo que vivimos.

Y cuando se recibe la gracia de "saber lo que vivimos", de tomar conciencia –aunque sea sólo en mínima parte– lo que significa ser "hijos del Padre", nosotros "pobres pecadores"... entonces nos sentiremos contentos de tener también una Madre que es María. La vida de Dios que recibo del Padre infinitamente santo y grande, si al mismo tiempo no la recibiera de María, no la podría soportar seguramente; quedaría como "aplastado" por el "peso de la gloria". María viene a humanizar a Dios, a humanizar al Amor y hacer muy sencillamente que sea posible y vivible para un ser humano y un pecador: "Ruega por nosotros, pecadores". Cuando tomo conciencia de que con el mismo amor con que me ama el Dios Altísimo, me ama al mismo tiempo el corazón de una persona humana, María, hermana en humanidad, entonces, –como decía el viejo Padre Monier–, "¡Esto funciona!"

 

Un gran desequilibrio

Sí, ¡esto funciona!, y sin embargo, al reflexionar en ello, percibimos que nuestra vida de hijos de Dios –al igual que la de Cristo– está edificada sobre un inmenso desequilibrio, tal como sólo seguramente el Amor lo puede construir. Esa vida nueva que crece en mí, la estoy recibiendo de dos fuentes que ciertamente no se hallan al mismo nivel: mi Padre es Dios (tú, "Padre nuestro que estás en el cielo"), Altísimo, infinito, y mi madre es María, pequeñita, "la humilde María", dice Montfort (VD 157). Uno puede escandalizarse o sonreír ante semejante desequilibrio. En realidad hay que avanzar todavía un poco más. Porque el Amor sobre todo cuando es Dios (1 Jn 4,8.16), lo vuelve todo al revés. Recordémoslo: el amor engrandece lo pequeño, y empequeñece lo grande. María es verdaderamente Madre de Dios sin dejar un solo instante de ser creatura. Y Dios, nuestro Padre, acepta "anonadarse" en su Hijo Jesucristo sin dejar de ser Dios. «El que es, dice Montfort, quiso venir a lo que no es y hacer que lo que no es se convierta en Dios o en el Que es; lo ha hecho con toda perfección entregándose y sometiéndose totalmente a la joven Virgen María, sin dejar de ser al mismo tiempo el Que es desde toda la eternidad...» (VD 157).

En el fondo, resulta casi tan difícil para nosotros decirle a María "Madre" como a Dios "Padre", aunque las razones no sean las mismas. A Dios, porque es demasiado grande. A María, porque es demasiado pequeña. Muy, pero muy pequeña. "La pequeña María" (VD 157) de quince años, y meramente humana: ¡convertirse en Madre de Dios y de la humanidad! Pero nada es demasiado pequeño para el Altísimo cuando su amor quiere mostrarse magnánimo.

 

2. CUESTION DE HUMANIDAD

 

Si María es nuestra Madre, esto es también cuestión de humanidad. «Así como en la generación natural y corporal, concurren el padre y la madre, también en la generación sobrenatural y espiritual hay un Padre, que es Dios, y una Madre, que es María» (VD 30). En esta vigorosísima afirmación, la expresión importante es "así como": «así como en la generación natural... también en la generación sobrenatural...», un "así como" de semejanzas tanto más desconcertantes cuanto que, por lo demás, Montfort (sobre todo cuando habla de la Sabiduría de Dios en contraposición a la sabiduría humana marcada por el pecado) no cesa de insistir en la diferencia e incluso en la oposición entre Dios y nosotros. La sabiduría del mundo es tan contraria a la sabiduría de Dios "como las tinieblas a la luz y la muerte a la vida" (ASE 199). En realidad lo que Montfort contrapone, cuando insiste en las diferencias, no es a Dios y el hombre, a la gracia y la naturaleza, sino a la gracia y el pecado. Si no existiera el pecado en el mundo, no habría oposición entre la sabiduría del hombre y la sabiduría de Dios, ni habría "paradojas" en el Evangelio; sólo habría "parábolas". Porque Jesús no habla sólo en "parábolas" sino también en "paradojas".

 

Paradojas y parábolas

Cuando Jesús habla en parábolas dice: el reino de Dios es como la vida...: «el sembrador salió a sembrar..., un hombre tenía dos hijos..., una mujer tenía diez dracmas y perdió una..., ¿quién de Uds., si su hijo le pide pan, le da una piedra...?» (Mt 13,3; Lc 15,11; 15,8; Mt 7,9).

Pero cuando Jesús dice "paradojas", dice al contrario: el reino de Dios no es exactamente como en la vida: en la vida «los jefes de las naciones las tiranizan y los grandes las oprimen. No será así entre Uds.; al contrario, el que quiera subir, sea servidor suyo...» (Mt 20,25). En el mundo, ganando la vida se la salva, pero en el reino, sucede al contrario, el que pierde la vida la encuentra (Mt 16,25.26). En el mundo, si quieres ser el primero, tienes que colocarte en el primer lugar; en el reino, por el contrario, ¿quieres ser le primero?, ponte en el último lugar (Mc 10,44; Lc 14,10). Podríamos decir que, así como el Evangelio, del que no es sino una "lectura" entre otras, el pensamiento monfortiano se realiza por la unión muy estrecha entre "paradojas" y "parábolas". Las "paradojas" gravitan en torno a la Cruz. Y las "parábolas", en torno a María. La cruz nos dice que «los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos» (Is 55,11) y que entre el pecado y el amor hay una oposición total. Pero María nos recuerda que el hombre tal como fue creado "a imagen y semejanza de Dios", es fundamentalmente bueno, porque a imagen de su vida de hombre humana se le restituye la vida de Dios.

