Para quien se siente necesitado de
espiritualidad
Para quien está cansado con la mediocridad de la vida
Para quien busca el camino hacia su yo profundo
Para quien se cree cristiano
necesitado de un impulso decisivo
Para quien se arriesga
a hacer un descubrimiento espiritual auténtico
Para quien invoca a María,
pero no se inspira en sus ejemplos
Para todos aquellos,
hombres y mujeres, laicos y sacerdotes,
viejos y jóvenes que buscan la propia vocación,
María aparecerá
en su espiritualidad sencilla y sorprendente
Medita sin prisa, calmadamente las páginas de este libro,
en actitud contemplativa, en silencio
y ríndete al Espíritu, que quiere
comenzar en ti un mundo nuevo
El lo puede hacer.
Lo ha hecho ya en Cristo, en María, en la iglesia
Lo hará también contigo si te abres a El
y permaneces disponible.
1. VOCACION
Buscar un
sentido auténtico
para la
propia vida es responder al amor infinito de Dios
con
dignidad y libertad.
Toda
vocación personal
experimenta instantes de estupor,
de duda,
de realización.
Pero en el
don total de la propia persona al Señor
se inicia
una nueva historia para uno mismo
y para
muchos otros hermanos.
Impacta en el Evangelio (Lc 1,26-38) la presentación de María dentro
de una vocación. El relato de la Anunciación del ángel a María sigue
los esquemas veterotestamentarios de vocaciones (por ejemplo, vocación
de Abrahán, de Moisés, de Gedeón...). Comienza con una aparición y un
saludo. Viene la turbación del destinatario. Prosigue con el anuncio o
mensaje, a cuyo encuentro sale una dificultad de quien lo recibe. El
mensajero responde reafirmando lo dicho y/o mostrando una señal. Al
final llega la aceptación, al menos tácita, del interpelado.
María es llamada por Dios a una misión especial en la historia de la
salvación. Ya llega la plenitud de los tiempos. El Señor se dirige a
una mujer y no la trata como a instrumento pasivo entre sus manos. La
invita a ofrecer su asentimiento de fe, a participar libremente en su
propuesta divina.
A veces nos limitamos a decir que María es sólo un medio para ir a
Dios. No, María tiene su propia dignidad. Como dijo Pablo VI, el
hombre no es nunca sólo un puro medio, sino la primera meta de nuestro
amor, de nuestro caminar hacia la meta final que es Dios. Dios trata a
María como a una persona libre, responsable; como a una persona
llamada a insertarse consciente y libremente en su plan de amor.
Se propone a María convertirse en Madre del Mesías. Pero se trata
igualmente de una maternidad en orden a la liberación del Pueblo de
Dios, porque se habla del reino que el Mesías vendrá a instaurar y que
no tendrá fin.
Si queremos comprender realmente a María, su figura, su misión,
debemos referirla siempre al plan de la salvación, a la iniciativa de
Dios. El Concilio Vaticano II subraya también este aspecto cuando
afirma: «El benignísimo y sapientísimo Dios, al querer llevar a
término la redención del mundo... envió a su Hijo nacido de mujer...»
(LG 52).
Una vocación, la de María, para la salvación de los demás. A este
propósito san Ireneo (obispo del siglo II) ha dicho que María se ha
convertido «en causa de salvación para sí y para todo el género
humano». Misión difícil la de María, tanto que –así como en el Antiguo
Testamento frente a las empresas difíciles se asegura la presencia del
Señor– el ángel reconforta a María diciéndole: «El Señor está contigo»
(Lc 1,28). Dios la protegerá, le dará la fuerza necesaria.
María realiza la misión del Pueblo de Israel, que era doble. La de dar
a luz al Mesías y la de acogerlo en la fe.
En este sentido se podría decir que en la Virgen María se encuentra la
vocación propia del cristiano, más allá de las propias diferencias.
Vocación que consiste precisamente en acoger a Cristo en la fe y hacer
fecunda esa acogida al comunicar Cristo a los demás: esto se halla a
la base de toda vocación en la Iglesia. Lo cual no sólo resulta
idealizado sino personificado y hecho vida en la figura y misión de la
Virgen María.
Dios te salve, María, llena de gracia:
el Señor está contigo, como Espíritu Santo.
Por amor de David, tu siervo,
salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
A la Virgen gloriosa:
¡salve, llena de gracia!
Bendita tú entre todas las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre:
tú has concebido a Cristo, Hijo de Dios,
Redentor de nuestras almas.
Forma antigua del Avemaría
2. DECISION
María es
indudablemente la Virgen del sí.
Pero no
olvidemos que en la opción virginal
supo decir
no cuando lo mayor parte de lo gente
decía sí
al matrimonio.
Al
proponerle el mensajero divino
que se
comprometa como madre del Verbo divino,
María
madura su sí para la salvación del mundo.
En la Anunciación se describe a María como persona activa y
responsable, signo de la cooperación humana más íntima y comprometida
con el misterio de la salvación.
La antropología cultural nos enseña que al comienzo de la historia se
utilizó a la mujer para realizar contratos. Es decir, la mujer, sin
que ella lo supiera, era entregada en matrimonio para sellar pactos,
alianzas entre los hombres. Era, por tanto, objeto de comercio.
También en la Anunciación asistimos a un pacto, alianza entre Dios y
los hombres. Queriendo Dios rehacer su alianza con los hombres acude a
una mujer. Pero la trata como a persona libre. No quiere realizar esta
alianza instrumentalizándola, sino que pide su consentimiento. María
es una persona llamada al diálogo con Dios. A quien Ella responde
consciente y responsablemente luego de reflexionar y preguntar: «¿Cómo
sucederá esto?» (Lc 1,34). Es una mujer reflexiva, quiere saber cómo
sucederán las cosas. Luego asiente libremente. Este comportamiento
muestra que María no es un modelo pasivo.
La presentación que de Ella hace el Evangelio destruye todas las
perspectivas, tanto del mundo griego como del hebreo, en los que se
consideraba a la mujer como un ser inferior. Dios rebate esta
mentalidad y comienza la salvación precisamente con una mujer.
También puede considerarse a María como punto de referencia de la
personalidad realizada en su equilibrio entre polo masculino y polo
femenino. La persona humana alcanza su equilibrio cuando se establece
la armonía entre estos dos polos. Característica de la mujer es la
receptividad, un recibir activo, un abrirse para acoger, conservar,
madurar y luego dar.
Nota distintiva del hombre es la actividad, o sea el poder, el
dinamismo, la salida de sí para actuar. Estos dos polos, masculino y
femenino, de acogida y actividad, de poseer que se transforma en don,
los encontramos en la Mujer de Nazaret.
Ante todo nos hallamos con la expectativa. El anuncio del Señor es una
provocación que procede de lo alto, de Dios, y María responde
acogiendo a Cristo dentro de sí. María acumula el potencial energético
de la Palabra, lo conserva, se mantiene en espera interior y a la
escucha del Dios que va a venir, pronuncia el sí de acogida que es un
acto típicamente femenino. Mientras vemos que el mundo demasiado
machista de Jerusalén o de Belén no logra aceptar a Jesús como
Salvador: «Vino a su casa, pero los suyos no le recibieron» (Jn 1,11).
Lo recibió quien tenía las actitudes de María, actitudes femeninas de
acogida y disponibilidad.
María se decide, pronuncia su sí... Un sí que es adhesión a la
duración del tiempo, comprometiendo todo el pasado al servicio del
porvenir en una esperanza sin decaimiento. María se convierte en la
primera cristiana, prototipo del cristiano perfecto, que consiste en
acogida pura a la salvación de Dios que aparece en Jesucristo.
Con la misma aceptación da comienzo a su mediación: recibe a Jesús y
lo entrega a la humanidad. Al acoger las promesas de Dios, abre el
camino a las misericordias divinas en favor de los hombres. Como
afirma K. Rahner: «Esta persona humana a quien llamamos María, es en
toda la historia de la salvación como el punto sobre el cual cae
directamente de lo alto, en esa historia, la salvación del Dios vivo,
para difundirse desde allí a toda la humanidad».
El fiat de María una vez decidido no podrá ya cancelarse. No será un
episodio perdido en el pasado. Sino un sí convertido en eternidad, un
instante que no termina más, porque es el amén de la humanidad al sí
siempre actual de Dios. Al decidir de la historia de la salvación, el
fiat divide los tiempos y constituye el nexo entre ellos. Es incluso
la irrupción del tiempo en la eternidad porque el consentimiento de
María es acto suyo personal, pero es también y ante todo regalo y
gracia de Dios.
Ven, Espíritu Santo, creador
Dios de amor:
tú hiciste a la Virgen María, tu madre según la humanidad,
bendita entre las mujeres y feliz por todos los siglos;
renueva en nosotros la fe en tu Hijo, verdadero Dios y verdadero
hombre,
y la acción de gracia por todas las maravillas de la Encarnación,
por Cristo, nuestro Señor.
Ven, Espíritu Santo, creador
Dios de la gloria,
tú alegraste a María, tu humilde servidora,
con la venida del Mesías,
y le inspiraste un cántico de gozo y de victoria;
humilla nuestro orgullo, arruina nuestra prepotencia,
a fin de que en la humildad y la pobreza,
podamos encontrar la verdadera fuerza y la riqueza verdadera,
por Cristo, nuestro Señor.
Ven, Espíritu Santo, creador
Dios compasivo:
tú asociaste a María a los sufrimientos de su Hijo,
para asemejar su Corazón a los dolores del Crucificado;
haz que encontremos el gozo en padecer por el Evangelio,
y que completemos en nuestro cuerpo lo que falta
a los dolores de Jesús por su Cuerpo, la Iglesia,
por Cristo, nuestro Señor.
Oficio de Taizé
3. DIA TRAS DIA
La
respuesta al Señor
no se da
nunca una vez para siempre.
La gozosa
adhesión de nuestra vida a su llamada
va tomando
forma día tras día.
Nada es
totalmente claro desde el comienzo.
Sólo la
constancia en la fidelidad
ayuda a
acoger palabras, acontecimientos, personas
como
signos a través de los cuales
Dios
ilumina nuestros ojos.
Así se
concreta, en la existencia y en la historia
ese gran
proyecto de amor que en Cristo
se hace
novedad para todos los días.
La vocación no se da una vez para siempre, se desarrolla, se modifica,
se enriquece en el curso de toda la vivencia evangélica de María. El
ángel pregunta a María si quiere ser la Madre del Mesías Rey que
reinará en la casa de Jacob; pero no añade nada sobre la forma cómo se
expresará esa realeza.
A continuación, tendrá lugar un segundo anuncio, éste más humano, en
el encuentro con Simeón en el templo (Lc 2,23-35). Donde se le dice
algo que, al menos en forma explícita, no se le había revelado en la
Anunciación. Ahora el tono cambia completamente: la figura del Mesías
aparece como el Siervo del Señor, el que realizará el Reino a través
de un sendero no pensado por los hombres: el del sacrificio, el de la
Cruz. Allí se anuncia el misterio de la Redención en términos
marianos: una espada traspasará el alma de María, para manifestar que
Cristo sufrirá, será signo de contradicción, impelerá a los hombres a
revelar su propia posición. Todo esto en un creciente odio que
terminará por quitar la vida al Mesías.
Un perfeccionamiento ulterior de la vocación de María tiene lugar
cuando Jesús, en el episodio de su hallazgo entre los doctores en el
templo, le dijo que El debía estar en la casa de su Padre y ocuparse
de los asuntos de Dios (Lc 2,41-50). Lo cual, según la interpretación
de san Ambrosio, no es otra cosa que una anticipación del misterio
pascual: los tres días, el templo, Jerusalén, evocan el misterio
pascual. Por tanto María a través de una experiencia, un hecho, recibe
una enseñanza sobre lo que acontecerá en el futuro.
Pasando a vuelo sobre todos los episodios de la vida pública de Jesús
(en Caná, por ejemplo, se remite a otra “hora”, a otro “vino”, el de
la alianza), observamos que la vocación de María se extiende a través
de las palabras de Jesús en la cruz a Juan: «Esa es tu madre» (Jn
19,27). Aquí la Madre, que se había convertido en discípula de Jesús,
se hace Madre de todo el Pueblo de Dios, representado en Juan, el
discípulo amado de Jesús.
Por tanto, su vocación se dilata hasta que, finalmente, en
Pentecostés, María se convierte en el corazón orante de la Iglesia,
intercede por el descenso del Espíritu Santo, que la había cubierto ya
con su sombra en la primera Pentecostés, es decir, en el descenso del
Espíritu Santo sobre Ella en la Anunciación (Lc 1,35; Hch 1,14).
En conclusión: nos hallamos ante una invitación continua de Dios, que
se modula en tonos diferentes en el arco de toda la vida de la Virgen.
Su vocación es respuesta constante a una invitación siempre renovada
de parte de Dios.
Santa María, Madre de Dios,
llamada al misterio más profundo,
tú respondiste con absoluta fidelidad,
y te haces modelo de nuestra respuesta.
Señor, hazme capaz de escuchar mi anuncio
como lo escuchó tu Madre;
que yo lo busque,
haciendo callar otras llamadas más fáciles.
haciendo silencio dentro de mí y a mi alrededor,
matriculándome, porque de mí mismo no sé nada,
matriculándome, oh Dios, en tu escuela
porque tú sólo llamas desde que
me llamaste a la existencia.
Quítame la certeza de haber llegado ya.
de haber elegido ya todo el bien.
Hazme capaz de escucharte siempre,
seguro de que sólo tu voz
puede señalarme cada día mi itinerario.
Jorge Basadonna
4. SI
Obedecer
al Espíritu
en la
acogida de su explosiva creatividad significa
para el
cristiano mucho más
que
cualquier sacrificio.
Queremos
descubrir también nosotros
el
significado de la obediencia de fe
como gesto
libre y creador.
A diferencia de los anuncios del Antiguo Testamento, en el hecho a
María se subraya vigorosamente la respuesta. María, destinataria del
anuncio, se compromete en forma explícita y perfectamente, sin
precedentes. El evangelista ha querido dar mucho relieve a la
respuesta de María.
La expresión “servidora o esclava del Señor” (Lc 1,38), familiar en la
Sagrada Escritura, asume un triple sentido. Tiene significado cultual:
siervo de Dios es el adorador de Dios, el que mediante los actos del
culto manifiesta su situación creatural frente al Eterno. Indica en
segundo lugar la obediencia a los mandamientos de Dios; siervo de Dios
es quien obedece a Dios. En tercer lugar indica la aceptación de
realizar una misión salvífica y la fidelidad en llevarla a cabo.
En María, la declaración “Yo soy la servidora del Señor” no significa
la aceptación de ser menospreciada en su dignidad, sino una propuesta
honorífica en el fondo; la de realizar un compromiso salvífico y
liberador en favor del Pueblo de Dios. María acepta, por tanto,
desempeñar un ministerio, más aún –como dice Bossuet– un “glorioso
ministerio”.
La expresión “Cúmplase en mí lo que has dicho” (Lc 1,38) puede ser
considerada como la respuesta que Dios había esperado en vano de su
pueblo durante todo el Antiguo Testamento.
María asume la actitud disponible y desarmada de la “servidora”: sabe
que no debe substraerse a la petición de su Señor. Sabe que Dios es
omnipotente, misericordioso y fiel (como cantará en el Magníficat).
Por ello responde: “Aquí estoy”. Le dice que tome en mano las riendas
de su vida, prometiendo nada menos que apertura, amor, entrega. Y ¿qué
es la mística sino esto?
«Cuando unos a otros nos decimos sí o no –observa Adriana von Speyr–,
sabemos qué pensamos. Pero si respondemos sí o no a la Palabra de
Dios, entonces Dios sabe lo que escucha en esa respuesta y nuestras
palabras se inscriben en su eternidad».
Dios ve en el sí de María un consentimiento responsable de alianza. Es
para El la respuesta de amor a nombre “de todo el género humano”
(Santo Tomás).
El universo mismo, según la dramática descripción de San Bernardo,
suspende el movimiento y queda en espera del “Fiat” de María, del cual
depende, en ese momento, la salvación.
María pronuncia el sí de la obediencia de la fe (y por esto se la
proclama dichosa), por la iluminación del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo no desciende sobre María sólo para la concepción
virginal del Mesías sino también para hacer posible el sí de fe que
realiza las profecías del Antiguo Testamento. Esta respuesta
constituye un acto de disponibilidad total al Señor y de plena
adhesión a su voluntad.
María representa así al pueblo de Israel purificado y creyente. Y
simboliza por anticipado a la Iglesia, llamada también a pronunciar su
sí pleno y total, el sí sin desfallecimientos ni componendas, el sí de
generoso compromiso para cumplir la voluntad de su Señor.
Me abandono, oh Dios, entre tus manos.
Vuelve y revuelve esta arcilla como greda
en las manos del alfarero.
Dale forma y luego despedázala, si quieres,
como fue destrozada la vida de mi hermano John.
Pide, ordena: «¿Qué quieres que haga?
¿Qué quieres que no haga?».
Ensalzado, humillado, perseguido, incomprendido,
calumniado, consolado, doliente, inútil para todo,
no tengo más que decir, como tu Madre dijo:
«Cúmplase en mí lo que has dicho».
Dame el amor por excelencia, el amor a la Cruz,
pero no a las cruces heroicas
que podrían alimentar el amor propio,
sino a las cruces corrientes,
que ¡ay de mí! llevo con repugnancia.....
esas con que me encuentro cada día
en la contradicción, en el olvido,
en el fracaso, en los juicios falsos,
en la frialdad, en los rechazos y menosprecios ajenos,
en los malestares y defectos corporales,
en las tinieblas de la mente y el silencio y aridez del corazón.
Sólo entonces sabrás que te amo, aunque yo no lo sepa.
Pero eso me basta.
Robert Kennedy
(oración escrita de su puño y letra y recitada por él cada mañana)
5. CORAZON NUEVO
Nunca como
hoy se siente en la Iglesia
el anhelo
de la renovación.
No hace
falta mucha perspicacia para darse uno cuenta
de que
nuestro cristianismo no corresponde totalmente
al
Evangelio:
«Con
demasiada facilidad nos adormilamos en un cristianismo
de
costumbre, de formalismo, de componenda,
aun cuando
no lleguemos a renegar de nuestra profesión cristiana»
(Card.
Pellegrino).
La Palabra
de Dios nos sacude,
revocando
el don del Padre,
que en el
Espíritu Santo nos ha transformado
en “nueva
creación”
(2Co
5,17).
