MARÍA Y LA DEBILIDAD DE DIOS

 

p. Jean Morinay, s.m.m.

 

MARÍA Y LA DEBILIDAD DE DIOS 

El Mensaje Espiritual del P. de Montfort

  Traducción de p. Pío Suárez B., s.m.m

  

 

  Introducción

  Siglas

1. ¡Dichoso una y mil veces!

2. La sabiduría del amor

3. Un secreto de santidad

4. La debilidad de Dios

5. Honrar e imitar la dependencia inefable

6. Nuestra transformación en Jesucristo

7. Una Encarnación que prosigue

8. Un Padre que es Dios y una Madre que es María

9. Un Dios amante o la belleza de la fe

10. El amor gratuito o el don total

11. El "misterio" de la Cruz

12. La Cruz y el amor

13. Vivir "por, con, en y para". Un don y una vida

14. Respirar a María

15. La misión o el mundo en llamas

 

 

Soy todo tuyo, ¡oh María!

Y cuanto tengo es tuyo.

 

  

INTRODUCCION

 

 El mensaje del Padre de Montfort es desde hace tiempo bien conocido. Muchos han oído hablar del Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen, lo han leído y meditado; al igual que el Secreto de María, la Carta a los Amigos de la Cruz (El Amor de la Sabiduría es, en cambio, menos conocido). La "espiritualidad monfortiana" permite a muchos leer el Evangelio y vivir la fe bajo ciertos matices, encarnándola en situaciones a menudo difíciles. Hoy, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II –que dedicó a la Virgen María todo un capítulo de la constitución sobre la Iglesia (Lumen Gentium, cap. 8, Nos. 52-69)– el renovado y progresivo descubrimiento de María en nuestras vidas suscita nuevo interés por los escritos de Montfort. Quien nos invita con tanto empeño a consagrarnos a Cristo Sabiduría por las manos de la Virgen. Es un interés que desborda evidentemente y con gran amplitud los "marcos monfortianos". Hoy nos hallamos con el misterio de la Sabiduría y de la Cruz, con el de "Jesús abandonado" y con el de María, en los Focolares, en la renovación carismática, en los "Foyers de Charité", y en otros ambientes, a nivel mundial. Movimientos y experiencias espirituales que suscitan se hallan naturalmente a gusto en el interior del mensaje monfortiano que han adoptado como suyo. ¿No afirma acaso el mismo Papa Juan Pablo II, consagrado a Cristo por María, que la lectura del Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen "marcó un viraje decisivo en su vida"?... Pronto me di cuenta –dice– de que más allá de la formulación barroca del libro, se trataba de algo fundamental..." (A. Fossard, Dialogues avec Jean Paul II, pg. 184-185)? ¿Su lema "Totus tuus" "Soy todo tuyo" "Te estoy totalmente consagrado"), no lo tomó a caso de ese libro? (VD 233).

No obstante, hace ya largo tiempo se deja sentir la falta de una nueva presentación de la espiritualidad monfortiana que permitiera abordarla con mayor facilidad. A muchos lectores de las obras de Montfort les choca rápidamente lo que Juan Pablo II llama la "formulación barroca" (un estilo del siglo XVII un tanto envejecido) que no logran superar para llegar hasta ese "algo fundamental" que tanto impacto al Papa. A dichos lectores que pedían se les ayudara a penetrar en lo que Montfort mismo presenta también como un "secreto", no realmente (en francés), sino libros envejecidos o estudios modernos, realmente profundos, pero que abordan el mensaje espiritual desde un punto de vista más bien histórico, sociológico y psicológico, pero no directamente por lo que es en realidad: un "mensaje espiritual". Mis superiores me pidieron entonces tratar de escribir lo que yo intentaba ya comunicar desde hace años a través de retiros, ejercicios espirituales, convivencias (e incluso "meses de espiritualidad"), sobre todo a mis hermanos y hermanas monfortianos, hermanas de la Sabiduría y hermanos de San Gabriel, lo mismo que a laicos y jóvenes. Estos, lo sé por experiencia, "sintonizan" pronto con el mensaje de Montfort que responde de verdad a sus aspiraciones. Pero evidentemente, hay que "traducírselo y ayudarles a descubrirlo", llevarlos a vivirlo.

Había iniciado ya este trabajo cuando apareció el libro del Padre Laurentin Dieu seul est ma tendresse, que responde en parte a la necesidad (ya señalada) de una presentación de una espiritualidad monfortiana. Sin embargo, inmediatamente se podrá advertir que esta nueva introducción al mensaje del P. de Montfort no constituye un "doblaje" con la del Padre Laurentin, más técnica y teológica.

Al escribir este ensayo, he tenido en cuenta cuatro preocupaciones principales: Traté ante todo de compartir un "tesoro", "sensibilizar" sobre ese "algo fundamental" que uno descubre tan pronto logra superar el lenguaje un tanto chocante que aún hoy frena a tantos lectores, cuando abordan los textos mismos del P. de Montfort. Pero en este itinerario hay un orden: es preciso ante todo descubrir un "tesoro". Sólo entonces estará uno equipado para hacer frente a las dificultades de la forma.

Ensayé, por tanto, a "sensibilizar" sobre el descubrimiento de ese "tesoro". El P. de Montfort habla a menudo de "secreto" que hay que descubrir. Escribe de la «Sabiduría Eterna y encarnada" que es el "tesoro de los tesoros"; pero su mensaje, la experiencia que nos invita a vivir es también un "tesoro" que es preciso descubrir antes de poder amarlo. Es posible amar lo que no se conoce?» (ASE 8). Este empeño por compartir un "tesoro" explica indudablemente el que este libro constituya menos una explicación, o incluso una presentación del mensaje monfortiano que una serie de "meditaciones" que buscarían "sensibilizar", llevar a compartir un descubrimiento y –así lo espero– una experiencia. Yo mismo quisiera decir también: «Si se conociera...» (ASE 10.73; C 13).

Traté igualmente de dejar hablar al mismo P. de Montfort, de desaparecer delante de él, e invitar al lector mismo a entrar (con el Espíritu Santo como guía único (VD 119) en contacto directo con su obra. Este empeño explica la abundancia de citas (y sus referencias) que hablan por sí mismas. Todo lo demás no tiene otra finalidad que conducir a cada lector hacia el texto mismo que Montfort escribió, y dejarle ahí en el umbral de la obra, diciéndole: «¡Animo! Ahí está la obra, has recibido lo esencial; algo único y maravilloso: su secreto. Ahora tienes que encaminarte hacia ese secreto, que si yo mismo te lo dijera –¿lo sé a caso?– la obra morirá» (Max Pol Fouchet, Radioscopie, pg. 43-44).

Tratándose de una "sensibilización" en torno al mensaje espiritual de Montfort, no quise hacer un tratado ni una síntesis bien organizada sino más bien presentar una serie de temas o "flashes", casi como quien muestra un diamante haciéndolo admirar sucesivamente a partir de cada una de sus facetas que, por sí misma, representa el brillo de toda la gema. El método tiene sus ventajas. Cada capítulo presenta en cierta forma todo el mensaje y se basta a sí mismo. En rigor de cosas, se podría abordar este libro a partir de no importa cuál capítulo, al azar... Pero el método tiene también sus inconvenientes: una falta de orden y rigor de avance, repeticiones inevitables...

Por último, traté de escribir algo que fuera a la vez sencillo y profundo. Hay que ser sencillo: no se necesitan cosas complicadas para vivirlas. El P. de Montfort mismo dice que no se dirige a los sabios sino «especialmente a los pobres y sencillos» (VD 26). Pero, para responder a objeciones que se siguen oyendo y confortar a quienes tendrían miedo de que la "devoción" presentada por Montfort no sea sino una "devocioncilla", era preciso sin lugar a dudas demostrar también que su mensaje no carece de profundidad. Cuantos se han familiarizado con las obras de Montfort, y en especial con su Tratado de la Verdadera Devoción (volviendo una y otra vez sobre ciertos pasajes, como dice Juan Pablo II) tratando de vivir el libro, saben muy bien que en él se descubren incesantemente nuevas riquezas y que este "Secreto" no se agota, porque se trata, una vez más, de ese "algo fundamental" que brota "del corazón mismo de la realidad trinitaria y cristológica" (Juan Pablo II).