 

Un Padre y una Madre

Sí, el reino de Dios se parece a la vida humana: tenemos un padre y una madre en la tierra, y tenemos también un Padre y una Madre en el cielo. El Padre de Montfort añade incluso: «Quien no tiene a María por Madre no tiene a Dios por Padre» (VD 30). Si en la vida humana, tenemos un papá y una mamá, ¿cómo será posible que en nuestra vida divina, tengamos sólo un Padre, y no una Madre? Todo mundo diría "¡no es humano!". Los niños lo saben mejor que nosotros: Un día un niño de cinco años aprendía a hacer la señal de la Cruz que la madre le hacía repetir con mucha paciencia: "En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo...: repite conmigo". Y el niño repetía, naturalmente, mezclándolo todo, como hacen los chicuelos.

– No, hijo mío, no se dice: En el nombre del Padre y del Espíritu Santo..., repite ahora conmigo: "En el nombre del Padre y del Hijo..."

– ¿Y después? - Del Espíritu Santo.

– ¿Y del Espíritu Santo?

– Sí, ... y del Espíritu Santo.

El niño se detiene un momento, mira a su madre, y de repente, luego de un silencio, exclama:

– ¿Y la madre, dónde está?

Ese niño que tenía frente a su madre y no sabía qué hacer con el Espíritu Santo, había comprendido claramente que si él, niño de cinco años, tenía una mamá, el "Hijo" del "Padre" debía ciertamente tener también una.

 

¿Huérfanos espirituales?

¡Qué pena! Lo que los niños saben muy bien, lo hemos olvidado nosotros. Como para tantas otras cosas, nos hace falta ponernos a la escuela de las evidencias y de los niños. O reconocer que lo "divino" no tiene mayor cosa que ver con lo "humano", que están totalmente desvinculados el uno del otro. Pero, ¿cómo es posible entonces, sobre todo hoy cuando se habla tanto de promoción del "hombre" en general, y de la "mujer" en particular? Y sin embargo, ¡cuántos hay entre nosotros que viven como cristianos nacidos de "madre desconocida"!, o esa madre que tuvieron, la perdieron o...la olvidaron. ¡Se volvieron huérfanos espirituales!

 

3. CUESTION DE PARTICIPACION

 

Si María es nuestra madre, si el Espíritu Santo no quiso hacer nada sin la "pobreza" de su humanidad, de su virginidad, es también cuestión de "participación". Dios nos ama demasiado para hacerlo todo él sólo. María representa, –primero para el nacimiento de Jesús– pero también para el de los demás Cristos, que somos nosotros, la participación de la humanidad. "Hacen falta dos para hacer un niño": hacen falta dos también para hacer un hijo de Dios: el Espíritu Santo y la humanidad, el Espíritu Santo y la Iglesia, el Espíritu Santo y María. María representa la participación de la humanidad, de la Iglesia, esposa de Dios para el nacimiento de Cristo en el mundo.

Aunque no emplee el término "participación", Montfort insiste en la "dependencia" que Dios quiso vivir haciéndolo todo sólo por María. Tanto para dar a luz a Cristo, como para hacernos miembros suyos hoy o para comunicarnos sus gracias y dones, quiso Dios y quiere todavía hoy necesitar de ella. Resumiendo en el No. 140 del Tratado de la Verdadera Devoción lo que había desarrollado ampliamente al comienzo del libro (VD 14-39), el P. de Montfort exclama, retomando para cada una de las tres personas divinas las tres grandes etapas de la Encarnación: «El Padre no dio ni da su Hijo sino por medio de María, no se forma hijos adoptivos ni comunica sus gracias sino por ella.

Dios hijo se hizo hombre para todos solamente por medio de María, no se forma ni nace cada día en las almas sino por ella en unión con el Espíritu Santo, ni comunica sus méritos y virtudes sino por ella.

El Espíritu Santo no formó a Jesucristo sino por María y sólo por ella forma a los miembros de su Cuerpo místico y reparte sus dones y virtudes» (VD 140).

 

La participación de la Iglesia

Pero las expresiones (como la repetición "por ella") no deben engañarnos. La participación de María no forma sino una sola realidad con la de la Iglesia, de la humanidad, de cada uno de nosotros. María brinda una participación perfecta (es la Inmaculada) y para todos (es la nueva Eva) y para siempre. Pero no se la debe desvincular de la Iglesia que también es "madre" y de cada uno de nosotros llamados también a participar en el nacimiento de Cristo en nosotros y en nuestros hermanos, por la fe. «¿Quién es mi madre?», preguntaba Jesús; y respondía él mismo: «Mi madre y mis hermanos, son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8,21). Por tanto, por la fe, por "la escucha de la palabra de Dios" que María ha vivido en perfección, puedo en cierta forma, yo también, con toda la Iglesia, compartir la vocación de María, madre de Jesús.

 

Como lo dice muy bien el Vaticano II: «...al contemplar la santidad misteriosa de la Virgen e imitando su caridad, cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, la Iglesia se hace a su vez madre, gracias a la Palabra de Dios que recibe en la fe: por la predicación, en efecto, y por el bautismo, engendra a la vida nueva e inmortal, de los hijos concebidos del Espíritu Santo y nacidos de Dios» (LG 64).