Esa
palabra nos impele a huir
de la
fosilización en la vida espiritual.
La revelación no nos alimenta con solas palabras. Nos señala una
persona viva y concreta, en quien se puede admirar, como en un espejo,
la nueva creación: María, primicia de la creación renovada, aurora de
los tiempos nuevos, signo de la nueva alianza.
Sin duda no estamos acostumbrados a mirar a María en esta perspectiva,
porque pensamos en Ella como en la Madre de Dios y en la Madre de la
Iglesia. La hemos visto más bien partiendo de Cristo, a quien se halla
indisolublemente unida en la obra de nuestra regeneración
sobrenatural. Pero esto no basta.
La teología del oriente cristiano nos presenta a María como “segundo
comienzo de la humanidad” (Sofronio), “nuevo paraíso plantado por
Dios” (liturgia bizantina), “tierra nueva, porque no heredó nada de la
antigua levadura, nueva creación y comienzo de una nueva raza” (Cabasilas).
No podemos comprender todas estas expresiones sin recorrer otro
camino: el que relaciona a María con el Espíritu Santo, cuya misión es
insertarnos en la atmósfera de la nueva alianza (2 Co 3,6; Rm 7,6).
El evangelio de Lucas nos presenta a María como lugar santo en el que
actúa el Espíritu Santo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la
fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). La nube,
simboliza la presencia de Dios, que había cubierto la tienda de la
reunión (ver Ex 40,34) y el templo de Salomón (ver 1 R 8,11); colma
ahora a María y suscita la vida de Jesús. María es el nuevo templo
consagrado por el Espíritu Santo, donde Dios por medio de Jesucristo
se revela y habita en medio de su pueblo.
Pero para Lucas la Anunciación es el Pentecostés de María, el misterio
anticipado de la Nueva Alianza. Como se difunde sobre los apóstoles el
Espíritu Santo para ser nueva ley de amor y principio de impulso
misionero (ver Hch 1,8;8,4), así desciende sobre María para crear en
Ella el “corazón nuevo” prometido por los profetas y que impulsa a
comunicar la Buena Noticia (Lc 1,39-41).
El gran drama del pueblo de Israel está constituido por su infidelidad
a la alianza sellada con el Señor (Ex 6,7). Los profetas le reprochan
continuamente la dureza del corazón y la ruptura del pacto (Sal 94; Jr
22,9); pero anuncian también una alianza nueva: «Vendrán días en que
haré una alianza nueva con la casa de Israel y de Judá... Pactaré con
ellos una alianza eterna» (Jr 31,31; 32,40). «Quitaré su corazón de
piedra y les daré un corazón nuevo... Os daré un corazón nuevo y os
daré un espíritu nuevo» (Ez 11,19; 36,25-26).
Se trata de renovación y cumplimiento de la alianza, que remedia la
situación de fragilidad y desobediencia del pueblo, con el don del
corazón nuevo operado por el Espíritu.
El corazón es en el Antiguo Testamento no tanto la sede de la
afectividad cuanto el órgano del discernimiento: dirige la voluntad,
el deseo y la conducta moral.
El cambio de corazón (hoy “trasplante”) significa la aparición de una
nueva dirección de la voluntad. Mientras el corazón de piedra era duro
y rebelde a la voluntad de Dios, incapaz de plegarse a la ley impuesta
desde el exterior, el corazón nuevo capacita desde dentro para
obedecer a Dios con acto libre y voluntario.
Dios mismo actúa a través de su Espíritu, simbolizado en las aguas que
dan vida y frescura, para transformar el corazón humano en forma que
se haga capaz de ofrecer libremente el “sí” del consentimiento y de la
fe.
Con María termina el drama de Israel, porque finalmente se encuentra
la armonía de la fe, adhesión a la voluntad de Dios: «Yo soy la
servidora del Señor. Cúmplase en mi lo que has dicho» (Lc 1,38).
Esta armonía no se explica sin el don del corazón nuevo a través del
Espíritu, que hace de María la creatura de la Nueva Alianza: la
creyente (Lc 1,45) que confía totalmente en Dios en plena
disponibilidad al plan de salvación.
La Virgen se convierte así en signo de la Nueva Alianza: yendo a Ella
somos impulsados a proseguir hacia el Espíritu, que ha actuado en Ella
haciéndola comienzo ejemplar de la nueva creación.
Mirándola a Ella comprendemos el verdadero sentido de la renovación
eclesial. Cuando se habla de renovación de la Iglesia, pensamos a
menudo en cambios exteriores, en las formulaciones modernas de las
verdades de fe, en las formas litúrgicas en lengua materna, en nuevas
formas de convivencia y colaboración eclesial.
Estos cambios han realizado consoladores progresos. Mucho más
importante, sin embargo, es el decisivo cambio interior, es decir, la
renovación del corazón bajo la acción del Espíritu.
Se trata de descender hasta el centro personal de la conciencia, donde
maduran las opciones más profundas.
Como María, también nosotros estamos llamados a responder sí al
Espíritu, sin ceder a la vida egoísta, cerrada a Dios y a los hombres
(Gál 5,18), sin radicalizarnos en una moral legalística basada en las
leyes externas (Rm 6; 2 Co 3,6-18).
El cristiano orientado interiormente por el Espíritu (Rm 8,2-14) actúa
con entrega libre, haciendo de su vida “Amén” al Padre para animar de
espíritu evangélico mundo.
En todo, Señor, soy limitado:
salud, conocimientos, formas de actuar, actividad;
pero el amor que hay en mi no conoce otros límites
que los que le fija su egoísmo...
He huido de la santidad,
he tenido temor, he tergiversado, dudado,
procedido con cálculos mezquinos,
precisamente cuando más se imponía una entrega total...
Aquí estoy, Jesús, con mis culpas
y mis insulsos deseos:
concédeme tu benevolencia y ayuda;
necesito realmente de tu infinita bondad.
Olvida que haya sido yo tan mal amigo;
quisiera iniciar contigo una amistad nueva,
una amistad joven y ardiente,
una amistad en la que todo sea realmente común entre nosotros,
una amistad para la vida y para la muerte.
Dame un corazón nuevo,
un corazón fiel y humilde,
como el de tu Madre Santísima,
ardiente y resuelto como el de Pablo.
Oh Madre divina, alcánzame de Jesús,
que El me confirme en mi puesto de combate,
un puesto en el que pueda “resistir” siempre.
P. Lyonnet
6. MARIA CREYENTE
La
confianza
es la
mejor condición para un caminar en la fe.
Imposible
creer sin confiar perdidamente en el Señor
y en su
Palabra.
Abandonarse por amor como un pobre,
como un
niño,
como
María, es abrirse a la aventura imprevisible
de una
esperanza cada vez mayor.
La fe no es simplemente creer por ser verdadero, aceptar solamente con
la mente las verdades reveladas. Es un don total de sí a Dios, es
arriesgar bajo su palabra la propia vida. Hoy diríamos que es una
opción fundamental.
María es la primera cristiana, porque fue la primera a quien se
anunció el Evangelio del gozo: “Alégrate llena de gracia” (Lc 1,28). Y
también por ser la primera que creyó en Cristo ahora presente. Es la
primera en responder con un sí total a la persona de Cristo. María
acoge plenamente a Cristo, porque tiene un corazón pobre,
completamente disponible. Isabel ve en Ella a la creyente y la
felicita: «¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el
Señor se cumplirá» (Lc 1,45).
El Concilio dice que María «avanzó en la peregrinación de la fe y
conservó fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz» (LG 58). A
veces se presentó a María en el pasado como una persona siempre
iluminada por visiones o revelaciones o anuncios angélicos.
Pero Ella vivió en condiciones de peregrina. Por tanto no iluminada
normalmente por la visión. Tuvo que confiar en la Palabra de Dios.
María ha recorrido ciertamente un camino como todos los hombres,
porque es propio del hombre perfeccionarse con el correr del tiempo.
El hombre, al no tener la posibilidad de estrechar en un momento en su
mano toda la vida y realizarla de una vez para siempre, tiene que
repetir, renovándola una y otra vez, su entrega al Señor a través del
tiempo.
Es lo que hizo María, aunque su respuesta estuvo siempre llena de
amor, su conocimiento de Cristo se amplió e hizo más profundo. Ha
respondido siempre con generosidad y empeño a las diversas
invitaciones que Dios le ha hecho a lo largo de su vida. De suerte que
hallamos una maduración de fe en el itinerario de María.
Ciertamente tampoco a Ella le ha sido fácil creer. En efecto, mientras
se decía de Jesús que debía ser el Mesías, cuyo reino no tendría fin,
la realidad decía todo lo contrario. María se encontró frente a un
niño inerme, que nace en un establo, debe huir ante Herodes. María ha
tenido que hacer un “salto a lo imprevisible”, como dice Guardini.
Tuvo que abandonarse totalmente en manos de Dios.
En la fe se da, en el fondo, ese acto de confianza que todo amigo
realiza respecto de su amigo. Al llegar a una comunión, a una relación
profunda de confianza recíproca, es posible hacer un acto de abandono
en el otro, porque uno está seguro de él sin necesidad de pruebas. Es
lo que ha hecho María respecto de Dios: confió en El. Y Dios la fue
guiando a través de todo su itinerario, a través de diferentes
encuentros, de suerte que la fe de María no sufrió nunca desilusión
alguna.
Oh María, estoy cansado de palabras:
necesito una fe, que no se explica si no se vive.
Creer no es conocer, es darse.
Tú fuiste pobre en palabras, pero rica en obras,
pobre en cosas humanas, pero rica de Dios.
El hombre sin Dios, vive amargamente solo, Tú has creído;
no creer es cansancio y aburrimiento;
has vivido en el amor, no amar es angustia y debilidad.
Tú me invitas a la escucha de Dios,
a esperar cada día su salvación,
a vivir a fondo mi debilidad,
a tomar en serio mi compromiso.
Vito Morelli
7. LA OYENTE
Con el
avance de nuestra civilización
declina el
sentido de la escucha y de la reflexión.
La
humanidad de hoy no carece de conocimientos
sino de
discernimiento, conciencia, comprensión.
Acostumbrados a adecuarnos a las ideas más convencionales,
siempre es
más difícil para nosotros
asumir en
su profundidad el sentido de cada acontecimiento.
Sólo con
el silencio y la escucha
comienza
la comprensión del significado profundo
de nuestra
vida y del proyecto de amor
que el
Señor tiene sobre nosotros.
María es la Virgen oyente, que acoge en la fe la Palabra de Dios: esto
constituyó para Ella la premisa y el camino a la maternidad divina.
Como dicen los Padres: «María, llena de fe, concibió a Cristo primero
en la mente que en el vientre».
Cuando una mujer de entre la turba, llena de admiración por Jesús,
exclama en alta voz: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que
te alimentaron», Jesús responde: «Dichosos más bien los que escuchan
el mensaje de Dios y lo cumplen» (Lc 11,27-28). Con estas palabras
afirmaba Jesús que María era más dichosa por haber acogido la Palabra
que por ser madre suya.
El evangelista Lucas advierte con insistencia cómo María, protagonista
y testigo excepcional de la Encarnación, volvía sobre los
acontecimientos de la Infancia de Cristo, «confrontándolos unos con
otros en lo íntimo de su corazón» (Lc 2,19-51).
«La doble advertencia de Lucas sobre el silencio reflexivo de María...
abre espirales profundas sobre la vida interior de la Virgen: en el
silencio, María aparece como mujer sabia que recuerda y actualiza,
interpreta y confronta, a la luz del acontecimiento de la Pascua,
palabras y acontecimientos sucedidos en el nacimiento e infancia de su
Hijo, y se pregunta sobre el significado de palabras oscuras, sobre
las cuales se proyectaba la sombra de la cruz (ver Lc 2,34-35,48-50) y
acoge los silencios de Dios con su silencio de adoración» (Capítulo de
los Siervos de María, Haced lo que El os diga, 58).
María es una mujer que reflexiona y trata de comprender los
acontecimientos. Reviste Ella las características del sabio, que es
quien actualiza y acoge las lecciones de los acontecimientos de la
historia, no permaneciendo inerte, sino aceptando el reto que ellos le
plantean.
María actualiza todo esto para alcanzar un mayor conocimiento de
Cristo, para darse cuenta de lo que el Señor quiere, llevando a una
toma de conciencia siempre mejor de lo que la Palabra de Dios ha
depositado en Ella.
Otro tanto hace la Iglesia, que escucha en la fe, acoge, venera la
Palabra de Dios, la distribuye a los fieles como pan de vida y a su
luz escruta los signos de los tiempos, interpreta y vive los
acontecimientos de la historia.
Y la Iglesia, de hecho, a lo largo de los siglos ha realizado un
trabajo de profundización y penetración de la Palabra de Dios: a
través de su Magisterio, la vida e instituciones de los santos, el
estudio de los teólogos, la reflexión de los fieles...
Lo que María ha realizado y lo que la Iglesia lleva a cabo debe ser
operado por cada cristiano. Que debe acoger la Palabra de Dios, tratar
de hacerla sustancia de la propia vida y comprenderla siempre más. La
mente humana no agotará jamás las virtualidades de la Palabra de Dios.
Como María, que medita la Palabra escrita de Dios y la confronta con
los acontecimientos, así el cristiano se halla llamado a hacer una
lectura “sapiencial” de la propia vida y de la historia humana,
implorando al Espíritu el don profético de interpretar la voluntad del
Padre y colaborar en su proyecto de amor.
En un mundo sumergido entre voces,
voces de mil profetas auténticos o no,
María es... Silencio.
Y el Espíritu de Dios la hace acogida
para que la Palabra de Dios se haga hombre.
En un mundo que navega a oscuras,
como el que corre en pos de esperanzas engañosas,
María es... Plegaria.
Y el Espíritu de Dios la hace fecunda
para que de su seno florezca la Iglesia.
En un mundo perturbado por el mal,
en el cual hay llanto y dolor y el amor muere,
María es... Anuncio.
Y el Espíritu de Dios la hace cantar en el corazón
las maravillas del Señor.
Canto: María es silencio
8. RESPONSABLE
María,
ha sido la
primera mujer liberada por el Padre;
la primera
a quien ha enviado su Espíritu Santo
Dios la
eligió, como mujer y como madre,
para dar
comienzo a los tiempos nuevos.
En Ella,
toda mujer puede cantar
su
“magníficat” olvidando siglos y siglos de amargura.
Dios tiene
todavía necesidad de la mujer
para dar
al mundo de hoy una nueva esperanza.
Hoy la mujer no se resigna ya a ninguna forma de explotación y
alienación, como se rebela contra la supremacía de los hombres, la
exclusión de la vida social, la dependencia económica. Es, de hecho,
un vasto movimiento para la liberación de la mujer.
¿Qué mensaje tiene María para las mujeres de nuestro tiempo,
proyectadas hacia la reivindicación de los propios deberes?
Absolutamente nada, si se presenta a la Virgen según los viejos
esquemas, como mujer tranquila y resignada, ejemplo de sumisión, de
vida escondida en el hogar y exclusivamente de virtudes domésticas.
Afortunadamente el Evangelio nos revela un conjunto de valores
intensamente vividos por María y capaces de ofrecer inspiración y
apoyo al movimiento por la promoción de la mujer, saludado por el Papa
Juan como un “signo de nuestro tiempo”.
El perfil bíblico de la Virgen se halla en antítesis con el tipo de
mujer pasiva y perdida en la masa anónima. Desde que María aparece en
la escena de la Anunciación, surge en la lucidez de su conciencia que
se compromete con el plan de Dios no en forma ciega ni automática,
sino luego de cuidadosa reflexión y petición de nueva iluminación: «Se
turbó, preguntándose qué saludo era aquél... María dijo al ángel:
«¿Cómo sucederá eso, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,29-34). Es la
Virgen de la gran decisión, del sí a la efusión de la salvación sobre
toda la humanidad, de la respuesta que ha influido eficazmente en los
destinos del mundo. Pero ante todo es la Mujer del diálogo, de la
responsabilidad, de la reflexión madura.
La continuación de su vida nos la muestran como creatura inserta en la
historia sin resultar arrastrada por su corriente. Ella se pregunta el
sentido de los acontecimientos y del misterio de Cristo: «María
conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior. Su
madre conservaba en su interior el recuerdo de todo aquello» (Lc
2,19-51). Al contrario del necio, que se olvida de la historia, María
es la persona sabia que contempla y recuerda el pasado en vista del
presente para vivir su significado en profundidad.
La penetración de la historia alcanza en María hasta el punto de
descubrir su ley fundamental: Dios interviene en favor de los
humildes, de los débiles, de los pobres (Lc 1,51-53). El Magníficat es
el canto de liberación entonado por una joven palestinense, que
concentraría sobre sí la mirada de los siglos. Es el himno de los
pobres, hambrientos de justicia a todo nivel, ciertos de la solución
dada por la intervención del Dios de los oprimidos. Es el cántico de
victoria sobre las fuerzas del mal, sobre los prepotentes orgullosos,
sobre el pecado, en vista de un mundo nuevo creado en la santidad (ver
Is 61,10; Ha 3,3-9; 1 S 2,1-10). Gracias a esta lectura de la historia
a la luz de la Palabra de Dios, María es “Icono”, imagen perfecta de
la Iglesia en su dimensión profética y a la vez heraldo de la
salvación como liberación integral.
María percibe el movimiento liberador en marcha con la venida de
Cristo porque Ella misma respira la atmósfera de la nueva alianza en
el amor y la libertad. No obstante su sumisión a la ley mosaica (Lc
2,21.24.41), la Madre del Señor es la llena de gracia y el lugar de
actuación del Espíritu (Lc 1,28-35). Es la personificación del nuevo
Pueblo de Dios liberado de la ley y redimido: una nueva creación (2 Co
5,17).
Por esto no se queda encerrada en casa como Isabel, figura de la
sinagoga, sino que adelanta la acción misionera al aire libre para
anunciar la salvación a los pobres (Lc 1,39-56). La misma libertad en
el Espíritu dirige la plegaria audaz de María en Caná (Jn 2,3; ver Jo
5,14), la iniciativa para suscitar la fe de los discípulos (Jn 2,5),
su presencia en la predicación de su Hijo (Lc 8,19-21), en la hora
decisiva de la cruz (Jn 19,25-27) y en los días de trepidante espera
de la primera comunidad (Hch 1,14).