"María y la Debilidad de Dios". ¿Por qué este título? Porque retoma en su forma paradójica, los tres grandes temas del mensaje espiritual monfortiano: la Sabiduría, María y la Cruz.

Quizá en otro tiempo se insistió demasiado en María, reduciendo el pensamiento de Montfort a lo que nos dice a cerca de la Madre de Dios, y sobre todo, separándolo de la Sabiduría, su Hijo Jesucristo cuando sin El –Montfort no se cansa de repetirlo– María no es absolutamente nada. En este libro –sobre todo al comienzo– se habla mucho de la Sabiduría. Se podría incluso decir que la palabra "sabiduría" es la que mejor resumen la espiritualidad monfortiana, porque a partir de ella se aborda mejor tanto a Jesús (que es la "Sabiduría" en persona) como a María (de quien Jesús ha querido depender por una opción de "sabiduría") y también a la Cruz que, en su carácter mismo de locura, manifiesta, –imposible hacerlo con mayor claridad– la debilidad de Dios y por lo mismo su "necedad" que es verdadera "sabiduría" (1 Cor 1,25).

"María y la Debilidad de Dios". Se podría decir que María en cierta forma "trabaja en llave" con la debilidad de Dios. Ante todo por su fe que le permitió –como dice Montfort– "vencer amorosamente a Dios" (ASE 107). Cuando encuentra la fe de los hombres, Dios se manifiesta desconcertantemente débil y Jesús, en el Evangelio, se deja "vencer" por cuantos creen en El (Mt 8,10-13; 15,28). Y María, ¿no es por excelencia "la que ha creído"? (Lc 1,45). Al convertirse en Madre de Jesús, María hace –aún más de cerca– la experiencia de esa debilidad de Dios, porque El, el Omnipotente, acepta depender de Ella "en todo" como un niño (VD 139).

Todo ser humano, incluso el más pecador y descarriado, conserva siempre un "lado flaco" por su madre. Lo que vale para todo hombre, ¿no vale con mayor razón para Dios? Montfort nos asegura que "cuando se presenta algo (a Dios) por las manos puras y virginales (de María), se lo coge por su lado flaco, si se me permite la expresión..." (VD 149).

Este título expresa bien el misterio de la Cruz, porque sobre todo en el gran escándalo de Cristo crucificado se pone de manifiesto la "debilidad de Dios". María hace al pie de la Cruz, en forma muy cercana, la experiencia de esa debilidad del Omnipotente. Su corazón es dolorosamente herido (Lc 2,35), pero su espíritu no se "escandaliza" como el de los discípulos que huyeron, porque había experimentado desde hacía largo tiempo y había vivido ampliamente la experiencia de esa "debilidad" de Dios cuando se hizo suyo (idea de Juan Vanier).

Y ¿el Espíritu Santo? En cierta forma, así como que no se lo puede representar (y quizá, no es posible hacerlo), no era necesario hacer en torno a El un tema especial para que esté presente, invisible y eficaz, en todas partes. El, Espíritu de Amor y de Unidad hace que Jesús y María no formen sino una sola cosa. Como Espíritu de Sabiduría preside las opciones de Dios y las manifiesta en el escándalo inmenso de la Encarnación y de la Cruz. Como Espíritu de Vida sigue cubriendo a María con su sombra (Lc 1,35) para que siga dando a luz a todos los miembros de su Hijo. Y, como Espíritu de Verdad, sólo El puede dar acceso a los "misterios del Reino" y por tanto al "Secreto de María".

Al leer estas meditaciones quizá se da uno cuenta de que la oración aflora del algún modo por todas partes. Quizá era bueno expresarla con toda claridad. Por ello, cada capítulo culmina en una oración que recoge lo esencial de la reflexión y lo dirige a Dios. Porque –nos dice el P. de Montfort– "todo se hace por la oración" (ASE 184).

La celebración del año Mariano Internacional y la publicación de la encíclica La Madre del Redentor dan al mensaje del P. de Montfort una actualidad y resonancia profundas. Las relaciones entre la carta de Juan Pablo II y la obra del P. de Montfort son numerosas: María totalmente relativa a Cristo, que lo engendra en su corazón antes de darlo a luz en la carne..., María figura y Madre de la Iglesia, asociada a la misión de su Hijo, mediadora en dependencia del único mediador, Jesucristo...

Es apenas natural que al final de su encíclica el Papa llegue a evocar la figura de "san Luis María Grignion de Montfort que proponía a los cristianos la Consagración a Cristo por las manos de María como medio eficaz para vivir fielmente las promesas del bautismo". "Constato con alegría –añade Juan Pablo II– que nuestra época no carece de nuevas manifestaciones de esta espiritualidad y de esta devoción" (Madre del Redentor 48). Esta presentación del mensaje de Montfort quería ser simplemente una de esas "nuevas manifestaciones".

Para terminar, quiero expresar mi gratitud a cuantos me ayudaron y animaron con su amistad, su oración, sus consejos. Si no cito nombre alguno, lo hago para no olvidar a nadie. Ante todo a mi comunidad de Notre Dame du Marillais que siempre me sostuvo. A mis Superiores que me pidieron este "trabajo" y tuvieron que llamarme a veces al orden mediante estímulos. A la comunidad de religiosas que me acogieron y brindaron el silencio y soledad que necesitaba. Agradezco, por último, a cuantos aceptaron hacerme conocer sus críticas fraternas, haciéndome así grandes servicios. Gracias sobre todo a Aquella que no sabe hacer otra cosa que agradecer por las "maravillas" que el Señor ha realizado en su "humilde esclava" (Lc 1,48-49).

 

Jean Morinay - Monfortiano

Notre Dame du Marillais

en la fiesta de Navidad de 1987

 

 

 

SIGLAS

 

 

Hemos utilizado para las obras del P. de Montfort las que aparecen en la Edición de la BAC.

 

ACM A los Asociados de la Compañía de María

ASE Amor de la Sabiduría Eterna

AC Carta a los Amigos de la Cruz

C Cartas –de 1 a 34–

CT Cánticos –de 1 a 164–

RM Regla manuscrita de los Misioneros de la Compañía de María

RS Regla de las Hijas de la Sabiduría

SA Súplica Ardiente

SAR Secreto Admirable del Smo. Rosario

SM El Secreto de María

VD El Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen

 

Obra de referencia obligada para la vida de san Luis María de Montfort es la del P. Le Crom: Saint Louis-Marie Grignion de Montfort.

 

En cuanto a los Documentos del Concilio Vaticano II: una referencia principal:

LG:         Constitución Lumen Gentium.

 

MR:   La Madre del Redentor. Carta encíclica de Juan Pablo II sobre la Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia peregrina, 25 de marzo de 1987.

 

 

 

I. ¡DICHOSO UNA Y MIL VECES!

 

 

«¡Qué riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué delicia! ¡Qué dicha! ¡Poder entrar y permanecer en María, en quien el Altísimo colocó el trono de su gloria suprema!» (VD 262).

«¡Cuán felices son –lo repito en el arrebato de mi corazón–, cuán felices son quienes... siguen fielmente tus caminos...!» (VD 200).

«Feliz aquel a quien el Espíritu Santo descubre el secreto de María para que lo conozca» (SM 20).