 

La paternidad del apóstol y la maternidad de María

El apóstol tiene también clara conciencia de que su obra evangelizadora no es sólo cuestión de técnica, de palabras y contactos: se trata de un "nacimiento". Y a quienes ha llevado la buena noticia se atreve a decirles: «Hijos míos, otra vez me causan dolores de parto, hasta que Cristo tome forma en Uds.» (Gal 4,19). «Como cristianos fui yo quien los engendré a Uds. con el evangelio» (1 Cor 4,15). Y Montfort recoge las expresiones, como eco, en su carta a los habitantes de Montbernage a quienes había predicado una misión: «...Me tomo la libertad de escribirles, antes de partir, como lo haría un padre afligido a sus hijos... ¡El cariño cristiano y paternal que les tengo es tan grande, que les llevaré siempre en el corazón, en la vida, en la muerte y en la eternidad» (CM 1). Pero esta paternidad del apóstol, esta maternidad de la Iglesia, forman una sola con la de María que es su fuente. «Y se pueden aplicar a María con mayor razón de la que tenía san Pablo para aplicárselas a sí mismo, estas palabras: Hijos míos, otra vez me causan dolores de parto hasta que Cristo tome forma en Uds.» (VD 33; ver RM 43).

 

La maternidad de María y la de la Iglesia

Ambas, María y la Iglesia, pronuncian estas palabras que son verdaderas de cada una de ellas y sus dos maternidades no son más que una. Cuando María, engendró en sí a Jesús por el Espíritu, dio comienzo a una experiencia que no terminará nunca, porque es una invitación lanzada a toda la humanidad a engendrar también a ella, por el Espíritu Santo y con María, a su Salvador. Pero también cuando la Iglesia, madre nuestra, engendra todos los días a los "hijos de Dios", sabe perfectamente que sólo la que dio al mundo la "Cabeza del Cuerpo" puede también engendrar hoy a sus miembros. Montfort no puso de manifiesto con mayor claridad ese vínculo entre la maternidad de María y la de la Iglesia como en esta frasecita de El Secreto de María: «Todo verdadero hijo de la Iglesia debe tener a Dios por Padre y a María por Madre» (SM 11). Los verdaderos hijos de la Iglesia son los del Padre y de María. Montfort anticipa así –podemos decir– las grandiosas intuiciones del Vaticano II que proclama: «En el ejercicio de su apostolado, la Iglesia vuelve los ojos a justo título hacia aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen precisamente a fin de nacer y crecer también por la Iglesia en el corazón de los fieles. La Virgen ha sido en su vida el modelo de ese amor materno del que deben hallarse animados cuantos, asociados a la misión apostólica de la Iglesia, trabajan en la regeneración de los hombres» (LG 64; ver RM 43).

La Encíclica de Juan Pablo II sobre la Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia insiste fuertemente en el vínculo entre María y la Iglesia. Ambas, María y la Iglesia, son "vírgenes y madres" (n. 42). Ambas engendran por la fe (43), dependen totalmente de Cristo, en su ser y en su actuar (38). Y sobre todo, ambas se iluminan mutuamente. Del mismo modo que el misterio de Cristo y de María se iluminan mutuamente, así sucede con el misterio de María y el de la Iglesia (n. 4.27.30.31).

 

4. CUESTION DE VERDAD

 

Fuera de ser una cuestión de "participación", se trata pues también de una cuestión de "verdad". Cuando Montfort estable con todo vigor que «Quien no tiene a María por Madre, no tiene a Dios por Padre» (VD 30), empalma en cierta forma con las palabras de Cristo a los fariseos que pretendían tener a Dios por Padre: «Si tuvieran a Dios por Padre, me amarían, porque yo procedo de El...» (Jn 8,42). Y coincide también con las palabras de san Juan: «Si uno dice: Amo a Dios, pero detesta a su hermano, es un mentiroso; quien no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo amará a Dios a quien no ve?» (1 Jn 4,20). En ambos casos se trata de una "llamada a la humanidad", a la Iglesia. Se podría traducir así: «¿Dicen que tienen a Dios por Padre? ¿Y se dirigen a El diciéndole: "Padre nuestro que estás en el cielo"? Comiencen entonces por considerar a la humanidad como madre. Por aceptar la maternidad de la Iglesia y de María. ¿Pueden Uds. decirle a Dios "Padre nuestro" si no son capaces de decirle también "Madre nuestra" a un ser humano, a María, madre de Jesús?»

 

Un camino que Dios siguió

Ya en sus días escuchaba Montfort una objeción que se repetirá siempre: Mejor ir directamente a Dios, ¿para qué pasar por la Virgen María? Una creatura sólo puede constituir un obstáculo para unirnos al Creador (VD 164; SM 21). Y Montfort respondía que María no es una creatura como las demás: no sólo constituye un obstáculo en el camino, sino que ella se convierte en camino hacia Jesús: «¿Será posible que la que halló gracia delante de Dios para todo el mundo en general y para cada uno en particular estorbe a las almas alcanzar la inestimable gracia de la unión con él?» (VD 164). Claro está, no tenemos más mediador que Jesús (1 Tim 2,5) y si María es un "camino" para avanzar hacia Dios se debe a que no constituye sino un "Camino" único con su Hijo (Jn 14,6; VD 61) de quien recibe cuanto ella es.

Pero hay más: ¿no es Jesús mismo quien quiso tomar el "camino" de María para venir a nosotros? ¿Y pretendemos nosotros prescindir de ella para llegar a Jesús? ¿No quiso El, acaso, Hijo eterno del Padre, hacerse Hijo de María? María no sólo no es "obstáculo" sino que es camino querido por Dios, tomado por él. María es un camino de Dios hacia el hombre, antes de ser camino de hombre hacia Dios.