Actualmente la Virgen Asunta, glorificada en la totalidad de su ser y
partícipe de la realeza de Cristo, anuncia el carácter liberador del
Reino de Dios. Reino que conlleva la liberación de toda esclavitud
opresora, incluso de las leyes de la caducidad y de la última
adversaria, la muerte (ver 1 Co 15,55). La condición celestial de
María, reanima la esperanza de la Iglesia, y en ella la de las
mujeres, que hoy buscan un sendero de salvación.
La mujer encontrará en María otros Valores típicamente cristianos:
misión materna, atención a las necesidades humanas, escucha y entrega,
aceptación del riesgo y del sufrimiento, virginidad consagrada...
Particularmente actual es la perspectiva liberadora, descubierta por
la Virgen del Magníficat en la historia de la salvación. Ella no sólo
refuerza la esperanza de los pobres, y entre ellos de la mujer, sino
que invita a todos los cristianos a deponer el recelo contra el mundo
femenino, desde el momento en que Dios escogió a una mujer para
derramar definitivamente su misericordia en la historia.
Santa María, mujer humilde y pobre,
bendecida por el Altísimo, ¡Ave, María!
Virgen de la Esperanza, profecía de los tiempos nuevos,
une a tu canto nuestras voces
y acompáñanos en nuestro caminar:
a proclamar la llegada del Reino
y liberación total del hombre,
a llevar a Cristo a los hermanos y alcanzar con ellos
una comunión de amor más intensa;
a proclamar contigo las misericordias del Señor
y a cantar el gozo de la vida y de la salvación.
Virgen, arca de la alianza nueva,
primicia de la Iglesia;
acoge la oración de tus siervos.
Comisión litúrgica internacional de los siervos de María
9. ESTILO DE ORACION
Cuando la
vida se hace canto y oración,
el
creyente toca el vértice del gozo y de la contemplación.
María
enseña que en las vivencias históricas
hay
siempre una verdad más profunda
de lo que
se percibe. Servir al Señor es cantar
las
maravillas de su amor,
esperar la
realización de sus promesas
de
liberación definitiva.
El Magníficat es una meditación sobre la historia. Parte de la
experiencia de María en el presente, se proyecta a la experiencia del
Pueblo de Dios en el pasado y vuelve la mirada hacia el futuro.
María goza, al mirar hacia sí misma.
Cuando la oración es auténtica, abre el corazón al gozo y a la
esperanza, porque es encuentro con el Dios que guía la historia y
ofrece la salvación.
El Magníficat es un canto de exultación, un himno de gozo, una
profecía de esperanza. Brota del espíritu religioso de María frente a
cuanto Dios ha realizado en Ella y en la historia: «Quiero alabar al
Señor por sus grandes obras. Dios es mi Salvador: sobreabundo de gozo»
(Lc 1,46-47).
María ve que Dios ha sido su Salvador, en cuanto que la ha mirado con
amor a Ella, su humilde servidora, y ha realizado un “cambio de
situación”, haciendo en Ella grandes cosas, en forma que todas las
generaciones la felicitarán.
María no se encierra dentro de sí misma, sino que mira a todo el
Pueblo de Dios. Se nota en el Magníficat un paso del yo al nosotros.
María reflexiona: lo realizado en mí es en el fondo el modo de actuar
ordinario de Dios respecto de su pueblo. Dios ha realizado siempre ese
“cambio de situación”, por el cual los que se hallaban en el último
puesto, pobres, oprimidos, humildes, son exaltados, conducidos hacia
la liberación, mientras que quienes detentan el poder llenos de
orgullo, son depuestos.
Aquí, María se refiere naturalmente a la historia de Israel: a los
faraones derrotados, a los carceleros de Babilonia que oprimían al
pueblo del Señor. Tarde o temprano, los prepotentes han sido arrojados
de sus tronos y, en cambio, el Pueblo de Dios ha sido liberado.
María se coloca en actitud de descubrir el plan de Dios.
La Madre del Señor no cierra los ojos sobre los males del mundo: sabe
que existen terribles opresores, soberbios orgullosos y arribistas
altaneros que hacen de su poder o prestigio un pedestal para dominar a
sus propios hermanos. Y sin embargo, María eleva un canto de gozo
porque tiene una convicción: «Dios es salvador... Derriba del trono a
los poderosos y enaltece a los humildes» (Lc 1,52). Es decir, Dios es
más grande que los males del mundo: no es indiferente frente a los
injustos opresores y tarde o temprano los hace rodar de sus tronos y,
al mismo tiempo, se acerca a todos los marginados para promover desde
dentro su liberación.
El Magníficat es un cántico religioso que señala una dirección: Dios
vive para su alianza, que no consiste en hacer de la historia un
columpio de subidas y bajadas, en el sentido de que quien era rico se
empobrece y viceversa. La alianza de Dios consiste en la búsqueda de
una comunión del hombre con El, comunión que debe vivirse también
entre los hermanos. Mira a formar un pueblo construido en el amor.
Esta es la línea operativa, el programa de Dios que debemos acoger y
favorecer. Es un mensaje religioso, con implicaciones sociales y
políticas. El cristiano debe evaluar, según las diversas situaciones,
cuáles son los medios más adecuados para hacer que cuanto Dios quiere
sea aceptado y realizado a través de un compromiso responsable.
El “Magníficat” presenta la estructura de la oración bíblica, fundada
en el tiempo. Mira al pasado, y entonces es un recuerdo de cuanto Dios
ha hecho; al presente, y se hace alabanza, acción de gracias a Dios;
al futuro, y se hace súplica.
La oración de María no es abstracta. Parte de la vida, va a la Palabra
de Dios, reflexiona a su luz y vuelve luego una vez más a la vida para
renovarla.
Desde el himno de María, una nota de gozo penetra en nuestra vida. El
gozo cristiano posee un aliento más poderoso que el mal que reina en
el mundo. Es fruto de una fe en el Dios salvador, de un compromiso en
favor de la liberación de los pobres y de los oprimidos, de la
conciencia de que Dios está con nosotros para la realización de su
reino. Con María vamos al encuentro del Señor “vigilantes en la
plegaria y exultantes en la alabanza” (Mc 4).
En la escuela de María aprendemos a orar leyendo los signos de los
tiempos y descubriendo en nuestra historia cotidiana el rostro del
Dios salvador y liberador. Que nos invita a contribuir a la liberación
del mundo de toda opresión, hasta que los hombres vivan la alianza en
la comunión entre sí y con El. Entonces nuestra oración será una
respuesta vital al Evangelio: una experiencia gozosa, una vibración de
esperanza, un mensaje de optimismo no obstante lo dramático de la
historia.
Con toda el alma cantemos, hermanos,
que nadie más se sienta solo, ni llore,
ni siga esperando inútilmente.
El Omnipotente ha hecho prodigios,
prodigios mayores que en tiempos antiguos,
y santo es su nombre solamente.
El que creó el mundo, el cielo y la tierra,
prosigue creando astros y planetas,
es el único que cuida de nosotros.
Tú, oh Virgen Madre, eres el amor,
que anuncia el día de Dios sobre el mundo,
y es el nuevo paraíso del hombre.
Tú eres, María, la tierra prometida,
figura del reino que debe llegar
y templo viviente del Verbo de Dios.
Los justos entonces ya no se desilusionan:
tú eres el signo de que Dios es fiel
y el signo patente de que ya llegó.
Derribó del trono a los orgullosos
y exaltó a los humildes y los pobres
haciendo de ellos su pueblo escogido.
Favoreció así a Israel su siervo,
a Abrahán y los justos que le fueron fieles:
el pequeño resto por siglos y siglos.
Cante al Señor el universo entero,
por ti que eres el templo de fuego infinito,
la mujer dichosa del Edén:
Alleluia, alleluia.
David M. Turoldo
10. FIDELIDAD
Es fácil
comenzar; perseverar es difícil.
No basta
comenzar con entusiasmo;
hay que
vencer las dificultades que sobrevienen
con el
tiempo.
Jesús nos
amonesta:
«El que
echa mano al arado y sigue mirando atrás,
no vale
para el Reino de Dios».
(Lc 9,62).
Para no
evadirnos con nostalgia hacia el pasado,
la Virgen
nos guía a anclarnos en Dios
con
fidelidad.
Meditemos con corazón disponible en la fidelidad que Jesús espera de
nosotros moldeándonos en el ejemplo de la Virgen. Nos servirán de guía
las palabras de Juan Pablo II a los cristianos de México (26-1-1979).
«Entre tantos títulos dados a la Virgen durante los siglos por el amor
filial de los cristianos, hay uno de significado muy profundo: ¡Virgen
fiel!, la ¡”Virgo Fidelis”! ¿Qué significa esta fidelidad? ¿Cuáles son
las dimensiones de la fidelidad?
La primera dimensión se llama búsqueda. María fue fiel ante
todo cuando, con amor se puso a buscar el sentido profundo del
designio de Dios en Ella y para el mundo. “¿Quomodo fiet?, ¿cómo
sucederá esto?”, pregunta Ella al Angel de la Anunciación. Ya en el
Antiguo Testamento el sentido de esta búsqueda se traduce en una
expresión de rara belleza y extraordinario contenido espiritual
“buscar el rostro del Señor”. No habrá fidelidad si no hubiere en la
raíz esta ardiente, paciente y generosa búsqueda; si no se encontrara
en el corazón del hombre una pregunta, para lo cual sólo Dios tiene
respuesta, mejor dicho, para lo cual sólo Dios es la respuesta.
La segunda dimensión de la fidelidad se llama acogida,
aceptación. El “¿quomodo fiet?” se transforma, en los labios de María,
en un “fiat”. Que se haga, estoy pronto, acepto: éste es el momento
crucial de la fidelidad, momento en el cual el hombre percibe que
jamás comprenderá totalmente el cómo; que hay en el designio de Dios
más zonas de misterio que de evidencia; que por más que haga, jamás
logrará aceptarlo todo. Es entonces cuando el hombre acepta el
misterio, le da un lugar en su corazón así como “María conservaba
todas esas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19;ver 3,15). Es
el momento en que el hombre se abandona al misterio, no con la
resignación de alguien que capitula frente a un enigma, a un absurdo,
sino más bien con disponibilidad de quien se abre para ser habitado
por algo –por alguien–, más grande que el propio corazón. Esta
aceptación se cumple en definitiva por la fe que es la adhesión de
todo el ser al misterio que revela.
Coherencia,
es la tercera dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que
se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión.
Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas
entre lo que se vive y lo que se cree; esta es la coherencia. Aquí se
encuentra, quizás, el núcleo más íntimo de la fidelidad.
Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la
duración. Por eso la cuarta dimensión de la fidelidad es la
constancia. Es fácil ser coherente por un día o algunos días.
Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser
coherente en la exaltación, difícil serlo en la hora de la
tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a
lo largo de toda la vida. El “fiat” de María en la Anunciación
encuentra su plenitud en el “fiat” silencioso que repite al pie de la
cruz. Ser fiel es no traicionar en las tinieblas lo que se aceptó en
público.
De todas las enseñanzas que la Virgen da a sus hijos, quizás la más
bella e importante es esta lección de fidelidad...».
Oh Virgen fiel
permaneces noche y día en profundo silencio,
en paz inefable, en oración divina que no cesa jamás,
con el alma inundada totalmente por resplandores eternos.
Tu corazón refleja como un cristal el Corazón Divino,
el Huésped que la habita, la Belleza sin ocaso.
Oh María, tú atraes el cielo
y el Padre te entrega su Verbo
para que seas su Madre,
y el Espíritu de amor te cubre con su sombra.
A ti vienen los Tres;
toda el cielo se abre y desciende hasta ti.
Adoro el misterio de este Dios,
que se encarna en ti, Virgen María.
Madre del Verbo, dime tu misterio
después de la Encarnación del Señor,
cómo pasaste por la tierra
inmersa totalmente en adoración.
En paz inefable, en misterioso silencio,
penetraste en lo insondable,
llevando en ti el Don de Dios.
Guárdame siempre con tu abrazo divino.
Que yo lleve en mí,
el sello de este amor Divino.
Isabel de la Trinidad
11. VIRGEN
La
virginidad de María
es una
opción de contestación valerosa frente a la mentalidad
de su
tiempo.
El
conformismo es también hoy un grave desafío
a la
originalidad y coherencia con las opciones de fe.
Descubrir
de nuevo el valor de la virginidad
al lado
del valor del matrimonio
es
redimensionarse concretamente sobre el mensaje evangélico
y asumir
la actualidad de su llamada
a la
propia existencia personal e histórica.
Con base en la Escritura, el primer significado de la virginidad de
María es esencialmente en relación con Cristo. Es un signo peculiar de
la presencia de Dios en la historia; es signo, como dirán los Padres,
y garantía de la Encarnación, es decir, de Cristo, verdadero Dios y
verdadero hombre.
Cristo es verdadero hombre, porque una mujer lo injerta en la
historia; pero como es también Dios, su nacimiento no es igual que el
de los demás hombres. Es una persona particular, única. La
Resurrección, como otros episodios importantes de su vida (Bautismo,
Transfiguración...) indican quién es esa persona sobre la cual se
concentran las miradas de los hombres. Del mismo modo su concepción se
caracteriza por una intervención peculiar de Dios.
La Virginidad de María tiene también un significado humano. Es una
opción valerosa que María ha hecho a contracorriente, porque en su
tiempo estaba en vigencia la mentalidad judía, según la cual la
maternidad era una bendición y el no tener hijos, en cambio, era una
maldición; era colocarse fuera de la línea que llevaría a su
realización las promesas de Dios.
En tiempos de Jesús ya se había verificado una evolución de esta
mentalidad: existían, en efecto, grupos restringidos favorables a la
virginidad. Puede decirse que María había oído hablar de ellos o que
actuó por una inspiración interior. El hecho es que esta opción muy
probablemente la ha colocado en dificultades frente a su ambiente.
La virginidad de María, en su significado de opción valerosa, es signo
que no se deja condicionar y es capaz de elegir en forma autónoma y
responsable.
No obstante la opción virginal, María ha aceptado el matrimonio, en
cuanto que aún no era concebible una virginidad sin la protección de
un varón. Por tanto, María vive su virginidad en un contexto
matrimonial, en un contexto de verdadero afecto y amor a José, a quien
no podemos absolutamente considerar sólo como guardián. Se han amado
cordialmente, han llevado una vida en común. El suyo ha sido un amor
de verdad, aunque no haya asumido las expresiones propias del amor
conyugal.
El Evangelio nos presenta en términos de virginidad las relaciones
entre María y José, de lo contrario no se entendería la frase de María
“no conozco varón” (Lc 1,34).
Otro aspecto de la virginidad de María es que se halla vinculada a una
actitud interior. No se puede hablar de virginidad solamente en su
aspecto físico, sino que se la debe ver también como signo de entrega
total a Dios, de consagración al Señor.
María se consagra totalmente a Dios y manifiesta esa consagración a
través de su virginidad. En este sentido, la virginidad es, como dicen
también los Padres, la integridad de la fe. Así aparece María como
imagen de la Iglesia que debe ser virgen, en el sentido de que debe
dar su consentimiento total a Cristo: un acto de fe y de consagración.
Ninguna mano humana ose tocar
a la que es tabernáculo vivo del Señor.
Que los labios de los creyentes proclamen
el júbilo con la voz del celeste mensajero.
¡Oh Virgen pura, tú eres de verdad
la más excelsa de todas las creaturas!
Oh Virgen Madre de Dios, tu alma
irradia la pureza y la belleza
y la gracia celeste de Dios colma tu ser;
por ello iluminas siempre con luz eterna
a aquellos que te aclaman;
¡Oh Virgen pura, tú eres de verdad
la más excelsa de todas las creaturas!
Oh Virgen Madre de Dios, tu prodigio
supera la fuerza de las palabras;
si yo descubro en ti más allá de las palabras
un cuerpo inmune al flujo del pecado;
por ello, en mi acción de gracias, grito:
¡Oh Virgen pura, tú eres de verdad
la más excelsa de todas las creaturas!
Oh Purísima, la ley te ha representado
paradójicamente como sagrario y cáliz,
arca maravillosa, velo, vara escogida,
templo indestructible y puerta de Dios.
Por eso, ella nos enseña a exclamar:
¡Oh Virgen pura, tú eres de verdad
la más excelsa de todas las creaturas!
Gregorio de Nicomedia (s. IX)
12. MADRE DEL SEÑOR
La
maternidad de María
es
ciertamente un hecho único en la historia.
Sin
embargo, cualquiera que cree engendra a Cristo
en su
Cuerpo, que es la Iglesia.
para darlo
al mundo.
El
misterio de Dios
está
siempre sin preocupaciones cerca a las cosas más pequeñas
que cada
uno realiza con amor.
«¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a visitarme?» (Lc
1,43). Con estas palabras acoge Isabel a María en su casa. El
significado profundo de esta expresión resalta en seguida si pensamos
que, cuando el evangelista escribía, los cristianos resumían su fe en
dos palabras: “Jesús es el Señor” (1 Co 12,3). El saludo de Isabel
representa, pues, una proclamación de fe de la primera comunidad.
El relato de la visita de María a Isabel ha sido hecho con la misma
técnica que sirve a los evangelistas para expresar un mensaje
particular: es decir, colocando un episodio frente a otro semejante
del Antiguo Testamento. Como el arca de la alianza, signo de la
presencia de Dios, fue llevada al monte Sión, permaneció tres meses en
casa de Obededón, siendo fuente de bendiciones para él y fue acogida
jubilosamente por David (2 S 6,2-12); así María sube a la montaña,
permanece unos tres meses en casa de Zacarías, es fuente de
bendiciones para ella con la efusión mesiánica del Espíritu Santo
sobre Isabel y todavía el júbilo de Juan Bautista en el seno de su
madre (Lc 1,39-44).
A través de este juego alusivo al episodio del arca que sube a la
montaña, el evangelista quiere sin más poner el acento sobre esta
verdad: desde ahora el lugar donde Dios reside ya no es el arca, sino
una persona, María.
Aquí se podría hablar del tema del templo de Dios, que es ante todo la
persona de Cristo, luego la Iglesia, y finalmente cada hombre
necesitado.
Este episodio nos recuerda que María es madre del Señor y también
templo del Señor, en cuanto encierra la presencia de Dios.
Naturalmente no basta admitir el sentido local de presencia: María es
la que engendra a Cristo en la naturaleza humana. Debemos a María el
Salvador.
Muchas veces nos preguntamos cuál es la identidad del cristiano.