"Dichoso..." "Feliz..." Así comienza la Buena Noticia del Evangelio. También en esta forma se presenta el mensaje de Montfort: una invitación a la felicidad, a participar en una felicidad vivida: «¡Ah! si conociéramos la dicha interior que significa conocer la belleza de la Sabiduría...!» (ASE 10). Se le ha elaborado al P. de Montfort una fama tan neta de apasionado de la "Cruz", que nos llama a padecer, que quizá es bueno descubrirlo una vez más hoy en una experiencia de felicidad que nos invita a compartir. En el interior de esta experiencia, la Cruz se nos presentará entonces en forma diferente, como el "don de su vida" interior a todo amor verdadero.

 

LA CARRERA TRAS LA FELICIDAD

 

Pero comencemos, con Montfort, por mirar al hombre en derredor nuestro, en nosotros mismos. Más allá de todas las diferencias –tan evidentes– hay semejanzas –no menos patentes– que no es posible olvidar. Por ejemplo, la carrera tras la felicidad, la caza a la felicidad es absolutamente universal. "¿¡Dichoso una y mil veces!", declara Montfort? Sí, "Todo mundo desea ser feliz –decía Pascal– incluso quien va a ahogarse".

Cuando uno es hombre, creado a imagen de Dios, anhela indefectiblemente ser feliz. Y aun cuando uno quiera obrar en contra de esto, no lo podrá hacer. Claro que no todos tienen la misma idea de la felicidad. «Donde está tu tesoro –decía Jesús– está tu corazón» (Mt 6,21). Pero no todos ubican su tesoro (y por tanto tampoco su corazón) en el mismo lugar. Acontece incluso que algunos tienen conceptos de la felicidad totalmente opuestos. Pero, con esto encontramos ya las diferencias que vamos a hallar una vez más al nivel de la Sabiduría. Las cuales no deben escondernos las semejanzas que la vida nos revela. Aquí, tres importantes:

 

"Siempre más"

Una felicidad infinita: No es necesario mirar por mucho tiempo en nosotros mismos y a nuestro alrededor para descubrir que todos buscamos una felicidad infinita. No sólo deseamos ser felices, sino más felices, siempre más. "¡Siempre más!" El corazón humano se halla como sellado con la marca del "siempre más": "Escarba en mi corazón –decía un héroe de Claudel– y si hallas en él algo diferente de un anhelo inmortal, arrójalo al estercolero, que lo devoren los vendedores ambulantes" (Tête d'or: primera versión). Pero lo que el poeta nos dice con vigor, la vida –si sabemos mirarla, "contemplarla"–, no lo repite todos los días. Mientras cada día hay pobres que lo son cada vez más, hay también ricos que no lo son nunca suficientemente. Hace falta más y más dinero. Hay que ir siempre más rápido, siempre más lejos, siempre más alto...Hay que actuar cada vez mejor, cada vez más grande (o más pequeño), cada vez con mayor perfección... Los realizadores de televisión, que conocen bien el corazón humano, saben presentarnos esa felicidad que buscamos: nos propone nada menos que el "paraíso": "¡Super", "Tri-super", "gratuito!". El cielo: ¡qué! Y sin embargo, ¿quién tiene el valor de traducir esas palabras que expresan lo infinito y dar el verdadero nombre al objeto de nuestros anhelos?

En la carrera por la felicidad, pronto me detienen, no el deseo, sano, más bien, la vida: los demás que, también ellos, corren a la caza de la felicidad... y para ellos resultó un obstáculo, quizá un rival. Y eso precisamente nos tortura. Busco pero no encuentro; deseo pero no consigo. Porque, lo que poseo no es sino trampolín para desear más todavía. Algo hará falta siempre a mi felicidad, porque lo que deseo en el fondo de mí no es nada menos que lo infinito.

 

Riqueza, placer y poder

Tras gran número de sabios apoyándose en la Palabra de Dios, pero también porque sabía matricularse en la escuela de la vida, Montfort nos recuerda otra característica de esa sed de felicidad. Se ejerce, nos dice, en tres direcciones: la riqueza, el placer y el poder (ASE, cap. 7). Existe el amor ciertamente (y, gracias a Dios, hay mucho amor en el mundo), pero ni siquiera el amor escapa a esta ley: el que ama ha hallado la verdadera "riqueza", el verdadero "placer" y el verdadero "poder" que otros creen poder hallar en otras partes. ¿No es acaso el amor verdadero como la síntesis de esos tres "valores" universales que motivan el actuar de los hombres? Cuando amas no necesitas falsas riquezas, ni falsos placeres ni sobre todo falsos poderes, porque has encontrado los "verdaderos". Al contrario, cuando no amas o amas mal, cuando no te aman, o te aman...mal, entonces necesitas más y más dinero, placer y "gloria". ¡Ciertamente hay que ser feliz! Y a falta de ser amado, las riquezas, los poderes de este mundo e incluso sus placeres te permiten llamar la atención y creerte amado, haciendo pensar a los demás que eres feliz.

 

La "auténtica riqueza", el "auténtico placer", el "auténtico poder"

El problema supremo es entonces lograr distinguir entre las felicidades, los falsos valores que son señal de la sabiduría del mundo y los verdaderos, que son los del amor y muestran la sabiduría misma de Dios. Pero, en sí, riquezas, placeres y poder son buenos. Montfort no teme hablar de "placeres", "riquezas", cuando evoca los bienes maravillosos que la Sabiduría trae consigo: «Un santo placer en su amistad, riquezas inagotables en las obras de sus manos..., inmensa gloria en la comunicación de sus discursos...» (ASE 61.18.67). La pobreza no es un bien en sí misma, pero cuando se la escoge y vive en el amor, éste la consagra y convierte en "riqueza". Tampoco el sufrimiento es cosa buena, pero cuando se lo acepta –e incluso se opta por él (dado que no hay amor más grande que dar la vida)– se convierte en la "Cruz" que es alegría. Por último, la humildad no tiene sentido sino en cuanto que constituye la verdadera grandeza. Cuando Montfort parte de viaje, luego de entregar todos sus bienes a los pobres, canta su fortuna y felicidad:

«Mi fortuna es sublime, ¿no me tienen envidia? (CT 144,15)

En Dios lo tengo todo, el universo es mío» (CT 144,11).

Y a la Cruz que El mismo ha escogido, se atreve a decirle:

«Es tu rica pobreza mi único tesoro,

y es para mí ternura tu dulce austeridad.

Que tu sabia locura y tu santa deshonra

sean de toda mi vida la gloria y claridad» (CT 19,30).

 

El motivo "más poderoso"

Se plantea por tanto una cuestión: ¿tienen estos tres "pilares de la sabiduría" humana el mismo valor, se hallan al mismo nivel, tienen la misma fuerza para movilizar a los hombres o hay quizá uno más fuerte que los otros?, ¿cuál? De los tres "valores": riqueza, placer, poder, que guían a los hombres ¿cuál es el más poderoso? Sentimos hoy la tentación de responder a esta pregunta: "Son las riquezas porque el dinero maneja al mundo". Montfort responde: "No". El "último" (o primer) motivo, el más importante, el que hace caminar a los hombres e impera sobre los otras dos, es según él, el poder, el deseo de gloria. El dinero y el proyecto no son más que una sabiduría "terrena", la búsqueda de los "placeres" no es sino manifestación de una sabiduría "carnal"... mientras que la sed de poder y gloria es inspiración de "la sabiduría diabólica" (ASE 80-82). Lo que Montfort nos dice, a su manera, a partir de su propia experiencia, ¿no lo confirma acaso la vida? A nuestro alrededor, en nosotros, lo vemos claramente: a menudo no se busca el dinero, el placer y el confort "sino para estar por encima" de los otros, para dominarlo: tener un auto más hermoso, más potente, una casa más hermosa, un vestido más bello, un sitio más alto en la sociedad...

El poder, la "grandeza", permite creerse amado cuando uno no lo es o lo aman mal. Pero es una falsa "grandeza". La auténtica, al contrario, se halla en el sendero de la humildad.