 

Referencia a la Iglesia

¿No nos remite al hombre Jesús mismo –en nombre de la "verdad"– desde que nos volvemos hacia El? «Pero, Señor, ¿cuándo te vimos?...: tuve hambre, tuve sed... lo que hicieron al más pequeño a mí lo hicieron» (Mt 25,37-40). Podríamos casi decir que Jesús mismo habla de estas dos mediaciones (que no constituyen sino una) para ir al Padre: la suya: «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6) y la de la Iglesia: «Lo que hicieron al más pequeño... a mí lo hicieron» (Mt 25,37ss). El mismo relaciona también las dos mediaciones cuando dice, por ejemplo: «El que acoge a uno de estos pequeñuelos (primera mediación), me acoge a mí; y el que me acoge a mí (segunda mediación), no me acoge a mí, sino al que me envió» (Mc 9,37). «Quien los rechaza a Uds., me rechaza a mí; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16). Lo que se le hace al más pequeño, lo que se le hace a la Iglesia (No hacemos aquí distinción entre iglesia jerárquica, ministerial y la Iglesia "Cuerpo místico de Cristo"), se le hace al mismo Jesucristo; y ¿habrá quien quiera que lo que se hace a María que es la Iglesia en perfección no se lo haga directamente a Jesucristo sin mediación ninguna? ¿Cuántos aceptan la mediación de la Iglesia que es santa, pero también es pecadora, y rechazan la mediación de María que es santa, que es la Inmaculada?

La "verdad" de nuestro ser de cristianos no es distinta de la de Jesús. Pero lo que lo hace a El en sí mismo no es solamente lo que "recibe" de su Padre, sino también de la humanidad, de María, por el Espíritu Santo. También nosotros debemos "recibirnos" de nuestro Padre que es Dios y de nuestra Madre que es María. «El que no tiene a María por Madre –como la tiene Jesús– no puede tener a Dios por Padre» (VD 30).

 

CUESTIONARIO

 

1.  ¿Por qué no es posible tener a Dios por Padre si no se tiene a María por Madre?

2.  ¿En qué forma el sentir a María como Madre nos permite sentir más cercana la paternidad de Dios?

3.  ¿Qué semejanzas y qué diferencias existen entre María Virgen Madre y la Iglesia Virgen Madre?

4.  ¿Se puede aceptar la mediación de la Iglesia, santa y también pecadora, pero no la de María, que es la Iglesia en perfección? ¿Por qué?

5.  ¿Cuál es el fundamento de nuestra dignidad según el NT?

6.  ¿Qué implicaciones conlleva el ser de la familia de Jesús?

7.  ¿Qué espera El de nosotros? ¿Qué espera María? ¿Qué esperamos nosotros de ellos?

 

ORACION

 

Con gran audacia nos dirigimos

en un mismo movimiento,

hacia Ti, Padre nuestro que eres Dios,

y hacia Ti, Madre nuestra, oh María,

que sólo eres una creatura humana.

De ambos somos hijos:

esa vida divina que es la vida misma de tu Hijo predilecto,

la recibimos a la vez de ti, Padre nuestro,

y de ti, oh María, por el Espíritu Santo.

Y con un mismo amor queremos amaros

como hijos que somos y en cariño filial

no podemos separar nunca al Padre de la Madre.

Hoy, seguimos, escuchando a Jesús,

que desde lo alto de la gran cruz del mundo,

no deja de mostrarnos a su Madre y decirnos

a cada uno en fondo del alma: "Esa es tu Madre".

Sí, María, de labios de Jesús te recibimos

realmente como Madre nuestra;

y con el discípulo amado,

te recibimos también entre nuestros bienes (Jn 19,25-27).

Tú eres la única que con toda verdad puedes decir,

aún mejor que san Pablo y toda la Iglesia:

«Hijitos míos, otra vez me causan dolores de parto,

hasta que Cristo tome forma en Uds.» (Gal 4,19; ASE 214; CD 33).

Tú, Padre nuestro, y tú, Madre nuestra,

tened piedad de todos los huérfanos

de cuantos aún no saben que tienen un Padre celeste,

y de cuantos han olvidado que tienen también una madre,

la Madre de Jesús que El les ha dado: MARIA.

 

 

 

IX. UN DIOS AMANTE O LA DEBILIDAD DE DIOS

 

 

«La divina María realizó en 14 años (y durante toda su vida) tales progresos en la gracia y sabiduría de Dios, su fidelidad al amor del Señor fue tan perfecta que llenó de admiración... al mismo Dios. Su humildad profunda hasta el anonadamiento, embelesó al Creador, su pureza enteramente divina, lo cautivó; su fe viva y sus continuas y amorosas plegarias le hicieron violencia. La sabiduría se encontró amorosamente vencida por tan amorosa búsqueda: ¡Oh, cuán grande fue el amor de María que venció al Omnipotente!...» (ASE 107).

Si Dios tiene un designio de amor sobre el mundo, eso no impide que la belleza de la humanidad, que es la fe, lo haya atraído. La fe es un combate. Al vivirla, María ha logrado cruzar el umbral de confianza que Israel no había podido jamás alcanzar y "venció amorosamente al Omnipotente". Su fe la convirtió en madre de Dios, al "atraer" al Espíritu Santo. También nosotros al librar el combate de la fe, podemos "atraer" al Espíritu Santo. ¡Pero tenemos tan poca fe! Tenemos que recibirla de la que la vivió en "plenitud" y que incluso la conservó en la gloria (VD 214), para comunicárnosla.

 

1. ¿UN PLAN DE AMOR?