Rahner observa que hoy muchos no tienen devoción a María porque
consideran al cristianismo como una ideología, es decir, algo
abstracto. Ahora bien, las ideas no tienen madre, dice Rahner. Si en
cambio, pensamos realmente en el Hijo de Dios hecho hombre, entonces
advertimos que ha tenido necesidad de una madre: la madre es, por
tanto, garantía de la Encarnación.
Ese ha sido el papel de María en la historia de la Iglesia, desde el
comienzo de los siglos: Ella ha sido criterio verificador de la fe en
Cristo. Cuando los Padres del Concilio de Efeso en 431 proclamaron que
María es “Madre de Dios” (en griego “Theotòkos”) afirmaron al mismo
tiempo que Jesús es una sola persona en dos naturalezas. Así una
palabra mariana, “Theotòkos”, se convirtió en señal de reconocimiento
de la verdadera fe.
María nos garantiza que Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios, y
lo garantiza con base en su maternidad virginal. El acto de fe no nos
orienta hacia una idea o una doctrina, sino hacia una persona: Cristo.
No a un Cristo soñado, idealizado, sino al verdadero, al Hijo de la
Virgen María.
Por tanto cada vez que llamamos a María Madre del Señor, afirmamos que
Dios se ha hecho uno de nosotros, para nuestra salvación.
Tú, Dios mío, no me quitarás
aquello que una vez me diste
en tu Hijo único Jesucristo:
en El me has dado cuanto puedo desear.
Así me alegraré pensando
que no tardarás, si sé esperar.
Míos son los cielos y mía la tierra;
míos todos los hombres;
míos son los justos,
míos los pecadores.
Los ángeles son míos,
mía la Madre de Dios,
mías todas las cosas;
Dios mío es mío y para mí;
porque Cristo es mío
y todo para mí.
Amén.
San Juan de la Cruz (+ 1591)
13. LOGICA DIVINA
María
es la
joven elegida por Dios para comenzar,
al llegar
los tiempos mesiánicos, la narración
de la
historia de la salvación
que
alcanzará su punto culminante en la existencia de Jesús.
Una
existencia incomprensible según la lógica humana,
pero
explicable según la lógica divina
que
comienza a realizarse en María.
María es la madre de Jesús, el humilde e indefenso niño del pesebre y
el Señor de la gloria. Ella es la garantía de nuestra fe en la
Encarnación del Hijo de Dios en nuestra humanidad y en nuestra
historia. Es la bendita entre las mujeres, porque con su maternidad
virginal nos testifica la existencia humana del Hijo, a la vez que su
origen divino.
María, por este carisma o servicio único en la historia de la
salvación, tiene derecho a nuestra simpatía y gratitud. Su alabanza no
cesará nunca en la Iglesia de la nueva alianza, que movida por el
Espíritu Santo como Isabel, la proclama dichosa por la maravillas que
Dios ha realizado en Ella.
Al contemplarla, se llega a una unión más íntima con Jesús,
Dios–con–nosotros, hermano y salvador nuestro. La “Theotòkos” es
criterio perenne de la ortodoxia, de la fe en el Cristo real,
verdadero hombre y verdadero Dios, en el Cristo de la “Dénosis” y de
la gloria, en el Cristo que en solidaridad con los hombres comienza el
camino de la vida.
María no es, sin embargo, sólo esto: no es solamente la Madre
biológica de Jesús, sino la creyente, la primera cristiana a quien se
anuncia el evangelio del reino y que acepta con plena disponibilidad
la Palabra de Dios.
¿Dónde empieza esta historia? ¿Qué lógica divina manifiesta? María
responde a estos interrogantes cuando expresa su experiencia con las
palabras: «Ha mirado la humillación de su esclava» (Lc 1,48). Lutero
en su lenguaje robusto y lleno de imágenes, parafrasea así este
versículo: «Dios ha dirigido sus miradas a mí, su servidora pobre,
despreciada e insignificante... Habría podido acogerse a la hija de
Anás o de Caifás, que eran los jefes de la nación. En cambio, ha
vuelto a mí sus ojos llenos de pura bondad y se ha servido para sus
designios de una sierva miserable y despreciada» (Comentario al
Magnificat).
Por tanto, al escoger a María como persona que realiza una historia
salvadora, Dios realiza un hecho, una señal de su programa y de su
designio: la historia se lleva a cabo llamando a colaborar a esas
categorías marginadas de la religión oficial del templo.
Es preciso, en efecto, recordar que la teología judía distinguía dos
clases de personas: los competentes y los incompetentes. Los primeros
eran los que podían leer la Escritura en la Sinagoga: eran los
varones, los adultos, físicamente perfectos (no lisiados, ni
inválidos), es decir, los privilegiados, los que detentaban el poder.
Incompetentes, en cambio, eran las mujeres, los niños, los lisiados,
los marginados.
Dios derriba esta mentalidad: escoge a una mujer pobre de una aldea
desconocida para realizar por medio de Ella la Encarnación de su Hijo.
Cristo proseguirá el mismo camino: restituir su dignidad de sujetos de
la historia y realizadores del plan de salvación a hombres de toda
condición. Recupera a la mujer su mesianidad, transformándola en
testigo de la resurrección. Presenta a los niños como modelo necesario
para la entrada en el reino. Dirige su mensaje a los lisiados,
prostitutas y marginados. Da gracias al Padre porque ha revelado las
cosas del cielo a los pequeños.
En este contexto se comprende por qué ha querido Dios comenzar los
primeros capítulos de su teología narrativa precisamente con una pobre
mujer, Con María, porque parte de los humildes y de los pobres.
Cuando María dice: «Yo soy la esclava del Señor», señala no la
esclavitud en sentido usual e individualístico, sino un servicio a la
salvación, un papel que le permite a Dios poner en marcha su programa
de liberación y de paz.
¿Dudarás tú en seguir la llamada de Jesús sólo porque te sientes
capaz, falto de preparación, no valorado ni estimado en tu ambiente?
¿No te das cuenta de que Dios ha comenzado la fase central de la
historia de la salvación no en Jerusalén, sino en una región oscura de
la Galilea semipagana: no con personajes instruidos de la oficialidad
hebrea, sino con la humilde Virgen de Nazaret? No dudes insertarte en
la lógica de Dios. ¿Se necesita tanto para comprender que la sabiduría
de Dios es Superior a la sabiduría humana?
Si la puerta de mi corazón
debiera quedar cerrada para ti,
derrúmbala, te ruego:
no te vayas.
Si las cuerdas de mi alma
ya no entonan mi canto para ti,
espera, te lo ruego:
no te vayas.
Y un día, a tu pedido
no me dirijo a ti,
tu dolor me despierte:
no te vayas.
Si loco entronizo un ídolo
en tu trono real,
piedad de mí, Señor:
no te vayas.
Rabindranath Tagore
14. MEDIACION
Mediador
único y definitivo es Jesucristo.
Une al
hombre con Dios, el cielo con la tierra,
el tiempo
y la eternidad.
Pero en
esta obra grandiosa de la salvación.
Jesús no
quiere actuar solo.
Llama a
apóstoles y discípulos a colaborar.
María
misma es la primera cooperadora de la salvación.
De suerte
que en Cristo todo hombre es mediador.
No sólo
ocasión, sino intermediario receptivo y activo
de la
gracia salvadora.
Dios es Salvador y Señor de la historia: suya es la iniciativa, la
eficacia y la gloria. No quiere actuar solo y en forma milagrera, sino
que escoge intermediarios a quienes confía su misión. Se explica así
por qué la historia de Israel resulta toda una constelación de
mediadores, que brindan su acción para la liberación del pueblo y lo
conducen hacia las diferentes metas señaladas por Dios. Todas las
mediaciones del Antiguo Testamento prefiguraban la única y perfecta
mediación de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios.
No debemos descuidar la importancia de la mediación maternal de las
mujeres en la antigua alianza. Ya Eva, como madre de los vivientes,
entra como colaboradora en el plan divino de revancha sobre la
serpiente (Gn 3,15-20). Las promesas de Dios a los patriarcas se
realizan gracias al don de la fecundidad concebida a Sara, Rebeca y
Raquel. La reina madre posee una dignidad peculiar. Débora es madre en
Israel y lo conduce a la victoria.
El papel mediador de la mujer madre se realiza en María, madre de
Cristo y madre de los discípulos amados por Jesús. Ella es la nueva
Eva, la Hija de Sión que en íntima unión con el Siervo de Yahvéh
engendra al nuevo Pueblo de Dios (Is 49,19-21; 54,1.4-8; 66,7-9).
Una constante atraviesa toda la historia de la salvación: la elección
realizada por Dios de instrumentos humanamente inadecuados para
realizar grandes empresas. Es la paradoja del actuar de Dios: sacar de
la nada el universo, de la debilidad la potencia, de la pobreza la
riqueza de su gracia, de la pequeñez las cosas grandes (ver 1 Co
1,27-28; 2 Co 12,9).
¿Por qué esta elección paradójica de Dios? Por diversos motivos. Para
que el hombre no se gloríe ante El (1 Cor 1,29), abandone su
autosuficiencia y reconozca la gratuidad de la salvación. Pero también
porque Dios ama a los pobres, sobre todo cuando se hallan abiertos a
acoger la salvación mediante una actitud religiosa de pobreza: a ellos
se dirige para realizar sus planes salvadores y ellos son los primeros
herederos del reino de los cielos (Mt 5,3; 11,25; 19,14).
María pertenece al mundo de los pobres no sólo por la modesta
condición económica (hace la ofrenda de los pobres: Lc 2,24), pero
sobre todo por su pobreza espiritual, que la ubica a la cabeza de los
pobres del Señor que esperan y acogen la salvación (So 3,14-18). Ella
acoge la desconcertante e inaudita invitación de la concepción
virginal del Mesías y acepta con disponibilidad ejemplar la Palabra de
Dios para la salvación de los hombres, precisamente porque su espíritu
se hallara libre del orgullo y estaba pronto abrirse a la voluntad
salvadora de Dios. En la pobreza de María, el Señor ha podido realizar
“grandes cosas”, de las cuales Ella no se gloriará porque ha hecho la
experiencia del Dios Salvador (ver Lc 1,46-49). Con la gracia de Dios,
María le ofrecerá a El la colaboración máxima.
Oh Virgen, tú me llevas
orando hasta ti misma,
que nunca me detenga;
ora por mí al Señor.
Oh caridad,
suma piedad,
el que a ti no recurre nada hará.
Yo veo con claridad
que el hombre es pobre y ciego
y ve negro lo blanco
quien no se acerca a ti.
Oh caridad,
suma piedad,
el que a ti no recurre nada hará.
Tú, la esperanza cierta
de todos lo mortales
quien en ti no confía
quiere volar sin alas.
Oh caridad,
suma piedad,
el que a ti no recurre nada hará.
De no ser por tu fruto
seríamos condenados:
el Hijo todo tuyo
a todos nos libró.
Oh caridad,
suma piedad,
el que a ti no recurre nada hará.
Jerónimo Savanarola (+ 1498)
15. OFRENDA
Liberar al
hombre
es una de
las consignas más grandes de la Iglesia
de nuestro
tiempo.
Pero la
sabiduría de la vida
es
sabiduría de la cruz.
Aceptar la
lucha y el dolor es participar
en la gran
pasión de Cristo
por el
hombre y vivir en su resurrección.
Todo primogénito hebreo era llevado al templo y ofrecido al Dios que
había liberado al pueblo de la esclavitud de Egipto. También María
realiza este gesto, rescatando a Jesús con el óbolo de los pobres: dos
palomas.
Se anuncia, en el mismo momento en que se ofrece a Dios la vida de su
propio Hijo, un sacrificio que se realizaría treinta años más tarde.
En ese momento María participa en los sentimientos del Verbo Encarnado
en el mundo: «Señor, no has querido sacrificios ni ofrendas, pero me
has formado un cuerpo. Ahora digo: aquí estoy, oh Dios, vengo a hacer
tu voluntad» (Hb 10,5).
Esta unión de María con Jesús continúa a través de toda la vida hasta
el momento culminante de la cruz.
María vive unida a Cristo durante su vida, es decir, hace propio el
proyecto de Cristo, y se pone en actitud de discípula, de colaboración
en la obra de la redención del mundo. Y por esto, encontramos también
a María a los pies de la cruz.
Se la encuentra al comienzo, en el paso de la antigua a la nueva
alianza, cuando acoge al Hijo de Dios en la fe, para sí y para toda la
humanidad. Sigue presente en la vida de Cristo. De ninguna otra
persona podemos decir, que esté presente, como María, en los momentos
más importantes de la redención.
Bajo la cruz María está presente como respondiendo a una cita. Cristo
le había dicho que su hora no había llegado todavía. Cuando llegará la
hora, María debía estar presente para cumplir una tarea. Esta tarea
consiste en ser madre que acoge la salvación y colabora a ella
haciéndose Madre de todos los redimidos.
La Sagrada Escritura nos lo hace comprender muy bien: María tiene una
tarea, que no se halla en el mismo plano que la de Cristo, único
mediador de salvación. María resulta asociada a ese acto redentor,
mediante su consentimiento generoso, consentimiento amasado en el
dolor. El dolor de Jesús repercute en María: es el significante de la
espada que traspasa su alma.
María entra a colaborar en la Redención en cuanto persona; pero
también en cuanto mujer y representante de la humanidad que acoge la
salvación operada por Jesús.
Es preciso advertir que la salvación no llega como una limosna desde
afuera, sino como un don que la humanidad misma se halla llamada a
producir con la propia obra, siempre por gracia de Dios.
En pie, apenas distante del madero
estaba la madre absorta en el silencio,
como sombra y vestida de negrura,
sin gesto alguno, inmóvil ante el viento.
La mirada perdida en lontananza,
¿qué ves desde la alta colina?
¿Un solo bosque sembrado de cruces?
¿O nada más?
Madre, tú eres toda mujer que ama,
madre, tú eres toda madre que llora
al hijo muerto, al hijo traicionado:
miles de madres, madres doloridas.
Hijos a quienes matan cada día,
vendidos, traicionados a miríadas,
torturados, colgados al patíbulo,
tristes vexilos del poder impío.
De la ciudad subían las tinieblas,
su rostro era aún más pálido:
El era todo un grumo de sangre,
hasta el cielo estaba de sangre ennegrecido.
Un negro lienzo de sangre parecía
ocultando la Ausencia de Dios mismo
que adensaba el silencio
y se espesaba y expandía en el aire.
Oh Madre, nada a implorar venimos
creer todo esto apenas es posible,
permanecer callados junto al leño
sola respuesta al misterio del mundo.
David M. Turoldo
16. LOS DEMAS
La primera
misionera
nos dirige
a todos un mensaje sencillo y esencial:
para ir a
los otros hay que poseer a Cristo,
acogerlo
en la propia carne, amarlo
y por lo
mismo darlo.
Un don
vital para los más pobres,
los más
solidarios, los más abandonados, los más necesitados
de
comprensión, de ayuda, de esperanza,
como
tantos jóvenes de nuestro tiempo.
A veces sentimos la tentación de ver en María a una persona que no
pertenece a este mundo, preocupada sólo por amar al Señor, proyectada
hacia una dimensión individualista. La Escritura, por el contrario,
presenta a María en una dimensión humana, muy abierta a los demás.
Como los Apóstoles no permanecieron encerrados en el Cenáculo después
de Pentecostés, tampoco María una vez recibido el Espíritu Santo, se
quedó encerrada en la casita de Nazaret, sino que siente la necesidad
de ir hacia lo demás. Ir hacia los demás, ¿para qué? Hoy diríamos que
María se mueve en dos direcciones: evangelización y promoción humana,
evangelización y caridad.
Evangelización en cuanto que Ella va como misionera. El Evangelio la
presenta así: María va a llevar la Buena Noticia a los pobres del
Señor. En el caso se trata de Zacarías e Isabel, que hacían parte del
grupo de los “pobres del Señor”.
Notemos la expresión “se dirigió con rapidez”, que halla un paralelo
en la vida pública de Jesús y en la vida de la Iglesia. En un discurso
misionero Jesús dice que no saluden a nadie en el camino (Lc 10,4).
Eso significa no perder el tiempo en cumplidos largos e inútiles,
porque es urgente proclamar el reino de Dios. María siente esa
urgencia: se levanta, se dirige de prisa, denotando la actitud
espiritual dinámica de quien va hacía los demás a anunciarlo.
En el relato de Visitación nos queda por subrayar también el aspecto
humano, que forma parte de la personalidad de María, es decir, la
atención a las necesidades de los hombres. María tan pronto sabe que
hay una prima suya necesitada de ayuda, corre a su encuentro.
María no es una mujer que se encierre entre las paredes de su casa.
Tampoco es una mujer que se quede anclada a una vida silenciosa.
Permanece en silencio el que comprende que el don de Dios debe ser
proclamado a otros y se convierte en llamada a la alabanza y a la
adoración.
María se dirige a casa de Isabel, impulsada por este doble propósito:
proclamar a Cristo y llevar la salvación; ayudar al prójimo y
ejercitar la caridad.
Esta actitud humana, es visible en María en las bodas de Caná. Ella se
da cuenta de que hacía falta el vino. Es señal de una actitud de amor
que toma la iniciativa. No es una amor pasivo que espere la llamada,
es un amor atento. Mira las necesidades humanas y corre al encuentro,
incluso de aquellas que, en el fondo podrían considerarse como no tan
urgentes, como el vino. María tiene en cuenta el gozo completo de los
hombres.
Es una mujer que ha apartado su interés de sí misma en favor de los
demás. Es lo que vemos en toda su vida: comenzando por la Anunciación,
cuando se hace disponible a la invitación de Dios para la salvación de
los hombres. La actitud de María es la apertura a los demás fruto de
su apertura a Dios y de la presencia en Ella del Espíritu de amor.
Oh María, causa de nuestra alegría,
hazme comprender que una sonrisa
no cuesta nada y produce mucho,
enriquece a quien la recibe,
no empobrece al que la ofrece,
no dura más de un instante,
pero puede recordarse eternamente...
Hazme comprender
que nadie es tan rico
que la pueda despreciar,
que no la merezca;
que una sonrisa da descanso en la fatiga,
valor en el desaliento,
consuelo en la tristeza,
antídoto natural en toda clase de penas...
Hazme comprender
que la sonrisa es un bien
que no se puede comprar,
ni prestar, ni robar,
porque sólo tiene valor
desde el momento en que se da;
que ninguno tiene tanta necesidad de una sonrisa
como quien no sabe sonreír a los demás.
Federico Guillermo Faber
17. EN LA COMUNIDAD
Cuando por
el don del Espíritu Santo nace la Iglesia,
María está
presente.