No te extrañes entonces de que Montfort insista tanto en su mensaje sobre la humildad. Todavía un mes antes de morir, termina una de sus cartas con estas palabras: «Humildad, humildad, humillación» (C 33). Esta insistencia nos desconcierta hasta que no hayamos comprendido, que a sus ojos, la humildad es el camino de la verdadera "grandeza".

 

Amar y ser amado

La felicidad en una "relación": Cuando uno quiere ser "grande" casi siempre busca aparecer a los ojos de alguien, llamar su atención y vivir en relación con él; y en el fondo, amar y ser amado. Riqueza, placer, poder no tienen casi sentido fuera de alguien que cuenta para nosotros y a cuyos ojos nosotros mismos tengamos algún valor. Nuestra verdadera riqueza, nuestra verdadera felicidad es una persona.

Y sin embargo, no importa qué persona puede constituir nuestro "tesoro", porque si no tenemos "nunca bastante", si deseamos "siempre más", si el deseo de nuestro corazón es "infinito", hay que ser lógicos y dar su verdadero nombre a esa persona infinita que buscamos... ¿Dios? ¡Ciertamente! Y sin embargo, Montfort no tiene afán en pronunciar su nombre. Prefiere el de "Sabiduría" que ha descubierto en la Biblia, esa Sabiduría que, al lado de Dios, presidía a la creación del mundo: «Estaba a su lado... teniendo mis delicias, día tras día, en estar con los hijos de los hombres» (Prov 8,30-31). Ese es el Dios a quien buscamos a través de todos los falsos "tesoros" y falsas glorias de este mundo.

 

Los "Tesoros de Dios"

Pero Dios no constituirá nuestro "tesoro", si nosotros no fuéramos el suyo. En la persona de la Sabiduría que no sólo constituye las delicias del Creador, sino que encuentra "sus delicias en estar con los hijos de los hombres", Montfort no duda ver ya a Jesús. ¿No es El acaso el Hijo de Dios quien nos ha revelado, a la vez y en forma inseparable, que Dios su Padre es nuestro "tesoro" y que somos el "tesoro de Dios"?

Tocamos –ya– ahí una de las grandes intuiciones monfortianas: la felicidad del hombre coincide con la de Dios y no se puede separar de ella. Si Dios se halla en el fondo de todos mis anhelos, de toda mi "sed" de infinito, es que ya antes estoy en el fondo del corazón de Dios, en el fondo de sus deseos. Con toda sencillez porque me ama, porque me amó primero (1 Jn 4,19) y porque, mucho antes de que yo lo escoja como mi "tesoro" (Mt 13,44), El me había asumido por el suyo. ¡Ponía sus delicias en "estar" conmigo!

 

"Si conocieras..."

Ahora comprendemos ya mejor esa felicidad que Montfort quiere compartir con nosotros. "Si conocieras..." ¡Ah! ¡Si conocieras el tesoro infinito de la Sabiduría hecho para el hombre [...], suspirarías por ella día y noche, volarías [...] de un extremo al otro del mundo..." (ASE 73). La "Cruz", de la cual este enamorado de la Sabiduría habló tanto (porque sabía bien que "donde hay amor, hay dolor" [Claudel]), no debe escondernos, sino al contrario revelarnos esa felicidad que ha vivido. Una felicidad que no tiene quizá gran cosa que ver con las falsas felicidades de este mundo, sino que supera también las verdaderas dichas humanas, incluso las más sublimes, porque es una participación en la felicidad del Amor mismo que es Dios.

«¡Oh! ¡Si comprender pudieran

cuánta es mi dicha...! (CT 28,40).

En ciudades o campiñas,

en casa o en despoblado,

pierda o gane, poco importa,

siempre me encuentro feliz» (CT 139,33).

Es ante todo gozo inmenso de saber que, pase lo que le pase, e incluso si todas las apariencias son contrarias, Dios le ama:

«Dios es mi Padre querido,

Jesús es mi Salvador,

María mi Madre adorada,

¿Dónde hallar dicha mayor?» (CT 28,37).

Se trata también de la felicidad de poder responder a ese amor:

«No se sabe cuánta dicha

es amarte, oh Salvador...

¡Gustad y ved

cómo es de dulce el amor! (CT 135,1).

Es, por último, la dicha inesperada y oculta, interior al amor mismo, de la "Cruz". San Pablo gritaba: «Sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones...» (2 Cor 7,4). «Encuentro mi alegría en los dolores que padezco por Uds...» (Col 1,24). Montfort le hace eco: «Me siento feliz en medio de mis sufrimientos y no creo que haya en el mundo nada tan dulce para mí como la cruz más amarga, siempre que venga empapada en la sangre de Jesús crucificado...» (C 26). Citando otra carta en la que Montfort habla una vez más de esa "felicidad" que se encuentra en la "Cruz", escribe Luis Pérouas: «Se puede palpar hasta qué profundidad de Gozo auténtico puede llegar un hombre cuando acepta la prueba, el rechazo, cuya víctima es» (Ce que croyait..., pág. 71).

Es bueno descubrir el mensaje de Montfort en su totalidad –con la Cruz misma– como invitación a la felicidad, a compartir su propia felicidad que no es ella misma sino una participación en el gozo mismo de Dios.

 

EL AMOR DE LA SABIDURIA ETERNA

 

Al leer El Amor de la Sabiduría Eterna –primera obra suya, a la que muchos consideran como una síntesis de su mensaje– se advierte que se inscribe totalmente dentro de un caminar hacia la felicidad. El libro ofrece dos partes: la primera, comprende más de tres cuartas partes –catorce de los diecisiete capítulos– podría intitularse: «La Sabiduría eterna y encarnada es el "tesoro" que buscamos»; la segunda, muchísimo más corta: «Cuatro medios para alcanzar ese "Tesoro". Se da en esta composición una lógica muy sencilla que se funda en el buen sentido. El hombre está tan sediento de la felicidad que lo que cuenta ante todo para él es saber dónde encontrarla. ¿De qué sirve conocer los medios para la consecución de un tesoro si ese tesoro no lo es para mí? ¿De qué me sirve enseñarme los medios para ganarme un soberbio Hi-Fi, si no me gusta la música? Un pedagogo sabe perfectamente que lo importante para sus alumnos es que se "interesen" por la materia que enseña. Mientras no se "interesen", no estén "motivados", el profesor podrá utilizar todos los medios posibles para enseñarles aquella materia, pero ellos no aprenderán gran cosa. Mientras que si están "interesados"..., ¡no habrá problema! Acudirán ellos mismos a los "medios" para aprender y –en el último extremo– no necesitarán de profesor sino sólo para "guiarlos".

¡Y lo mismo pasa con toda la vida! Mientras uno no esté "interesado",... mientras no "ame", ni haya encontrado su felicidad... ¿de qué le sirve utilizar "medios" por fáciles que sean de emplear y, con mayor razón, si son difíciles? La Cruz, por ejemplo, ¿por qué quieres que yo la acepte, incluso que opte por ella, si pienso no sólo que no me conduce a la felicidad de la cual estoy sediento, sino que me aleja de ella al causarme dolor?

 

La dulzura inefable y la belleza cautivadora

Entonces Montfort, que conoce bien el corazón del hombre y sabe cuánta sed tiene de felicidad, consagra las cuatro quintas partes de El Amor de la Sabiduría Eterna a "interesarnos", a atraernos, casi a seducirnos, mostrándonos "la excelencia maravillosa"..., "la dulzura inefable y la belleza cautivadora"..., "los tesoros infinitos" de la Sabiduría Divina (ASE cc. 5 y 10). ¡Si conocieras! «Nada tan dulce como el conocimiento de la Sabiduría divina. ¡Dichosos quienes la escuchan! ¡Más dichosos quienes la desean y la buscan! Pero, ¡mucho más dichosos los que andan por sus caminos y saborean en su corazón esa dulzura infinita...» (ASE 10). Este conocimiento es también "la ciencia más noble" (ASE 9), y la más útil y necesaria porque «la vida eterna consiste en conocer a Dios y a su Hijo Jesucristo» (ASE 11). Nada tan dulce, nada tan grande, nada tan útil... Nos hallamos ante los tres grandes caminos de la felicidad.