 

Se dice con frecuencia que Dios tiene un "plan de amor" sobre el mundo. Y sin embargo, todos sabemos muy bien que, cuando se ama, no se elaboran planes. Cierto que uno puede hacerlos, pero con la seguridad verlos derrumbarse unos tras otros. Aquel a quien amamos es libre, puede decirnos "no", sin que podamos nada para obligarlo a amarnos. Lo que es cierto en nuestro plano, ¿no lo es acaso en primer lugar en Dios? Si Dios no fuera "Amor", haría planes sobre la humanidad y los aplicaría, por etapas, inexorablemente. Y nosotros estaríamos tan temerosos ante ese Dios que podría aplastarnos, por ser el "Todopoderoso". Pero, dado que Dios es "Amor", no puede hacer planes. Belén y el Calvario constituyen todo lo contrario de un plan, la manifestación de una increíble "debilidad" del Amor hacia aquellos que lo aman (No pudo evitar "descender") y hacia aquellos que lo rechazan («Fue entregado en manos de los pecadores» [Mc 14,41]).

 

¿Dios seducido por la fe?

Se ha dado como un cambio total: no es el Dios Omnipotente quien ha vencido al hombre débil y miserable, dado que es el más fuerte; es el Dios Omnipotente, misteriosamente débil, quien se deja vencer, no sólo por el rechazo de quienes no lo aceptan, sino también –y en otra forma– por la fe de «quienes lo recibieron» (Jn 1,12). María, nos dice Montfort, vivió una "fidelidad tan perfecta" al amor de Dios que lo venció amorosamente (VD 145). «Su humildad profunda... lo embelesó ["charmer" traducido aquí por embelesar tenía en el s. XVII un sentido muy fuerte: atraer a pesar de sí mismo; puede pensarse en "charme magique", "charme du serpent", embrujo...]; su pureza enteramente divina, lo cautivó; su fe viva y sus continuas y amorosas plegarias le hicieron violencia» (ASE 107). "Vencer", "atraer", "embelesar" son términos que nos parecen casi demasiado fuertes. Quieren decir sencillamente que, para Montfort, Dios resultó como "seducido", cautivado, atraído casi a pesar suyo, como por un imán, un "imán sagrado... que atrajo tan fuertemente a la Sabiduría eterna que ésta no pudo resistirse...". Y este "imán" es la fe.

 

¿Un Dios que decide o un Dios que espera?

Es verdad que se puede hablar de un "designio de amor" (Ef 1,4; 3,11), de Dios sobre el mundo. Montfort llega hasta a hablar de una resolución, de una decisión tomada, un día en el consejo de la Trinidad: «El Hijo de Dios se hará hombre en el tiempo oportuno y en las circunstancias señaladas...» En realidad, la Sabiduría misma se "ofrece ella misma en sacrificio...", porque quería "salvar al hombre a quien amaba por naturaleza..." (ASE 45). El Hijo sólo puede "ofrecerse" a su Padre y a los hombres, pero para encarnarse, la Sabiduría eterna tendrá en cierta forma que esperar que llegue la "Hora" que no es quizá otra cosa que el encuentro con una fe capaz de atraerla, de "seducirla".

 

María hace pasar un umbral a la fe de Israel

No hay que aislar la fe de María de la de todo el pueblo de Israel (e incluso de la fe implícita de toda la humanidad) de quien ella no es sino una "plenitud", "un cruce de umbral". A través del "sí" de su confianza, todos los "gritos", las "oraciones", los "sacrificios" del Pueblo de Dios logran por fin "atraer" a la Sabiduría. En cierto sentido, se puede decir que la Virgen María es el mismo pueblo de Israel, "La Hija de Sión". Pero mientras las oraciones de los "personajes de la ley antigua" no eran suficientemente largas para alcanzar...", mientras los "sacrificios mismos de sus corazones no eran suficientemente valiosos para conseguir esa gracia de las gracias..." (ASE 104.203; VD 16), María, «al esperar contra toda esperanza» (Rom 4,18), recupera la confianza de Abrahán y hace pasar el umbral de la fe de su Pueblo. Dios ha sido como "vencido", "forzado".

Montfort llega hasta decir que María estaba, tan llena y rebosante de gracias, tan unida a Dios y transformada en El, que se le hizo necesario encarnarse en ella...» (VD 164). "Se le hizo necesario": estamos ante el "gran necesario" de la Encarnación, cuando Jesús diga: "es preciso re-nacer"; "hay que volverse niños": "es preciso que el Hijo del hombre suba a Jerusalén..." (Jn 3,7; Mt 18,2; 16,21). Un atractivo invencible. Como si la Encarnación no fuera solamente fruto de una decisión... sino también una especie de necesidad. No se decide amar. Dios fue como atraído, seducido por la belleza de la humanidad que es la fe.

 

2. LA BATALLA DE LA FE

 

La belleza de la humanidad a los ojos de Dios, la gracia, no es lo que nos atrae a nosotros, sino la belleza exterior que se ve, la del rostro y del cuerpo.

 

La verdadera belleza

Hay otra belleza, otra gracia, totalmente interior, espiritual, invisible, la única verdadera belleza, de la cual la primera no es más que una imagen y una promesa, la única que toca el corazón de Dios. Puede uno ser feo a los ojos de los hombres, porque la vida, el dolor o el pecado del mundo nos han desfigurado; pero seguimos siendo bellos a los ojos de Dios al creer, al seguir confiando, incluso cuando todas las apariencias son adversas. María era maravillosamente bella con esa belleza de la fe, con esa belleza del corazón que seduce al Omnipotente.