También
hoy, una auténtica comunidad de fe
exige la
referencia a la ejemplaridad dócil y fiel
de María.
Una
Iglesia fiel a Dios,
conforme a
la vocación personal de cada uno,
exige la
coherencia de hombres y mujeres
capaces de
ser apóstoles,
para una
proclamación de la fe integral y acorde
a las
preguntas más reales
de la
humanidad contemporánea.
Los Hechos de los Apóstoles (1,14), describiendo los días de espera de
Pentecostés, advierten que con los discípulos que oraban estaba
también la Madre de Jesús. No es ciertamente casual ni la presencia de
María en el Cenáculo ni que el autor sagrado la haya advertido.
Nos damos cuenta de que la presencia de María aparece en momentos de
comienzo: la Anunciación; luego, Caná, cuando los apóstoles comienzan
a creer en Jesús; además, al pie de la cruz, cuando llega la “hora” de
Jesús; y, finalmente, en el momento en que nace la Iglesia.
María forma parte de la comunidad eclesial y no debemos separarla de
ella. Tampoco debemos creer que, por ser Madre de la Iglesia, se
encuentre fuera de la familia de la Iglesia. Sigue siendo miembro,
claro que eminente, de la Iglesia, porque Ella también ha necesitado
de salvación. Esta razón la coloca de parte de la Iglesia y no de
parte de Cristo, porque también Ella junto con la Iglesia ha sido
salvada. Y María misma declara que Dios ha sido su Salvador (Lc 1,47).
La manifestación del Espíritu Santo, vinculada con la fiesta de
Pentecostés significa que ha comenzado la nueva alianza. No tenemos ya
más leyes escritas en tablas de piedra: el Espíritu Santo pone en el
corazón de los redimidos la ley del amor. Cuanto se había realizado en
lo íntimo de María en la Anunciación, se extiende ahora a toda la
Iglesia.
En el Pentecostés cristiano encontramos todavía otro significado: es
la anti-Babel. Mientras el pecado había causado la división entre los
hombres, Pentecostés aporta la unificación. En efecto, la gente
escucha, comprende las diferentes lenguas: nos hallamos ante la
comunicación, el diálogo, la unidad.
Igualmente la presencia de María es presencia maternal, que es siempre
motivo de unificación. Como una madre forma y unifica la familia, así
María colabora a la constitución de la comunidad favoreciendo el amor
fraterno y la fe en Jesucristo. Pero el verdadero sello y el impulso
fundamental hacia la unidad provienen del Espíritu que María ha
implorado.
La presencia de María en Pentecostés no es una presencia ocasional: es
una presencia significativa: explica esa maternidad querida por Jesús,
que consiste en la imploración del don del Espíritu Santo y en la
cooperación a la regeneración sobrenatural de los hombres.
Oh Dios, Padre de toda creatura,
de tus manos recibo el nuevo día,
regalo de tu amor,
con el estupor agradecido de María,
que acogió en sí y regaló al mundo
el Cristo, vida nuestra.
Te ofrezco,
las esperanzas y sufrimientos,
los gozos y dolores,
pensamientos y afectos,
fatigas y descanso de este día,
para que en mí,
al igual que en María,
se realice hoy tu voluntad.
Tu Espíritu sostenga mi voluntad
y transforme todas mis acciones
en testimonio alegre
de tu amor, Amén.
Siervas de María Reparadora
18. ASUNTA
El valor
del cuerpo,
exaltado o
menospreciado en la cultura contemporánea,
es para el
cristianismo signo y objeto de redención.
Todo el
hombre es amado de Dios.
Ese hombre
frágil y pecador se encontró con Cristo
a lo largo
de los caminos de la antigua Palestina:
ese hombre
por don del Espíritu Santo
vivirá
eternamente en su singularidad.
Reconocer
la importancia de la corporeidad es,
por tanto,
mensaje
irrenunciable incluso para liberar
la
experiencia contemporánea de tantos ídolos,
de tantos
mitos.
Inmaculada y Asunta. La Sagrada Escritura no describe explícitamente
el comienzo ni el final de la existencia terrena de María. Pero en el
curso de los siglos, la Iglesia ha intuido que la persona de María,
unida a Cristo por la relación única de Madre, debía ser privilegiada
al comienzo y al final de su vida.
Al comienzo fue envuelta inmediatamente por los esplendores de la
gracia. Ella no fue nunca enemiga de su Hijo, nunca se halló en
situación de oposición a El.
Al final de la vida ha sido involucrada en el mismo destino de su
Hijo: lo que se ha realizado en Cristo, intuye la Iglesia, se verificó
también en su Madre. María no podía experimentar la corrupción, a
causa también de su Concepción Inmaculada.
En su comienzo, pues, y en su final la vida de María quedó exenta de
la situación de pecado y corrupción. Al mismo tiempo sus prerrogativas
se convierten en signo para los cristianos que viven la condición
común, en cuanto que María expresa la vocación de la Iglesia.
La vocación de la Iglesia en este mundo consiste en vivir en la
santidad, como respuesta vital al don gratuito del Señor. María
Inmaculada nos llama a este don gratuito de Dios, que la introduce al
momento en el campo de la gracia, en el ámbito de la filiación divina.
El ángel la declarará “llena de gracia”, es decir, aquella que ha sido
en forma ininterrumpida objeto del favor de Dios, siempre revestida
del amor del Padre. Esto vale también para nosotros que en Cristo
hemos sido “elegidos desde antes de la creación del mundo, para que
fuésemos consagrados e irreprochables ante El por el amor” (EF 1,4).
Los privilegios marianos no son, pues, privilegios aristocráticos e
individualistas. Son privilegios populares, en cuanto que en su
significado profundo indican privilegios en los que puede participar
el Pueblo de Dios.
La Inmaculada Concepción nos recuerda la gratuidad de la salvación que
proviene de Dios y nuestro compromiso de caminar en santidad.
La Asunción por su parte ilumina nuestro porvenir, es signo del
destino de la Iglesia. Representa la redención plena de María en
cuerpo y alma, porque Cristo vino a salvar a todo el hombre. Y
constituye un signo de esperanza para la Iglesia, por mientras Cristo
es también Dios, María es la única persona puramente humana que recibe
esta glorificación.
La Asunción es un signo que refleja a qué está destinada la Iglesia:
muestra la realización de las promesas de Dios.
Es la imagen culminante de la Iglesia, una representación de lo que
será el paraíso, la plena comunión con Dios, la posesión total del ser
humano de parte de El.
La persona humana entrará completamente en la esfera de la Redención y
de la salvación, en una comunión con Dios que no terminará jamás. En
pos de Cristo Resucitado y de María Asunta.
Santa María,
socorre a los miserables,
ayuda a los pusilánimes,
reanima a los débiles.
Ora por el pueblo,
interviene en favor del clero,
intercede por las mujeres consagradas.
Que todos experimenten
tu benéfica acción,
todos cuantos celebran tu natividad.
Atienden sin demora
la voz del que te implora
y cumple los deseos de cada una.
Sea tu oficio
la intercesión asidua
por el Pueblo de Dios:
tu que mereciste,
bendita, llevar el rescate del mundo.
De un antiguo sermón latino para la Asunción
19. REINA
La realeza
de María es todo lo contrario
de la
opresión y la esclavitud,
porque es
participación en un proyecto de esperanza
y
expresión de amor misericordioso
y
promocional.
María es
reina en cuanto ejerce un liderazgo respecto del Pueblo
de Dios.
Como
primera cristiana y prototipo de la Iglesia,
representa
un punto de referencia necesaria
para los
fieles que buscan
encontrar
la propia identidad real
de hijos
de Dios.
El Hombre que desea ser rey de sí mismo, es decir, artífice
responsable de su propio destino, necesita sin embargo a alguien o
algún valor en que inspirarse, Hoy se acepta, pues, el liderazgo
ejercido por personalidades extraordinarias que encarnan valores e
influyen eficazmente sobre la recta orientación personal y social.
María es reina, al menos por dos motivos de orden evangélico:
1. María ha dominado las fuerzas del mal. No ha concedido nada al
pecado, desde su Inmaculada concepción. María es la persona no
solidaria con el pecado. No se ha dispersado ni dividido por influjo
del diablo (= el que siembra la división), ni por la esclavitud del
pecado que es ruptura con Dios y con el prójimo. Al contrario de Eva,
María ha escuchado solamente el mensajero de Dios asintiendo
totalmente a su mensaje. Con su asunción participa en la victoria de
Cristo incluso sobre el último enemigo, la muerte (1 Co 15,26), y
colabora con El para que el mundo sea liberado del mal.
2. María ha comprometido su vida como “servicio”, en lo que consiste
la realeza según el evangelio (Lc 22,24-30).
María no ha interrumpido su maternidad en clave de dominio, sino que
se ha proclamado “esclava del Señor”, en cuanto adoradora del único
Dios y plenamente disponible a su invitación en orden a la salvación.
Mientras la realeza mundana se expresa en el dominio, en la imposición
y en la búsqueda egoísta, la de Cristo se manifiesta en el rechazo a
la violencia, en el amor y el servicio hasta el don completo de sí
mismo (Jn 18,36-37).
En su significado evangélico, el reino de Dios es la soberanía del
Señor en la vida de los hombres (Mt 7,21), que implica ya la filiación
divina, ya la fraternidad universal, ya las acciones de “poder”, como
curaciones y milagros. Es, sin embargo, un reino reservado sólo a
quien lo acoge con fe, apertura de corazón, pobreza, sufrimiento (Mt
5,3-10; 18,3-4).
En esta perspectiva, María es aquella que hereda el reino de Dios. Es,
en efecto, en forma eminente, pobre, disponible, creyente. Y por ello,
participa del poder concedido por el Espíritu para liberar al mundo
del mal (curaciones y conversiones logradas en los santuarios marianos
lo confirman) y formar a los hombres en la filiación divina y la
madurez cristiana.
“María es exaltada como la persona pequeña y humilde. Se la llama
reina de los ángeles, porque con el Hijo, ha descendido más que ellos
en el servicio de la humanidad y en el sufrimiento por ésta. Se la
llama reina de los apóstoles, porque se ha comprometido en la obra del
Hijo, en la Iglesia, primero y más profunda y radicalmente que ellos.
Los apóstoles y sus sucesores tienen en su calidad de varones sólo un
misterio en la Iglesia, pero María como mujer representa a toda la
Iglesia, pero María como mujer representa toda la Iglesia ante su
Señor y Esposo. Es reina de todos los santos, porque su “pequeño
sendero”, su camino de la fe sencilla pero radical se hace unidad de
medida para la valoración de todas las sendas –las más grandes o las
más pequeñas– de la santidad, de todos los místicos y mártires, de
todos los carismáticos y misioneros, de todos los cristianos de todo
orden y de todo el mundo” (H. U. von Balthasar).
También hoy nos entretiene,
Señora, tu presencia.
Repito una vez más, Señora, Virgen Madre de Dios,
y atamos nuestras almas,
como a una áncora sólida e inconmovible,
a esa esperanza que eres para nosotros.
Te consagramos nuestro espíritu,
nuestra alma,
nuestro cuerpo, toda nuestra persona.
Queremos honrarte
como exige tu dignidad.
Si como enseña la palabra sagrada,
el honor que se tributa a los siervos
es testigo del amor al común Señor,
podremos nosotros empeñarnos
en no honrarte a ti, madre de tu Señor?
¿No deberemos empeñarnos con todas nuestras fuerzas?
¿No es esto preferible a nuestra misma respiración
desde el momento en que nos da la vida?
Así demostraremos
nuestro amor hacia nuestro Señor.
¿Qué digo, hacia el Señor?
En realidad, a los que honran piadosamente tu memoria
les basta el preciosísimo don de tu recuerdo,
que se transforma en la más alta expresión
de alegría imperecedera.
¿De qué alegría, de qué dones no estará lleno
quien ha hecho de su alma
la morada de tu sagrado recuerdo?
Juan Damasceno (+ 749)
20. MARIA PARA NOSOTROS
Jesús...
María... ¿Qué imagen tenemos de ellos?
Jesús es
el peregrino que se reconoce,
el
glorificado que vive en la humanidad. María, una persona viva,
que
resplandece
con la luz
de Cristo, la refleja y trasmite a la humanidad.
Los jóvenes de hoy quieren un Jesús que circule por el mundo, con un
mensaje capaz de electrizar los corazones y dar una solución a los
problemas más profundos y urgentes. Después de tantas experiencias;
contestación violenta, droga, liberación sexual... corren a El, porque
ven que todas las otras soluciones son ilusorias. Sólo Jesús ofrece un
mensaje siempre nuevo y actual.
Pero los jóvenes no pueden olvidar un hecho de importancia capital; la
resurrección es lo que caracteriza a Jesús y lo distingue de todos los
demás fundadores de religiones. Mahoma, Confucio, Buda, etc. son
también maestros de humanidad. Pero a diferencia de ellos, Jesús
resucitado, es la Vida, es el que ha llevado una existencia única.
Dios ha querido intervenir en la historia de la humanidad, poniendo en
ésta un germen de vida y de esperanza con la resurrección del Señor.
Y ¿qué imagen tiene el cristiano de María? ¿Cuál es el aspecto
característico que asume María en la imaginación, en el sentimiento
religioso, en la fe?
Son interrogantes dirigidos a cada uno de nosotros. Si queremos
intentar un encuentro con la Madre del Señor, debemos interrogarnos a
nosotros mismos. Debemos bajar hasta nuestra propia conciencia, hasta
nuestro corazón, buscar, examinar cuáles con los puestos que María
ocupa en nuestra vida y la actitud que nos guía en nuestra relación
con El.
¿Es María para nosotros aquella a quien oramos? O ¿aquella a quien
imitamos? Es decir, ¿es María una persona viva con quien podemos
instaurar un diálogo o un personaje del pasado, que se hace
inspiradora de nuestra vida de cada día?
Existen dos grandes tradiciones. La occidental, representada por los
cristianos de la Reforma, afirma que se debe contemplar a María como
modelo de vida, inspiradora de la conducta del cristiano, prototipo de
la Iglesia. “María enseña a los cristianos”, dice Lutero. Hay, pues,
que imaginarla en su realidad histórica, como una persona que llevó
una vida muy ordinaria, pero que tuvo en el corazón un gran amor a
Dios.
María no es la mujer idealizada por los pintores, lejana de la
realidad de su existencia terrena. Ha sido una creatura como todas las
demás, una mujer de nuestra raza, muy unida a su pueblo. Lo cual no
quita que Ella siga siendo aquella en quien se encarga la palabra, que
da al mundo al Mesías.
Nuestro hermanos evangélicos dicen: “Fijen la mirada en María, en su
existencia histórica, en María como modelo de vida”.
En cambio, las comunidades orientales, los ortodoxos, dicen que María
es una persona que vive en la luz de Dios. Constituye un misterio, es
la antítesis de Eva y la que da una respuesta plena a Dios. Es la gran
orante, casi omnipotente en la vida de la Iglesia.
Como católicos tenemos que hacer la síntesis: acudir a María en la
oración y acogerla como modelo de vida.
Esa es la imagen que debemos formarnos de Ella.
Debemos verla como un personaje vivo, que nos invita a contemplar su
existencia evangélica.
Debemos mirar a María y orar a Ella como los primeros cristianos, que
la descubrieron en la oración y recurrieron a Ella en las necesidades,
experimentando su benéfica presencia.
María es aquella a quien debemos orar, aquella con quien podemos
entablar un diálogo de amor. Pero es, además, aquella a quien debemos
imitar, como inspiradora de vida cristiana.
En la escuela de la Virgen, fijando en Ella la mirada, nuestro
espíritu será orientado hacia el autor de todo lo que existe en Ella:
Jesucristo, modelo supremo y centro de la vida espiritual.
Cristo, sueño del alma,
Astro encarnado en las tinieblas humanas,
Hermano que te inmolas
Perennemente par reedificar.
Humanamente el hombre.
Santo, Santo que sufres,
Maestro y hermano y Dios
Que conoces nuestra debilidad,
Santo, Santo que sufres.
Para librar a los muertos de la muerte
Y levantarnos a nosotros los pobres liberados,
Con un llanto sólo mío ya no vuelvo a llorar,
Sí, yo te llamo Santo,
Santo, Santo que sufres.
José Ungaretti
Bajo las alas de tu misericordia
nos refugiamos,
Madre de Dios;
no rechaces nuestras peticiones
en la necesidad,
sálvanos del peligro;
tú, la única pura,
tú, la única bendita.
Papiro egipcio (siglo III)
21. PROTAGONISTA DE SALVACION
¿Qué ha
dicho en particular el Concilio de María?
Ha dicho
que María es Madre de Jesús
y Tipo de
la Iglesia.
La ha
llamado Madre de los cristianos,
porque con
su sí prolongado
a través
de toda la vida
ha
contribuido personalmente a la redención:
por ello
podemos con toda verdad llamarla
Madre
nuestra en el orden de la gracia.
Antes del Concilio, hablando de María, se ponía en evidencia, por
ejemplo, su persona o su belleza, sin subrayar siempre su relación con
Cristo y con la Iglesia. El Concilio, en cambio, ha tratado de María
en el conjunto de la historia de la salvación, convencido de que sí se
la saca de ese conjunto, se pierde el sentido de la proporción y ya no
se entiendo quién es María.
Antes que todo, el Concilio se remonta al designio de Dios: “Queriendo
Dios, infinitamente sabio y misericordioso, llevar a cabo la redención
del mundo, al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo,
nacido de mujer... para que recibiéramos la adopción de hijos (Gál
4,4-5)” (LG 52). El Señor proyecta su plan para la salvación de la
humanidad, insertando en él a María como elemento adecuado a la
realización de este designio de amor.
Reconocer así a María en el sitio en que el Señor la ha colocado, en
la historia de la salvación, unifica dos tendencias: la que ve a María
junto a Cristo, y la que la ubica en la Iglesia. La historia de la
salvación une estas dos tendencias.
Además, María se halla presente en la preparación de la venida de
Jesús. “Vino a su casa y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11), porque
su corazón no estaba preparado. María, en cambio, lo acogió en el
cuerpo y en el espíritu: es realmente la primera cristiana. Unida
estrechamente a su Hijo, pero respetando la trascendencia del único
mediador, sigue a Cristo y colabora fielmente con El en actitud de
discípula. De Madre de Jesús se convierte en discípula suya, para
recibir luego de El una maternidad universal. Cuando la maternidad
física parece agotada por la muerte de Cristo, El dilata el corazón de
María para que reciba maternalmente a la humanidad. María recorre,
pues, un itinerario: de Madre de Jesús a Discípula que escucha su
palabra y de ahí a Madre de la humanidad.