Buscas, ¿Buscas tu felicidad en la riqueza y las ganancias? Contempla los "tesoros infinitos" de la divina Sabiduría. ¿Piensas que serás feliz en los placeres de este mundo? Ven a saborear con los santos "la dulzura inefable y la belleza cautivadora" del Hijo de María. «Hay un santo y verdadero placer en su amistad» (ASE 98). ¿Piensas hallar tu dicha en el éxito y las grandezas humanas? «La Sabiduría que es Dios mismo: ésta es la gloria» (ASE 55) que te espera; los honores, las dignidades, la verdadera grandeza están con ella y «¡es incomparablemente mejor para el hombre el poseerme –dice la Sabiduría– que poseer todo el oro y la plata del mundo [...] y todos los bienes del universo» (ASE 67). Audacia inaudita la de Montfort que viene a proclamarnos: La Felicidad Infinita que están buscando, sin conocerla, a través de todas las falsas riquezas, grandeza y placeres de este mundo, se las anuncio: son Dios mismo, son la Sabiduría. «Quien beba del agua que yo le dé, no volverá a tener sed» (Jn 4,14). «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37).

 

LA CRUZ Y LA FELICIDAD

 

La búsqueda de la felicidad está tan marcada en El Amor de la Sabiduría Eterna que uno casi se admira de no encontrar la Cruz antes del capítulo 8. E incluso entonces, Montfort la presenta, la primera vez, como uno de los "efectos maravillosos" de la Sabiduría en las almas de quienes la poseen: porque ella los ama y «para ponerlos a prueba y hacerlos más dignos de sí misma, les proporciona grandes combates y les reserva contradicciones y obstáculos...» (ASE 100). «Pero esta amable Soberana... vierte tan suave unción sobre los sufrimientos que en ellos (sus amigos) encuentran sus delicias» (ASE 103).

En realidad sólo hasta en los capítulos 13 y 14 aparece la Cruz en toda su fuerza y su grandeza. Pero en un primer momento no se trata de la nuestra: es la Cruz de Dios, la que Jesús quiso vivir libremente "para probarnos su amor" (ASE 154). Y obsérvese que Montfort la aborda sólo en cuanto que es «la más poderosa de todas las razones que pueden excitarnos a amar a Jesucristo» (ASE 154) y el medio más sabio entre todos los posibles que haya encontrado el Amor (ver ASE 167-168).

 

Ingresar en la Sabiduría de Dios

Partíamos de la felicidad del hombre siempre insatisfecho e "inquieto" (san Agustín) porque no desea nada menos que a Dios. Y mira, hemos llegado a la felicidad de Dios. En efecto, Montfort no nos invita sólo a descubrir nuestra felicidad en Dios, Sabiduría eterna y encarnada, porque en ella se encuentran los verdaderos placeres, las verdaderas riquezas y los verdaderos tesoros que buscamos. Nos llama para llegar más lejos, para entrar en la felicidad misma de Dios, porque Dios tiene también un tesoro donde pone su corazón como todo el mundo (Mt 6,21). Ya es gran cosa encontrar mi felicidad en Dios porque es el anhelo de mi corazón. Pero otra cosa es –tanto más exaltante todavía– entrar en la misma felicidad de El, hacer de su "tesoro" mi "tesoro" y poner mi corazón donde El pone el suyo.

¿Cuál es entonces el "tesoro" de Dios y dónde pone El su corazón? ¿Cuál es la forma en que busca El su felicidad, ya que es el Amor mismo? Y ¡el Amor omnipotente! ¿Cuál podrá ser su "Sabiduría"?

 

CUESTIONARIO

 

1.  Como todo ser humano Ud. busca la felicidad, ¿por qué caminos? ¿Con qué intensidad?

2.  ¿Qué motivaciones ofrece el P. de Montfort para encaminarnos a la verdadera felicidad? ¿Cómo la encuentra en la felicidad de Dios?

3.  ¿Vive Ud. estas realidades, en su relación con Dios y con los hermanos?

4.  ¿Ha comentado Ud. estos temas en su predicación y conversaciones? ¿Cómo la propone en su apostolado?

5.  ¿Cómo traduciría Ud. para hoy esta temática y esta terminología?

 

ORACION

 

Señor y Padre nuestro:

te alabamos y damos gracias

por haber puesto en nuestro corazón

un anhelo de gozo infinito

y una sed de amor auténtico

que ninguna creatura puede apaciguar.

«Señor, tú nos hiciste para ti

y nuestro corazón está inquieto

hasta que descanse en ti» (san Agustín).

Concédenos ante todo saber "contemplar" la vida:

que con los ojos de la fe sepamos descubrir

a través de las falsas riquezas,

los falsos placeres, el falso prestigio,

que nos engañan, el bien verdadero,

la auténtica dicha, el verdadero prestigio

que eres tú mismo.

Más allá del dinero, del licor, de la droga y del poder

nosotros te anhelamos y te estamos buscando.

Concédenos también no aceptar jamás

que las contradicciones de la vida

nos lleven a limitar nuestros anhelos

y convertirnos en "amargados",

que regresamos de todo,

sin haber llegado hasta el final de nada.

Tú que conoces cuántas decepciones

causamos a menudo a los que nos rodean:

concédenos que jamás detengamos a nadie

en el camino que lleva hacia ti,

que sepamos más bien borramos delante de ti,

a ejemplo de María,

"transparencia" total de tu Hijo Predilecto.

Dado que tu amor siempre nos sale al paso,

concédenos no olvidar nunca que,

al hacerte hombre como nosotros,

te has hecho también para nosotros,

y que tu corazón de Dios,

también se halla siempre inquieto,

hasta que no descanse en nosotros.

 

 

 

II. LA SABIDURIA DEL AMOR

 

 

«Dios tiene su Sabiduría. Que es la única verdadera y digna de ser amada y buscada como un gran tesoro. Pero también el mundo corrompido tiene su sabiduría. Y ésta debe ser condenada y detestada como malvada y perniciosa. Los filósofos también tienen su sabiduría...» (ASE 74).

Finalmente, todo el mundo tiene su "sabiduría": Dios, el mundo corrompido, los filósofos..., todos los hombres tienen una sabiduría, es decir, cierta manera de concebir su felicidad que les conduce a optar en la vida. Todos buscamos la felicidad, la misma felicidad infinita que es "riqueza", "placer", "prestigio", que halla su coronación en la relación con el otro con tal que ese Otro sea el Infinito. Con esa felicidad queremos ser felices; ¿por qué entonces la buscamos en direcciones diferentes? Porque no tenemos la misma "sabiduría". No la "vemos" de la misma forma. No colocamos las mismas realidades bajo las mismas palabras: "infinito", "riqueza", "placer", "prestigio", "amor"... Resultado: hacemos opciones diferentes e incluso completamente opuestas. Por la sed de felicidad los hombres se asemejan todos; pero difieren por la "sabiduría". Común a todos los hombres, absolutamente a todos, es que todos tienen un "tesoro" en el cual ponen el "corazón". Pero, no tienen el mismo "tesoro". Y esto los hace diferentes. Dime dónde está tu "tesoro", porque allí está tu corazón (Mt 6,21), y te diré quién eres.