 

Dios se defiende

Cuando Montfort dice que María «venció amorosamente a Dios» (ASE 107; VD 145), hace sobrentender que Dios se "defendió", que hubo, podría decirse, una especie de "combate" que podría llamarse el "combate de la fe", que es posible encontrar a lo largo de la Palabra de Dios. Es ya el combate de Abrahán que "negocia" con Dios para salvar a Sodoma (Gn 18,22-32). O la lucha de Jacob con el ángel («Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has sido fuerte contra Dios» [Gn 32,23-32]). Es, sin embargo, en el Evangelio donde se ve mejor el combate entre la Omnipotencia de Dios que ama y la fe de quien «espera contra toda esperanza» (Rom 4,18). Jesús es atraído por la fe de los hombres, pero le acontece "defenderse" lo mejor que puede, hasta que la fe de los hombres logra vencerlo. Por ejemplo, esa mujer, una extranjera (cananea) que suplica a Jesús que salve a su hija "atormentada por un demonio", es un verdadero "combate" que entabla con Jesús quien va hasta el límite de la resistencia. Pero en su fe, ella no se deja detener por nada: ni por el silencio de Jesús ("no le respondía"), ni por el rechazo ("sólo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel"), ni incluso por su aparente crueldad ("no conviene tomar el pan de los hijos y echárselos a los perrillos"). Ella hubiera podido decir de Jesús: «Me trató como un perro», pero tiene confianza y sigue pidiendo: «Sí, señor, pero también los perrillos se comen las migas que caen de la mesa de sus amos». Entonces Jesús se inclina a la admiración: «¡Qué grande es tu fe, mujer! Que se cumpla lo que deseas» (Mt 15,21-28).

 

3. EL IMAN DE LA FE

 

Era oportuno relacionar la fe de aquellos a quienes Jesús encontró durante su vida con la fe de María, para mostrar que son de la misma naturaleza. Que esta mujer haya alcanzado la curación de su hija, o que María "haya merecido", como dice Montfort, la Encarnación de Dios, ambas han vivido una experiencia de confianza que "atrae" a Dios. «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16) y «no tiene otra forma de hacer que lo amemos que pedirnos que confiemos en él» (P. Guillet). Pero cuando confiamos en El, viene a nosotros.

 

La fe que atrae a la Sabiduría

La fe es como un imán que la "atrae" a nosotros. ¡Cuántas veces sería más exaltante y luminoso si tuviéramos conciencia de "tener ascendiente" sobre Dios, de "triunfar", como dice Montfort:

«Dios es el Invencible:

mas, le vence el humilde» (CT 8,4).

En una carta a María Luisa de Jesús, primera Hija de la Sabiduría, escribe: «Nada puede resistir a tus plegarias. El mismo Dios –con ser tan grande– no las puede resistir. Se ha dejado felizmente "vencer" por una fe viva y una firme esperanza» (C 16).

También yo, hoy, cuando renuncio a ese dinero que podría ganar, a ese puesto que podría conseguir, a ese placer que podría concederme, vivo la experiencia de la fe, porque... "¡no es evidente!" "No es evidente que" "el que pierde la vida la salva"; para que yo acepte perder mi vida, debo confiar, apoyarme en la Palabra de Dios con todas mis fuerzas. Pero entonces Dios, "con ser tan grande", no puede resistir, ¡lo he vencido...! Cuando sigo confiando en medio de la enfermedad, la prueba, el sufrimiento..., cuando soy capaz de seguir diciendo "Padre", cuando lo que estoy viviendo parece contradecir esa ternura de Dios, en mi favor, la fe que vivo es como un "imán" que lo atrae hacia mí y hacia mis hermanos.

 

María, imán de la Sabiduría

No obstante, de María dice Montfort en primer lugar: «Es el imán sagrado que donde quiera que esté atrae tan fuertemente a la Sabiduría eterna, que ésta no puede resistirle. Es el imán que la atrajo a la tierra para los hombres, y la sigue atrayendo todos los días a cada una de las personas en que Ella mora» (ASE 212). Entre la fe de María y la nuestra, entre su fe y la de todos los santos juntos, hay un abismo: el que separa a la Inmaculada, a la "llena de gracia" de los pecadores que somos nosotros. Pero si la Virgen María ha vivido en perfección la experiencia de la fe, no fue para separarse de nosotros guardando la fe para sí, sino a fin de unirse a nosotros al comunicárnosla.

 

4. LA FE, CUESTION DE COMUNICACION

 

Sabemos todos que la fe es un don, una gracia que recibimos. Pero, ¿cómo la recibimos? ¿No será la fe cuestión de comunicación?, ¿de participación en la fe de una persona que la vivió en plenitud sólo para comunicarla? Entre "los frutos maravillosos de la Verdadera Devoción a María" (¡son siete!), el P. de Montfort señala éste: «La Sma. Virgen te hará partícipe de su fe. La cual fue mayor que la de todos los patriarcas, profetas, apóstoles y todos los demás santos...» (VD 214). Pero se percibe que esa fe única, mayor que la de todos, no lo ha sido sino porque era una "plenitud" de la cual debemos recibir. ¿Mayor que la de todos? Sí, por ser para todos.

 

«La fe de tu Iglesia»

Ciertamente no hay que desvincular la fe de María de la fe de la Iglesia, cuyo modelo es. En uno de los ritos bautismales, hoy, cuando la familia llega con el niño a la puerta de la iglesia, el sacerdote pregunta: «¿qué pides a la Iglesia de Dios?»; y el niño responde por boca de sus padrinos: «la fe». Y en cada Eucaristía podemos decir: «No mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia». Pero, ¿qué sería la fe de María, sin la de la Iglesia... y ante todo de Jesús? Quién también vivió la fe, aunque de otra manera. Montfort no duda en decir: «El justo y devoto fiel de María vive de la fe de Jesús y de María!...» (VD 109).