En el tiempo de la Iglesia, María está presente como aquella que
invoca al Espíritu y ejerce su maternidad respecto de los hombres.
Tampoco Cristo, mientras estaba en la tierra, podía –dada su condición
terrestre– ser intermediario de gracia para toda la humanidad. Se ha
convertido en el único Salvador universal, que puede difundir la
salvación, precisamente después de la resurrección. Cristo resucitado,
cabeza de la humanidad, Cristo cósmico, no ligado ya a la materia, se
ha convertido en fuente de vida (1Co 15,45).
También María, asunta al cielo, puede ejercer un influjo salvífico
sobre el Pueblo de Dios.
María participa por gracia en la condición de Cristo resucitado.
Desvinculada de los límites de la materia, puede hacerse presente a
los cristianos en los diversos momentos y lugares de la historia. San
Bernardo puede exclamar: “La presencia de María ilumina el universo”.
María ya glorificad puede colaborar totalmente en la comunicación de
la vida divina a los hombres. Se ha convertido con Cristo en “Espíritu
que da vida”: madre para nosotros en el orden de la gracia.
El pueblo y los santos han percibido esta situación de María, para
ellos la Virgen es “protagonista colaboradora” en la gran obra de la
salvación.
Glorifiquémoslo cantando: ¡Gloria al Señor!
Cristo ha nacido del Espíritu Santo para darnos la vida:
se ha dignado habitar entre nosotros.
Venerémoslo diciendo: ¡Gloria al Señor!
Sí, la Virgen ha dado al mundo el Emmanuel.
El descendió del cielo,
ha salvado de Egipto al pueblo extraviado.
Glorifiquémoslo cantando: ¡Gloria al Señor!
Ha querido darnos la victoria sobre el enemigo.
Ha puesto su morada en la Virgen María:
el Invisible se hace visible en la carne.
Adorémoslo diciendo: ¡Gloria al Señor!
Nacido de la mujer siempre virgen,
el Verbo de verdad resucitó por nosotros.
Exaltemos al Señor diciendo ¡Gloria al Señor!
Luz de luz,
ha resucitado por nosotros, Cristo nuestro Rey.
Ha salvado nuestra vida de la tierra de Egipto.
Todos juntos cantemos: ¡Gloria al Señor!
Himno pascual (papiro)
22. FIGURA DE LA IGLESIA
Cuando
nuestras ideas y nuestro proyectos
en la
Iglesia
cuentan
más que la Palabra de Dios
es en
verdad tiempo de conversión.
Para cada
uno de nosotros,
por
consiguiente, amar a Cristo
en la
Iglesia significa acoger su Palabra.
Significa
seguirlo, imitarlo, conforme al ejemplo
dulce y
persuasivo de María.
En el ámbito del cristianismo, tenemos muchos modelos en que
inspirarnos, como por lo demás en la vida humana. Por el modelo
esencial, indispensable en forma absoluta, es Cristo, que nos guía al
encuentro con el Padre.
El cristianismo lo es cuanto imita a Cristo, comparte su género de
vida, hace de El el Maestro, en todo el tejido religioso de la vida.
Pero Cristo no puede ser modelo en la relación existente entre la
Iglesia y El mismo, porque de esto no pudo dar testimonio alguno. Aquí
entra ejemplaridad de María. María es la Iglesia que da su sí de fe a
Cristo. Sabemos en efecto, por la Sagrada Escritura que no basta creer
en el Padre, sino que hay que creer también en el Hijo (Jn 14,1). De
esta fe personal en Cristo María es el modelo de nuestra inspiración.
La Iglesia es cristiana en cuanto repite este sí, que es un sí
responsable de entrega generosa: de fe íntegra, firme esperanza,
fervorosa caridad. En esto, María es figura de la Iglesia.
Si María canta el Magníficat, la Iglesia no debe dejar de proclamar
las grandes cosas que Dios ha realizado en la historia de la
salvación. María es la perfecta adoración de Dios. Ella traza el
sendero de la adoración para los cristianos de todos los tiempos.
Si María es Madre, la Iglesia no debe olvidar que su papel principal
es el de darle Cristo al mundo. Todo el resto está implicado en su
tarea principal de comunicar a Cristo a la humanidad.
Si María es Virgen, la Iglesia debe concebir siempre por obra del
Espíritu Santo. Es decir, los medios que debe utilizar para la
generación de los hijos de Dios no deben cambiarse por las potencias
humanas, porque Jesús ha rechazado esta tentación. La Iglesia debe
confiar en el Espíritu Santo y seguir un camino de pobreza, de
sacrificio, de generoso abandono en El.
María es prototipo de la Iglesia en cuanto Ella está, al comienzo de
la misma, como un germen que se desarrollará luego en el correr de los
tiempos y que en cierta forma guiará el crecimiento de la Iglesia. La
tradición occidental de la edad media expresa así este concepto: María
es Iglesia antes que la Iglesia.
“Antes”, no sólo porque precede a la Iglesia en el tiempo, sino
también porque la supera en perfección. María es el origen perfecto de
la Iglesia, porque en Ella encontramos aquella santidad, aquella
respuesta total a la invitación de Dios, en la cual tendrá que
inspirarse la Iglesia aunque sin alcanzarla nunca totalmente.
Altísima lumbre de gran esplendor
en ti, dulce amor, hallamos consuelo.
Salve, Reina, princesa amorosa,
estrella del mar, jamás escondida,
luz divina, graciosa virtud,
preciosa belleza, semejante a Dios.
Sagrado santuario, vasija adornada,
que anunció Gabriel:
Cristo encarnado en tu hermoso vientre
es el fruto nuevo que trae la alegría.
Ribera lozana de flores ornada,
esfera que encierra los colores todos:
guía la hilera de los pecadores
para que encontremos tu benignidad.
Salve tú, María, la llena de gracia,
tú eres el camino que lleva a la vida;
sacas de las sombras y de la amargura
a cuantos mortales andamos turbados.
Laudario de Cortona (siglo XIII)
23. EL CUERPO NACIDO DE MARIA
El nexo
entre María y la Eucaristía
fue
recibido desde la antigüedad, al profesar
y defender
la identidad del cuerpo eucarístico
con el
Verbo encarnado.
La
liturgia une el memorial del Señor
con la
memoria de la Virgen Madre.
María es
inspiradora de la comunidad eucarística
por
ofrecerle un prototipo de santidad ideal
totalmente
abierta y orientada hacia el Señor Jesús.
A la luz del Nuevo Testamento María aparece inseparable de Cristo y de
la Iglesia. El texto de Gál 4,4 la inserta en el gran proyecto de Dios
de transformar a los hombres; de gente arraigada en el egoísmo y
dominada por la ley exterior, en seres libres y abiertos a los demás.
María es la mujer que ofrece a Cristo la posibilidad concreta de
introducir a los hombres en la novedad relacional de hijos de Dios.
Más aun, en la perspectiva de Lucas, María colabora responsablemente
en la realización de la comunidad de la nueva alianza. Si la confesión
de fe de Pedro ha constituido la Iglesia (Sto. Tomás), esto vale
también para María. Su fiat es el primer momento constitutivo del ser
creyente y de la comunidad cristiana. No es, pues, de maravillar que
en el origen de la Iglesia apostólica se halle la presencia orante de
la Madre de Jesús, que implora el don del Espíritu (Hch 1,14).
La comunidad joánica, que ofrece una visión interpretativa de la
historia después de dos generaciones cristianas, concuerda en
presentar a María como quien colabora en el nacer de la fe de los
discípulos, constituidos ya en comunidad creyente (Jn 2,1-12). Ella es
figura de la Iglesia en su maternidad según el Espíritu y como “madre”
se la consigna Cristo al discípulo, para que la acoja como uno de sus
dones más preciosos (Jn 19,25-27).
Y cuando el vino se convierte en la sangre de la nueva alianza. María
está allí presente como la que –según la costumbre hebrea– tiene la
tarea de encender las lámparas para que se comience la cena pascual.
Ella está en la primera comunidad cristiana reunida en un amor
realmente fraterno, entre quienes “a diario frecuentaban el templo en
grupo; partían el pan (expresión que indica un rito eucarístico) en
las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría...” (Hch 2,46).
Es un hecho que la liturgia, tanto en oriente como en occidente, unió
pronto el memorial del Señor con la memoria de María. Si la anáfora de
Hipólito (siglo II) recuerda la encarnación de Cristo en María
(“nacido del Espíritu Santo y de la Virgen”), en “Communicantes”
recuerda la memoria actualizada de la Madre de Dios, implorando su
intercesión en el contexto de la comunión de los santos.
Esta comunión con María y con toda la Iglesia apunta, según los textos
litúrgicos, a insertar la presencia eficaz y orante de la Virgen en la
misma ofrenda sacrificial. En la epíclesis se recurre al paralelismo
de la venida del Espíritu sobre la Virgen y sobre las ofrendas, para
indicar la continuidad entre la encarnación y la eucaristía, una y
otra operadas por el Espíritu Santo.
Lo que falta aún en la liturgia, no aparece al menos en forma
explícita, es la analogía entre el misterio de la redención realizada
en el Calvario en la que María ha participado “sufriendo profundamente
con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio”
(LG 58). Esta participación de María en el misterio pascual constituye
el fundamento de su presencia especial en el sacrificio eucarístico; y
se convierte en expresión de su maternidad en el orden de la gracia.
En otras palabras, mientras la Iglesia actualiza la memoria de María,
María contribuye a su vez a la oblación comunitaria de la eucaristía.
La célebre expresión de De Lubac “la Iglesia hace la eucaristía y la
eucaristía hace a la Iglesia” vale también para María, que es parte
eminente del Pueblo sacerdotal. Esta presencia de María, que se
califica como causativa, orante, cooferente, es consecuencia de su
participación en el misterio pascual, como también de su condición
glorificada y espiritual. Son perspectivas que hay que profundizar y
traducir luego en los textos litúrgicos.
Mientras la teología manifiesta cierta madurez cuando debe especificar
el influjo de María en la oblación litúrgica, no encuentra dificultad
en presentar a la Madre del Señor como “modelo de la actitud
espiritual con la cual celebra y vive la Iglesia los divinos
misterios” (MC 16). Aquí, en cambio, la dificultad es de orden
práctico, en cuanto es difícil superar la distancia entre la realidad
ejemplar de María y nuestra debilidad e incoherencia.
Sigue siendo cierto que la función de María consiste en elevar el
nivel de la comunidad que celebra la eucaristía, ofreciendo a todos
los fieles un tipo de santidad ideal, que cada uno de esforzarse en
realizar. Aunque nadie llegue al nivel de la Santísima Virgen, nadie
podrá rechazar, sin embargo, la actitud mariana, a menos de condenarse
a una participación infructuosa en los ritos litúrgicos.
Es, por tanto, necesario, que la comunidad eclesial se impregne de la
espiritualidad de María y viva la santa Misa con Ella que –como dice
la Marialis Cultus– es la “Virgen oyente, Virgen orante, Virgen
Madre, Virgen oferente” (MC 17-20).
En esta perspectiva afirman los obispos italianos: “Gracias al
Espíritu, se muestra la íntima comunión de Cristo y de su Iglesia que
se dan un don recíproco. Se da en la eucaristía una constante relación
entre cuerpo sacramental y cuerpo eclesial. Son dos formas diversas
del único cuerpo de Cristo, nacido de María Virgen, glorioso ahora a
la diestra del Padre.
“El Espíritu Santo ha cubierto a la Virgen para que conciba en su
vientre el cuerpo histórico de Cristo. Invocado por la asamblea,
interviene como energía divina sobre los dones del pan y del vino para
transformarlos en el cuerpo y en la sangre de Cristo. Actúa como fuego
de amor sobre todos nosotros, para transformarlos en miembros de
Cristo e introducirnos vitalmente en su cuerpo eclesial” (CEI,
Eucaristía, comunión y comunidad, 17).
Sobre todo María enseña a la comunidad el descentramiento de sí para
concentrarse en Cristo. Caracterizada por el sentimiento de
pertenencia. Ella ha vivido la centralidad de Jesús. Por El aceptó la
virginidad maternal como relacionalidad esponsal; por El ha hecho suyo
el proyecto pascual desde el anuncio de Simeón.
En efecto, de todas las imágenes bíblicas “la que expresa la relación
más íntima y perfecta de comunión en la Iglesia y de todo cristiano
con el Cristo eucarístico es María. Ella es 'Icono' de Cristo. Su
esperar contra toda esperanza, porque 'para Dios nada es imposible',
la convierte en modelo para la Iglesia y para cada creyente. Su vida
es una peregrinación de sabor eucarístico, hecho de Pascua, de
sabiduría interior, de don” (Ib. n. 56).
Salve, oh gajo de sagrado Germen,
Salve, oh rama de Fruto sin mancha,
Salve, cultivo del Agricultor divino;
Salve, tú que das vida al Autor de la vida.
Salve, tú campo que das como fruto riquísimas gracias;
Salve, tú mesa servida de plenitud de dones.
Salve, tú que pastos amenos haces germinar;
Salve, tú que preparas un refugio inmediato a tus fieles.
Salve, de súplicas incienso gratuito;
Salve, perdón suave para el mundo.
Salve, clemencia de Dios con los hombres;
Salve, confianza del hombre en su Dios.
Salve, ¡Virgen y Esposa!
Himno Akathistos (siglos V-VI)
Salve, cuerpo verdadero, nacido de María Virgen.
Has sufrido, fuiste inmolado por los hombres en la cruz.
De tu pecho traspasado han brotado sangre y agua
haz que podamos gustarte en la hora de la muerte.
¡Oh Jesús dulce!
¡Oh Jesús lleno de bondad!
¡Oh Jesús, hijo de María!
Antífona del siglo XIV
24. MUJER
El
movimiento de liberación de la mujer
se mueve
con frecuencia en ambientes extraños
o incluso
hostiles al cristianismo.
Sabemos
que la vocación de la mujer
en la
historia queda iluminada
al mismo
tiempo por la vocación de Cristo
y la
vocación de María su Madre.
A nosotros
nos toca descubrir
su valor y
modalidades.
Dios mismo ha protestado contra la injusta humillación de la mujer. Se
dirigió precisamente a una mujer, María de Nazaret, y le ha pedido el
consentimiento para la Encarnación, para la salvación del mundo. Dios
ha derribado la mentalidad equivocada de los contemporáneos de Jesús
respecto de la mujer, escogiendo a una mujer para pedirle ese
consentimiento libre y responsable.
La tragedia griega decía que una casa donde la mujer decide, corre
inexorablemente a la ruina. La mentalidad judía era que mejor sería
entregar la ley a las llamas que a una mujer. Dios derriba esos modos
de pensar y permite que María decida no para la ruina, sino para la
salvación de toda la familia humana. Dios, por medio de María, pone
esta señal de su voluntad en la historia de la salvación dando un
puesto de relieve a una mujer.
Debemos constatar que Dios confía su Hijo a esta mujer. Dios
manifiesta una confianza ilimitada a la mujer haciéndola responsable
de su Hijo.
El plan de Dios sobre María se expresa con la elección, vocación,
valoración de Ella precisamente en cuanto mujer y madre.
La figura de María se convierte en modelo para las mujeres de nuestro
tiempo, aun si las condiciones económicas y sociales en que vivió son
irrepetibles.
Podemos presentar a María como mujer en quien las mujeres de hoy
pueden reflejarse, porque ante todo permanecen válidas sus actitudes
de fondo, de la fe, esperanza, caridad, entrega, que constituyen la
identidad del cristianismo. En esto María será siempre un ejemplo
fundamental para toda la Iglesia y de modo especial para la mujer.
¿Qué figura de la Virgen María encuentra la mujer que recorre el
Evangelio? ¿Cuáles son las características?
Encuentra a una mujer activa y responsable, que se pronuncia
libremente, después de comprender. Una mujer que da su consentimiento
libre en favor de una obra importante para la humanidad. Una mujer que
asume responsablemente su posición en la historia.
Encontramos, además, a María como una mujer que canta la liberación.
Así aparece en el Magníficat, que manifiesta no una religiosidad
alienante, sino una religiosidad que exige el vínculo estrecho entre
oración y compromiso con el mundo.
Y encontramos a María como mujer valerosa que sabe asumir posiciones
anticonformistas, cuando responden a valores que siente profundamente,
como el de la virginidad.
Finalmente, María aparece en el Evangelio como una mujer fuerte, que
no se deja superar por los acontecimientos incluso dolorosos, sino que
ha sabido reaccionar y asumir la dirección de los acontecimientos. Es
así una mujer que ha experimentado persecuciones, la huida a Egipto y
se ha mantenido en pie ante la vista de su Hijo moribundo.
María ofrece, pues, a la mujer de hoy un ejemplo de inserción y
promoción en la historia de la salvación.
Te habían convertido en figura idealizada, irreal,
en figura fantástica y mítica.
Te habían convertido en mujer digna de compasión.
¡Haces reír quizá a quien despliega
la bandera de sus derechos femeninos!
Haces reír por tu ingenua humildad,
por tu vida al parecer tan mediocre,
por tu falta de metas e ideales
y de empeños sociales y políticos.
¿Eres de verdad así de extraña?
¿Así de rara?
Sin embargo, eres completa, feliz, te has realizado.
Y todo esto
porque en tu ingenuidad
has sido tan sabia como para entender
que la nota verdadera era Dios
y que la vida debía ser
canto de acción de gracias y de alegría.
Támara
25. MADRE DEL SACERDOTE
Existe una
diferencia sustancial
entre
María y el sacerdote ordenado o ministerial.
La misión
de la Virgen, vinculada al misterio de la Encarnación
es único
en su género e irrepetible.
Pero los
vínculos son más numerosos;
el
sacerdote ha encontrado siempre en Ella un motivo de fidelidad
a
Jesucristo y de servicio a la Iglesia.
“Si quieres, ven y sígueme”. La llamada de Jesús sorprende a los
hombres en sus ocupaciones ordinarias. Mientras los rabinos tenían
montadas sus escuelas adonde los alumnos acudían por iniciativa
propia, para los apóstoles se trataba de responder a una vocación:
“Uds. no me eligieron; yo los elegí a Uds.” (Jn 15,16). Jesús les
participa su misión y sus poderes: debelar las potencias del mal,
llevar a los hombres la Buena Noticia de la salvación, consagrar el
pan y el vino, bautizar, perdonar los pecados...