 

1. FELICIDAD Y SABIDURIA

 

¿Qué hay de común entre ese hombre riquísimo que sigue añadiendo «casas a casas, campos a campos, hasta no dejar sitio en medio del país» (Is 5,8) y la abuelita que, en esa edad en que uno teme desaparecer, se impone privaciones en su humilde retiro a fin de poder ayudar "a los pobres"? Parece que nada. Y sin embargo, sí. Los dos tienen en común la misma búsqueda de la felicidad. La sabiduría las hace diferentes... y ¡en qué medida! No tienen precisamente la misma idea de felicidad y en especial de "riqueza". ¿Existe algo en común entre el hombre ambicioso que busca ser el primero en todas partes y lo sacrifica todo a su promoción, a su "carrera"... y ese joven ingeniero que renuncia a una situación brillante para hacerse Hermanito de Jesús y encontrarse algunos años más tarde, trabajando en las pistas del Sahara? Nada tampoco, al parecer. Y sin embargo, también ellos buscan la misma felicidad. Pero no tienen la misma sabiduría.

Cuentan que algunas hermanas de la Madre Teresa, antes de tener la menor idea de que el Señor podía llamarlas a darlo todo para servir a los pobres, llevaban una "gran vida": apartamentos lujosos, carros, choferes, dinero a su capricho. La vista de los pobres miserables no les impedía en lo más mínimo ser "felices": ellos..., no eran ellas: así de sencillo. Y, como por otra parte, no hallaban la felicidad que buscaban en bienes tan limitados, pensaban simplemente que se debía a que no tenían lo suficiente. Entonces, ¿qué hacer? Cada vez más, más y más riquezas, placeres, hasta el día... en que encontraron a alguien que les hizo comprender que para encontrar la felicidad que anhelaban, tenían que cambiar totalmente de "sabiduría". Hacer un gran viraje de 180 grados. Eso que el evangelio llama "conversión". Ingresar en una "sabiduría" totalmente diferente, la "verdadera sabiduría de Dios" (ASE 227). Cierto día la Madre Teresa se hizo presente. Les habló. Su corazón se transformó en un «corazón de carne» (Ez 36,26), «se les abrieron los ojos» (Lc 24,31). Y todo cambió para ellas. De un día al otro, ellas que lo tenían todo, se encontraron sin nada, pobres entre los pobres. ¡Qué locura! O, ¿qué sabiduría? Sin embargo, entre su situación de antes y la que habían escogido ahora, hay algo que no ha cambiado: su sed de felicidad. ¿Ayer?, era la misma infinita felicidad lo que buscaban. Pero hoy, ya no la veían exactamente de la misma manera. Su "sabiduría" había cambiado, se había "convertido". Una conversión no es otra cosa que un cambio de "sabiduría".

 

2. AMAR Y CONOCER

 

¿Puede uno amar lo que no conoce? Si uno hubiera preguntado a las hermanitas de la Madre Teresa, antes de su conversión: "Pero, ¿por qué viven tan lujosamente, en medio de tantos pobres?", habrían sonreído seguramente. ¿Los pobres? ¿El servicio de los pobres? No nos interesa. Nos interesan el dinero, la salud, las comodidades de la vida. ¡Esa es la felicidad! "¡Quieres que cambiemos? Entonces, demuéstranos que existe otra felicidad?" Y, en cierta forma tendrían razón... «¿Puede uno amar –escribe el P. de Montfort– lo que no conoce? ¿Puede amar ardientemente lo que sólo conoce a medias? ¿Por qué se ama tan poco a la Sabiduría eterna y encarnada, el adorable Jesús? ¡Porque poco o nada se le conoce!» (ASE 8). Ante todo, encontrar un "tesoro".

Estamos lejos de cierto moralismo que consiste en decir a la gente: "Basta con que hagan esto...¿Por qué no hacen aquello? No les comprendo". ¿Basta con amar? Ciertamente. Pero, para amar, hay que "conocer". Para "vender el campo", es preciso haber encontrado antes un "tesoro" (Mt 13,44). Jesús no dijo jamás que el Reino de los cielos se parece a un hombre que comienza por "vender cuanto posee" y, luego, mira en torno suyo a fin de encontrar un "tesoro" para poner en él su "corazón". Equivaldría –como dice el proverbio– a "ensillar antes de traer las bestias". No, el Reino de los cielos se parece por el contrario a quien comienza por encontrar un "tesoro". Sólo entonces se va uno, "rebosante de gozo", a vender cuanto posee. Si hubiera comenzado por "venderlo todo" antes de "hallar el tesoro", lo habría hecho "lleno de tristeza" e incluso Jesús lo habría tratado indudablemente de "loco" (Mt 7,26; Lc 12,20).

Díganle a ese joven que se droga, aumentando cada vez la dosis hasta el "hundimiento": "lo importante es que no te drogues"; o a ese alcohólico que arruina a su familia mientras se destruye él mismo: "lo importante es que dejes de beber". Díganle a ese hombre, a esa mujer que "siempre tienen razón" (mientras los demás siempre andan equivocados), que quieren imponerse siempre a los demás (la "gloria" es también una droga): lo importante es que reconozcan sus equivocaciones y no destruyan a los demás". Si se dignan escucharlos a Uds., sonreirán también: "Ya quisiera verlos yo... Al pedirme que renuncie a la droga, al dinero, a la gloria, me están pidiendo que "venda todos mis bienes", pero ¿dónde está el tesoro? Muéstrenmelo. Demuéstrenme que esa felicidad que busco con sed tan grande, se encuentra en otra parte; si no, ¿por qué quieren que venda todos mis bienes?"

 

"Conocer a Jesucristo"

Lo que importa en la vida es descubrir el "verdadero tesoro", el único que puede hacernos felices. Mientras no sepa dónde se halla y qué debo hacer para encontrarlo, ¿sé realmente algo? El conocimiento, la ciencia más importante en la vida es "la sabiduría". En la vida, mientras no sepa cómo conducirme para ser feliz y hacer felices a los otros, para amar de verdad... ¿sé acaso algo? Puedo saber muchas cosas e incluso, en caso extremo, saberlo todo, si carezco de ese saber, de esa "sabiduría", en el fondo, no sé nada. Porque ¿de qué le sirve al hombre saberlo todo, si no es feliz? «¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si malogra su vida?» (Mt 16,26).

Frente a Nicodemo que ciertamente sabía muchas cosas, pero ignora el "nuevo nacimiento", se admira Jesús: «Tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? (Jn 3,10). Al contrario, incluso si se ignoran muchas cosas, pero se posee la "Sabiduría", si uno sabe ingeniarse para ser feliz y hacer felices a los demás, entonces se sabe lo suficiente. Montfort era tan consciente de que a través de todas las falsas felicidades y los falsos "tesoros" de la vida, buscamos en realidad, a Jesús Sabiduría, proclama a pleno grito:

«Conocer a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, es saber lo suficiente. Saberlo todo, pero no conocerlo a El, es no saber nada» (ASE 11).

 

Un conocimiento que hace posible el amor

¿Es posible no amar lo que se conoce de verdad? La "sabiduría", ese conocimiento que permite amar, ese descubrimiento del "tesoro", no es sólo intelectual: es un saber ya transformado, "consagrado" por el amor que lo impregna de fuerza, de delicadeza y de "sabor". Uno puede, dice Montfort, tener "una ciencia de las cosas de la gracia y de la naturaleza [...] vulgar, seca y superficial". La "sabiduría", por su parte, es un conocimiento "extraordinario, santo y profundo" (ASE 58). «Las luces y conocimientos que comunica la Sabiduría no son áridos, llenos de unción, operantes y piadosos, conmueven y alegran el corazón e iluminan el entendimiento» (ASE 94). Sólo con el corazón se ve bien, decía el zorro al Principito, lo esencial es invisible a los ojos. Lo esencial es invisible también para el entendimiento "desgajado del corazón", que se contenta con conocer sin "gustar" rechazándose a convertirse en "sabiduría". Uno podría casi decir que con la "sabiduría, Montfort derriba el muro entre entendimiento y "corazón" (así como con la "Cruz", derriba también el muro entre sufrimiento y felicidad). Porque el "corazón" del cual se trata, no es en primer lugar, el sentimiento sino más bien el "yo profundo", allí donde el Espíritu se une a nuestro "espíritu" (Rom 8,16) y donde la Sabiduría se injerta en la nuestra. En las primeras páginas de El Amor de la Sabiduría Eterna, Montfort se planteaba la cuestión: «¿Es posible amar lo que no se conoce?» (ASE 8), pero en todas las páginas restantes se plantea otra pregunta: "¿Es posible no amar lo que se conoce de verdad?"