 

María conservó la fe

¡Y ahora, algo desconcertante! Pues se plantea una pregunta: ¿cómo es que la Virgen María se halla en capacidad de comunicarnos su fe, dado que ya ahora en el cielo no la posee? "No tiene ya esa fe", dice Montfort, es cierto, «porque ve claramente todas las cosas en Dios por la luz de la gloria. Sin embargo, con el consentimiento del Altísimo, no la ha perdido al entrar en la gloria; la conserva para comunicarla a sus más fieles servidores y servidoras en la Iglesia peregrina» (VD 214). Montfort no se cansa de sorprendernos: ¡atreverse a proclamar (¿contra toda teología?) que María conserva la fe en el cielo! Y no obstante esta afirmación es una intensa luz para nosotros, porque nos revela no sólo cómo podemos comulgar hoy en la fe de María, sino también que el cielo es quizá muy distinto de lo que imaginamos. Es ciertamente el cielo del Amor y de la Felicidad infinita, pero este Amor sigue dando su vida (Jn 15,13) y esa felicidad es algo muy distinto de una felicidad consumística. Si María, en el cielo conserva la fe, la razón es la misma (¡algo aún más desconcertante!) de aquella por la cual Jesús, en su gloria, nos dice Montfort, no se ha apartado de la cruz: una Cruz transfigurada, «del todo divinizada y digna de adoración» transformada por el Amor que optó por ella (ASE 172).

María, al conservar la fe, y Jesús al conservar la Cruz, en la Gloria, nos revelan que el verdadero cielo, en el fondo, es quizá el que uno está pronto a dejar, como el cura de Ars, por el menor de nuestros hermanos pecadores, y el que Teresita de Lisieux quería pasar haciendo bien a la tierra. Juan Pablo II a su vez afirma con toda claridad que María «ha franqueado ya el umbral que separa la fe de la visión cara a cara», lo cual no le impide ser "la estrella del mar" para cuantos recorren todavía los senderos de la fe: una "participación viva en la Fe de María" es siempre posible a causa de su «presencia peculiar en el peregrinar de la Iglesia» (RM 6.27).

 

5. LA MATERNIDAD DE LA FE

 

Para que la Virgen María pueda comunicarnos su fe, el P. de Montfort nos pide –lo veremos en el cap. XVI– vivir aún las más pequeñas acciones por, con, en y para ella, en una unión tan estrecha que nos llevará hasta a "respirar" en cierta forma a María «como los cuerpos respiran el aire» (VD 217). Pero María, por su fe, es siempre el "imán sagrado" que en el lugar donde esté atrae tan fuertemente a la Sabiduría «que ésta no puede resistirla» (ASE 212). «Cuando el Espíritu Santo, su Esposo, la encuentra en un alma, vuela y entra en esa alma en plenitud, y se le comunica tanto más abundantemente cuando más sitio hace el alma a su Esposa...» (VD 36). Y la Sabiduría, fruto del Espíritu y de María, comienzan a nacer en sus miembros y a crecer «hasta la plenitud de su edad» (Ef 4,13; VD 33. 119...). Puede decir que la experiencia de la fe (que es esencial a la experiencia de la Iglesia) conduce a una especie de "maternidad", de nacimiento de Cristo en nosotros.

 

La maternidad del espíritu

Todo mundo sabe que en la vida hay dos maternidades (lo mismo que dos paternidades) la de la carne y la del espíritu (hoy había quizá que decir: la maternidad del cuerpo y la del corazón). ¿Qué sería de un niño si sus padres se contentaran con engendrarlo y darlo a luz "según la carne", sin engendrarlo y, eso ante todo, en el espíritu, en el amor mutuo y el cariño que le profesan y que llevarlo hasta su propia madurez? Claudette Combe en su hermoso libro Les enfants de la joie, muestra cómo los chicos y chicas que "adoptaron" junto con su esposo, son tan hijos suyos como el que dieron a luz de su propia carne: «Ambos pensamos que, hacer nacer la sonrisa en el rostro demasiado serio de un niño, es sin duda alguna, la más hermosa de las paternidades, la más conmovedora de las maternidades...» Un día un niño pregunta a su madre adoptiva: «¿Por qué no estuve yo en tu vientre?» Y se respondió a sí mismo: «Pero estaba en tu corazón. Mucho mejor, ¿no es así?» (pág. 96). «Comprendí entonces que no hay diferencia alguna entre los niños que damos a luz y los que se nos dan» (Han Suyin). ¿Por qué "ninguna diferencia...?"; porque la verdadera "maternidad" (y la verdadera "paternidad") son las del espíritu. «La carne no puede nada, dice Jesús, el Espíritu es el que da la vida» (Jn 6,63).

 

"¿Quién es mi Madre?"

Hay algo desconcertante en la forma como Jesús habla en el Evangelio de su propia madre. Cada vez que se le habla de la maternidad según la carne de aquella que lo dio a luz, Jesús responde siempre y responde por la maternidad espiritual de la fe: «¿Quién es mi madre? Son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» (Mt 12,50). Y cuando una mujer levanta la voz de en medio de la multitud para decir: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron», Jesús vuelve a contestar: «Dichosos más bien los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen» (Lc 11,28). O sea que para El, la verdadera maternidad es la de la fe. Si María es su madre, no lo es ante todo porque lo haya llevado en sus entrañas y amamantado, sino porque creyó, porque "confió y esperó" –como su lejano antepasado– "contra toda esperanza". "Abrahán creyó, dice san Pablo, y así llegó a ser padre..." María creyó también y así llegó a ser Madre... Antes de concebir en la carne, concibió en el espíritu, "precisamente por la fe" (san Agustín citado por LG 53, y Juan Pablo II, RM 13). Ambos, Abrahán y María (el uno al comenzar la antigua alianza, la otra, en los albores de la nueva) han vivido una experiencia de fe. Ambos han tenido que confiar en la Palabra de Dios cuando todas las apariencias eran contrarias, cuando se abocaban a lo imposible: para Abrahán, la esterilidad de Sara; para María, su virginidad («¿Cómo sucederá eso, sino vivo con un hombre?» [Lc 1,34]). Pero «el camino no es imposible, sino que lo imposible es el camino», cuando se lo emprende únicamente "sobre la Palabra" de Dios que nos llama: «Para Dios no hay nada imposible» [En su encíclica RM, Juan Pablo II gusta de comparar la fe de María con la de Abrahán (n. 4); ver también 20.14.42]. Abrahán y María creyeron y en el camino de lo imposible vieron cumplirse la promesa.