Para realizar esta ardua misión sacerdotal, los apóstoles reciben de
Cristo crucificado el don precioso de su Madre. “En efecto, el
discípulo predilecto, que siendo uno de los Doce, había oído en el
Cenáculo las palabras: 'Hagan esto en memoria mía' (Lc 22,19), fue
confiado por Cristo a su Madre desde lo alto de la Cruz con las
palabras: 'Este es tu hijo' (Jn 19,26). El joven que había recibido de
Cristo el jueves santo la potestad de celebrar la Eucaristía, con las
palabras del Redentor agonizante fue entregado como 'hijo' a su Madre.
Por tanto, todos nosotros –los que recibimos la misma potestad
mediante la ordenación sacerdotal– hemos recibido con preferencia a
otros el derecho de ver en Ella a nuestra Madre” (Juan Pablo II). A
todos los cristianos, en especial a los llamados al sacerdocio
ministerial, está reservado el gozo de introducir a María en la propia
casa y acogerla entre las “propias cosas” como lo hizo el discípulo
amado de Jesús.
Los frutos espirituales que derivan del trato vital con María pueden
testificarlos cualquier sacerdote. La que se ha hallado al origen de
la fe de los discípulos en Caná, es decir, de la respuesta más
consciente y convenida de la llamada de Cristo, está generalmente
presente al comienzo de la vocación. Juan Pablo II recuerda cómo
leyendo el “Tratado de la Verdadera Devoción de María” de San Luis
Montfort, maduraron simultáneamente en El una devoción teológica a
María y la vocación sacerdotal: “La lectura de ese libro ha marcado en
mi vida un viraje decisivo. He dicho 'viraje', aunque se trate de un
largo itinerario interior que coincidió con mi preparación clandestina
al sacerdocio”. Todo llamado al sacerdocio encuentra en María la
epifanía del sí pleno y generoso a la venida de Cristo al mundo: la
Encarnación del Hijo de Dios se extiende a toda la historia.
Si profundizamos la relación espiritual con la Virgen, resultamos
trasportado al corazón del misterio. Ella despierta en nosotros la
atención a la Palabra, a los acontecimientos evangélicos, a las
invitaciones salvíficas de Dios. Así nos la presenta Lucas: mientras
reflexiona en el anuncio del ángel (1,29), conserva en el corazón
cuanto acontece en torno a Jesús (2,19.21), medita confrontando el
pasado con el presente en vista del futuro (2,51; ver Gn 37,11 y Dn
7,28). ¿Quién no tendrá como el sacerdote necesidad tan urgente de
esta mistagogia o introducción a los misterios, dado que él tiene que
“dispensar los misterios de Dios”? (1Co 4,1).
Contemplando a la Virgen, el cristiano llamado al sacerdocio descubre
el valor de la virginidad consagrada. Es dejar la lógica humana para
adherir a la sabiduría divina, que ha querido que el Verbo naciera de
una Virgen. Ha querido enseñar que la fecundidad nace del don gratuito
de Dios en un corazón radicalmente pobre y disponible. La Virgen es
maestra de dominio de sí misma, de esperanza en Dios solo, de apertura
a todos los hermanos. De Ella aprende el sacerdote a ser “el
profesional del amor de tiempo completo”.
Hoy es necesario que el sacerdote recupere la dimensión de la escucha.
Debe ser un misterio, es decir, un hombre que deja actuar al Espíritu
en su vida. Olier lo quería como un “rayo vuela” animado por el amor.
Los pastores de la Iglesia y cuantos son llamados a serlo aprenden de
la “Virgen oyente” a ser dóciles al Espíritu, a dejarse conducir de El
en toda opción, a perseverar en la oración junto con la comunidad.
El sacerdote aprenderá de María las actitudes, con que debe celebrar
los divinos misterios. El anuncio de Simeón orientó el corazón de la
Virgen hace el sacrificio del Hijo, al cual estuvo presente para
repetir su sí a la salvación de los hombres. ¿Quién mejor que Ella
puede enseñar al ministro de la Eucaristía a unirse a Cristo en la fe
viva y en la ofrenda personal?
Unico consejo: no detenerte en contemplar a María y los misterios de
la salvación. Transforma la reflexión en doxología: alabanza,
recuerdo, actualización, súplica. Aquí será útil experimentar la
eficacia del rosario, que es “el credo transformado en oración”.
Un sacerdote debe ser, a un tiempo, grande y pequeño.
Noble de espíritu, como de sangre real.
Sencillo y natural, como de estirpe campesina.
Un héroe en la conquista del sí mismo,
un hombre que ha peleado con Dios.
Una fuente de santificación,
un pecador a quien Dios ha perdonado,
dueño de sus propios deseos.
Un servidor para los tímidos y los débiles,
que no se humilla ante los poderosos,
sino que se inclina ante los pobres.
Discípulo de su Maestro, jefe de su grey.
Un mendigo con manos muy abiertas
y un portador de innumerables dones.
Un hombre en el campo de batalla,
una madre para confortar a los enfermos.
Con la sabiduría de la edad y la confianza de un niño.
En tensión hacia lo Alto, con los pies sobre la tierra.
Hecho para la alegría, conocedor del sufrimiento.
Lejos de toda clase de envidia,
clarividente que habla con franqueza.
Un amigo de la paz, un enemigo de la inercia.
Siempre constante... ¡tan distinto de mí!
Manuscrito medieval, hallado en Salzburgo
26. EN LA FAMILIA
La familia está hoy en crisis.
Amenazada por el divorcio, tentada por el aborto,
acechada por la incomunicabilidad entre padres e hijos;
la familia corre el riesgo de perder su vocación
de ser lugar de amor, de crecimiento, de “Iglesia doméstica”.
La mirada de fe sobre la sagrada Familia de Nazaret
revitalizará a los miembros de toda familia cristiana
para que ésta se convierta en verdadera comunión de vida.
A primera vista, parece que la Familia de Nazaret tiene muy poco que
enseñar a nuestras familias. La madre es virgen, José es sólo el padre
legal, Jesús es hijo único concebido de María por obra del Espíritu
Santo. Es una familia especial, extraordinaria; una tríada misteriosa
e irrepetible.
Una reflexión, menos apresurada pone de manifiesto que la Familia de
Jesús es una escuela de espiritualidad evangélica.
Ante todo, la sagrada Familia surge corno respuesta a una vocación
divina. El anuncio del ángel derrumba los proyectos de María, que
pensaba vivir virginalmente en el seno de su propia familia. No
esperaba “conocer varón” (Lc 1,34). Sólo se había “desposado” entre
tanto con José, porque entonces no se podía pensar en que un mujer
viviera sola, y probablemente porque los dos jóvenes (María y José) se
habían puesto de acuerdo para vivir así, Pero de pronto el mensajero
divino propone una forma no pensada de realizar la consagración a Dios
en la virginidad: convertirse en Madre del Hijo de Dios por
intervención del Espíritu Santo. La renuncia a ser madre queda
superada por la máxima fecundidad: ser madre del Mesías. Y María
responde sí, insertando su propio proyecto en el proyecto salvífico de
Dios.
También José tiene su propio proyecto. Como “hombre justo” reconoce el
misterio que se realiza en María, no puede dudar de su fidelidad y
piensa romper el noviazgo con María para no entrometerse
arbitrariamente en los planes de Dios (así explica el exégeta Leon
Dufour el pasaje de Mt 1,18-25). El ángel del Señor interviene en su
drama. Le anuncia que no obstante las apariencias, Dios lo llama a una
misión importante: ser padre legal con todo lo que conlleva esta
paternidad respecto de Jesús salvador del pueblo.
La Familia de Nazaret brota de una vocación: es un sí al proyecto de
Dios. Es una casa sólida porque el Señor la ha construido.
La sagrada Familia ofrece un ejemplo de unidad. Obran de acuerdo: ya
en la huida a Egipto, experimentando qué significa emigrar y vivir en
un país extranjero (Mt 2,13-15), ya en el cumplimiento del precepto de
la peregrinación anual al templo de Jerusalén (Lc 2,41-50), Acuden a
la sinagoga y oran según la costumbre hebrea constelando el día de
bendiciones.
Los tres que forman la sagrada Familia viven unidos en la pobreza y lo
ordinario de la vida, en especial en el trabajo. José y Jesús trabajan
convirtiéndose en los carpinteros de Nazaret, conocen el sudor de la
frente y el esfuerzo muscular. Tampoco las manos de María se asemejan
a las manos delicadas de una princesa: como las mujeres de su tiempo
lleva a casa el agua de la fuente o del pozo, hila lana y teje
vestidos, amasa y hornea el pan... Como Jesús, también María está
plenamente inserta en el mundo y en el ritmo de la historia cotidiana
de una humilde región de Galilea.
Jesús, María y José constituyen una verdadera comunión de vida. Están
unidos por un fuerte amor, que se manifiesta de manera especial en la
forma de compartir el dolor: “Tu padre y yo te buscábamos angustiados”
(Lc 2,48). Entre los dos esposos resueltos a vivir en virginidad,
¿pueden contentarse con un simple “matrimonio blanco”? ¿Se puede
reducir a José a la simple función protectora, pero fría, más propia
de un eunuco? Más realista y respetuoso con el plan divino es suponer
entre María y José un recíproco e intenso afecto no sexual,
anticipación de las nuevas relaciones que el hombre nuevo, Cristo,
venía a instaurar. Los esposos de Nazaret muestran a la familia la
posibilidad de una íntima comunión de afecto, como valor fundamental
que da sentido a todas las demás expresiones.
La Familia de Nazaret pone por encima de todo la voluntad de Dios. El
episodio del hallazgo en el templo reivindica la libertad e
independencia de Jesús frente a sus padres en el campo de la propia
misión. También hoy las divergencias dentro de la familia se
solucionan por el respeto a la vocación de los hijos y la búsqueda a
un nivel más profundo de la voluntad del Padre.
Oh María, Madre de Dios, Madre de la Iglesia,
en esta hora tan significativa para nosotros,
somos un solo corazón y una sola alma:
como Pedro, los Apóstoles, los hermanos,
concordes en la oración, contigo, en el Cenáculo.
Te pedimos que mires a la indigencia de tus hijos
como lo hiciste en Caná, cuando te hiciste cargo
de la situación de aquella familia.
Hoy la indigencia mayor de esta familia tuya
es la de las vocaciones sacerdotales,
diaconales, religiosas y misioneras.
Acércate, pues, con tu “omnipotencia suplicante”,
al corazón de tantos hermanos nuestros
para que escuchen, atiendan, respondan la voz del Señor.
Repite a es en lo profundo de la conciencia
la invitación que hiciste a los servidores de Caná:
Hagan lo que El les diga.
Nosotros seremos ministros de Dios y de la Iglesia,
dedicados a evangelizar, santificar, apacentar
a nuestros hermanos:
enséñanos y danos las actitudes del buen pastor;
alimenta y acrece nuestra dedicación apostólica;
fortifica
v regenera siempre nuestro propósito
de virginidad por el Reino de los cielos;
infunde y protege en nosotros el sentido
de fraternidad y comunión.
Con nuestras vidas te confiamos, oh Madre nuestra,
las de nuestros padres y familiares;
las de nuestros hermanos a quienes alcanzaremos
con nuestro ministerio,
afín de que tus cuidados maternales
precedan siempre todo paso nuestro hacia ellos
y orienten constantemente el camino hacia la Patria,
que con su Redención nos ha preparado
Cristo, tu Hijo y Señor nuestro.
Amén.
Juan Pablo II
27. CONSAGRADA
También hoy sigue Dios llamando a hombres y mujeres
a la vida consagrada,
La opción por la virginidad se convierte
para ellos –como para María– en “signo de consagración
al servicio exclusivo de Dios;
signo de pobreza, que reclama la belleza de Dios;
signo de la novedad del Reino,
que viene a derrumbar las leyes de la creación”
(Max Thurian).
El antiguo Protoevangelio de Santiago (siglo II) narra que la niña
María fue presentada al templo para ser consagrada a Dios en un
ambiente de pureza legal, separado de lo profano. Esta intuición
ingenua y popular capta la realidad profunda de la opción virginal de
María: el amor a Dios hasta el don total de sí mismo. San Ambrosio (+
397), en sintonía con esa intuición, llama a María “la portaestandarte
de la virginidad” y la presenta siempre aplicada a “buscar a Dios”.
Nos hallamos en el corazón de la personalidad religiosa de María: está
consagrada a Dios y vive para Cristo. Ella –afirma el Concilio– “al
abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la
voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del
Señor a la persona y a la obra de su Hijo...” (LG 56).
Si en el antiguo pacto, Dios había escogido el templo para morar entre
los hombres, ahora decide habitar en las personas. María inaugura la
presencia salvífica de Dios entre los hombres convertidos en templo de
Dios. Consagrada bajo la acción del Espíritu, Ella es el tabernáculo
nuevo de Dios y el arca de la alianza.
A la elección divina responde María con su palabra de ofrenda, de
obediencia y confianza: “Yo soy la esclava del Señor. Cúmplase en mí
lo que has dicho” (Lc 1,38). El pastor H. Chavannes comenta: “Dios le
pide todo y Ella lo entrega todo, por amor”.
Ahora se comprende la decisión de permanecer virgen. Se inserta en el
deseo de María de dedicarse totalmente al Señor, de pertenecer sólo a
El, de servir con plena disponibilidad a sus designios de salvación.
Reservándose exclusivamente para Dios, la Virgen responde a la
invitación a un amor íntimo y fiel que se halla en los profetas y en
el Cantar de los cantares.
María es para toda la Iglesia el modelo del sí de la fe esponsal, es
decir, total e indisoluble, a Cristo su Señor. Y ésta es la virginidad
fundamental, que consiste en el amor vital a Dios sobre todas las
cosas y que debe caracterizar a todos los cristianos.
Aquella a quien san Jerónimo llama “la Virgen eterna” es una apología
estupenda de la elección de servir al Señor en el estado de
virginidad. Invita a seguir con gozo a Jesús por el camino de la
castidad por el reino de los cielos. No se hace el voto de castidad
para no amar, sino para amar más: más intensamente y a más personas
con un amor puro, fraterno, libre, eterno. Nos consagramos a Dios para
estar más disponibles a su designio salvífico. Aquel día yendo en el
tren hacia la periferia de Calcuta, Sor Teresa comprendió que el don
de Dios no podía transformarse en indiferencia y decidió “hacer algo
hermoso por Dios” en los hermanos.
El itinerario de intimidad con Dios coincide con el camino hacia el
hombre, porque éste, sobre todo si es pobre y despreciado, se
convierte en sacramento escondido de Jesucristo: “Lo habéis hecho
conmigo” (Mt 25,40).
Virginidad es
sumergirse en la vida de Dios para regenerarse en El y dejarlo actuar
a El. Es empequeñecerse a los ojos del mundo para formar parte del
pequeño resto redentor de la promesa divina. “Es el símbolo –más aún:
el sacramento– de una fecunda entrega total del hombre con todas sus
potencialidades al Dios que nos cubre (H. U. von Balthasar).
Como María, sigamos al Señor acogiendo gozosos el carisma de la
virginidad consagrada.
Hoy te tomamos como modelo
de nuestra consagración a Dios.
María, sé para nosotros
el signo luminoso que nos invita
sin descanso a vivir
la fe, la caridad y la esperanza.
Tú eres la Madre del Salvador porque acogiste
al que es nuestra vida.
Al anuncio del ángel,
en tu consagración a Dios
–primer sí de la humanidad renovada–
nació la fe de la Iglesia.
Tú eres la nueva Eva,
Madre de los vivientes, la Mujer nueva
al lado de Cristo, el hombre nuevo.
Las promesas de nuestro bautismo
son una consagración a Dios
que ahora renovamos,
en nuestro itinerario de fe,
junto con toda la Iglesia:
presenta a Cristo, oh María,
este don de nuestra vida.
Tómanos como hijos,
formados a imagen de Dios,
y a imagen tuya,
primicia con Cristo
de la creación renovada y redentora.
Alimentados con tu amor,
estimulados por tu ejemplo
y sostenidos por tu plegaria,
sabremos día a día
encontrar al Señor en los hermanos
y seguirlo con la fuerza del Espíritu,
en el camino de la vida.
Anónimo
28. MISIONERA
No fuimos lanzados a la existencia
como piedras en el camino.
Hemos sido enviados al mundo para cumplir una misión.
Que responsabiliza y compromete, testifica y anuncia.
¿Qué esperamos para vencer la inercia,
el sedentarismo, la instalación?
Juan XXIII definió las misiones como “la mayor empresa de la Sma.
Trinidad”. Intuición estupenda que explica en profundidad la
dedicación misionera en el curso de los siglos.
¿Cómo puede la Iglesia no vibrar de trepidante solicitud en favor de
los hombres que aún no conocen la revelación de Dios en Jesucristo,
sabiendo que la paternidad de Dios es universal?
¿Cómo puede la Iglesia quedarse en tranquila inmovilidad, habiendo
recibido de Cristo el mandato explícito: “Vayan a todo el mundo”? (Mt
28,19).
¿Cómo puede la Iglesia quedarse en el Cenáculo luego de haber recibido
al Espíritu de fuego que impulsa a dilatar los espacios de la caridad?
“Cuando la Iglesia toma conciencia de sí se hace misionera” (Pablo VI).
María ayuda a la Iglesia a tomar conciencia de su vocación misionera,
porque Ella misma ha sido misionera. Así la presenta Lucas en el
relato de la visitación: María, arca de la alianza, donde el Señor se
hace presente, se mueve con pasos misioneros hacia la montaña para
anunciar la salvación. Ella realiza la profecía de Isaías: “¡Qué
bellos son sobre los montes los pies del mensajero que trae buenas
noticias... que anuncia la salvación, que dice a Sión: Reina tu Dios!”
(Is 52,7).
María vive por anticipado la misión de la Iglesia. Hay un paralelismo
entre cuanto acontece en María y cuanto acaece en Jerusalén después de
Pentecostés: venida del Espíritu, anuncio y testimonio, efusión
carismática. El saludo de María, lo mismo que el de los discípulos (Lc
10,5), es el vehículo de los bienes mesiánicos: exultación del
Bautista, espíritu profético para Isabel. María proclama el poder y la
misericordia del Dios salvador, testificando su gozo religioso. La
visita de María es presagio de la Iglesia proyectada por el Espíritu
hacia el anuncio misionero.