Si conozco de verdad, no sólo con el entendimiento, sino también con mi "corazón profundo", con un saber que es "sabiduría", si el Espíritu mismo "conoce" a través de mi espíritu, entonces no puedo menos de amar. Cuando uno conoce a la Sabiduría en sí misma (lo que constituye ya un "tesoro infinito"), pero sobre todo en el amor que nos profesa y que llega hasta la Cruz y la Eucaristía, no se puede sino amarla.

«Tras palabras tan enérgicas y tiernas del Espíritu Santo para hacernos comprender la belleza, valor y tesoros de la Sabiduría, ¿quién no la amará y buscará con todas sus fuerzas? ¡Tanto más cuanto que se trata de un tesoro infinito, propio del hombre, para el cual fue creado el hombre y que la Sabiduría misma tiene infinitos deseos de darse al hombre!» (ASE 63). «¿Cuál no será entonces nuestra insensibilidad e ingratitud, si no nos conmueven los ardientes deseos, los amorosos inventos y las pruebas de amistad de la amable Sabiduría?» (ASE 72). «Hablando razonablemente, conocer lo que Nuestro Señor ha padecido por nosotros y no amarlo con ardor –como lo hace el mundo– es algo moralmente imposible» (ASE 166).

 

Convicción y Amor

– ¿Es posible no dar a conocer lo que uno ama? El don de sabiduría, tal como él lo recibió, lleva a Montfort a plantearse una tercera pregunta: ¿Puede uno no dar a conocer y amar lo que conoce y ama?

«La Sabiduría comunica al hombre no sólo las luces para conocer la verdad, sino también la capacidad maravillosa de darla a conocer a otros» (ASE 95).

El bautismo hace de nosotros apóstoles. Pero el apostolado, la evangelización no son ante todo cuestión de técnica ni métodos, sino el don de compartir una convicción profunda. Ni si quiera se trata solamente de "escuchar a Dios con humilde sumisión", de "obrar en El y por El con fidelidad constante"; se trata de «alcanzar la luz y unción necesarias para inflamar a otros en el amor a la Sabiduría» (ASE 30).

Un día en que la Madre Teresa –siempre ella– iba a tomar el avión para uno de sus numerosos viajes a través del mundo, un periodista la detuvo bruscamente y le preguntó: ¿Qué es el apostolado? –¿El apostolado?– Es... (silencio) ... tienes una convicción y amas a alguien; entonces le pasas tu convicción; y él a su vez, tiene una convicción y ama a alguien, y su convicción pasa a esa persona.

El apostolado es una convicción muy fuerte transmitida por un amor.

 

El don de sabiduría

Pero esa convicción no puede "pasar" –la Madre Teresa lo sabía bien– a menos que el "testigo" haya recibido el don de "sabiduría". Sus palabras yo no soy sus palabras. Otra persona habla a través de él: «las palabras que comunica la divina Sabiduría no son palabras ordinarias, naturales y humanas; son palabras divinas. Son palabras enérgicas, conmovedoras, penetrantes. Parten del corazón de quien habla y penetran hasta el fondo de corazón del oyente...» (ASE 96).

Cuentan que cierto día el P. de Montfort en su región natal quiso traducir, concretar esta verdad del don de sabiduría. Y que en el templo no quiso hablar él mismo para "dejar hablar a Jesucristo". Entonces colocó en el púlpito una gran cruz que todos podían ver. El pasó por entre la multitud con su pequeño crucifijo, el que el Papa Clemente XI le había dado y se contentó con mostrarlo a cada uno diciéndole: "¿No te duele mucho haberlo ofendido?" Y todos comenzaron a llorar. Ese día ciertamente Jesucristo había hablado y sus palabras habían salido del corazón del apóstol para llegar, en silencio, "hasta el corazón" del oyente (ASE 96).

 

3. LA SABIDURIA DEL MUNDO

 

La sabiduría del mundo: cuando uno conoce, ama y cuando ama, da a conocer. Todo depende entonces del conocimiento que haya en el punto de partida, de la sabiduría que nos anime. Porque hay muchas sabidurías. San Agustín decía que "dos amores han construido dos ciudades: el amor de Dios construyó la ciudad de Dios..., y el amor propio construyó la ciudad del mal y del pecado". A su manera, san Luis de Montfort añade: "dos sabidurías han construido dos amores": la sabiduría del mundo ha construido el amor de uno mismo a través de las falsas riquezas, los falsos placeres, las falsas grandezas de este mundo y la Sabiduría de Dios ha construido el amor a Dios y a nuestros hermanos a través de la pobreza, la Cruz, la humillación que conducen a la verdadera riqueza, a los verdaderos placeres, a la verdadera grandeza.

 

Los tres pilares de la sabiduría del mundo

Una vez más encontramos los tres caminos de la búsqueda de la sabiduría. La sabiduría del mundo no es falsa porque deambule por ellos, sino porque se extravía por callejones sin salida. En lugar de buscar los auténticos "tesoros" de que habla Jesús y de «amontonarlos en el cielo, donde ni polilla ni carcoma los echan a perder, donde los ladrones no abren boquetes ni roban» (Mt 6,20), corre en pos de las falsas riquezas de este mundo.

Y como hay tres falsos "tesoros", hay también tres falsas sabiduría correspondientes a ellos. Montfort las llama "la sabiduría terrena", "la sabiduría carnal" y "la sabiduría diabólica" (ASE 80-82).

"La sabiduría terrena" [...] es el amor a los bienes de la tierra. Los sabios del mundo profesan esta sabiduría [...] cuando apegan el corazón a sus posesiones; cuando todo lo encaminan a enriquecerse; cuando promueven juicios y litigios inútiles para adquirir o conservar sus riquezas; cuando –la mayor parte del tiempo– no piensan, hablan ni actúan sino con miras a conseguir o conservar algún bien temporal...» (ASE 80).

En lugar de buscar los "sólidos placeres" de la verdadera felicidad, la sabiduría carnal conduce a quienes la siguen a no buscar «sino el gozo de los sentidos; [...] aman la buena mesa; ...habitualmente sólo piensan en comer, beber, jugar, reír, divertirse y pasarlo lo mejor posible» (ASE 81).

Por último, la sabiduría diabólica, en vez de buscar la verdadera grandeza que pasa por el último puesto, ama y aprecia los honores. Los que la siguen «aspiran –aunque secretamente– a las grandezas, honores, dignidades y cargos importantes; [...] buscan hacerse notar, estimar, alabar y aplaudir por los hombres...» (ASE 82).

Este cuadro de los tres pilares de la sabiduría del mundo sólo tiene que modificarse hoy para que se adapte a nuestros días: describe en forma tan perfecta no sólo al "gentilhombre" del siglo XVII, sino al hombre de todos los tiempos que, mañana –lo mismo que ayer y hoy– no podrá menos de buscar su felicidad por esos tres caminos, a riesgo de extraviarse tomando por auténticos los falsos valores.

 

Tres características de la sabiduría del mundo

Para completar el cuadro, ya tan parecido, de la sabiduría del mundo opuesta a la de Dios, Montfort añade tres señales que la caracterizan y que pertenecen también a todas las épocas, incluso si las palabras para designarlas cambian. La sabiduría del mundo está sellada por la sagacidad, el conformismo y la connivencia.

