Y para ti, ¿no necesitas alguna
gracia?
Hazme, si quieres, una
como lista de tus necesidades, y ven, léela en mi
presencia.
Dime francamente que sientes soberbia,
amor a la sensualidad y al regalo; que eres tal vez egoísta,
inconstante, negligente…; y pídeme luego que venga en ayuda de los
esfuerzos, pocos o muchos que haces para quitar de ti tales
miserias.
No te avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay en el
cielo tantos justos, tantos Santos de primer orden, que tuvieron esos
mismos defectos! Pero rogaron con humildad…; y poco a poco se vieron
libres de ellos.
Ni menos vaciles al pedirme bienes
espirituales y corporales: salud, memoria, éxito feliz en tus trabajos,
negocios o estudios; todo eso puedo darte y lo doy, y deseo que me lo
pidas en cuanto no se oponga, antes favorezca y ayude a tu
santificación. Hoy por hoy, ¿qué necesitas? ¿qué puedo hacer por tu
bien? ¡Si supieras los deseos que tengo de
favorecerte!
¿Traes ahora mismo entre manos algún
proyecto?
Cuéntamelo todo minuciosamente. ¿qué te
preocupa? ¿qué piensas? ¿qué deseas? ¿qué quieres que haga por tu
hermano, por tu amigo , por tu superior? ¿qué desearías hacer por
ellos?
¿Y por Mí? ¿No sientes
deseos de mi gloria? ¿No quisieras hacer algún bien a tus prójimos, a
tus amigos, a quienes amas mucho, y que viven quizás olvidados de
Mí?
Dime qué cosa llama hoy particularmente tu
atención, qué anhelas más vivamente , y con qué medios cuentas para
conseguirlo. Dime si te sale mal tu empresa, y yo te diré las causas del
mal éxito. ¿No quisieras que me interesase algo en tu favor? Hijo mío,
soy dueño de los corazones, y dulcemente los llevo,, sin perjuicio de su
libertad, adonde me place.
¿ Sientes acaso tristeza o mal humor? Cuéntame, cuéntame, alma
desconsolada, tus tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te hirió?
¿quién lastimó tu amor propio? ¿quién te ha despreciado? Acércate a mi
Corazón, que tiene bálsamo eficaz para curar todas esas heridas del
tuyo. Dame cuenta de todo, y acabarás en breve por decirme que, a
semejanza de Mí todo lo perdonas, todo lo olvidas, y en pago recibirás
mi consoladora bendición.
¿Temes por ventura? ¿Sientes en tu alma
aquellas vagas melancolías, que no por ser infundadas dejan de ser
desgarradoras? Échate en brazos de mi providencia. Contigo estoy; aquí,
a tu lado me tienes; todo lo veo, todo lo oigo, ni un momento te
desamparo.
¿Sientes desvío de parte de personas que
antes te quisieron bien, y ahora olvidadas se alejan de ti, sin que les
hayas dado el menor motivo? Ruega por ellas, y yo las volveré a tu lado,
si no han de ser obstáculo a tu
santificación.
¿Y no tienes tal vez alegría alguna que
comunicarme?
¿Por qué no me haces
partícipe de ella soy un buen amigo?
Cuéntame lo que hiciste desde ayer, desde
la última visita que me hiciste, has consolado y hecho como sonreír a tu
corazón?, Quizá has tenido agradables sorpresas, quizá has visto
disipados negros recelos, quizá has recibido faustas noticias, alguna
carta o muestra de cariño; has vencido alguna dificultad, o salido de
algún lance apurado.
Obra mía es todo esto, y yo te lo he
proporcionado; ¿por qué no has de manifestarme por ello tu gratitud y
decirme sencillamente, como un hijo a su padre: “ ¡Gracias, Padre mío,
gracias!” El agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque el
bienhechor le gusta verse correspondido.
¿Tampoco tienes promesa alguna para
hacerme?
Veo, ya lo sabes, en el fondo de tu corazón. A los
hombres se les engaña fácilmente;
a Dios, no.
Háblame, pues, con toda sinceridad.
¿Tienes firme resolución de no exponerte ya más a aquella ocasión de
pecado? ¿de privarte de aquel objeto que te dañó? ¿de no leer más aquel
libro que exaltó tu imaginación?
¿de no tratar más aquella persona
que turbó la paz de tu alma?
¿Volverás a ser dulce, amable y
condescendiente con aquella otra a quien, por haberte faltado, has
mirado hasta hoy como enemiga?
Ahora bien, hijo mío; vuelve
a tus ocupaciones habituales, al taller, a la familia, al estudio…; pero
no olvides los quince minutos de grata conversación que hemos tenido
aquí los dos, en la soledad del santuario. Guarda, en cuanto puedas,
silencio, modestia, recogimiento , resignación, caridad con el prójimo.
Ama a mi madre, que lo es también tuya, la Virgen Santísima, y vuelve
otra vez mañana con el corazón más amoroso, más entregado a mi servicio.
En mi Corazón encontrarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios, nuevos
consuelos.