María nos recuerda que el apostolado tiende esencialmente a la
regeneración espiritual de los hombres, a su nacimiento como hijos de
Dios. Es, por lo mismo, una obra materna para que los hombres nazcan a
la vida nueva y Cristo sea formado en ellos. Pablo mismo recurrió a la
comparación del parto para expresar, fuera de los sufrimientos que
conlleva la evangelización, su finalidad esencial: “Hijos míos, otra
vez me causan dolores de parto, hasta que Cristo se forme en Uds.” (Gál
4,19).
María es Madre por excelencia. Ha engendrado a Cristo y cooperado en
la salvación del género humano, que es obra de regeneración. Como ha
estado presente en Caná cuando surgía la fe de los apóstoles, así
también está presente en el bautismo con el cual nacemos a la vida
cristiana.
Se comprende, por tanto, la constatación del Concilio Vaticano II:
“También la Iglesia en su labor apostólica se fija con razón en
aquella que engendró a Cristo... La Virgen fue en su vida ejemplo de
aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos
aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la
regeneración de los hombres” (LG 65). La evangelización va unida a la
promoción humana, porque Dios quiere la salvación de todo hombre y
ello corresponde a las exigencias de un auténtico amor al prójimo.
Evangelizar y promover suponen un ánimo sensible, misericordioso,
maternal. María revela el rostro materno de Dios. Otro tanto debe
hacer la Iglesia, como advierte la Marialis Cultus: “El amor
operante de la Virgen de Nazaret, en la casa de Isabel, en Caná, en el
Gólgota –momentos todos salvíficos de amplia proyección eclesial–
encuentra coherente continuidad en el anhelo maternal de la Iglesia, a
fin de que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad (ver
1Tm 2,4), en su preocupación por los humildes, los pobres, los
débiles, en su empeño constante por la paz y la concordia sociales, en
su entrega para que todos los hombres tengan parte en la salvación,
merecida para ellos por la muerte de Cristo” (MC 28).
Año 2000.
¿Tiempo de temor o primavera de amor?
Atomo: ¿triunfo del hombre o patíbulo de la humanidad?
“¡Señor, ayúdanos!”
Detentores de una partecita de tu poder,
nos hallamos ante ti, débiles, frágiles,
más pobres que nunca,
avergonzados por nuestras conciencias remendadas
y nuestros harapientos corazones.
“¡Señor, piedad de nosotros!”
En el mundo faltan millones de médicos:
inspira a tus hijos que curen;
en el mundo faltan millones de maestros:
inspira a tus hijos que enseñen;
el hombre atormenta a tres cuartas partes de la tierra:
inspira a tus hijos que siembren;
desde hace cien años,
los hombres han hecho casi un centenar de guerras:
enseña a tus hijos a amarse.
Porque, Señor, no hay amor sin tu amor.
Haz que cada día y por toda la vida
en el gozo, en el dolor, seamos hermanos,
hermanos sin fronteras.
Como el alba se hace aurora y luego día,
quiera tu amor
que los hijos del Año Dos mil nazcan en la esperanza,
crezcan en la paz
y se extingan finalmente en la luz,
para encontrarte a ti, Señor, que eres la luz.
Raúl Follerau
29. ¡DICHOSA!
Para los cristianos
el itinerario de espiritualidad se ha caracterizado
por las notas evangélica, eucarística,
eclesial, apostólica, mariana...
Descubrimos con María la radicalidad en el seguimiento
de Cristo y la exigencia de nuestro compromiso
de evangelización del mundo de hoy.
El culto a María tiene carácter de respuesta al plan de Dios. En la
Escritura encontramos al menos dos fundamentos muy claros, que
introducen a María en la vida espiritual del cristiano.
Ante todo la expresión “dichosa me dirán todas las generaciones” (Lc
1,48), donde se prevé en el Espíritu el converger de todas las
generaciones de la Nueva Alianza para alabar a la Madre del Señor por
las grandes cosas que Dios ha realizado en Ella. Por tanto, debe
hallarse en el Pueblo de Dios al menos una actitud de alabanza
respecto de María. Todos deben proclamarla dichosa.
Se proclama dichosa a María porque ha sido objeto de la mirada
complaciente de Dios que la ha sacado de la insignificancia de la
vida. La ha colocado en un estado por medio del cual Ella puede
realmente sentirse salvada, amada de Dios en forma tal que el pueblo
debe reconocerla.
No debemos confundir las cosas diciendo que para nosotros basta con
adorar a Dios. Aquí no se dice: “Desde ahora todos adorarán a Dios por
causa mía”. El texto bíblico es mucho más personalístico. Mira
precisamente a María: “Me felicitarán todas las generaciones porque el
Poderoso ha hecho en mí grandes cosas” (Lc 1,48-49).
Tenemos aquí la confirmación de que María no es un mero instrumento.
Es una persona con sus valores, que puede convertirse en término
directo de nuestras relaciones espirituales.
Estas relaciones de fe, de amor, de alabanza no deben naturalmente
quedarse en Ella. Deben proseguir su trayectoria hacia Dios.
María recibe, pues, las alabanzas de los fieles, pero al mismo tiempo
proyecta a los fieles hacia la fuente de su grandeza, es decir, hacia
el Dios Salvador. La verdadera misión de María consiste en llevar los
hombres a Dios, facilitando el contacto de ellos con el único
Mediador. Todo el ser de María se halla dimensionado por las tres
Personas divinas.
Otra base para el culto a María la hallamos en el testamento de Jesús
moribundo (Jn 19,25-27).
Entre los muchos dones dejados por Jesús uno es también María: “Ese es
tu Hijo; esa es tu Madre”. Es un don que Jesús le hace a la humanidad.
El discípulo que ha acogido al Verbo en la fe, da ahora espacio a
María en su vida espiritual. Es comienzo y ejemplo para todos los
discípulos de Jesús.
Juan nos enseña esto: en cuanto uno se hace más y mejor discípulo
amado de Jesús, es decir cristiano maduro, llegado a la intimidad con
Cristo y perseverante en la fe, en mayor grado se halla de acoger a
María. Entonces puede comprender el don de Cristo y responder a él con
la fe acogida.
Por ello, no es cierto que María se encuentre sólo al comienzo de la
vida cristiana, cuando mediante Ella llegamos hasta Cristo. María se
halla también en el camino de los místicos, de los contemplativos, de
los santos, que hallan en María la guía para un amor más intenso, para
un contacto aún más íntimo con Cristo.
María se encuentra en todo el itinerario del cristiano
Virgen Madre, hija de tu Hijo,
humilde, excelsa más que las creaturas,
término fijo del consejo eterno.
Tú al ser humano ennobleciste tanto
que su mismo Creador
no desdeñó hacerse hechura suya.
En tu vientre se encendió el amor
con fuego y con calor de paz eterna
y así germinó esta flor divina.
Allí te muestras con sereno rostro
de caridad, y justo, en medio a los mortales,
tú eres fuente viva de esperanza.
Mujer, eres tan grande y tanto vales
que quien busca la gracia y no va a ti,
quiere que su querer vuele sin alas.
Tu benigna bondad no sólo ayuda
al que viene a implorar, que muchas veces
antes que se la pida, a salvar llega.
En ti hay misericordia, en ti piedad,
en ti misericordia, en ti se aúna
cuanto en una creatura hay de bondad.
Dante Alighieri
30. DE CAMINO CON MARIA
La presencia de María en el itinerario cristiano es eficaz.
La Virgen atrae a los surcos de la santidad,
llevando a asimilar sus sólidas virtudes evangélicas;
escucha y adoración a Dios,
lectora profética de la historia y compromiso activo
en favor de los hermanos.
A nuestra época
incumbe el gozo de descubrir la presencia de María en la historia de
la salvación y responder a ella con actitudes de admiración, alabanza
y comunión, en continuidad con la Palabra de Dios (Lc 1,48) y con la
tradición eclesial.
Tarea de la actual comunidad eclesial no es la de abolir o acallar el
culto a María y ni siquiera dejarlo languidecer en perezoso
inmovilismo, sino la de insertarlo orgánicamente en el único culto
cristiano, renovar las fórmulas sometidas al desgaste del tiempo,
purificarlo de contaminaciones y comunicarle nuevo vigor creativo.
Como toda relación vital, la relación con María se desarrolla al ritmo
de la historia en constante fidelidad a la Palabra de Dios y a las
exigencias de los hombres de nuestro tiempo, y prosigue hoy
manifestando una notable eficacia en orden a la vida espiritual,
ofreciendo “ayuda poderosa al hombre que avanza hacia la conquista de
su plenitud” (MC 57).
En el itinerario del cristiano la relación con María se impone como
imperativo de la fe (MC 67), pero también como elemento de santidad,
estímulo de compromiso y motivo de esperanza.
En efecto, esa relación promueve las finalidades de toda auténtica
vida espiritual: librarse del pecado, asimilar las actitudes
evangélicas, crecer en la amistad con Dios.
La vida de comunión con María exige ante todo el distanciamiento del
propio egoísmo, raíz de todo pecado personal y estructural. “Ella,
libre de todo pecado, conduce a sus hijos a debelar el pecado con
resolución enérgica” (MC 57). La historia de las conversiones
documenta abundantemente la fuerza liberadora de la figura de María.
Además, la Virgen nos atrae tras las huellas de su santidad,
llevándonos a asimilar las sólidas virtudes evangélicas que Ella
practicó en el contexto de una espiritualidad bíblica de escucha y
adoración a Dios, de lectura profética de la historia y compromiso
activo para la salvación de los humanos.
Por último, “la
llena de gracia” (Lc 1,28), en quien Dios ha fijado su mirada de amor,
reta a los cristianos a “honrar en sí mismos el estado de gracia, es
decir, la amistad con Dios, la comunión con El, la inhabitación del
Espíritu” (MC 57), a dejarse invadir por la fuerza transformadora de
ese Espíritu para ser artífices, junto con Cristo, el hombre nuevo, de
la nueva humanidad.
Como “hermana nuestra” y al mismo tiempo “gloria que ennoblece a todo
el género humano”, María orienta el itinerario del hombre hacia su
realización integral en el compromiso histórico y en la alianza de
amor con Dios, convirtiéndose en mensaje de optimismo, de esperanza y
vida.
El cristiano encuentra en Ella un espejo para recuperar su identidad y
acortar la distancia existente entre su realidad y el proyecto divino.
Acoger a María en la propia vida sigue siendo, pues, un signo de
apertura a un don de Dios ofrecido al discípulo de Jesús para reforzar
y llevar cada vez a mayor madurez y plena perseverancia su amor a El.
¡Oh María,
hija predilecta del Padre,
madre admirable del Hijo,
esposa fiel del Espíritu Santo!
Que la luz de tu fe
disipe las tinieblas de mi espíritu.
Que tu humildad haga contrapeso a mi orgullo.
Que tu sublime contemplación
ate los vuelos de mi alocada fantasía.
Que tu visión de Dios me recuerde siempre tu presencia.
Que el incendio de tu caridad dilate e inflame mi corazón.
Que tus virtudes evangélicas sustituyan a mis pecados.
Y el esplendor de tu gracia
me acompañe al encuentro con Dios.
Madre mía queridísima;
alcánzame la gracia de identificarme contigo;
que yo tenga tu espíritu para conocer a Jesús y su Evangelio,
tu alma para adorar y glorificar al Señor,
tu cuerpo para amar a Dios con ardor y pureza
como lo amaste tú.
No te pido visiones y revelaciones,
ni experiencias espirituales extraordinarias.
Tú has sido introducida en la heredad del Señor,
ves nítidamente sin oscuridad,
experimentas a Dios con pleno gozo,
reinas con Cristo para siempre.
Dios te ha asignado la tarea de humillar las fuerzas del mal
y derramar en el mundo los dones divinos.
Esta es tu condición celeste
que me llena de gozo el corazón.
En cuanto a mí no deseo otra cosa
que seguirte en tu itinerario hacia Dios;
en la fe con que confiaste totalmente en Dios,
en la participación en los sufrimientos de Cristo,
en la colaboración a la salvación del mundo.
San Luis M. de Montfort (+ 1716)
31. ENTREGA
“La confianza
es el presupuesto indispensable de toda vida humana.
Sólo en el terreno de la confianza
es, en general, posible la vida. La desconfianza,
por el contrario, aridece la vida y, finalmente,
la lleva a la muerte de todo”
(O.F. Bollnow).
María es guía al consentimiento confiado a Dios.
Ella misma y su sí son objeto de nuestra confianza.
“Si todo tiene sentido, ¿cómo puedes vivir algo diverso de un sí?”
(D. Hammarskiòld).
Quien recorre con ojos vigilantes la historia cristiana, advirtiendo
con atención peculiar el “fenómeno irresistible” (O. Semmelroth) de
las relaciones de culto y amor de la Iglesia con la Madre de Dios, se
da cuenta de que la entrega a María hunde sus raíces en épocas no
recientes.
La actitud confiada y orante hacia la Madre del Señor atraviesa, como
una constante, los siglos cristianos. La encontramos ya en la primera
oración dirigida a María, el “Sub tuum praesidium (s. III), en la que
una comunidad cristiana implora ayuda de la Madre de Dios refugiándose
confiadamente bajo las alas de su misericordia.
A comienzos del siglo V, el obispo Severiano de Gabala exhorta a los
fieles de Constantinopla a invocar confiadamente la protección de
María sobre la ciudad amenazada por los bárbaros: “Tenemos a nuestra
Señora, la Madre de Dios, la santa siempre Virgen María: ¡nada, pues,
de pereza!”.
En pos de san Ildefonso de Toledo (+ 667), quien en la gran oración
final del tratado sobre “la virginidad de Santa María”, se declara
esclavo de la Madre de Dios para ser esclavo devoto de Cristo, la
liturgia visigoda formuló en el siglo VII esa perla eucológica:
“Santísima servidora y madre del Verbo... recibe con acogedora y
maternal bondad al pueblo que acude a ti... Hija de Sión, consagrarás
al Señor las multitudes de los pueblos... Jesús, conságrate las
multitudes de los pueblos por medio del misterio de tu bendita Madre”.
La ofrenda total de sí mismo en términos cultuales se encuentra por
primera vez en san Juan Damasceno (+ 749), que se dirige a María
“consagrando mente, alma, cuerpo y todo el ser” a Ella (Homilía para
la Dormición, I).
A través de la edad media, la relación vital con María está claramente
expresada en el sentido de consagración a Dios y de entrega a María,
por ejemplo en una oración del siglo XI inspirada en Fulberto de
Chartres (+ 1028): “Recuerda, Señora, que en el bautismo he sido
consagrado al Señor y he profesado con mi propia boca el nombre
cristiano. Desafortunadamente no he observado cuanto prometí. No
obstante mi Señor, Dios vivo y verdadero, me consignó y entregó a ti.
Salva a quien te ha sido consignado y guarda a quien te fue
entregado”.
Al proclamar a María “Madre de la Iglesia”, Pablo VI ha querido
“recordar” la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María
hecha por Pío XII en 1942 y ha querido “confiar a los cuidados de la
Madre celeste toda la familia humana con sus problemas y afanes, con
sus legítimas aspiraciones y ardientes esperanzas” (21-11-1964).
Con Juan Pablo II, la consagración o entrega a María alcanza el punto
más alto de oficialismo y frecuencia, entrando como punto programático
de la vida espiritual y de la acción pastoral del pontífice. Es sabido
cómo ha realizado actos de consagración a la Madre de Dios no sólo a
nivel personal, como en la elección a la sede de Pedro o en el
atentado del 13 de mayo de 1981, sino también a nivel social con
ocasión de sus peregrinaciones a los santuarios marianos.
Por lo menos en tres fechas particulares, Juan Pablo II ha confiado y
consagrado la Iglesia y el mundo entero a María: en Roma el 8 de
diciembre de 1981 y el 25 de marzo de 1984 (junto con los obispos del
mundo) y en Fátima el 13 de marzo de 1982. Ese gesto constituye un
acto de confianza en la Madre de Dios, en comunión con la antigua fe
de la Iglesia Indivisa. Es, “un testimonio del amor que la Iglesia
profesa hacia María”. Es, finalmente, un anuncio de esperanza, porque
la intercesión de María puede obtener lo que es difícil o imposible a
los hombres: la renovación de la Iglesia y la paz entre los pueblos.
El Papa inserta la ofrenda a María en el misterio de Cristo y de la
Iglesia, lo mismo que en el contexto de la problemática moderna: de la
paz del mundo, del futuro de la humanidad. El término inmediato de
este gesto de confianza es ordinariamente María bajo sus diversos
títulos y prerrogativas; pero en última instancia la consagración se
dirige a una Persona de la Trinidad.
La palabra “entrega”, preferida por Juan Pablo II, evoca la consigna
confiada de sí, la disponibilidad para dejarse guiar, la seguridad
acerca de la eminencia, la santidad y la bondad de la persona a quien
uno se entrega. Para descartar la idea de un abandono pasivo e
irresponsable, hay que interpretar la “entrega” en perspectivas
bíblica y mística, sobre el paradigma de los “pobres del Señor”.
Frente a las tareas de la vida y a las situaciones trágicas, en su
mayoría creadas por el hombre que se aparta de Dios, el creyente
siente la exigencia de encontrar en el Señor y, por gracia suya,
también en María, declarada por Cristo crucificado Madre del discípulo
amado (Jn 18,25-27), un refugio seguro y una ayuda poderosa para
superar las dificultades y llegar a la meta suprema.
Queda ahora el empeño de cada uno para comprender, personalizar y
vivir el acto de entrega dejándose, en sintonía con la Virgen fiel,
animar y conducir por el Espíritu con vistas a la realización de la
salvación en nuestro tiempo. Caminando con María al encuentro de
Cristo hacia el tercer milenio cristiano.
Oh Madre de los hombres y de los pueblos,
tú conoces todos sus sufrimientos y esperanzas,
tú sientes maternalmente todas las luchas,
entre el bien y el mal,
entre la luz y las tinieblas que estremecen al mundo:
acoge nuestro grito, dirigido en el Espíritu Santo,
directamente a tu corazón
y abraza con el amor de la Madre y Sierva del Señor
a los hombres y a los pueblos que esperan este abrazo tuyo
y al mismo tiempo a todos los hombres y pueblos
cuya entrega
tú misma esperas de modo particular.
Toma bajo tu protección maternal
a toda la familia humana
que, con afectuoso transporte,
nosotros te entregamos a ti, oh Madre.
Que se acerque para todos el tiempo de la paz
y de la libertad,
el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza.
Juan Pablo II