La sagacidad es la forma en que la sabiduría del mundo nos arrastra hacia el mal, haciéndonos creer que se trata del bien. No se lleva a alguien al mal diciéndole que es el mal; a éste hay que cubrirlo con apariencia de bien. «Nunca ha estado el mundo tan corrompido como hoy –dice Montfort– [...] nunca había sido tan sagaz, prudente y astuto a su manera. Utiliza tan hábilmente la verdad para inspirar el engaño; la virtud, para autorizar el pecado; las máximas de Jesucristo, para justificar las suyas..., que incluso los más sabios según Dios son víctimas de sus mentiras» (ASE 79). La "sagacidad" es también la forma en que todos, cuando nos guía el espíritu del mundo, sabemos esconder nuestros errores y faltas bajo apariencia de virtud. Los "sabios del mundo", dice Montfort, "aspiran aunque secretamente a las grandezas". Buscan sus caprichos e intereses «pero no de modo patente y provocador [...] sino de manera habilidosa, astuta, engañosa y política» (ASE 75).

«El sabio según el siglo[...] sabe desenvolverse... sacar ventaja temporal de todo, sin dar la impresión de buscarla; conoce perfectamente los gustos y cumplidos del mundo...» (ASE 76).

Hay que ver cómo, sobre todo en los Cánticos, sabe Montfort hacer brillar esa astucia del mundo que querría impedir a las gentes que se conviertan:

"¿Convertirte? Muy bien, muy bien,

un buen espíritu no cambia nunca";

"Dios no te exige aquella penitencia,

pero el orgullo en ella se ha escondido..."

"Entonces, deja la meditación,

que es un asunto que se hace un peligro,

sujeta a tropiezos y a tentaciones,

y en la que el alma se hace perezosa..." (CT 39,130.133.135).

¿Para qué? ¿Para qué tantos rosarios?

¡A trabajar más bien, hermanos mío...! (CT 39,136).

Sólo apelando a la constancia e incluso a la humildad, al trabajo, que son valores auténticos, logra el "mundo" que desistas de la conversión. Es tan "habilidoso" que lograr hacerte creer que convertirte es caminar en contra del Evangelio. Así de simple.

Sabe hacerte desistir también mediante el conformismo. En el siglo XVII, hablaban de "moda" y de "respeto humano". Obrar como los otros, como todos, seguir al rebaño. El conformismo puede cambiar de campo y de nombre, forma parte siempre de la sabiduría del mudo, que el P. de Montfort describe ante todo como "conformidad perfecta con las modas y máximas del mundo". Cuando uno quiere seguir el Evangelio, sencillamente a la letra, siempre se distingue de los demás, y el mundo no gusta de quienes no son como él, de quienes no "son como los demás". Trata de hacerte entrar en la fila. Hay que obedecer al "qué dirán"... Al contrario, dice Montfort, lo que cuenta es que lo que Dios piensa de nosotros, porque vivimos bajo la mirada de "nuestro gran Jesús".

Cuentan que cierto día, el P. de Montfort caminaba con el hermano Nicolás por el camino de Aigrefeuille a Nantes. Los dos misioneros estaban ya muy fatigados. Varias veces había ya el Padre propuesto a Nicolás cargarlo a sus espaldas. El hermano se había rechazado siempre a ello. Por último, vencido por la fatiga, Nicolás acepta que su compañero eche al brazo su gran manto, y que con el otro brazo sostenga al pobre hermano agotado. Y miren al pobre cortejo que cojeando reemprende la marcha hacia Nantes. Encontrábamos, relata Nicolás, de vez en cuando, grupos de caballeros y damas y otras personas.

– Padre mío, le dije, ¿qué dirá toda esta gente?

– Hijo mío, me respondió, ¿qué dirá el buen Jesús que nos mira? (Le Crom, pág. 338).

Tercera característica de la sabiduría del mundo, la connivencia, el "término medio", "el gentilhombre" del siglo XVII que se rechaza a escoger entre el Evangelio y un éxito meramente humano. Un trozo de camino con el Evangelio y otro con el mundo. Y avanzar así hasta la muerte, sin optar jamás, sin comprometerse de verdad. Porque hay que experimentarlo todo y mantenerse "libre":

«Vivir como todo el mundo,

huir la senda perfecta» (CT 36,63).

Montfort, hombre del absoluto y de opciones radicales, percibía en qué medida se hallaba en la ribera opuesta al don total esta vida sencillamente "gentil", al burlarse del Evangelio.

 

4. LA SABIDURIA DE DIOS

 

La Sabiduría de Dios: «Debemos –nos dice Montfort– detestar y condenar estas tres clases de falsa sabiduría para adquirir la verdadera. Esta no busca el provecho propio, no arraiga en el terreno ni en el corazón de quienes viven cómodamente, y aborrece todo lo grande y espectacular a los ojos de los hombres» (ASE 83). Frente a falsas riquezas, a falsos placeres, a falsos prestigios, aquí están los verdaderos valores, la felicidad verdadera, la verdadera grandeza del Amor, la verdadera Sabiduría de Dios.

 

El tesoro de Dios

Todos saben bien que, cuando uno ama, no tiene la misma sabiduría que cuando no ama, no tiene el mismo "tesoro", los mismos valores, no hace las mismas opciones. Incluso hace opciones completamente opuestas a lo que hace cuando no ama. Porque amaba, el P. Kolbe optó por morir de hambre en un bunker, para salvar al padre de siete hijos. Más cerca de nosotros, porque ama también, Pablo, obrero especializado en una fábrica de muebles, elige ser despedido para dejar su empleo a otro trabajador.

Pero si ya, cuando uno ama hace a veces opciones completamente opuestas a las de una sabiduría sin amor, Dios que es el amor mismo, absolutamente puro, la fuente y la perfección de todo amor, ¿qué opciones no puede hacer? ¿Cuál puede ser la Sabiduría del Amor mismo? ¿Cuál puede ser su "tesoro"? ¿Dónde puede El poner su "corazón"?

A tales preguntas, Montfort aporta, en pos de san Pablo, una respuesta maravillada. «Aquí es preciso exclamar con san Pablo: ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!» (ASE 15). «¡Qué elección tan sorprendente! ¡Qué designios tan sublimes e incomprensibles! ¡Qué amor a la cruz tan inefable!» (ASE 168). ¿El "tesoro" de Dios? No es otro que el hombre, es la humanidad. Y ¿dónde pone su "corazón"? En ti, en mí, sobre todo en María, "el tesoro del Señor", su "Paraíso", "donde ha puesto lo más precioso que tiene": su Hijo predilecto. Sí, Dios ha puesto su corazón en la humanidad. Pero estamos tan habituados a oír decir que Dios nos ama, que hemos perdido completamente de vista que este amor procede de una "sabiduría" sublime, incomprensible, desconcertante.

 

"Dios ama"

Cómo El, el Altísimo, el Infinito, el que ha creado cielos y tierra, el infinitamente grande y el infinitamente pequeño, Aquel ante quien «todas las naciones son como nada [...], una gota de agua en un cubo [...], un grano de arena en el platillo de la balanza» (Is 40,15). ¿Aquel «ante quien mil años son como un día» (2 Pe 3,8), ha puesto su "tesoro" y por tanto su "corazón" en mí, tan pequeño..., pobre, pecador?

¡Esto si este amor fuera una opción! Pero uno no escoge amar. Dios tampoco, si se puede hablar así, escogió amar. Montfort lo presenta como seducido por la belleza de la humanidad –una belleza del todo interior e invisible, que es su fe–; ha sido "atraído", "amorosamente vencido" (ASE 107; ver cap. 9). Si es verdad que en este amor hizo una opción, su elección fue la de aceptar, El, el Omnipotente, dejarse vencer.

 

5. LAS TRES GRANDES OPCIONES DEL AMOR

 

Esta "Sabiduría incomprensible" del Amor se expresó en efecto por tres grandes opciones, completamente opuestas a las de la s