 

El camino de lo imposible

Sabemos bien que todo, en nuestra vida cristiana, se reduce a la fe. Si estoy enfermo y logro conservar la alegría; si me siento llamado a comprometerme en mi parroquia o en mi comunidad cuando preferiría quedarme tranquilo; si siendo madre de familia y sabiendo que él quiere que deje de trabajar (lo que me exigirá grandes sacrificios), el "sí" que voy a decir es "cuestión de confianza". Debo creer en todo mi ser, que esa felicidad que necesito, Dios me la puede dar, incluso si todo me grita que voy a "perderla". Eso, todos lo sabemos; pero lo que no sabemos tan bien es que al vivir esa experiencia de fe, de confianza total, participamos –claro que espiritualmente– a un nacimiento de Cristo en nosotros y en el mundo, nos convertimos, en cierta forma, como Jesús nos ha dicho en su "madre". No solamente María sino también la Iglesia y cada uno de nosotros, hemos recibido la misión de "entregar Jesús al mundo" ahí donde estemos, para que el mundo pueda llegar a ser lo que está llamado a ser: el Cuerpo de Cristo. Y lo que hemos olvidado totalmente es que esa fe que "atrae" al Espíritu a nosotros, la recibimos de Dios por mediación de nuestra hermana de humanidad, María, que –repitámoslo– sólo la vivió en perfección por nosotros y para comunicárnosla.

«Cuanto más encuentra a María, su querida e indisoluble Esposa, en un alma, tanto más poderoso y dinámico se muestra el Espíritu Santo para producir a Jesucristo en esa alma y a ésta en Jesucristo» (VD 20). Montfort llega a hacer decir al Espíritu Santo dirigiéndose a María: «Echa, querida Esposa mía, las raíces de todas tus virtudes en mis elegidos, para que crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia. Me complací tanto en ti mientras vivías sobre la tierra practicando las más sublimes virtudes, que aun ahora deseo hallarte en la tierra sin que dejes de estar en el cielo. Reprodúcete para ello en mis elegidos... Tenga y el placer de ver en ellos las raíces de tu fe invencible... Tú eres, como siempre, mi Esposa fiel, pura y fecunda...» (VD 34).

Con María, "la que ha creído", sigue el Espíritu Santo "produciendo a Jesucristo" en todos sus hermanos y hermanas que somos nosotros.

 

CUESTIONARIO

 

1.  ¿Tiene Dios un plan salvífico y obra sólo por amor? ¿En qué sentido la fe (y demás virtudes) de María cautivó y venció al Omnipotente "obligándole" a encarnarse?

2.  ¿De quién es la "victoria" en el "combate" de la fe?

3.  El abismo entre la fe, santidad... de María y las nuestras, ¿la aíslan de nosotros?

4.  ¿La fe que tiene Ud. es una fe despierta?

5.  ¿No se deberán a nuestra fe raquítica la falta de celo apostólico y la ineficacia de nuestra labor evangelizadora?

6.  ¿Somos realmente transparencia de Cristo?

7.  ¿Cuáles son tus resoluciones concretas al respecto?

 

ORACION

 

Señor Jesucristo:

Lo que más admiraste, al venir a nosotros, fue la fe:

alabaste la fe de la cananea,

la del centurión romano,

y la fe de aquella enferma que decía:

con sólo tocarle el manto, me curo

(Mt 9,21; ver 8,10; 15,28; Mc 5,34).

Sin embargo, la fe de los hombres y mujeres,

era nada en comparación de la fe de María,

que ha encontrado gracia en "presencia de Dios" (Lc 1,30).

Ella te atrajo al mundo, te "sedujo",

Ella amorosamente te venció (ASE 107)

e hizo descender a nuestra humanidad.

Esa fe que admiraste y que te atrajo,

ves ¡qué falta nos hace, a lo largo de toda nuestra vida!

para orar en la mañana,

cuando tenemos tantas cosas importantes que hacer;

para aceptar una enfermedad incurable,

cuando tenemos tanta hambre y sed

de vida y bienandanza;

para escapar del infierno de la droga y el licor,

cuando sería tan cómodo dejarse arrastrar;

para seguir luchando en pro de la justicia,

cuando uno quisiera quedarse tan tranquilo;

para no juzgar ni condenar,

cuando resulta fácil "destruir" y criticar:

para ocultar el bien que hacemos,

cuando tenemos ansias de gritárselo a todos.

Viviremos todo esto, si creemos

que la vida está presente más allá de la muerte

y la dicha está ahí más allá del dolor.

Haz, Señor, que ante todo,

tomemos conciencia de la grandeza

de la fe que vivimos. Porque tú eres Amor (1 Jn 4,8.16),

sabemos que, al creer, al confiar en ti,

más allá de los múltiples dolores

que aparecen contradecir al amor que tú nos tienes,

te "podemos vencer", te "seducimos", te atraemos.

Mas esta fe no se encuentra en nosotros:

es un regalo que tu bondad nos brinda.

Y ya que en tu sabiduría,

comunicaste a María, Madre nuestra,